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LUCAS Y EL SECRETO DEL ABUELO

Roberto Ampuero

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Fragmento

7

Esa misma noche nos reunimos en La Pajarera. Desde allá se ve el Cementerio de Disidentes, un lugar tranquilo, limpio, aunque sombrío; la luna le arrancaba guiños a las lápidas. Como sus puertas cierran antes del crepúsculo, saltamos el muro para reunirnos en la terraza que da al Pacífico.

Pocos se atreven a visitar el cementerio a esa hora. Temen a los muertos. Quienes no les temen son los satánicos, que celebran misas negras en las noches de luna llena. En sus ritos sacrifican gatos blancos, alaban al diablo, beben pisco y fuman marihuana, y después se van entonando himnos espeluznantes por los callejones del cerro.

Algunos de los Argonautas —no diré quiénes— también le temían al cementerio al comienzo. Es por culpa de las películas de terror que han visto. Imaginaban que de las tumbas se levantarían esqueletos vestidos con andrajos para perseguirnos. En verdad, no pasa nada. No es cierto que los muertos bailen como en el video Thriller, de Michael Jackson.

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Matías ama las flores de los cementerios porque viene del norte, de Calama, una ciudad minera, donde en los cementerios ellas son de plástico. Acá son de verdad. Su madre lo trajo a Valparaíso a los siete años. Tiene una peluquería en la plazuela Ecuador. Matías no conoce a su padre.

—¿Cómo que no lo conoces? —le pregunté, mientras tratábamos de pescar (con disimulo) uno de los peces dorados de la pileta de la plaza de la Victoria. Matías, que es bueno para las matemáticas y tartamudea a veces, tiene varias cañas y una cajita de anzuelos. Su sueño es ir a pescar un día con su padre.

—Pues no lo conozco.

—¿Y cómo que no lo conoces?

—Porque soy hijo del amor —dijo con la cara triste.

No entendí eso de que es hijo del amor y preferí quedarme callado. Se lo consulté después a mamá.

—Tú también eres hijo del amor —respondió ella.

—Pero yo sí conozco a mi papá.

—Claro, es parecido, pero no es lo mismo. Tú y tu amigo son hijos del amor, algo bello.

—¿Y tu papá vive? —le pregunté a Matías en otra oportunidad.

Estábamos solos de nuevo.

—Mi mamá dice que murió antes de que yo naciera —contó—, pero no lo creo.

—¿Por qué?

—Porque yo tengo una foto con él.

—Pero ¿cómo es eso?

—Encontré esa foto en una caja de zapatos entre tarjetas postales, y yo tengo tres años. Mi papá aparece agachado para ponerse a mi altura. Detrás hay un quiosco de diarios. Por los titulares saqué la fecha.

—O sea que no está muerto —comenté.

—O al menos estaba vivo entonces.

—¿No le preguntas a tu mamá?

—Ella me dijo que está muerto para siempre. En fin —agregó con los ojos húmedos—, a lo mejor un día aparece por casa y me lleva a pescar.

Tengo un par de amigos que son hijos de padres divorciados o de madre viuda, pero saben quién es su papá. Un día los Argonautas deberíamos salir a buscar al papá de mi amigo.

Matías tiene otra historia increíble. Cuenta que su abuelo materno se marchó al exilio durante la dictadura, eso hace casi medio siglo. Se fue a Cuba y allá se hizo militar, y lo enviaron a la guerra en Angola, donde se contagió de un mal que lo hinchaba como sapo. Alcanzó el grado de teniente del ejército cubano, y dejó un ojo y tres dedos en la selva.

—Le otorgaron cuatro medallas —contó una noche Matías en La Pajarera—: una por cada dedo, la cuarta por el ojo. Cuando murió, en La Habana, no podían meterlo en el ataúd, tan hinchado estaba.

Esa noche llegó también Max, que es de origen suizo por padre y madre. Jaime, que postulará a la Escuela Naval para ser —como ya dije— submarinista, no apareció ni se disculpó. Tampoco respondió por WhatsApp. Harto raro.

—Me respondieron de El Mercurio que puedo entrar al archivo el miércoles —anunció Matías—. Debo ir sin mochila ni maletín, solo puedo llevar celular, un lápiz y un block de apuntes.

