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LA DAMA DE CRISTAL

Lita Donoso

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Fragmento

Índice

Cubierta

Bienvenidos a la magia

Primera parte. El cristal de la Magdalena

El código Baphomet

Dios proteja a la reina

La historia jamás contada

Un sueño preparatorio

Una noche en Dornes

La calavera de cristal

Segunda parte. El inicio de un nuevo ciclo

La última oportunidad de la Tierra

Los hermanos estelares

La Gran Hermandad de la Luz

Tierra, la madre del Universo

El planeta Mortis

Reunión secreta en Norbu

Inthor, el Exterminador

Viaje al Gran Oráculo

Un plan casi perfecto

Después del Gran Oráculo

Dificultades en el camino

Un encuentro inesperado

Lo único permanente es el cambio

Vientos de guerra

La partida de los 144.000

En busca de respuestas

Tercera parte. En la dimensión del olvido

Recibe antes que nadie historias como ésta

Misión en la Tierra

La sacerdotisa del Fuego Sagrado

Fedra y el Cuervo Negro

El príncipe atrapado

Ismar y los secretos del amor

Una piedra en el camino

Nada se puede ocultar por mucho tiempo

El influjo del amor

Una nueva vida

Fedra contraataca

La luz se impone

Un viaje estelar

El primer guardián

Cuando el discípulo está preparado, el maestro aparece

Obediencia, humildad, libertad

Malas noticias para el reino de la oscuridad

Dos mujeres en alianza

Los observadores del tiempo

Descubriendo las vidas paralelas

Mirando el pasado

Tam-Har, el guerrero

La Iniciación del Silencio

La vida en la Tierra

El guerrero en la montaña

Las enseñanzas

Cuarta parte. Una nueva era

La era de los raza humana

Reflexiones finales

Créditos

Bienvenidos a la magia

Miro por mi ventana y una nube de golondrinas revolotean allá fuera.

Sus diminutos y graciosos cuerpos se recortan contra el azul grisáceo del océano que se abre inmenso frente a mi antejardín. Un encantador guiño de las musas que han de comenzar a guiarme a través de este nuevo viaje: mi séptimo libro.

Ahora se trata de una novela.

Todo surgió cuando me di cuenta de que los derroteros a los que me llevaba mi camino —ese que uno elige en el diario acontecer— estaban transformando mi vida en una experiencia en que la magia, lo sorprendente y lo gratamente inesperado ganaban terreno a las vivencias del mundo de lo cotidiano; esa otra «realidad» que trata de imponerse por el solo hecho de estar encarnados en un cuerpo físico. Por eso seguimos atados a las dimensiones de la materia, lidiando con un ego rebelde que entrega todo el poder al mundo de las apariencias. Pero de eso se trata la vida. De ir haciendo consciente lo inconsciente, visible lo invisible, posible lo imposible, sagrado lo profano, divino lo humano.

Decidí contar una historia digna de ser contada y que tiene que ver con la extraordinaria experiencia relacionada con un misterioso cráneo de cristal que llegó a mí. Un regalo de la vida, un privilegio, una responsabilidad pero por sobre todo un profundo misterio.

Esta es una historia que nos toca a todos de alguna manera.

Está escrita en el género de la «ficción», aunque hace mucho tiempo que dejé de creer en las realidades fantásticas. Todo lo que podemos «imaginar» es algo que ya existe en un mundo paralelo del cual muchas veces quisiéramos rescatar pedazos que nos permitan completar el puzle de nuestras vidas.

Pero a veces las historia superan toda fantasía.

Bienvenidos a la magia del «mundo real»...

PRIMERA PARTE

EL CRISTAL DE LA MAGDALENA

El código Baphomet

Montsegur, Francia, 1244

Las reservas de alimentos ya se habían agotado y aunque la gente estaba hambrienta y con frío, el espíritu de esos hombres, mujeres y niños estaba aún más alto que aquel día cuando tomaron refugio en el imponente fuerte enclavado en Midi, en el sur de Francia. Los Pirineos, con sus picos nevados, aportaban un marco de sublime belleza al sitio en el cual se encontraban por ya casi diez meses.

