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LA LADRONA DE VESTIDOS

Natalie Meg Evans

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Fragmento

1

París, 1937

La hija de Mathilda salió del edificio de la Continental Telephone Exchange ataviada con un traje verde hiedra cuya sobriedad contrastaba con su juventud.

Un sombrero inclinado y zapatos negros acharolados le daban aires de muchacha con posibles, igual que las medias de seda que le acentuaban la delgadez de las pantorrillas y los tobillos. Llevaba un bolso negro y guantes a juego. Mientras caminaba con brío por la rue du Louvre, las miradas de admiración de los demás transeúntes se topaban con ella…, junto con más de una sonrisa incitadora.

Alix Gower se obligaba a no reaccionar. Dieciocho meses en esa ciudad le habían enseñado que «la mujer estilosa nunca devuelve la sonrisa». Las parisiennes, frías como el témpano, aceptaban las muestras de admiración como algo natural. Estaba aprendiendo a imitar a esas mujeres, a evitar las meteduras de pata que daban demasiadas pistas acerca de las raíces humildes de una persona. Las suyas estaban en Londres, donde había vivido los primeros dieciocho años de su vida.

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Su padre también era londinense, un obrero que había sobrevivido a la guerra pero sucumbido ante la tuberculosis. Su madre era judía alsaciana. Disputada durante siglos entre Francia y Alemania, Alsacia era hogar de gente fatalista. Hogar de refugiados. Aunque no había llegado a conocer a su madre, Alix había heredado de ella el ingenio del fugitivo. Ahora mismo, se escabullía de un turno de trabajo pegada a la centralita de la compañía telefónica. Tenía que hacer un recado por el que podría terminar en comisaría, pero lo llevaría a cabo con el aplomo de una debutante camino del bar del Ritz.

Al llegar a la rue Saint-Honoré aminoró el paso. Le encantaba el exclusivo 1er arrondissement de París, y aunque ya eran las cinco menos cuarto y todavía le quedaba un buen trecho que recorrer, se fue parando en todos los escaparates por los que pasaba. La ropa no era lo único que la atraía. Admiraba las entradas de los hoteles con sus porteros uniformados, los arbolitos en los maceteros, las jardineras con flores. Las pastelerías con sus bandejas relucientes. Había llegado a París hacía dieciocho meses y la explosión de percepciones de la ciudad había despertado sus sentidos.

Había una tienda en la rue Saint-Honoré a la que nunca podía resistirse. Zollinger era un paraíso de bombones artesanos, pirámides de bombones coronados con hojitas doradas y flores glaseadas. Sus favoritos eran los de crema de violeta; habían sido también los favoritos de su madre y eso bastaba para hacerlos apetecibles.

Todo lo que Alix sabía sobre su madre le había llegado de oídas, de modo que acumulaba los datos, sin preocuparse mucho por si eran ciertos o no. Sabía con seguridad que Mathilda se había mudado a Londres a los nueve años y había dejado el colegio a los catorce para entrar a trabajar en un centro comercial, porque tenía los certificados de la escuela, donde indicaba cuándo había llegado y cuándo había dejado los estudios su madre. Y también sabía que Mathilda había trabajado de enfermera durante la guerra. Había una fotografía y un manual para enfermeras que lo demostraban. Aparte de eso, Alix creía que Mathilda había tenido una cintura de avispa, porque había heredado un ajado delantal de enfermera cuyo cinturón describía una circunferencia imposible. Los mensajes y las flores secas que la abuela de Alix guardaba en una caja demostraban que decenas de personas habían asistido al funeral de Mathilda en 1916. Y tenía la fotografía de la boda de sus padres, una instantánea llena de alegría y esperanza. Alix se inventaba el resto. Su abuela, que podría haber dado consistencia a la estructura enclenque de esa historia, había decidido no hacerlo.

Alix contó los francos que llevaba en el monedero y entró en Zollinger. Salió increíblemente más tarde con un paquetito diminuto. Miró la hora. Las cinco y cinco. Saint-Honoré era una avenida larga y tenía que llegar a la todavía más exclusiva rue du Faubourg Saint-Honoré. En una de las tiendas había expuesto un objeto de un valor extraordinario, y, si no se daba prisa, podían retirarlo del escaparate. O venderlo.

Había pagado cara la libertad de esa tarde. «Mémé, quiero decir, mi abuela, se ha torcido el tobillo y tiene que ir al médico —le había dicho a mademoiselle Boussac, su supervisora—. ¿Podría salir antes para acompañarla?» Detrás de la espalda, unos dedos tensos delataban la mentira, aunque la supervisora solo vio a una chica modesta de pelo moreno con los ojos clavados en el suelo. Una chica que no aparentaba los veinte años que tenía, pues parecía mucho más joven, pero que vestía como una modelo de una casa de moda y que hacía bien su trabajo. Que poseía un dominio del inglés que la compañía telefónica necesitaba.

—Si me dice que no, lo entenderé…

Alix levantó los ojos negro azabache, que debían de transmitir auténtica desesperación, porque mademoiselle Boussac suspiró y dijo:

—De acuerdo…

Alix podía terminar antes el turno, pero no le pagarían el tiempo que dejase de trabajar y ese tipo de ausencias no podía convertirse en una costumbre.

—La empresa no puede hacerse cargo de todas las enfermedades familiares. Si llega un día en que no podemos confiar en usted, no nos costará mucho cubrir su puesto con otra persona.