Estábamos en eso cuando llegó un WhatsApp de Jaime.

Los Cíclopes no me dejaron pasar. Me amenazaron con marcarme la cara si seguía subiendo por la escala Mondaca. Volví a casa.

Jaime vive en un edificio frente al mar, en la avenida Altamirano de Playa Ancha. El departamento de sus padres está en el piso veinticinco. Desde allá arriba parece que uno se va a caer sobre Valparaíso.

—Vamos a tener que darles una lección a los Cíclopes —sugirió Max— o terminarán prohibiéndonos hasta pasear por el cerro.

—¿Estás loco? —exclamé yo—. Son muchos.

Me parece pésima idea. Hay como una docena de Cíclopes. Controlan el tráfico de marihuana en varios cerros. Tienen prontuario, pero entran y salen rápido de la cárcel como si nada. Y andan armados. Lo mejor es ignorarlos.

—¿Entonces arriaremos bandera sin presentar batalla? —preguntó Matías.

—Si no les damos guerra, no podremos ni salir a la calle —dijo Max.

—No les ganaremos nunca —dije yo—. Mejor denunciarlos a Carabineros.

—No tienen tiempo para asuntos como esos —dijo Matías—. Mejor nosotros nos encargamos de esos flaites.

Es peligroso. Los Cíclopes usan punzones, navajas y pistolas hechizas. No estudian ni trabajan. Además, cuentan con la complicidad de sus familiares.

—¿Propones armarnos y limpiar la escala? —pregunté.

—¿Y tú prefieres vivir como un ratón, moverte solo por la subida Ecuador y en los minibuses del colegio?

—Tranquilos, amigos —dijo Max, con su calma suiza—. Esta noche no podremos decidirlo. Lo importante es hallar una solución y estar unidos.

8

—Tenemos cita en el archivo —anuncié al recepcionista de El Mercurio. Se lo dije mirándolo fijo a los ojos, con autoridad y voz clara, como me enseñó papá, que no soporta a la gente que no mira de frente a los ojos cuando habla.

En Valparaíso uno puede esperar por lo menos tres respuestas en estos casos: un sí, un no o un déjeme consultar primero. La respuesta será «no» o «déjeme consultar» si uno llega apocado; pero puede ser «sí» en caso de que uno pregunte como si un jefe lo estuviese esperando.

Pues esa treta usamos con Matías para llegar al archivo de El Mercurio de Valparaíso, el diario más antiguo del mundo en lengua española.

Bajamos al sótano y entramos a una galería de paredes de piedra y ladrillo, alumbrada por una luz amarillenta. Detrás de los muros, cuenta papá, está la entrada a la famosa cueva del Chivato, en el pasado escondite de piratas, que desciende a una playa hoy cubierta por la ciudad.

El subsuelo de Valparaíso está cruzado por túneles, como si fuese un queso holandés. Hay túneles tanto en los cerros como en la parte plana, un territorio que fue conquistado al mar y que algún día volverá a recuperar, según mamá, preocupada de que se le inunde su pizzería.

Los planos más antiguos de la ciudad incluyen el trazado de túneles, que ocultan tesoros y esqueletos de piratas, y cuyas entradas busca Jaime desde hace tiempo en los archivos de la biblioteca Santiago Severín.

Estos túneles unen antiguos edificios, cree él. Según un mapa del geógrafo alemán Bernd Leucht, un corredor une El Mercurio con el edificio de la Bolsa, por ejemplo; otro el edificio Turri, que forma una punta de diamante en el centro financiero, con el elegante Banco de Londres; otro la cárcel con el Cementerio Número 2; otro el Palacio de Justicia con la extinta zona roja. Y dicen que existe uno que va del Ministerio de Cultura al monumento a los Héroes de Iquique y la estación de trenes.

El único explorado de verdad es el que baja del sótano del bar Cinzano a la cueva de una antigua playa, donde se hallan los restos de veleros que naufragaron en furiosos temporales del siglo XVIII. La cueva pasa bajo la plaza Aníbal Pinto. Cada 29 de febrero, el dueño del Cinzano autoriza la bajada de poetas por unas escalinatas iluminadas con antorchas a una caverna. Allí recitan sus versos frente a los restos de las naves.

