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COCHRANE VS CTHULHU

Gilberto Villarroel

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Fragmento

1

Loïc Eonet, capitán de dragones de la Guardia Imperial de Napoleón I, terminaba su austera cena, compuesta por dos rebanadas de pain de campagne duro, sopa de verduras, restos de saucisson, un trozo de queso y una jarra de vin rouge de Bourdeaux, cuando un soldado llamó a la puerta de la celda de piedra donde había instalado su cuartel y le comunicó que los centinelas anunciaban la llegada de un bote. Eonet tomó de inmediato su sable reglamentario, se echó encima su capote, se cubrió la cabeza con el bicornio y salió al patio, haciendo sonar sobre los adoquines los tacones de sus botas de caballería.

No terminaba de acostumbrarse al molesto eco que cada sonido provocaba en aquel patio de forma ovalada, rodeado por tres niveles de galerías de piedra con arcos de medio punto, que por dentro daban a la construcción el aspecto de un coliseo romano en vez de lo que era realmente: la fortaleza secreta más preciada del Emperador de los franceses.

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Por fuera, en cambio, Fort Boyard —o «el navío de piedra», como lo llamaban los soldados— valía cada barra de oro invertida en su construcción. Era un castillo artillado de paredes lisas, con una planta baja y dos pisos. Sus tres hileras de ventanas enrejadas escondían, en algunos casos, las portas de las casamatas de los cañones y, en otros, las habitaciones de la tropa.

Esta mole grisácea con forma de anillo elíptico había sido levantada en medio del mar sobre un enrocado artificial construido por canteros de la zona, encima de un banco de arena llamado la Lengua de Boyard. Desde esta ubicación estratégica, a la entrada de la Rade des Basques, en la costa occidental de Francia, su guarnición podía vigilar el paso de todos los buques entre las dos islas más cercanas: la minúscula Île d’Aix, de apenas tres kilómetros de largo, ubicada al noreste, y la enorme Île d’Oléron, de más de treinta, al suroeste.

Durante los días de niebla la fortaleza se mimetizaba con la bruma. De lejos su imponente masa de piedra color ámbar podía ser confundida con un islote o un roquerío gigante rodeado de agua. Por las noches, con las antorchas y las linternas apagadas, era completamente invisible. Estas características la convertían en una trampa mortal para cualquier buque que quisiera entrar sin aviso a la bahía: el hipotético navío invasor sería recibido a quemarropa con una descarga de artillería que, a la distancia precisa, provocaría una gran mortandad entre la tripulación, disuadiendo a cualquier atacante.

El alcance de los cañones de Fort Boyard —mil quinientos metros— se cruzaba con los del Fort de la Rade, en la Île d’Aix, y con los de la Île d’Oléron, de modo que sobre el mar se formaba una sola malla de fuego. La idea había sido del Emperador, un experto artillero que concibió el plan en 1801, aunque los trabajos de construcción comenzaron en 1804.

Cuatro años más tarde, en 1808, Napoleón llegó a la bahía y se instaló en la Île d’Aix, en la casa del comandante del Fort de la Rade, para dirigir personalmente las faenas. En agosto de aquel año, el Emperador abordó un bote y navegó desde la isla hasta la Lengua de Boyard. Mientras caminaba sobre el banco de arena, observando el lento avance de las obras de cantería que sustentarían la base del fuerte y de sus muros de dos metros y treinta centímetros de espesor, decidió reducir la cantidad de cañones desde los setenta y cuatro contemplados en los planos originales a la más modesta cifra de doce, con el fin de evitar que el fuerte estuviese listo «cuando yo ya no lo necesite». Su intención era convertir la bahía en un refugio inexpugnable, que pudiese proteger a la flota francesa de cualquier amenaza foránea.

Los planes del Emperador sufrieron un revés en abril de 1809, debido al ataque nocturno realizado al interior de la Rade des Basques por marinos británicos con botes incendiarios, los brûlots, hecho que significó la destrucción de la mitad de la flota. Para los franceses fue un episodio vergonzoso, un ataque a mansalva, y lo recordaban como el Affaire des Brûlots, mientras que los ingleses lo bautizaron como la Batalla de la Île d’Aix.

Las explosiones dispersaron en todas las direcciones las pesadas piedras de Crazannes y de la Île d’Aix que los canteros habían apilado hasta aquel momento sobre la Lengua de Boyard, por lo que en ese entonces no fue posible completar las obras que se necesitaban para cimentar las bases del fuerte.

