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EL SECRETO DEL DRESDEN

Alberto Rojas

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Fragmento

1

La cubierta del Dresden se llenó de gritos y órdenes, en medio del negro humo de los incendios que aún permanecían sin control. Varios tripulantes intentaban ayudar a sus compañeros heridos a subir a alguno de los botes, mientras que otros simplemente se lanzaban a las frías aguas de la bahía Cumberland en un desesperado intento por alcanzar a nado la costa.

—¡Rápido! —gritó con insistencia el comandante Fritz Lüdecke—. ¡Se nos acaba el tiempo! ¡Muévanse!

Evacuar a contrarreloj a los más de trescientos tripulantes no era una tarea simple ni rápida. Casi todos intentaban llevarse algo consigo, ya fuese un recuerdo o simples provisiones. Dejar el que hasta ese instante había sido su hogar durante poco más de un año, era una orden demasiado difícil de cumplir para todos, pero para Lüdecke había sido aún más doloroso darla; era su última orden como comandante de aquel crucero. Y él lo sabía.

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Procurando no chocar con sus hombres y echando mano a toda la serenidad que le quedaba, el oficial de la Armada Imperial alemana avanzó hasta la baranda de estribor y cerró ambas manos sobre ella; el metal le respondió con un frío que jamás olvidaría. Y con profunda desazón observó los barcos que habían acabado con la esperanza de abandonar aguas chilenas y llegar hasta la lejana Oceanía.

El archipiélago de Juan Fernández era el lugar perfecto para recargar sus mermadas existencias de carbón y alimentos. Y cuando divisaron los humos a la distancia, todos pensaron que se trataba de buques chilenos, pero estaban equivocados; aquellos implacables sabuesos británicos, finalmente, los habían alcanzado. El Kent se aproximó por el este, mientras que el Orama y el Glasgow lo hicieron por el oeste, cerrándoles cualquier posibilidad de escape.

Sorprendido con las calderas apagadas, el Dresden se convirtió en un blanco fácil para la artillería británica, que lanzó una implacable lluvia de proyectiles sobre ellos. Y solo la orden de Lüdecke de izar la señal de cese el fuego permitió detener, al menos por algunos minutos, los disparos.

—Señor —dijo una voz a sus espaldas.

Pero no hubo respuesta. Los pensamientos del comandante del Dresden parecían estar muy lejos de allí.

—Comandante —insistió.

Solo entonces Lüdecke volteó y se encontró con el rostro manchado de hollín del teniente Boecker junto a un grupo de tripulantes.

—¿Está hecho? —preguntó sin ocultar su pesar.

—Sí, señor. Tal como lo ordenó, las válvulas fueron abiertas y colocamos todas las cargas explosivas donde usted indicó.

—¿También en la santabárbara?

—Sí, comandante —contestó Boecker—. No tenemos mucho tiempo.

Lüdecke asintió y cruzó la cubierta junto con ellos, bajaron por la escalerilla y abordaron el bote que los aguardaba. De inmediato, los marinos hundieron los remos en el agua y comenzaron a bogar con todas sus fuerzas en dirección a la costa de la isla Más a Tierra.

A medida que se alejaban, todos observaron por última vez el imponente perfil del crucero, con sus 118 metros de eslora, sus tres chimeneas y dos mástiles. El último navío de la flota del almirante Maximilian von Spee, ahora era una bestia metálica acorralada y herida. Sus cañones de 80 y 100 milímetros ya no volverían a vomitar su letal fuego.

—Debí haberme quedado a bordo —musitó Lüdecke—. Un capitán no abandona así su nave.

—Señor —respondió Boecker—, los tripulantes lo necesitan; todos lo necesitamos. Sobre todo… ahora.

—Aun así, este es un golpe demasiado duro para nuestra Armada —insistió—. Y una humillación imperdonable para el Kaiser.

El comandante del Dresden miró su reloj. Los punteros marcaban las 10:59 del 14 de marzo de 1915; un día que, inevitablemente, quedaría marcado en su memoria y, por desgracia, en la historia.

La decisión era irreversible: no entregaría el Dresden, pero tampoco llevaría a su tripulación a un sacrificio sin sentido.

Por eso Lüdecke le había ordenado al teniente Wilhelm Canaris bajar un bote y trasladarse hasta el Glasgow con la misión de argumentar ante los británicos que se encontraban en aguas de Chile, un país neutral, y que cualquier ataque se interpretaría como una violación a esos acuerdos. Era un último y desesperado intento de negociar, aunque ambos sospechaban cuál sería la respuesta del comandante John Luce. Lo importante era mantener los cañones británicos silenciados el mayor tiempo posible; cada minuto contaba.

Una suave sacudida les indicó que el bote había alcanzado la pedregosa playa de la isla. Todos desembarcaron en silencio, sin perder de vista al crucero.