La noticia de que todo estaba acabado, de que había llegado el momento de entregarse al ejército liderado por el siniestro Huges de Narcis, no causó ni sorpresa ni alarma entre los más de quinientos cátaros que resistían en el fuerte.

Acostumbrados a vivir perseguidos desde la época en que sus ancestros —la antigua dinastía merovingia— fuera exterminada por la Inquisición, sostenían firme su esperanza en que esos momentos de dolor y desolación se transmutarían en una gran victoria en los tiempos en que volverían encarnados en nuevos cuerpos a nuevos tiempos, donde la verdad se impondría sobre la mentira. La humanidad estaba destinada a ser libre. Sabían que los conocimientos y enseñanzas, que hasta esos días se consideraban una herejía, serían las claves de entrada para el encuentro del hombre con la luz de su espíritu.

Conocían su destino y misión, y no estaban dispuestos a renegar del más preciado tesoro que portaban: las verdaderas enseñanzas de Jesús. Estas habían sido traídas desde Oriente a Occidente por la mismísima «Apóstol de Apóstoles», la más amada por el Maestro, su compañera leal y una de las más brillantes y prodigiosas mujeres de la historia: María Magdalena.

Cientos y miles de años de persecución al linaje y descendencia de Jesús y Magdalena, así como también a todos aquellos que se atrevieran a albergar tan nobles verdades en su corazón, eran foco ineludible del ejército de la Iglesia llamada Santa Inquisición, que en el nombre de Dios dio muerte a miles de seres humanos acusados de aceptar dicha herejía.

Es por eso que aquella terrible noche del 16 de marzo de 1244, los líderes naturales del pueblo cátaro se reunieron para decidir qué hacer en la nefasta hora que se avecinaba. Y no era la vida lo que había que cuidar. Para ellos la Vida era eterna, y la muerte no era más que una nueva oportunidad para estos hombres y mujeres que irradiaban una paz y una certeza imposibles de entender desde los conceptos humanos. Sentados alrededor de lo que debería haber sido un cálido hogar —ya no había leña para el fuego—, buscaron la forma para salvar los tesoros que por más de mil años custodiaban. Un Evangelio de Jesús escrito de puño y letra por el Maestro, y cuatro cofres pequeños con reliquias de Jesús, María Magdalena, Sara Tamar y Jesús David, estos dos últimos hijos de ambos. Y, también, uno de los tesoros más preciados y buscados por los inquisidores: el Baphomet.

Ni las más terribles torturas habían logrado que el corazón de los templarios se debilitara y entregara la información del secreto mejor guardado por ellos. El código Baphomet.

Esa noche sin estrellas, los líderes cátaros decidieron qué harían con sus tesoros. La vida misma de cada uno de ellos era valiosa en cuanto pudiera ser usada para hacer prevalecer la Luz del Mundo que estaban en ese libro, en las cuatro cajas y en el Baphomet. Eran muy pocos los cátaros que sabían de aquel legendario tesoro.

Un caballero templario que en aquella noche inspiró con sus palabras a los que allí se habían reunido, compartía con ellos esas últimas horas. A muchos de ellos nunca más los volvería a ver.

De distinguido porte y noble alcurnia, este hombre había dedicado los últimos años de su vida a servir a la Orden del Temple. Conocido por su refinado sentido del humor y una devoción sin límites a Su Señora —refiriéndose de este modo a María Magdalena—, había participado activamente en la protección del pueblo cátaro gracias a sus dotes de estratega. Infiltrado en la curia católica, durante años pudo prevenir los feroces ataques que aquella planeaba en contra de los perseguidos.

