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EL GALáN IMPERFECTO

Rafael Gumucio

0


Fragmento

1

—Tu cuerpo rechaza a tu pene, compadre —decreta el doctor Wagner con su pelo de nibelungo cortado a tijeretazos, mientras busca muestras por toda la consulta y las va acumulando en el centro de su escritorio como un soldado que llena su fortaleza de pertrechos—. Por alguna razón tu sistema inmunológico no reconoce a tu pene como parte tuya. Lo ataca o, más bien, no lo defiende, deja que actúen contra él todos los bichos que andan flotando en el aire, lo que todo el mundo tiene cerca pero que en ti florece y te perjudica. ¿Tú sabes cuántos gérmenes microscópicos hay en este dedo? Miles, millones, trillones. El universo es de los microorganismos. Sin ellos no seríamos nada, compadre. El pan, el queso, el vino, la levadura, todos los licores son eso, hongos microscópicos que lo descomponen todo; no habría civilización sin esporas, la cultura no es más que cultivos. El tiempo lo pudre todo, se come la madera, la roca, para qué decir la piel, los huesos, la caspa, somos como los lagartos que cambian de piel. ¿Me estás entendiendo, compadre, o estoy hablando en chino? A ver, compadre, a ver, para que me entiendas, lo tuyo es como un computador que manda señales equivocadas al computador central. Es como si de repente Marte se saliera del sistema solar o como si decidiéramos que Coquimbo ya no es parte de Chile. Es como Berlín, que antes era mitad de un país y mitad de otro. Eso es lo que tienes: el muro de Berlín en el pene. Pasa, pocas veces, pero pasa. No es tan raro, pero tampoco es común. Hay un caso en dos mil, algo así. Los huevones ignorantes lo confunden con micosis, con psoriasis, se quedan pegados en el síntoma para no ver la enfermedad completa. Yo te estoy diciendo la verdad porque se ve que eres inteligente. Me gusta explicar bien las cosas. Los médicos cumplimos una función pedagógica en el fondo… ¿Ah? No importa eso ahora, no importa, hay factores genéticos y factores ambientales. Pero eso no importa tanto ahora. Es una guerra. Una declaración de guerra entre tu pene y el resto de tu cuerpo. La vamos a pelear hasta el final, amigo mío, no vamos a pactar, nada de huevadas, hasta las últimas consecuencias, vamos a ganar en toda la línea, confíe en mí, soy un samurái en esto. No te preocupes, maestro, tienes suerte de que te haya atendido yo. Cualquiera de los otros te tramitaría cien años, te tendría de examen en examen. Yo veo sólo al diez por ciento de los pacientes aquí. A casi todos los pacientes los atienden mis socias. Yo en general doy el visto bueno al final. Soy el dueño, pero contigo tuve una tincada. Medicina pública, la Chile, J. J. Aguirre, época dura. Si esta huevada es mi pasión. Me metí en esto para salvar vidas y no para sacar bigotes con láser. Soy de los pobres huevones que creen todavía en la medicina con sentido social. Porque la dermatología es la huevada más frustrante del mundo. Dime una actriz, nómbrame una mina de la tele y yo te puedo decir qué tiene. Bueno, en realidad no puedo, porque está el secreto profesional. Compadre, tengo dos casas en el lago Ranco, una en una orilla y la otra justo en la de enfrente. Y una casa gigante en Maitencillo. Los niños ya se cansaron de viajar a Disney, ahora andan todos en Viena, están haciendo una gira por Europa con dos amigos cada uno a ver si se cultivan un poco los ignorantes, le tienen alergia a los libros mis hijos. Este país, este país se está yendo a la cresta. Estamos jodidos, compadre, aunque yo no me puedo quejar, pero son puras tonteras de casos los que recibimos acá, puros granos que en el fondo dan lo mismo. Lo tuyo es de verdad, compadre, esto que tienes es realmente invalidante. Lo tuyo te puede cagar la vida. No te preocupes, te vamos a sanar. —Y su diminuto cuerpo de fogonero de barco se sienta para preparar la ficha—. ¿Nombre? ¿Edad…? La edad de Cristo. ¿Pareja estable? ¿Tienes sí o no pareja estable?

