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CAMINO A LA CIMA

Mauricio Purto

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Fragmento

Los comienzos

Nací en Melipilla, hijo de un matrimonio mixto, un padre judío lituano y una mamá árabe, libanesa. O sea, un esquizofrénico de nacimiento. Pero me crie entre árabes, en especial en la casa de mi tía Uteh y mi tía Aniza, las tías solteronas que fueron también mis mamás. Vivían frente a mi casa, así que la ruta de escape era directa.

«Don Bernardo», así llamo a mi padre. Don Bernardo Purto era un refugiado de guerra de ascendencia judío lituana. Llegó a Chile bastante empobrecido, pero directo a estudiar medicina. Fue el primer judío en estudiar esa carrera en la Universidad Católica. ¡Imagínense la hazaña! Cuando le tocó hacer su práctica, fue enviado a Melipilla. Allí se enamoró de la reina de la primavera, Hilda Arab, quien vendió su zapatería para instalarle una consulta y organizarle un poco la vida a este pobretón. Y se casaron. Hubo una guerra familiar. ¡Un judío con una católica libanesa! Es que mi mamá era preciosa y mi papá un galán, un tipo de ojos azules, encantador, carismático.

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Ahí estaba la Jenny, mi hermana mayor; un primor, que fue Miss Chile. Y Lenka, mi hermana menor —que vive en Fort Lauderdale—, la versión trigueña de la Jenny. Otra hermosura. Yo me crie rodeado de belleza, pero de mucha locura también.

Admiraba a mi padre, un profesor de medicina que nunca me hizo ningún cariño, de una frialdad superlativa y de una mente lúcida, tremendamente lúcida. Él fue mi primer profesor de medicina, y con él empecé a estudiar a los cuatro años. Porque hacía todo con él. Yo quería ser como mi papá, quería ser ese médico que desafiaba a la muerte. Mi primera autopsia la realizamos a mis trece años. Algo prematuro. Y quedé sin dormir muchas noches.

Entonces maduré de sopetón, me encontré con el espejo de la muerte, porque ahí, con el cadáver frente a mis narices, llegó el mensaje bastante claro: podía morir en cualquier minuto. Es decir, la vida tiene fin. Quedé helado, surgieron las pesadillas. Y tan abruptamente, que mi mamá dejó de hablarle a mi papá por tres meses. Lo peor —o lo mejor— es que él me siguió llevando a que observara lo que hacía. A mí me encantaba «operar» con mi padre, porque era la única forma de obtener su atención. Yo quería saber qué tenían las manos de este caballero, entender los libros en alemán, inglés, francés e italiano que tenía en su biblioteca. Cuando entré a estudiar medicina ya tenía un camino recorrido, pero después de esa primera autopsia también ya había comprendido que tenía que aprovechar con intensidad esta pasada por la vida.

Como hermano mayor, fui el primero en recibir la larga lista de frases para el bronce que había juntado mi progenitor a lo largo de su ácido camino. Pese a que hasta los oídos de mi hermana Jenny algunas de estas llegaban bastante filtradas, pienso que no pudo zafar del halo de perfeccionismo y exigencia que se respiró en mi casa. La consecuencia fue que mi hermana Jenny hizo una anorexia de libro. Tenía quince años. Ella medía más de 1.80 metros y llegó a pesar cuarenta kilos. Casi se murió. Todo empezó a ocurrir casi imperceptiblemente cuando se cambió de colegio e ingresó al Grange School en octavo básico. Un tiempo después, la enfermedad se desató.

La enfermedad afectó mucho a la familia; a mí me dio una pena inmensa. No podía entender cómo una mujer tan linda, a la que no le faltaba nada, no lograba aceptarse a sí misma. Para mí fue devastador ver, además, el sufrimiento de mi mamá y de mi papá. Pasamos tres años terribles. Lo que más me afectaba era que, habiendo podido influir siempre en ella, en esta ocasión no lograba nada. ¡Nada! Al final entendí que con palabras no se solucionan estos problemas. Entonces, cuando la veía muy achacada, muy flaca, me limitaba a abrazarla y me quedaba harto rato así. Y se ponía a llorar, con estertores. Yo quedaba hecho trizas.

Aquella fue la época de mi mayor motivación para convertirme en médico. Pero antes de eso, solo por casualidad, me convertí en escalador. Mi papá me llevó un día al cajón del Maipo para sacarme un poco del doloroso ambiente que había en mi casa. Una vez, mientras él jugaba brisca con unos amigos en las cabañas donde nos alojábamos, me fui a caminar y encontré un cerro. Y mientras subía, pensaba en mi hermana, en la vida. Cuando me cansaba y me dolían las piernas, subía más. Como en una especie de peregrinaje, intentando trascender algo, quizás.