—Señor, mire —dijo Boecker, señalando otro bote que pasaba por delante de la proa del Dresden.

—Es Canaris —contestó taciturno—. Por lo visto, las negociaciones fueron breves.

En cuestión de minutos la pinaza alcanzó la costa y el teniente Canaris bajó de ella junto con los hombres que lo habían acompañado hasta el navío británico.

Era un día soleado y luminoso, prácticamente sin nubes, pero el gélido viento de la bahía lo obligó a levantar el cuello de su chaquetón.

Sin prisa, casi como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, el teniente de navío avanzó entre los tripulantes, repartiendo apretones de manos y palmadas en la espalda; el respeto era mutuo. Los conocía a todos y a la vuelta de tantos meses, aquellos hombres se habían convertido en su familia. Pero cuando llegó hasta donde se encontraba el comandante Lüdecke, Canaris se detuvo por un instante y lo saludó de forma marcial, adoptando una postura militar y llevando su mano a la sien derecha.

—¿Y bien? —preguntó.|

—Tal como usted lo pensó, los británicos dijeron que sus órdenes son claras: hundir el Dresden en cualquier lugar en que lo encontraran.

—¿Aunque sea en aguas de un país neutral?

—Se los hice ver al menos en tres ocasiones, pero el comandante Luce insistió en que eso no les importaba, explicó Canaris. Ellos harían lo suyo y el resto era trabajo del Foreign Office; que ellos se entenderían con el gobierno de Chile.

—Era de esperarse —repuso cabizbajo—. Para los británicos nuestra derrota en las Malvinas no sería definitiva si no acabaran también con el Dresden.

—Supongo que así es como ellos lo ven.

Lüdecke guardó silencio con la mirada fija en su barco. Y por un instante, los recuerdos de la victoria frente a las costas de Coronel, cuatro meses antes, se mezclaron con los de la brutal derrota en las Malvinas, hacía pocas semanas, y su milagrosa escapada, solo posible al forzar hasta el límite sus dos turbinas Parsons.

—Al menos les hicimos bastante difícil su trabajo, ¿no lo cree, Canaris? Dimos pelea hasta el final.

—Así es, señor. Se irán con varios dientes menos.

—Durante semanas no pudieron dar con nosotros; fuimos casi como un fantasma para ellos —continuó—. Tan invisible como letal.

—Absolutamente, señor.

Por un instante, un incómodo silencio rodeó a ambos oficiales. Y el rostro de Lüdecke se desencajó.

—El Scharnhorst, el Gneisenau, el Leipzig, el Nürnberg… Casi mil novecientos hombres muertos, incluyendo a Von Spee y sus hijos. Todos teníamos amigos a bordo de esos barcos. Y ahora ellos están en el fondo del Atlántico Sur.

Canaris prefirió no hablar.

—El Dresden ha sido una noble embarcación —continuó Lüdecke—. Estaba destinado a llevarnos de regreso a casa.

—Sí, señor. No podríamos haber tripulado un mejor navío —contestó.

—Ahora estas islas serán su tumba.

Los relojes marcaron las 11:15.

La explosión a babor estremeció el casco del crucero con violencia, desgarrando su piel metálica. Fue la primera de varias. En la costa, los tripulantes observaron en silencio, mientras a bordo de los barcos británicos cundía el desconcierto.

—Ha sido un honor servir bajo su mando, señor —dijo Canaris.

—Gracias, teniente. Esta tripulación, hasta el último de sus hombres, ha sido… excepcional.

Nuevas explosiones sacudieron al agónico buque, que lentamente comenzó a inclinarse hacia la proa. El aire se llenó de olor a humo y metal caliente, mientras estridentes ruidos brotaban del buque a medida que el agua invadía sus entrañas. Aquella maravilla de la ingeniería de 4.260 toneladas, botada en Hamburgo en 1907, iniciaba su último e inexorable viaje hasta las profundidades de aquella bahía tan lejos de suelo alemán.

Lo último que se alcanzó a ver a flote fue la sección de popa, con sus poderosas hélices inmóviles a la vista, donde hasta el último minuto flameó la bandera de la Armada Imperial alemana: blanca, negra y roja, con su orgullosa águila de Prusia al centro. Luego, todo fue silencio.

2

El ascensor abrió sus puertas en el tercer subterráneo y Bernard Montebourg salió de él acompañado de Sophie, su secretaria personal, una mujer delgada y de estatura mediana, que a ojos de todos sus colegas representaba varios años menos que los 48 que acababa de cumplir, dos semanas antes.

Enfundada en uno de sus habituales trajes de color gris, la mujer tomaba notas de manera frenética mientras caminaba junto a su jefe, quien no dejaba de hacer preguntas y dar indicaciones. Sus más de quince años de trayectoria en la compañía le habían dado la experiencia suficiente para tratar con aquel hombre temperamental, trabajólico y obsesivo.

