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EL SEGUNDO PISO

Ernesto Ottone

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Fragmento

La llegada

No estoy seguro de la fecha, pero fue en una recepción que Cieplan ofreció a principios de los años noventa a Fernando Henrique Cardoso, quien debe haber sido por aquel entonces ministro de Relaciones Exteriores o de Hacienda de Brasil. En un momento, este se refirió a los investigadores de Cieplan como «monjes», aludiendo a cómo en los viejos conventos los monjes guardaban la luz del conocimiento en medio de ese brutal predominio de la fuerza que fue el Medioevo.

Lo hizo recordando que también él había ejercido de monje en un convento más variopinto, la Cepal, con sede en Chile, y agregó que probablemente se entretenía más haciendo política, pero la inclemencia de esta le hacía a veces rememorar con nostalgia aquellos días menos expuestos a la lucha por el poder.

Me pareció muy bueno el símil. En verdad, la Cepal, donde recalé a mi regreso a Chile en 1989 a través de un concurso internacional, algo tenía de conventual. Su arquitectura asignaba a los investigadores y funcionarios celdas pequeñas y austeramente amobladas para trabajar, que se hacían más grandes solo subiendo en la jerarquía. Las celdas tenían unas ventanas cuyo tamaño también variaba según las promociones en la carrera, y estas podían producir depresiones o euforias que resultarían incomprensibles para las personas ajenas a la lógica burocrática y sus particulares vanidades. Esto porque, al igual que en los conventos, esas ventanas, pequeñas o grandes, solían asomarse a patios interiores con jardines bucólicos en medio de un ambiente sereno.

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Tal como ingresar a los conventos no era fácil, tampoco lo era hacerlo a la Cepal, pero una vez dentro se debían cometer enormes pecados para salir y perder las garantías laborales que conllevaba pertenecer a Naciones Unidas, cuyo Vaticano estaba en Nueva York.

En cuanto al tono, las investigaciones, informes, documentos, proyectos y declaraciones que se producían, debían estar envueltos siempre en un cierto lenguaje eclesiástico, cuidadoso y prudente, que asegurara una cierta neutralidad frente a los gobiernos que conformaban la Comisión, lo que incluía a países tan enfrentados entre sí como Cuba y Estados Unidos.

En todo el resto, los monjes cepalinos éramos personas más o menos normales, ni muy abstemias ni muy castas. Fue un lugar de trabajo ideal para regresar a Chile después de tantos años de exilio.

Desde mis tiempos de estudiante admiraba lo que la Cepal producía en economía y en ciencias sociales en general. Había estudiado con sus publicaciones e informes el desarrollo latinoamericano. Raúl Prebisch, Celso Furtado, José Medina Echavarría, Enzo Faletto, Osvaldo Sunkel, Fernando Henrique Cardoso, Aníbal Pinto Santa Cruz y Jorge Graciarena, entre otros, eran parte de lo mejor del pensamiento latinoamericano en ciencias sociales. Estar en la Cepal era un privilegio y así lo entendí siempre.

En Naciones Unidas, el exceso de espíritu burocrático y la confusión entre la prudencia propia de un organismo intergubernamental y un vacío conceptual timorato terminaban ahogando a buenos funcionarios y transformándolos en burócratas algo cínicos.

Cuando trabajé en la Unesco, un colega decía que era el zoológico con los animales más tristes de París.

La Cepal era sin duda una excepción en la familia de Naciones Unidas, tenía una trayectoria intelectual respetable y una identidad fuerte, había sido fundamental para el desarrollo de un pensamiento latinoamericano, y ese espíritu aún se respiraba cuando llegué allí.

Claro, con la enorme turbulencia política de los años setenta y ochenta, rodeada de gobiernos dictatoriales en el Cono Sur, la Cepal se había transformado en una fortaleza asediada y mirada con desconfianza por regímenes que detestaban su pensamiento histórico y le achacaban todos los males de la región.

Tuve la suerte de llegar cuando ese período defensivo de cuidadosa navegación de cabotaje había concluido y aunque el pensamiento neoconservador aún campeaba en América Latina, en la Cepal comenzaba a abrirse paso una renovación del pensamiento cepalino impulsado primero por Enrique V. Iglesias, y después por Gert Rosenthal, un gran economista guatemalteco. En ese proceso renovador brillaba con luz propia el chileno Fernando Fajnzylber.