Creo que escalaba por la Jenny, por el sufrimiento de ver a una familia destrozada. Los últimos quince minutos antes de llegar a una cumbre, lloraba y resoplaba fuerte. ¡Nunca había llorado tanto! En una ocasión, cuando llegué a la cumbre y miré hacia abajo, dije una frase que nunca olvidaré:

—¡Aquí estoy!

Era un acto de redención. Mi primera experiencia fuerte había sido ver y ayudar en una autopsia; la segunda, darme cuenta de que se podía subir montañas. Pero mis sueños seguían confusos. Hasta que un día llegué a la cordillera de la Costa de Chile central. Me llevó un profesor de historia, Carlos Avilés, y allí encontré el antídoto a mis tribulaciones. Fue en Melipilla, en el Horcón de Piedra y en los Altos de Cantillana, cerros bajos con cumbres rocosas y campos de robles. Quizás por sentirme tan bien ahí me enamoré de las montañas.

Poco después empecé a estudiar medicina en la Universidad Católica en Santiago de Chile y seguí subiendo montañas, cada vez más altas y difíciles, con el equipo de montaña de esa casa de estudios. Incluso llegaron a seleccionarme.

El responsable de esto fue Juan Andrés Marambio, compañero de curso en medicina y un gran valor a la hora de preparar exámenes. Llegó un día y me dijo:

—Purto, hay un curso de montañismo en la universidad, y nos sirve para completar los créditos optativos.

Gran dato. Entramos los dos.

Ese grupo lo dirigía un avezado y carismático hombre de montaña, ya maduro, con experiencia en el Himalaya, Claudio Lucero. Todo un nombre en el montañismo chileno. Y Rodrigo Jordán, compañero de colegio en el Grange School de Santiago, cuando yo era el «guatón Purto», un mateo que había llegado en primero medio de la Escuela 34 de Melipilla. Con Rodrigo Jordán, dos años mayor que yo, no tenía demasiada onda. Éramos muy distintos, como el agua y el aceite. En mi colegio él era el «prefect» o prefecto, uno de los alumnos de cuarto medio elegidos por el mando, que colaboraba con la disciplina del colegio, y siempre encontraba la manera de ganarse a los profesores.

Creo que las ganas de subir el Everest nos las contagió —tanto a mí como a Rodrigo— George Lowe, pionero del primer ascenso del Everest en 1953, y rector del colegio. Lowe le había cargado la mochila nada menos que a Edmund Hillary hasta un campamento a 8.500 metros.

Sin embargo, mis ganas de subir montañas, casi como una obsesión, explotaron cuando conocí a Ítalo Valle. Ahí cambió todo. Entonces solo quise subir montañas con él.

Jaime Roca, un estudiante de arquitectura de la selección universitaria católica, fue quien me lo presentó. Roca era el único que mitigaba mi sensación de no pertenencia al grupo de la Católica en vías de ser andinistas. Con él me entendía. Me invitó a subir el cerro Mirador del Morado, una bella caminata glaciar cerca de los Baños Morales al fondo del cajón del Maipo, y luego a subir el glaciar Iver del cerro El Plomo, hasta entonces la mayor altura que había alcanzado, 5.423 metros sobre el nivel del mar. Un fin de semana después, Jaime me presentó a un bizarro personaje, vestido con bombachas y chaleco, calzando largos soquetes y un sombrero con pluma a la usanza alpina. Era mi primer contacto con Ítalo Valle. Fue amor a primera vista.

Almorzamos en el Refugio Alemán de Lo Valdés, invitados por la agregada cultural de la embajada de Estados Unidos —una amiga de Jaime Roca—, la «tía» Betty Woodsend. Éramos diez los que queríamos subir el cerro Corona, que se eleva al fondo del hermoso valle de Lo Valdés. La comida era abundante, pero yo sabía que no era conveniente comer mucho antes de una larga caminata. Me di cuenta de que Ítalo Valle también sabía lo mismo. Prueba es que cuando comenzamos la excursión solo él y yo pudimos caminar con tranquilidad, internándonos hacia el sur por el hermoso valle andino. También me di cuenta de que cuando Ítalo me sintió cerca, aceleró su paso a un nivel que para mí fue imposible de sostener.

Tres horas más tarde llegaba a las Vegas del Corona, un enclave de culto en los Andes de Chile central. Ítalo fumaba apaciblemente y me saludó casi como si fuera un niño cuando llegué, al tiempo que me convidaba un tecito que ya había hervido en su anafe Optimus.

—Bueno el anafe —le dije mientras recibía la infusión.

—Sí, me lo regaló don Alfredo.

