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ALEJANDRO GUILLIER. DE CARA AL PAíS

Raúl Sohr

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Fragmento

PRÓLOGO

EL FENÓMENO GUILLIER

La consecuencia de no pertenecer a

ningún partido será que los molestaré a todos.

LORD BYRON

El fenómeno Guillier sacude la escena política. Un independiente ajeno a las élites gobernantes reta a las jerarquías partidarias. El ascenso en la popularidad del actual senador por Antofagasta pone en jaque a los rostros que aspiran a volver a La Moneda. Está por verse si su arrastre prevalecerá ante las pesadas maquinarias de los partidos. O bien puede ocurrir que, según la dirección e intensidad del viento, las velas cambien su orientación. Así como la gravedad atrae a los objetos, en política la masa votante hace lo propio con quienes buscan el poder.

¿Quién es Alejandro Guillier? Según algunos, un recién llegado a los circuitos del poder. ¿Qué piensa? ¿Cuáles son sus proyectos? ¿Qué representa? Para algunos estas son interrogantes genuinas. Para otros implican una crítica velada. Es la forma de decir que es una candidatura desconocida y, por lo tanto, un líder que conlleva riesgos. Están los que dicen que sus opiniones son un enigma pues durante su carrera periodística no ha hecho más que leer noticias. Admiten que tiene una buena llegada con la gente, una personalidad cálida y es un buen comunicador, pero ¿está calificado un buen locutor de radio y televisión para conducir los destinos del país?

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Son interrogantes interesadas en descalificar un liderazgo emergente. Guillier dista mucho de ser un periodista rutinario. Durante décadas participó en programas de opinión en vivo en diversas radios y estaciones televisivas. Expresó sus puntos de vista, a veces de forma explícita, sobre cuanto tema marcaba la pauta noticiosa. En otras ocasiones manifestó su crítica o escepticismo con una sonrisa irónica o un gesto, algo que Jaime de Aguirre, entonces director de Chilevisión, llamaba «editorializar las noticias con una intencionada levantada de cejas». La opinión, la toma de postura, estaba ahí, y las audiencias la reconocían. Eso hizo de Guillier el rostro con mayor credibilidad de la televisión chilena. Una virtud que sigue vigente, como lo señalan las encuestas, aunque no aparece en pantalla cada noche.

Su éxito en los sondeos de opinión, que lo convierten en uno de los candidatos favoritos para la Presidencia de la República, no es un capricho antojadizo de los encuestados. Perciben en él a un hombre tan común como ellos mismos. Alguien lo llamó alguna vez «el nuevo Martín Rivas», aludiendo a su condición de provinciano, afuerino en los círculos de poder. Sus orígenes son modestos. En Santiago asistió a un colegio con número. Era un colegio, recuerda, donde convivían niños de origen obrero y de clase media baja. Su padre se desempeñó como ingeniero en el Ministerio de Obras Públicas, que lo desplazó a Antofagasta para que se hiciera cargo de las plantas de filtrado del agua a causa del eterno problema del arsénico que sufre la ciudad. Allí, el niño Alejandro asistió al Liceo de Hombres Nº 1. Culminada la educación media entró a estudiar Sociología en la Universidad Católica del Norte, donde también cursó la carrera de Periodismo. Más tarde obtuvo el Magíster en Ciencias Sociales en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), que por entonces tenía sede en Ecuador.

Las inquietudes políticas lo asaltaron temprano. Fue presidente del Centro de Alumnos de su liceo antofagastino. El norte minero era mayoritariamente izquierdista y volcó su votación para elegir a Salvador Allende. En el liceo participó en un comité de la Unidad Popular en apoyo a su campaña presidencial. Evoca un momento que le ha quedado grabado en la memoria para siempre: «Vivíamos en los extramuros de Antofagasta, en un barrio popular, de clase obrera. Estaba con un grupo de vecinos esperando a Allende y de repente apareció la caravana. Se detiene la camioneta frente a mí ¡y Allende se acerca y me da la mano! Recuerdo haber quedado electrificado. Sentí que era un instante eterno. Sentí la mano, el carisma de quien sería Presidente».

