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CHILE TOP SECRET

Carlos Basso Prieto

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Fragmento

Parece una escena extraída de alguna vieja película de James Bond, pero quien la protagoniza no es «El Doctor No», el villano antagonista del espía inglés, ni mucho menos es algo ocurrido en lejanas latitudes.

Para nada. Lo que voy a describir a continuación ocurrió en Chile, al interior del cuartel Simón Bolívar, el reducto más secreto que alguna vez tuvo la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la policía secreta de Augusto Pinochet.

La existencia de esta unidad, ubicada en La Reina y donde funcionaba la brigada «Lautaro», fue revelada a la policía por el ex agente Jorgelino Vergara recién en 2007. Claro, era un secreto inmenso, dado que su función era prácticamente una sola: exterminar a quienes la dictadura consideraba sus enemigos, utilizando los métodos más violentos y crueles que alguien se pudiera imaginar.

Por cierto, en un escalofriante parangón con el nazismo, para aniquilar con eficiencia era necesario experimentar y ello no solo se hacía con cobayos o burros, como ya contaremos, sino también con seres humanos.

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Esto fue lo que aconteció una tarde de 1975 o 1976. Los años y algunos detalles en esta historia son brumosos, pues proceden de las memorias de los ex agentes de la DINA que fueron interrogados en la causa denominada «Calle Conferencia», por el ministro en visita Víctor Montiglio. Al paso del tiempo, además, debe sumarse la inveterada costumbre de mentir y negar por parte de los ex represores.

Pese a ello, los hechos están más o menos claros: dos suboficiales de la DINA, Jorge Díaz Radulovich y Emilio Troncoso Vivallos, llegaron hasta el patio del cuartel con dos prisioneros que iban encapuchados y que se apreciaba en forma muy evidente que habían sido duramente torturados, pues apenas se sostenían en pie. Los pusieron de pie contra la pared del pabellón donde dormían los funcionarios solteros y los tuvieron que apoyar para que no se cayeran.

Se trataba de dos ciudadanos peruanos cuyos nombres ni siquiera están claros, que se encontraban detenidos en la antigua Penitenciaría de Santiago, aparentemente por delitos comunes.

Unos días antes ambos habían sido sacados desde ese lugar y conducidos al cuartel Simón Bolívar. Apenas llegaron, comenzaron a ser golpeados y torturados en forma salvaje. Para el día del «experimento», ambos se encontraban ya semiconscientes, por lo que es probable que ni siquiera entendieran bien lo que pasó cuando se acercó a ellos un hombre que recubría sus manos con guantes y su cara con una mascarilla y antiparras.

Era el estadounidense Michael Townley, también conocido por los alias de Hans Petersen Silva, Juan Williams Rose, Andrés Wilson Silva, Kenneth Enyart y Juan Manuel Torres, entre otros.

Impertérrito y, a esas alturas, ya habituado a matar, Townley se aproximó a sus presas, llevando en sus manos un pequeño frasco de espray.

Por los testimonios que existen, especialmente el de Vergara1, sabemos que no estaban entendiendo bien lo que ocurría pues, según su versión, Townley se acercó lentamente a ellos, hasta casi rozar sus caras, como un lobo olfateando una presa moribunda, y esperó que el primero de ellos inhalara.

Al detectar esa brizna de vida, Townley retiró lentamente su propia cara de allí. Se movió unos centímetros hacia atrás, quizá 70 u 80, y con la mano derecha apuntó al primero de los peruanos con la botella que llevaba en la mano. Con solo dos toques, soltó algunas gotitas sobre la boca y las fosas nasales de las víctimas.

Vergara contaría años más tarde que el primero cayó de inmediato, con convulsiones muy fuertes que, sin embargo, solo duraron cuatro segundos, al cabo de los cuales estaba muerto. ¿El destino del segundo? Exactamente el mismo. Cuatro segundos después de que las gotas que le lanzara Townley tocaran su piel estaba muerto2, producto de la acción del gas sarín, una potente arma química inventada por los alemanes durante la Primera Guerra Mundial y que la dictadura había logrado producir en el laboratorio que Townley operaba al interior de su casa de Lo Curro.

Sí, su casa, comprada con dineros de la DINA, el mismo lugar donde criaba a sus hijos, donde hacía el amor con su esposa Mariana Callejas, la cual a su vez celebraba concurridas tertulias literarias allí mismo. El mismo lugar donde, de cuando en cuando, se celebraban distendidos asados dominicales, muy regados, en los cuales participaban los más violentos oficiales de la DINA, que para dichas ocasiones se comportaban como cualquier persona respetable, bebiendo cerveza al borde de la piscina y hablando de fútbol.