Con su metro ochenta de estatura, su ancha espalda, herencia de sus tiempos de nadador, voz grave y un rostro severo que rara vez dejaba ver alguna sonrisa, Bernard Montebourg podía resultar más que intimidante a sus 57 años. Un rasgo que las frías luces del estacionamiento acentuaban con dureza.

—Y mañana necesito todos los informes del semestre anterior sobre la compra de esa central hidroeléctrica en Brasil. ¿Está claro?

—Los tendrá a primera hora, señor —afirmó, al tiempo que se acomodaba la montura de los lentes.

—También quiero que ese montón de hienas que se dicen mis asesores de prensa me den una explicación de por qué ese asunto de la supuesta evasión de impuestos en Suecia volvió a aparecer hoy en los periódicos —dijo mientras pasaba su mano derecha sobre su abundante cabello cano—. ¡Pensé que estaba resuelto!

—Los citaré a las 11:30, señor.

—No, que sea más temprano.

—Es que a las 10:00 usted tiene la reunión con el ministro de Ecología, Desarrollo Sostenible y Energía.

—¿Quién? ¿Lemaire?

—Sí, señor. Está agendada desde hace tres semanas, en las oficinas del ministerio y…

—Entonces dígale que no puedo ir. Es mejor que él venga aquí.

—Así lo haré, señor. Pero ¿y si el ministro no puede venir?

—Entonces busque otro día. Él fue quien pidió la reunión. He conocido hombres aburridos, pero ninguno como él. No sé cómo fue que lo nombraron en ese cargo.

—¿Alguna otra cosa?

—Sí, cambie de perfume, por favor. Ese aroma floral es insoportable. Casi me asfixié en el ascensor. ¿De dónde lo sacó?

—Usted me lo regaló en la Navidad pasada.

—Ah, bueno. Entonces elija uno diferente para cuando venga a trabajar. Tendrá otros, ¿verdad?

—Sí, señor —respondió pensando en la media docena de perfumes que le había regalado, uno en cada Navidad.

—Bien, bien. ¿Y dónde se metió François con el auto?

—Imagino que debe ser él quien viene ahí —dijo señalando dos focos encendidos que avanzaban hacia ellos entre eternas hileras de vehículos estacionados.

En cuestión de segundos, el Mercedes-Maybach S600 negro se estacionó frente a Montebourg y su secretaria, y de inmediato el conductor bajó para abrirle la puerta trasera derecha.

El empresario miró con curiosidad al joven vestido con traje y corbata negros.

—¿Y tú quién eres?

—Antoine, señor —balbuceó nervioso—. Antoine Arson, su nuevo conductor.

—¿Y dónde está François?

—No… no lo sé…

—¿Cómo que no lo sabes? Él vino a dejarme esta mañana a la oficina. ¿Acaso esto es una broma? ¿Quién te envió a buscarme?

—La madre de François sufrió una caída, se fracturó la cadera y está internada en un hospital en Nantes. Por eso le di unos días libres —dijo una suave voz femenina desde el interior del auto—. De modo que llamé a la agencia y me recomendaron a este chico.

—¿Valérie? ¿Eres tú? —exclamó Montebourg sorprendido—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Solo quise darte una sorpresa. ¿Acaso no puedo pasar por mi esposo a su trabajo? —respondió la mujer, mientras buscaba sus cigarrillos en su cartera.

Montebourg observó con una mezcla de sorpresa y fascinación el bronceado rostro de Valérie Moreau, su segunda esposa, enmarcado por una larga cabellera rubia. Llevaban nueve años juntos y ella era una de las pocas personas capaces de lidiar con su explosivo temperamento. Y eso, a él, le agradaba.

—Por supuesto que sí, cuando quieras, Valérie —contestó, simulando entusiasmo—. Entonces, vámonos.

—Excelente —celebró ella, mientras dejaba escapar una sutil bocanada de humo.

—Sophie, no recuerdo que haya más temas pendientes. ¿Y usted?

—No señor. Todo está anotado.

—Muy bien, entonces hasta mañana —dijo subiéndose al auto—. Y no olvide cambiar la hora y el lugar de la reunión con el ministro.

—Descuide —contestó la secretaria—. Será lo primero que haga apenas vuelva a la oficina.

—Eso espero. ¿Y tú qué esperas que no cierras la puerta? — le espetó Montebourg al conductor—. ¡No tenemos todo el día!

Antoine Arson cerró la puerta, pasó por detrás de aquella mole de cinco toneladas de peso, 6,5 metros de largo y capaz de generar 523 caballos de fuerza, encendió el contacto y avanzó hacia la salida del estacionamiento.

