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FUGITIVA

Carmen Gloria López

5


Fragmento

2

Me criaron como hija única y víctima. Desde que tengo conciencia, me aproveché de la tristeza que tenían mi abuelo y mi abuela por su nieta sin madre. Nunca sentí ese dolor, pero saqué ventaja de él una y otra vez. Cada año de modo más sofisticado. Pasé de los dulces fuera de hora a acostarme después de las once, a ser la primera con celular en el curso y, el año pasado, la primera con iPhone. Mi abuelo dijo que tenía que ser «altiro el mejor».

Mi madre decidió tener una hija sin casarse y sin pareja. Tenía treinta y tres y creyó que ya se le había «pasado el tren». Me reía a carcajadas cada vez que mi abuela usaba esa expresión y siempre me pregunté si el tren se le iba también a los hombres o solo a nosotras. Ahora a nadie se le va el tren, o más bien nadie se sube. Bueno, de hecho no hay tren.

Nunca quisieron decirme cómo fui concebida, así que decidí averiguarlo por mi cuenta. A los doce, me obsesioné buscando en baúles posibles ex novios de mi mamá, pero mis abuelos eliminaron toda huella y nunca logré que se compadecieran tanto como para decirme la verdad. Probé varias técnicas: paseé taciturna unos días, desperté suspirando y sin hambre otros y me hice la dormida con la foto de mi madre abrazada sobre mi pecho. Estas estrategias no funcionaron. Me juraron varias veces que no sabían nada y, a pesar de que los seres que más quería en el mundo me lo decían mirándome a los ojos, jamás les creí.

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Incluso en su lecho de muerte, torturé a mi abuelo con el tema. Una vez, mientras le daba sopa en la boca; otra, mientras le leía pedazos de Platero y yo. Lo chantajeé feo esa segunda vez. O me decía la verdad o no volvía a leerle un solo párrafo, nunca. Me pidió que me acercara y que lo mirara fijamente a los ojos. Cuando nuestras narices estaban casi tocándose, se me hizo un nudo en la garganta. No pensaba llorar, así que apreté los dientes, me hice la enojada y dije firme: «dime ya». Lo recuerdo ahora como una escena de película. Dime ya. Mi abuelo sonrió, disfrutando mi última manipulación teatral. Me repitió eso de que primero no quería que yo naciera, que se indignó con mi mamá cuando les presentó el «proyecto» (así me decía mi mamá antes de existir), pero que después, al verme así, tan pequeñita en brazos de una enfermera, me quiso mucho y de golpe. Creo que tenía unos seis años cuando mi abuelo me sentó en sus faldas y me dijo que si yo no hubiera existido, él no habría podido sobrevivir a la muerte de mi mamá. Confieso que esa vez me dio rabia, sentí que si mi mamá hubiera estado viva, mi tata me habría querido menos y esa sensación me molestó. Cuando mi abuelo se enfermó, yo ya tenía trece y entendí a qué se refería.

Mi tata no habló nunca más del cariño que me tenía. No lo necesitábamos ninguno de los dos. Me esperaba en la vereda cada vez que yo salía, me iba a dejar al colegio todos los días, se aprendió el nombre de mis amigas antes que yo, lo pillaba escuchando admirado mis conversaciones.

Muchas veces lo oí murmurar en la pieza vecina: La niña anda media triste. Mi abuela lo trataba de exagerado y a mí se me apretaba la garganta, porque aunque me había reído toda la comida, no podía engañarlo. Las ganas de llorar no me venían por lo que me preocupaba: una pelea con mis amigas o el rechazo de mis primeros amores. Lo que me emocionaba en esos momentos era la capacidad del tata de ver mi alma.

Bueno, habíamos dejado de lado Platero y yo y ahí estábamos, nariz con nariz, él declarando por segunda vez que mi vida salvó la suya y yo con ganas de decirle que él no solo salvó la mía, sino que la hizo tan feliz.

—Dime ya —repetí tratando de levantar una ceja.

—Mi niña hermosa, apenas me enfermé traté de averiguar todo. No hay huellas, solo algunos sospechosos.