Don Alfredo era su padre, un chofer de tanques en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial, prisionero de los ingleses en un campo de concentración en Libia. Me contó que en un bombardeo su papá saltó a un hoyo negro para sobrevivir, y después se limpió la mierda, no con agua, sino con parafina, el combustible de los tanques, para ahorrar el vital y escaso elemento en esos desiertos. Un tipo recio don Alfredo, que al final de la guerra decidió partir a América para continuar con su vida y, quizás, olvidar las penas.

Fueron dos horas las que pasamos charlando y conociéndonos a los pies de las montañas, hasta que hizo su aparición Jaime Roca, alias «Oráculo», el sabelotodo de estas montañas maravillosas del cajón del Maipo en los Andes de Chile central.

—Si fuimos capaces de subir el cerro El Plomo en el día, en un sentido fisiológico podríamos subir el Everest —le dije a Ítalo en un arranque de euforia. Jaime Roca dejó escapar una carcajada.

Corría 1980 y Chile, a pesar de su geografía montañosa, no había visto un montañero de esta tierra en el Techo del Mundo.

—Soñar no cuesta nada —dijo Jaime.

—En esa estamos, Oráculo —le replicó Ítalo a su escéptico amigo.

—Solo lo dije en términos orgánicos, que quizás es lo más importante —agregué como estudiante de medicina que era.

—Subamos el Corona, que el Everest está muy lejos —dijo Jaime.

No armamos carpa en ese dulce verano andino, y a las seis de la mañana ya estábamos preparando el desayuno antes de iniciar la escalada del Corona.

El cerro Corona es una montaña de cuatro mil metros que presenta una escalada en roca poco difícil, pero yo nunca había escalado en roca y sería todo un descubrimiento.

Éramos cuatro, Ítalo, Jaime, Roberto Poduje y yo, los que empezamos a caminar lentamente hacia la base del Corona, que ganamos en poco más de una hora.

Ítalo sacó la cuerda, nos amarró y comenzó a escalar. El gesto atlético de este andinista me conmovió hasta las lágrimas. El simple hecho de verlo escalar fue maravilloso. Subimos luego Jaime, Roberto y yo. Pero cuando logramos reunirnos arriba, Roberto sufrió una crisis de pánico, y Jaime me pidió que lo bajara.

¡Qué mal! Todo por nada. Lentamente deshice los pasos por el cajón de Lo Valdés, rumiando este traspié que me privó de seguir más alto. Pero por poco tiempo.

El Morado

A las tres de la tarde salí de mi trabajo en el turno de cirugía del hospital Sótero del Río. Juan Andrés Marambio me acompañaba a pasear por los jardines del hospital. Le conté que iba a ir al cerro Morado, la cumbre más bella que había visto.

—¿Le avisaste a Claudio? —me preguntó.

Juan se refería a nuestro profesor de montañismo, Claudio Lucero, un personaje magnético, un tártaro de apariencia, de voz profunda, moreno de rostro curtido por las cumbres, un filósofo de la montaña. Un hombre duro, de habla ronca y con refranes que quedan impresos en la memoria.

—No he visto a nadie de la rama de la montaña, y no he hablado tampoco con Claudio. Pero además considero que en mi tiempo libre soy dueño de hacer lo que quiera, no creo que necesite pedir permiso para partir con Ítalo y Jaime al Morado el próximo sábado —le hablé con soltura.

Una hora después me bajaba del bus en la avenida Grecia con Campo de Deportes, a un par de cuadras de la casa de Ítalo. Me recibió con una sonrisa, me invitó a pasar y me ofreció pasta, que un hambriento estudiante siempre agradece. La había cocinado su mamá, la señora Lidia, genovesa de tomo y lomo, de fortaleza hercúlea, partisana en la Segunda Guerra Mundial.

La pasta estaba exquisita. Todavía me veo untando el pan en la sartén, que tiene una salsa tuco maravillosa, hasta terminarla, un rito que se repetiría por muchos años.

Planificamos el ascenso. Ítalo me mostró la famosa guía Ambrus y el libro de Louis Lliboutry —el destacado glaciólogo—, y fotos que él mismo había tomado. De todas maneras sería la montaña más difícil que habría intentado. La había visto hacía un mes subiendo una hora desde los Baños Morales, al interior del cajón del Maipo. Y enseguida quise subirla. De inmediato sentí lo que para los andinistas es «el llamado de la montaña», una atracción intensa que no solo es admiración estética, sino ganas de estar en la cumbre, hacerse uno con ella.

—Te falta para eso —la voz profunda del profesor Lucero me sacó de mis cavilaciones cuando volví a verlo.