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2

De tener, tengo, doctor. Tengo una pareja estable como dice usted, tan estable que no se ve. Una novia, parece. Una novia de verdad, doctor, con nombre, con apellido, silueta, color de pelo, sonrisa, parece. Veintisiete años, periodista también. Valentina Lira se llama, parece. Linda, eso dice todo el mundo, yo no me atrevo ni a decir ni a negar nada. Nos vamos a casar en seis meses más, parece, cuando se canse de pensar en mí en cada camping y hotel selvático del sudeste asiático. Y los peligros y las pellejerías, los vómitos, el odio a muerte con tu amiga Francisca y tu enemiga Lourdes, la risa hasta perder el aliento con las otras tres. Todo eso que me cuentas sin contar, Valentina, todo eso que resbala de las estúpidas sesiones de Skype, de los mails, de las fotos y los videos que me mandas para convencerte de que no te perderás en la selva, que como escafandra al otro lado del mundo habrá alguien tironeando cuando la profundidad sea demasiada.

—¿Para qué quieres que vaya a Europa? ¿Quién necesita ir a Europa a esta altura de la vida? Europa una ya sabe cómo es, sin necesidad de ir. A mí se me ocurrió el sudeste asiático, a las demás les daba lo mismo, habrían ido donde yo les dijera. Odio la selva pero me gusta el sudeste asiático. Se me metió en la cabeza. ¿Por qué? ¿Por qué? No sé, porque sí, porque me gustan los nombres, Saigón, Rangún, Bangkok, las bailarinas todas doradas torciendo los dedos. Y los crepúsculos y los vendavales y los budas enterrados y los dioses decapitados de mil brazos y las duchas miserables al lado de ríos que hierven llenos de peces naranjas.

¿Y yo? ¿Yo? ¿Yo? Abro los ojos, muevo las cejas, trato de hacerme ver sin hablar. Mi palidez, y esa pregunta palpitando en mis sienes, como para que Valentina tenga que dar explicaciones aunque no quiera, ¿dónde estoy yo en toda esta historia? Tú eres joven, no sabes qué es eso, Valentina, para ti un año no es nada. ¿Cómo? ¿No te vas a tirar a nadie durante un año? El trópico, la lluvia que te obliga a actuar a su ritmo, a entender que su ritmo es el único verdadero. Da lo mismo lo que vas a hacer o no, me preocupa lo que imagino, el tren interminable de Angkor a Bangkok, el puente colgante en que casi se cae, el inglés de brazos y mandíbulas grandes que la sostiene al borde del acantilado, el canto de los monos y los pájaros al atardecer.