Pero volvamos un momento al interior del cuartel de la Brigada Lautaro. Una vez que los dos hombres dejaron de moverse se acercó a ellos la teniente Gladys Calderón, una de las enfermeras de la DINA. Para completar la escena de terror, la mujer portaba una jeringa en sus manos. Con ella, confesaría en 2007 Jorgelino Vergara, procedió a inyectarles cianuro a la vena a los peruanos, probablemente para asegurarse de que estuvieran bien muertos.

Luego de ello era necesario eliminar los cuerpos, así es que los llevaron a uno de los «botaderos» de cadáveres más frecuentes de la DINA: las minas de cal de Lonquén.

No obstante, la escena no terminaría allí, pues casi al mismo tiempo que los infortunados extranjeros recibían la inyección, los agentes Díaz y Troncoso comenzaban a mostrar síntomas de intoxicación por sarín.

A consecuencia de ello los llevaron hasta una oficina aledaña donde Townley, ahora devenido en médico, los revisó declarando que estaban fuera de peligro.

Un hombre como todos

Nacido en 1942 en Waterloo, Ohio, Townley llegó muy joven a Chile pues su padre, que trabajaba en la Ford Motor Company, se trasladó al país como gerente general de esa empresa en 1957. Ad hoc a su importante cargo, el joven Michael y sus hermanos fueron matriculados en el Saint George School, uno de los colegios más exclusivos y caros de Santiago. No obstante, nunca se adaptó y sus padres lo mandaron a terminar la secundaria a Estados Unidos.

Allí, según relatan Saul Landau y John Dinges en su libro Asesinato en Washington, formó parte de un taller sobre electricidad donde por fin encontró algo que le gustaba en extremo. Muy pronto, armaba y desarmaba todo tipo de artefactos. Luego de un tiempo regresó a Santiago, donde conoció a la mujer que cambiaría por completo su vida, en 1960.

Se trataba de Mariana Callejas, una aspirante a escritora, diez años mayor que él, divorciada dos veces y ex integrante de un Kibbutz en Israel. «Lo conocí cuando él tenía diecisiete años. Se veía mayor, hablaba como un adulto y se hacía cargo de la situación», diría ella3.

La oposición familiar a la relación que iniciaron solo empeoró las cosas y fue así como en junio de 1961, cuando Michael acababa de cumplir los dieciocho años, contrajeron matrimonio.

Según las memorias de Callejas (fallecida el año 2016), «fuimos felices, extraordinariamente felices durante mucho tiempo. Nos casamos enamorados, no importó que yo fuera mayor que él, divorciada y con tres hijos»4.

Tendrían otros dos hijos y luego de que Michael desempeñara diversos oficios, como vendedor de enciclopedias y empleado en una compañía de inversiones, las cosas comenzaron a mejorar. Junto con mudarse a una nueva casa, Townley se convirtió en un ávido suscriptor de revistas como Mecánica Popular y Electrónica Popular.

En 1967 emigraron a Miami, donde el padre de familia comenzó a desempeñarse en un taller mecánico de propiedad de un cubano anticastrista, lo que le abriría contactos con ese mundo. De acuerdo a un documento secreto del FBI, además, allí aprendió a pilotar aviones.

Empapado ya del anticomunismo que provenía de sus nuevos amigos cubanos y acicateado por su mujer, en 1970 la pareja decidió regresar a Chile a combatir a Salvador Allende, que había sido electo el 4 de noviembre de ese año, con no pocas dificultades, como se relata también en este libro (ver capítulo «El hombre de la CIA que no quería un golpe en Chile»).

Solo 18 días más tarde, Mariana Callejas se embarcó rumbo a Pudahuel, pero Michael se quedó un poco más, pues a esas alturas ya tenía claro qué quería ser en la vida: un espía, un hombre de la Inteligencia, un agente secreto como los que pueblan la imaginación de literatos y cineastas, como aquellos que vio tantas veces en los matinés de cine, que encarnaban la lucha anticomunista detrás de la cortina de hierro.

Para ello se dirigió hasta las oficinas que la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA) posee en Miami. Allí, el 25 de noviembre de 1970, alguien que Saul Landau y John Dinges identifican como «El señor H» lo escuchó con atención.

«Townley dijo que había vivido en Chile desde 1957 hasta 1967 y se había casado con una chilena, el 22 de julio de 1961. Desde marzo del 67 al 70 él y su esposa han vivido en el área de Miami, pero están regresando a Chile a vivir permanentemente. Ofreció sus servicios en Santiago para cualquier cosa que la agencia estime adecuada. Se le agradeció por su oferta y se le dijo que esto pasaría a la oficina a la sección correspondiente, y que cualquier contacto posterior sería en Santiago», explica un memorándum de la CIA5 respecto de la visita al «Señor H».