Este hombre oriundo de Iquique, con estudios de Educación Física en la ex Unión Soviética, tenía gran ascendente sobre nosotros y causaba admiración. Siempre traté de estar cerca suyo para aprender más. Pero esa vez no le contesté, porque para mí la palabra «no» es un estímulo. Siempre lo ha sido.

Así que el viernes siguiente por la tarde partimos a la montaña. Nos acompañaban Jaime Roca, su esposa Carmen Gloria y Lidia, la compañera de Ítalo en las cumbres. Iba también Nelson Garcés, estudiante de periodismo y miembro —como Jaime y yo— del club de la Universidad Católica.

Todo el sábado subimos por la ladera noreste del cerro Morado. Pasado el paredón de roca, que requiere un gateo concentrado, llegamos al nevero, y el clima se descompuso. Subimos por un canalón que descargaba nieve y logramos superarlo, al punto de hallar un plano donde instalar las carpas. Pero nevó toda la noche hasta más allá del amanecer y, en esas condiciones atmosféricas, tuvimos que tomar la decisión de retirarnos. El Morado decía que no.

Un fin de semana después volvimos a intentarlo con Ítalo y Nelson. Esta vez el clima nos acompañó hasta la cumbre, que nos llenó de energía. Los Andes de Chile central se dibujaban en 360 grados desde la altura que más había ambicionado hasta ese momento.

Se la dediqué a un músico entrañable, a Frank Zappa, y a otros músicos chilenos, Los Jaivas. Y canté: «Mira niñita, te voy a llevar a ver la luna brillando en el mar…». Y lloré con placidez.

El descenso fue delicado, pero Ítalo no habló y me aseguró con su cuerda, como gran sostén que era.

—Buena Purtito, buen gesto —me dijo mientras desescalaba, siempre con palabras de aliento.

Me di cuenta de que me faltaba fuerza en los brazos. Era muy magro, con 1.93 metros, pero solo ochenta kilos de peso. Tendría que fortalecerme. De hecho, esa historia era más larga, porque venía de pesar 110 kilos en el último año de colegio, cuando decidí cambiar. En el segundo año de la universidad estaba en camino de terminar la transformación de gordo a atleta. No había sido fácil. Todo empezó cuando un día no fui capaz de subirme a una moto de agua, ni tampoco de esquiar en el lago Rapel. Mi tío Perico me dijo:

—Tienes que estilizarte… Para el deporte y para el amor.

Fue una gran frustración; tanto, que empecé a subir todos los días el cerro del Sombrero, detrás del cementerio de Melipilla, cerca de mi casa en el campo. Ascendía con mi amigo de la infancia, Juan Carlos Fernández, un hombre fundamental para mí. Éramos compañeros de curso de la Escuela 34 de Melipilla, que llamábamos colegio Marambio, por el apellido de sus dueñas, doña Yolanda, directora, gran profesora de matemáticas, y doña Rosa, su hermana, que me enseñó a leer.

Juan Carlos Fernández concentraba lo mejor del espíritu chileno: bueno para el volantín, la piedra, el trompo, la payaya… para correr, saltar. Era un Tarzán. Pero también tenía una capacidad de improvisación extraordinaria, y nunca decía que no, aunque fuera no. Como que a los chilenos nos cuesta decir «no».

Juan Carlos me enseñó a subir el cerro, a elevar volantines y a correr, descubrimiento mayor, al que me hice adicto.

Al principio bajaba el cerro sentado; no tenía conciencia del equilibrio. Y comencé a restringir la comida, algo terrible para un glotón como yo: un melón tuna al día y seis claras de huevo, por tres meses, hasta llegar a los ochenta kilos. Y empecé a trotar en el cerro. Así entré a estudiar medicina.

El castigo

Dos imágenes marcaron mi camino por las cumbres. La foto del sherpa Tenzing Norgay en la cima del Everest, casi como un astronauta, retratado por Hillary un 29 de mayo de 1953, con quien llegó hasta lo más alto y volvió para contarlo. Y la foto de Walter Bonatti, astro del montañismo italiano, colgando de unos estribos mientras escalaba solo el Gran Capuchino en los Alpes. Era un reportaje de la revista Life a todo color, donde trabajaba este hombre que además era periodista y que había empezado sus días verticales en un circo. Conocí a Hillary y a Bonatti más tarde, cuando viví en Italia, en mis días de alpinista; una influencia que me marcó.

Por lo pronto, esas dos imágenes labraron en mi inconsciente un deseo irrefrenable de subir a lo más alto. A menudo revisaba la foto de Tenzing, soñando. Hasta que un día cayó en mis manos el libro de John Hunt, jefe de la expedición al Everest que lo coronó por Nepal, en 1953. Lo devoré en la casa de Juan Carlos Fernández en Maitencillo. Creo haber leído varias veces el capítulo de la cumbre, emocionado hasta las lágrimas. Sabía que la dificultad técnica del cerro Morado andaba por ahí con el Everest por el norte o por el sur, y eso me hacía muy feliz.