A Alix esas palabras le sonaron a música celestial. Ojalá llegase al trabajo un día y se encontrara con que había otra persona en su puesto. El recado de ese día formaba parte de un plan. Un paso hacia un futuro en el que entraba un piso en una calle peatonal arbolada y la libre expresión de sus ambiciones. Esas ambiciones se le habían adelantado. La esperaban en el número 24 de la rue du Faubourg Saint-Honoré.

—¡No!

Alix plantó el pie en el suelo con rabia. Acababa de llegar al número 24 de la calle. A Hermès, los artesanos de la seda y la piel. El objeto por el que había mentido y sacrificado un sueldo muy valioso estaba donde confiaba que estuviera (en el escaparate), pero enroscado alrededor de las asas de un bolso que a su vez se hallaba apoyado en una silla de montar rematada con delicados pespuntes. Necesitaba verlo extendido.

Lo que tenía que ver era un cuadrado de seda, el primer pañuelo que había salido de la nueva fábrica de Hermès de Lyon. Bueno, por lo que podía apreciar a simple vista, predominaba el color blanco y las costuras de los bordes estaban cosidas a mano. Tenía un estampado de arbolitos, o tal vez fueran arbustos, ruedas y cabezas de caballo, y lo que parecía un hombre con peluca. Repasó de arriba abajo su atuendo. ¿Se atrevería a entrar para pedir que se lo enseñaran?

Su traje les daba mil vueltas a los harapos que llevaban sus compañeras de trabajo, pero no estaba a la altura de los estándares del Faubourg Saint-Honoré. ¿Qué ocurriría si la dependienta le echaba un vistazo y le negaba la entrada? ¿O si adivinaba sus intenciones?

No pasaría eso, se convenció. No era delito querer ver algo nuevo y hermoso. La revista Marie Claire, recién llegada a los quioscos ese mes, insistía en que «la confianza nace de dentro». Pero, claro, lo mismo pasaba con la inseguridad y la indigestión.

El ronroneo de un felino hizo que volviera la cabeza. Un Rolls-Royce acababa de parar, con la reluciente carrocería de color arena dorada. El chófer se bajó y se recolocó los guantes de piel antes de abrir la puerta del pasajero.

Una mujer salió del coche con la gracia de una bailarina. Saltaba a la vista que no era francesa, evaluó Alix. Estaba aprendiéndose el código de etiqueta de la sociedad francesa y sabía que las parisinas ricas se recogían el pelo durante el día. Los tirabuzones de esta mujer caían en una cascada rubia cobriza por debajo del sombrero de piel de zorro. Llevaba los labios pintados de rojo carmín y las cejas perfiladas con dos pinceladas oscuras. ¿Una estrella de cine? Fuera quien fuese, las puertas de Hermès se abrieron ante ella cuando todavía estaba en la acera.

El chófer se llevó un cigarrillo a la boca, abrió un mechero de gasolina y le guiñó el ojo a Alix.

—¿Mirando escaparates, preciosa? Ya somos dos.

Alix lo miró con superioridad y entró en la tienda detrás de la dama.

—¿Mademoiselle?

Una joven dependienta, una vendeuse, le interceptó el paso. Alix percibió cómo la chica tiraba mentalmente de las costuras de su americana, analizaba el tipo de corte. Buscaba los signos secretos de la opulencia. Por supuesto, no los encontró, porque repitió en un tono más severo:

—¿Qué desea, mademoiselle?

—Guantes —respondió Alix sin pensarlo—. Eh… Quería unos guantes. Y un pañuelo para el cuello.

Desvió la mirada hacia el escaparate, pero no se atrevió a desplazarse hacia allí.

—¿Guantes para la temporada de primavera?

—Eh… Sí, marrones.

¿Marrones para la primavera? Ay, ay, ay. La vendeuse le indicó con la mano que se sentara en una silla alejada del escaparate.

—Por favor, sígame, mademoiselle.

A la dama del Rolls-Royce la estaba atendiendo una vendeuse con más experiencia y Alix oyó que exclamaba en inglés pero con acento norteamericano:

—¡Ay, Dios! ¿Así que este es el nuevo retoño del señor Hermès? ¡Todas nos vamos a pelear por tenerlo! Supongo que tiene nombre, ¿verdad?

Alix dudó. Estaban hablando precisamente de ese pañuelo.

—Monsieur Hermès lo ha llamado «Jeu des omnibus et dames blanches» —respondió la vendeuse.

—Alabado sea el Señor, tendrá que traducírmelo.

—Se refiere, madame, a un juego de mesa llamado ómnibus que se practicaba en el siglo dieciocho y a las dames blanches, que son esos carruajes tirados por caballos para las personas de ciudad, a los que también llamamos omnibus. Es un juego de palabras.

—Bueno, pues ese juego supera mi capacidad de comprensión —dijo la dama mientras sujetaba el cuadrado de seda a la luz—. Pero me muero de impaciencia por vérmelo alrededor del cuello. ¿Puedo permitirme un capricho tan valioso?

—En Hermès siempre nos sentimos honrados de poder servir a madame Kilpin.