Haciéndose de la información pertinente, el hombre enviaba a un oportuno emisario que se encargaba de poner en guardia al pueblo, de tal manera que así lograba huir y evitaba la masacre.

No siempre lo conseguía, pero esa fue la forma en que durante años sirvió protegiendo a los «puros», nombre con el cual eran reconocidos estos cristianos medievales.

—Tengo el honor de compartir esta última noche con ustedes —habló el caballero con los ojos brillantes—. Y debo decirles, una vez más, cuánto me enorgullece haber prestado mi servicio para la noble causa que tan impecablemente hemos llevado a cabo por más de mil trescientos años. Pero ha llegado el momento en que los oscuros darán un golpe certero a cientos de años de paz, cultura y avance en este entrañable sur de Francia. Todos lo sabemos.

»Hemos resistido heroicamente y no podíamos esperar menos de toda esta gente reunida acá. Un pueblo cuyo legado será la base de futuras generaciones que buscarán la vida comunitaria, inspirada en Dios y respetando la naturaleza y la individualidad de cada ser viviente.

»Muchos de nosotros fuimos testigos de lo que ocurrió hace mil trescientos años en el Gólgota, aquel día en que el Maestro frente a nosotros logró la victoria de la Vida sobre la muerte. Nunca nada volvió a ser lo mismo. Nuestra escuela viene de tiempos inmemoriales y es momento de recordar a quienes abrieron e inspiraron nuestro camino: en primer lugar reconocemos a Ana, la gran guía del Monte Carmelo, madre de María y abuela de Jesús.

»Hermanos y hermanas —continuó hablando el anónimo caballero cada vez más emocionado—. La profecía dice que el laurel reverdecerá dentro de setecientos años. Muchos de nosotros volveremos con ojos que verán y oídos que escucharán aquel futuro y magnífico evento. Y hemos de preparar el terreno para que así sea.

»Esta noche, decidiremos quiénes de nosotros, al amparo de Dios y Su Hueste de Luz, se harán cargo de custodiar los tesoros que durante tantos años hemos conservado. Los pondremos a salvo para que cumplan su función en los tiempos que vendrán.

»Estoy feliz y complacido de que me hayáis elegido para custodiar el Baphomet. Mi Vida está puesta en manos de Dios y nada podrá impedir que se cumpla la misión que pone todo en orden definitivo.»

Acto seguido, hombres y mujeres afinaron los detalles de lo único importante para ellos: resguardar los tesoros. Sin mayores discusiones ni preámbulos, se designó a los hombres y mujeres que tendrían la misión de custodiar los más preciados bienes que eran el real objetivo de sus persecutores.

No había ni miedo ni dudas. Ya estaba escrito que los valiosos objetos jamás estarían en peligro. Antes se caerían los cielos, a esperar que los enemigos se hicieran con lo que se había protegido durante milenios.

La partida de los custodios y custodias de los tesoros estaba programada para la medianoche. Deberían bajar de la montaña a escondidas de los centinelas y así alcanzar los caballos que los esperaban en un tupido bosque al que nadie que no conociera sus vericuetos, tenía acceso.

Ya estaba todo preparado. Al día siguiente los que permanecían en la montaña serían conducidos a la hoguera previa interrogación de los inquisidores, quienes por última vez los invitarían a abjurar de su fe. Ninguno lo habría de hacer. Más aún, concurrirían al sacrificio cantando alabanzas a Dios. Hombres, mujeres, jóvenes y niños. Los más pequeños abrazados a sus madres.

Sentados en círculo y tomándose de las manos en silencio solemne, el grupo de hombres y mujeres que allí se encontraban —ignorando el inclemente frío que calando sus huesos no lograba calar sus almas—, comenzaron a pronunciar la oración de la cual obtenían su verdadero poder. El legado del Maestro Jesús, quien lo enseñó durante su ministerio en la Tierra. En esta ocasión, en lugar de usar el occitano, que era la lengua nativa de esa región, decidieron hacerlo en el antiguo arameo, conocido por sus maestros hace dos mil años.