—¿Tú? ¿Tú qué? ¿Cómo que tú? ¿Cómo no entiendes, Antonio? No es Vietnam, no es Camboya. Lo sabías desde el principio, Antonio. Te lo dije el día que nos conocimos. Fue lo primero que te dije, acuérdate, que me iba a ir, que tenía todo listo para irme. Tú dijiste que no te importaba. Es tu culpa. Yo estaba triste, yo estaba sola cuando te conocí. No tenía la fuerza para viajar ni a la esquina. Tú me obligaste a vivir de nuevo. Tú me diste ganas de hacer cosas que no pensé que tenía derecho a hacer. Tú me diste ese permiso, tú me diste ese espacio para ser yo de nuevo, te lo agradezco tanto, Antonio, te lo voy a agradecer toda la vida, pero ahora tengo que vivir, ahora tengo que hacer lo que tengo que hacer para sentirme viva. No me mires así. Pareces un perro degollado, no es para tanto. Ya pues, no seas tonto. Tú sabes que voy a volver, tú sabes que siempre vuelvo. Tengo que vivir antes de que empiece la vida. Tú ya viviste, yo no. No eres viejo pero no tienes ganas y yo todavía tengo demasiadas. Yo quiero ser feliz contigo y no quiero cobrarte nada cuando sea demasiado tarde. Por eso tengo que hacerlo, porque si no soy joven ahora voy a tener que serlo cuando haya niños, cuando haya casa, cuando empiece a doler. Te quiero en serio, te quiero seriamente, no eres un pololo más, Antonio, no eres algo mientras tanto, eres el que importa, eres el final del viaje pero tengo que viajar antes para llegar a ti, para merecer estar contigo al final. No quiero ser irresponsable. Es una irresponsabilidad no ser irresponsable al menos una vez en la vida. Ya pues, no me mires así, Antonio, córtala. Es un año no más. Un año pasa volando. Pase lo que pase tú sabes que al final voy a hacer mi vida contigo. Dramatizas tanto todo. Pero ¿en qué estás pensando, por favor? Tirar con un vietnamita, por favor. Un inglés menos, un israelí, un australiano, un zulú. ¿Cómo se te ocurre? Cochino. Yo te quiero a ti, a ti y a nadie más que a ti. Si quisiera pegarme una cana al aire no necesitaría viajar tan lejos. Aquí mismo en Santiago puedo hacer sin problemas todo lo que quiera. ¿Tú sabes eso? ¿Tú lo tienes claro, no?

3

—¿Tuvo hijos ella, tu novia? —me pregunta de pronto el doctor Wagner.

—No. ¿Por qué?

—Si hubiera tenido un parto natural te habrían tocado menos problemas. Menos frotación. —Y sus manos reproducen el gesto. Qué asco te daría esa sonrisa, Valentina, qué asco más grande, pienso, y me horrorizo y me felicito por chocarte a distancia. Pobre sonrisa feliz como la tuya en esa foto con chaleco y flotadores en los rápidos del Alto Biobío, levantando cangrejos en la playa, con todos tus primos, pecosa hasta el alma, pobre niña que cree que tiene la obligación de ser grande alguna vez.

—Esa es una de las ventajas del parto natural —me alecciona el doctor—. Con una mujer que hubiera dado a luz con parto natural no te habrías dado cuenta de que tienes un problema, ni siquiera habrías venido a consultar. ¿No te pareció raro el dolor a la hora de quiubos? Está bien irritado. Todo eso que está rojo debería ser gris. Todo eso rojo es la infección. Hay incluso lugares medio morados. Debe haberte dolido salvajemente. ¿Por qué no consultó antes, compadre?

¿Cómo iba a saber que no debía doler, doctor? Nadie me dijo que no dolía. Los gemidos de las películas porno, las manos apretadas de las películas normales, las muecas terribles de los actores, sus ojos en blanco, sus gritos en espiral, ¿no es dolor todo eso? ¿Es placer, puro placer? ¿Cómo es posible tanto placer en un mundo en que todo se supone que duele?

—¿Esa cara, Antonio? Ya pues, no pongas esa cara —te espantabas, Valentina—. ¿Te duele, Antonio? ¿Qué es esa cara de entierro? ¡Por favor!

No, nada, sigue. No importa si duele o no. ¿Cómo iba a echarte a perder el momento? Los jinetes nunca tiemblan, sólo tartamudean cuando el caballo trota a saltos en las planicies de Siberia. Más rápido siempre, más fuerte hasta el galope, hasta alcanzar la velocidad en que nada importa. No importa cómo, no importa cuánto: «Está pasando, estoy adentro, es mía, soy suyo, no puede ser, no veo nada, sigo, sigo sin aire, más, más». Hacerte mía con todas las coronas de espinas del mundo. Dejarte marcada en fuego en mi propio dolor. Era mi deber, Valentina. ¿Por qué no uso la palabra placer? ¿Por qué no tengo ese permiso, ese deber, el de poder decir, el de poder confesar el placer en la cama donde me dejaba crucificar, penetrar yo también con un clavo en el centro de mi caparazón de coleóptero a punto de ser expuesto en tu insectario profesional?

