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DESPUéS DE VIVIR UN SIGLO

Víctor Herrero

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Fragmento

San Fabián de Alico, 1913

A fines de 1913 el maestro de escuela Nicanor Parra cabalgó dos días desde la ciudad de Chillán, ubicada en el valle central de Chile, hasta San Fabián de Alico, una localidad enclavada entre empinados cerros, en la ribera alta del río Ñuble. El profesor llevaba consigo su ropa, algunos libros y otros enseres personales. Y también una carta.

Se trataba de una carta importante. En esta se le comunicaba que el Ministerio de Educación, por decreto Nº 10.534 del 6 de octubre, lo había designado profesor de una escuela en ese pueblo serrano. Nicanor, que tenía veintiocho años y aún era soltero, entraba en aquel proyecto de llevar la educación pública hasta los últimos rincones de la nación.

Era la época del «Estado docente», cuando el país buscaba alfabetizar de manera gratuita a todas las clases sociales. Medio siglo antes, en 1860, se había promulgado la Ley General de Instrucción Primaria, donde se estableció al Estado como principal sostenedor de la educación. Hasta ese momento la educación de los niños estaba principalmente a cargo de la Iglesia Católica y de algunas escuelas privadas, accesibles sólo para los sectores más acomodados de la sociedad. Con los recursos provenientes del salitre, pero también del cobre y la plata, minerales altamente cotizados en los mercados mundiales, el país financió esta expansión educativa, apostando por convertirse en una nación desarrollada.

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Pero cuando el joven maestro llegó a San Fabián, más del 60 por ciento de la población del sur todavía era analfabeta. Nicanor Parra era uno de los dos maestros que ejercían la docencia en la Escuela N° 10 de Niñas, el colegio que le habían asignado los funcionarios de la capital. El pueblo también contaba con un colegio para hombres, la Escuela de Varones Nº 13. La especialidad del nuevo maestro era la música, pero debido a la falta de profesores es probable que también instruyera otro tipo de materias, como lenguaje y geografía.

Hombre de tez blanca, pelo oscuro y frondoso bigote negro, Nicanor se vestía de manera pulcra, a la usanza del momento: traje de tres piezas, corbata ancha, camisa de cuello grueso y duro y un pañuelo de género en el bolsillo superior de la chaqueta. El futuro padre de Violeta Parra provenía de una familia que había logrado cierto bienestar económico en Chillán. Aunque los Parra no eran ricos, estaban muy lejos de ser una familia pobre. Nicanor era uno de los tres hijos del matrimonio de Rosario Parra, dueña de casa, y Calixto José Parra, un agente paralegal que se desempeñaba en los tribunales de esa ciudad situada unos cuatrocientos kilómetros al sur de Santiago.

Según Fernando Sáez, uno de los biógrafos de Violeta, su abuelo Calixto José había estudiado leyes, pero «trabajaba como tinterillo, denominación algo despectiva para quienes laboraban en juicios y litigios en tribunales sin ostentar el título de abogado».1 Esa labor, sin embargo, no sólo situaba al patriarca en la clase social más acomodada de esta ciudad de provincias, sino que le procuraba recursos suficientes para adquirir una serie de propiedades. A lo largo de los años, Calixto José fue acumulando sitios eriazos, casas de adobe con grandes patios y antiguos terrenos agrícolas en el barrio «ultra-estación». Este se situaba entre la estación central de trenes y el cementerio general. Si bien estaba algo alejado del centro comercial de la ciudad, se trataba de un sector que a comienzos de siglo crecía con fuerza, a medida que Chillán se iba expandiendo.

Calixto José se empeñó en que sus tres hijos, dos hombres y una mujer, fueran profesionales, y así Nicanor se convirtió en maestro, una actividad que pese a no ser muy bien remunerada, gozaba de un saludable estatus.

A poco de llegar a San Fabián, Nicanor Parra conoció a una madre que tenía a sus dos hijas en la Escuela N° 10. Su nombre era Clarisa Sandoval Navarrete. Tenía cinco años menos que él y había enviudado no hacía mucho. El de Nicanor y Clarisa debió ser un amor fulminante, ya que sólo once meses después de conocerse tuvieron un hijo. Le pusieron el mismo nombre del padre, de modo que el 5 de septiembre de 1914 nació en esa localidad andina Nicanor Parra Sandoval, quien sería uno de los poetas chilenos más importantes del siglo XX. Un año y medio más tarde, en julio de 1916, la pareja tuvo a su primera hija, a la que llamó Hilda.

Clarisa era costurera y, como muchos en San Fabián y en todo el Ñuble, apenas sabía leer y escribir. No provenía, sin embargo, de una estirpe pobre. Su madre, Audolia Navarrete, trabajaba como dueña de casa, pero su padre, Ricardo Sandoval, era un campesino semiacomodado que arrendaba paños de tierra para el cultivo de uvas y producción de vino. También poseía decenas de hectáreas de viñedos en un sector agrícola llamado Huape, a unos doce kilómetros al poniente de Chillán.

El hecho de que Clarisa proviniera de una familia con ciertos recursos se notaba en algunos detalles. Al igual que varias mujeres de San Fabián, la joven viuda tejía y cosía ropas para la gente del pueblo. Pero mientras la mayoría de sus comadres hacía la labor a mano y con aguja, Clarisa contaba con una máquina de coser marca Singer, todo un lujo por entonces.

En una entrevista de 1960, Violeta Parra tendría estos recuerdos de su familia: «Mi abuelo paterno era un hombre que vivía muy bien, era abogado y de mucho prestigio. Mi abuelo materno, en cambio, era un campesino de aquí de Chillán para adentro, un inquilino, un obligado, un explotado».2

Ni el primero era tan importante, ni el segundo tan pobre.

La historia de los abuelos de Violeta resultaba más sabrosa y estaba cruzada por la historia del país. Cuenta la leyenda familiar que Clarisa Sandoval nació en plena guerra civil y que su alumbramiento se produjo debajo de un puente. Corría el año 1891 y Ricardo Sandoval, futuro padre de Clarisa y abuelo de Violeta, escapaba de los reclutadores del Ejército que recorrían la región en busca de hombres para pelear contra las fuerzas del Congreso, apoyadas a la sazón por la Marina.

Ricardo Sandoval, hombre de ojos azules y pelo casi rubio, que de joven había causado furor entre las muchachas, no estaba dispuesto a enrolarse en una cruenta guerra fratricida que en sólo seis meses les costó la vida a unos cuatro mil chilenos. ¿La razón de fondo? Su esposa Audolia estaba embarazada. Para evitar el alistamiento forzoso en las fuerzas leales al presidente José Manuel Balmaceda, Ricardo y Audolia huían constantemente. En una ocasión se escondieron bajo un puente en la zona de Huape, mientras las tropas pasaban marchando por encima de sus cabezas. Y ahí, en el lecho de un río, en medio del valle central que se extiende a los pies de los Andes, habría nacido de manera casi clandestina Clarisa Sandoval Navarrete.

No ha sido posible verificar si esta historia es real o no, pero lo cierto es que la madre de Violeta nació efectivamente entre las turbulencias políticas que llevaron a la guerra.

Calixto José, el abuelo paterno, logró escabullirse del reclutamiento por su condición de padre de familia, pero tal vez por ser también un personaje de cierta importancia en Chillán. Era además un veterano de la llamada Guerra del Pacífico, conflicto que entre 1879 y 1893 había enfrentado a Chile con Perú y Bolivia por las inmensas riquezas mineras del desierto de Atacama. Como soldado raso, Calixto José había batallado en el norte rocoso y polvoriento, donde un impacto de bala lo dejó ciego del ojo izquierdo por el resto de su vida.

Violeta desarrollaría una fijación con esa guerra que redibujó el mapa del poder en Sudamérica, mencionándola en sus canciones, plasmándola en tapices y óleos, interrogando a los abuelitos que llevaba a sus programas de radio o que entrevistaba en sus investigaciones en terreno.

