Loading...

BARRIO BRAVO

Roberto Meléndez

5


Fragmento

El jugador que no quiso dejar de serlo

Es una juerga más. Tiene ganas de mear. El baño maloliente del bar suburbial no brinda tregua, así que sale del local a buscar una esquina con la cerveza en la mano. Siente el alivio, también el agradable paso del viento por debajo de las bolas. Inhala, pletórico y reconfortado, evacua al aire libre y deja el nombre en una pared gastada. Tararea una canción de Arctic Monkeys, esos que fueron sus vecinos en Sheffield y que desde hace poco la revientan en las radios británicas. Al día siguiente no hay partido, el entrenamiento es por la tarde y hace dos minutos ha decidido que no irá a trabajar a la fábrica.

La fría cerveza está magnética, al igual que esa pelirroja escocesa que hace pocos minutos le mostró el tatuaje que lleva detrás de la oreja derecha. Sonríe, satisfecho de aquello que le espera, conforme con una decisión que le es propia, pues va de rebelde, y es así como encaja y engrana su conciencia; así mide su propia idea de respeto, algo que en algún momento perdió, y que ahora, a punta de peleas, amores fugaces y decisiones contra la corriente, cree haber recobrado.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La noche parece no tener temperatura y el cielo fue secuestrado por la neblina. Enciende un cigarro y, una vez más, aparece ese maldito recuerdo de hace cuatro años, cuando con veinte centímetros menos y un millón más de ilusiones, fue desechado por el equipo de sus amores y donde hizo todas las inferiores. Desde aquel día en que salió corriendo de las instalaciones del Sheffield Wednesday —con los ojos cerrados y las lágrimas bañándole el rostro— su vida ha sido así: interminable y angustiantemente inmediata. Porque alguna vez soñó con hacer eterno su nombre, pero eso parece que fue hace tanto…

Se termina de un buen sorbo el resto de chela que le queda y emprende el regreso al bar. De pronto, poco antes de llegar, alguien es arrojado desde adentro de manera brutal: es «El Sordo». Un amigo suyo que efectivamente es sordo. Detrás del Sordo, cayendo, aparecen dos sujetos que lo embisten en el suelo, dándole patadas. Atónito, observando la escena, sin entender nada, cierra el puño con los nudillos encostrados; mira para todos lados, no aparece nadie al rescate, solo la pelirroja que grita por ayuda. Sin pensarlo se arroja de pique al área y clava dos voleas, una en el culo, otra en la espalda. Mientras El Sordo tiene la boca rota y se retuerce en el suelo, el delantero comienza a mostrar la testosterona acumulada, además de toda la actividad pendenciera sumada en el frustrante paso de los días. Y los golpea duro, aun siendo más flaco que ellos, como si nada importara, como si la calle y la mocha fuesen su real origen. Es cierto que recibe y ya tiene la nariz quebrada, pero mucho menos que el par de matones reducidos a nada por ese muchacho que descarga la mierda, sin pausas, sin miedo. Ya con el par de sujetos caídos, los escupe y les saca las billeteras, como castigo y porque quiere más cervezas. Al acto llega la policía.

Tiene veinte años y es condenado a usar un brazalete electrónico, cumplir un toque de queda que lo obliga a estar en su hogar siempre antes de las 18.30 horas, y no moverse en un radio superior a ochenta kilómetros. El mazazo para el joven futbolista es fuertísimo. El escándalo no consta en ningún medio, claro, a nadie le importa lo que haga el delantero del Stocksbridge de la séptima división inglesa. Aun así, su carrera parece estar arruinada, su vida en el fango, la pelirroja ya desapareció. El club planea caducarle el contrato que consta de un salario de cuarenta euros por partido. Pese a ser el goleador y quizás quien cuenta con mayor proyección en la plantilla, los problemas no son una novedad y lo tienen con pie y medio fuera de la institución. Reconoce el pánico, tiene miedo. Él asegura que el fútbol es todo lo que ama y lo único que hace bien. Promete cambiar, pero principalmente, bajo la angustia, promete lo mejor que conoce: goles.

