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LENIN Y EL TOTALITARISMO

Mauricio Rojas

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Fragmento

PRÓLOGO

Hace cien años, en 1917, se produjo uno de aquellos hechos que marcarían indeleblemente la historia del siglo XX: después de casi un año de conmociones revolucionarias los bolcheviques, liderados por Lenin, tomaban el poder en lo que había sido el tercer Imperio más extenso de la historia. Se iniciaba así, en las vastas extensiones de la antigua Rusia imperial, una experiencia política sin precedentes que buscaba realizar los sueños de Marx referidos a la creación de un tipo de sociedad cualitativamente diferente a todo lo conocido hasta entonces: el comunismo. El resultado, sin embargo, no fue la instauración de un paraíso terrenal sino el surgimiento del primer Estado totalitario. Al final del día, todo lo que quedó del deslumbrante sueño redentor fue, como bien lo expresó Svetlana Alexiévich en su discurso de aceptación del premio Nobel, «un mar de sangre, millones de vidas arruinadas».

En su momento, también soñé con construir el reino celestial en la tierra. En los círculos en que transcurrió mi juventud revolucionaria no había calificativo más honroso que el de «bolche». Era sinónimo de entrega total a la causa revolucionaria y al partido que la encarnaba. Eso ocurría en Chile a fines de los años sesenta, cuando el país se hundía en una lucha fratricida que terminaría desquiciando a su pueblo y destruyendo su antigua democracia. Yo puse mi granito de arena en esa triste obra de destrucción y lo hice como un «bolchevique», es decir, con absoluta dedicación. Finalmente, ni cambiamos el mundo ni liberamos a nadie. Terminamos como víctimas y como tal nos acogieron generosamente por todas partes. Pero podríamos haber terminado como verdugos, como lo han sido todos aquellos «bolches» que han llegado al poder inspirados por la idea de una transformación total del mundo y la creación del hombre nuevo.

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Por ese entonces estudiábamos a Lenin con pasión. El ¿Qué hacer? y El Estado y la revolución eran lecturas obligatorias de todo buen «bolche». Conocíamos al dedillo los entretelones del II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia realizado en 1903, en el que se fundó el bolchevismo. Defendíamos, con absoluta convicción, el derecho de la revolución a instaurar la dictadura del proletariado e incluso, como Lenin nos enseñaba, a ejercer el terror con el objetivo de alcanzar nuestros grandiosos fines. Al mismo tiempo, criticábamos al estalinismo, pero no por su uso ilimitado de la violencia represiva, sino por ser una supuesta degeneración burocrática del ideal marxista-leninista. Pensábamos que circunstancias adversas habían llevado a la perversión del impulso revolucionario original, hasta convertirlo en un monstruoso Estado en manos de una nueva clase privilegiada. No eran el ideal de Marx ni el de Lenin los que habían fracasado, sino su aplicación bajo condiciones desfavorables que habrían forzado su corrupción. Por ello, el sueño revolucionario seguía vigente y nada había en él que lo ensombreciese.

Solo con el paso del tiempo fui entendiendo la profunda relación que existía entre ideales tan deslumbrantes y una realidad tan penosa. La dificultad fundamental estribaba en comprender cómo del idealismo más ardiente podía surgir tanta maldad y cómo la utopía podía transformarse en terror. Lo más fácil era atribuir esta degeneración a causas circunstanciales o a la perversidad de ciertos líderes, manteniendo así los ideales impolutos. Pero eso fue lo que terminé cuestionando y ello implicó, además, un serio cuestionamiento personal que me obligó a entender que también en ese joven idealista y romántico que había sido se anidaba el potencial para ejercer el mal.