Quince meses después de Hilda nació Violeta. Pero a diferencia de lo que ocurrió con los hermanos mayores, la familia decidió que el parto fuese en un pueblo de mayor tamaño, San Carlos, que contaba con un hospital y estaba ubicado a unos sesenta kilómetros de San Fabián. Los alumbramientos anteriores habían sido en el hogar y resultaron difíciles para la madre. Esta vez los Parra Sandoval querían más garantías. Y el director de una escuela pública de San Carlos, que era amigo de Nicanor, les ofreció su amplia casona para hospedarse.

La familia empacó sus cosas a comienzos de septiembre de 1917, cuando Clarisa ya se encontraba en un estado avanzado de embarazo. Emprendieron el viaje en una carreta de bueyes, el único medio de transporte (además del caballo) que conectaba a San Fabián con las otras localidades del Ñuble. En los siguientes tres días fueron descendiendo lentamente desde la cordillera de los Andes hacia la planicie central, atravesando valles y pequeños pasos de montaña. No había más rutas que estos caminos de tierra, los que en épocas de lluvia o nieve solían volverse barriales intransitables, aislando a San Fabián durante el invierno.

A las pocas semanas de haber llegado a San Carlos, lugar en el que también nació Nicanor padre en 1885, Clarisa tuvo a su tercer bebé. El jueves 4 de octubre de 1917, a las once de la noche, vino al mundo Violeta del Carmen.

No lejos de ahí, en la localidad de Parral, y trece años antes, había nacido un niño llamado Neftalí Reyes. Con el tiempo pasaría a llamarse Pablo Neruda. A comienzos de la década del 50, los caminos del más famoso poeta chileno se cruzarían con los de la más famosa cantante de Chile.

La estadía de la familia Parra Sandoval en San Carlos fue breve. Pronto volvieron a tomar sus bártulos y regresaron a su hogar en la cordillera. Pese a que Nicanor y Clarisa tenían que proveer ahora el sustento para cinco hijos —los tres que tenían juntos, además de las hermanas Olga y Marta, del primer matrimonio de Clarisa—, San Fabián era un buen lugar para formar y criar una familia. Los biógrafos de Violeta han descrito esta localidad como económicamente atrasada e incluso como un paradigma de pobreza campesina. Nada más alejado de la realidad.

En las primeras décadas del siglo XX, San Fabián era una próspera comunidad de más de seis mil habitantes, el doble de los que tiene hoy por hoy. Además de contar con dos escuelas públicas, el pueblo también tenía un periódico propio —La Voz de San Fabián de Alico— que fue fundado en 1894 y que circulaba una vez a la semana.

San Fabián de Alico se había convertido en un importante centro de intercambio trasandino. Dos veces al año se celebraba una gran feria comercial entre Chile y Argentina, la mayor del Ñuble. Los «cuyanos», como se denominaba en esa época a los habitantes del otro lado de los Andes, traían ganado, cuchillería y cuero, en tanto que los campesinos chilenos aportaban con verduras, frutos, hierbas medicinales y tejidos. Desde San Fabián los productos cuyanos se repartían por todos los grandes poblados de la región del Ñuble, como Chillán, Parral y San Carlos, mientras que esas localidades se aseguraban de llevar sus productos a las ferias binacionales de ese poblado. El comercio llegó a ser tan significativo que el Estado de Chile decidió instalar allí una aduana fiscal. Es posible que la propia Clarisa aportara con sus ropas cosidas a esta feria, aunque su trabajo habitual se circunscribía a arreglar ropas, cortinas y manteles ajenos, además de confeccionar la vestimenta para su creciente prole.

No obstante las posibilidades económicas que ofrecía San Fabián, la relación entre Clarisa y Nicanor comenzó a mostrar las primeras fisuras serias. El motivo no era financiero, sino emocional. Como maestro de escuela, Nicanor gozaba de un estatus que estaba casi a la par con el sacerdote, el alcalde y el policía del pueblo. Es decir, era un hombre de cierta importancia. Y como al joven padre le gustaba la vida social —tomar vino, cantar y compartir con los amigos—, pronto la relación comenzó a resentirse.

Las peleas eran cada vez más frecuentes, sobre todo porque Nicanor llegaba tarde y a menudo ebrio. Al recibirlo, Clarisa montaba en cólera y, a veces, tenía ataques de nervios tan intensos que se desmayaba. Con el paso de los años, esta dinámica entre ambos empeoró. «Mi madre lo esperaba con pitos y tambores y empezaban las discusiones, las peleas, unas peleas que a mí me parecían pantagruélicas, olímpicas —recordaría el hijo mayor, Nicanor—. Todo esto se agravaba con ciertos ataques nerviosos que sufría mi madre, que caía al suelo inconsciente. Después supe que era una pseudo-epilepsia.»3

Tras el nacimiento de Violeta, Clarisa volvió a quedar embarazada casi de inmediato. Pero la situación matrimonial ya hacía crisis. En abril de 1918 Nicanor dejó de figurar como profesor en el colegio de niñas. No está claro si renunció o si fue despedido. Un decreto del Ministerio de Educación declaraba el 24 de ese mes que su puesto estaba vacante.4 La pareja decidió trasladarse a Chillán para vivir con el abuelo Calixto José y comenzar de nuevo.

El 29 de junio nació el cuarto hijo: Eduardo Emetrio, también conocido como «Lalo Parra» o, como lo llamaban hacia el final de su vida, «el tío Lalo». Eduardo se convertiría en uno de los grandes exponentes de la versión urbana y proletaria de la cueca huasa chilena.

Lejos de arreglarse, la relación matrimonial siguió empeorando. Protegido y financiado por su padre Calixto José, Nicanor se dedicó a la buena vida en una ciudad que ofrecía muchas más distracciones que San Fabián. Clarisa no aguantó más y en 1919 tomó la decisión de irse a Santiago, dejando atrás a su marido y a todos sus hijos. Se fue sola.

El acto de presión funcionó. Luego de algunos telegramas y cartas, el marido prometió cambiar y pronto se trasladó con toda la prole a la capital para reunirse con Clarisa.

Los buenos tiempos del profesor Parra

Al terminar la segunda década del siglo, los Parra Sandoval se hallaban entre las decenas de miles de migrantes del sur agrícola y del norte minero que se dirigían a Santiago en busca de mejores horizontes. Los campesinos venían escapando de las condiciones esclavizantes de los grandes latifundios con la esperanza de tener una mejor vida como obreros en fábricas textiles, cerveceras y de ferrocarriles o en el creciente comercio y sector de servicios de una metrópoli que comenzaba a industrializarse. Los mineros nortinos, en tanto, estaban emigrando debido a los despidos masivos en la industria del salitre, que atravesaba una fuerte crisis tras el fin de la Primera Guerra Mundial y la invención del salitre sintético por parte de Alemania.

En menos de quince años Santiago había más que doblado su población, pasando de menos de 250.000 habitantes en 1907 a más de 500.000 en 1920. Muchos de estos migrantes llegaban a vivir a los cités, una suerte de viviendas sociales para familias obreras construidas por privados. Se trataba de unas estructuras en forma de U, cada casa-departamento pegada a la otra, con un pasillo largo y angosto al aire libre donde daban las respectivas puertas de entrada. La mayoría de las casas era de un piso, aunque algunas tenían dos y albergaban a una o varias familias en espacios de no más de cuarenta metros cuadrados.

Fue a un cité, en la calle San Pablo con Manuel Rodríguez, a unas diez cuadras del centro, donde la familia Parra llegó a alojar. Arrendaban una sola habitación al interior de una de estas residencias que se compartían con otras familias.

El Santiago que esperaba a la familia de Violeta era un lugar convulsionado. La crisis económica del país y la presión demográfica sobre una ciudad que no estaba preparada para la llegada masiva de obreros y campesinos desde las diversas regiones había alcanzado tal punto que, a partir de 1918 y hasta 1920, se realizaron multitudinarias marchas del hambre, organizadas por la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional.