Alix se acercó un poco. «Madame Kilpin» no era una estrella del cine. Las actrices siempre se hacían llamar «señorita», nunca «señora». Tampoco era la esposa de un diplomático. «Alabado sea el Señor.» En el mostrador había una caja plana abierta, y Alix cayó en la cuenta de que debía de haber más pañuelos como el que buscaba en existencia. Por supuesto que sí. En cuanto se hubo extendido el rumor, las mujeres habían corrido a comprarlo. Un motivo más para asimilar el diseño, los colores. Negro, naranja quemado, azul…

El motivo del carruaje de caballos se repetía en un círculo doble. Alix contó las imágenes y se fijó en la dirección de cada una. El centro era una rueda de damas y caballeros de finales del siglo XVIII alrededor de un juego de mesa. Contó las figuras, memorizó los vestidos y los peinados. Un diseño complejo.

—¿Y quién es usted, Señorita Ojos Grandes? —La norteamericana giró el cuerpo sin levantarse de la silla—. Me está perforando con la mirada.

Alix se apartó.

—Disculpe, lo siento.

Salió despavorida a la calle, pero antes oyó:

—Me atrevería a decir que es periodista y que va a vender una exclusiva sobre mí a la prensa. Qué aburrimiento. Aun con todo, le daría un seis sobre diez por el esfuerzo.

La luz empezaba a palidecer cuando Alix cruzó el Sena por el pont Marie y descendió al quai d’Anjou. Estaba en Île Saint-Louis, la más pequeña de las dos islas que formaban el antiguo centro de París. Saint-Louis era un enclave de calles con encanto y embarcaderos cubiertos de musgo, y Alix se había prometido que algún día viviría en una de sus decadentes mansiones. Había recorrido el camino desde Hermès a toda prisa, propulsada por la humillación. «Un seis sobre diez…»

Sus tacones fueron repicando en los adoquines hasta que llegó a una oxidada barcaza holandesa amarrada a una anilla de hierro. El barco se llamaba Katrijn, aunque a partir de la r el nombre había desaparecido por culpa de una colisión ocurrida hacía mucho. Era el hogar de su mejor amigo.

—¿Paul? —lo llamó—. Soy yo, Alix. ¿Estás en casa?

Dos cabezas rubias idénticas se asomaron por la puerta de la casa-barco, y luego dos niñitas con vestidos de algodón corretearon hasta la popa. Una de las niñas llevaba un violín en miniatura en una mano y el arco en la otra.

Alix saludó a las niñas.

—Lala, Suzy, hola. ¿Está vuestro hermano en casa? ¿Puedo pasar?

Lala, la que llevaba el violín, hizo un gesto con los labios para que no gritara.

—Chist. Está durmiendo. Hoy ha tenido que ir al mercado a las cuatro de la madrugada.

—¿Habéis ido a clase?

—Un rato. Yo fui a clase de violín y Suzy fue a ver a la señorita del habla.

—¿Te refieres a la logopeda? —Alix se echó a reír—. ¿Podéis darme un vaso de vino? Os prometo que no despertaré a Paul.

Le abrasaban los pies y necesitaba sentarse para calmar los pensamientos que se le agolpaban en la cabeza. Las niñas dejaron caer una pasarela…, poco más que un tablón combado. Mientras lo cruzaba, Alix se repitió que no debía mirar al agua, pero nunca podía evitarlo. El destino se empeñaba en que, siempre que estaba en mitad de camino, otro barco pasara a toda máquina y las olas hicieran que el Katrijn se bambolease y diese sacudidas. Podía quitarse los zapatos, pero las medias le costaban el sueldo de media semana…

Un chasquido la obligó a levantar la mirada. Una mano grande se acercaba para ayudarla. El brazo que la seguía estaba bronceado y desnudo. Igual que el torso que había detrás.

—¡Paul, estás desnudo! —exclamó.

—Puede ser —dijo Paul le Gal, y mostró unos dientes fuertes y torcidos—. ¿Has venido para hacer el amor conmigo?

—¡Calla! Las niñas te van a oír.

—No, qué va. Escucha.

De la galera del barco salía una armonía de ruiseñores: Suzy le decía a Lala que cogiera una botella de vino, Lala le decía a Suzy que buscara vasos. Aunque Suzy no hablaba nunca, muchas veces cantaba. Hacía un año que habían perdido a su madre en unas circunstancias desgarradoras, y cuando Alix veía a las gemelas, le recordaban a un par de patitos, que se mantenían a flote como podían en la estela de la tragedia. Nadaban y nadaban porque la alternativa era hundirse.

Paul la ayudó a subir por la borda, la cogió en brazos y la besó mientras ella se sacudía las manchas de óxido de la falda.

—No empieces —lo reprendió—. He venido por trabajo… Tengo una copia, recién salida del horno, pero tengo que pasarla al papel.

—Estaba dormido, pero te he oído en sueños —dijo Paul rozándole la boca.

Tenía veintidós años, no era mucho mayor que ella aunque lo parecía porque su trabajo como transportista en el mercado de fruta y verdura lo mantenía musculado y el tabaco le había vuelto áspera la voz. Alix dejó que la besara, aunque sabía que no era justo para ninguno de los dos. Eran amigos y socios, y ese día había ido a verlo por negocios.

Lo apartó con firmeza.

—Tengo que sentarme ya o se me escapará lo que tengo en la cabeza.

Una mesa circular con cuatro sillas desparejadas llenaba la proa de la barcaza. Paul sacó un asiento, encendió un candil y observó a Alix, que cogió el bloc de dibujo y unos lápices de colores del bolso. La quietud se apoderó de él y le otorgó belleza, a pesar de las cicatrices de la cara y del bulto de la nariz rota.

—Siempre tengo miedo de que encuentres a un rico y te olvides de mí.

