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KüYEN

Roberto Fuentes

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Fragmento

Epu

Con mamá tomamos once en silencio, más calladas que de costumbre, así que aproveché de seguir pensando en Luna y en su extraña aparición.

—El domingo viene tu papá —me dijo de pronto, mientras le echaba mantequilla al pan amasado.

Me alegré mucho, porque no lo veía desde Navidad. Se había quedado sin trabajo acá en Santiago y no le quedó más opción que irse al sur, a la casa de mi abuelo, a trabajar en el campo. Decidió irse por eso, pero también porque el abuelo está enfermo y sé que no quiere dejarlo solo.

Traté de no demostrar toda mi alegría, porque mi mamá se pone celosa. Yo los quiero a los dos, pero con mi papá compartimos el hecho de ser mapuche y eso nos une de forma especial. Él siempre me cuenta anécdotas de nuestros antepasados. Cree que es bueno recordar a los que no están para que así se prolonguen sus vidas, pese a que no todas sus historias son alegres... por ejemplo, mi abuela (que era machi) se murió en el parto de su cuarto hijo junto con la guagua. Los hermanos mayores de mi papá se quedaron en Puraquina para siempre después de eso, así que yo veo muy poco a mis tíos, porque a mi mamá no le gusta que viajemos al sur. A veces pienso que le da repulsión la pobreza, ya que ellos siempre han vivido de forma precaria. En las casas de mis primos ni siquiera hay vidrios en las ventanas, solo cartones para tapar el frío.

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Yo nací en Santiago, pero siento que mi verdadera tierra es Puraquina. Me gusta mucho ir a ver a mi familia paterna y disfrutar del bosque, de los cerros, de los animales. Bañarse en el río Toltén es incomparable. Si fuera por mí, estaría ahora mismo allá.

—Me voy a levantar temprano el domingo para recibirlo —le dije a mi mamá.

—¿Vas a hacer tú el pan?

—Sí.

—Mejor, así puedo dormir un poco más —dijo ella y se levantó de la mesa.

Cuando terminé de comer lavé las tazas, ordené la cocina y salí a la calle. Mamá no me dijo nada, porque sabe que me gusta ir a la plaza de enfrente y sentarme bajo el árbol a leer o a contemplar las ramas. Es un nogal muy grande. A veces lo trepo y me acomodo allá arriba a pensar.

Al llegar a la plaza cambié de idea: decidí que volvería a la iglesia. Caminé hasta allá, saludé al padre Ignacio, que estaba regando las plantas del antejardín, y entré.

Luna estaba tomándose el agua bendita de la fuente con la mano.

—¿Todavía estás acá?

—Te dije que aquí estaría, ¿no?

Me di cuenta de que éramos casi del mismo porte, así que pensé que ella también tendría trece. Ambas nos veíamos delgadas y teníamos el pelo negro. El mío más opaco y más largo que el de ella. Yo estaba con unos jeans celestes y una polera violeta (mis colores preferidos) y ella llevaba un vestido verde. Me gusta ese color, para mí representa a la naturaleza y me da calma.

—Algo me dice que te gustan los colores del cielo —me dijo mirándome muy fijo a los ojos, pero no de forma invasiva.

—¿Acaso eres bruja?

Ella sonrió como si le hubiese dicho un chiste.

—Azul, blanco, celeste y violeta son los colores del cielo. Están en tu ropa, así que es fácil de inferir. Antes podía descubrir muchas más cosas sin ayuda... creo que he perdido algunos de mis poderes.

—¿Poderes?

—Así les llaman ustedes, aunque para mí son habilidades naturales... el caso es que antes yo reía y la gente hacía lo mismo.

—¿Les contagiabas la risa como un virus?

—Algo así. Yo reía y la gente se reía conmigo. Ya no me pasa siempre.

—Me confundes.

—A mí me confunde Cristo —dijo y apuntó al altar.

—No me gusta nada esa imagen.

—Pensé que eras católica.