El golpe de estado lo sorprendió siendo estudiante universitario. Al poco andar un uniformado le hizo saber, a través de un tercero, que sería mejor que abandonara la ciudad. Como tantos otros chilenos por entonces, enfrentó largos meses de cesantía. Finalmente, espoleado por la necesidad económica, viajó a Ecuador para ampliar sus estudios. Allí enfrentó la línea divisoria que separaba a los militantes partidarios respecto de los independientes. Los apadrinados de los partidos accedían a becas reservadas para ellos; los otros debían batirse por su cuenta. Guillier optó por las pellejerías que implicaba no cobijarse en una tienda política. Una decisión que nunca lamentó.

Dos factores reforzaron su decisión de no militar en un partido, pero manteniendo un activo interés y cooperación política con ellos. El primero es su carácter inquisitivo, que actuó como antídoto contra el ideologismo sectario imperante en los años setenta. El segundo fue su personalidad gregaria que lo predispone a relaciones transversales que desconocen fronteras políticas. Estos rasgos fueron reforzados por el ejercicio del periodismo. Cada periodista puede tener sus propias convicciones, pero deben quedar al margen a la hora de reflejar la realidad. Su obligación es entregar el cuadro más objetivo posible para permitir que las audiencias se formen su propio juicio. En general, una militancia activa conspira contra este propósito. La experiencia directa le dejó claro que los rótulos políticos no siempre representan a quienes los exhiben. Dice que ha conocido socialistas conservadores y gente de derecha abierta de criterio. Al ser consultado por qué ha desarrollado vínculos más estrechos con el Partido Radical, en circunstancias que se define como progresista, responde que es una cuestión de piel antes que ideológica. Se ha sentido más a gusto con los parlamentarios radicales que con los del PPD o del Partido Socialista. En todo caso, mientras ejerció como periodista, habría tenido muy poco tiempo para una militancia, aun si lo hubiese querido.

Su carácter trabajólico, un remanente de inseguridades laborales de otrora, lo llevaba a levantarse antes de que despuntara el sol para llegar a los programas radiales matutinos. De allí partía a las actividades académicas: dictó clases en la Universidad Diego Portales, en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y más tarde en la Escuela de Periodismo de la Universidad Mayor, que llegó a dirigir. Después de esas clases volvía a casa para una breve siesta y terminaba el día en la televisión, conduciendo noticieros y otros programas. A su favor contaba que estaba operado de los nervios, como solían decir sus colaboradores periodísticos. No importaba cuán grave fueran los problemas en medio de una emisión, Guillier se daba maña para salir incólume. Doy fe de ello. En una oportunidad en que él conducía el noticiero y yo abordaba un tema internacional, se presentaron imágenes ajenas a la materia en cuestión. Al percatarse de la situación pasó a entrevistarme con absoluta naturalidad. Las cámaras se enfocaron en nosotros. Ello dio el tiempo para corregir el error. Muy pocos notaron el desacierto.

El supra partidismo de Guillier es algo apreciado por la opinión pública, ajena a las disputas entre colectividades políticas. Más aún, las divisiones y rencillas son valoradas negativamente por esa misma opinión pública. Esto explica en parte que un periodista y ahora senador de talante moderado, que rehúye la pachotada y el escándalo frívolo –tan frecuente en la fronda política-, encarne el deseo de cambio expresado por sectores ciudadanos. Esto último irrita a sus contendores, que le exigen un programa político. Es una forma oblicua de subrayar lo que consideran una ausencia de trayectoria política. Es, en todo caso, una exigencia un tanto excéntrica, si se considera que los programas electorales no pasan de ser declaraciones de buenas intenciones. La elaboración de programas es parte de una corta temporada de apertura en la cual son convocados los militantes que se cree que aportan ideas útiles en distintos rubros del quehacer nacional. Se crean comisiones en las que participan en su mayoría aspirantes a cargos en su campo de experiencia. Como dijera un ministro en una de estas comisiones: «Seamos francos, aquí se desposta el animal. Acá definiremos qué le tocará a cada cual». En rigor, la repartición de cargos depende también de las correlaciones de fuerzas resultantes de los comicios. El mérito o la capacidad para ejercer los cargos quedan finalmente relegados. En primer lugar suele figurar el empeño de las diversas agrupaciones e individuos por controlar cuotas de poder. La elaboración de líneas programáticas termina siendo un esfuerzo fútil. Pasadas las elecciones, el grueso de las propuestas cae en el más absoluto olvido y no valen siquiera el papel sobre el cual están escritas. De allí que la altisonante demanda de un programa, como sinónimo de voluntad de acción, parece un arma más en el arsenal de los poderes establecidos. La abrumadora mayoría de la población jamás ha leído un programa para decidir por quién votará. La gente sabe por experiencia que las promesas electorales se las lleva el viento. La vida enseña que el infierno está pavimentado de buenas intenciones.