La clase que dominaba la política desde la caída de Balmaceda en 1891, constituida casi en su totalidad por miembros de la oligarquía, hacía oídos sordos a los reclamos de la población. «El sector alto se encerraba en su ambiente perfumado y hermoso —afirma el historiador Sergio Villalobos—, sin querer saber nada de un mundo que cambiaba aceleradamente y con signos violentos.»5

Ese mundo cambiante y cada vez más violento estaba a la vista. En julio de 1918 y bajo el título «La verdadera causa del hambre que aflige a Santiago», el periódico La Opinión editorializaba:

La carestía de la vida en Chile no es el resultado de la pobreza y esterilidad del suelo. El hambre, que comienza a hacer estragos y a sembrar la muerte en nuestras grandes ciudades, no proviene de la mezquindad de estos valles (…) son los mercaderes y especuladores que no anhelan otra cosa para satisfacer la concupiscencia de sus pasiones, aún al precio de la miseria de una gran parte de los habitantes de esta tierra de abundancia.6

Gracias a sus destrezas como costurera, Clarisa consiguió rápidamente un trabajo en la Casa Francesa, una de las sastrerías más conocidas de la capital y que, según la publicidad exhibida en la prensa, había sido fundada en París en 1839, contando con dos sucursales en Santiago y otra en Valparaíso. La madre de Violeta Parra se puso a laborar en una de las tiendas capitalinas —una quedaba en la calle Estado y la otra en el Pasaje Matte—, dedicándose a confeccionar o arreglar ropas de «hombres, jóvenes y niños», especialidad de esta empresa según los mencionados anuncios comerciales.

Trabajando ahí, Clarisa conoció a una dama distinguida que de vez en cuando iba a hacer pedidos especiales. Su nombre era Ester Rodríguez Velasco y era la esposa de Arturo Alessandri, joven y ambicioso senador del Partido Liberal. Este representaba a la región minera de Tarapacá, y sus encendidos discursos a favor de leyes laborales y sociales para emancipar a las masas proletarias estaban trastornando el apacible ambiente político que había impuesto la oligarquía.

Poco después de la llegada del padre y los hijos, la familia se movió a la casa de un primo de Nicanor. Quedaba en la avenida Ricardo Cumming, en el barrio Yungay, un sector obrero y de clase media relativamente acomodado, de casas de cemento amplias y sólidas. El padre de Violeta se desempeñó en diversos trabajos, sin lograr ejercer la profesión para la que había estudiado. En palabras de Fernando Sáez, «Nicanor obtiene ocupaciones tan disímiles como cobrador de tranvías y gendarme de la Cárcel Pública, trabajos esporádicos que no duran demasiado».7

Los acontecimientos políticos terminarían favoreciendo a la familia Parra Sandoval. En junio de 1920, Arturo Alessandri fue electo presidente, apoyado por movimientos sociales y algunos oligarcas ilustrados, entre ellos Agustín Edwards Mac Clure, heredero de la mayor fortuna empresarial de Chile y fundador del influyente periódico El Mercurio. A fines de agosto el país dio un nuevo paso en su expansión educativa, promulgando una ley que decretaba que todos los niños debían asistir, por obligación, a la escuela pública para recibir una instrucción mínima de seis años. Aumentó por consiguiente la demanda de maestros, abriéndose para Nicanor la posibilidad de volver a las aulas.

Ambas circunstancias políticas —el triunfo de Alessandri y la Ley Nº 3.654 de Educación Primaria Obligatoria— fueron un golpe de suerte para los Parra. Las redes sociales y las simpatías políticas de la familia cumplieron un rol crucial para encarrilarla hacia un futuro mejor.

Aunque no existen antecedentes para creer que Clarisa y la ahora primera dama Ester Rodríguez compartieran mucho más allá de una amistosa relación comercial, los breves encuentros entre ambas sirvieron para que la costurera hablara de su marido, que no podía conseguir trabajo como maestro. Y es probable que también le contara a Ester Rodríguez de las simpatías que Nicanor profesaba por el Partido Radical, un conglomerado reformista de centro-izquierda bajo cuyo alero el senador Alessandri —también conocido como el León de Tarapacá— había logrado encumbrarse a la presidencia de la nación.

Hacia fines de 1921, el gobierno del León nombró a Nicanor profesor de Estado en un regimiento militar de Lautaro, en la región de la Araucanía, unos 660 kilómetros al sur de Santiago.

No es descabellado pensar que la familia celebrara el giro de fortuna y lo atribuyera a que un nuevo bebé de la familia venía «con la marraqueta bajo el brazo», como reza el dicho popular. El quinto hijo del matrimonio había nacido unos meses antes, el 29 de junio de 1921, en el Hospital San Borja. También a este hijo, al que llamaron Roberto, lo esperaba un futuro artístico, puesto que se transformaría en el padre y máximo exponente de la llamada «cueca chora», muy popular en los barrios bajos.

Violeta recién había cumplido cuatro años cuando, en noviembre de 1921, la familia abordó el tren para dirigirse al flamante destino laboral de Nicanor. La niñita iba decaída y con fiebre y pronto su piel comenzó a llenarse de erupciones rosadas. Los Parra se bajaron en Chillán para buscar ayuda médica y el diagnóstico llegó de inmediato: Violeta tenía viruela.

En los siguientes días se alojaron en la casa de Calixto José para cuidar a la enferma y mantenerla bajo cuarentena. La viruela era una de las enfermedades infecciosas más temidas, los brotes eran frecuentes y cada cuatro o cinco años se producía una epidemia. Según la literatura médica, la epidemia de 1921 fue una de las últimas que tuvo Chile. La niña se recuperó lentamente y la familia pudo retomar el viaje, aunque la enfermedad selló a Violeta de por vida: su rostro había quedado marcado por cicatrices.

Al comienzo, la nueva vida familiar en Lautaro resultó apacible. El gobierno le había pasado al maestro Parra una amplia casa a orillas del río Cautín, a pocas cuadras del Regimiento Andino Nº 4, donde ejercía como profesor primario. Durante los fines de semana o en la época de verano y primavera, los cinco niños jugaban en la pedregosa ribera, se bañaban en aguas no muy profundas o se dedicaban a trepar árboles y recoger frutos en la extensa huerta de la casa. En la propiedad de casi una hectárea, Nicanor y Clarisa cultivaban habas, lechugas y otras verduras para el consumo familiar. Por las tardes, el padre acostumbraba sentarse debajo de alguno de los árboles frondosos de la parcela a cantar, rodeado por sus hijos.

Una de las canciones que interpretaba Nicanor era «La paloma ingrata». Se trataba de una mazurca, un tipo de música originada en la aristocracia polaca pero que en América Latina formaba parte del repertorio popular. «La paloma ingrata» consistía en una fábula de amor y traiciones que, treinta años después, Violeta grabaría en uno de sus primeros discos.

Una paloma ingrata

su amante deja, su amante deja

por seguir a otro amante

que la aconseja, que la aconseja

y le decía, y le decía:

«No quiero por más tiempo tu compañía».

También Nicanor, el primero de los hijos, recordaría con algo de exageración aquella época en Lautaro:

Tengo recuerdos lindos. Teníamos una casa divina, a la orilla del río Cautín. Y frente a la casa había un huerto de membrillos. Cuando florecían, los niños nos íbamos a comer las flores. En la época de la crecida, en el invierno, este río arrastraba de todo. Y mi padre se instalaba a la orilla con un gran palo con un gran gancho en un extremo, a pescar toda clase de maravillas. Pescaba chanchos, gallinas, troncos, palos, todo lo imaginable. Una vez este caballero creo que trató de pescar una casa y entonces se cayó al agua. Aquí terminaron las pescas. Pero él ya había llenado una bodega con toda clase de objetos.8

Como profesor de Estado en el mayor regimiento militar de la zona, Nicanor padre pertenecía, al igual que en San Fabián, a la clase social más respetada. No era raro que los Parra fueran invitados a los actos culturales, sociales y políticos. En una ocasión Nicanor dictó una conferencia sobre educación ante la alta sociedad lautarina. Y para orgullo de toda la familia, la conferencia se reprodujo en el diario local El Independiente.