Pero volviendo a El Mercurio, debo contar que allí nos recibió amable un señor panzón y de bigote, con una coleta a lo Keith Richards.

—Los ejemplares de los meses que buscan están en el estante treinta, quinto nivel —anunció—. Usen la escalera para extraer el folio. Solo pueden examinarlos en la mesa.

Caminamos y escalamos hasta dar con el año de publicación.

¡Pero el segundo semestre de 1936 brillaba por su ausencia!

9

Mientras Matías reportaba a Keith Richards la falta de los tomos, me pregunté si tenía sentido hurgar en el pasado. ¿Tenía sentido involucrar a los Argonautas en esa búsqueda que a lo mejor no conducía a nada? Tal vez lo que se fue, se fue nomás, y no hay forma de recobrarlo.

—Permítame molestarlo, señor bibliotecario —dije al rato, cuando vi que no aparecían los tomos del segundo semestre y el asunto se ponía súper aburrido—: ¿Podría mostrarnos la cueva del Chivato?

Matías me miró sorprendido. Debe haberse preguntado si mi idea de llegar al sótano para examinar los diarios de 1936 era solo un pretexto para entrar a la cueva.

—Está prohibido entrar a la cueva —dijo Keith Richards—. El último terremoto causó derrumbes y no hay luz dentro.

—Nos contentamos con ver la entrada —dijo Matías, entusiasmado ante la perspectiva de acercarse a una caverna—. A lo mejor ni existe.

—¡Pamplinas! Es más real que yo. Síganme.

Bajamos por unos peldaños esculpidos en la roca, y fuimos a dar ante una puerta de barrotes oxidados y un gigantesco cerrojo con candado. Más allá todo era negrura.

—Hasta aquí llegamos —anunció el bibliotecario, pero luego extrajo una linterna de alguna parte y dirigió el rayo de luz hacia la cueva.

¡La legendaria garganta del Chivato! Tantas veces había escuchado a papá hablar de ella. Abajo ganaba altura, pero después volvía a estrecharse y seguía descendiendo.

—¿Adónde va a dar? —pregunté.

—A un refugio de piratas —dijo Keith Richards, aferrado a los barrotes—. Este edificio está construido sobre roca y una ensenada que terminó cubierta por derrumbes.

—¿Y dónde está la salida? —preguntó Matías.

—Ni idea —dijo el bibliotecario—. Deben haberla tapiado.

—¿Y los piratas? —preguntó mi amigo.

—Se dedicaban a asaltar los barcos que transportaban oro y plata entre Valparaíso y Callao, y luego enterraban los tesoros en cuevas como estas.

—¿Y aun así nadie se arriesga a bajar? —pregunté.

—Es que la forma de la caverna es endiablada. Parte como túnel y termina como balcón en lo alto de una caverna —Keith Richards sacó un lápiz y un block, y esbozó un dibujo.

Bajo el balcón de roca había un forado inmenso, que a veces inundaba el mar.

—Si bajar es difícil, subir es imposible —sentenció el bibliotecario.

—Y usted, ¿nunca ha querido entrar?

Keith Richards sonrió, se acomodó con una mano la cola de caballo, y dijo:

—Estar cerca de esta leyenda fue una razón por la cual vine a trabajar aquí hace cuarenta años. Creí que en algún momento me iba a atrever a ir por el tesoro. Y nunca lo hice —dijo bajando la voz.

—Pardiez! —exclamé, y pensé que el bibliotecario, como muchos adultos, no era feliz con su vida.

—Todavía puede bajar. Y nosotros lo acompañamos —propuso Matías, que se había entusiasmado imaginando un cofre lleno de monedas de oro y diamantes.

—Ella ha sido mi amiga durante decenios y no quisiera violar su secreto ni cambiar de golpe mi vida. Puedo bajar y convertirme en millonario, pero también en un cadáver.

Matías movió varias veces la cabeza, mirando hacia el fondo de la caverna, que era la oscuridad y el silencio mismo.

—Cuando jubile —continuó el bibliotecario—, extrañaré su aliento a cochayuyo y su rumor profundo. Pero volvamos, que está prohibido venir hasta aquí. Vamos, muchachos, volvamos a la realidad.

