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LA MUERTE TIENE OLOR A PACHULí

Hernán Rivera Letelier

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Fragmento

1

El túnel fue descubierto a poco de haber comenzado los trabajos de demolición de la cárcel y a tres meses del traslado de los presos al nuevo recinto penal, construido veinte kilómetros al oriente de la ciudad, al otro lado del frontón de cerros áridos que separa la urbe del desierto.

El acarreo de los internos había sido expedito y sin problemas, salvo por la protesta de los familiares que reclamaban, con justa razón, que ahora les iba a ser más difícil y oneroso ir a visitarlos. Una vez evacuada, la cárcel vieja fue invadida por hordas de obreros que, con sus cascos y overoles, sus herramientas y su pesada maquinaria, comenzaron a derribarla aceleradamente (ya se sospechaba que, pese a los reclamos de las entidades culturales de la ciudad, en sus terrenos se alzaría un moderno mall —otro más—, todo acrílico, acero inoxidable y escaleras mecánicas). Cuando los trabajos de demolición ya iban avanzados y se taladraba el piso ajedrezado de la parroquia, justo detrás de donde había estado el altar mayor, apareció la boca del túnel. La extrañeza que causó el hallazgo entre las autoridades era comprensible: en el largo historial del recinto, que abarcaba ciento seis años desde su inauguración, no figuraba ninguna fuga por vía subterránea. La Estrella del Norte, el más popular diario de la ciudad, envió a cubrir la noticia a un joven periodista recién egresado, que en sus ratos libres escribía poemas.

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«Como aquel día, aparte de los últimos encuentros del campeonato mundial de fútbol —explicaba el novel periodista en su artículo escrito en primera persona—, no se avizoraban grandes noticias para la edición del día siguiente, me dirigí a la cárcel sin el más mínimo entusiasmo, apostando a que el dichoso túnel no era más que un hoyo de unos cuantos metros, sin ninguna trascendencia. En eso me equivocaba rotundamente. Al llegar al recinto, un funcionario de gendarmería acababa de introducirse a inspeccionar el socavón —cuya boca medía noventa centímetros de diámetro— y, al bajar los tres metros de profundidad, vio que el túnel se dividía en dos brazos, uno, el más corto, desembocaba en una de las celdas más cercanas a la parroquia, y el otro iba en dirección norte, como hacia la calle Sucre. Pero este resultó mucho más largo de lo que se pensaba y el gendarme se devolvió. Se van a necesitar algunos dispositivos de seguridad para explorarlo, dijo al salir. Cuando llegaron los cascos, las linternas, las antiparras y los tubos de oxígeno, elementos facilitados por la misma empresa de demolición, se me ocurrió pedir autorización para bajar también a inspeccionar el agujero. Quería ver si esa pequeña aventura me daba para una crónica en el suplemento dominical. No hubo ningún reparo para darme el permiso y, entonces, a la par con el más flaco de los gendarmes —hasta cara de topo tenía el hombre—, me puse los elementos de seguridad y descendimos por el estrecho boquerón. Primero él, yo detrás. Aunque esta parte del túnel tenía un metro y medio de alto —el que daba a la celda no pasaba del metro—, igual de entrada nos recibió una sensación de ahogo y un calor asfixiante. Nos pusimos a recorrerlo de inmediato. Cuanto más nos adentrábamos más sofocante se hacía la atmósfera. Era como ser tragado por una pesadilla. Y mientras el gendarme no dejaba de chicharrear contándome detalles de las ingeniosas tácticas de los presos para deshacerse de la tierra sacada en el excavamiento de túneles, yo caminaba respirando apenas, ahogándome, pensando en mi pobre padre muerto y en su sacrificada vida de pirquinero en los cerros de Vallenar. Después de algunos minutos de andar sin problemas, tuvimos que tomar mayores precauciones: en algunas partes se habían producido desprendimientos de tierra y teníamos que usar la pequeña pala que llevaba el gendarme a la cintura. Más adelante comenzamos a sorprendernos con hallazgos inverosímiles: además de alambres eléctricos (de esos de juegos de luces de Navidad) y rudimentarios elementos de ventilación, encontramos cajetillas de cigarrillos antiguas, botellas de licor y monedas fuera de circulación. Más allá —el hombre la alzó como un trofeo expedicionario— una media de mujer, negra, de esas caladas. Yo descubrí, y me guardé entre las ropas, un trozo de diario de El Mercurio de Antofagasta, editado el 5 de diciembre de 1974. Cuando habíamos recorrido algo así como noventa metros, sudados hasta el ensopamiento, llegamos al final de la excavación. Respirando ansiosamente del oxígeno en tubo, descansamos un rato. La atmósfera ahí, además de calurosa, se había enrarecido hasta hacerse irrespirable. Algo apestaba. La salida estaba sobre nuestras cabezas y la tapaba un cuadrado de madera hecho con algo como tablas de piso. Intuí que ahí estaba el cráter de la noticia. Afanosos, respirando apenas, removimos la tapa entre los dos. Al asomar al exterior y respirar con avidez, tuvimos otra sorpresa: estábamos dentro de una casa, debajo de lo que parecía un enorme catre con somier de alambre. Cuando logramos voltear el catre —de esos antiguos, de bronce, con perillas—, la sorpresa fue mayor: nos hallábamos al interior del otrora famoso y hoy abandonado burdel de la tía Nirvana, más exactamente en la que había sido su alcoba personal. La reconocimos por el color de sus murallas. Era fama que las paredes de los aposentos de la matrona lucían un furioso color fucsia, como mostraban las escasas fotos que los diarios habían logrado captar en los últimos reportajes que hablaban del lenocinio como uno de los más antiguos de la ciudad y, por quedar frente a la cárcel, el más reputado, como decían algunos de sus parroquianos más ingeniosos. Por si nos quedaran dudas sobre dónde estábamos, en la parte alta de un clóset empotrado en la pared, encontramos un cofrecito de madera lleno de fotos de la madame en su época de mayor esplendor: unas, posando junto a una orquesta tropical; otras, rodeada de un ramillete de sus pupilas, todas sonriendo felices a la cámara; algunas del brazo de tipos bien peinados y trajeados, que no se sabía si eran cafiches, delincuentes o políticos de la época. Además, pese al clima de abandono reinante y al tiempo transcurrido (hacía años que la tía Nirvana había muerto), en el aire encerrado del cuarto aún se podían percibir ráfagas del oleaginoso aroma a pachulí, el perfume que la tía obligaba a usar a cada una de sus asiladas.»