Lautaro en los años veinte pasaba por un auge industrial. Allí prosperaron los fabricantes de textiles, los productores de cuero y jabón, las cerveceras y las procesadoras de madera. Gran parte de este crecimiento se debía a los europeos instalados en la zona. Y la razón de su llegada era sencilla. Lautaro se había fundado sólo cuarenta años antes, en 1881, en medio de la guerra de ocupación que el Estado chileno emprendiera contra los mapuche, el pueblo originario de la Araucanía. Paradójicamente, a la ciudad le pusieron el nombre de un líder militar indígena que en 1553 había derrotado a Pedro de Valdivia en la batalla de Tucapel, cuyo desenlace fue la captura y ejecución del conquistador español. Situado en el epicentro del territorio mapuche, Lautaro fue pensado como un enclave de avanzada y, en el esfuerzo por consolidar el Estado, los inmigrantes europeos desempeñaron un papel relevante. El gobierno les había prometido tierras a cambio del compromiso de explotar y desarrollar económicamente la región.

Dos años después del arribo a Lautaro, Violeta entró a estudiar. Nicanor e Hilda ya iban a la escuela. Se trató de una experiencia traumática para la niña. Fue ahí donde adquirió conciencia de las huellas que le había dejado la viruela. Los compañeros se burlaban de su aspecto y, de hecho, le pusieron un sobrenombre: «Maleza». La propia Violeta Parra lo recordaría en su autobiografía escrita en décimas:

Aquí principian mis penas,

lo digo con gran tristeza

me sobrenombran «maleza»

porque parezco un espanto.9

Desde la perspectiva de Violeta, todas las condiscípulas parecían buenasmozas:

De llapa, mis compañeras

eran niñas donosas,

como botones de rosa

o flores de l’azucena.10

La supuesta fealdad sería un tema recurrente en su vida, y ya de adulta lo expresaba en conversaciones con amigos o en sus cartas. «Se ve mi cara fea en el brillo de mi anillo», escribió una vez.11 El recuerdo de la viruela cobraba, por lo demás, rasgos desmesurados. «Fue horrendo, porque por causa de mi peste murieron como veinticinco personas en Lautaro.»12 La anécdota es difícilmente comprobable, pues la familia se había quedado en Chillán hasta que sanó.

Sí es plausible que las burlas desencadenaran el rechazo que Violeta experimentaba por la escuela. Esta aversión la acabaría transmitiendo también, de alguna manera, a sus propios hijos y no quedaría al margen de su autobiografía poética.

Mejor ni hablar de la escuela;

la odié con todas mis ganas,

del libro hasta la campana

del lápiz al pizarrón,

del banco hast’ el profesor.13

Violeta no era, por cierto, una mala alumna. Al contrario. «Yo le veía sus certificados —contaría su hermana mayor, Hilda—. Era la primera alumna en canto, en lectura, en escritura, en asistencia… ¡En todo lo que tiene que responder un niño en la escuela!»14 La propia artista diría que era la segunda mejor alumna en el colegio de Lautaro, sólo superada por una compañera imbatible.

Hacia 1926, con los cinco hijos estudiando, la situación económica se había vuelto más estrecha. Aunque Nicanor ganaba un salario decente en el regimiento y Clarisa continuaba con su labor de costurera, la pareja seguía trayendo niños al mundo, con el consiguiente desmedro del presupuesto familiar. En Lautaro nacieron dos más: en 1924 un niño al que bautizaron Caupolicán, como el guerrero mapuche de cuatro siglos atrás; y en 1926 una niña llamada Elba. En contraste con los hijos anteriores, los dos lautarinos tendrían un destino trágico.

Elba sobrellevó toda su vida cierto retraso cognitivo, originado al parecer en un accidente hogareño: siendo bebé, se cayó al brasero en medio de un forcejeo entre Clarisa y Nicanor. La niña se golpeó la cabeza y se quemó el rostro.

La hermana menor de Violeta sería conocida como «la tía Yuca», una presencia constante en la familia y a la vez una suerte de espectro que pocos reconocían como miembro pleno del clan o cuyo parentesco nunca se transparentaba completamente.

«Creo que ella era epiléptica y pasaba en la casa, pero no era una empleada, no hacía labores domésticas —afirmó en 2016 Ángel Parra, el hijo de Violeta—. Para nosotros, siendo niños chicos, era un personaje que podía ser aterrador, porque se había caído al brasero y se había quemado la cara, pero también era un personaje muy tierno.»15

Como fuese, Elba desempeñaba un papel secundario en el linaje de los Parra Sandoval. Cuando en 1949 se concedió la posesión efectiva de Nicanor padre, Elba fue la única hija excluida de la herencia.16 Ni en sus canciones ni en sus entrevistas Violeta mencionó a esta hermana fallecida en 1981, a los cincuenta y cinco años.

El lactante Caupolicán, a quien llamaban Polito, apenas alcanzó a vivir un puñado de meses y murió de neumonía un año antes de que naciera Elba. La muerte de Polito causó un fuerte impacto sobre Violeta, que entonces tenía ocho años.

Y es que al morir Caupolicán, la familia organizó el tradicional «velorio del angelito». Costumbre muy común en varios países de América Latina, especialmente entre los campesinos y las clases populares, este rito —realizado en el propio hogar— era básicamente un funeral y acto conmemorativo en honor a los infantes que morían antes de los cinco o siete años. Sólo después del velorio se entregaba el cuerpo a la Iglesia Católica o a los funcionarios del servicio médico del Estado.

Los niños fallecidos eran vestidos de blanco, se les confeccionaba un par de alas como si fueran ángeles y muchas veces se los amarraba a una silla para que mantuvieran la posición erguida. Durante la ceremonia, que solía durar todo un día y toda una noche, se reunían los familiares, amigos y conocidos para cantar alabanzas al inocente «angelito». Aunque se tomaba alcohol, el velorio respetaba un protocolo estricto, con «cantos a lo divino» interpretados sólo por hombres, y numerosos rezos a cargo de mujeres. Los roles estaban nítidamente delimitados por género. Las mujeres, y sobre todo la madre de la criatura, no podían llorar. Si lo hacían, podrían mojarse las alas del ángel y este no ascendería al cielo.

Para cuando murió Polito, esta práctica ancestral comenzaba a extinguirse, debido a la creciente conciencia sobre higiene y salubridad. Si en los sectores campesinos se seguía manifestando, en las ciudades estaba prohibida. El juez de Lautaro habría hecho la vista gorda para que los Parra realizaran el rito y es de suponer que la impresión en Violeta y los demás hermanos no fue menor. En esos «cantos a lo divino», los músicos —entre ellos el padre, Nicanor— desplegaban toda una cosmovisión que recordaba a los dioses de la Antigua Grecia. «Dios, ángeles, santos y demonios son activos participantes en la rutina diaria de los mortales —dirá el escritor Fernando Alegría en un homenaje a Violeta—. Se mezclan con ellos, discuten y razonan, cantan y bailan; o se duelen y lloran y pelean.»17

En su autobiografía, Violeta afirmó que el velorio de su hermano duró tres días, pero es improbable. Normalmente estas ceremonias no duraban más de veinticuatro horas, tras las cuales se enterraba al infante fallecido. Este ancestral ritual quedó grabado en la memoria de Violeta. Cuando ya era una recopiladora obsesionada con el folclor, Violeta asistió a muchos funerales de niños. Y también los estudió.

«Hay gente que supone que los “velorios de angelitos” son pretextos para beber. Pero ese es un error: los hombres beben cuando se les da la gana en el campo y no necesitan pretexto para ello — afirmó Violeta en una entrevista en 1954—. Los velorios son una tradición trágica y sentimental (…) Suele haber ruedas de seis y ocho cantores, que interpretan décimas “a lo divino”, sentados alrededor del angelito, vestido y con alas a la espalda, como si estuviera vivo. La madre no debe llorar, pues si lo hace su hijito muerto no irá al cielo.»18

La muerte de Caupolicán y la enfermedad de Elba golpearon el ánimo de la familia. No obstante, pronto reapareció el espíritu festivo de Nicanor. El padre de Violeta, como ya está dicho, era un bohemio al que le gustaba la música, estar con los amigos y tomar vino; a menudo, bastante vino. Tenía talento musical y sabía tocar varios instrumentos, entre ellos la guitarra, el violín, el arpa y el piano.