Sophie se quedó de pie, viendo cómo se alejaba aquel verdadero monumento al lujo y la velocidad. “Al fin se fue”, pensó con alivio. Todas las indicaciones le significarían, con toda seguridad, una hora más de trabajo en la torre, pero al menos estaría sola. Y en paz.

Luego de dar un par de giros por las rampas del estacionamiento, el auto blindado alcanzó la superficie y salió hacia la Rue Paul Lafargue, donde se levantaba la Torre Montebourg con sus 312 metros de altura, uno de los edificios más altos del distrito financiero de La Défense, en París.

Valérie miró la hora en su reloj: eran las 18:54. Con suerte, estarían en casa antes de las ocho de la noche.

—¿Muy difícil tu día, Bernard?

—Nada que no pueda manejar.

—¿Es ese tema de los impuestos en Suecia? Lo vi en la televisión antes de venir por ti.

—Sí, eso y varias otras cosas —dijo distraído—. ¿Qué pasa? ¿Por qué no nos movemos?

—Es el tránsito, señor, a esta hora siempre es así —respondió Antoine, mirando por el espejo retrovisor—. Además, estamos muy cerca de un paso peatonal.

—¿Y tantos parisinos cruzan por aquí a esta hora? ¡Usa la bocina!

—No puedo, señor, ellos tienen la preferencia de paso. Y delante de nosotros hay una camioneta.

—¡Estoy rodeado de inútiles! Te digo que la uses.

El joven conductor dudó por un instante, pero ante la insistencia, tocó dos veces la bocina.

—No creo que alguien se haya puesto nervioso con eso —bufó Montebourg, moviéndose inquieto en su asiento—. Seguro llegaremos para la hora del desayuno.

—No seas tan impaciente, por favor. Recuerda lo que te dijo el médico la última vez.

—Me dijo que tengo una salud de hierro —contestó con satisfacción—. Mejor que la de cualquiera.

—Pero también insistió en que redujeras tus horas de trabajo, que el estrés te llevaría a la tumba.

—Los únicos que me llevarán a la tumba son todos los incompetentes que me rodean. Sabes que para mí el tiempo es lo más preciado en la vida.

—¿Más que tu familia?

—Oh, vamos. No empieces con eso de nuevo. La próxima vez pediré que vengan a buscarme en el helicóptero. Al menos nos ahorraremos todo este…

El golpe fue corto y seco, pero bastó para que todos se inclinaran hacia delante de manera brusca. La cartera de Valérie se abrió al caer al piso, dejando regado todo su contenido.

—¿Qué fue eso? —dijo ella sorprendida—. ¿Nos chocaron?

Montebourg se dio la vuelta y del otro lado del parabrisas trasero se encontró con un BMW M5 azul, conducido por un hombre de tez oscura con lentes polarizados.

—Otro maldito extranjero —espetó—. No saben ni manejar. Vamos, muchacho, bájate a revisar si nos rompieron algún foco. Sea lo que sea, haré que su seguro responda.

—De inmediato, señor.

Antoine Arson comprobó que el embotellamiento aún mantenía a todos los autos detenidos, de modo que encendió las luces intermitentes, destrabó las puertas y salió de la limusina.

El conductor del BMW también abrió la puerta y bajó a la calzada hablando en un francés con fuerte acento extranjero; quizá provenía de algún país norafricano, pensó Arson.

El hombre debía medir casi 1,70 y tenía una contextura atlética que apoyó en el perfil de la puerta de su auto. Arson pasó junto a la ventanilla por la cual miraba Valérie y al verla se preguntó cómo una mujer de su simpatía y belleza podía soportar a un hombre como su esposo, casi doce años mayor que ella.

—Hola —dijo el chofer, levantando la mano—. ¿Qué pasó?

El conductor guardó silencio. Arson comprobó que las luces estaban intactas, pero que el parachoques tenía algunos rayones.

—Tendrá que pagar los daños, ¿entiende?

—Por supuesto —respondió al levantar la Glock G30S, calibre 45, que portaba en su mano derecha. Los tres tiros dieron de lleno en el pecho del conductor.

Arson no tuvo oportunidad de decir nada. Solo sintió el incontrolable dolor de los impactos extendiéndose por todo su cuerpo. Entonces todo se volvió borroso y cayó de espaldas sobre el pavimento, con su camisa blanca manchada de sangre. Jamás llegó a escuchar los gritos histéricos de Valérie.

En un solo movimiento, Bernard Montebourg empujó a su esposa al piso y se abalanzó sobre los mandos de la limusina, activando los seguros de todas las puertas. Nadie podría entrar al vehículo, pero tampoco salir. Su esposa no dejaba de gritar.

