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MALA ONDA

Alberto Fuguet

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Fragmento

Miércoles 3 de septiembre de 1980

Estoy en la arena, tumbado, raja, pegoteado por la humedad, sin fuerzas siquiera para arrojarme al mar y flotar un rato hasta desaparecer. Estoy aburrido, lateado: hasta pensar me agota. Desde hace una hora, mi única distracción ha sido sentir cómo los rayos del sol me taladran los párpados, agujas de vudú que alguna ex me introduce desde Haití o Jamaica, de puro puta que es.

Pienso: no debí dejar los anteojos de sol en el hotel. Seguro me los va a robar alguno de los imbéciles de mi curso; después van a achacárselo a una de esas camareras negras que los muy huevones intentaron tirarse.

Vuelvo a lo mismo: debí haberlos traído. No se puede venir a la playa sin protección. No se puede andar sin gafas. Si estaban al alcance de mi mano, en el velador, tan cerca. Incluso los estuve mirando un rato. Me los van a robar, de puro huevón, de puro volado que soy.

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Me dedico a pensar un poco, archivar el problema de los Ray-Ban, pasar a otro tema. Reflexiono: es probable que nunca más haga tanto calor como hoy. Un grado más y todo estalla, declaran estado de emergencia, evacuan toda la ciudad. Pero a nadie le importa. Lo que para ellos es rutina, para mí es novedad.Y eso me apesta, me hace sentir un intruso, lo peor.

Deben ser como las cuatro o las tres.

Da lo mismo.

Igual es tarde.

Llegué al hotel cerca del mediodía, cuando no quedaba nadie de mi curso, ni siquiera los más atinados. Los del B, menos. Esos se levantan todos los días al alba para trotar, jugar vóleibol en la arena o ver el sol aparecer en el mar. Después van a recorrer las tiendas de Rio Sul y compran esas poleras para turistas gringos que dan vergüenza ajena.

Tengo sueño, creo que me voy.

Recuerdo: cuando logré abrir los ojos y me di cuenta de que estaba en el hotel, no en otro sitio como creía, pensé un poco, traté de ordenarme, planear, por último justificar el día.

No había muchas opciones: entre quedarme botado allí, sin aire acondicionado —los del B lo echaron a perder—, o aprovechar el último día de playa para agarrar aún más sol, no había donde perderse.

Me levanté en la más tranquila y me vine caminando hasta aquí frente al número Nueve de Ipanema, donde todos los que realmente son alguien se apilan.

Mientras caminaba me puse a divagar.

Pensé en Chile y en mi vida, que es como lo que más me interesa.

Cuando algo parecido a una depresión comenzó a rondarme, cambié de tema y me concentré en las vitrinas; caché, por ejemplo, que las poleras O’Brian se venden en todas partes.

Me sentí más seguro.

Después de andar varias cuadras así en la más lenta, sin alterarme porque estaba sudando y todo eso, llegué a una plaza que marca el inicio de Ipanema, que es como el barrio bohemio de Rio y está lleno de librerías y boutiques y bares muy chicos y caros.

A la Cassia le gusta Ipanema y esa plaza donde los hippies venden artesanía, recuerdos, pinzas para joints, aros, las mismas cosas que venden los artesa a la entrada de la Quinta Vergara en Viña, excepto, claro, las típicas chombas chilotas o esos espantosos pósters de la Violeta Parra.Aquí he conocido cierta gente, amigos de la Cassia, onda universitaria, humanista, izquierdosa, que se junta a tomar cachaza con jugo de maracuyá y a escuchar unos casetes de la Mercedes Sosa o la Joan Báez, que es como peor. La Cassia les dijo que yo era chileno y los tipos dieron un salto, animándose: y que Pinochet y la dictadura, y que compañero-hermano, yo conocí a unos chilenos de Conce, exiliados, y luego uno o dos poemas de Neruda en portugués, que Figueiredo, o estos milicos hijos de puta que jodieron a todo el continente...

Yo callado, jugándome al tipo buena onda, claro, de acuerdo, tudo bem, legal.

Me apesta este tipo de conversaciones.