Para regresar a Santiago, Townley usó un pasaporte a nombre de Kenneth Enyart, «El tío Kenny», como le gustaba bromear. El verdadero Enyart era un cliente que llevó su auto al taller donde Townley trabajaba en Miami, dejando al interior varios documentos personales, los que el proyecto de agente secreto utilizó para obtener un pasaporte a su nombre, un pequeño preludio de una carrera criminal que solo iría in crescendo de ahí en adelante.

Patria y Libertad

De vuelta en Chile Townley se vinculó de inmediato con el grupo paramilitar de ultraderecha Patria y Libertad, donde se hizo muy popular gracias a sus conocimientos técnicos. Comenzó a experimentar con diversos explosivos y, al mismo tiempo, fabricó un transmisor de radio portátil, que montaba sobre el Austin Mini que manejaba, interfiriendo la señal AM y emitiendo —bajo el nombre de Radio Liberación— proclamas fascistas y canciones ultraderechistas que componía su mujer y que Townley y otros cantaban alegremente.

El archivo de Townley en la CIA indica que el 21 de diciembre de 1971 apareció por la embajada de EE.UU. en Santiago, por aquel entonces ubicada en calle Merced, ofreciendo intercambiar información sobre oficiales del Ejército chileno y actuando «a nombre de un grupo» (Patria y Libertad). Según el memorándum, el oficial político que lo atendió le dijo que «el Gobierno de Estados Unidos evita el contacto con la ultraderecha o cualquier organización política clandestina»6.

Pese a ello, en enero de 1973 se presentó en el consulado de EE.UU., a cuyo cónsul contó que había construido la radio Liberación, diciéndole además que «tenía cintas de conversaciones telefónicas entre los ministros militares, las que ofreció poner a disposición de la embajada Americana». Siempre según la CIA, «el cónsul rechazó la oferta y ordenó a Townley que terminara estas actividades y cesara sus relaciones con Patria y Libertad».

Por cierto, Townley no tenía por qué acatar esa especie de instrucción y así, dos meses después, se vería inmerso en su primer crimen.

Hacía poco que el Canal 13 de Televisión de la Universidad Católica había comenzado a transmitir en la ciudad de Concepción, donde ocupaba la frecuencia 5, pero su señal era bloqueada apenas comenzaban los informativos. Debido a ello, Townley y el periodista Manuel Fuentes propusieron un plan al entonces director del canal, el sacerdote Raúl Hasbún: el norteamericano viajaría a Concepción y descubriría la fuente de las ondas que interferían en la señal del canal opositor.

Todo lo que sucedió a continuación es algo aún confuso, pero es claro que Patria y Libertad envió al menos a tres equipos de sus militantes a Concepción, incluyendo a Townley. Este, a bordo de un auto, fue triangulando la señal que interfería al canal y pronto dio con una ubicación: la esquina de calles Freire y Lincoyán, en cuyo segundo piso se ubicaba la antigua Dirección de Servicios Eléctricos.

De ese modo, se planificó un operativo comando, gracias a que la dueña del inmueble (que además arrendaba varias piezas a particulares) accedió a entregar una copia de la llave. Tal como esperaban, hallaron el artefacto que interceptaba las señales —un oscilómetro—, el cual robaron, para posteriormente lanzarlo al mar en Talcahuano.

No obstante, al entrar al local por una pieza lateral que se suponía estaba vacía, se encontraron con que un obrero, Jorge Henríquez González, de 35 años, estaba durmiendo allí. Ante ello, le sellaron la boca y nariz con trapos y ataron sus pies con las manos por la espalda, utilizando un nudo tipo marinero que llamó mucho la atención de la Brigada de Homicidios, cuyos detectives jamás habían visto una técnica semejante en Chile.

El hallazgo del cadáver, la mañana del 20 de marzo de 1973, generó un gran escándalo. Se nombró un ministro en visita, que comenzó a trabajar de inmediato en el hecho.

El 10 de junio de 1973, el extinto Diario Color de Concepción publicaría un gran titular que decía «Yanqui es el asesino de televisión», acompañado de la clásica foto de Michael Townley de joven, con el pelo largo, peinado hacia atrás con gomina, barba de chivo y largos mostachos. El texto daba su nombre verdadero y decía que no se sabía si estaba aún en Chile.

Por cierto, dicha nota decía que pertenecía al Ku Klux Klan, iniciándose así una serie de mitos en torno a Townley, a quien, entre otros crímenes, le han achacado la muerte del primer ministro de Suecia, Olof Palme, la del premio Nobel Pablo Neruda y la del político sudafricano Peter Smith.