El proyecto se reinició más tarde, a fines de 1812. Cientos de hombres trabajaron día y noche en secreto, instalando y ordenando nuevamente los bloques de piedra sobre el banco de arena, mientras el Emperador regresaba de su fracasada campaña en Rusia. Para esa fecha Napoleón quería proteger, a como diese lugar, el flanco occidental francés ante la posibilidad de una invasión naval inglesa. Ordenó a los encargados que volviesen a guiarse por los planos originales, que contemplaban setenta y cuatro cañones, para enfrentar el enorme poder de fuego de los navíos de tres puentes. El traslado de las armas a bordo de las gabarras que salían desde Boyardville, en la Île d’Oléron, no fue fácil. Pero, tras un duro trabajo de dos años, finalmente el objetivo fue cumplido, aunque parcialmente: los obreros alcanzaron a instalar solo sesenta cañones en vez de setenta y cuatro, pero esto ya permitiría a la dotación del fuerte superar el poder de fuego de una fragata inglesa.

El jefe de la policía secreta, el temido ministro Joseph Fouché, había llevado tan lejos sus instrucciones que a comienzos de 1814, apenas estuvo concluida la obra, ordenó fusilar a los arquitectos para que nadie pudiese conocer ni replicar los planos del fuerte. Así, la existencia de Fort Boyard llegó a ser el secreto mejor guardado del Imperio. Solo los canteros de Boyardville, en la Île d’Oléron, sabían que el castillo ya estaba terminado y en condiciones de entrar en combate, y se les indicó claramente que si la noticia llegaba a París o a alguna otra capital europea ellos serían apuntados como los culpables del desliz y castigados en proporción a la falta. Ninguno habló.

Luego vino lo impensable: la caída del Emperador y su destierro a la isla de Elba, en abril de 1814. El destino de Francia parecía entregado, una vez más, a los borbones. El fuerte quedó abandonado y las gaviotas hicieron sus nidos en él. Pero al año siguiente, cuando nadie lo esperaba, la buena estrella de Napoleón volvió a brillar y la nación entera se convulsionó con las noticias sobre su fuga, iniciada el 26 de febrero de 1815, y más tarde, con su regreso triunfal a París unos pocos días después, el 20 de marzo.

Una de sus primeras órdenes, dictada en medio de una reserva absoluta y entregada por mano a Fouché en un sobre lacrado con el sello de una abeja, su emblema personal, fue el envío de una pequeña dotación de dragones de la Guardia Imperial a la Rade des Basques para hacerse cargo de la puesta en marcha de Fort Boyard. Los dragones eran veteranos de varias campañas e iban apoyados por buenos artilleros del Ejército y experimentados vigías navales.

El Emperador debía la mayoría de sus triunfos anteriores al coraje y al oportuno uso de la artillería, por lo que seguía creyendo que utilizándola siempre como el puntal de sus planes, podría proteger toda la zona de la Rade des Basques —o Basque Roads, como la llamaban los ingleses— de posibles amenazas futuras, evitando con esto que cualquier navío enemigo pudiese llegar más al norte, hasta el fortificado puerto de La Rochelle, o hacia el sur, donde estaba al Arsenal Marítimo de Rochefort, al que se accedía a través de la desembocadura del río Charente, cuyas aguas fluían en la Rade des Basques.

En todo caso, la efectividad de la fortaleza aún estaba por verse. Las obras de reparación del muelle y la limpieza de las toneladas de guano de gaviota acumuladas en la terraza, el patio y las galerías habían terminado hace un mes y todavía su dotación no había tenido la oportunidad de entrar en combate contra algún enemigo. Pero con toda Europa puesta ahora en estado de guerra, esa posibilidad solo era cuestión de tiempo. En total eran apenas cincuenta hombres, menos de la quinta parte de la capacidad total del château y solamente la mitad de la compañía comandada por el capitán Eonet, pues el resto cabalgaba junto al Emperador.

Sin dejar de pensar en toda la presión que recaía ahora sobre sus hombros, el capitán Eonet subió de dos en dos los escalones hasta llegar junto al jefe de la guardia, el teniente Combasteil, a quien esa noche acompañaban en la terraza un sargento y cuatro vigías. Todos se cuadraron apenas lo vieron.