—Hoy he visto a una mujer rica —comentó Alix mientras Suzy avanzaba insegura hacia ellos, con unos vasos de vino y una jarra en una bandeja de latón—. Iba cubierta de pieles del mismo color que su coche.

Suzy sirvió el vino con la solemnidad de un maître mientras Lala dejaba dos vasos de leche encima de la mesa, que en realidad era una bobina de cable con las letras «PTT» estampadas en la parte superior. Paul, Lala y Suzy se quedaron sentados en silencio mientras Alix hacía bocetos, y descartaba una hoja tras otra para intentar reproducir de la mejor manera el pañuelo de Hermès. Mentalmente tenía la imagen tan nítida como una fotografía, pero los lápices no la comprendían. Cayó el atardecer. Se encendieron las luces del Hôtel Lambert por encima de ellos, que proyectaron rectángulos como naipes dorados sobre el muelle. En la ribera más alejada, el port des Célestins lanzaba destellos sobre el agua. Su público se mordía las uñas, pero a Alix no le importaba, porque sabía que querían alentarla. Todos estaban cortados con el mismo patrón. Todos eran supervivientes. Lala protegía a Suzy y practicaba mucho con el violín para algún día poder tocar en la calle y pasar la gorra entre los turistas. Suzy cortaba las verduras todas las noches para la cena, subida encima de una caja, hasta que acumulaba una pila enorme de pedacitos del mismo tamaño. Paul trabajaba más horas que un reloj para alimentarlas y que pudieran ir a la escuela. Alix comprendía su tristeza, porque había perdido a su madre al nacer. Perder a quien habías tenido toda la vida debía de ser todavía peor.

—Ah, se me olvidaba… —rebuscó en el bolso hasta encontrar el paquetito de Zollinger—. Uno para cada una, chicas.

Lala y Suzy se quedaron mirando fijamente los bombones hasta que Alix, entre risas, les dio permiso para desenvolverlos.

—¿Puedo oler el papel? —preguntó Paul.

—No tenía suficiente dinero para cuatro. ¿Sabes que las dependientas colocan los bombones uno por uno en el papelito y luego retuercen los lados para cerrar el envoltorio? Es maravilloso… Lo que pasa es que me moría de impaciencia en la tienda y no paraba de dar saltitos de un pie a otro… —Alix mandó callar a Paul cuando este empezó a contestar—. Déjame terminar.

La punta de la lengua le asomaba entre los dientes. Igual que las gemelas que se perdían por lujosos caminos de crema de violeta, ella se perdió en sus pensamientos.

—Sacaré como sea este maldito pañuelo y nos pagarán. ¿Un seis sobre diez? Un día, las damas envueltas en pieles de zorro vendrán a mi tienda y suplicarán que les permita comprar mis diseños.

2

Ya eran casi las nueve cuando Alix cerró por fin el bloc de dibujo, se dio cuenta de cuánto tiempo había estado allí sentada y exclamó:

—Llego tarde, tengo que correr.

Paul la sacó del apuro llevándola a casa montada en la barra de la bicicleta. Alix vivía en la Rive Gauche del Sena, en la rue Saint-Sulpice, en el 6ème arrondissement. Cruzaron el Sena por el pont de Sully y recorrieron a toda velocidad el boulevard Saint-Germain por el centro de la calzada. Alix suspiraba cuando los faros de los coches se abalanzaban hacia ellos. Justo cuando estaba a punto de que le diera un ataque de nervios, Paul giró el manillar para salir de Saint-Germain y se toparon con las agujas finas como patas de mesa de la iglesia de Saint-Sulpice, la parroquia de Alix.

—Paul, puedes… ¡Ay! —Rozó la tapa de una alcantarilla—. El resto lo haré andando.

—¿No quieres que subamos los peldaños de tu casa en bici?

—Muy gracioso. Madame Rey saldría y te molería a palos con la fregona. —La portera del edificio de Alix era un alma en pena que empleaba la fregona más veces como arma de guerra que para limpiar—. Será mejor que me vaya. Mémé estará preocupadísima.

Retrocedió un paso, porque sabía que Paul querría estrecharla en sus brazos.

—Dos minutos no suponen nada para tu abuela.

—No conoces a mi abuela.

El joven soltó un gruñido.

—¿Por qué siempre tengo que despedirme de una puerta cerrada?

Alix le dio un beso fugaz en la mejilla.

—Me avisarás cuando sepas algo del boceto de Hermès, ¿verdad? ¿Lo venderás?

—Se lo llevaré a mi contacto habitual y cruzaré los dedos. —Siempre le decía lo mismo. Sin nombres, sin promesas—. Entonces, ¿buenas noches?

—Buenas noches. Será mejor que vuelvas a casa con las niñas.

Observó a Paul mientras esquivaba dos coches aparcados y se perdía pedaleando entre las sombras de la imponente iglesia.

La puerta del patio de Alix estaba entreabierta. La cerró despacio y olfateó. Orina. Cada vez peor.

Unos inquilinos nuevos acababan de instalarse en los antiguos lavaderos que quedaban detrás del bloque de pisos donde vivía Alix. Algunas veces se entretenía contando los adultos: tenía la impresión de que debía de haber por lo menos cinco familias hacinadas. Los demás residentes se quejaban de los olores a comida de los recién llegados y de sus canciones lastimeras. Alix se sentía intrigada, pero nunca se acercaba a ellos. Hombres de bigote que la miraban con fascinación por debajo de las capuchas, mientras sus mujeres observaban con los ojos como platos entre mechones de pelo negro. Madame Rey los llamaba «alimañas extranjeras»: «No saben ni una palabra de francés, ni tienen intención de aprender».

