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AMOR O DOMINACIóN

Laura Gutman

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Fragmento

Palabras preliminares

Las personas tenemos muchos problemas y queremos solucionarlos. Con frecuencia tenemos la sensación de que sin esos problemas, seríamos más felices. Pretendemos que esas dificultades desaparezcan, que alguien cambie, que las cosas sucedan de otro modo. Adherimos al pensamiento mágico suponiendo que las cosas podrían cambiar y entonces sí seríamos capaces de vivir felices. Lo que me resulta más llamativo es que no nos hacemos cargo ni nos sentimos responsables respecto a eso que generamos. Seguimos esperando —cual niños— que sean los otros adultos quienes nos cuiden y quienes finalmente se den cuenta de que somos merecedores de cariño y atención privilegiada.

Pasa que eso es justamente lo que no sucedió cuando efectivamente fuimos niños. Y eso que no sucedió es lo que ahora fantaseamos que tenemos derecho a recibir. Si soy un hombre casado, quiero que mi mujer me reciba con un abrazo y un delicioso plato servido en la mesa. Si soy mujer, espero que mi esposo solo me tenga presente a mí en su abanico de preocupaciones y colme cualquier necesidad personal. Si soy soltero/a, espero encontrar un partenaire que solo se dedique a amarme y satisfacerme. Si soy maduro/a, pretendo que mis hijos estén atentos a mis necesidades. Si soy anciano, considero que mis hijos y nietos tienen la obligación moral de devolverme todo aquello que les he ofrecido a lo largo de la vida.

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El gran inconveniente es que ya somos personas adultas. Sin embargo funcionamos con nuestras necesidades infantiles insatisfechas. Si no recibimos en forma permanente cuidados o si no logramos que alguien nos colme de cualquier manera, entonces percibimos a nuestro entorno como un sitio hostil. Estas actitudes entre los adultos son tan frecuentes, banales y normales, que corroboran la configuración de un ejército de personas grandes que hemos quedado emocionalmente fijadas en la inmadurez de la época en que fuimos niños pequeños y, como tales, seguimos esperando la atención que no hemos recibido cuando efectivamente dependíamos del cuidado y la consideración de los mayores.

Que a todos nos pase lo mismo, que estemos todos en la misma “bolsa”, no significa que esto sea esperable, ni que “los seres humanos somos así”. Solo denota la constitución de un conjunto de preceptos, creencias, intercambios y ventajas que han contribuido a que funcionemos todos de la misma forma, englobados en una modalidad a la que vamos a denominar: cultura. Cultura es todo lo que pensamos y organizamos para vivir, incluidos los valores. Los valores no son buenos o malos en sí mismos, sino que cumplen diferentes objetivos. Nos gusten o no, las acciones que emprendemos individual y colectivamente nos llevan a ciertos resultados. En este sentido, somos responsables de lo que generamos.

Dentro de este colectivo de seres humanos adultos, hay algo que compartimos, al menos en nuestra cultura “occidental”: hemos vivido niveles de desamparo muy importantes durante nuestra primera infancia. Luego nos pasamos la vida adulta queriendo resarcirnos, pero sin tener conciencia de lo que nos aconteció. Entonces reclamamos nuestro derecho a ser amados. Así de simple. Pero como todos reclamamos lo mismo, no hay nadie del otro lado para “dar” amor. Por lo tanto, nos peleamos por migajas de cariño.

¿Es tan así? ¿Acaso no hay personas que hayan tenido infancias felices? ¿No seré portavoz de una mente martirizada que ve cosas horribles donde no las hay? Cómo me gustaría que esto fuera cierto.