Impostó la voz para decir esto último y no pude seguir fingiendo el enojo. Estaba burlándose de mi tono teatral y dándome de mi propia medicina. Apoyé la cabeza en su pecho, aspiré el aroma de la seguridad y solté una risa fuerte, mientras escondía las lágrimas. Pensé en cuántas veces me había quedado dormida así, recostada sobre su pecho, escuchando historias de su infancia en Galicia, de su largo viaje por mar hacia Argentina en un barco francés, cuando él tenía apenas diez años. Siempre me dormía antes de escuchar cómo llegaron a Valparaíso, hipnotizada por el latido de su corazón y su respiración que hacía subir y bajar mi cabeza. La voz de mi abuelo era firme, ronca, pero a mí me sonaba a miel, y cuando en el colegio me hablaban de Dios yo me imaginaba que tenía su cara, pero con barba. Esa vez su corazón latía despacio, desordenado, y la frase con que se burló de mi pregunta fue un lento susurro.

Cuando se murió mi abuelo, lo que más me costó fue darme cuenta de que nadie entendía mi pena. Decían «lo siento» y enseguida: «es normal, era viejito» o estupideces por el estilo. Era como si el mundo entero se hubiera vuelto loco. Me compadecían por mi madre que murió cuando yo aún no caminaba, por una ausencia que jamás me provocó dolor, y no me permitían llorar por mi tata, el hombre que me había amado más que a nada en el mundo. Nadie me dejó llorar tranquila. Ni siquiera mi abuela. Ella, como los demás, creía que el cariño se medía por la ubicación en el árbol genealógico.

Mi abuelo me quitaba la rabia que hace unos años se me había metido en el cuerpo, calmaba mis furias con su pura mirada, con el mero esbozo de una sonrisa. Y cuando no estuvo, escondí toda mi tristeza debajo de kilos y kilos de odio contra todos. Escribí varias veces en mi diario: No quiero a mi madre, jamás la quise, nunca la conocí. No la quiero, no la extraño, no la lloro.

La odiaba. Y era la pura verdad.

3

Rodrigo Lorca cree que es el Brad Pitt del colegio. No lo soporto. Todas lo contemplan a la entrada y a la salida como si fuera un fenómeno humano. Tiene lindos ojos, lo reconozco, no muy distintos a los de los otros mil quinientos alumnos del colegio, en todo caso. Son dos. No es para quedarse cuchicheando en grupitos risueños hasta que pasa por la puerta de ida o de vuelta. Son tan obvias mis compañeras... actúan una conversación graciosa, lanzan carcajadas, hablan muy fuerte cuando pasa por el lado y luego disuelven el grupo. Qué vergonzoso esfuerzo histriónico, qué poca creatividad. Esa indignidad femenina me desespera, no tienen el más mínimo orgullo o algo parecido a una estrategia real, sutil, inteligente.

No me gusta Rodrigo Lorca. Algo me molesta en su boca, en sus dientes, en su pera. Algo no encaja bien en su cara. Tal vez sea su mandíbula poco acentuada. Me gustan los hombres de mandíbula cuadrada y muy marcada. Ir por él fue un tema de liberación femenina. Quería demostrarles a unas veinticinco compañeras de colegio cómo se conquista a un hombre de forma inteligente, sin risitas ni miradas obvias.

Pensaba en posibles estrategias de seducción mientras observaba una manchita con forma de corazón que está en el techo de mi pieza y trataba de estudiar matemáticas. Para ser precisa, analizaba la posibilidad de hacer una revista de deportes del colegio y dirigirla. Lorca era una de las estrellas de fútbol y de seguro caería en las redes de su entrevistadora. Entonces, escuché el grito de mi abuela. No me levanté de inmediato porque pensé que se había quemado o exageraba por algo como siempre, pero después del grito todos los sonidos se detuvieron. Conté hasta cuatro.

Estaba boca abajo en la cocina, con los pies doblados de modo extraño. La di vuelta, le golpeé las mejillas un par de veces, la llamé muchas más. Le tiré un vaso de agua helada en la cara y finalmente apoyé mi oído derecho en su pecho, luego el izquierdo. Solo podía oír el latido de mi propio corazón dentro de mi oreja presionada. Marqué el número del servicio de emergencias que aparecía en el magneto del refrigerador. Era uno de los mejores servicios médicos a domicilio; mi abuela lo había contratado hacía dos años, preocupada por mi abuelo. Lo alcanzó a usar varias veces hasta que ya no fue necesario.