—Te equivocas.

—Quiero aprender de Dios. Necesito hacerlo.

—¿Tú sí eres católica?

—No creo. Me da pena ver a ese hombre crucificado. Hay muchas cosas de las religiones que no entiendo. ¿Tú las entiendes?

—No sé. La gente cree en cosas, en Dios, en dioses, en el paraíso. En el fondo, en algo que trascienda a ellos —expliqué.

—Y entremedio hacen lugares lindos, como este.

—Sí. Se supone que esta es la casa de Dios en la tierra.

—Eso lo he estudiado. He leído acerca del cristianismo en general, pero de todas formas me confundo... de donde vengo no pensamos en esas cosas.

—¿Y de dónde vienes?

—De muy lejos.

—De donde sea que vengas, eres una hija de Dios —dijo el padre Ignacio, que había entrado sin que nos diéramos cuenta y estaba apoyado en el dintel de la puerta. Le sonreímos y nos quedamos calladas—. Tú eres la única que viene para acá cuando no hay misa. Y tú eres nueva en el barrio.

—Llegué hace poco —dijo Luna.

El padre caminó lentamente por el pasillo, pasó por nuestro lado, nos sonrió y se perdió por una puerta ubicada a un costado del altar.

Con Luna salimos de la iglesia y fuimos caminando hasta la plaza. Alonso y Javiera pasaron por nuestro lado y fingí no verlos. Me sé sus nombres porque he oído cuando se llaman entre ellos, aunque jamás me atrevería a hablarles ni a saludarlos. En realidad, hasta ahora solo he hablado con el padre Ignacio y con la señora que atiende el minimarket.

Luna los saludó con naturalidad, pese a que habría apostado que no los conocía, y me confirmó que además de linda es educada: no desentona en el barrio, como yo.

Me pregunté si se daría cuenta de que solo estoy de visita en el condominio, que en realidad vivo en una comuna de esas periféricas y mucho, mucho más pobres...

—¿Qué más sabes de mí? —le pregunté en voz baja mientras ella trataba de encontrar con la vista a un pajarito que cantaba escondido en alguna parte.

—Nada más, cuéntame algo.

—Ya, pero tú me cuentas de ese estudio sobre Dios que estás haciendo.

—Trato hecho... ¿te diste cuenta de que ese niño que pasó a nuestro lado se puso nervioso?

—¿Nervioso? No.

Intenté aparentar que esos chicos no me importaban en lo absoluto.

Küla

A pesar de que recién estaba conociendo a Luna, me inspiraba confianza, así que, sin pensarlo mucho, le conté que con mi madre estábamos cuidando la casa de sus jefes y que el domingo llegaría mi papá del sur.

—Te pusiste triste —comentó, y yo me sorprendí, porque en realidad no había hecho ningún gesto ni cambiado el tono de voz—. ¿Pasa algo?

—Mi papá está en el sur porque perdió su trabajo aquí en Santiago. Y también porque mi abuelo, que vive allá, está muy enfermo.

—Qué triste. Deberías ir a verlo.

—Sí, mi papá se va a quedar acá un par de días y luego pensamos irnos los dos juntos al sur por una semana.

Luna se quedó en silencio y luego me preguntó:

—¿Rezas por tu abuelo?

—Así como reza la gente en la iglesia, no. Más bien pienso en él. Mucho. Y me consuela saber que si algo le llega a pasar estará bien allá, en la Tierra de Arriba.

—¿En el cielo?

—No, en la Tierra de Arriba. No es lo mismo.

—Yo he estado ahí y nunca he visto nada de lo que la gente dice que hay.

—¿Has estado en el cielo?

—En el cielo y en muchas otras partes. Soy una viajera.

La gente cuando miente siempre se delata; a algunos les tirita un párpado y otros pierden el brillo en los ojos. Luna parecía estar diciendo la verdad.

—Quizás eres un espíritu que viene de la Tierra de Arriba y ni tú misma lo sabes.

