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LA CIENCIA POP

Gabriel León

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Fragmento

PRÓLOGO

La vida de un científico gira en gran medida en torno a los artículos, los famosos papers. De hecho, la carrera de uno de ellos puede medirse por el alto de artículos que ha publicado (y en qué revistas lo ha hecho). Y si bien esta forma de evaluar a un científico o académico —ya sea para una promoción o para la asignación de recursos de investigación— está cada vez más cuestionada, es innegable el rol central que los papers siguen teniendo en la vida cotidiana de estos profesionales.

En mi experiencia, antes de cursar el ramo de Biología Celular jamás había visto un artículo científico ni nada medianamente parecido. Estaba en primer año de Bioquímica en la Pontificia Universidad Católica de Chile y me devanaba los sesos tratando de traducir un texto escrito en un inglés demasiado técnico para mi inglés de cancionero, intentando darle sentido a frases que, una vez traducidas, seguían siendo imposibles de entender. Es uno de los recuerdos más vívidos que tengo de mi primer año universitario: sentado en un banco en el patio de la Facultad de Ciencias Biológicas —paper en la mano izquierda, diccionario en la mano derecha y una hoja con apuntes en el suelo— con la mirada perdida hacia la biblioteca, como culpando al bibliotecario por esta tortura en forma de papel. Evidentemente, con el paso del tiempo la lectura de papers dejó de ser un problema y se convirtió en un placer. Era habitual que entre compañeros nos recomendáramos papers como quien recomienda una película o una banda nueva. También era normal que me llevara papers para leer en mis vacaciones o que aparecieran desperdigados por cada rincón de la casa de mis papás. Recuerdo papers que me erizaron los pelos de emoción y otros que destrocé. Algunos, literalmente.

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Los papers, entonces, son el producto final de una investigación científica, artículos que lentamente ayudan a construir el corpus en cuestión con pequeñas —a veces grandes— correcciones, precisiones metodológicas y refinamientos técnicos que expanden un poquito más la frontera del conocimiento. Sin embargo, como relato, los papers siempre han sido demasiado asépticos e impersonales. Y hay buenas razones para que ello sea así, ya que, después de todo, están tratando de contar con gran detalle y precisión los descubrimientos que les ha costado meses —tal vez años— de trabajo. La rigurosidad del lenguaje empleado no es casual, y la inmensa mayoría de los investigadores no puede permitirse una creatividad desbordada.1

Es cierto, pues, que la estructura rígida en la forma de escribir un paper es muy útil para la ciencia, pero desafortunadamente oculta algunos detalles que pueden ser interesantes en otra dimensión. Y es importante no perder de vista un detalle trascendental: la investigación científica es realizada por seres humanos —mujeres y hombres que son absolutamente corrientes— salvo por sus trabajos. Muchos de los estereotipos que existen sobre los científicos vienen de la cultura popular (uno de los mejores ejemplos actuales lo constituye Sheldon Cooper y sus amigos de la serie de televisión The Big Bang Theory) y la idea del científico como personaje excéntrico, socialmente torpe y con intereses extravagantes está presente de manera transversal en la sociedad. Es evidente que existe este tipo de científico excéntrico, torpe y extravagante, pero también con esas características encontramos abogados, artistas, contadores y dentistas.

Para que quede claro, los científicos son personas normales con trabajos no tan normales. Hacen las compras, juegan fútbol con los amigos, lavan la loza, llevan a sus hijos al colegio y hacen asados mientras, en paralelo, tratan de encontrar una cura para el cáncer, entender por qué diablos el universo se expande de manera acelerada o determinar cómo se las arregla el cerebro para almacenar los recuerdos. Los científicos también, como en todas las profesiones, mienten —a veces en cosas muy importantes relacionadas con el trabajo— y cada cierto tiempo nos enteramos de que tal o cual experto ha caído en desgracia luego de ser sorprendido falsificando los datos de alguna investigación. Ciertamente se trata de casos aislados, pero existen. Los científicos no son la reserva moral del mundo ni nada por el estilo: son personas muy curiosas para las cuales entender un poco mejor a la naturaleza y sus relaciones resulta absolutamente fascinante.

Sin embargo, y a pesar de que la investigación científica es realizada por seres humanos —con emociones, sentimientos, ideales y sensibilidades varias—, es imposible adivinar tal origen a partir de la lectura de un paper.

Porque, ¿hay forma de conocer el sentido del humor de James Watson si leemos su famoso paper sobre la estructura del ADN publicado el 25 de abril de 1953? ¿O es posible, siquiera, averiguar si Oswald Avery tenía una personalidad más bien tímida al revisar su trabajo de 1944 en el que describe la naturaleza del principio transformante? O, por último, ¿puede uno percibir el terrible estrés que enfrentaba a diario Frederick Banting a partir de la lectura del paper en el que describe la purificación y primer uso médico de la insulina en 1922? La respuesta: no. Es imposible, básicamente porque esa no es la misión del paper. Estos fueron escritos para comunicar los resultados de una investigación, independientemente del estado de ánimo de quienes participaron ni dándole importancia a los detalles acerca de sus personalidades. Así, nadie imagina enfrentarse a un paper que diga: «La extracción de ADN fue efectuada por el primer autor de este trabajo un día en el que se encontraba particularmente feliz, tras haber salido la noche anterior con aquella chica que tanto le gusta». No viene al caso, ¿no?