Cinco disparos más impactaron en el parabrisas trasero, a la altura del apoyacabezas, pero el vidrio resistió sin problemas. Entonces Montebourg volteó hacia el frente y vio con angustia cómo se abrían las puertas traseras de la camioneta que estaba delante de ellos. Dos hombres con balaclavas negras, que solo dejaban ver sus ojos y bocas, levantaron sus AK-47 S de culata plegable y comenzaron a disparar directo al parabrisas delantero.

En cuestión de segundos ambos atacantes vaciaron sus cargadores de treinta tiros, dejando el vidrio blindado cubierto de impactos de balas y trizaduras, hasta que se produjo el silencio; una pausa que Montebourg supo que no era esperanzadora. El clic metálico de un nuevo cargador en cada rifle de asalto fue el breve preámbulo de una ronda más de disparos sobre el auto, esta vez por el costado derecho.

Valérie continuaba gritando y Montebourg cubrió a su esposa con su cuerpo, mientras escuchaba las ráfagas impactar de manera implacable sobre las ventanas y puertas del auto. Los segundos le parecieron siglos.

Entonces las balas se detuvieron y escuchó gritos en francés y en un idioma que él no conocía. Las palabras se repetían, de eso estaba seguro, aunque no podía entenderlas con claridad. Por el tono de las voces, algunas eran órdenes, mientras que otras parecían pedidos de ayuda. Hubo más disparos, pero esta vez eran tiros y no ráfagas. Pistolas, pensó. Luego hubo un par de gritos más y todo quedó en silencio.

Dos golpes breves en la ventana de su lado obligaron a Montebourg a levantarse del piso. Al comienzo no estuvo seguro, pero a pesar de los impactos y trizaduras, a través del vidrio pudo reconocer el familiar rostro de Novak Dabović, su jefe de seguridad.

El empresario quitó los seguros y desde el exterior abrieron la pesada puerta blindada.

—Quédate aquí —le ordenó a su esposa, quien asintió en silencio, aún con las manos sobre la cabeza.

Al bajar del auto sus zapatos hicieron crujir decenas de fragmentos de vidrio esparcidos sobre el pavimento. El aire olía a pólvora y de algún lugar que no pudo precisar, le pareció escuchar unos gemidos.

—Todo está bien, señor —le informó Dabović—. El perímetro está asegurado. No hay ninguna amenaza.

Montebourg asintió y se apoyó en el hombro izquierdo de su guardaespaldas. Un hombre de casi un metro ochenta, de físico imponente y cabello negro y corto. El magnate observó con incredulidad el aspecto de su vehículo y le resultó imposible contar la cantidad de impactos que en algunos puntos habían llegado a deformar la carrocería.

Sin embargo, aún más desolador fue ver los autos alrededor del Mercedes-Maybach, con sus puertas y techos agujereados, casi todos con sus ventanas destrozadas.

—¿Qué…? ¿Quiénes…?

—No lo sabemos señor, pero eran cuatro en total, incluyendo al conductor del BMW que se interpuso entre su auto y el nuestro. Todos fueron neutralizados.

—¿Y ellos? —dijo señalando a un conductor con dos impactos en la cabeza, que permanecía sobre el volante con la mirada fija, mientras una mujer mayor intentaba reanimarlo inútilmente.

—Hay muchos muertos y heridos —respondió Dabović mientras guardaba su Beretta 92FS de 9 mm—. Los atacantes dispararon contra el resto de los autos cuando nos acercamos y no pudimos evitar más bajas. Imagino que en un intento por usarlos como escudos humanos.

—¿Terroristas?

—Es lo más probable.

A lo lejos, el ulular de las sirenas anunciaba la llegada de una moto y un par de autos de la policía.

—¿Por qué?

—Eso seguramente lo determinará la investigación. Mientras tanto, será mejor que permanezca en el auto.

Montebourg asintió y se dejó caer en el asiento; Valérie Moreau, despeinada y con el maquillaje corrido, lo abrazó con fuerza sin decir ni una palabra.

Las primeras imágenes del tiroteo ya comenzaban a inundar las redes sociales.

3

Los dos helicópteros AH-60L Arpía simulaban un par de negras sombras volando sobre las copas de los tupidos árboles en esa zona del departamento del Cauca. Y no fue hasta que despuntó el alba que ambos se volvieron realmente visibles, con sus perfiles, rotores y armas.

A bordo de la segunda aeronave, Ricardo Hidalgo, quien estaba sentado junto a la puerta lateral derecha, que iba abierta, se acomodó para ver mejor cómo las nubes se teñían de rojo, naranja y amarillo a medida que amanecía. Y al ver aquel sobrecogedor panorama, el periodista no pudo evitar pensar en la ironía de ver semejante paisaje en el contexto de una operación antinarcóticos en Colombia.