Esa gélida noche, compartieron el pan y el vino cuidadosamente reservado para aquella ocasión, mientras las voces se elevaron estremeciendo cielo y tierra:

PadreMadre, Respiración de la Vida ¡Fuente del

Sonido. Acción sin palabras. ¡Creador del Cosmos!

Haz brillar tu luz dentro de nosotros, entre nosotros y

fuera de nosotros para que podamos hacerla útil.

Ayúdanos a seguir nuestro camino respirando tan solo

el sentimiento que emana de Ti

Nuestro Yo, en el mismo paso, pueda estar con el

Tuyo, para que caminemos como Reyes y Reinas con

todas las otras criaturas.

Que tu deseo y el nuestro sean uno solo, en toda la

Luz, así como en todas las formas, en toda existencia

individual, así como en todas las comunidades.

Haznos sentir el alma de la Tierra dentro de nosotros,

pues, de esta forma, sentiremos la Sabiduría que

existe en todo.

No permitas que la superficialidad y la apariencia de

las cosas del mundo nos engañen. Libéranos de todo

aquello que impide nuestro crecimiento.

No nos dejes caer en el olvido de que Tú eres el Poder

y la Gloria del mundo, la canción que se renueva de

tiempo en tiempo y que todo lo embellece.

Que Tu amor esté donde crecen nuestras acciones.

¡Que así sea!

El despuntar del alba de aquel 16 de mayo de 1244, los «puros», en una larga caravana, bajaron desde su último refugio.

A varios kilómetros de distancia, el anónimo caballero con el corazón destrozado por el destino de sus amigos, vertiendo viriles lágrimas que bañaban su rostro por completo, cabalgó hacia el sur con su preciosa carga, del todo seguro de que lograría su cometido. Él no estaba solo. Siempre le acompañaban presencias luminosas.

Dios proteja a la reina

Castillo de Tomar, Portugal,
50 años después

El caballo exhausto y el jinete con el corazón rebasado de victoria por haber llegado después de cincuenta jornadas de marcha, entraron por el ancho portal de generosa avenida que conducía a la puerta del castillo.

Entró como una tromba buscando a la reina, quien llevaba días a la espera de la llegada de Pierre d’... Había regresado tras de diez años de servir en Francia cumpliendo una tarea a la que se había comprometido solemnemente.

Aún recordaba aquel día cuando el anciano templario lo consideró digno de su confianza para encomendarle una importante misión, aprovechando la amistad que unía a Pierre con Isabel de Portugal. Y ahora ella lo esperaba mientras rezaba en su oratorio personal.

Hacía tres años que había enviudado de Dionisio I. Amada y respetada por su pueblo debido a su profunda religiosidad, espíritu de servicio a los necesitados y acérrima defensora de la paz entre los pueblos, la reina convirtió a Tomar en su refugio favorito, aunque había elegido vivir en el convento Santa Clara-a-Velha. Su gran devoción la hizo acreedora, cientos de años después, de un proceso de beatificación y luego canonización por parte de la Iglesia católica. Hoy es conocida como Santa Isabel de Portugal.

El castillo de Tomar, que se había comenzado a construir en el año 1160 por iniciativa del gran Maestre Templario Gualdim Pais, había sido uno de los más importantes enclaves templarios de la época.

Por allí pasaron cientos de caballeros con el fin de reunirse para proteger a los cristianos que adherían a las antiguas Escuelas de Sabiduría instituidas por Jesús, y traídas a Francia por María Magdalena. Luego fueron conservadas y difundidas por sus hijos, y por los hijos de sus hijos y así sucesivamente hasta el día de hoy.

A esas alturas, ya eran miles los descendientes y seguidores de la arcana cofradía del Santo Grial.