Los tipos parecían californianos pero pensaban como rusos, y eso era sospechoso. Uno de ellos, polera Che Guevara (yo, saco de huevas, pregunté quién era), nos invitó a todos a Niteroi a escuchar a un panameño sedicioso que tocaba canciones de Silvio Rodríguez. La empleada de mi casa, que está por el NO en el plebiscito, escucha «Ojalá» y otras canciones en castellano; intuí, por lo tanto, lo que me podía esperar. A la Cassia, eso sí, le parecía atractivo. Se rumoreaba que tal vez iría Chico Buarque; se suponía que era un recital clandestino, contra Figueiredo, contra Stroessner y Videla, contra Pinochet, hermano. El que lo dijo levantó el puño izquierdo.Yo le dije a la Cassia que ni en broma, que para ver comunistas prefería el Kafé Ulm en Santiago. No, no era mi onda, no tenía nada contra ese tipo de gente, pero qué pasaba si llegaba la policía y me deportaban, media ni qué cagada que se desataría en Chile, me echarían de la casa y bye bye, my life, goodbye. Ella me encontró razón y terminamos juntos en la arena, mirando las luces, atracando de lo lindo. Después la llevé al hotel, pero nos cachó mi profesora jefe y la muy maraca no la dejó entrar. La Cassia me dijo que no importaba, que igual era tarde, que debía irse. Yo me ofrecí a ir a dejarla. Ella dijo obrigado, puedo irme sola, y desapareció.

Después de verla subir al bus me refugié en una de las tantas pizzerías que hay junto a la playa, en plena avenida Atlântica. Pedí una pizza tropical y cerveza. Allí me entretuve viendo pasar a los turistas. Poco después, un negro con sombrero de paja y dientes de sobra se mandó un feroz volón con sus tumbadoras ambulantes.

Ahora que lo pienso, ahora que estoy en la arena, solo, esperándola, compruebo que esa noche fue la primera vez que fui a un restaurante solo. Nunca tan terrible, claro, pero igual raro.

Después me fui al hotel, a mi pieza, repleta de huevones durmiendo, roncando, más hediondos que la cresta. Cox se despertó y me empezó a contar de una boîte donde había unas mulatas increíbles, pero costaban no sé cuántos miles de cruzeiros, y a treinta y nueve pesos el dólar, eso es mucha plata, compadre. Me empeloté, me metí a la cama y comencé a enumerar mentalmente las calles de Rio que conocía, hasta que el sueño me ganó. Al otro extremo de la pieza, en tanto, Cox se corría la paja: su cama crujía levemente, como para no despertar al resto. Seguro que todos igual cacharon.Todos lo han hecho. Las sábanas del hotel deben estar demasiado tiesas. Tipo siete de la mañana, el Patán me despertó con sus vómitos. Pensé en ir a ayudarlo, pero me dio lata. Seguí durmiendo, pensando en la Cassia, pensando en mí.

Eso fue hace unos cinco días.

Puta, cómo pasa el tiempo.

Con los dedos juego con la arena. No es muy divertido, lo reconozco. Pero sirve. Ando con una idea fija: reencontrarme con la Cassia, tal como me lo sugirió ella misma, solo que perdí su teléfono. Estaba dentro de mi billetera casi vacía, que olvidé en esa fiesta de una mina a la que nunca había visto y que, seguro, nunca volveré a ver; lo único que recuerdo es que la tipa vivía en el último piso de un edificio por Leblon, que no da al mar, y que era algo vieja, medio pelirroja, parecida a la tipa esa, a la mala de la teleserie Pecado capital. Lo otro es que se tiró al Ivo. Eso lo recuerdo bien porque fue un escándalo y me hizo acordarme de unas fiestas que daban mis viejos cuando yo era chico. Ivo, que es amigo de la Cassia, conoció a la pelirroja en la fiesta de alguna embajada en Brasilia. El problema es que el loco del Ivo partió ya de vuelta a la selva y yo, al parecer, cagué con mi billetera y todo lo que había dentro, excepto el origami con esos gramos que compré. Igual, nunca tan tremendo porque puse todos los dólares y mi carné en la caja de seguridad del hotel, tal como me lo sugirió mi viejo.

Necesito verla.

