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LAZARILLO

Alejandro Cabrera Olea

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Fragmento

1

Yo sé que es difícil de creer, pero les juro que es verdad.

Una vez, hace muchos años, tuve un gato que volvió de la muerte.

Lo supe porque lo encontré justo en el momento en que estaba saliendo de su tumba.

Alguien lo había enterrado debajo de un árbol muy alto en el parque que había detrás de los edificios.

Yo tenía nueve años y venía de la escuela.

Había muchas nubes en el cielo.

Era una tarde fría en la «época amarga» de la ciudad.

Digo amarga porque antes hubo una «época dulce».

Voy a contarles, primero, cómo eran las cosas en esa época.

La dulce.

Me llamo Galvarino.

En ese tiempo yo aún no tenía nueve años y vivía en C.I.-145, una ciudad industrial muy pequeña que quedaba como a dos horas en tren de la Capital.

C.I. quería decir Ciudad Industrial.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Y 145 porque había tantas de esas pequeñas ciudades en el país, que un día se acabaron los nombres para bautizarlas y empezaron a ponerles números.

C.I.-145 había sido levantada a los pies de una enorme planta de azúcar.

Ahí trabajaban todos los adultos que vivían en la ciudad, incluidos mi papá y mi mamá.

Había diferencias, eso sí.

Los jefes vivían en casas y los obreros en edificios.

Las casas de los jefes eran pequeñas, pero tenían patio y antejardín.

Los edificios de los obreros estaban todos juntos y la gente los llamaba blocks.

No teníamos patio ni antejardín.

Detrás de los edificios había un parque para nosotros, los hijos de los obreros, con árboles, queltehues, bancos de madera, faroles, senderos y columpios.

También había un gran reloj electrónico que marcaba las horas y los minutos con números muy luminosos y cuadrados.

Este parque se llenaba de niños y chihuahuas.

Chihuahuas, sí, esos perros muy chicos y muy orejones.

En C.I.-145, por una ordenanza de la Empresa, solo estaban permitidos como mascotas los perros chihuahuas.

Casi todas las familias, principalmente las de los jefes, tenían uno.

En la «época dulce» de la ciudad la gran chimenea de la fábrica de azúcar humeaba día y noche.

Por lo mismo, el olor que había en el aire era muy parecido al de un algodón de dulce, de esos rosados y pegajosos.

Y claro, como el aire estaba impregnado de azúcar, todo lo que se encontraba a la intemperie se ponía dulce.

Las ropas colgadas para secarse en los balcones de los edificios, por ejemplo, dulces.

El pelo, las barbas y bigotes de la gente en la calle, dulces.

Las hojas de los árboles, las flores, las plumas de los pájaros, las piedras, dulces.

Pero lo mejor ocurría los días de lluvia.

Tomábamos las gotas de agua dulce directamente de las nubes.

También las chupábamos de los paraguas cuando los adultos llegaban a la casa y los dejaban en la tina del baño para que escurrieran y se secaran.

Y así como había ese olor a almíbar y caramelo, también había sonidos característicos de C.I.-145.

Uno era el sonido de la bocina del tren y del tren mismo, que se escuchaba varias veces en el día y otras tantas en la noche.

Era una bocina aguda que, si uno paraba bien la oreja, tenía tres notas que sonaban al mismo tiempo como si fueran una sola.

Al principio se escuchaban a la distancia, cuando el tren anunciaba que venía llegando a la ciudad.

Luego, a medida que el tren se acercaba a la estación, se iban transformando en algo así como tres trompetas que le ponían a uno los pelos de punta.

Y acompañando a la bocina del tren, se oía el traqueteo de las ruedas de fierro de la locomotora y los vagones.

Primero muy despacito, cuando venía lejos, y después, como un tropel de caballos metálicos desbocados.

Si cierran los ojos, a lo mejor se lo pueden imaginar.

Imagínense también este tren siempre lleno de gente.

A uno le da por pensar que los trenes solo van llenos de día, pero este tren no.

De día y de noche iba abarrotado de pasajeros.

Y no de simples pasajeros como los que se ven en otros trenes del mundo.

Estos eran principalmente obreros.

Cientos, miles de obreros y obreras yendo a sus trabajos aquí y allá.

Yo nunca había viajado en él hasta que me pasó lo que voy a contarles más adelante.

Pero una vez, de puro curioso, fui a la estación a mirar de cerca ese tren que sonaba tan fuerte.

No se imaginan la impresión que me llevé al ver los montones de gente que iban en los vagones, apretujados, sentados, de pie, y casi todos durmiendo.

Otros sonidos característicos que podían escucharse en C.I.-145 eran, por ejemplo:

El graznido de los queltehues que hacían nidos en el pasto del parque.

Los ladridos de los chihuahuas en las casas y departamentos.

Los motores y ruedas de los camiones con remolacha sobre la gran autopista que desembocaba ahí arriba, en la planta de azúcar.

Los pitazos que marcaban los cambios de turno de los obreros.

Las conversaciones de las personas que en la madrugada pasaban por la calle camino a la estación o regresaban de una fiesta.

Sin embargo, por lejos, el sonido más característico de mi pequeña ciudad era justamente el sonido de la fábrica.

De día y de noche, aunque más de noche porque había silencio, nadie en C.I.-145 dejaba nunca de oír el sonido del gran motor de la planta.

Y tanto era lo que escuchábamos esa turbina gigantesca, que con el tiempo podía uno acostumbrarse a eso, y el sonido volverse casi inexistente.

Pero no.

El motor estaba ahí, siempre, como un corazón que late o como el ronroneo de un gato monstruoso y dulce en la cumbre de la colina.

2

Ahora que soy un adulto viejo y flaco he olvidado algunas cosas.

Por ejemplo, no recuerdo muy bien cuándo llegamos a C.I.-145.

Solo sé que mis papás llevaban un buen tiempo trabajando en la planta cuando pasó lo que pasó.

Vivíamos los tres en los blocks de los empleados.

Nuestro departamento era pequeño, pero acogedor.

Y no nos faltaba nada.

Hasta podría decir que éramos felices.

A pesar de sus turnos en la fábrica, pasábamos mucho tiempo juntos.

Ellos se las arreglaban muy bien para eso.

Nunca tenían el mismo turno.

Es decir, si mi papá hacía el turno de la mañana, mi mamá hacía el de la noche.

Y viceversa.

Por lo tanto, yo siempre estaba con alguno de los dos.

Los fines de semana que no trabajaban íbamos al cine o a los juegos del parque.

O simplemente caminábamos por las calles de la ciudad, hablando, riéndonos, tomados de la mano, yo arriba de sus hombros, en fin.

Éramos lo que se dice «una linda familia».

Como prueba de esto había una fotografía en el living del departamento.

En ella estábamos los tres en la última celebración de Año Nuevo que se hizo en la fábrica de azúcar.

Aparecíamos muertos de la risa, con sombreros de fiesta, yo al medio de los dos y atrás los fuegos artificiales.

Todos los años la Empresa daba esa fiesta para sus jefes y obreros.

Armaban miles de sillas y ...