La terraza era al mismo tiempo el techo del edificio, por lo que seguía su forma ovalada. Eso permitía pasearse por ella mirando el mar en todas las direcciones. Había sido construida un poco más abajo que el borde del muro, de modo que los vigías y oficiales tuviesen sus cuerpos protegidos y solo tuviesen que asomar sus cabezas hacia la bahía, como lo estaba haciendo ahora el capitán. Existía también una pequeña torre en el borde sudeste de la terraza, que se empinaba a siete metros de altura por encima del techo, pero se usaba únicamente para izar la bandera en caso de zafarrancho de combate, pues era pequeña, incómoda y húmeda, y lo peor de todo, se la consideraba un blanco fácil en caso de un cañoneo desde el mar. Tampoco cumplía su labor de sémaphore a plenitud, pues solo se encendían linternas cuando ingresaba a la bahía alguna embarcación amiga. Nadie quería estar ahí, en ese punto tan expuesto, y al capitán Eonet, que no era marino y que era ante todo un hombre práctico, siempre le había parecido más eficiente que los vigías pudiesen desplazarse libremente por toda la superficie de la terraza.

Como las habitaciones de la tropa y las casamatas de los cañones estaban repartidas en galerías que seguían la forma ovalada del castillo, dejando al centro un patio adoquinado, los vigías y oficiales, si lo deseaban, podían controlar también todo lo que sucedía en el suelo, ubicado tres niveles más abajo. Bastaba con que se dieran vuelta para que se convirtiesen, como decían en broma los vigías más experimentados, en «los ojos de Dios». El patio se mantenía siempre despejado y lo único que estaba a la vista a nivel del suelo eran dos artefactos muy diferentes: el pozo del agua potable, conectado con tres cisternas subterráneas que a través de tuberías especiales recibían el agua de lluvia colectada en la terraza, y un pequeño bote a medio carenar que los soldados habían puesto transitoriamente sobre unos caballetes de madera.

El capitán Eonet se llevó la mano al bicornio para saludar y la dejó ahí, pues el viento amenazaba con arrebatarle el sombrero en cualquier momento. Las rachas de viento costero eran molestas, pero le resultaban infinitamente más agradables que el aire viciado de su improvisado cuartel. Y el sombrero era definitivamente más cómodo y cálido que el duro casco de latón, adornado con plumas, de su uniforme reglamentario de campaña. El oficial habló primero con el teniente Combasteil.

—¿Todo está bien, teniente?

—Todo está bien, señor.

—Es una noche fresca.

—Sí, aunque hay menos viento que en otras ocasiones.

El capitán se volvió entonces hacia el suboficial más antiguo de la guarnición.

—Sargento Trochon, ¿cómo está?

El sargento Trochon se frotó las manos para entibiarlas.

—Sin novedad, mi capitán.

El capitán Eonet dio un vistazo en dirección a la costa occidental de Francia.

Estaban a mediados de abril de 1815 y la primavera les regalaba días muy soleados, seguidos de noches cada vez menos frías. Pero, a partir de cierta hora, el viento nocturno que entraba a la bahía desde el Atlántico hacía descender la temperatura y sus ráfagas podían llegar a ser insoportables. Como las medidas de seguridad obligaban a vigilar completamente a oscuras, para no delatar la posición del fuerte y para acostumbrar las pupilas de los vigías a distinguir las siluetas de buques enemigos en medio del océano, no era posible encender antorchas ni arrimarse al lado de una lámpara de aceite. Todos hacían la guardia arrebujados en sus capotes, cubiertos los pies con gruesas botas de montar —la mayoría de ellos, como el capitán Eonet, provenía de regimientos de caballería y usaban botas à la Souvarov—, y algunos, cuando el viento era demasiado frío, bebían sorbos cortos del licor más fuerte que tuviesen a mano.

—¿Funciona bien el calvados? —preguntó el capitán Eonet.

—Mejor que el vino, señor —respondió el teniente Combasteil, y le alargó su cantimplora—. ¿Quiere probarlo?

El aguardiente de sidra era una oferta irresistible para un bretón como él. Pero Eonet era, antes que nada, un hombre metódico. Sin soltar el bicornio, que sostenía firmemente con su mano derecha porque el viento no cesaba de soplar, miró al teniente con simpatía, al tiempo que negaba con la cabeza.

—Tal vez más tarde, muchas gracias. Todavía no termino el vino de la cena.

La vida cotidiana no era fácil en la fortaleza. El Emperador había prohibido la presencia de mujeres, cuya compañía era algo común entre las tropas del ejército de tierra. Su Estado Mayor le había advertido que esto era potencialmente peligroso para la tranquilidad, el orden y la seguridad de un lugar tan aislado, que podría estar expuesto a largos períodos de asedio enemigo. Por eso en Fort Boyard, en ausencia de cantineras, los soldados cocinaban su propia comida y el único lujo que se permitían, de vez en cuando, era compartir en el comedor —la cantine— las botellas con sopa de verduras que el maestro confitero Appert había sellado al vacío y envasado para el ejército. Este novedoso y escaso producto se vendía a precio de oro en contadas ciudades de Europa pero, gracias a una especial deferencia del Emperador, una buena partida había sido enviada a Fort Boyard para aliviar, aunque fuese un poco, el confinamiento de los guerreros y ayudarles a mantener una dieta equilibrada mientras viviesen en medio del mar.