«En el violín no era simplemente un peso muerto —recordaría su hijo Nicanor—. Interpretaba música de Schubert, de Mozart, cosas medio provincianas, pero con pretensiones. Y además tocaba admirablemente la guitarra.»19

Clarisa, por su parte, tenía una voz afinada y conocía numerosas canciones tradicionales de la región del Ñuble. A veces, cuando tenían invitados en casa, Clarisa y Nicanor formaban un dúo, cantando cuecas, tonadas y los entonces muy de moda valses peruanos. Los niños se deleitaban con estas funciones. Nicanor siempre les quiso inculcar el amor por la música, por lo que organizaba, a la hora de acostarse, competencias de canto para su camada.

No siempre Clarisa mostraba tanto entusiasmo, y de ahí que a la postre haya obligado a su marido a esconder la guitarra bajo llave. Temía que sus hijos siguieran los pasos bohemios, las frecuentes parrandas de Nicanor, de las que ella era habitual testigo. Los hijos presenciaban también las peleas de la pareja, los desmayos de Clarisa y los trastornos del padre. «Él tenía alucinaciones, se despertaba en la noche y salía como loco por la ciudad —rememoraría su hijo mayor—. Se quería tirar al río (Cautín) tipo tres de la mañana.»20

En sus Décimas —escritas a fines de los años cincuenta pero que no fueron publicadas sino hasta después de su muerte— Violeta escribiría:

L’esposa reta que reta

al taita qu’ en la chupeta

se le va medio salario,

mientras anuncian los diarios

que sube la marraqueta.21

Tras salir de sus clases, el profesor se juntaba con los colegas y partían a jugar rayuela y tomar unos tragos. Para Clarisa, el canto pasó a ser sinónimo de vida desenfrenada. Pero Violeta no dejaba de estar fascinada con la música, los cantos y, en especial, con la guitarra. La niña descubrió que el instrumento se ocultaba en un cajón grande, el mismo donde Clarisa tenía su máquina de coser. «Yo descubrí dónde la guardaba y se la robé, tenía siete años. Me había fijado cómo (mi padre) hacía las posturas, y aunque la guitarra era demasiado grande para mí y tenía que apoyarla en el suelo, comencé a cantar despacito las canciones que escuchaba a los grandes. Un día que mi madre me oyó no podía creer que fuera yo.»22

Pese a las andanzas de Nicanor y la referida estrechez financiera, los Parra Sandoval tuvieron un buen pasar en Lautaro. En las vacaciones solían ir en tren a Chillán, a la casa de los abuelos, e incluso a Santiago a visitar a unos tíos. Fue en uno de esos viajes cuando Violeta vio por primera vez las carestías de los pobres, y así lo describiría en sus Décimas:

Saliendo de la ciudad

fue la primera sorpresa

que me dejó la cabeza

un tanto destartalá;

mi taita con majestá

dijo: «Es el campo, niñitos,

aquellos son corderitos

y esas alturas, montañas,

y esas humildes cabañas

de los pobres, pues, hijitos».23

La experiencia de la pobreza —fundamental en el discurso de Violeta Parra como cantautora— era todavía un paisaje lejano que la niña observaba desde el vagón de un tren.

El León y el coronel

Los Parra eran una familia con una sensibilidad política de centroizquierda. Las injusticias salariales y las diferencias de clase eran temas recurrentes en la sobremesa de Clarisa y Nicanor y entre su círculo de amistades. Como simpatizante del Partido Radical, Nicanor había puesto su esperanza en Alessandri. El León había prometido en su campaña presidencial implementar las leyes sociales que el país requería urgentemente y que habían sido pospuestas —a veces a punta de fuego y sangre— por los gobiernos anteriores.

Pero a poco andar el presidente demostró que no avanzaría en su agenda social y que, para peor, también se encargaría de reprimir a los movimientos obreros. En efecto, durante su primer mandato se produjo una serie de masacres obreras, como la matanza de San Gregorio, que en febrero de 1921 causó la muerte de unos cien mineros de la oficina salitrera de ese nombre, en la provincia de Antofagasta. El exterminio fue perpetrado por un regimiento al mando de Luciano Hiriart Corvalán, intendente nombrado por el propio Alessandri y tío de Lucía Hiriart, nada menos que la futura esposa de Augusto Pinochet.

En 1925 hubo otras dos matanzas en las salitreras. En marzo, la masacre de Marusia, que dejó alrededor de quinientos muertos, también en la provincia de Antofagasta. Y en junio se registró una verdadera carnicería en la mina La Coruña, en la misma provincia de Tarapacá que Alessandri había representado como senador. Murieron allí centenares de mineros a manos de las fuerzas armadas. El número oficial hablaba sólo de cincuenta y nueve víctimas, pero informes de la embajada de Inglaterra elevaban la cifra a seiscientas y ochocientas, mientras que en otras fuentes se llegaba a dos mil.

Aquella matanza en La Coruña contó con el beneplácito del gobierno alessandrista y de la prensa tradicional. Al día siguiente de los hechos, el propio presidente envió un telegrama de felicitación al general Florentino de la Guarda, quien estuvo a cargo de la masacre. «Agradezco a US, a los jefes, oficiales, suboficiales y tropas de su mando los dolorosos esfuerzos y sacrificios patrióticamente gastados para restaurar el orden público y para defender la propiedad y la vida injustamente atacadas por instigaciones de espíritus extraviados o perversos.» El Mercurio editorializó que la acción militar se justificaba como respuesta a la «necia agitación comunista».

Más duro aún fue el ministro de Guerra, el coronel Carlos Ibáñez del Campo, quien telegrafió lo siguiente al general De la Guarda: «Felicitando a US. y a sus tropas por el éxito de las medidas y rápido restablecimiento orden público. Lamento la desgracia de tanto ciudadano, sin duda, gran parte inocentes. Espero continúe su obra, aplicando castigo máximo a cabecillas de revuelta y aproveche ley marcial para sanear provincia de vicios, alcoholismo y juego principalmente».24

En una década altamente politizada, acontecimientos de este tipo se discutían a diario en el comedor familiar. La decepción de los Parra Sandoval con Alessandri era evidente, al punto de que cuando murió Caupolicán, Clarisa no sólo maldijo a Dios sino también al presidente de la República. La pequeña Violeta escuchaba a los adultos hablar cada vez más de la «crueldad del León», una imagen que reasomaría en sus escritos y sus canciones.

Lo peor para la familia estaba por venir. La política golpearía directamente a la puerta de los Parra Sandoval en Lautaro, iniciando un período de descalabro que aceleró la muerte del padre.

Todo comenzó en julio de 1927, cuando Carlos Ibáñez del Campo ascendió al poder. Era el mismo sujeto que dos años antes había alabado la acción militar en La Coruña. Nacionalista inspirado en movimientos cívico-militares como el fascismo de Mussolini, Ibáñez se había cansado del diletantismo de Alessandri y sus aliados de la oligarquía, y apostaba por poner en marcha una modernización que haría del Estado un actor central de la economía y la sociedad, tras casi un siglo de liberalismo sin freno. Este aggiornamento, sin embargo, se haría bajo el precepto de la «Ley y el Orden», persiguiendo a los enemigos políticos y exigiendo la fidelidad de la población a una serie de duras medidas. Alessandri y muchos miembros de la clase alta tuvieron que partir al exilio, mientras el pueblo sufría con los ajustes. Muy pronto, la gente comenzó a tildar al gobierno de «dictadura», aunque hubiese sido el fruto de una aplastante victoria en las urnas.

«Por causa del dictador entramos en la pobreza», diría Violeta a fines de los años cincuenta.

Una de las medidas que implementó Ibáñez fue despedir a todo el personal civil del Ejército. El profesor Parra quedó desempleado y la familia a la deriva. A decir de Violeta,

Fue tanta la dictadura

que practicó este malvado,

que sufr’el profesorado

la más feroz quebradura.