Llegaron nueve minutos después de mi llamada, cuando ya no había nada que hacer.

Me pidieron que ubicara a algún pariente para que se hiciera cargo de los trámites. En ese minuto, me di cuenta de que estaba sola, absolutamente sola. Mi madre era hija única y yo también. Mi abuela hija única y mi abuelo también. Solo había primos lejanos de mi madre que alguna vez divisé en un asado, no recordaba ni sus nombres.

Como no dije nada, porque tenía la cabeza ocupada recorriendo todos los nombres que conozco, los paramédicos fueron donde el vecino. El señor Hernández llegó con la servilleta de la comida en la mano, desabrigado, corriendo. Me dieron ganas de decirle que la emergencia ya había terminado, que podría haberse limpiado la boca antes de venir.

Volví a mirar a mi abuela. Rosa Valderrama. La habían acomodado de espaldas y la habían tapado con una manta hasta el cuello. Ahora sí se había muerto mi mamá. Se alejaron las voces de los paramédicos y de Hernández, aunque todos seguían ahí, hablando por encima de mi cabeza como si hubiera cosas importantes que hacer. Me agaché a ordenarle un poco el pelo, se lo había cortado esa semana, le saqué las dos argollas que llevaba en la mano izquierda y le dejé los aros que le había comprado a alguien en su taller esa misma mañana. Estaba contenta y trató de contarme detalles, pero yo estaba preocupada por la prueba de nivel de matemáticas y el tema de Lorca, así que me fui a la pieza en la mitad de su cuento y la dejé retándome por mal educada.

Le tomé las manos; estaban tibias todavía. No lloré sobre su pecho como cuando murió mi abuelo. No pude, solo pensé que no se podía vivir sin la abuela Rosa, eso pensé toda la noche. En eso, en mi tata, en mi mamá y un poco en el idiota de Lorca.

4

A las pocas horas, no sé si de noche o de madrugada, llegó la Juana. Siempre la quise y jamás la había sentido tan necesaria. A esas alturas, era mi única familia. Me dio un abrazo apretado y sin aguantarse dijo:

—¿Y ahora qué va a ser de usted, mi niña? No quiero que se la lleven al Sename.

La Juana lloraba y yo le contesté, triste y enojada: gracias por el consuelo.

Y aquí estamos ahora, juntas, a dos horas del funeral.

Cuando murió mi abuelo, el dolor fue rápido y claro: un combo entremedio de mis pechugas y un nudo que me estranguló la garganta por meses. Lloré, lloraba todo el tiempo, salía fácil. Ahora es diferente; siento que hay una parte de mi cuerpo o de mi cerebro que todavía no sabe que se murió mi abuela Rosa. La señal de las últimas horas viaja lento a ese lugar muy al interior de mi cuerpo.

Estoy sentada en el living. Sus amigas y la Juana corrieron la mesa de centro luego de guardar la colección de cucharitas de mi abuela e instalaron el ataúd justo al medio de la sala. No he podido separarme de ella. He estado atenta todo el tiempo, mirándola por si se mueve. A ratos creo que respira o que transpira, porque le brillan los poros del bozo. Aprendí esa palabra en la lista de precios del depilado. Siento que en cualquier momento va a abrir los ojos y me va a decir que todo era un gran chiste, va a golpear la ventanita del ataúd y pedirá que la saquen. Siempre se desmayaba de broma y mi abuelo la retaba diciéndole que le pasaría como a Pedrito con el Lobo. Pero ahí se queda esta vez, inmóvil.

Dejó dicho que quería que la velaran en la casa. Aquí están sus amigas del taller de joyas, el cardiólogo de mi abuelo, un par de señoras que reconozco, pero no sé muy bien de dónde. La Juana reparte cafecitos en unas tazas que mi abuela sacaba para las ocasiones especiales. Están casi nuevas. Una de las señoras que conozco de-no-sé-dónde le pregunta, creyendo que no la escucho, qué pasará conmigo. La Juana baja la cabeza y dice que no sabe.