Ya falta poco, todo se está desintegrando y lo único que me queda es esperar que parta el avión, regresar a Chile. No creo que venga ya, hace demasiado calor; igual estará acostumbrada —nunca le pregunté cuánto calor hace allá en Brasilia—, pero si no viene, al final no será por la temperatura o la humedad, sino porque, a lo mejor, le doy lo mismo, un pobre turista más, un pendejo de un país que nadie conoce y que a nadie interesa. Un país que se cree lo mejor, como yo aquí, que me hago el conocedor pero en el fondo entiendo poco y nada, lo único que sé es que la sola idea de volver a la niebla de Chile me aterra y que Rio siempre me va a recordar a la Cassia.

Ella también se va.

Pronto.

Me lo dijo el día que la conocí.Vuelve a retomar su vida como hija de funcionario de gobierno, el de Figueiredo, que aquí parecen odiar todos, y eso que el país, para mi gusto, está increíble. La Cassia dice que es un dictador. Igual que Pinochet, me dijo, lo que a estas alturas me parece un lugar común, dale con que va a llover. Al principio su lado medio comunistoide me cayó un poco mal, me pareció una pose, incluso viniendo de ella, pero se lo perdoné porque me lo dijo con su acento tan especial y fue su acento lo primero de ella que me mató, incluso antes de verla con esa tanga calipso y esa polera rotosa de The Clash, que era de su novio inglés, el que vive en Brasilia y que de seguro me mataría si supiera que, al final, el que anda con la polera soy yo.

Tiene que empacar, ir a ver a su abuela, a la que todavía no ha visitado, comprarse esos pantalones baggy que tanto anhela. Me paso películas: debe estar mirando tele, tomando Brahma Guaraná, hablando por teléfono. Debe aburrirle la posibilidad de volver a la playa y bañarse conmigo, quizás ir hasta la Praia do Arpoador y comprarle al loco ese un par de pitos con la melhor maconha do mundo y luego esconderse conmigo detrás de esas rocas para fumarlos juntos, como si nos conociéramos de toda la vida y ese fuera nuestro ritual secreto, lo que justificara eso de andar siempre juntos, onda noviecitos, pololos, pero mejor viviendo acá, bronceados y con shorts, con tangas calipso y poleras llenas de hoyos, en un departamento chico con vista al mar, una buena radio, casetes de reggae, plata, un colchón humedecido con toda nuestra transpiración.

Ahora estoy con el vientre apoyado en la arena, mareado, al borde de la insolación, sintiendo el olor de mi piel quemada, mirando el horizonte a través de los pelos de mi axila llenos de sudor, intentando dormir, pero la cachaza al desayuno, más el huiro que me fumé y la media paja que me corrí en la ducha del hotel pensando en la Antonia, en la Antonia y la Cassia, la misma Cassia que había dejado tirada en el suelo del departamento de unos compadres pintores amigos de João, todo eso me tiene mal, en serios problemas, fatigado, con sed, con ganas de comer esos abacaxis que unos negros pasan ofreciendo.

Tengo, al mismo tiempo, ganas como de buitrear, me repite todo lo que comí anoche en esa churrasquería a la que fuimos con el resto del curso, antes de virarme y juntarme con la Cassia y João y el loco del Dinho e Ivo, no, el Ivo no estaba, estaba Alfredo, el de los anteojos estilo John Lennon, y Patrick, el de la polera Sid Vicious y las estampitas de cartón con el ratón Mickey, que después lamimos y me hicieron alucinar: discos de Grand Funk, de Santana y la Janis, un olor enfermo de picante a maconha y unos tipos que pintaban con colores diversos, que luego se unían y generaban otras formas, colores gruesos, en manchones anchos, que se abrían. La Cassia puso entonces un video de la Sonia Braga bailando en pelotas en un departamento lleno de televisores y todo me parecía más lento, súper lento, todos tirando, la música, los colores, la Cassia riéndose, bailando desnuda, tan rica ella, en la terraza, con las luces, la huella de la tanga que se veía blanca y mordible y yo cantando en portugués, medio llorando, metido hasta dentro, todos saltando, todo dando vueltas, tranquilo y rápido, rápido y rajado, y la voz de Morrison, o un tipo gordo y peludo, onda Demis Roussos, hablando de filosofía, abriendo una cajita, tirando un montón de polvo sobre una mesa, un cerro de azúcar flor sobre la mesa de vidrio, la guitarra de Hendrix sonando y decenas de tarjetas de crédito tirando líneas, pruébala, viejo, todo legal, no seas huevón, y luego el estallido, una lágrima gruesa aflorando en mi ojo, la nariz como un nudo que finalmente cedió. No hay como las pajillas multicolores de McDonald’s, dijo Alfredo, y se introdujo una gigantesca en la nariz justo cuando sonaba algo brasileño, o africano, no sé, era alguien muy bueno, tan bueno como el polvo que la Cassia esparció en uno de sus pezones para que lo lamiera, para que lo aspirara, mientras Page o Clapton seguían tocando, alguien que les daba y les daba a los instrumentos, todo daba vueltas y más vueltas, como detenidos todos en el mismo surco, sin escapatoria, el disco rayado y el parlante a punto de estallar, yo asustado, más asustado que la mierda, fascinado a mil.