Es jueves, un jueves cualquiera. Son las 17.30 horas y el partido va 1-1. Debe irse, si no la cosa se le puede poner peluda. Viene la modificación, pero pide un minuto más. Van sesenta y quiere una chance, sabe que la defensa rival ya está agotada y se siente rápido, porque lo es. Su madre ya tiene el auto encendido y le toca la bocina. No la toma en cuenta y se planta en medio del campo, rechazando los bocinazos y la inminente modificación. El técnico lo llena de garabatos, aunque interiormente lo conoce y sabe que quizás pueda pasar algo. Aguanta el cambio una jugada más. Un melón con vino para adelante, un pelotazo sin gran calidad pero lleno de intención; y corre, sin dejar de acelerar, nunca deja de acelerar; alcanza el balón, tiene el arco en la mente y planta el bombazo a treinta metros: GOLAZO. No hay tiempo para festejar, sigue corriendo, salta la reja que limita pequeño el estadio con la calle y sube al auto.

—Por poquito —le dice a su vieja, mientras ella sin mirarlo, pone primera.

Deslenguado, frívolo y temperamental, fruto del ácido paseo de una experiencia tosca y acontecida, de la que tuvo que salir airoso a punta de puñetes, transformándose en un conchasumadre, porque quizás así valía la pena, porque quizás así igualaba, un tanto, a la puta vida seca. De la boca para afuera y las palabras que llenan el elogio de la virtud, pero cada quien clama cómo sobrevivir. Al final de cuentas, lo importante es hacerlo.

Pero en ese adusto rostro pálido, lleno de escepticismo, habitaba algo más que solo revancha, porque estaba enamorado de jugar y, en esa pasión, buscó una conquista. Cada segundo lo hacía más improbable, pero cada gol alimentaba una tierna esperanza. Y la abrazó con fuerza. Infantilmente no dejó de soñar, añadiendo a eso el carácter que le dio la oscuridad para no intimidarse por el paso del tiempo ni por el eslogan de lo probable.

No paró de hacer goles, le sacaron el brazalete y siguió haciendo goles, pasando al Fleetwood Town de la quinta división. Hizo treinta y un pepas en treinta y seis partidos, y llevó a su escuadra a un inesperado ascenso. Con los papeles manchados —y ya con veinticuatro años a cuestas— parecía que debía ganarse los morlacos en la sombra del profesionalismo, sin embargo, su irrupción era real. No era solo un jugador rápido que hacía goles, también entendía el juego, podía recostarse por las bandas o descender y asociarse. Por supuesto, ágil y astuto en el área.

En definitiva, un delantero lleno de condiciones. Así lo vio el Leicester, un equipo que militaba en segunda y que no dudó en pagar dos millones de dólares por él, el precio más alto pagado jamás por un jugador venido del mundo amateur.

Pasó el tiempo. Al principio la adaptación al ritmo y la presión fueron difíciles, pero nada imposible para quien venía del infierno. Fue determinante en el ascenso de su equipo a primera y, en la temporada 2015-2016, se convirtió en el goleador de la Premier League. Misma temporada en que el humilde Leicester, con su goleador a la cabeza, hizo de la realidad un poco de fantasía y dejó a los grandes clubes de la isla como Chelsea, Arsenal o Manchester United mirando desde abajo.

Con veintinueve años, aquel desconocido que peleaba afuera de los bares transformó su nombre en referencia planetaria; qué importaba que haya tardado, si finalmente llegó escribiendo su huella al vaivén inolvidable de la calle. Su nombre: Jamie Vardy.