El capitán Eonet miró en dirección al Atlántico pero, como venía saliendo de su despacho, fue poco lo que pudo distinguir entre las olas. Se volvió hacia uno de los vigías. Era apenas un chiquillo, enviado en comisión de servicio por la Marina, que a pesar de su corta edad detentaba ya la condición de veterano de guerra. Había sobrevivido al gran incendio de la flota imperial en la batalla librada en esas mismas aguas seis años antes, y conocía bien la zona.

—¿Son nuestros invitados los que llegan, vigía Michau?

—Imposible saberlo a esta distancia, capitán.

—Una vez que esté seguro de que el bote es nuestro, encienda la lámpara de señales.

—A la orden, señor.

Permanecieron en silencio unos minutos, escuchando el resoplar del viento y mirando de vez en cuando las estrellas, cuando las nubes lo permitían. Tal vez fuese debido a la frialdad del viento o a las formas ominosas que las nubes dibujaban fugazmente en el cielo, pero algo hizo que el capitán Eonet pensara en el incómodo secreto que había logrado ocultar, hasta ese momento con éxito, a sus propios hombres.

Disimuladamente, el oficial se llevó una mano al bolsillo derecho de su chaqueta para comprobar si la grotesca figura de arcilla, que lo acompañaba desde hace una semana y que nadie más debía ver, seguía en su lugar. Quería deshacerse pronto de aquella miniatura inquietante. Ansiaba que los especialistas le confirmasen que se trataba de una superchería, para poder sacársela de la cabeza, no perder más tiempo en investigar falsas reliquias y concentrarse de una vez por todas en los verdaderos enemigos del Imperio: los ingleses, los austríacos, los prusianos, los polacos y los rusos.

Desde París, el ministro Fouché le había prometido que los dos mayores expertos en culturas de la Antigüedad, comisionados por el Emperador, llegarían pronto a hacerse cargo de este tema, y le había ordenado garantizar su seguridad y poner a su disposición todos los medios que ellos pudiesen necesitar para hacer bien su trabajo.

Ahora, forzando la vista en medio de la oscuridad, el capitán Eonet intentaba adivinar si eran ellos quienes se acercaban a Fort Boyard.

El vigía Michau no tardó en dar su reporte:

—El bote es de los nuestros, capitán.

—¿Está seguro?

—Sí, señor.Y viene remolcando otra embarcación, que no es nuestra.

—¿Amiga o enemiga?

—Parece un bote de pesca. O un lanchón inglés de desembarco.

El capitán Eonet se volvió hacia su segundo.

—Teniente, comuníquese con ellos.

—A la orden, capitán.

El teniente Combasteil encendió la lámpara de señales. Poco después, desde el bote les llegó la luz de un fanal. Moviendo las placas metálicas que cubrían la lámpara, el teniente inició el diálogo.

El capitán Eonet, sin despegar la vista del bote, fue descifrando de inmediato el contenido de las señales, sin necesidad de esperar la traducción del teniente. El vigía de la Marina conocía bien ese código y sus ojos tampoco se despegaban de la señal luminosa que emanaba desde el bote.

—No puedo creerlo —dijo el capitán Eonet, apenas terminó de recibir toda la información.

—¿Qué desea que hagamos, señor? —preguntó el teniente Combasteil.

—Ponga a toda la dotación en estado de alerta.

—Sí, señor.

—Que cada hombre revise y cargue su fusil.

El teniente Combasteil empezó a caminar en dirección a las escaleras.

—A la orden, capitán.

El capitán siguió dando órdenes en voz alta y el teniente se dio vuelta y detuvo sus pasos para escucharlo con más claridad.

—Que los mejores tiradores vengan acá de inmediato.Y establezca también un perímetro de tiro al interior del fuerte, para prevenir intentos de amotinamiento.

—De inmediato, señor.

—Nuestro prisionero es particularmente peligroso —recalcó el capitán Eonet y el teniente Combasteil volvió a interrumpir el descenso para no perderse una sola palabra—.Y quiero a ese hombre con vida. Incluso aunque intente fugarse, lo quiero con vida. Solo si emprende acciones de ataque en contra nuestra, los fusileros estarán autorizados a disparar. ¿Está claro?

—Sí, señor.

El teniente Combasteil bajó los escalones de dos en dos y rápidamente comenzó a dar órdenes en el patio.