Me levanto y abro los ojos.

Huelo.

Ese olor a carne quemada y roja, a transpiración mezclada con desodorante en barra, me excita. Estoy empapado, mi pelo chorrea sudor.

Me mojo la punta del dedo y me refresco los tabiques.

El aroma de la Cassia vuelve hasta mí.

Ese olor que nace de la mezcla, de estar horas y horas allá abajo, tirando, intruseando, investigando hasta morir, sorprendido —confiado, satisfecho— de estar a su lado, de no pensar en otra cosa que en ella, y en mí.

La segunda vez que lo hicimos, me acuerdo, fue por la tarde, a pleno sol, en el departamento sin pintar de Alfredo, la cama doble sin hacer en el suelo, un televisor en blanco y negro, sin antena, que transmitía un capítulo de Combate que ya había visto.Yo despertaba después de caer, de licuarme por el calor, dudando si deseaba seguir así, rendido ante una cuasi desconocida que apenas me intuía, cuando ella, tendida a mi lado, leyendo una novela que se veía gruesa y complicada, agarró una botella de tinto que estaba caldeándose sobre el parqué y tomó un sorbo. Después, sin avisar, se acercó a mí y me besó: el vino, tibio y espeso, fluyó de su interior al mío. Ella me guiñó un ojo y siguió leyendo. Luego, sin darle importancia, hizo un doblez en una página. Después tragué.

Una brisa seca pasa sobre mí, pero nada cambia.

Ipanema está repleta como en pleno verano, aunque estamos recién en septiembre.

Echo una ojeada a mis pies y todo comienza a dar vueltas, en círculos, como si yo mismo —ahora que me recuesto de nuevo y sigo tendido en la arena, sin toalla ni nada que me sostenga— fuera una de las manecillas de un reloj que se estropeó, y el reloj, la parte circular, el círculo blanco con los números, diera vueltas y más vueltas, como los ojos de los locos que aparecen en el Condorito, como un espiral que no se acaba nunca, como la lengua de la Cassia que gira y gira y gira pero no está, no aparece.

Decido tirarme al agua.

Está caliente. Como yo. Llena de musgo, de sustancias verdes como espárragos recién chupados.

Meo un poco.

Nado.

Todavía no llega.

Me sumerjo aún más, hasta abro los ojos bajo el agua.

Tampoco está.

Jueves 4 de septiembre de 1980

Llevamos un par de horas dormitando en el suelo del aeropuerto de Rio, que por suerte tiene aire acondicionado. Hace un rato fuimos al baño con Lerner, a fumarnos el último huiro de hierba amazónica, que el muy huevón pensaba ingresar a Pudahuel escondido en una costura de sus botas. Yo pienso internar otra cosa, más granulada, recuerdo de la Cassia, pero eso es asunto mío.

Son como las tres de la mañana y el avión viene con retraso de España o de África, quién sabe. Esto de tener que regresar me deprime, me tiene enfermo, ha terminado por arruinarme la semana.