Me incorporé con entusiasmo, el que se acrecentó con el tiempo, cuando me di cuenta de que la guerrilla burocrática cepalina era un juego de niños en comparación con lo que había vivido en París, Viena o Nueva York, y que una cierta atmósfera cálida rodeaba en general las relaciones laborales. Esto último en buena parte era mérito de las funcionarias chilenas, que si bien en su mayoría eran muy conservadoras, eran también simpáticas, eficientes y amables.

La Cepal me permitió una reinserción suave, protegida y económicamente estable, que me aseguraba la serenidad necesaria para contribuir a la cosa pública desde el mundo de las ideas, como era mi decisión.

Veinte años no es nada

Así dice el memorable tango «Volver» de Alfredo La Pera y Carlos Gardel, y tienen razón, la vida pasa más rápido de lo que uno quisiera, pero en veinte años suceden muchas cosas y también en dieciséis, que fue el período que duró mi exilio.

Cuando uno regresa a su tierra hay cosas profundas y perdurables, sobre todo sensoriales, con las que la intimidad se restablece de inmediato; aromas, colores, decires, lugares a los que uno vuelve de manera instantánea, cotidiana, como si el tiempo no hubiese transcurrido.

Hay sin embargo, también, cambios en la forma de relacionarse, en las costumbres y en los espacios físicos que surgieron durante tu ausencia y que sientes ajenos, que te resultan extraños y tienes que aprender a aceptarlos y convivir con ellos.

En esos años Chile había cambiado, se había modernizado de manera asimétrica, física y socialmente, era más fragmentado de lo que yo recordaba, la riqueza y la semirriqueza ya no tenía los pudores de la vieja burguesía chilena. La apertura económica había terminado con el país austero y modesto, de aspiraciones limitadas, de diversiones provincianas, de pocos restaurantes y muchas «picadas».

Se había convertido en una sociedad más modernizada que moderna, más abierta al consumo que al mundo, con un cierto arribismo a flor de piel… era más fachosa que atractiva.

Los años sin democracia habían generado en los partidarios de la dictadura un sentimiento de propiedad sobre el país, creían poseer una original chilenidad que los diferenciaba del mundo, según ellos para bien.

Se sentían dueños de la situación y no toleraban los disensos. Se había configurado una mezcla de beaterío y exitismo económico chocante, que había vivido muy confortablemente el orden generado por el peso de la noche.

Adoraban ese país jerarquizado donde cada cual tenía su lugar, donde —como decían sin cuidarse mucho— los «rotos» estaban en su sitio, abajo y callados.

El resultado del plebiscito de 1988 fue un enorme batatazo, un duro despertar que los desconcertó tanto como al dictador, lucían ofendidos, asustados y con un sentimiento de injusticia y despecho.

Quienes habían ganado el plebiscito contra viento y marea, también miraban con asombro los tiempos que comenzaban, imaginando todavía a tientas cómo sería la democracia, con esperanza y desconfianza a la vez, entrando en un mundo del cual apenas vislumbraban sus contornos. ¿Cómo vivirían unos con otros? Sobre otras bases, por supuesto. ¿Pero cuáles? Aún había mucho miedo.

La dictadura todavía marcaba el paisaje. Existían demasiados controles policiales y muy pocas librerías. Los acontecimientos culturales que se organizaban tenían un significado más allá de lo cultural, eran una suerte de catarsis, una ocasión para expresar en público lo que hasta ayer era el fruto prohibido. La negra Ester y su éxito fue también parte de eso.

Aún corrían los tiempos de miradas cómplices y esperanzadas entre desconocidos.

Algunas características de larga data se habían agudizado entre los chilenos. Al conocerse tenían la perruna costumbre de olerse, no con las narices sino a través de algunas preguntas claves, como el colegio en que habían estudiado, el barrio donde vivían y los conocidos en común. Ello determinaba el lenguaje de la conversación, el tono y hasta la gestualidad.

Otros rasgos eran completamente nuevos. Por ejemplo, los jóvenes le decían tío a cuanto adulto se les ponía al frente, había cierta infantilización en las costumbres. Los padres que tenían auto vivían llevando y trayendo adolescentes de casas, fiestas y actividades deportivas. ¿Sería un exceso de protección o un horror a la mezcla social en las micros?

También era notable la extensión de ciertos tabúes religiosos. Cuando dejé Chile, el aborto terapéutico era un signo de avance en la salud y, junto con la planificación familiar, un componente de una sociedad que aspiraba a la modernidad. Mi muy católica madre hablaba de ambas realidades con normalidad, pero a mi regreso hablar de ello era un pecado mortal y social a la vez.