Curiosidades del destino: la única vez que Leicester estuvo cerca de ser campeón había sido en 1929, año en que el Sheffield Wednesday lograra la consagración. Sería un hincha y jugador descartado de ese equipo quien comandó algo insospechado y extraordinario. Como el vuelco en la vida de Vardy, ese jugador que no quiso dejar de serlo, aunque tuviera un brazalete condenatorio en el pie.

El Sordo cuando va al estadio se sienta en primera fila, la pelirroja lo ve por la tele, Vardy se mira al espejo y, ahora sí, encuentra el respeto que buscaba.

El milagro de Estambul

La crisis financiera en mi familia se instaló con su agresividad natural, la mensualidad universitaria se volvió inviable y mis días de mimado se acabaron de un plumazo. Lo intenté como mesero pero mi pulso me invitó a renunciar tras una jornada de tres platos rotos y varias puteadas en tono urbano. Mandé mi currículum anoréxico a distintas partes, por supuesto rebotando como limonada tibia. Picando cero, no me quedó otra que dirigirme al clásico «pituto», el método nacional por excelencia. Fue así como terminé de asistente de ventas de un proyecto inmobiliario en unos edificios de la comuna de San Miguel.

Sin nada de experiencia y con apenas veinte años, era yo quien intentaba convencer a clientes recelosos que en esos sesenta metros cuadrados debían sellar el negocio de sus vidas, la soñada casa propia y el futuro de su prole. Y a pesar de que «Dino», el sabueso experto que increíblemente cerraba todos los tratos, me dio la mágica receta «de las terminaciones», mis números estaban en rojo y la patada en la raja ya la estaba sintiendo hace semanas. Cada día era más difícil levantarse, en la universidad estaba definitivamente en la rama, y vender algo que no me convencía efectivamente me superaba; sí, para ser vendedor hay que tener una retórica especial y el estómago duro.

Tocaba una nueva jornada laboral y caminé al metro con la obvia alegría de saber que estaría lleno, me puse los audífonos y, junto a «I feel fine» de The Beatles, traté de hacerme el gil. Me subí al vagón sintiendo el aroma propio de felicidad que suelen tener y abrí el cuerpo de Deportes del diario que le había robado al vecino desde su choapino. Como es habitual, no había nada muy interesante, pero sí una información que valoraré por el resto de mi vida: ese día se jugaba la final de la Champions League entre el gigante AC Milán y el histórico Liverpool. Y a mí que me gusta eso de las señales del destino, el hecho de que el cuarteto leyenda del puerto inglés estuviera en mis oídos determinó mi convicción; me bajé del metro, adiós pega, viva el fútbol.

El ambiente en Estambul derretía los fríos tópicos europeos; setenta mil fanáticos multiplicando la energía del tiempo, transmitiendo electricidad. Los forofos italianos aparecían expectantes y seguros de estar cerca del séptimo dominio europeo, y no se trataba de arrogancia, más bien se sustentaba en un equipo acostumbrado a ganar, con un portero en forma (Dida), una sólida defensa (Cafú, Nesta, Stam, Maldini), el mejor mediocampo del mundo (Gatusso, Pirlo, Seedorf, Kaká) y dos «9» de época (Shevchenko y Crespo). Su director técnico, Carlo Ancelotti, no se restó favoritismo, y su propietario, el viejo verde de Silvio Berlusconi, ya había llenado de bailarinas su mansión. A pesar de ello, el local ese día en el estadio Olímpico de Atatürk era el otro equipo, Liverpool. Lo de la parcialidad inglesa conmovía, el raspado de sus gargantas agredía, envolvía y entusiasmaba. El equipo porteño del norte inglés contaba con el pedigrí del palmarés —cuatro títulos anteriores—, pero habían transcurrido veintiún años desde la última conquista importante en Europa, mientras su clásico rival inglés, Manchester United, lo ganaba todo. Sí, también existía ansiedad y presión en la escuadra que dirigía el español Rafa Benítez.