Los ojos del vigía Michau estaban húmedos. El capitán Eonet lo notó.

—¿Se encuentra usted bien, vigía? —le preguntó.

—No, señor. Excúseme. Digo: sí, señor.

El joven temblaba, y no era precisamente por el frío. El capitán Eonet se le acercó y le habló suavemente:

—Sé que usted estaba embarcado en la flota cuando tuvo lugar el Affaire des Brûlots. Fue una batalla dura...

—Con el debido respeto, señor, esa no fue una batalla. Fue una carnicería. Un infierno. Explosiones, llamas por todos lados, gritos, alaridos de terror de los marinos que estaban quemándose vivos...

El capitán Eonet bajó un poco la voz para no inquietar demasiado a los otros soldados.

—Pero usted sobrevivió.

—Por milagro, señor. La cubierta de mi buque se partió en dos y caí al agua. Nadé lejos del fuego y no supe más.

—Tuvo suerte.

—Mucha. Nadie esperaba ese ataque. En una sola noche, el hombre que viene en aquel bote nos atacó por sorpresa y hundió a casi la mitad de nuestra flota. —Michau hizo una pausa y miró a su capitán a los ojos—. ¡Y ahora ha regresado! ¿Por qué?

En otras circunstancias, el capitán Eonet habría reprendido al joven por el tono y la forma en que se dirigía a él. La insubordinación era un delito grave en tiempos de guerra. Pero el capitán había estado en varias campañas y sabía que los sobrevivientes de una batalla, aquellos hombres que han mirado a la muerte a la cara y han escapado de sus fauces, a veces se podían permitir ciertos lujos.

—Descuide usted, vigía Michau, tomaremos todas las precauciones.

—Este hombre, capitán, recorrió como un fantasma las costas de España, apoyando a los guerrilleros que hostilizaban a nuestras tropas y escurriéndose siempre a última hora de la persecución de nuestros buques. Pero hasta los españoles, que eran sus aliados, desconfiaban de él y le temían. ¿Sabe usted, capitán, cómo lo llamaban a sus espaldas?

—Sí. Algo he escuchado. Le Diable. El Diablo, ¿cierto?

El vigía Michau dejó escapar una risa nerviosa que más parecía un suspiro de angustia.

—No podemos confiar en él, señor. Hay que fusilarlo.

Había llegado el momento de dejar atrás el tono paternalista. El capitán Eonet contestó muy erguido, con voz firme, para que al vigía y a todos los que estaban cerca escuchando el diálogo les quedase claro que no había nada que negociar.

—Eso no lo decidiremos ni usted ni yo sino un consejo de guerra en París, una vez que yo haya interrogado al prisionero. ¿Está claro?

—Sí, señor.

El capitán Eonet fijó la vista en el bote, que había llegado al pie del embarcadero remolcando el lanchón inglés. Un soldado francés saltó al pequeño muelle con un cabo en la mano, que ató rápidamente a uno de los pilares.

Luego descendieron, también de un salto, dos fusileros armados que se situaron a ambos lados del muelle, apuntando en dirección al bote.

Entre los seis prisioneros, que seguían sentados en el bote, destacaba la silueta de un hombre muy alto y delgado, de cabello castaño claro con un tono entre arenoso y rojizo, casi pelirrojo, que brillaba bajo la luz de la luna.

Eonet observó sus movimientos calmados, lo vio ponerse lentamente de pie, comprobó que la tripulación de soldados franceses que lo rodeaba tenía todo bajo control y, dominado por una súbita alegría, se volvió otra vez hacia el vigía Michau, esta vez sonriendo:

—¡Arriba ese ánimo, vigía! Este hombre, El Diablo, es el mayor enemigo del Imperio y ahora... ¡lo hemos atrapado! ¿Lo entiende? Esta será una noche de gloria para Francia: ¡hemos capturado a Lord Cochrane!

2

En medio de la oscuridad, Lord Cochrane saltó a tierra de una sola zancada, aprovechando el impulso de sus largas piernas. Luego se volvió para comprobar que lo seguían sus cinco hombres. Los prisioneros lucían cabizbajos y fatigados. Todos menos él, según indicaban sus movimientos ágiles y precisos.

Apenas sus hombres estuvieron en tierra, Lord Cochrane se volvió hacia el fuerte y levantó la cabeza para estudiar sus muros de piedra.

El capitán Eonet miraba la escena desde la terraza ubicada veinte metros más arriba. Aunque apenas veía las siluetas de los prisioneros, no le pasó inadvertido aquel elocuente gesto. Se inclinó sobre el borde del muro para que sus hombres lo escuchasen bien en el muelle:

—¡Sargento Petit, esto no es un paseo por la campiña! ¡Haga entrar a los prisioneros!