Qué va a saber la Juana. Nadie lo sabe... Mi abuela solo tenía setenta y tres años, estaba sana. Todavía se ve sana.

Siento que estoy adentro de una película. Imagino que en cualquier momento aparecerán tres carabineros y me llevarán a un orfanato y ahí me quedaré, encerrada hasta que mi padre biológico se entere de que existo y busque en todos los hogares hasta encontrarme. Me reconocerá porque tengo la misma mirada de mi madre. El problema se armaría si fue con un donante, que es lo que me sospecho. Entonces, me convendría tener la misma mirada de él para que se reconozca a sí mismo.

No sé qué mirada tengo. La mía, obvio, pero no me parezco a nadie que haya visto, lo que es un buen indicio. Soy la más flaca y alta de mi curso y la más plana, lejos. O sea, igual a mi papá en todo sentido. Esta talla fome es de mi abuelo. El problema verdadero es que, si no me ha buscado en quince años, ¿por qué lo haría ahora?

No debería pensar estas cosas justo el día que me quedé huérfana.

Suena el timbre y ahora son mis amigas del colegio. La Victoria, la Cote, la Flo y la Carmencita. El abrazo de la Victoria me hace llorar por primera vez. Me ofrece que me quede en su casa, igual que los vecinos, pero no quiero. Insiste, insiste y me doy cuenta de que no me dejarán vivir aquí sola, soy menor de edad. Ya no es mi imaginación: tal vez me trasladen a un centro del Servicio Nacional de Menores. Miro a mi abuela y me dan ganas de zamarrearla para que despierte, de retroceder el tiempo como un DVD y saltarme a la escena de anteayer, cuando estaba pensando en Lorca y en las fórmulas de álgebra. Tengo ganas de tocarla, me da nervios ese vidrio que la tapa, ella encerrada ahí y toda esta gente extraña rodeándome.

Me siento.

Me resuena en la cabeza el Sename.

Hace solo unos días, en las noticias, escuché que hay seis veces más posibilidades de morir antes de los dieciocho años si estás en uno de esos centros que si andas vagando en la calle, o algo así. Sé que es donde mandan a los niños criminales y a los huérfanos. Suspiro angustiada y la Victoria parte a buscar un vaso de agua a la cocina. La Juana le dice de lejos que le eche un poco de azúcar; su grito atraviesa el living que estaba sumergido en los murmullos y hace que todos se den vuelta a mirarme. No soporto las caras de compasión sobre mí. Las he visto toda mi vida.

Me levanto de la silla. Alguien trata de seguirme, otro le agarra el brazo como diciendo «deja a la niña». Me dan arcadas. Me encierro en mi pieza. La señal aún viaja lento por mi cuerpo y así me gusta por ahora. Por lo menos decidí una cosa: no dejaré que me saquen de esta casa y prefiero matarme antes de entrar al Sename.

Tomo mi laptop y googleo: Servicio Nacional de Menores. Veo fotos que me aterrorizan, titulares siniestros de abusos y muertes. Busco hasta que encuentro una ley, artículo 269 en adelante, habla algo de emancipación. Parece ser mi única salida: que un tutor o mi padre o mi madre me autoricen a vivir sola o que la justicia me emancipe. Hay un solo adulto vivo ahora, espero, que puede hacer eso por mí. A no ser que la Juana haya sido nombrada mi tutora legal, lo que ya me habría dicho.

Claramente, mi abuela se murió sin plan.

La mataría.

Ja. Heredé su humor negro.

Lo que antes era una mera curiosidad ahora puede ser una necesidad real: encontrar a mi padre biológico. Por qué no me dijiste nada, abuela, ¡¿por qué?! No puedo creer que tú, Rosa, no prepararas algo para esta posibilidad. Aunque siempre me hayan dicho que soy una vieja chica ¡ella era la adulta, por Dios!