Tanta presión que al minuto de juego una falta lanzada por el pie de Pirlo encontró solo a dos metros del punto penal a Maldini, y el eterno capitán rossonero la mandó a guardar. Gol de camarín y los pronósticos rápidamente comenzaban a confirmarse. El balde de agua fría para los británicos se sintió en el semblante de los once que pisaban el campo, así como inmediatamente trastocaba el plan conservador dispuesto por Benítez. Liverpool tuvo que salir más de lo planificado, pero lo hacía simplemente empujando, mientras con espacios el cuadro italiano dominaba las acciones de riesgo y por momentos le daba un toque a su rival. Y así llegó el segundo, con un Kaká que a la carrera condujo una contra sin desesperarse, leyendo perfectamente el movimiento de la jugada, habilitando entre los centrales a Shevchenko; el ucraniano sin ser glotón, centró al medio para que Crespo decretara el silencio en los latidos del «enemigo». 2-0. Parecía sentencia mortal. Cinco minutos después, a falta de uno para el final de la primera mitad, nuevamente Kaká dictando cátedra, ahora daba un pase extraordinario de cuarenta metros para que otra vez Crespo se llevara los flashes: el argentino picó el balón de primera, suave y con clase al portero Dudek, que terminó a medio camino cuando buscaba achicarle el ángulo: 3-0. Sí, esto estaba sentenciado: con un golazo esencialmente sudamericano, el puñal se clavaba en el alma del oponente. Una final de cuarenta y cinco minutos, pensé, mientras en paralelo ojeaba mi celular que tenía muchas llamadas perdidas ante mi ausencia laboral. Qué cagada.

Rafa Benítez trató de morder el ego de sus futbolistas, garabateó, reordenó sus piezas, quiso hacer hervir la sangre de sus jugadores en medio de un ánimo abatido y carente de respuestas. Desde el otro lado, Ancelotti pedía tranquilidad, solo quedaban cuarenta y cinco minutos para levantar una nueva «orejona».

El fútbol es un juego técnico, pero también es profundamente espiritual, y es ese sustrato cualitativo y elocuentemente vibrante el que puede cambiar la dirección de aquello que se presume sentenciado; perseverar por un motivo, encontrar esa causa y arriesgarlo todo. Y mientras Benítez gritaba, Steven Gerrard, el emblemático capitán formado e identificado en el club, exigió con su postura un breve silencio, conectando una simbiosis de pasión: desde las gradas invadía en el camarín un cántico apasionado, fuera de contexto, indistinto al resultado, redoblando en estos tiempos livianos esa anormalidad llamada compromiso. El hincha de Liverpool se sacudió de la mierda sin abandonar y fue ese romanticismo perdido el que reenganchó el brío y la vergüenza: «You’ll never walk alone» (nunca caminarás solo), y que fuese lo que fuese. Y fue.

Liverpool salió totalmente concentrado al segundo tiempo, sin dejar de correr, entendiendo que se trataba de una final, abrazados en la atmósfera inigualable que sus fanáticos brindaban en Turquía. Quién otro que Gerrard ponía el primer descuento a los 54. ¿Qué cresta hacía el volante en área chica esperando el cabezazo de un centro lanzado lateralmente desde tres cuartos? De eso se trata sorprender y comprender que este juego se gana muchas veces si se mueve al espacio, sin la pelota. Aunque en este caso fue el puro instinto de arrojarse por esa camiseta que llevaba en la sangre. Porque Gerrard no estaba de paso, vivía su historia, la de su club, la de sí mismo. Gerrard de niño llamaba a la calle lateral de su casa «calle de la felicidad», pues ahí masticaba el día al lado del balón. Esto no era un negocio, no se trataba de vanagloria, lo era todo. Y el color rojo lo defendía no solo por él y su afecto, también por su primo Jon-Paul, quien murió aplastado en Hillsborough, cuando tenía apenas diez años, e hinchaba ingenua y vivame ...