—¡A la orden, mi capitán! —respondió el suboficial.

Cochrane miró en dirección al punto donde se encontraba el capitán Eonet, siguiendo la dirección de su voz.

Ambos hombres buscaron sus miradas en medio de la oscuridad, pero solo vieron el contorno de sus propias siluetas. A pesar de eso, permanecieron inmóviles un momento, como si se estuviesen desafiando.

—¡Todos arriba! —ordenó el sargento Petit, quien fue el primero en subir por la escalera de piedra que conducía desde el nivel del muelle hasta la planta baja del fuerte.

Soldados y prisioneros marcharon en fila india. De noche los escalones siempre estaban húmedos debido al oleaje que, durante la marea alta, azotaba las fundaciones y los muros de piedra de Fort Boyard, así que todos midieron bien sus pasos y cuidaron sus movimientos mientras ascendían. Era una batalla permanente contra la voracidad del mar, que luchaba por recuperar el señorío sobre el espacio en el que antes hubo solamente un banco de arena.

Al llegar al final de la escalera se encontraron ante una puerta de hierro de doble hoja, la única puerta visible en todo el fuerte. Todos los demás agujeros que había en sus muros de piedra rodeando su estructura oblonga, eran ventanas enrejadas o troneras para los cañones, tanto en el nivel de la planta baja como del premier y del deuxième étage, lo que desde lejos daba a Fort Boyard el fantasmal aspecto de un petrificado navío de tres puentes, imagen que despertaba la curiosidad y excitación de los soldados.

Los espacios entre los barrotes de la puerta habían sido cubiertos con tablones de madera, de modo que no era posible ver nada hacia el interior.

Uno de los fusileros dio con la culata de su arma dos golpes secos sobre la cerradura de la puerta; desde el interior, dos soldados levantaron la tranca que la sellaba.

Los soldados arrastraron la pesada puerta en dirección al patio hasta que estuvo completamente abierta, y luego retrocedieron para que tanto los tiradores del interior como los que habían desembarcado en el muelle pudiesen tener en la mira, en todo momento, a Lord Cochrane.

Faltaba un cuarto de hora para las nueve de la noche del 15 de abril de 1815 cuando el marino británico entró a Fort Boyard y, siguiendo las indicaciones de sus captores, caminó unos pasos hasta el centro del patio de piedra. Sus cinco hombres lo siguieron.

Antes de bajar de la terraza, el capitán Eonet habló con los vigías:

—Tendrán que redoblar la vigilancia. Puede que la llegada de estos prisioneros no sea más que una maniobra para distraernos, y que la avanzada de la flota británica esté acechando, en estos momentos, mar afuera.

Se volvió hacia el sargento que acompañaba al teniente Combasteil:

—¡Sargento Trochon!

—¡A su orden, mi capitán!

—Sargento, mantenga a los tiradores vigilando el acceso al muelle. Pero que nadie dispare sin su permiso. Recuerde que estamos esperando otro bote, con los enviados del Emperador. No queremos que ellos caigan bajo fuego amigo.

—Sí, señor.

El capitán notó que el vigía Michau se había distraído y miraba demasiado hacia el fondo del patio.

—La vista al frente, vigía Michau.

—Sí, señor.

—Del prisionero me encargo yo.

—Sí, señor.

Eonet descendió desde la terraza hasta el deuxième étage. En la segunda planta estaba apostado el grueso de la artillería de Fort Boyard.

Los artilleros, con el rostro y las manos tiznados por las prácticas de tiro que habían estado realizando durante la mañana, tenían preparados los cañones por si algún buque intentaba entrar a la bahía.

El capitán les dio una mirada, comprobó que tenían a mano todos sus artefactos y ellos le hicieron un gesto con las cabezas, indicando que estaban listos para entrar en acción.

Bajó otro nivel, hasta llegar al premier étage, y en vez de seguir descendiendo por la escalera que conducía hasta la planta baja, salió a la galería, se paró debajo de uno de los arcos de piedra y se asomó al patio. Se quedó unos momentos ahí, mirando hacia abajo.

Esperó a que todos los prisioneros estuviesen en el patio, rodeados por un semicírculo de fusileros, para descender lentamente hasta la planta baja. Quería darle un poco de teatralidad al momento, porque sabía que Lord Thomas Alexander Cochrane era un hombre difícil de amedrentar.

El silencio en el patio era absoluto y la tensión, evidente.