Pero de vuelta a la realidad, Claudio Lucero me recibió en el entrenamiento del club universitario con palabras duras y claras:

—No puedes subir montañas con gente del club Águila Azul… Son unos idiotas… Si te pasa cualquier cosa, será responsabilidad mía o de la universidad.

—Pero no puedes hablarme en ese tono —le respondí, ganándome su antipatía para siempre—. Yo soy delegado de curso y si vuelves a hablar así, te juro que se lo digo al decano.

Esa misma noche me llamó Rodrigo Jordán para decirme, en la práctica, lo mismo: que solo podía subir montañas con gente del club universitario.

Lo cierto es que no estaba de acuerdo con esa lógica y esa postura me provocó una revolución de sentimientos. Decidí seguir mi camino, porque como decía Ítalo Valle: la libertad de las cumbres está muy lejos de ese espíritu. Así que partí con él y con Nelson Garcés a Perú, por tierra, a subir a la Cordillera Blanca. Queríamos aclimatarnos en el Nevado Pisco para treparnos al Huascarán, que con 6.768 metros es la montaña más alta de esas tierras.

Justo antes don Bernardo, mi papá, me contó que se había juntado con Rodrigo Jordán, a petición de este:

—Jordán no quiere que vayas a Perú, dice que te falta experiencia y que expones al club de montaña universitario, porque tú perteneces a ese club.

—¿Y tú que le dijiste?

—Que estudias medicina, que haces turnos de posta y que ya oficias de cirujano, que sabes medirte, que lo más importante en la vida es saber lo que uno sabe y lo que uno no sabe, y que tú sabes bien eso.

—¿Y en qué quedaron?

—Le expliqué que eras mayor de edad y que yo confiaba en ti, aunque él se veía contrariado. Creo que al regreso te van a expulsar.

Esa expedición a Perú me mostró mis grandes limitaciones, y aunque caminé por bellos glaciares, sentí que estaba muy lejos de mis anhelos. Era 1983 y de vuelta en Santiago la noticia del fallido intento de la primera expedición al Everest me tomó por sorpresa. Claudio Lucero y Gastón Oyarzún habían llegado alto, a 8.300 metros, pero en ese punto Oyarzún enfermó de un edema cerebral y debieron desistir. «¡Qué tal! La tarea queda para nosotros», pensé. Y me di cuenta de que mi tremenda ambición de subir la montaña más alta del mundo seguía en pie. Pero no solo eso, porque me enteré además de que Gino Casassa —hijo de la señora Eva, donde compraba equipo de montaña—, había subido el Chang Tse, de 7.550 metros, en un segundo ascenso durante la misma expedición. Por ese motivo y otros —como prestar carpas a una expedición de Estados Unidos de Norteamérica, cuyos yaks no habían llegado—, había sido expulsado de la Federación de Andinismo. Triste fin del primer intento chileno al Techo del Mundo.

Entretanto, hicimos otra ascensión:

—Apúrate, Purtito —me animaban Jaime Roca, Ítalo Valle y Lidia González, que reían socarronamente. Nos acompañaba el tío Willy en el auto de camino a las montañas, con su memorable capacidad de filosofar.

El tío Willy —como lo llaman en el club de andinismo Águila Azul— es un radioaficionado y suele apoyar todas nuestras iniciativas, incluyendo el transporte a las faldas de las cimas. Acompañado de su fiel perra Bambi, habló en esa ocasión durante todo el camino del Everest y de los Picos Negros, nuestro objetivo inmediato: Ítalo y Lidia intentarían la Aguja Helada; con Jaime iríamos al Pico Negro. Bellas cimas del embalse El Yeso.

Una canaleta interminable nos dejó en las tierras altas de la montaña, y tras unos treinta minutos por el filo cumbrero llegamos a la cima. Estábamos felices. Ítalo y Lidia también lograron llegar hasta arriba. Éxito total.

El descenso delicado nos conectó de inmediato con la realidad, sobre todo porque se me soltó un crampón —esa pieza que los escaladores fijamos a la bota para andar sobre hielo— en el lugar de máxima pendiente, de cincuenta grados: ley de Murphy. Sin sobresaltos, logré reposicionar el crampón en mi bota y seguí el descenso hasta la orilla de la laguna. Luego emprendimos una larga caminata hasta el jeep del tío Willy, que nos recibió con unos melones tuna.