A sus 39 años, había reporteado en lugares tan lejanos como peligrosos y en todos ellos siempre se había dado el tiempo de tomar algunas buenas fotos del amanecer. A veces, como en Afganistán, los diferentes minerales de las altas montañas le daban un toque especial al alba; mientras que en Uruguay o Panamá, el amanecer sobre el mar generaba colores únicos.

A esa altura el aire se sentía mucho más frío que a nivel del suelo, pero a él no le incomodaba. De hecho, por un breve instante, le recordó el viento que en otoño barría las hojas secas del Parque Forestal, cerca del Museo de Bellas Artes, en Chile.

Ricardo le tocó dos veces el hombro a su compañero de asiento; un hombre fornido, de cabello negro, largo y desordenado que no superaba los 45 años. Y sin decir palabra, lo que de todas maneras habría sido casi imposible por el estruendo constante de los rotores, le señaló la escena casi bíblica que tenían frente a ellos.

Felipe Martínez dejó escapar una carcajada inaudible y le mostró la pantalla de su cámara: la primera imagen que apareció fue la de él, mirando el horizonte, con su cabello castaño despeinado por el viento y su inconfundible perfil de nariz recta y mentón marcado. Y luego de esa, una larga secuencia de imágenes que mostraban el paso de la oscuridad a la luz en plena selva colombiana.

Ambos habían nacido en Chile, pero llevaban casi diez años trabajando juntos para el diario español El Centinela, lo que los había llevado a compartir decenas de coberturas en los cinco continentes. Y habitualmente bromeaban con que solo les quedaba visitar la Antártica, cosa que ambos, en secreto, deseaban con fervor.

Por eso, cuando sus fuentes en el Ejército colombiano les dijeron que habría una operación antinarcóticos en el Cauca en contra del Cartel de los Santacruz, los dos preguntaron cuándo salían, informando de sus planes al periódico con un escueto correo electrónico. Una oportunidad que ninguno dejaría pasar, considerando que era la mejor manera de sacar mayor rédito al viaje que habían hecho desde Madrid para entrevistar al presidente colombiano.

Habían despegado de madrugada desde la base de San Cristóbal, con el objetivo de llegar hasta una zona donde el día anterior el Ejército había encontrado dos laboratorios de procesamiento de cocaína. Como era habitual, al llegar, los soldados los habían encontrado desiertos. Pero con claros indicios de haber sido abandonados apenas unos minutos antes.

El Cartel de los Santacruz era una de las últimas organizaciones criminales ligadas al narcotráfico que operaba en Colombia. Un verdadero paraguas que reunía a ex combatientes de las FARC que habían rechazado el acuerdo de paz de 2016, miembros de carteles más pequeños ya desarticulados y, según se rumoreaba, también a algunos desertores de los Zetas mexicanos.

En el primer helicóptero iban solo miembros del Ejército, mientras que el segundo había quedado reservado para la prensa, donde viajaban los chilenos y una colega noruega llamada Silje Laursen.

Súbitamente la aeronave se sacudió con fuerza. Y aunque todos estaban con sus cinturones de seguridad, la periodista noruega dejó escapar un agudo grito. Los pilotos colombianos y el artillero a cargo de la ametralladora de tres cañones rotatorios, en cuyo uniforme se leía el apellido Gaviria, intercambiaron sonrisas cómplices entre sí. Ellos estaban acostumbrados a ese tipo de turbulencias, luego de decenas de operaciones similares. Pero además, Ricardo sabía que estaban volando en una versión mejorada de los Black Hawk estadounidenses.

Por los comunicadores el copiloto les informó que estaban por llegar a su destino: un claro en medio de la selva. Como los helicópteros no iban a aterrizar, tendrían que saltar desde una altura cercana a los dos metros. Más tarde, luego de recorrer los laboratorios y ver cómo eran destruidos, caminarían cerca de una hora para llegar a la zona de extracción.

El soldado a cargo de la ametralladora instalada en la puerta miró hacia abajo y luego abrió la mano completa: cinco minutos.

Entonces, una estela de humo blanco, casi como un rayo, cortó el cielo en una fracción de segundo y el Arpía que los precedía estalló en medio de una bola de fuego. La onda expansiva sacudió la aeronave de los periodistas al tiempo que los pilotos luchaban para estabilizarla.

Convertidos en toneladas de chatarra ardiente, los restos de la aeronave cayeron verticalmente sobre los árboles, destrozando todo a su paso. Sobrevivir a ese infierno era imposible.

Ricardo sabía con certeza lo que había visto: un lanzacohetes RPG, como los que habían utilizado los somalíes en 1993 para derribar los Black Hawk sobre Mogadiscio. Y habían tenido éxito.