Apenas llegó al patio, el capitán Eonet caminó directamente hacia Lord Cochrane y se paró frente a él.

Como buen hijo de bretones, el capitán era un hombre alto y proporcionado, que derrochaba entusiasmo y energía; era capaz de mantener el sentido del humor en las situaciones más difíciles, así como hablar golpeado cuando era necesario imponerse y castigar duramente a quienes cometieran alguna torpeza o error inexcusable. Con él no había posibilidad de malos entendidos, era alguien que siempre iba de frente. Si las cosas marchaban bien, lo hacía saber a todos con una calidez que nunca era confundida con debilidad. Y cuando no funcionaban, era el primero en tomar medidas para enderezarlas.

Tenía el don de mando que se precisa para ser oficial y la autoridad moral ante sus soldados que le otorgaba el hecho de haber sobrevivido a algunas de las campañas más duras del Emperador. Pero al estar frente a Lord Cochrane de inmediato lo invadió una sensación extraña.

Tres razones se le vinieron a la mente para explicar su inquietud.

En primer lugar, el marino británico lo aventajaba en estatura al menos unos diez centímetros. Esto significaba que medía un metro noventa y cinco centímetros o tal vez dos metros. Cualquiera que hablase con él tendría que mirarlo siempre hacia arriba. Dondequiera que fuese, sería siempre el hombre más alto en el salón.

En segundo lugar, Cochrane estaba demasiado tranquilo. Pero era una tranquilidad aparente. A pesar del cansancio —que se adivinaba al observar su rostro sin afeitar y la suciedad de su ropa, rostro y manos— su mirada era vivaz y penetrante, como si su mente estuviese a otro ritmo o sufriese los efectos de la fatiga en forma más tardía que el resto de su persona. Fue solo una intuición, pero eran las intuiciones las que muchas veces, en el campo de batalla, le habían salvado la vida, así que el capitán Eonet decidió no olvidar aquella primera impresión.

En tercer lugar —y esto fue lo que le resultó más chocante a la vista—, el héroe naval más importante que les quedaba a los ingleses tras la muerte del almirante Nelson en Trafalgar, aquella noche iba vestido de paisano: un viejo abrigo de paño gris, camisa blanca, pantalón de montar y botas. Se lo hizo notar, hablándole en un inglés teñido por su pronunciación nasal:

—No lleva usted uniforme, milord.

Lord Cochrane le respondió en un correcto francés:

—¿Me conoce usted?

El capitán Eonet decidió continuar la conversación en francés:

—Su reputación lo precede. Mala suerte para usted. Será juzgado como espía.Y usted sabe muy bien cuál es la pena que se aplica a los espías.

—No saque conclusiones apresuradas, capitán...

—Eonet. Capitán de dragones de la Guardia Imperial Loïc Eonet. —Se cuadró, haciendo chocar los tacones de sus botas.

Lord Cochrane le hizo una leve reverencia.

—Encantado, capitán Eonet. Pero le pido que, por favor, no se apresure. No estoy en servicio activo ni participo en ninguna comisión oficial del Almirantazgo.Ya no pertenezco a la Royal Navy.

El capitán Eonet arrugó el entrecejo, evidenciando su incredulidad:

—¿Y se puede saber en calidad de qué ha decidido realizar esta incursión nocturna a las costas de Francia?

Lord Cochrane sonrió y alargó ambas manos hacia él, con las palmas extendidas hacia arriba:

—Como primogénito del noveno conde de Dundonald, que es el único título que algún día heredaré y que no podrán arrebatarme jamás mis enemigos. Como ya le dije, he sido despojado del uniforme y de todas mis condecoraciones.

—¿Y cómo ha ocurrido eso?

—Es una larga y desagradable historia, una conspiración cuya trama se ramifica desde el Parlamento hasta el Almirantazgo debido a las denuncias sobre corrupción que hice, como marino y como parlamentario, y que las autoridades se negaron a enmendar. Prefirieron matar al portador de malas noticias que atacar directamente el origen de los males contra los cuales me pronuncié. Pero, por favor, no me haga recordar ahora esos malos momentos. He vuelto a ser un ciudadano común y corriente, y mi interés en los mares es ahora puramente científico.

El capitán Eonet miró a Lord Cochrane a los ojos, sopesó sus palabras y luego miró uno por uno a los cinco tripulantes que lo acompañaban. Dos de ellos eran demasiado viejos y tenían la piel curtida por el sol y las manos llenas de callos, por lo que saltaba a la vista que se trataba de marinos experimentados. De los tres restantes, uno era cojo, el otro tenía una cicatriz en el mentón y el más joven de todos lucía una sonrisa burlesca que resaltaba la ausencia de un par de dientes. Casacas rojas, pensó el capitán Eonet, aunque todos iban de paisano, con ropas raídas, como si fuesen pescadores.