Me dejaron en la posta del Sótero del Río, donde tenía turno. El jefe era Hernán Leyton, un maestro que me lo enseñó casi todo; tanto, que me dejaba a cargo del turno de posta de cuatro a siete de la mañana, un orgullo a veces estresante; como cuando llegaron dos hombres acuchillados y no podía detener la hemorragia. Hice lo mejor que se me ocurrió: despertar a Leyton. Se acercó al primer paciente y en un dos por tres frenó la hemorragia. Y con el otro me enseñó qué había hecho. Un amigo inolvidable que estará en mi corazón para siempre.

Mis días en el club universitario parecían contados y, de hecho, estábamos citados con Nelson Garcés a una reunión con Claudio Lucero y Rodrigo Jordán.

—Qué tanto, Purtito, ¿vámonos antes a subir el Marmolejo con un par de amigos suizos que acaban de llegar? —me estimulaba Nelson.

Como poseídos por una fuerza mayor, antes de la reunión partimos a subir el cerro Marmolejo, la cumbre de seis mil metros más austral del mundo. En la tarde ya caminábamos por el hermoso valle de la Engorda, al fondo del cajón del Maipo, bajo la ladera oeste del gran volcán San José. Los neveros del cerro Marmolejo brillaban con la luz del atardecer, mientras armábamos las tiendas al otro lado del torrente que bajaba de las altas cumbres.

Temprano partimos a lo alto, y en la tarde llegamos a cinco mil y tantos metros. Acampamos en un campo de penitentes, como llamamos a las gélidas estructuras que, como velas de unos cuantos metros, esculpe el viento en los glaciares andinos. Tuvimos una noche de altura sin sueño confortable hasta el alba, cuando el anafe sonó mientras preparamos la jornada de cumbre. Pero esta fue gloriosa, ventosa hasta los 6.100 metros, donde Nelson brindó con vino tinto por la fraternidad de la montaña y nuestro primer ascenso tan alto.

El viento en la cara, el pecho henchido de buenos sentimientos… La vida era bella… La cumbre alcanzaba para todos.

Ese mismo día llegábamos de vuelta a Santiago a celebrar en casa de Ítalo; tras una ducha caliente, comimos pasta cocinada por él mismo y encendimos un cigarrillo de marihuana para iluminarnos aún más.

La otra cara de la moneda fue nuestra reunión con Claudio Lucero y Rodrigo Jordán. ¡Estábamos expulsados del club universitario! ¡Por subir montañas!

—Rodrigo, somos compañeros de colegio, para mí es inverosímil que me expulses por subir una montaña. ¿Dónde está el libre albedrío? —intenté conversar.

—Mira, Purto, yo soy un hombre práctico. Y no estoy solo en esto, también está el profesor Lucero. No quiero que el club cargue con la responsabilidad de tus ascensiones con gente externa. Punto. Hasta aquí llegamos —dijo Jordán.

—Pero uno escala bajo su propio riesgo —contesté.

No hubo respuesta…

Ese día me fui caminando desde el campus San Joaquín al paradero de buses rumbo a Melipilla. Tenía una angustia enorme. Para mí era incomprensible lo que estaba ocurriendo. Así que en el paradero llamé a Ítalo Valle y le pregunté si podía dormir en su casa.

Partí para allá. Esa noche nos juramentamos como cordada, algo que significa que nos apoyaríamos siempre en nuestro camino por las cumbres.

—Qué onda esos tipos. Nada que ver. Cómo se puede excluir a otros, cuando subir cerros es un asunto tan personal —me dijo el violinista de las cumbres, luego de recitar a Baudelaire, un poema libre como subir montañas.

Al día siguiente viajé a la casa familiar. No había nadie. Todos estaban en Santiago, así que me encontré a mis anchas. Me bastaba cruzar la calle para ver a mis adoradas tía Uteh y tía Aniza, las libanesas solteronas que siempre me han querido como a un hijo. Las iba a ver a ellas y también a degustar las delicias de la comida del Medio Oriente. Para mí, los rellenitos de hoja de parra son un manjar. La mejor comida del mundo.

Uteh es maestra banquetera y Aniza es profesora, del porte y la fuerza de Napoleón Bonaparte, chiquitita, pero con un vozarrón y una personalidad que la hizo capaz de trabajar al punto de llegar a donarle tres colegios a Melipilla. Tres. ¡Tendríamos que clonarla!

Estudié medicina interna toda la tarde hasta el agote, y a eso de las diez de la noche fui a cenar al Centro Árabe de Melipilla, un regalo en esta pequeña ciudad del campo de Chile central. Hasta ahí llegaron mis abuelos, tras una increíble historia de amor.