Lo que comprendí es que la bondad extrema del fin puede convertirse en la maldad extrema de los medios, que la supuesta salvación de la humanidad puede realizarse al costo de sacrificar las vidas de incontables seres humanos, que se puede amar a la humanidad en abstracto y despreciar a los hombres en concreto. Esto fue lo que entendí un día, pero no como un problema concerniente a otros, sino como un problema propio pero también de los seres humanos en general. Vi ese potencial de hacer el mal que, de una u otra manera, todos llevamos dentro y que se desencadena bajo ciertas circunstancias y el influjo de ciertas ideas. Vi cómo los hombres se pueden transformar en seres absolutamente inmorales y despiadados respecto del aquí y el ahora con el pretexto de un más allá y un mañana grandiosos. Y vi también cómo dentro del militante revolucionario que un día fui había ido creciendo ese «criminal perfecto» del que nos habla Albert Camus al comienzo de su libro El hombre rebelde, es decir, aquel sujeto que puede matar sin remordimientos ni límites, ya que está convencido de hacerlo en nombre de la razón y el progreso.

Este libro trata justamente de esa asombrosa transformación en verdugos de idealistas entregados plenamente a la causa de crear un mundo nuevo para un hombre nuevo. Sus protagonistas son los revolucionarios rusos y principalmente su gran líder, Lenin. Ellos, los tan admirados «bolches» de mi juventud, quisieron abolir la explotación y la opresión del hombre por el hombre pero terminaron creando una maquinaria de explotación y opresión nunca vista en la historia de la humanidad: el totalitarismo. Ahora bien, lo más importante de esta experiencia histórica reside en la constatación de que su resultado no fue casual: estaba inscrito en la esencia misma del sueño redentor que embriagó a los revolucionarios rusos. Esa es la gran lección que nos deja ese intento de realizar el sueño de Marx y traer el cielo a la tierra.

A un siglo de distancia, nos corresponde no solo recordar una historia trágica sino también extraer de ella lecciones relevantes para nuestro presente y futuro. El sistema creado por Lenin y consolidado por Stalin terminó desplomándose bajo el peso asfixiante de su falta de libertad. Sin embargo, el sueño utópico que propulsó su nacimiento no ha muerto. Como un ave Fénix renace de sus cenizas con nuevos ropajes, pero siempre expresando la voluntad de refundar el mundo y recrear al ser humano. De nuestra imperfección surge la nostalgia de lo perfecto y de nuestras carencias la búsqueda de la plenitud desencadenando, bajo ciertas condiciones, movimientos mesiánicos que pueden terminar, por su afán desmedido de hacer el bien, causando terribles males. Por todo lo anterior es importante rememorar la tragedia de Lenin y sus camaradas revolucionarios. Corrió demasiada sangre y demasiadas vidas fueron sacrificadas en nombre de la revolución como para dejar que su lección sea olvidada.

MAURICIO ROJAS

1 de enero de 2017

INTRODUCCIÓN

Pensamiento y sistema totalitario

No es posible entender a Lenin ni a sus camaradas revolucionarios sin previamente decir algo sobre la utopía que inspiró su accionar y de cuyo impulso surgió la Unión Soviética. Su origen no es otro que Karl Marx y su deslumbrante promesa de una revolución tan radical y definitiva que sería capaz de emancipar al ser humano de todas sus penurias y bajezas. Un nuevo mundo estaba arribando y en los revolucionarios recaía el deber de abrirle las puertas. Era el momento de la lucha y de la entrega generosa, de las grandes causas y el esfuerzo épico. Esa fue la irresistible invitación que cautivó a aquellos jóvenes que se enrolaron en el partido creado por Lenin a comienzos del siglo XX y que, a partir de 1917, se entregaron a la tarea de construir la sociedad de sus sueños. Este es el gran relato, el «escenario heroico»1 en que se inscriben las miles de pequeñas historias que en su conjunto conforman la historia de la revolución bolchevique.