Alix nunca se sumaba a sus injurias. Si ella hubiera llegado a París con su familia, tampoco habría mejorado demasiado el francés que había aprendido en la escuela. Cuando te dejan tirado en la cuneta sin nadie que pueda lanzarte un salvavidas es cuando te espabilas para hablar un idioma con fluidez. Su empleo en la centralita telefónica exigía un francés claro y correcto, así que en un momento dado, Alix era incapaz de precisar cuándo, había dejado de titubear para empezar a hablar con soltura. Conocer a Paul la había ayudado porque le corregía los errores sin juzgarla, aunque también le había enseñado el habla coloquial de las calles de París y numerosos insultos.

«Si quieres ser experta en un idioma, búscate un amante», fue una de las primeras cosas que le dijo su amigo, acompañando las palabras con una sonrisa pícara.

Al entrar en el portal, Alix susurró su particular oración: «Seis tramos de escaleras. Sagrada providencia, que nuestro próximo piso tenga ascensor». Con suerte, su abuela no se percataría de lo tarde que era. Pero cuando llegó al último descansillo, la puerta de su casa se abrió como un resorte y una voz tildada de ansiedad chilló:

—Vey ist mir, Aliki. ¿No te has dado cuenta de que se ha puesto el sol y ha salido la luna? Casi me tiro de los pelos, pensando que te habrían matado o algo peor… ¿Dónde has estado?

—Lo siento, Mémé. He perdido la noción del tiempo.

En casa hablaban inglés, o lo que Alix llamaba «el inglés de Mémé».

—Siéntate a la mesa. No te muevas. Voy a buscarte la comida. —Danielle Lutzman dejó que su nieta adivinara qué quería que hiciese a partir de esas órdenes contradictorias y luego añadió—: Ya me contarás por qué te has retrasado mientras te tomas la sopa.

Su apartamento, aprisionado en el ático abuhardillado de lo que en tiempos había sido una mansión, no podía ocultar el olor de la cocina. Alix supo al instante que había sopa de cebolla con tomillo, cocinada con caldo de hueso de ternera y espolvoreada con parmesano. Se la serviría con una rebanada de pan tostado…, que a esas alturas ya se habría quedado como una piedra. Había que comérselo recién salido del horno.

Se quitó la americana del traje y la sustituyó por una chaqueta gruesa de lana. Hacía fresco en el piso. El suministro de carbón estaba incluido en el alquiler, y se suponía que la portera tenía que encender la calefacción central dos veces al día, pero en realidad la encendía dos veces al mes, si tenían suerte. En invierno, se veían obligadas a emplear estufas de queroseno, que emitían gases contaminantes. Cuando se quejaban del frío, madame Rey les recriminaba que ya habían gastado la cantidad de carbón que tenían asignada, o aseguraba que la caldera no funcionaba bien. «Mi hijo Fernand la arreglará la próxima vez que pase por aquí», les prometía. Ay, el escurridizo Fernand. La portera les tomaba el pelo, pero tenía poder. Era los ojos y los oídos del propietario.

Alix paseó la mirada por la habitación mientras esperaba la sopa y se percató de que habían bastado diez minutos dentro de la tienda de Hermès para desmontarle los esquemas de lo que significaba la elegancia. Su funcional salita de estar le parecía ahora sorprendentemente lúgubre. El linóleo estaba rajado, las alfombras tan desgastadas en algunas partes que se veía la urdimbre. Las manchas de las paredes eran las reliquias de varias anécdotas deprimentes protagonizadas por el queroseno. El único encanto residía en la modesta colección de cuadros del pintor impresionista Alfred Lutzman, paisajes y vistas de su ciudad natal en Alsacia: Kirchwiller. Mémé las había preservado desde su vida anterior a Londres. Lutzman era el marido de Mémé, el abuelo de Alix.

Alix anhelaba saber más sobre sus raíces alsacianas, pero su abuela se disgustaba mucho si le preguntaba por aquella época. Se limitaba a murmurar: «Fueron tiempos duros, angustiosos» y después cambiaba de tema, o le buscaba alguna tarea a Alix. Con eso solo conseguía que Alix tuviese todavía más ganas de dilucidar quién, y qué, había sido su abuela en el pasado.

Habían llegado a París en septiembre de 1935, extranjeras en una ciudad castigada por los disturbios y el desempleo, con la nerviosa remilitarización alemana justo al otro lado de la frontera. Alix había perdido la cuenta de las veces que le habían preguntado su nacionalidad. La pregunta solo tenía una respuesta correcta: «francesa».

Era inglesa, por supuesto. Alsaciana de origen germánico. Judía, aunque no practicante. Técnicamente podía reclamar que tenía sangre francesa porque Alsacia había sido arrebatada por Francia en 1918. En otras palabras, una mezcla sin una historia convincente que la respaldara. París había sacado a la luz su ignorancia y, harta de las evasivas de su abuela, le había pedido a otra persona que rellenara las lagunas. Había ido a buscar a Raphael Bonnet.