—No importa, lo hecho, hecho está —se impacienta el doctor Wagner—. Tenemos que engañar a tu cuerpo, compadre, lo vamos a redirigir hacia otro lugar, le vamos a decir que tu pene es tu codo, por ejemplo, o tu brazo, vamos a hacer viajar el problema hasta que se maree y se pierda con cremas que te voy a mandar a hacer especialmente. Hazme caso, parece brujería pero funciona, ya vas a ver. Antes vamos a cubrirnos un poco. Por si acaso, vamos a tener que cortar por lo sano.

Y sus dedos dibujan en el aire una tijera que pasea sobre su victoriosa sonrisa.

—Un cortecito no más, no te preocupes, para limpiar la zona. —Wagner disfruta la intensidad de mi escalofrío—. Es la operación más vieja del mundo. Calma, compadre, calma, no hay por qué ponerse nervioso, no es nada, una operación sencilla, de rápida recuperación, es casi como si fuera ambulatoria. Lo jodido es la anestesia general… No ponga esa cara, compañero. No estamos en el siglo pasado, no se muere nadie de esto, casi. Es mejor prevenir que lamentar, amigo. Mantener el prepucio en tu caso es como tentar al diablo. La humedad y el calor son un refugio perfecto para todo lo que no queremos aquí. Tienes una verdadera ciudad de microorganismos. Con sus carreteras, sus edificios, sus costumbres, una civilización de esporas y líquenes. Líquenes, como en las piedras. Una caverna, un bosque, una selva virgen es lo que tienes debajo del prepucio. Ya pues, no pongas esa cara. Esto no es ninguna tragedia, por favor. No sirve para nada el prepucio, es un residuo evolutivo, como el apéndice o las amígdalas. ¿No te sacaron el apéndice cuando chico?

No, ni las amígdalas, ni el apéndice, ni una mano, ni un tobillo, ni un pie, no me han operado nunca, doctor. Usted lo sabe, me vio desnudo como una rana sobre su camilla, mientras se ajustaba la máscara para hundirse en mis repliegues, mi espalda, mis nalgas, como en un libro abierto buscando esporas y algas, restos calcáreos, champiñones y líquenes medievales. Vio que no había ninguna herida, ninguna cicatriz, ni el menor rasmillón. Más gordo, cubierto de pelo, pero en el fondo sólo una versión del que fui cuando niño.

—Siempre hay una primera vez para todo, compadre.

Pero ese es el miedo que mejor me define, doctor, evitar la primera vez como a la peste. Es falsa la idea de que después de lanzarse a la piscina ya no te da frío, ni miedo, ni asco. Falsa la sonrisa forzada del bañista que sale todo mojado, gimiendo, ¡uh, está rica el agua!, y falso el alivio con que finge nadar, porque mojado no tiene otra que sonreír como un idiota, rogando no tener que salir más, no volver a la vergüenza de que lo empujen los idiotas de sus primos para hacerlo hombre.

—Ya pues, Toñito, tírate al agua, no seas maricón —insistía mi tío Fernando, el pecho y la espalda llenos de pelos tan felices como su cara, sobrevolada sin embargo por una calva brillante—. Lucho, dale un traje de baño al Toño —le ordenaba al hijo, y la sola idea de mezclar mis pelos con un rubio desconocido me resultaba escalofriante—. Tiene que bañarse el Toñito, no puede llegar todo blanco de vuelta al colegio. Hace mal para la cabeza pensar todo el tiempo. Mira el sol, mira las frutas, el agua está rica, mira a tus primos, esos salvajes, ya pues, cuidado con tirar todo el agua para afuera, compórtense. Los intelectuales también tienen que pasarlo bien. Mente sana en cuerpo sano, como decían los griegos. Carpe diem. La vida es corta, qué se va a estar leyendo. El verano no es para leer.

—Déjalo tranquilo —me defendía mi mamá—, no seas bruto, Fernando. Antonio no es como los otros niños, lee, se cultiva, aprende, quiere saberlo todo. No es culpa mía que sea más inteligente que todos nosotros. ¿O quieres que termine su vida vendiendo autos como tú? No le hagas caso, Antonio. No le hagas caso a nadie. Tú eres más hombre que todos los hombres juntos, mi amor.