Marx dio forma a una propuesta revolucionaria que giraba en torno a la transformación total no solo del mundo existente sino también del ser humano. La naturaleza humana debía ser rehecha mediante la revolución comunista, surgiendo de la misma un hombre nuevo capaz de forjar una sociedad radicalmente distinta a todas las anteriormente conocidas. Sus palabras junto con las de Engels en La ideología alemana son claras al respecto:

Tanto para engendrar en masa esta conciencia comunista como para llevar adelante la cosa misma, es necesaria una transformación masiva del hombre, que solo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución, y que, por consiguiente, la revolución no solo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que está hundida y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases.2

El hombre, producto de esa «transformación masiva» («eine massenhafte Veränderung der Menschen» es la expresión usada por Marx y Engels) hecha posible por su propia acción revolucionaria, estaría en condiciones de fundar una sociedad cuya característica esencial sería la unidad absoluta del hombre con su especie o, para decirlo en términos hegelianos, el fin de toda separación entre las partes —los individuos— y el todo —la sociedad o comunidad—. Con ello se conforma una «sociedad total», totalizante y totalitaria en el sentido estricto de la palabra, es decir, una sociedad-comunidad donde individuo y colectivo se funden en una unidad que todo lo abarca. De esta manera, Marx y Engels le otorgan nueva vida a aquella vieja utopía de corte mesiánico que anunciaba el advenimiento de un reino celestial en la tierra, poblado por hombres nuevos surgidos de una hecatombe, que los depuraría y los pondría en condiciones de habitar ese reino de armonía y comunidad sin límites.

La promesa redentora, elaborada en La ideología alemana y en otras obras de Marx y Engels, encontró con el tiempo miríadas de seguidores entusiastas. Entre ellos, los revolucionarios rusos encabezados por Lenin serían los primeros en disponer del poder necesario para intentar la renovación total del hombre y la sociedad. El resultado fue, en parte, absolutamente congruente con la utopía de Marx, ya que efectivamente se creó la primera sociedad total o totalitaria del mundo contemporáneo. Al mismo tiempo, ni de cerca se cumplieron sus promesas de armonía, reconciliación y felicidad: del sueño del reino celestial sobre la tierra surgió un régimen político de una brutalidad sin precedentes. Este desencuentro entre ideal y realidad ha llevado a muchos a sostener que entre la utopía comunista de Marx y la realidad del totalitarismo soviético no existiría vínculo alguno. El presente texto sostiene un planteamiento diametralmente opuesto a este intento de desvincular el pensamiento de Karl Marx de la obra de sus seguidores, los revolucionarios bolcheviques.

Ahora bien, si uno de verdad quiere probar, y no solo creer, que entre la propuesta totalitaria de Marx y el sistema totalitario creado por Lenin existe no un simple vínculo ideológico relativamente superficial sino una relación de causalidad, entonces se debe recorrer, paso a paso, un camino que sea capaz de demostrar este vínculo de manera indiscutible, estableciendo la manera concreta en que el ideal de Marx se transforma finalmente en una acción capaz de plasmar esa realidad que podemos conceptualizar como totalitarismo.

Con relación de causalidad quiero decir, para ser más preciso, que las ideas elaboradas por Karl Marx —condensadas en su visión de una futura sociedad o comunidad total, capaz de alcanzar la armonía por medio de la abolición de toda diferencia entre individuo y colectivo— fueron no solo una fuerza impulsora y una condición sine qua non para la creación del sistema soviético, sino un componente esencial del mismo. Con ello no se quiere desconocer la multiplicidad de condiciones, factores e influencias que debieron contribuir para que fuera posible la creación del primer sistema totalitario, es decir, donde se emprende la destrucción sistemática de toda vida social independiente del colectivo representado por el partido-Estado. Esa multiplicidad de factores existe y será destacada en las páginas que siguen, pero estos elementos no pueden explicar el resultado alcanzado, es decir, la formación de la Unión Soviética, sin incluir su componente ideológico, constituido por las ideas que inspiraron el accionar de los revolucionarios rusos.