Raphael Bonnet era uno de los diez mil pintores que vivían en París, pero poseía el rasgo distintivo (a ojos de Alix) de haber sido el aprendiz de su abuelo. Tras la repentina muerte de Alfred Lutzman, Bonnet había ayudado a Mémé y a su hija Mathilda a mudarse a Inglaterra, un episodio que su abuela describía como «una amputación sin opio». Alix se imaginaba lo imprescindible que había pasado a ser Bonnet para alguien tan temerosa como su abuela. Mémé hablaba muchas veces de él, con un atisbo de sonrisa en los labios, pero durante los dieciocho meses que llevaban en París no había ido ni una sola vez al estudio del pintor en Montmartre… Y Bonnet nunca iba a visitarlas.

Cuando le preguntaba por qué, Mémé solía contestar: «¡Está ocupado! Siempre está montando alguna exposición, aunque, por supuesto, nunca termina los cuadros cuando toca. ¿Debería perder el tiempo con nosotras?».

«Sí —pensaba Alix—, sí que debería.» Si las personas se caían bien, quedaban para comer o para ir al museo, paseaban por el parque. Alix intuía que Bonnet era una parte de Alsacia que Mémé se había llevado al exiliarse a Inglaterra, donde disfrutaba de su amistad porque representaba un puente entre el hogar que había abandonado y la nueva ubicación en la que siempre sería una extraña. Cuando Bonnet regresó a Francia, las cartas y las postales navideñas mantuvieron viva la llama del vínculo. Y cuando Londres empezó a ponerse peligroso, los pensamientos de Mémé saltaron a París y a su viejo amigo. Después de haberse mudado a París a causa de Bonnet, ahora Mémé se empeñaba en evitarlo con todas sus fuerzas. ¿Por qué? ¿Era porque habían pasado los años y ambos eran una versión más vieja de la persona que el otro recordaba?

De todas formas, seguían carteándose. Las cartas de Bonnet, que Mémé le dejaba leer a Alix, habían alimentado las ganas de la joven de conocer al pintor. Era un hombre irreverente, un poco malicioso, los esbozos que hacía de la gente con las palabras de su mundo eran crueles pero a la vez tronchantes. Salpicaba las cartas con referencias tentadoras a su pasado en Alsacia, y solo lo separaba de ellas el río y unos cuantos arrondissements. París era pequeño en comparación con Londres… Sería una estupidez no ir a buscarlo…, ¿a que sí?

Así pues, una tarde Alix había cruzado el río, se dirigió al norte de la ciudad por las amplias avenidas, tomó callejas cada vez más estrechas y empinadas hasta llegar al barrio parisino que se hallaba en lo alto de la colina: el Butte de Montmartre. Cuando preguntó en un estanco por «¿Monsieur Bonnet, el artista?», le indicaron que se dirigiera a la place du Tertre, a una cafetería a la sombra de una acacia. Quien le informó dijo: «Barba canosa, pintura en el chaleco. Vaya al bar. Estará haciendo guardia».

Cuando localizó al hombre robusto y de barba que encajaba con la descripción y se presentó, el pintor parpadeó durante varios segundos antes de reaccionar y aprisionarla con un abrazo de oso que no le había dado nadie desde la muerte de su padre.

—¿Alix? ¿La nieta de Danielle? ¿La hija de Mathilda? Mon Dieu, ¿quién podías ser si no? Eres igual que Mathilda, ¡y veo al viejo pintor en tus ojos! Escuchadme todos… —Bonnet había invitado primero a sus amigos íntimos y después a toda la taberna a dar la bienvenida a Alix—: Alfred Lutzman ha venido por fin a su casa espiritual encarnado en esta preciosa muchacha. ¡Bebamos para brindar por el milagro!

Un amigo, un pasado, una identidad… Todo de un trago: Raphael Bonnet le contó más cosas sobre Alsacia y su familia en una hora de lo que Mémé le había contado en toda su vida. También le dio a probar el vino tinto y le presentó a una lozana mezcla de modelos de pintor, bailarinas eróticas, músicos y otras personas que él denominaba «artistas del frasco». Borrachos. Todo un despertar para una joven cuya experiencia con el sexo, el alcohol y los hombres podía escribirse en el margen de una entrada de museo.

Bonnet había intentado ir a verlas al piso de Saint-Sulpice en más de una ocasión, pero la abuela de Alix se lo había prohibido.

—Cree que no soy una compañía muy recomendable, y tiene razón. —Señaló con la mano a una multitud de hombres y mujeres arracimados alrededor de un piano en el que un hombre africano tocaba música de jazz con mucha emoción—. Mis gustos la escandalizan, mis amigos la dejarían sorda. Además, sé demasiadas cosas. A tu abuela le gusta que el pasado se quede en el pasado, así que, ya ves… A lo mejor esto es un hola y un adiós.

Pero Alix quería ser su amiga, quería probar más que un traguito de esa vida embriagadora y bohemia.

—No renunciaré a usted ahora que lo he encontrado, monsieur Bonnet —le contestó.

Desde entonces se veían por lo menos una vez al mes. Mémé nunca sospechaba; Alix se aseguraba de que no lo hiciera.

Y cuanto más bebía Bonnet, más hablaba. Gracias a una jarra de beaujolais, Alix se enteró de la apabullante noticia de que Alfred Lutzman no había muerto en la cama; lo habían matado.

—¿Cómo? ¿Quién lo hizo?

Bonnet había empezado a divagar, algo que no solía hacer. Un ataque no premeditado, unos ladrones que entraron en la casa y a los que sorprendió el pintor.