Los ancestros

Rezallah Arab, mi abuelo, era un pastor que le vendía ovejas y cabras al califa del Ahoura, un pequeño enclave en las montañas del Líbano. Ella, Aniza Hechem, hija del califa —objeto del amor de mi abuelo—, a sus trece años escapó junto al hombre más fuerte del Ahoura. La leyenda cuenta que él era capaz de levantar una carreta solo y cambiarle una rueda. Pero eso no le bastó contra la furia del califa. Hubo una guerra familiar, con muertos de por medio. Al punto de un autoexilio a Chile, donde llegaron con dos hijos, Uteh y Yuseff, a los que se agregaron Anton, Aniza, Elías, Janna Maries e Hilda, mi madre. Un amor prohibido cuya historia repitió mi mamá árabe al casarse con un judío.

Cuentan que un apuesto médico recién recibido de la Universidad Católica llegó a hacer su práctica al hospital de Melipilla, desde donde fue llamado de urgencia a atender la úlcera gástrica sangrante de Elías Arab, que estaba anémico, al borde de la muerte. Bernardo Purto —mi padre— revisó los grupos sanguíneos de sus hermanos y organizó una transfusión. Elías se salvó y Bernardo, un bombón rubio de ojos azules cristalinos, flechó a la menor de las Arab, al punto de que se dio otro matrimonio imposible, con la objeción de ambas familias.

En 1961 se casaron y a fines de ese año nací, en el hospital San José de Melipilla. Fui recibido por mi propio padre, mientras mi madre agonizaba de una eclampsia. Me bautizaron Mauricio Ramón, por San Ramón nonato, porque tras la cesárea nadie pensaba que sobreviviría. Mi madre tenía seis meses de embarazo, así que fui bastante prematuro.

Pero salí adelante y en Melipilla tuve la infancia de un mago. Rechazado por la familia de mi padre, encontré en mis seis tíos y tías libaneses, a dos madres y cuatro padres, un océano de amor. Era su regalón, el único descendiente de los Arab hasta entonces. Y estaban orgullosos de mí, sobre todo cuando balbuceaba palabras en árabe, que luego fueron frases.

Ya he dicho que para mis tías yo era como una joya a cuidar, y así me lo hicieron saber siempre. Pero para mis tíos no era distinto: mi tío José era el patriarca de los Arab, un piloto de avión, mi padrino. Adoraba pasear con él en su Cadillac rojo por el borde mar entre Con Cón y Viña, cada vez con una mujer más bella. Era todo un seductor este tío que usaba camisas de seda, con los dos primeros botones abiertos para ostentar su peludo pecho, parte de su gran sex appeal, aunque siempre sostenía que era el sentido del humor el mayor de todos los atributos de seducción.

Elías era «el flaco», tahúr y pescador, un maestro con las cartas y la caña. Antonio era empresario de buses y dirigente deportivo del baloncesto melipillano. Con él y José hice mis primeros viajes a Santiago, a ver básquetbol y fútbol, toda una experiencia. Con ellos vi a Pelé jugando por el Santos en nuestro Estadio Nacional.

Mi tío Juan era el más cercano. El menor de los Arab hombres, era un campesino que criaba pollos, tenía una engorda de ganado y una lechería. Siempre estuvo orgulloso de mí, y desde muy pequeño me daba grandes responsabilidades, como que a los diez años llevé un tractor con un coloso lleno de pasto desde Melipilla hasta Puangue. Él me enseñó muchas cosas: a manejar, a andar a caballo, a lacear vacas y a cazar, caminando días enteros tras sus pasos. Era el más fuerte de los Arab, y reconozco en esos paseos con mi tío Juan los primeros destellos de mis viajes por las montañas.

Por supuesto, en este contexto árabe, mi padre me inculcaba la superioridad intelectual del pueblo elegido, y rabioso me sacaba la cresta a cada rato cuando me equivocaba. Recuerdo una ocasión en especial dura, cuando rompí unas copas en un cuarto oscuro donde mi papá, que era radiólogo, revelaba las radiografías. Me dio un susto mayor. Sabía que me masacraría a golpes, y culpé a mi hermana Jenny, quizás pensando en que para ella el castigo sería menor.

Pero no, mi padre la azotó a chicotazos, y no puedo olvidar a mi hermana en cuclillas, orinándose. Me sentí el más malo del mundo y el más cobarde. Quizás esa temprana herida del alma me llevó a no quererme, y a ser «Juan sin miedo», capaz de escalar lo imposible, y a buscar padre en otros hombres. A partir de entonces fui el mejor alumno en todos los cursos desde la escuela primaria hasta la secundaria, que hice en el estricto colegio Te Grange, donde fui el mejor alumno todos los años en todas las asignaturas, y en medicina pasó lo mismo.