El propósito de este libro es mostrar que el totalitarismo, en tanto sistema social, no es más que el intento de realizar en la práctica aquella idea referida a una sociedad-comunidad sin divisiones ni conflictos internos, donde el hombre se convierta en lo que Marx definió como «individuo total» (totalen Individuen) o también «ser-especie» (Gattungswesen), sin derechos, propiedad o intereses que lo separen del colectivo.3 Esto hace del concepto de totalitarismo un fenómeno más amplio que su expresión de origen marxista, que es solo una de las propuestas ideológicas que intentaron realizar esta fusión del individuo con el colectivo. El nacionalsocialismo fue otra variante del mismo fenómeno, tal como lo es en la actualidad el fundamentalismo islamista. Esto no quiere decir que el sistema totalitario —ya sea el soviético u otro— haya logrado de hecho la destrucción de toda vida social independiente y con ello el control absoluto sobre el individuo. Esto es algo que debe ser estudiado y determinado en cada caso. Lo central de mi definición del totalitarismo reside en el intento sistemático de lograrlo, es decir, en la construcción de un sistema social que se estructura en torno a ese objetivo. Un sistema de esta naturaleza fue el que se construyó en la Unión Soviética y todo indica que llegó a grados verdaderamente asombrosos de control sobre la población y de destrucción de toda vida social independiente.

A partir de esta perspectiva y de las definiciones aquí propuestas, se procederá en este ensayo a estudiar, en primer lugar, la conformación de las ideas esenciales del pensamiento de Lenin, pasando luego al análisis del proceso de construcción del partido totalitario, que es su contribución decisiva al marxismo revolucionario. A continuación me referiré al proceso de formación del sistema totalitario en la Rusia soviética, desde 1917 hasta su consolidación a mediados de la década de 1930. El presente libro comienza, sin embargo, abordando la historia y las condiciones tanto sociales como políticas de Rusia a comienzos del siglo XX. La brevedad relativa de este capítulo introductorio no implica que se pretenda disminuir la enorme importancia de la herencia histórica rusa para explicar lo realmente acontecido. La «Rusia soviética» aquí analizada no puede ser comprendida en plenitud sin tener en cuenta que se trata justamente de eso, de una «Rusia soviética», es decir, una realidad histórica encerrada bajo la palabra «Rusia» que será transformada radicalmente por un proyecto ideológico específico, condensado en la expresión «soviética». El hecho de que se ponga acento en el proyecto ideológico que Lenin hereda de Marx tiene que ver con lo que esta obra pretende demostrar, que no es otra cosa sino la esencialidad de ese proyecto para comprender no solo el surgimiento sino también la estructura misma y el funcionamiento de lo que llegó a ser la Unión Soviética.4

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PREMISAS HISTÓRICAS DEL TOTALITARISMO SOVIÉTICO

El despotismo oriental

Rusia nació y se desarrolló como un país frontera entre Asia y Europa, terreno disputado por pueblos y civilizaciones diversos. Influenciada tanto por el cristianismo ortodoxo como por los descendientes de Gengis Kan, mezcla de formas feudales europeas y asiáticas de organización social y política, Rusia fue hija de la expansión del Principado de Moscú, primero siendo tributaria de los mongoles o tártaros que lo habían sometido durante la primera mitad del siglo XIII y luego, desde 1480 bajo el reinado de Iván III (1462-1505), como Estado de hecho independiente. El primer paso hacia esa independencia fue adoptar una posición intermedia entre los mongoles y los demás príncipes rusos. Los príncipes de Moscú, desde el reinado de Iván I (1325-1340), se transformaron en recolectores de tributos para el Gran Kan y señores respecto del resto de los príncipes rusos. Esto es lo que Marx definió como «esa extraña mezcla de señorío y servidumbre», por medio de la cual los príncipes moscovitas, para finalmente poder derrotar a los mongoles, se vieron en la necesidad de «tartarizar» o «mongolizar» su propio reino.5