Gaviria de inmediato comenzó a disparar su ametralladora. Mil quinientas balas por minuto barrieron el follaje, buscando dar con los responsables del ataque. Probablemente miembros del Cartel de los Santacruz que habían regresado a recuperar sus laboratorios, pensó Felipe, mientras disparaba una ráfaga de fotos que captaron a Gaviria respondiendo al ataque.

Un segundo disparo brotó de en medio de la selva, dibujando una mortal estela que alcanzó el rotor de cola del segundo helicóptero antes de que alguno de sus pasajeros pudiera gritar. El impacto estremeció por completo la aeronave, mientras esquirlas, chispas, fuego y humo inundaron la cabina.

El helicóptero daba vueltas sin control, mientras los pilotos intentaban un aterrizaje de emergencia. Los segundos se volvieron horas y a Ricardo Hidalgo todo le pareció que estaba ocurriendo en cámara lenta. Se aferró con fuerza a su asiento mientras veía que el cielo y la tierra giraban de manera frenética alrededor.

A Felipe, que mantenía su cámara abrazada contra el pecho, le pareció escuchar una alarma de impacto, gritos y el sonido de planchas de metal desgarrándose.

Su estómago estaba por explotar y por eso, en ese preciso instante, su único pensamiento fue tratar de no vomitar su desayuno. Haciendo un gran esfuerzo giró la cabeza y vio a Ricardo sujeto a su asiento, con los ojos cerrados. Tal vez esa era la mejor estrategia.

En medio de aquella tormenta de bolsillo, Felipe alcanzó a ver a Gaviria aferrado a la ametralladora. Pero la incontrolable fuerza centrífuga acabó expulsándolo por la puerta del helicóptero. Felipe vio que el anclaje unido al arnés que llevaba puesto el artillero se tensó al máximo, hasta que los cuatro tornillos cedieron al mismo tiempo y se perdieron en el aire.

El impacto fue tan inesperado como confuso. Primero aparecieron hojas y ramas que llenaron la cabina como si fuera una tormenta verde, la luz del sol desapareció de pronto y luego vino el golpe final contra el suelo. Todo quedó envuelto en la oscuridad.

Cuando Ricardo pudo abrir los ojos, las imágenes le resultaban borrosas, sentía la garganta seca y áspera, como si hubiese atravesado una tormenta de arena y un molesto zumbido llenaba sus oídos. Buscó la hebilla de su cinturón de seguridad y la soltó con una mano. Su cuerpo cayó de lado sobre el frío metal. Y solo entonces se dio cuenta de que el helicóptero había caído de costado, dejando la puerta abierta, aquella por la cual había caído Gaviria, justo sobre su cabeza.

Miró a su alrededor y vio a Felipe sentado aún en su asiento, abrazado a su cámara, inmóvil. Le soltó el cinturón y el fotógrafo cayó sobre él.

—¿Me escuchas? ¿Estás bien?

La respuesta solo fue una especie de gruñido.

—Felipe, levántate, vamos —insistió, mientras intentaba pasar uno de sus brazos por encima de su cuello—. No podemos quedarnos aquí.

—Me duele…

—¿Qué? ¿Qué te duele?

—El hombro izquierdo —contestó aún de rodillas—. Y la espalda.

—Está bien, tranquilo. Esperemos un momento.

Ricardo se frotó los ojos en un intento por mejorar su visión. El interior del Arpía le resultó irreconocible. Pero en medio de los escombros, distinguió dos cuerpos cubiertos de trozos de metal y restos de asientos.

El cuerpo más cercano a él era el de la periodista noruega. La identificó por su cabellera rubia despeinada. Al llegar a ella la encontró parcialmente cubierta de ramas y cables. Ricardo la tomó con cuidado y la dio vuelta.

—Silje. ¿Estás bien? Silje.

No hubo respuesta. La mitad de su rostro estaba cubierto de sangre. Tenía un fragmento de metal clavado en su sien derecha. La muerte había sido instantánea.

Con delicadeza, Ricardo cerró sus ojos azules por última vez y le cruzó ambos brazos sobre el pecho.

—¿Está…? —preguntó Felipe, sospechando la respuesta.

—Sí, no hay nada que podamos hacer.

El fotógrafo guardó silencio. Había visto de cerca la muerte demasiadas veces y sabía que ante ella lo único que quedaba era seguir adelante.

—Dios la tenga en su santo reino —musitó el fotógrafo—. ¿Crees que se dio cuenta? ¿Que sufrió?

—No, todo ocurrió demasiado rápido.

—¿Y el resto de los tripulantes?

Ambos se arrastraron hasta la sección frontal. Felipe fue el primero en asomarse y encontró a los dos pilotos sujetos a sus asientos, aún con sus cascos puestos.

—¿Y bien? —preguntó Ricardo.

—Está muerto —respondió tras tomarle el pulso al que ocupaba el asiento del copiloto—. Pero este, Restrepo, todavía respira, aunque su pulso es débil.