—Mejor no preguntes más… A tu abuela no le gustaría.

Desde luego que no, sobre todo porque Mémé siempre había asegurado que Alfred había muerto de un ataque al corazón mientras dormía. Desde ese primer encuentro, Alix había intentado sonsacarle más información a Bonnet, pero costaba lograr que se concentrara. Sus anécdotas entraban en espiral en los reinos más surrealistas y cambiaban cada vez que le narraba la historia. Saltaba entre unas décadas y otras, soltaba nombres que explotaban como las castañas calientes. A veces decía cosas subidas de tono.

—¿Te acuerdas de la gorda Fiametta, esa encantadora de serpientes que se pasea por aquí con una enorme cesta tapada? ¿Dónde crees que guarda su víbora roja y negra?

Después de una botella de vino o dos, Bonnet siempre intentaba pedirle dinero. Pero, a pesar de todo, Alix le tenía mucho cariño. La escuchaba, la escuchaba con atención. También compartía ilusionado la opinión de Alix: de haber seguido con vida, Alfred Lutzman habría sido un artista puntero de su generación. Según Bonnet, Lutzman había sido el pintor que mejor plasmaba el cuerpo humano de su época. De los cuadros que había en casa de Alix, solo uno mostraba una figura, una niña sonriente cuyas trenzas negras estaban recogidas bajo una cofia de tiesa puntilla alsaciana. El retrato se titulaba Mathilda y era el favorito de Alix.

Mémé la despertó de su ensoñación cuando puso el plato hondo humeante delante de Alix y sacó una silla para sentarse. Sobre la mesa colgaba una lámpara de techo baja, y entre los destellos Alix vio los surcos de las lágrimas en las mejillas de su abuela. Estuvo a punto de soltar la cuchara, pero se contuvo. Con Mémé no había que preguntar nunca directamente por lo importante. La joven señaló con la cabeza la mesa de costura que había cerca, cubierta de seda vaporosa y bobinas de hilo, y preguntó:

—¿Es el bordado de Maison Javier? No paran de hacerle encargos, Mémé. Debe de estar agotada.

—Sí, es mucho trabajo, pero en la vida no he hecho otra cosa que trabajar. Termínate la sopa. Siéntate más cerca de la mesa… ¿Quieres que se te manche la falda? ¿Cómo está el pan? Se habrá quedado duro, ¿no?

—Si lo mojo está bien. Puntadas invisibles, ¿verdad? Cuando se dan las puntadas por el reverso de la seda para que… —Alix dejó la cuchara en el plato—. ¿Mémé?

A su abuela le cayó otra lágrima. Mémé se empolvaba la cara todas las mañanas y todas las noches, para cubrir las marcas de la edad y las imperfecciones, pero el maquillaje se le había estropeado ya y la cicatriz que tenía encima de la ceja izquierda se veía de color blanco.

—¿Tan preocupada estaba porque no volvía a casa?

—Llevo todo el día angustiada.

—¿Por mí?

—He leído en el periódico que cada vez tratan peor a los judíos en Alemania. Tenía primos allí. ¿Qué será de sus familias? Y esa guerra civil en España… ¿Cuántas personas tienen que morir antes de que alguien le ponga fin? Y entonces no volvías a casa, toda la tarde esperándote y no volvías… ¿Por qué te has retrasado?

Alix se sintió tentada de contestar: «Mademoiselle Boussac me pidió que le enseñara a una chica nueva cómo iban los cables», pero se recordó que a sus veinte años ya no tenía edad para mentiras ni evasivas.

—Fui a ver a Paul le Gal. Tomamos una copa de vino en el barco y se me fue el santo al cielo.

—Le Gal, ¿es el chico cuya madre…? —Mémé se mordió la lengua y no acabó la frase—. ¿Has estado a solas con ese mozo del matadero?

—Estaban sus hermanas. Y Paul ya no trabaja en el matadero, grand-mère. —El afectuoso «Mémé» desapareció un instante—. Trabaja en el mercado de Les Halles, descarga fruta y verdura.

—Da igual. Has estado a solas con un mozo de carga cuya madre se ganaba la vida haciendo la calle.

—No es verdad. Sylvie le Gal no era… lo que insinúas. Su negocio se fue a pique, nada más.

Alix siempre sería fiel a Sylvie, cuya sonrisa había alegrado la incertidumbre y la ansiedad de sus primeras semanas en París.

El día que la conoció, iba a una entrevista de trabajo en el boulevard Haussmann y se confundió con las líneas del metro, de modo que salió a la superficie en el quinto pino, cerca de la place de la Bastille. Al borde de las lágrimas (era la sexta entrevista que le salía mal en una semana), se aproximó a la avenida más cercana para mirar cómo se llamaba. No vio la valla publicitaria plantada en la acera hasta que se chocó con ella: «Aprenda a bailar tango en diez semanas». Una cabeza rubia se asomó por la ventana de la primera planta, seguida de un cantarín: «Ya que casi se cae con el cartel de la academia, le daré la primera clase gratis».

Igual que Bonnet, Sylvie era un espíritu libre. Llevaba faldas demasiado ceñidas y camisetas muy escotadas, aunque era de esa clase tan poco común de personas que aprecian a hombres y mujeres por igual. Y nunca se enfadaba si los alumnos se confundían con los pasos. Se limitaba a enseñarles las cosas despacio hasta que las asimilaban. Pero la academia había cerrado, y al tener deudas y dos niñas pequeñas que alimentar, Sylvie se puso a bailar en sórdidos bal musettes y en los clubes de Pigalle. Según Paul, bailaba con hombres y… lo que siguiera después. Lo que siguió después fue un salto desde el puente, lo cual confundió a Alix, porque no lograba relacionar a la alegre Sylvie con la muerte en las gélidas aguas negras del río.