Arriba nos esperaba su asistente, que había encontrado los tres tomos que buscábamos. Se los pasó al bibliotecario y se fue.

—Pueden llevarse los tres —nos anunció Keith Richards—. La única condición es que me los devuelvan y no los maltraten. Vengan cuando quieran y les daré todas las facilidades. Pocas veces llegan aquí escolares interesados en investigar la historia de la ciudad.

Con Matías salimos a Esmeralda cargando felices los tomos.

Subimos al cerro Panteón por Ecuador para evitar el encuentro con los Cíclopes, que a esa hora ya vigilaban la escala Mondaca, y llegamos arriba sin novedad. Había que hacer tareas, pero yo quería examinar los diarios, así que le dije a Matías que se fuera a estudiar y me dejara todo el material a mí.

10

Examinaba concentrado los diarios mientras Lucy dormitaba sobre mi cama y Séneca comía uvas.

Estoy frente a tu casa (WhatsApp de Grisel).

Era viernes, 7.25 de la tarde, y mis papás andaban en el Domani. Bajé corriendo a abrir la puerta con Lucy detrás, y subimos a mi pieza. Lucy se echó en su canasto acolchado junto al velador.

—Buenas noches, mi amor —dijo Séneca desde su aro.

Puse algo de Gepe en Spotify y le expliqué a Grisel en qué andaba, aunque sin contarle lo de la carta. Le hablé de mi interés por la historia de Valparaíso y le prometí que pronto le explicaría las razones de ello.

Reconozco que no he hablado de Grisel. He hablado de mis padres, mis amigos, de Lucy y Séneca, pero no presenté a Grisel. Mal, muy mal.

Bueno, es la amiga que me gusta. Creo que nos gustamos (me sonrojé), pero —y allí está el gran «pero»— creo que a ella también le gusta un pesadote de primera línea, el famoso Gerardo del Fierro, que es un plomo y está en un curso superior. Ignoro cómo me irá a ir, pero creo que Grisel se definirá un día por mí. No puede seguir conmigo y Gerardo a la vez. Además, Gerardo es un insoportable y un petulante. Lo sabe hasta Séneca.

Grisel se zumbó los audífonos y comenzó a ver un capítulo de Game of Thrones en el iPad. La ve en inglés, sin subtítulos. Aprendió inglés gracias a las radios de Miami, dice, y a películas hollywoodenses, dice, que se conseguía en la isla.

Mi amiga nació en La Habana, y llegó hace cinco años con su madre, que es médico, a Valparaíso. Aún no pierde el acento caribeño. En el David Trumboll hay varios enamoraditos de ella porque es preciosa: tiene el pelo negro azabache y finas cejas arqueadas, y su piel es color café con leche.

—Soy mulata como Cecilia Valdés —me dijo la primera vez que hablamos.

Fue en una fiesta en el cerro Concepción. Yo no tenía idea quién era Cecilia Valdés ni me interesaba Cuba. Me explicó que es la protagonista de una novela romántica de La Habana, que termina en tragedia (ojalá no sea una premonición).

Como ya dije, ella se puso a ver Game of Thrones y yo seguí examinando los diarios por si encontraba algo relacionado con Marcel, mientras escuchaba a Kanye West en Spotify.

Pero no podía concentrarme. La presencia de Grisel me perturbaba. Había llegado simplemente, y ahí estaba, sin siquiera explicar a qué vino. Me gusta que esté cerca de mí. Además, ¿qué andaba buscando yo en esos diarios de hace tantos años? ¿Qué intentaba decirme Marcel con la carta que yo ocultaba bajo el teclado del PC?

Cuando la escribió, no podía imaginar mi existencia, porque simplemente yo no existía, como tampoco existían Grisel ni internet. Pero lo cierto es que Marcel imaginó, al menos de forma vaga, el futuro, que es mi presente, y aquí estoy, con su carta, tratando de hallar un nexo entre ella y un diario de 1936.

Seguí buscando, pero al tuntún. Revisar todo ese material sin saber bien qué debía descubrir, me agotaba de solo imaginarlo. Di con una página que anunciaba el movimiento de las naves en el puerto. Examiné otra que hablaba de política y economía, y varias se referían a las actividades sociales o los temas internacionales. Olía a guerra en Europa. Pero, nada de eso me servía.