Abro la puerta de mi pieza. La Victoria está tan cerca del umbral que al acercarme el vaso de agua me pega en la nariz. Tomo un sorbo por ser buena gente. El agua con azúcar es asquerosa, por eso de seguro despierta a los muertos. Avanzo al baño, boto el resto en el lavatorio y le devuelvo el vaso vacío con un simple gracias. La abuela Rosa me habría dado una agüita de manzanilla. Veo a la Juana que avanza por el pasillo con cara de circunstancias y me dice que van a cruzar el cajón.

Hace un año ya viví esto con mi abuelo. Esta vez será más fácil, porque no tienen que bajar el ataúd del segundo piso. Tener la iglesia al frente es una comodidad para estos efectos. Solo para estos, porque la mayoría de los días odiamos los autos que la gente estaciona sobre nuestra vereda para ir a misa. Nuestra. La palabra entra despacio en mi garganta y me cuesta tragarla. Ya no la usaré más. No es nuestra casa, ahora es mi casa. La primera persona plural baja por mi tráquea tan lento que no sé si lo que tengo es un sollozo atragantado o el agua con azúcar que viene de vuelta. Ya no hay nosotros.

Respiro profundo.

Me distraigo viendo cómo tienen que poner el ataúd de lado para que quepa por la puerta de entrada. Qué amoroso el señor Hernández. Dirige la operación y coopera con los señores del servicio fúnebre sin tener idea que mi abuela le decía «el pasmado». Debe estar arrepentida. Lo siguen las señoras del taller, los papás de mis compañeras y ellas mismas. Me parece que aparecerás en cualquier momento, abuela, apurando la maniobra al final del grupo y llevando los abrigos que se quedaron adentro, pero salen todos y no te veo.

La Juana me obliga a usar un chaleco arriba de mi camiseta, aunque hay un sol esplendoroso. La Victoria retrocede y me toma la mano para cruzar la calle. A veces la odio, sobre todo cuando se hace la amiga demasiado perfecta. En la iglesia esperan varias caras nuevas. Los hombres mayores me dan la mano y el pésame, las señoras cuarentonas me besan en la mejilla, me aprietan el antebrazo o el hombro y algunos caballeros me despeinan como si yo tuviera cinco años. Un joven vestido de viejo, con corbata, abrigo largo y zapatos de cuero, se me acerca para preguntarme si soy Camila. No alcanzo a contestar porque la Juana asiente y me apura tirándome del brazo.

Avanzo hacia el altar por el pasillo central de la iglesia. La Juana tenía razón, hace mucho frío aquí adentro. Veo que están casi todos mis compañeros de colegio y varios profesores. No sé quién les avisó. Tengo la extraña sensación de ser una novia trágica. Me sonríen, me levantan la mano y mueven los dedos en un tímido saludo; incluso sonríen simpáticas las que en el colegio me dicen la huerfanita, la vieja chica o la pantanosa, por lo densa.

Entonces veo algo que me aterra. Se me doblan las piernas. La Victoria y la Juana me afirman de los brazos. Escucho un murmullo y confirmo todas mis sospechas: sentadas en segunda fila están dos mujeres carabineras. Impecables, firmes, mirando hacia el altar. Me esperan. Miro a la Juana, frunzo el ceño y ladeo la cabeza indicando sutilmente a las representantes del orden. Ella levanta los hombros. Es el fin. Solo tengo una salida: irme de la misa antes de que termine. Esto va a ser más rápido de lo que nunca imaginé. Alguna base de datos debe avisarles que una menor de dieciocho años acaba de quedarse sola en su casa y llegan como buitres. Van a agarrarme.

Me instalo en primera fila, el padre Hugo se acerca. Conocía bien a mi abuela así que no tengo nada que contarle. Me da un abrazo rápido. Nunca le caí muy bien, por ser de probeta, yo creo. Apenas se sube al altar, reviso las salidas. La puerta baja de la derecha va a la sacristía. Fui acólito en la etapa mística de los diez años. Y la sacristía tiene una salida que da a un patio interior. Poco directa. La puerta de la izquierda da al estacionamiento y hoy el portón debe estar abierto. Esa es la salida.