Mi hermana me perdonó. Lo hablamos algunas veces, y mitigaba mi dolor, porque siempre lloraba cuando tocábamos el incidente, diciéndome «un niño de once años teme a su padre tanto como para mentir. Yo te perdoné hace tiempo, Machicho».

Al contrario, yo no me perdoné, y llevé a mi padre dentro mío hasta mucho tiempo después. Un día, cuando lo vi ya de viejo, rezando por mi hermana Jenny, muerta, supe que también él sufría, y caí en la cuenta de que ese había sido un incidente crucial en mi vida. Supe que el hombre que quería ser un superhombre, que se colgaba de los acantilados, era ese niño intentando expiar su cobardía.

Me costó mucho encontrar el hilo perdido. Pero cuando lo hallé, mi vida tuvo sentido.

El primer amor

En el Centro Árabe de Melipilla pedí lo de siempre: hojas de parra y té de menta, con dos panes libaneses y leben, un yogur no muy denso. Nunca me ha molestado cenar solo, es como todo lo que uno hace solo, que te transporta a la esfera más íntima, donde uno se conoce más. Viajar solo o escalar solo son grandes lecciones de vida. Pero la soledad de mi cena fue bruscamente interrumpida:

—Hola Mauri.

El Pájaro Ahumada, amigo entrañable, se acomodó antes de que pudiera responder y empezó a ponerme al día de Melipilla. Desde el famoso Chupacabras a la reciente falsificación del pisco. Pero ahora era más invitante:

—Anda una santiaguina linda y está muy cerca. Uno de los Meyer le está enseñando a jugar pool. Pero le dije que tenía un amigo que era el mejor.

—Gracias por el gancho, Pajarote. Pero hoy como, duermo y me levanto a trotar y a estudiar todo el día.

—Haga lo que quiera, amigo, pero acompáñeme un rato a la mesa de pool.

Fuimos a la mesa, donde me topé con una mujer atractiva. Se llamaba Sandra Machado y, fiel discípulo de mi padrino José Arab, supe ganarme su simpatía, al punto de terminar ambos en mi casa hasta la mañana siguiente, hablando de Herzog, Scorsese, Stanley Kubrick, Hitchcock y Brian de Palma. Sandra Machado estudiaba cine y se notaba su vocación. Y mientras Morrisey con su «Suedehead» sonaba en el estéreo, nuestras manos se entrelazaban y yo balbuceaba la letra de pura emoción:

Why do you come here

when you know it makes things hard for me?

when you know, oh

why do you come?

—Somos hermanos —me dijo.

—Siempre lo seremos —respondí.

Todo un buen augurio.

Nos quedamos dormidos muy tarde y no despertamos hasta el mediodía siguiente. Ella tenía que regresar a su casa, y me dio un aventón a Santiago. «No estudié nada y pagaré por ello», pensé mientras miraba de reojo a esa mujer que me encantaba, sobre todo manejando su carro, nada menos que el auto de papá.

Tenía examen y estaba jugando al amor. Me sentía culpable. El doctor Santiago Soto, gurú de la medicina interna chilena, iba a interrogarnos, y para eso había que levantar la guardia. Estaría frente a un maestro que admiraba, pero que no me tragaba mucho, por mis discusiones, contradicciones y, sobre todo, por no usar corbata.

Pero el presente era esa bella Sandra manejando entre Melipilla y Santiago, algo que sería rutina en nuestras vidas que empezaban a unirse en el misterio del tiempo, porque no nos separaríamos más. Atrás quedaba la bravata de Rodrigo Jordán y su club de montaña. Atrás quedaban las carencias y frustraciones. Estaba enamorado y quería gritárselo al mundo.

Al examen, sin embargo, llegué desnudo, pero quizás gracias a ser hijo de un profesor de medicina, el conocimiento se traspasó misteriosamente. Y, a decir verdad, esto no es solo una especulación: un premio Nobel de medicina descubrió que nuestro ADN muta con las experiencias de vida. Y de eso doy fe: muchas veces me sorprendí respondiendo cuestiones que «no sabía», que no había estudiado. Como la «diabetes bronceada» por la que me interrogó mi maestro.

Pese al amor y los estudios, sentía el fuerte impulso de volver a las cumbres. Ya teníamos previsto retornar a Perú a subir el Huscarán, tarea pendiente del año pasado. Así que me despedí de Sandra, una pequeña pérdida que había que soportar, y antes del amanecer caminé raudo por la calle Echeñique hacia el poniente, tras lo cual empecé a trotar hasta llegar a mi casa.

Una zambullida en la pequeña piscina del edificio precedió la siesta, que duró hasta tarde. Ordené el equipo de montaña y algunas delicatessen que me regaló la señora Hilda, mi madre. Me pasó un ro ...