—Y estos hombres que lo acompañan, ¿también son científicos?

Lord Cochrane se hizo cargo del sarcasmo implícito en la pregunta y respondió de inmediato:

—Por supuesto que no, capitán —y fue presentando a sus acompañantes ante el capitán Eonet—: Todos son inválidos de guerra que, ante el exiguo monto de sus pensiones y apremiados por la necesidad de ganarse la vida de alguna manera, han optado por poner a mi disposición sus valiosos conocimientos en el arte de la navegación. El contramaestre O’Brian y el sargento Forester —señaló con su mano derecha a los más viejos— han navegado conmigo en buques de todo calado, y los soldados Cox, Little y Peck —indicó al resto— están aquí para protegernos de los ataques de corsarios, piratas y bandidos.

—Y de las tropas de línea también, supongo —comentó el capitán Eonet.

—Esta no es una misión militar, capitán, insisto.

—Eso ya lo veremos. ¡Sargento Petit!

El aludido avanzó rápidamente hasta ponerse al lado de su capitán. Era un hombre corpulento y alto, con anchas manos de campesino, que mandaba a los infantes que servían como combatientes en los botes.

—¡Aquí estoy, capitán!

—Usted capturó a estos hombres.

—Sí, señor.

—¿Dónde los encontró?

—A cuatro millas al oeste de la entrada a la bahía.

—¿A la cuadra de la rade?

—Así es, mi capitán.

Se produjo un espontáneo silencio entre los miembros de la dotación del fuerte. El viento de la costa formaba extraños ecos al entrar desde arriba y pasearse por los pasillos de la fortaleza.

Al capitán Eonet se le vino a la mente el relato que acababa de hacerle, entre lágrimas, el vigía Michau. Un infierno. Casi la mitad de la flota imperial hundida en una sola noche, en un ataque sorpresa comandado por Lord Cochrane.Y he aquí, cinco años después, este hombre retornando oculto entre las sombras de la noche al mismo sitio del ataque.

Ni en la política ni en la guerra —eso lo había aprendido bien el capitán Eonet hace ya mucho tiempo— existen las coincidencias. Continuó su interrogatorio al sargento Petit:

—¿Llevaba luces de navegación el bote?

—No, capitán. Navegaban a oscuras, como si no quisieran ser vistos.

—¿Cómo los capturaron?

—Uno de mis hombres los divisó, pusimos rumbo hacia ellos y, cuando estábamos a distancia de tiro, disparamos al aire y les ordenamos rendirse.

—Y ellos, ¿qué hicieron?

—Dejaron de remar y esperaron hasta ser abordados por nosotros.

—¿No opusieron resistencia?

—Ninguna.

—¿Me está usted diciendo que ellos se rindieron sin pelear?

—Así fue como ocurrió, capitán.

—¿Y no le pareció extraño?

—No, señor. Nosotros los aventajábamos en número y en armamento.

El capitán Eonet miró al sargento a los ojos, como si estuviese a punto de reprenderlo, pero se abstuvo de hacerlo en presencia de militares extranjeros.

—¿Qué hizo con las armas de los prisioneros, sargento?

—Las guardamos a popa, capitán, junto al timón.Y dejamos a los prisioneros a proa, custodiados por dos de mis mejores tiradores.

—¿Los registró a todos?

—A cada uno de ellos, capitán.

—¿Qué le requisó a Lord Cochrane?

—Una pistola, una espada y... un catalejo, señor.

—Sargento, quiero que registre nuevamente a aquel hombre, el último, a la derecha. El soldado Peck, si no me equivoco.

El sargento pareció sorprendido, pero jamás se habría atrevido a cuestionar una orden tan precisa.

—Sí, señor.

—Si el soldado Peck no colabora, está autorizado a disparar, sargento.

—Sí, señor. ¡Soldados!

Dos tiradores apuntaron sus armas hacia Peck.

La sonrisa burlesca desapareció de inmediato del rostro del ex casaca roja, quien miró a Lord Cochrane en busca de ayuda.

Su jefe, serenamente, asintió con la cabeza indicándole que debía colaborar.

El soldado Peck se llevó una mano a la espalda.

Cada tirador se inclinó un poco hacia adelante, apoyando el peso del cuerpo en el pie derecho. El sargento Petit desenvainó su sable y apuró el tranco.

—Lentamente, soldado —dijo el capitán Eonet, en inglés.

El ...