Empiezan los cantos y recuerdo por qué estoy aquí. La señal avanza de un tirón y casi toca ese lugar de mi cuerpo que todavía no se entera de la muerte de mi abuela. Rosa Valderrama está dentro de ese cajón, me repito para ver si de una vez la información pincha el punto final. Al mal paso, dale prisa. Pero las carabineras bloquean el camino. Pensar en la muerte de la abuela y en mi futuro en el Sename son demasiadas cosas a la vez; una tiene remedio y la otra no. La abuela habría dicho que me preocupara por la que sí tiene solución, sin duda.

5

Me bautizaron Camila, cuenta el cura, en esa misma iglesia en los brazos de mi abuela madre. Más caras de compasión. Soy la única familiar directa presente. El resto lejano de la familia manda sus condolencias; desde Arica los hijos de un primo mayor de mi abuela y desde Talca, unas hijas de un primo en tercer grado del abuelo. Lo último me lo dice la Juana al oído en la mitad de la prédica. La miro con cara de «por qué se te ocurre hablar de eso ahora» y me dice que llamaron por teléfono y se le olvidó darme el recado. Escucho de nuevo el eco de mi nombre, pero por culpa de la Juana me perdí ese pedazo de la prédica. Empieza un canto y nos volvemos a sentar. Me muevo diez centímetros hacia la izquierda. Cada vez que nos paramos y nos sentamos yo me muevo hacia la salida.

Estoy en primera fila. Todos están mirando si lloro o no, así que debo moverme con cuidado. «Está enterita», escuché que decía una señora al entrar. Y cómo iba a estar, ¿partida por la mitad? Me pregunto si las carabineras me estarán mirando. El padre Hugo saca unas cosas de la cajita que está debajo de la cruz. Yo sabía cómo se llamaba eso, ahora no me acuerdo. Instintivamente tiendo a preguntarle a mi abuela. Al acercarme a la oreja vecina, recuerdo lo que por un segundo olvidé: es la Juana la que está a mi lado. Mi abuela no podrá contestar mis preguntas. Nunca más.

Llega la señal. Filuda como un buen cuchillo, se entierra y le avisa a todas las células que aún no se enteraban: se murió mi abuela. Y algo explota y sale. Me da un llanto con hipo. Un llanto que mezcla el dolor con el miedo. Un llanto que no puedo calmar. En mi mente, resuena con eco esa palabra que tuve que usar una vez en Lenguaje: desamparo. Una palabra que me parecía tan ajena. Desamparo.

El abrazo tierno que me da la Juana me pesa como si fuera un elefante. La Victoria, desde la fila de atrás, aprieta mi mano y yo la necesito para sonarme; además veo entre las lágrimas que se puso máscara de pestaña azul. ¿Quién se arregla así si de verdad está triste por una amiga que perdió a su madre? Es una idiota. Miro las filas detrás de la Victoria. Decenas de pucheros de compasión. Menos las carabineras, que siguen con la mirada firme en el altar.

Me suelto del abrazo de la Juana y de la mano de la Victoria. Tomo pañuelitos y camino a paso rápido por el pasillo, sonándome con la vista abajo. Llego al estacionamiento y milagrosamente estoy sola. Sola.

No quiero separarme de mi abuela, pero es ahora o nunca.

Me limpio algunas lágrimas con la manga y corro por Los Misioneros hacia avenida El Cerro. El tráfico me detiene por unos segundos y aprovecho de ver si alguien me sigue. Nadie ha salido tras de mí. El padre Hugo debe haber frenado a la Juana con un gesto: dejen a la niña sola un rato. Cruzo detrás de un jeep gris que pasa a exceso de velocidad. Algunos guardias de la municipalidad están parados a la entrada del parque. Bajo el ritmo para no delatarme. Soy solo una chica de quince años que camina un poco triste por el parque. Al pasar entre ellos, pongo cara de penas de amor.

—Ese no vale la pena —me grita uno y compruebo que mi actuación resultó.

Entro al Parque Metropolitano por Pedro de Valdivia Norte. Con la caminata, se me ha quitado el frío. Me saco el chaleco y justo pasado el Jardín Japonés dejo la calle para caminar por medio del bosque. Sigo avanzando cerro arriba y a los diez minutos ya puedo ver la iglesia a mis pies. Trato de ver si alguien me busca all ...