—Las hermanas de Paul querían que me quedase —le contó a Mémé—. Echan de menos a su madre.

Danielle Lutzman no estaba dispuesta a rendirse.

—¿Y qué hará el tal Paul cuando tengan doce años y una de ellas siga sin hablar? ¿Cómo le enseñará a esa niña a ir por la vida si no habla?

—Ya se las arreglará. La gente le dice que las lleve al orfanato de la parroquia. Pero entonces ganaría el río.

—No dices más que tonterías.

Mémé entrelazó los dedos. Como su especialidad eran los bordados finos, siempre se ponía parafina en las manos para mantenerlas suaves e hidratadas, y reservaba parte de sus escasas ganancias para una señora de la limpieza que hacía las tareas más duras de la casa. Por eso, sus nudillos parecían siempre a punto de reventar la fina capa de piel.

—Yo tampoco las llevaría con las monjas —reconoció—. Cuando era joven, fui a Estrasburgo a trabajar en las fábricas de puntillas de encaje. Las monjas venían de visita, pero nunca preguntaban por nosotras, las judías. Solo les importaban las vírgenes católicas. —Mémé dio un golpe en el mantel—. Come. Termínate la sopa.

Alix obedeció.

—Tienes un buen trabajo en la compañía telefónica —dijo Mémé—, dinero fijo todos los meses. Hay posibilidades de que llegues a supervisora y caces a un hombre que vaya a la oficina trajeado, con una casa en un barrio residencial bonito. Y en lugar de eso ¿quieres meterte en un lío por culpa de un mozo del mercado?

—Paul y yo solo somos amigos.

—¡Bah! ¿Beber vino a oscuras es ser «solo amigos»? En mis tiempos no lo era.

—Ahora las cosas son distintas.

—Y hay cosas que nunca cambian. Los hombres cortejan, las chicas se quedan embarazadas y tiran su vida por la borda. Eres lo único que tengo, Aliki. No quiero que te pase nada.

Alix estuvo a punto de confesarle su excursión a Hermès. Ya tenía el discurso preparado mentalmente: «No quiero pasarme la vida metida en el edificio de la compañía de teléfonos. “Un momento, caballero, enseguida le paso, no cuelgue, por favor.” No quiero casarme con un hombre que vista trajes aburridos. Quiero aprender cómo funciona el negocio de la moda y algún día abrir mi propio taller. Ser la nueva Chanel, Vionnet, Jeanne Lanvin… Abrir una tienda en el 1er arrondissement». Bastó echar un vistazo a la mesa de costura para cerciorarse de que su rapsodia sería recibida por unos oídos sordos.

—Quiero entrar en el sector de la alta costura —dijo en voz alta.

—¿Y trabajar jornadas de dieciséis horas para que se te pongan los dedos como garras? —Mémé mostró sus dedos, torcidos como los juncos del río—. Créeme, Aliki, si entras en ese negocio, será como si jugaras a la ruleta rusa.

3

Qué ironía que ahora Mémé le insistiera en que no quería que le pasase nada, reflexionó Alix unos días más tarde mientras cruzaba el Jardin du Luxembourg de camino a su encuentro con Paul. Tenía las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza agachada para protegerse del viento cortante. Al fin y al cabo, no había visto ninguna señal de precaución el día en que Mémé le anunció que iban a mudarse a París.

En julio de 1935, estaban sentadas junto a la mesa de la cocina de su casa en la parte sur de Londres. Hacía un día cálido y pegajoso, y la ventana abierta dejaba entrar el ruido del tráfico de los comerciantes. Además, era la única tarde libre al mes que tenía Alix en Arding & Hobbs, el centro comercial en el que había trabajado desde que había dejado los estudios. Tenía pensado pasar ese tiempo libre en Clapham Common, haciendo bocetos para su portafolio. En esa época tenía la secreta ambición de entrar en la escuela de bellas artes, empezar con clases nocturnas, después pasar a estudiar a jornada completa si podía permitírselo algún día… Y sin saber muy bien cómo, dar el salto a ser diseñadora de moda. Una ambición que no habían alimentado precisamente las palabras de Mémé, cuando le mandó que se quedara en casa para limpiar un cubo de judías verdes que les había dado una vecina.

Mientras Alix les quitaba la brizna y Mémé las troceaba, su abuela le anunció:

—Quiero que nos vayamos a vivir a París.

Alix se echó a reír sin levantar la vista de las judías.

—Lo digo en serio, Aliki. Estoy harta de Londres.

—¿Por qué París?

Mémé sacudió el pelalegumbres.

—El otro día llevé unos cuellos de puntillas a un almacén de Portman Square. ¡La de horas que me había pasado haciéndolos! La encargada de compras, una dummkopf cochina, los cogió como si fueran un puñado de berros.

—¿Qué tiene eso que ver con París?

—En París, a las chicas así no les dan un puesto de encargadas de compras. En París, las chicas así venden berros. Sé que en París seré feliz.

—No es verdad. Allí no conoce a nadie, Mémé.

—Mi amigo Bonnet vive en París. —Entonces Mémé se calló, como si hast ...