A mí me pasa algo poco habitual, y es que tengo acceso —desde hace más de 35 años— a cientos y cientos de biografías humanas por mes, pertenecientes a personas reales, comunes, vecinos respetables, personas poderosas, inteligentes, cultas, amables, amantes de sus hijos y con buenas intenciones. Personas como yo y como cada uno de nosotros. No somos extraterrestres. Hemos ido a los mismos colegios o a escuelas similares. Son de mi misma generación, o casi. Mismo país. Mismos momentos históricos. Todo normal. Cada vez que explico los desamparos durante las infancias, soy testigo de la incredulidad de las personas que me escuchan. También es frecuente pensar que “eso” les pasó a los demás, pero no a uno, ya que tuvimos una madre maravillosa. Lamento compartir con mis lectores que —a lo largo de los años— he constatado que cuanto más necesitamos defender a nuestra madre, más ella ha arrasado con nosotros. Glup.

A esta altura, podemos empezar a revisar las letras de los tangos.

Afirmar que tuvimos una infancia feliz no es complicado. Durante nuestra niñez, nuestra madre y todos los adultos de nuestra familia han dicho que éramos una familia feliz; por lo tanto, tener “esos recuerdos” es muy sencillo. Todo lo que ha sido nombrado se organiza en nuestra conciencia; en consecuencia, “recordaremos” que éramos felices. Pero ese “recuerdo” no es más que una construcción de la mente, basada en las palabras que han sido nombradas, generalmente de la boca de nuestra madre o de la persona que nos ha criado. Habitualmente eso que se ha nombrado no tiene nada que ver con las vivencias internas, reales y olvidadas del niño que hemos sido. Esta evidencia la he descrito ampliamente en mi libro El poder del discurso materno.

¿Entonces? ¿Acaso tuvimos una vida que no recordamos? ¿A quiénes tenemos que creer? Esta es una buena pregunta. En verdad, no deberíamos creer en nadie más que en nosotros mismos. El problema es que interpretamos los acontecimientos de nuestra vida, nuestros sentimientos y nuestra visión del mundo desde parámetros engañados. O dicho de otro modo: nuestra organización psíquica logró sobrevivir al desamparo tomando como cierto lo que nuestra madre (o padre o abuelo o persona con la cual nos hemos identificado) ha dicho en aquel entonces. Esa “construcción de la realidad circundante” encajaba dentro del sistema de creencias y valores de la persona que nombraba, desde su punto de vista, aquello que pasaba. Cuando fuimos niños, hemos tomado como única verdad ese punto de vista que, por supuesto, no era propio. Pertenecía a un adulto —habitualmente nuestra madre— que tenía el lenguaje verbal disponible para nombrar cómo vislumbraba la realidad. Los niños, en principio, tomábamos esas palabras prestadas. Y a partir de esa interpretación, organizábamos el mundo y la visión del universo que nos rodeaba.

¿Para qué sirven estas consideraciones? Para tener en cuenta que aquello que “recordamos” relativo a nuestra infancia es altamente probable que no haya acontecido así (con relación a nuestro registro interno, emocional, afectivo, perceptivo o como lo queramos llamar). En todos los casos, nuestra infancia ha sido mucho más carente —en términos de satisfacción de necesidades básicas afectivas— de lo que podemos imaginar. Es tan usual que en el transcurso de un sistema de indagación personal sensato y honesto aparezca el verdadero nivel de desamparo infantil, que considero que es allí donde tenemos que apuntar en primer lugar. Pienso que es imprescindible que como individuos adultos —si deseamos comprendernos— tengamos acceso a lo que hemos vivido desde nuestro nacimiento y durante toda nuestra infancia, para entender qué herramientas utilizamos para nuestra posterior supervivencia emocional. Una vez que podamos vislumbrar el nivel de carencia afectiva y la falta de fusión emocional con nuestra madre, podremos revisar qué ventajas aún conservamos y qué desventajas aparecieron durante nuestra vida adulta, ya que habitualmente continuamos peleando por nuestra supervivencia como si aún fuéramos ese niño pequeño abasteciéndose solo. Justamente, casi todo lo que hacemos, pensamos, opinamos, defendemos o decidimos está teñido por ese accionar infantil o —dicho de otro modo— por el mismo mecanismo de defensa o de supervivencia con el que hemos vivido hasta hoy. Sin em ...