Se quedó mirando hacia el cielo, pensativa.

—Eso suena muy lindo.

Una abuelita vestida de negro pasó por la vereda del frente y entró a la iglesia. Luego entraron dos abuelas más tomadas del brazo. Todos los miércoles a esta hora hay misa y se llena de ancianos. Hacen vida social primero. Luego rezan, cantan y se ponen de pie o se sientan según lo que les diga el padre. Los he visto muchas veces desde el confesionario.

—¿Por qué no va gente joven a esa iglesia? —me preguntó.

—Tengo una teoría: por un lado, los abuelos tienen más tiempo. Generalmente ya no trabajan ni crían hijos.

—Y están más cerca de la muerte, así que quieren reconciliarse con su Dios.

—Eso mismo. Hace muchos años, en mi pueblo todos participaban de las ceremonias. No era un compromiso, era parte de nuestra vida, como respirar, como comer, como bañarse en el río.

—¿Y ahora?

—La gran mayoría de los mapuche se ha ido a otras tierras y se ha mimetizado con el resto. ¿Conoces ese dicho que dice: «Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive»?

Luna asintió y nos quedamos mirando. La notaba tan distinta del resto que me intrigaba. Parecía una extranjera curiosa y yo también me sentía así, como fuera de órbita. Si bien nací y vivo aquí en Santiago, siempre estoy con la mente en Puraquina.

Seguimos mirándonos y de pronto vi que mi cara entera se reflejaba en sus pupilas.

—Háblame más de ti —le pedí.

—Creo que a ti podría contártelo todo, pero he aprendido a ir de a poco.

—Okey, pero cuando quieras podemos conversar más. De lo que quieras.

—Por ahora solo te diré que nosotros no pensamos en la vida después de la muerte.

—¿Ustedes? —pregunté, y me fijé en un hombre que estaba con los brazos en alto a unos metros de distancia—. ¿Por qué ese señor nos está haciendo señas?

—Es mi papá adoptivo —me dijo Luna con total naturalidad y se puso de pie. Me besó la mejilla y se alisó el vestido verde—. Tengo que ir a comer.

Su papá me saludó y yo levanté mi mano, aunque con vergüenza. No es muy común que me saluden por acá.

Luna se puso a trotar con zancadas ágiles en dirección a él, lo que me pareció rarísimo. Los chicos de nuestra edad ya no corren. En el sur me siento con la libertad de hacerlo, pero aquí no.

Me entusiasmé tanto que empecé a correr yo también en dirección a casa, pero de reojo vi que Alonso estaba asomado en el ventanal de su living y me sentí tonta. Bajé la velocidad y luego caminé con la mirada clavada en el suelo. Un chico alto y rubio pasó en skate a mi lado, silbó y me cerró el ojo con una sonrisa idiota.

No era primera vez que lo hacía, así que lo ignoré como siempre.

Estúpido.

Agilicé el paso y cuando llegué a la casa entré sin voltearme. Mi madre no estaba viendo tele en el living ni planchando en la mesa del comedor, así que me acerqué a la ventana y corrí un poco la cortina para espiar. Crucé la mirada con Alonso, pero solo por un momento, porque rápidamente cerró sus cortinas. La garganta se me secó y fui a tomar agua a la cocina.

—¿Cómo te fue con tu árbol? —me preguntó mi mamá, que apareció detrás de mí como por arte de magia cuando estaba apoyada en el lavaplatos. Ella no puede evitar ser irónica.

—Bien. Hice una amiga —le dije bostezando—. Me voy a la pieza.

—¿Una amiga? ¿Quién? —preguntó tomando con un paño el vaso que yo había dejado sobre el escurridor—. Es temprano todavía para que te acuestes.

—Pero estoy cansada —mentí—. Mañana te cuento de mi amiga. Pun may.

—Buenas noches.

Ya en la pieza, sonreí. Un espíritu maligno me había poseído y me había hecho dejar a mi mamá intrigad ...