Por mi experiencia de exiliado pensaba que la Iglesia católica —aquella de la Vicaría de la Solidaridad, de la generosidad, la protección y apertura— ocupaba todo el espacio. Pero a poco andar me di cuenta de que junto a ella, la Iglesia de Silva Henríquez, existía otra, muy poderosa y conservadora, que atendía el alma del régimen recién concluido, donde prevalecía el Opus Dei. Tal como Paul Claudel, el escritor francés que decía que quería llegar al cielo en «coche-cama», estos otros aspiraban a llegar allí en sus jets privados. Muchos años después explotaron los numerosos casos de abusos sexuales que se ocultaban tras la apariencia santurrona de esa Iglesia pituca.

Eran visiones puramente impresionistas, pero no muy alejadas de la realidad. Otro aspecto nuevo era la asombrosa reducción que había sufrido el idioma. ¿Poca lectura? En verdad nunca los chilenos hemos hablado tan bien el castellano, pero habíamos llegado al extremo de que nuestro garabato típico, que puede ser un complemento divertido de una conversación, había reemplazado casi todos los adjetivos, buena parte de los verbos e incluso más de un sustantivo. Esto desgraciadamente llegó para quedarse.

El arribismo social se había expandido por doquier pero, si bien la modernización y la apertura cambiaron el paisaje urbano, la pobreza no había disminuido y era de 38,7 por ciento en 1989 de acuerdo a la forma tradicional de medirla, y de 68 por ciento según la nueva medición, que es más exigente. Tampoco había aminorado la desigualdad, como lo mostraba un altísimo coeficiente de Gini, en torno al 0,58 por ciento, pero tanto la riqueza como la pobreza habían cambiado y nadie vivía exactamente como antes, los ricos habían perdido todo pudor y los pobres usaban zapatillas y bluyines. Las antiguas clases medias habían elevado sus aspiraciones y los modelos de vida que marcaban el éxito social estaban más lejos de París y más cerca de Miami.

Cuando volvimos, mis hijos ya eran grandes y debían terminar el colegio. Se sentían allí como pollos en corral ajeno, no entendían la conducta infantil y recatada que mostraban sus compañeros en público versus el desenfreno que los mismos jovencitos practicaban en las fiestas de fin de semana. Una película sobre esa realidad podría haber tenido el mismo título que el filme del gran cineasta húngaro Miklós Jancsó Vicios privados, virtudes públicas (1976).

Comprobé el predominio de ese doble discurso a los pocos años de regresar, analizando los resultados de una encuesta sobre conductas sexuales en un universo de mujeres jóvenes. A la pregunta de si eran aceptables las relaciones prematrimoniales, alrededor del 60 por ciento respondía que no. A la pregunta de si eran vírgenes, también un sólido 60 por ciento contestaba que no.

Tuve una experiencia única en una reunión en el colegio al que asistían mis hijos. Los apoderados, que pagaban caro por ese colegio, trataban a los profesores como a empleados; estos últimos, a su vez, se dirigían a los padres con el cuidado con el que se trata a un buen cliente. En Europa los profesores habrían mandado a esos apoderados a un buen lugar, tanto los del sector público como los del privado. Conocí ambas experiencias.

La modernización no había llegado al campo, por lo menos a los pequeños campesinos. Cuando una de mis hermanas compró una parcela en Cuncumén, el espectáculo era muy similar al campo chileno de mi infancia, con casas oscuras de adobe y tierra, paisajes comparables al alto Medioevo. Eso sí ha cambiado en el Chile de hoy.

La mayor desazón la experimenté con Valparaíso, mi ciudad natal, a la cual siempre estuve y estoy fuertemente ligado. A mi regreso era apenas la sombra de la ciudad donde viví mis primeros veintidós años de vida, y parecía que la modernización de dudoso gusto estético que se observaba en otras urbes del país no había llegado al puerto.

Carlo Levi escribió un libro magnífico sobre un pueblo muy aislado donde cumplió su confinamiento en la Italia de los años treinta, en tiempos de Mussolini, titulado Cristo se detuvo en Éboli… Parafraseándolo, podría decir que en los años de mi exilio, al parecer Cristo se detuvo en las puertas de Valparaíso, pero no entró a la ciudad.

La ciudad que dejé, que ya antes del golpe vivía una larga y acompasada decadencia, se había ido cuesta abajo en la rodada. Todo estaba roto, desde las estatuas del parque Italia hasta las veredas de la avenida Pedro Montt; los cerros Alegre y Concepción —hoy coquetos y a la moda— lucían tristes; las avenidas p ...