Eso es lo que no quiero, doctor, hacerme hombre. Ni mujer tampoco, ni niño, ni homosexual. Sobre todo, es eso lo que no quiero, doctor, ser sexual, colgar de mí mismo, tener algo que empujar hasta disolverme. Mi cuerpo no quiere a mi sexo, sepárelo como pueda, haga las trampas que quiera, póngame todas las cremas que se le ocurran pero no intente reconciliarlos, no me obligue a ver herido mi sexo al final de mí mismo, no me fuerce a admitir lo inadmisible. Mi sexo en el traje de baño de mi primo Luis, capullo, larva que no crece, testigo ahogado en mis calzoncillos en medio de una reunión de directorio, de una sala de espera, todo torcido, todo escondido, todo a oscuras, mi sexo como una fruta que no puede darse el lujo de caer nunca del parrón. Ni madura ni verde, prehistórica e histórica también, porque sus pliegues son la historia misma, la mía y la de la humanidad. Estoy exagerando, doctor, pero en el fondo no exagero nada. Es tan simple y tan raro que tengamos eso colgando, feo y ciego que crece sin que nosotros tengamos ni voz ni voto, como una espalda, y como una lanza que se entierra en nosotros, una nariz de viejo avaro, una máscara sin ojos entre nuestros pechos y nuestras rodillas que nadie ni nada puede sacarnos.