Para construir el nuevo Estado de Moscú, Iván I y sus sucesores tomaron como modelo el sistema político de los mongoles, en particular las relaciones de dependencia personal de los súbditos respecto del monarca y la absoluta preeminencia del aparato estatal centralizado. Se crea así una forma de «régimen patrimonial» que, a partir de la descripción realizada por el historiador Richard Pipes, descansaba sobre cuatro pilares: «El monopolio de la autoridad política; el monopolio de los recursos económicos y del comercio al por mayor; el derecho del gobernante a exigir servicios ilimitados de sus súbditos y la ausencia de derechos, ya sea individuales o de grupo; el monopolio de la información pública».6 Es incluso probable que la famosa obschina, la comuna rural rusa considerada por los autores eslavófilos como el rasgo más originario y auténticamente eslavo de Rusia, no sea más que una adaptación, en el curso del proceso que aquí se está describiendo, de formas típicamente asiáticas de recolección de tributos y control social.7 Marx ha resumido este proceso de «orientalización» de Moscú con las siguientes palabras: «Moscú fue educado y creció en la terrible escuela de la servidumbre mongola. Se hizo fuerte únicamente haciéndose un artista en el arte de la servidumbre».8

Es justamente esto lo que le da su carácter complejo e interesante a la lucha de los príncipes de Moscú contra los mongoles y es por ello mismo que, a pesar de que Moscú viese su lucha como un enfrentamiento entre la cristiandad y la barbarie asiática —y aunque sus príncipes asumiesen el título de Zar (César) desde 1547 para marcar su continuidad con el legado de Roma y se proclamasen jefes de la Iglesia ortodoxa—, no es posible ignorar la herencia decisivamente asiática del nuevo Imperio.

Una parte muy significativa de esta herencia reside en la fortaleza e independencia del aparato estatal construido en torno al poder absoluto del zar. Según el historiador económico Alexánder Gerschenkron, es este «papel mucho más independiente del Estado y la subordinación de una gran parte de los procesos económicos al juego de las fuerzas políticas» lo que distingue a la historia rusa del resto de Europa.9 Esto mismo sería expresado por Gerschenkron en otro contexto al decir que en Rusia «el Estado —la así llamada superestructura— ha sido el creador de la base económica, de manera tal que, en realidad, el Estado ha sido la base —la infraestructura— y la economía y las relaciones sociales conectadas con ella fueron, en diverso grado, el producto del Estado y, como tal, una superestructura sobre la base política».10

El fundamento social y económico de la Rusia zarista eran las incontables comunas campesinas en las cuales se organizaba la abrumadora mayoría de una población crecientemente sometida a la servidumbre, hasta la abolición de esta última en 1861.11 La comunidad campesina u obschina no era una organización igualitaria sino que estaba patriarcalmente estratificada y dividida en sectores con acceso diferencial a la tierra y con un peso diverso en el seno de la comunidad. Estos colectivos, que detentaban el derecho al uso de la tierra y la redistribuían con regularidad, respondían como grupo por el mantenimiento del orden social y el pago de los tributos, estando sometidos a los señores de la tierra o directamente al zar. La distribución de la masa campesina entre los señores de la tierra y el zar varió por períodos, pero el zar siempre ejerció el control directo sobre una significativa cantidad de campesinos. Así, por ejemplo, a mediados del siglo XIX, el Estado zarista poseía unos veinte millones de siervos, es decir, alrededor de las dos quintas partes de la población campesina total del país. Aún a comienzos del siglo XX, y con posterioridad a las grandes reformas modernizadoras de Piotr Stolypin, la obschina mantenía su condición de institución dominante al interior del campesinado. En 1915, el noventa por ciento de la tierra perteneciente a los campesinos estaba compuesta por pequeñas parcelas dispersas, cuya utilización dependía de regulaciones colectivas.12

Tal como varios autores lo han señalado —entre ellos Marx y Engels—, existía en Rusia una fuerte interdependencia entre la comunidad campesina y el Estado absolutista, formando una combinación particular de aquel tipo de despotismo que ha caracterizado a muchas de las grandes culturas asiáticas y que por ello mismo ha recibido el nombre de «despotismo oriental».13 Marx, por su parte, usó la expresión «modo asiático de producción» para conceptualizar el fundamento estructural del despotismo oriental.14 En cuanto a Rusia, es justamente la existencia de esta combinación entre comunidades campesinas subyugad ...