Pero, aun dicho esto, sabemos que existen factores externos —como la personalidad de un investigador o el contexto histórico-social de los descubrimientos— que sí son relevantes y afectan a la ciencia. Una bomba cae en Londres y mata a un científico que estaba en camino de resolver un problema fundamental de la biología. Un investigador extranjero entiende mal una instrucción de su jefa y por casualidad descubre un edulcorante artificial. Una mujer muere y sus células se convierten en material de investigación para miles de laboratorios, sin que su familia lo sepa…

Todas estas historias, reales por lo demás, siempre me parecieron fascinantes, pero no son parte de los papers. Es intrascendente estar al tanto de estos datos para repetir un experimento o validar una hipótesis. Pero son dignas de contar. Son algo así como la trastienda de la ciencia.

A medida que pasaba el tiempo comencé a coleccionar estas historias. Cada vez que descubría una nueva, la guardaba e intentaba averiguar tanto como pudiera sobre ella. Muchas veces pasaba días y días investigando y leyendo sobre asuntos que podrían parecer absolutamente intrascendentes, pero de alguna forma sentía que convertían a la ciencia en una actividad realmente humana. A veces miserable y triste, a veces brillante y genial. Menos aséptica, si se quiere. Creo que una parte de mí —la que soñaba con ser escritor pero nunca halló la inspiración necesaria para hacerlo— encontraba en estas historias los elementos narrativos que no estaban en la ciencia. Y no porque no existieran, sino porque rara vez eran contados.

Poco a poco esta colección de historias fue convirtiéndose en una gran historia, aquella sobre los resultados externos y no presentes en la investigación científica. En un «paper entretenido» que todos quisieran y pudieran leer. En la colección de un científico que quería ser escritor, y que lo consiguió, finalmente, contando algunas historias ocultas tras la ciencia.

EL PROYECTO PALOMA

Si bien las palomas poseen cerebros pequeños —no más grandes que la punta del dedo índice—, estudios realizados en los últimos sesenta años han demostrado que son muy buenas al momento de discriminar estímulos visuales complejos y que son capaces de detectar y distinguir cosas tan diversas como cápsulas de medicamentos dañadas o entre un cuadro de Monet y uno de Picasso. Tal cual, palomas entrenadas para diferenciar cuadros de ambos artistas podían diferenciar entre pinturas que nunca antes habían visto (lo que no quiere decir que tengan un gusto refinado, sino que es posible entrenarlas para que aprendan a distinguir ciertos patrones característicos de cada uno). Además, las palomas poseen una prodigiosa memoria visual: pueden recordar más de 1.800 imágenes.

Con estos antecedentes, científicos de Estados Unidos decidieron entrenar palomas a fin de verificar si podían discriminar imágenes tan complejas como las obtenidas en biopsias de tejidos humanos. El análisis de este tipo de imágenes por parte de radiólogos y patólogos requiere de varios años de entrenamiento y, por supuesto, es de gran interés averiguar cuáles son las características más relevantes que permiten diferenciar un tumor benigno de uno maligno.

Los investigadores, pues, entrenaron a dieciséis palomas y las enfrentaron a imágenes de biopsias de tumores de mama previamente examinadas y calificadas por expertos como benignos o malignos. En la fase de entrenamiento, cada imagen era mostrada a las palomas durante algunos segundos. Una vez picoteadas —es decir, vistas por las palomas—, aparecían dos rectángulos a cada lado de la imagen, uno azul y otro amarillo. Cada paloma tenía asignado al azar el significado del cuadrado de color. Me explico: el cuadrado azul podía significar maligno para una paloma, benigno para otra, en pos de evitar el sesgo por color en la elección. Luego, si la paloma elegía el correcto, recibía automáticamente comida. Si fallaba, no recibía nada y tras un rato de descanso volvía a repetir el test con la misma imagen hasta acertar.

Este entrenamiento de ensayo y error con una recompensa de por medio recibe el nombre de «condicionamiento operante». Si bien el uso de estímulos para fomentar conductas deseables se ha utilizado desde hace mucho tiempo, fue un sicólogo de Harvard, B. F. Skinner, quien desarrolló en profundidad las metodologías que permitieran generar un sistema de aprendizaje basado en el reforzamiento conductual (y que, además, inspiró al personaje Seymour Skinner, el director de escuela de Los Simpsons). En concreto, Skinner planteó que el uso del condicionamiento operante como forma de aprendizaje establece que una persona —u otro animal— tiene más probabilidades de repetir aquellas conductas que son acompañadas de un premio o estímulo positivo y, por el contrario, no repetir aquellas que conllevan a una c ...