Es llamativo el auge de un Guillier sin programa. La gente intuye que las dirigencias políticas le dirán lo que quiere escuchar. Todos están por el bien y contra el mal. Las mayorías buscan alguien en quien creer, en quien puedan confiar. Muchos prefieren a un candidato «solitario» antes que otro rodeado de calificados tecnócratas, que aparecen gobierno tras gobierno. Profesionales de la política con escasas convicciones y grandes apetitos de poder. Las maquinarias partidarias, por lo general ajenas al mérito, basadas en el cuoteo, toman por asalto las reparticiones públicas. Desde allí, en los cargos superiores, en muchos casos establecen fructíferas relaciones con el sector privado. Algo que da origen a la otra «puerta giratoria»: funcionarios fiscales alternan como ejecutivos en grandes empresas. El concepto de conflicto de interés es relativamente novedoso en Chile y está lejos de ser asumido por la élite. No existe un cortafuego entre el servicio público y las fuerzas del mercado que pugnan por influir al Estado responsable de velar por el interés de todos. Así surge una vasta área gris en la cual es difícil establecer la frontera entre lo público y lo privado, especialmente cuando las empresas financian con generosidad al conjunto del espectro político. Como se suele decir, y todo el mundo lo sabe, no existen los almuerzos gratis.

Un claro resultado de esta proximidad es que muchos de los escándalos de colusión entre empresas salieron a la luz no porque los detectaran las autoridades fiscalizadoras. Fueron competidores resentidos los que realizaron las denuncias. Hay funcionarios diligentes que cumplen con su deber. Pero su acción se diluye en el complejo entramado de estructuras permeadas por lobbies de la más diversa índole. Las leyes quedan trabadas por años en artificiosos debates parlamentarios —con o sin urgencia— y finalmente, cuando son promulgadas, su espíritu original es irreconocible. Por la vía de alterar el reglamento a través de un par de cláusulas, dejan las cosas como estaban o incluso peor.

Un ejemplo que seguí de cerca ayuda a ilustrar lo anterior: en 2012 fue aprobada la Ley 20.751, llamada de medición neta o net metering, que permitía la conexión a la red eléctrica de generadores de electricidad a partir de energías renovables no convencionales (ERNC). Así, los que produjeran hasta 100 KW, es decir las iniciativas domésticas, podían inyectar su energía a la red para ser comprada por la empresa distribuidora al mismo precio que cobra la compañía al resto de los consumidores. Hubiese sido un gran paso adelante. Pero hecha la ley, hecha la trampa. Faltaba la letra chica. En vez de medición neta, el lobby de las distribuidoras impuso un pago inferior del orden del 40% de lo que las empresas cobran por la misma electricidad. La diferencia se debe a que las distribuidoras pagarán a los pequeños productores lo mismo que a las grandes generadoras. Este mecanismo lo llaman facturación neta o net billing (que algunos llamaron net bullying: matonaje neto). Es, sin duda, un freno al desarrollo de las ERNC caseras o, lo que es lo mismo, a la energía distribuida, pues no hay nada más próximo al consumidor que los paneles fotovoltaicos domésticos. Además dificulta los esfuerzos por reducir la contaminación de la generación eléctrica. En concreto, para cada chileno, si se aplicara la medición neta y no la facturación neta, la instalación doméstica de un sistema fotovoltaico en Santiago se amortizaría en seis años y en Calama, en cuatro. Con una inversión de alrededor de un millón de pesos una casa puede asegurar su autonomía energética por las próximas dos décadas. La victoria fue de las distribuidoras y todo quedó en nada. Ni hablar de la ley de estacionamientos, que terminó dando aún mejores condiciones a las empresas en detrimento de los usuarios.

La lista es larga y cuando las autoridades son enrostradas responden con el mantra habitual: carecen de facultades para fiscalizar y más aún para sancionar. Incluso cuando imparten multas estas son una fracción bastante menor que los beneficios devengados por los infractores. La ciudadanía está indefensa frente a poderosos bufetes de abogados y legisladores que protegen a quienes han hecho una ...