—Hay que sacarlo de inmediato. El helicóptero se puede incendiar en cualquier momento.

—Las ventanas delanteras están destrozadas, pero son lo suficientemente grandes como para sacarlo por ahí —propuso Felipe.

—Yo lo recibiré desde afuera —señaló Ricardo—. Déjame salir primero.

De inmediato se devolvió hacia la zona de los asientos, miró por última vez a la periodista noruega y se estiró con todas sus fuerzas para alcanzar la puerta. Solo en ese instante un intenso dolor en su pierna derecha delató una herida en diagonal que tenía manchado de sangre su pantalón cargo. Pero no había tiempo para eso. De modo que se aferró al borde de la puerta y se impulsó hacia arriba para salir.

Ricardo rodeó el fuselaje, maltrecho y abollado, y llegó hasta la sección frontal. Sin mayor esfuerzo logró desprender lo que quedaba de las ventanas y recibió el cuerpo de Restrepo. Luego Felipe lo siguió.

—Vamos, vamos —insistió Ricardo, mientras arrastraba al piloto lejos del helicóptero.

Se detuvieron a unos veinte metros, cansados y adoloridos.

—Estamos vivos de milagro —comentó el fotógrafo—. Podríamos haber estallado en vuelo, como el otro helicóptero.

—Es verdad, pero aún no estamos a salvo —replicó Ricardo—. Imagino que en la base ya detectaron que ambas naves salieron del radar. Pero no sabemos cuánto demorarán en enviar un equipo de rescate.

—Confío en que Restrepo haya avisado por radio que nos estaban atacando —dijo Felipe—. Dependemos de eso para salir de aquí. Debemos volver a los restos del helicóptero para buscar la pistola de bengalas.

—No creo que necesitemos una bengala, considerando el tamaño de la columna de humo que brota de los restos del primer Arpía.

—Es cierto, pero cuando sobrevuelen la zona solo van a ver eso —agregó—. Y necesitamos algo para que sepan que estamos vivos aquí, porque…

—Silencio. ¿Escuchaste?

—¿Qué cosa?

—Voces.

Ambos comenzaron a mirar a su alrededor. Al menos cinco voces masculinas que hablaban en castellano se acercaban rápidamente.

—¿Soldados? —preguntó Felipe—. Tal vez la unidad que encontró los laboratorios.

—O pueden ser los que dispararon los RPG—respondió Ricardo en voz baja—. Gente del Cartel de los Santacruz.

—Mejor nos vamos de aquí.

—No llegaremos muy lejos cargando al piloto.

—¿Y qué propones?

—Escondernos lo mejor posible.

Las voces se acercaron lo suficiente como para escucharlas con mayor nitidez. Hablaban de los helicópteros, de armas, de los sobrevivientes.

Ambos se agacharon y esperaron. En menos de un minuto vieron salir de entre el follaje a cinco hombres que llevaban rifles y pistolas de diferentes modelos. Algunos vestían pantalones de camuflaje verde y botas.

Felipe vio cómo celebraban el derribo del helicóptero y dos de ellos dispararon sus pistolas contra los restos humeantes de la aeronave, como si la quisieran rematar en el suelo.

—Son muchos —susurró Felipe—. Y nosotros no tenemos armas.

—Solo la pistola del piloto —contestó—. Pero antes del segundo disparo ya estaríamos muertos.

—¿Entonces…?

—¡No se muevan! —gritó una voz a sus espaldas—. ¡Jefe, aquí hay dos tipos vivos! ¡O tres!

Ricardo y Felipe voltearon para descubrir que un hombre con fuerte acento mexicano los apuntaba con un AR-15. Vestía de manera ecléctica, combinando botas de goma y pantalón militar con una camisa estampada de varios colores.

—Vamos, de pie, de pie, les digo —les ordenó ignorando al piloto, que permanecía en el suelo—. Jefe, jefe. Don…

—Cuidado con lo que vas a decir. No olvides que aquí no usamos nuestros nombres —ordenó un hombre de unos 35 años, de cabello corto y barba de candado que vestía ropa deportiva—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Un par de ratas que buscaban escapar?

—Yo soy periodista y él es mi fotógrafo —dijo Ricardo—. Somos del periódico español El Centinela y…

—¡Cállese, mierda! —exclamó el hombre que los había descubierto—. ¡No hable si no se lo ordenan!

—Tranquilo, tranquilo —dijo el jefe del grupo—. No hay motivo para alterarse. Después de todo, son solo un par de reporteros en el lugar equivocado.

—¿Y qué quiere que haga con ellos, jefe?

—Los muertos no hablan, ¿verdad? Y sería muy desafortunado para nosotros que quedara algún sobreviviente de este… lamentable accidente.

— ...