No obstante, lo que viene más adelante es la lista de los crímenes en los que sí está probado que participó, pero antes es necesario que digamos que tan pronto apareció el cadáver de Henríquez en Concepción, la dirigencia de Patria y Libertad sacó a Townley del país, enviándolo por una nueva temporada a Estados Unidos.

El 14 de junio de 1973, de hecho, tomó contacto nuevamente con «El señor H», a quien ofreció información sobre Chile. Cuatro días más tarde llamó otra vez a la CIA, ofreciendo más antecedentes, pero según dicha entidad, en esa ocasión le dijeron que «no había nada que él pudiera hacer por la agencia», obviamente enterados de la orden de detención que había en su contra por el homicidio de Concepción.

Así las cosas, no le quedó otra que retomar su aburrido trabajo en el taller de automóviles de Miami, aunque se mantenía siempre expectante de todo lo que estaba ocurriendo en Chile. Una vez producido el golpe de Estado, no se aguantó las ganas de volver, para lo cual utilizó la identidad falsa de Juan Williams Rose. A principios de 1974, por intermedio de la persona a quien le arrendaba una casa, Townley conoció al coronel Pedro Espinoza, que era uno de los mandamases de la infausta Dirección de Inteligencia Nacional (DINA).

De inmediato Townley se sintió en su elemento. Por fin podría ser un agente secreto.

Magnicidios

Ya integrado de lleno en las filas de la DINA, y con Mariana Callejas también trabajando como agente, a ambos se les entregó el dinero necesario para comprar una mansión semiderruida en la Vía Naranja de Lo Curro (en la comuna de Vitacura), que se convertiría en uno de los lugares más horrorosos que ha conocido Chile: mientras en el tercer piso la Callejas leía cuentos y poemas junto a escritores muy conocidos, en el primer piso Townley y sus nuevos compañeros de trabajo no solo planificaban asesinatos, sino que además creaban explosivos y armas químicas.

De hecho, esa casa, que según Townley era un «apéndice» de la Brigada Mulchén de la DINA, en realidad tenía incluso un nombre dentro de la nomenclatura de la policía secreta de Pinochet: la Agrupación Quetropillán7, cuyo jefe (Townley) tomó parte activa en los tres grandes magnicidios internacionales que cometió la dictadura.

En efecto, fue él quien fabricó e instaló la bomba que quitó la vida al ex comandante en jefe del Ejército, el general Carlos Prats y su esposa, Sofía Cuthbert, hecho ocurrido en Buenos Aires el 30 de septiembre de 1974. Ese crimen se fraguó unos meses antes cuando, según relató Townley en 1992, «en una reunión del General don Augusto Pinochet con los jefes de la DINA, manifestó que el General Carlos Prats era un hombre muy peligroso para Chile»8.

Radicado en Buenos Aires, inicialmente la DINA buscó algún grupo argentino que estuviera dispuesto a asesinarlo y para ello se ofrecieron 20 mil dólares a la AAA (Alianza Argentina Anticomunista), escuadrón paramilitar liderado por el ministro José López Rega, y a la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado), pero se negaron, según Townley, porque «los argentinos no tuvieron el valor suficiente como para matarlo».

Fue por ello que, luego de un trabajo de inteligencia encabezado por el mayor Juan Salgado, jefe del cuartel Bolívar de la DINA, Townley viajó a Buenos Aires junto a su mujer, donde instalaron el explosivo que dio muerte al ex comandante en jefe del Ejército chileno y su esposa, en medio del elegante barrio de Palermo.

Un año más tarde, el 6 de octubre de 1975, neofascistas italianos contactados por Townley dispararon en Roma en contra del ex senador Bernardo Leighton y su esposa, Anita Fresno, los que pese a sus graves lesiones lograron sobrevivir. Previo a ello, la DINA consiguió que el dirigente democratacristiano de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), Guillermo Riveros, devenido en informante de la policía secreta de Pinochet, averiguara el paradero de Leighton.

Con el dato confirmado, Townley preparó el atentado junto a Stefano Delle Chiae, uno de los más famosos terroristas de la ultraderecha mundial, quien luego viajaría con su grupo a Chile, donde estuvieron varios meses bajo la protección de Augusto Pinochet9.

Sin embargo, pese a que él mismo pidió a Pierluigi Concutelli, el autor de los disparos, que no usara una pistola 9 mm, el sujeto (militante del grupo Nuevo Orden) no le hizo caso. Craso error: las balas de dicho calibre reciben genéricamente la designación parabellum; es decir, «para guerra». Ello obedece a que están diseñadas para causar heridas transfixiantes, que atraviesen un cuerpo, sin necesariamente matar, pues en una guerra causa más daños al bando enemigo generarle herid ...