2

El Tira Gutiérrez y la hermana Tegualda se encontraban en la terraza del Café del Centro. Eran las once de la mañana. El paseo Prat —baldosas rojas y amarillas, quioscos de diarios y feas esculturas de fierro—, desbordaba de gente corriendo de un banco a otro, de una tienda a otra, de una oficina a otra, cubriendo cheques, pagando cuentas, repactando letras, todo al ritmo estridente de la música de los artistas callejeros —guitarristas, violinistas, acordeonistas—, secundados por el pregón lastimero de los mendigos —cojos, ciegos, mancos— y los gritos destemplados de los predicadores de cara lívida y ojos de zarza ardiente.

En ese torrente de histeria colectiva, las mesas redondas de la terraza del café, bajo la sombra de los toldos de loneta, eran como pequeños islotes de sosiego. El Tira Gutiérrez, los ojos hinchados por el insomnio y el diario abierto sobre la mesa —La Estrella del Norte, martes 8 de julio de 2014—, mordió su tostada con mantequilla y dijo que el caso se venía peludo.

—Oscuro —dijo la hermana Tegualda—. Oscuro como el túnel. Y no se habla con la boca llena, caballero.

—Y parecía tan sencillo como me lo vendió la viejecita del pelo índigo —insistió el Tira Gutiérrez, al acompañar el trozo de pan con un largo sorbo de té.

—Y si mi padre estuviera aquí diría que tampoco se lee el diario en la mesa. Que eso es de comunista.

—Hasta un descuento en mis honorarios me pidió la dulce ancianita —prosiguió impertérrito el Tira.

—Y menos cuando se está conversando con una dama, oiga —remató la hermana tras beber de su cortado y be ...