(…)

Este recuerdo me ciño

al centro del corazón

concédanme la ocasión

para decir crudamente,

que Ibáñez, el presidente,

era tan cruel como el león.25

¿Eran los recuerdos de Violeta un reflejo del sentimiento real que experimentó en esos años o una construcción intelectual posterior? Es difícil saberlo. Su hermana Hilda diría que «de política no se hablaba en la casa, nunca en la vida me acuerdo yo que se haya hablado de algún presidente o algo así». Violeta e Hilda, claro está, mantendrían diferencias políticas toda la vida, y tal vez la sensibilidad para captar lo que conversaban los adultos era distinta entre las hermanas. «Aunque se hubiera hablado (de política) nosotros no entendíamos»,26 agregó Hilda.

Por causa de Ibáñez del Campo terminaron de manera brusca los seis años más tranquilos de los Parra Sandoval. Pese a que Violeta vivió entre los cuatro y los diez en Lautaro, esta localidad nunca tuvo una figuración gravitante en su obra, ni se sabe que haya hablado de ella en sus entrevistas. De hecho, Violeta Parra no retornaría al pueblo en más de tres décadas. Sólo volvió a Lautaro y alrededores en calidad de recopiladora folclórica. No fue para recordar su infancia, sino para rescatar los cantos de las mujeres mapuche.

Si hoy en día un visitante llega a Lautaro, no encontrará más que las ruinas de lo que fue el regimiento donde hizo clases el padre. Un centro cultural del municipio, construido en 2013 a pasos del antiguo cuartel militar, tiene una placa en su entrada. Allí puede leerse: «En este lugar entre 1921 y 1927 enseñó el profesor Nicanor Parra, padre de Violeta y Nicanor».27

Los años de Chillán

Tras perder su empleo, Nicanor y familia volvieron a buscar refugio en Chillán. A fines de 1927 recorrieron en tren los doscientos cincuenta kilómetros que separaban a Lautaro de la capital del Ñuble. El viaje duraba más de cuatro horas y Clarisa estaba nuevamente embarazada. En agosto de 1928 nació en Chillán el octavo hijo de la pareja. Tal vez porque aún recordaban los buenos años anteriores le pusieron Lautaro.

Al comienzo se fueron a vivir a la casa del tío Adriano, hermano de Nicanor, pero luego llegaron otra vez a la casona del abuelo Calixto José, en la Villa Alegre de la ciudad. El nombre de este barrio se debía a los varios burdeles instalados por ahí, junto a la estación central de trenes. No obstante su fama, era un barrio tranquilo, con casas hechas de adobe o de piedra, casas bajas, pegadas unas a otras, casi todas de un piso y con la entrada principal que daba a la calle. La mayoría de esos inmuebles tenía amplios jardines en la parte interior, donde podían cultivarse hortalizas y frutas. Los vecinos inclusive mantenían animales domésticos en sus patios.

La Villa Alegre correspondía a un antiguo sector agrícola, loteado y urbanizado en los años veinte para sostener la expansión urbana. Anticipándose a ello, Calixto José había comenzado a vender los numerosos terrenos adquiridos con anterioridad, de manera que el patriarca Parra era uno de los grandes propietarios del nuevo barrio.

Así lo corroboran las escrituras de compraventa en el Conservador de Bienes Raíces de Chillán. Sólo entre abril de 1924 y junio de 1927, Calixto José vendió nueve terrenos en la Villa Alegre, propiedades de entre 270 y 500 metros cuadrados.28 Precavido, el abuelo de Violeta no vendió todo de una sola vez, y prefirió que en más de un caso le pagaran en cuotas mensuales a lo largo de varios años, con tasas de interés del doce por ciento anual. En total, esas ventas —en las que Calixto José se identificaba como agricultor, un término que en Chile se refería más a los propietarios de la tierra que a los campesinos encargados de cultivarla— le significaron ingresos por encima de diez mil pesos, un monto muy superior a lo que podía aspirar la clase media-baja de la época.

«La familia Parra, los abuelos, ellos eran ricos, eran los dueños de Chillán, casi de Chillán entero —diría Hilda—. Mi madre tenía su familia en el campo, en Huape. Ellos siempre fueron pobres.»29

La pobreza de los Sandoval fue un tema recurrente en la vida de casi todos los hermanos y Violeta misma insistió varias veces en este origen precario y campesino de su familia materna.

No obstante, tanto la riqueza de los Parra como la pobreza de los Sandoval parecen haberse distorsionado con el tiempo. Por ejemplo, al fallecer a fines de 1928, el abuelo Calixto José dejó a sus tres hijos —Nicanor, Adrián y Laura— la suma de 17.235 pesos, equivalentes a unos 70 millones de pesos actuales, además de un puñado de propiedades en la mentada Villa Alegre. Una herencia respetable, sin duda, pero lejos de la que se esperaría de una persona realmente rica.

Los Sandoval también contaban con terrenos agrícolas. «Los familiares de los abuelos maternos son (…) campesinos semi-acomodados, con tierras propias y, sobre todo, con viñedos —afirmó Nicanor hijo—. Al mismo tiempo, el abuelo Ricardo era administrador de un fundo.»30 Presionado por la falta de dinero, Nicanor convenció a su esposa Clarisa de desprenderse de una serie de bienes. En sólo un mes, entre mayo y junio de 1928, el profesor Parra enajenó o arrendó tres propiedades que estaban a nombre de su mujer.

El 23 de mayo Nicanor compareció ante una notaría de Chillán, en «representación legal de su mujer doña Clarisa Sandoval», para otorgarle al agricultor Arturo Quezada Jara, de Huape, «en arrendamiento 2.776 plantas de viña con el terreno que ocupan, de propiedad de su expresada cónyuge». El contrato de arriendo se extendería por seis años, estableciendo un pago de cien pesos anuales. Pocos días después, el padre de Violeta volvió a la carga. En una escritura notarial consta que Nicanor Parra «con consentimiento de esposa, solicita autorización para enajenar por el mínimo de setecientos cincuenta pesos la parte que a Clarisa Sandoval le corresponde de un retazo de una viña ubicada en La Hoya, Huape».

En varias de estas escrituras Nicanor Parra indicaba como profesión «rentista», es decir, alguien que vivía de los dividendos proporcionados por sus bienes. Y ello se ajustaba bastante a la realidad del momento. Cesante tras la partida desde Lautaro, el padre de Violeta cayó en una desazón profunda y se negó a trabajar en cualquier cosa que no fuera la enseñanza. El problema es que tampoco buscaba empleo activamente, y en vez de ello se dedicaba a aprovechar la herencia de su padre y de su esposa para mantenerse a flote y, claro, para irse de fiesta con sus amigos chillanejos.

Por si no bastase, en 1929 Clarisa volvió a quedar embarazada, dando a luz a Óscar Parra el 10 de enero de 1930. Sería el último retoño y a futuro, uno de los ilustres exponentes del circo popular chileno, haciéndose conocido bajo el pseudónimo de Tony Canarito.

Las platas obtenidas por la venta de los bienes de Clarisa y el apoyo de Calixto José no eran suficientes para sostener a una familia tan numerosa. El padre de Violeta había estado presionando a Calixto para que le heredera en vida, y ante el asedio, el abuelo accedió a fines de 1928 y optó por entregarle varias propiedades a su hijo. Pero incluso cuando Nicanor hizo efectiva la herencia, todos los ingresos tendieron a escurrirse con rapidez. El motivo era tan simple como trágico. Volcado más que nunca a la buena vida, Nicanor tomaba y apostaba, y en sus andanzas nocturnas solía empeñar los bienes heredados. Estando borracho, tras perder estrepitosamente en los juegos de azar, firmaba papeles a sus contrincantes. Al día siguiente era Clarisa quien debía atender en la puerta a estos jugadores que reclamaban su justo premio. Como era previsible, las peleas entre los esposos se tornaban descomunales.

Violeta Parra aludiría a tales episodios, vividos en su preadolescencia:

Presente de su familia

lloraba un día mi mama,

contando de que las llamas

la están dejando en la ruina.