Esta descendencia se había expandido desde Francia hacia el norte, hasta lo que hoy es Inglaterra, Escocia, Irlanda, Bélgica, Alemania y los Países Bajos; y hacia el sur, a España, Portugal e Italia. Esa es la razón por la cual los enclaves templarios se diseminaban por toda Europa y eran el foco de persecución por parte de la Iglesia católica a través de la Inquisición.

Por eso, cuando Clemente V condena abiertamente a la Orden de los Caballeros del Temple, Dionisio I rey de Portugal y esposo de Isabel de Aragón y Sicilia, logró usar su influencia y habilidad negociadora para proteger a la Orden de los Caballeros cambiando este nombre por el de la Orden de Cristo. Con eso, todos quedaron felices y contentos. Como siempre, el que tenía ojos para ver y oídos para escuchar, sabía lo que se guardaba celosamente bajo el nuevo nombre.

—Dios proteja a la reina —saludó el caballero inclinándose ante Isabel de Portugal, al mismo tiempo que besaba su mano derecha—. Disculpad mi triste apariencia, pues no tuve tiempo de darme un baño —se excusó.

—Levantaos. Yo solo sé ver el corazón de las personas, y lo que veo en el vuestro es nobleza y compromiso. Sentaos a mi lado —le dijo señalando una butaca junto a la de ella—. De seguro estáis hambriento y cansado —dijo la reina—, así es que os ofrezco...

—¡Por ningún motivo, Su Majestad! —interrumpió el caballero en un español con acento francés—. El estómago puede esperar, el espíritu no.

Isabel lo miró con profunda gratitud y emoción, pues ella estaba esperando este encuentro hace muchos días. El caballero se había anunciado tiempo antes para compartir con ella «secretos y misteriosos asuntos». Al parecer, había elegido que la conversación fuera en español, ya que ambos dominaban el idioma y cualquier cuidado al respecto nunca estaba de más. Es por eso que también usaron un tono de voz inusualmente bajo. Por aquellos tiempos las paredes tenían oídos.

—Majestad —dijo mirándola a los ojos— tengo que partir recordando la tragedia de Montsegur, y conmemorar a esos seres que ofrecieron sus vidas por amor y lealtad a la Verdad, y hoy están junto al coro de ángeles disfrutando de la gloria de vivir en la Luz.

—Es cierto, mi querido Pierre. Si no tuviéramos la certeza de que así es, no se podría entender tanta barbarie —respondió Isabel, a esas alturas de su vida cansada de la ignorancia y la ignominia en que con tanta facilidad caía el ser humano. De eso ella sabía. Y mucho.

—Tuve la oportunidad de conocer a un venerable que estuvo esa noche junto a los líderes de la comunidad. Todavía me conmueven la entereza y valor con que narró la historia que escuché de su boca. Gentes de bien, de impecable comportamiento hacia todo y hacia todos, que rendían servicio a la vida y a sus semejantes. Absolutamente inofensivos y, por sobre todo, un aporte invaluable a quienes les conocieron y podrían aún haberles conocido —terminó diciendo Pierre d’... con los ojos velados por la emoción.

Y después de un silencio, irguiendo la cabeza, dijo:

—No me duelen ellos, me duelen los ignorantes desalmados que están detrás de un crimen tan horrendo. Ellos mismos sufrirán las consecuencias de sus actos, porque de la Ley Cósmica nadie puede escapar —concluyó.

—Tenéis razón —intervino Isabel—. Además, el legado de los cátaros será imborrable y la profecía se cumplirá. Estaremos todos para celebrar —dijo, poniendo su mano sobre la del Caballero, quien aceptó la dulce contención de la reina en ese pequeño gran gesto—. Ahora contadme, señor. ¿A qué obedece vuestra visita? Vuestro mensaje también decía que solicitabais refugio para alguien.

—Así es, Mi Señora. Paso a relataros los hechos, pues no hay tiempo que perder. Y acercándose más a la monarca, casi hablándole al oído, le co ...