4

Hay otro problema doctor: Soy católico. No soy un buen católico, pero soy católico. No voy a misa, me bautizaron eso sí, hice la primera comunión, no comulgo porque tendría que confesarme y no sé por qué me da una vergüenza imbécil arrodillarme en un confesionario. Podría aburrirlo dos años enteros explicándole por qué no me confieso, pero da lo mismo ahora, lo que importa es que mi prepucio no es sólo mío, doctor, es de la santa Iglesia católica, apostólica y romana. Es la cúpula misma de la basílica de san Pedro donde crucificaron al revés al primer Papa, «Pedro, sobre esa piedra edificaré mi Iglesia», esa basílica horrible si quiere que le diga la verdad, suntuosa, histórica y horrible como un transbordador espacial de la fe. Pobre san Pedro, el último de la vieja guardia de los cristianos circuncidados. Y san Pablo, decapitado después de viajar por todo el Mediterráneo para que lo juzgaran en Roma, usando su pasaporte romano. «¿Que fue uno llamado siendo circunciso? —les escribe el mismo san Pablo a los Corintios—. No rehaga su prepucio. ¿Que fue llamado siendo incircunciso? No se circuncide. La circuncisión es nada, y nada la incircuncisión; lo que importa es el cumplimiento de los mandamientos de Dios. Que permanezca cada cual tal como le halló la llamada de Dios». Y en su carta a los Gálatas: «Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad». Y de nuevo san Pablo, ex Saulo perseguidor de cristianos, iluminado camino a Damasco, ya cacha usted la historia más o menos, doctor, la historia que cuenta cómo no circuncidó a Tito, un griego que predicaba con él. Ahí empezó todo, dicen los teólogos. Para que vea cómo la medicina influye en la religión, doctor. Ese fue el tema central del primer Concilio, el de Jerusalén, doctor. Para no escuchar los gritos desesperados de Tito, para no tenerlo con fiebre días y días, para que a nadie se le pudriera la zona púbica llena de moscas cuando no existían los antibióticos, san Pablo inventó la circuncisión de los corazones. Y el sabático y el ayuno y el sacrificio del corazón. Todos los mandamientos, todas las obligaciones de un buen judío las convirtió san Pablo en símbolo, sólo para no tener que cortar un solo prepucio más. Se da cuenta, no es un detalle, no es una maña mía, es el centro mismo de mi religión y la suya, supongo. ¿Es católico usted, doctor? Da lo mismo si cree, si lo bautizaron, si se arrodilló en el altar para recibir la primera comunión, usted es católico igual, o sea un judío que no se circuncida. Porque eso somos los católicos y los cristianos (protestantes, ortodoxos, todos menos los coptos, los ortodoxos etíopes y los Nomiya de Kenia, que todavía se circuncidan), eso somos, judíos que no se circuncidan. Judíos que nadie puede detectar en el gimnasio, espías dobles, judíos sin marca, romanos marcados por dentro, circuncidados del alma, ¿qué puede haber más cochino, doctor? Por eso nos odiaban tanto los romanos, por eso terminaron por aceptarnos también, por eso terminamos por gobernar su imperio, por ese pedazo de carne que san Pablo dejó de cortar, para facilitarse el trabajo de convencer a corintios y gálatas. Es bien terrible si uno lo piensa: pedirle a alguien, como usted me lo pide a mí ahora, cortarse el sexo de adulto. Es imposible expandir la fe en el amor y la resurrección levantando túnicas y manipulando a cuchillazos los genitales de los griegos. A los cristianos no nos gustan los sacrificios, ni las cuaresmas, nada de eso va con nosotros. Somos cómodos, mojamos la cabeza de los recién nacidos, ungimos la frente como si todos los niños fuesen posibles reyes. Regaloneamos, malcriamos hasta la obesidad, doctor. Eso es justamente lo que admiro y desprecio de mi religión, lo que explica que sea parte de ella: su incapacidad para seguir hasta el final un sacrificio doloroso de verdad. No queremos el sexo de los niños bajo el cuchillo del Mohel, que es como se llama la especie de rabino que circuncida. Vi uno en Nueva York hace tres años, doctor. Un solo tajo, un solo llanto, los flashes de la familia, la risa forzada y no de todos los presentes, el brindis, la comida, el niño envuelto en trapos sangrientos, su madre que no sabe cómo consolarlo, ni cómo sonreír a los parientes sin sentir como un insulto personal, como una separación absoluta, el dolor que dejó que le infligieran a su hijo. No digo que esté mal. Es más realista, menos blando que el agua en la cabeza. Es el dolor, es la crueldad que no se puede ni se debe evitar de entrada. Ocho días de vida, el niño que apenas distingue los colores y que puede dejar en cualquier minuto de respirar mientras duerme después del corte en el centro de su carne, separado de ese último cordón umbilical que lo ataba a la nada, astronauta que flota fuera de la nave espacial. El prepucio como un signo de que algo lo unió alguna vez a otra piel, algo que quedó desgarrado, dando vueltas en espiral de un lado a otro del universo y tratando de reconstruir el lazo, Brasil cuando encajaba con África o Groenlandia cuando cabía perfectamente entre Europa y América. La teoría de Platón, la media naranja, la desgarradura, lo que quedó pendiente, abierto, flotando como una bandera del séptimo de línea al viento después de la batalla.

5

—¿De dónde saca todo eso? —se espanta el doctor Wagner.

De la Biblia, doctor. A los quince años me dio por leer la Biblia entera, de comienzo a fin, como si fuera una novela. Llegué hasta Los Números, luego fui saltando hasta el Nuevo Testamento y lo abandoné en la primera parte de Los Hechos de los Apóstoles. Ideas de quinceañero. Era eso o la droga, la música fuerte, las mujeres, la colección de muñecos de La guerra de las galaxias. Ideas que uno se inventa. Desafío personal, miedo a que el tiempo infinito me tragara entero, correr mil kilómetros, tomar tres litros de vodka de una vez, cortarse con una navaja, abrazarse a las ruedas de un Boeing para atravesar el mar gratis. Le tenía miedo a todo. No creo que me hubieran dejado siquiera el riesgo de tratar de ser otra cosa que el niño que lee libros más grandes que él. La Biblia sobre mi pecho, con todo su peso, sus letras y sus capítulos.

«El total de los días que Adán vivió fue de novecientos treinta años, y murió. Y Set vivió ciento ...