En fiestas de tomatina

mi taita vende la tierra,

con lo que se arma la guerra

en medio del pasadizo

le exigen los compromisos,

qu’el les firmó entre botellas.31

Hacia 1929 Nicanor se contagió de tuberculosis. Los Parra Sandoval —familia de la pequeñoburguesía provinciana— estaban tocando fondo.

Pese al descalabro evidente, el matrimonio no claudicaba en ciertos principios. Y uno de estos principios era enviar a los hijos al colegio. Hilda y Violeta acudían al Liceo Nº 16 de Chillán, ubicado en el barrio Villa Alegre, a unas pocas cuadras de donde residía la familia. Nicanor, Eduardo y Roberto iban a la Escuela de Hombres Nº 20, en el mismo barrio. Elba no asistía al colegio, mientras que Lautaro aún estaba demasiado chico para entrar a la enseñanza formal.

La escuela de Violeta e Hilda era una edificación grande y sólida, construida en cemento, y acogía a todas las niñas del barrio en expansión. Tanto la escuela como el edificio todavía existen en la actualidad, aunque en 1947 se fusionaron los colegios de hombres y mujeres y en 1978 se rebautizó al establecimiento fusionado como Liceo República de Italia.

Violeta tuvo una profesora llamada Berta que se dio cuenta de sus habilidades artísticas y trató de fomentarlas, aun cuando la niña siguiese odiando la escuela. Las tertulias domésticas de canto y guitarra encabezadas por el padre le parecían mucho más interesantes. «Empiezo a amar la guitarra —escribió en sus Décimas— y adonde siento una farra, allí aprendo una canción.»32

Para los niños, el escape ante la cada vez más tensa situación familiar era la ciudad misma y sus extramuros. Pocas cuadras más allá del colegio y el hogar —una modesta quinta de quinientos metros cuadrados, en cuyo jardín estaba la casita de madera que habitaban los Parra—, se encontraba el Cementerio General de Chillán. Durante los fines de semana y en fechas especiales, como el feriado de Todos los Santos, la tropa infantil aprovechaba de ganarse unas monedas vendiendo flores o cambiando el agua de los floreros en las tumbas. También robaban las coronas de los entierros famosos o acaudalados y se las revendían a gente común.

Los días sábado, además, los niños iban a la feria agrícola que se celebraba en el barrio. Confluían en ella campesinos venidos en tren, carreta o a caballo, dispuestos a comerciar animales, frutas y hortalizas, vinos, productos de madera y aquellos artículos de cuero que los cuyanos transportaban desde San Fabián de Alico. No se trataba de una feria cualquiera, por cuanto incluía principalmente a pequeños y medianos productores, algo que era poco común en el Chile de los años veinte y los treinta. Como afirma el historiador y antropólogo chileno José Bengoa,

La plaza o mercado de Chillán durante el siglo pasado fue un importante centro de confluencia de todas estas unidades campesinas. El mercado era uno de los pocos espacios de intercambio de pequeños productores que había en el país. A diferencia de la situación santiaguina, donde prácticamente no existen este tipo de centros de relaciones mercantiles entre pequeños agricultores, Chillán, Cauquenes, en menor medida Parral, San Carlos, y otras localidades de la zona tenían este tipo de actividad. La región, por lo tanto, no se caracteriza por la presencia dominante de la hacienda tradicional. Este hecho, sin duda, provoca diferencias en la sociedad rural de la región de Chillán con respecto de la zona central.33

Para Violeta y sus hermanos, la feria encarnaba un mundo por descubrir. Y es que en ese mercado no sólo había elementos agrícolas, sino que también asistían payadores y cantores, predicadores, humoristas, vendedores de juguetes y representantes de algún circo de paso, invitando al espectáculo.

La prole Parra Sandoval comenzó a cautivarse con las funciones circenses. Cada vez que llegaba una compañía, todos acudían entusiasmados. La excepción era el hermano mayor. Siendo el más estudioso de la pandilla, Nicanor no comulgaba con las sensibilidades rebeldes y artísticas de los hermanos menores y rara vez participaba de sus aventuras. Sería al fin y al cabo el único en terminar la enseñanza secundaria, entrar y graduarse de la universidad e incluso realizar un postgrado en el extranjero, algo muy inusual para esos tiempos.

Los hermanos se ofrecieron para entrar a estos circos de provincia. La mayoría, no sólo Violeta, había aprendido a tocar la guitarra y a cantar, y aunque no fuera así, cualquier papel que ofreciese el dueño resultaba aceptable. Para suerte de los Parra Sandoval, la media hermana mayor, Marta, se había casado con un empresario circense de nombre Juan Báez. Marta y Juan eran propietarios del Circo Argentino. Lo habían llamado de ese modo después de que los detuvieran al otro lado de la cordillera por actuar sin permiso.

En el espectáculo, Violeta e Hilda entonaban canciones infantiles y bailaban rancheras argentinas. Roberto recordaría que en aquel número también había un perro llamado Mustafá. «Era un perro que bailaba. Y también le vendaban la vista y se hacía el muerto, hasta que le decían que venía su suegra y salía corriendo.»34

Los hijos de Clarisa y Nicanor se embarcaron asimismo en la compañía del Circo Tolín, que pertenecía a los hermanos Ventura González y, al igual que el negocio de Marta, recorría los pueblos en torno a Chillán. Violeta rara vez mencionó en público sus experiencias circenses, pero Roberto sí las recordó a inicios de los setenta:

Ventura González era empresario y trabajaba con un caballito que se llamaba el Pior es Na’. Su mujer nos quería mucho, se llamaba Margarita y le decían la Chicle, porque era contorsionista. Era un circo peliento, y como era tan chico, íbamos de fundo en fundo en una carreta por todos esos lados (…) En esa época se vendían las funciones al dueño del fundo, a doscientos, a trescientos pesos, que era mucha plata, y él se las daba gratis a sus campesinos.35

Acompañando a estos circos, Violeta y sus hermanos conocieron buena parte del Ñuble y del Maule, actuando en localidades como Santa Clara, Longaví y otros pueblos del centro-sur de Chile. Algunos biógrafos, como Fernando Sáez y Jorge Montealegre, afirmarían que la incursión circense respondió a la necesidad de escapar de la pobreza. Pero eso no es del todo cierto. Los hermanos desarrollaban estos oficios durante sus vacaciones o los fines de semana, teniendo en cuenta que sus padres nunca aflojaron en exigirles que fueran a la escuela.

La vivencia que por entonces más impactó a la joven Violeta fueron sus visitas periódicas a las hermanas Aguilera en Malloa, localidad rural a unos doce kilómetros de Chillán, cerca de las tierras maternas de Huape. En Malloa Violeta conoció de cerca los ritos, fiestas, costumbres y artes rurales. «Malloa era un pueblo perdido en el campo, incomunicado con el resto de Chile —contaría Violeta Parra en una entrevista en 1958—. Sólo un camino real lo unía con Chillán y había media hora a caballo yendo a galope tendido, y más de dos horas si se iba al paso.»36

En Malloa vivían las cinco hermanas Aguilera —Natividad, Trinidad, Lucrecia, Ema y Celina—, junto a su padre, Domingo Aguilera, y la madre, doña Chayo. Pueden haber sido parientes de la familia Parra Sandoval, ya que se trataban entre ellos como tíos y primos, si bien era normal que en el campo chileno se otorgaran dichos parentescos a los amigos cercanos. Todas las Aguilera sabían de música, pero había dos en particular que tocaban maravillosamente la guitarra y eran también muy buenas cantoras, de voces afinadas. Para Violeta, que tenía unos doce años, las niñas Aguilera representaban un auténtico tesoro. Muy pronto comenzaría a pasar temporadas enteras con ellas, absorbiendo sus tradiciones.