Y cuando ya había decidido suspender la búsqueda para hablar con Grisel, encontré una noticia que me sorprendió. Estaba en el extremo inferior izquierdo de la página 6 del 19 de noviembre de 1936.

11

El juez declaró en libertad al marchante Felipe Lupus basándose en la declaración del comerciante Marcel Mondragón Gombert, avecindado en nuestra ciudad, quien sostuvo que la noche del asesinato del botánico alemán Anton Busch, estuvo atrapando pulpos en la playa Las Torpederas con el inculpado.

A esa nota se refería, seguramente.

Marcel haciendo noticia, me dije, sonriente, como si el abuelo aún viviera.

Igual tuve que leer la nota varias veces. Lupus, el sospechoso de haber asesinado al botánico alemán, se había salvado de ser condenado solo gracias a la declaración del abuelo. El Mercurio no daba más detalles.

Había una gran pregunta: ¿Por qué el abuelo quería que sus descendientes conociesen ese episodio de su vida?

¿No habría algo oculto? ¿Era ese el secreto al que se refería Marcel en la carta? ¿Había dicho la verdad en el juicio? ¿Qué relación tenía con Lupus? ¿Lo había salvado diciendo la verdad o prestando falso testimonio? ¿Qué tipo de persona era el abuelo?

—¿Todo en orden? —preguntó Grisel.

—Todo bien —mentí, y ella siguió viendo Game of Thrones.

Volví a leer la nota para cerciorarme de estarla interpretando correctamente.

Que el abuelo enviase esa carta desde el pasado pidiendo que leyeran esta noticia resultaba inquietante, porque se refería a un asesinato en que él aparecía involucrado.

—¿Qué dirías si te contara que recibí una carta del pasado? —le pregunté a Grisel.

—¿Del pasado? —detuvo Game of Thrones y se quitó los audífonos—. ¿De hace cuánto tiempo?

—De la primera mitad del siglo XX.

—¿Primera mitad?

—Así es.

—Hmm. En realidad, todas las cartas vienen del pasado.

Grisel es genial. Tenía razón. Me aparté del escritorio y me senté junto a ella, en el borde del sillón.

—Es cierto y ya nadie escribe cartas —admití—. Ahora todo es inmediato: lo piensas, lo escribes, lo envías y el otro recibe el texto al instante.

Toqué su mano preguntándome por qué, si ahora todo es más rápido, la gente se queja de que tiene menos tiempo.

—Aun así —dijo ella, retirando la mano—, sería bonito que la gente se escribiera cartas.

—Ya lo creo —sonreí, endiabladamente feliz con mi secreto.

—Lucas, déjate de rodeos y dime quién te mandó la carta.

—Un antepasado.

—¿Cuál de todos?

—Un bisabuelo. Marcel Mondragón.

—¡Pero él murió hace siglos!

—Hace como tres cuartos de siglo.

—Una eternidad. ¿Es el francés que desembarcó con sus padres y hermanos en Valparaíso, en 1900?

—El mismo. Llegó en un vapor repleto de inmigrantes —al decirlo me di cuenta de que al final casi todos somos inmigrantes en este país.

Grisel se recogió la espléndida melena con ambas manos, la alzó por sobre la nuca y la dejó derramarse sobre el rostro.

—Raro que te escriban desde la prehistoria —comentó—. ¿No será que te está fallando —se llevó el índice a la sien— de tanto leer novelas de Harry Potter? Si no me equivoco, te leíste la serie completa.

—No te burles. Recuerda que tú crees en la magia.

—Lo mío viene de mis antepasados africanos, de una sabiduría acumulada durante generaciones.

—Es lo que tú crees.

—Vamos, chico, respeta para que te respeten.

Grisel se molesta y yo sé por qué. Dice tener poderes para comunicarse con deidades, que lo aprendió en Regla, un pueblo que queda frente a La Habana. Dice que su abuela negra la inició en los misterios de África y que hay espíritus buenos que pueden ayudarnos. ¡Puras supersticiones!

—Vamos, cuéntame mejor qué te escribió Marcel —dijo ella.

No me quedó más que relatarle todo lo ocurrido en estos días.

12

¿Por qué era im ...