Violeta se fascinó especialmente con Lucrecia. En sus Décimas la describió «como una dama / de algún palacio real; / cuando se pone a cantar / se baja del azul el cielo, / las aves paran su vuelo / para poderla escuchar».37

Ante la insistencia de Violeta las hermanas la apadrinaron musicalmente y le enseñaron sus canciones, sus técnicas de canto y guitarra. Sería una influencia perdurable. En 1958, siendo ya una recopiladora y folclorista conocida a nivel nacional, Violeta Parra afirmó: «Algunos de los cantos populares que forman mi repertorio actual se los oí por primera vez a ellas. Las niñas Aguilera cantaban muy bien y constantemente las perseguía para que me enseñaran sus cantos».38

Malloa y las Aguilera provocaron un impacto adicional sobre Violeta al acercarla a una realidad completamente nueva: la vida campesina. Hablando de sí misma en tercera persona, como sería frecuente en su adultez, describió ese período con los siguientes versos:

Con esas niñas aprendo

lo qu’ es mansera y arado,

arrope, zanco y gloriado,

y bolillo que está tejiendo;

la piedra que está moliendo;

siembra, apuerca, poda y trilla

emparva, corta y vendimia;

ya sé que es la cizaña,

y cuántas clases de araña

carcomen la manzanilla.39

Fue también en esta época cuando la joven de Chillán escuchó por primera vez que el folclor chileno se basaba en dos ramas: el canto a lo divino y el canto a lo humano. El primero se centraba en temas religiosos y en sus letras deambulaban los sabios y reyes del Antiguo Testamento, grandes historias bíblicas como el diluvio universal o el enfrentamiento entre David y Goliat, y desde luego la vida de Jesús en el Nuevo Testamento. La segunda rama, llamada a veces canto a lo poeta, se dedicaba en cambio a los asuntos terrenales, el amor, la política, la historia y la sociedad contemporánea.

Según expertos como Rodolfo Lenz o Fidel Sepúlveda, el origen de ambas ramas puede rastrearse en la poesía popular y la tradición juglaresca de la Edad Media, así como en la poesía satírica del Siglo de Oro español. Algunos de estos cantos escuchados por Violeta en Malloa eran casi idénticos al romance ibérico y hablaban de grandes gestas, como las del Cid Campeador. Otros eran «versos por sucesos», que relataban acontecimientos noticiosos. Estaban también los «versos por ponderación», en que los cantantes exageraban con el propósito de entretener y a la vez aleccionar a sus oyentes. Por último, otra vertiente del canto a lo humano eran los «versos por el mundo al revés», donde los poetas y cantantes ponían las cosas de cabeza: un cura se podía ir al infierno y un pecador al cielo, un juez terminaba en la cárcel y un delincuente se quedaba a cargo del tribunal.

A fines de los años veinte e inicios de los treinta, los diversos tipos de canto se interpretaban cotidianamente en las zonas rurales y se traspasaban de manera oral entre las generaciones. La radio aún no se había popularizado y el gramófono todavía era un artículo suntuario, reservado para las familias pudientes de las grandes ciudades.

Aunque escuchó toda esta música durante sus largas estancias en Malloa, no sería sino hasta dos décadas más tarde que Violeta sopesó su verdadero significado. Es probable que de adolescente no captara por completo las ironías, el sarcasmo y esa cierta rebeldía política y social que empapaba esos cantos. Como afirman los historiadores Gabriel Salazar y Julio Pinto:

A través de los cantos a lo «humano y lo divino», los refranes, cuentos y fiestas religiosas, los campesinos desafiaron la hegemonía cultural de la élite civil religiosa. Las poesías construyeron mundos «al revés» donde los ricos sufrían las penurias del pobre o donde las máximas autoridades eran objeto de burla. Era una fuga mental.40

Mientras Violeta aprendía en Malloa las tradiciones campesinas y mejoraba su técnica de guitarra, a seiscientos kilómetros de distancia, en Santiago, se difundía un fenómeno musical que en escaso tiempo logró convertirse en el «folclor oficial» de la nación.

Los catalizadores de este movimiento fueron los Guasos de Chincolco (sic), conjunto de cuatro músicos santiaguinos que en 1921 presentó su primer disco de 78 rpm, compuesto exclusivamente de cuecas y tonadas. Las letras hablaban de una relación armónica entre patrones y peones, ensalzaban el paisaje chileno y sonaban política y socialmente inofensivas, sobre todo si se las comparaba con los sarcásticos cantos que oía Violeta. «Muy poca gente se da cuenta entonces que ha llegado al dial no la voz del peón de los campos —diría el periodista y cantautor Patricio Manns—, sino las voces y guitarras de los dueños de la tierra.»41

Las familias ricas de la metrópoli, muchas de las cuales tenían haciendas, abrazaron con fervor esta música. Los Guasos de Chincolco tuvieron exitosos seguidores como Los Cuatro Huasos, formados en 1927; Los Huasos Quincheros, que nacieron en 1937 y que, con algunos cambios de formación, existen hasta el día de hoy; y Los Provincianos, que se constituyeron en 1938.

Violeta Parra le declararía la guerra a la corriente «oficialista» del folclor, pues a su juicio poco y nada tenía que ver con el campo genuino. Era una música que, en palabras del locutor radial y promotor folclórico de los años sesenta, René Largo Farías, retrataba «una hermosa tarjeta postal a todo color, con el monotema del paisaje: el agua cantarina, el camino agreste, la montaña nevada, el cantarito de greda, los sauces llorones».42

Y esos eran, por supuesto, temas que Violeta jamás escuchó entonar a sus madrinas de Malloa.

La pobreza golpea a la puerta

Violeta tenía doce años cuando la tuberculosis de su padre avanzó de manera alarmante. Por miedo al contagio, Clarisa no dejaba que los hijos se acercaran mucho a Nicanor. Enfermedad temida y todavía mal entendida, la tuberculosis afectaba por igual a ricos y pobres.

Siguiendo las creencias de la medicina popular, la madre hacía tragar a sus hijos una cucharada de parafina y, para que la tolerasen mejor, les daba también un poco de azúcar. «Es para sus pulmones», les decía.43

Pese a los excesos de Nicanor y a los constantes reclamos de Clarisa, Violeta sentía un enorme afecto por su padre. Tanto así, que en el verano de 1930 decidió acortar su estadía en Malloa para retornar a Chillán y cerciorarse de la salud de su progenitor. A despecho de su gravedad, Nicanor Parra procuraba no dejar de lado su faceta alegre y bohemia. Continuaba interpretando música clásica en un conjunto de cámara que se llamaba Santa Cecilia. Tampoco había perdido el humor y, entre tos y tos, se pasaba el día bromeando con la familia y las amistades.

«Él decía estas cosas dignas de un Quevedo, por ejemplo: “El que va a mear y no se pee, es como el que va a la escuela y no lee”. Mi padre era un hombre que vivía el ahora y el aquí intensamente», recordaría después su primogénito.44

Los recuerdos de Violeta serían más lúgubres:

Con la escasez del dinero

mezquino es el alimento,

son pocos los elementos

que cuentan en el puchero.

No vino más el lechero

no piensen que con rencor,

porque mi taita era enfermo.45

Como era costumbre, los Parra Sandoval no celebraban los cumpleaños sino los santorales. Todos los 19 de marzo el abuelo Calixto José armaba en su casona de la Villa Alegre una gran fiesta para festejar el día de San José. A Violeta, en honor a su segundo nombre, la celebraban los 16 de julio, para la festividad de Nuestra Señora del Carmen o Virgen del Carmen. No es de extrañar que al cumplir trece años, en 1930, se escatimara todo festejo. El padre, por lo demás, ya estaba tan enfermo que sus amigos, sus familiares y el sacerdote del barrio se apersonaron en el hogar para comenzar a despedirlo.

A dos días del cumpleaños, el 6 de octubre a las 17.30 horas, falleció Nicanor Parra Parra a causa de una tuberculosis pulmonar, según consta en el certificado de defunción. Este hombre «flaco, elegante y moreno», como lo describió alguna vez su hija más famosa, tenía sólo cuarenta y cinco años. La niña lloró amargamente, mientras la madre ordenaba un sahumerio para desinfectar hasta el último rincón. Lalo aseguró que el velorio duró dos días y dos noches.46 Y Violeta Parra lo evocaría de este modo:

Cuando ...