Me alejo de la tropa de mis compañeros, que están durmiendo, disfrazados con unos sombreros y esas horrorosas pulseras de género que se supone garantizan buena suerte. La profesora jefe, que esta noche parece como de cincuenta, más decadente que de costumbre, está comprando unos palos que se supone se transforman en plantas si uno los sumerge en agua. Otra vieja, la mamá del Rubén Troncoso, el Guatón Troncoso, que viajó con él para cuidarlo o algo así, está comprando una botella de cachaza. Me acerco a ella y le pregunto el precio de la botella.

—Bastante más cara que en la botillería esa, la que estaba en la esquina del hotel —le respondo cuando me lo dice.

—No lo sé, joven. Nunca compré nada en ese sitio.

—Yo me abastecía ahí.Tenían buen oporto. Importado de Portugal.

Veo que se fija en unas cadenas que cuelgan de mi cuello. Se las compré a unos bolivianos que estaban en esa plaza de Ipanema. En realidad me cargan las joyas o ese tipo de huevadas, pero cuando uno viaja hace tonterías como comprar pulseras y collares. O cortarse el pelo a lo surfista. Ambas fueron ideas de la Cassia, no me puedo quejar. Supongo.

—Sabe, me faltan unos diez cruzeiros para comprar una botellita. No me queda un peso más y el banco ni abre, estoy mal. Le propongo un trato: le doy lo que me queda, usted me la compra y yo saldo la deuda con el Rubén cuando volvamos al colegio.

Mi madre, que algo sabe de manipulación, me ha enseñado que cuando desee cagarme a alguien, no deje de utilizar el método de «la-mirada-que-mata»: una mirada fija, penetrante, sin pestañear, bastante maricona, que siempre funciona. Inhibe al enemigo, lo pone nervioso, lo convierte en presa fácil. Funciona. La vieja de mierda, intrínsecamente chilena, de esas que se casan tarde y parecen abuelas pronto, compra la botella y me la pasa.

—Me imagino que es para su padre.

—Quizás. En todo caso, un millón. Le debo una.

Busco un asiento y la veo alejarse, arrastrando su zapato ortopédico. Es lo peor: huele a colonia barata, de empleada. El mismo Guatón, que siempre anda con calculadoras y relojes digitales ultramodernos, parece de otra época, pasado de moda. Por mucha plata que tenga, hay algo muy chileno en él que nadie en el curso traga.

Una vez fui a su casa, me acuerdo, a hacer un trabajo. El impacto fue duro, no pude dormir, quedé bomb. Casa vieja que cruje, olor a estufa, a postre de leche, el baño color verde agua, esa onda. La familia, muy de Ñuñoa, vive como atrasada, nada que ver con lo que ocurre a su alrededor. Incluso regaban el patio con manguera. La antítesis de los ochenta. Parece increíble que el Guatón esté en el colegio, con esos padres tan extraños. Los tres, por ejemplo, se tratan de «usted». Raro, muy raro.

El Guatón es nazi, me consta. Por eso lo odio tanto. Ha matado gatos, quemado ratas, hervido ranas vivas. Sus cuadernos están llenos de esvásticas. Una vez fue a mi casa con un libro plagado de fotos de campos de concentración y miramos a las mujeres flacas, en pelotas, los tipos así esqueléticos y transparentes, pero no dije nada porque había ciertas cosas de las que aún no me había enterado. El Guatón, en un acto de confianza, porque no toma ni fuma ni nada, me confidenció que se corría la paja con esos libros —según él, lo calentaban más que el Penthouse o el Hustler— y que guardaba todo en unos frascos para mermelada. Yo me anduve asqueando: no podía imaginarlo, a ese gordo seboso, que usaba ropa de calle comprada en La Polar, lo peor, camisas color caqui, con las axilas transpiradas, chalecos tejidos a mano por su vieja, pantalones de franela, el pelo siempre sin lavar, tirado en pelotas en su cama, dale que dale, cuidándose de achuntarle al frasco de cristal. Con el minuto de confianza, el Guatón agarró onda e invocó a Hitler, la formación prusiana de nuestros milicos, me habló de un tío suyo que estuvo en la DINA. Como si eso fuera poco, me confesó que odiaba a su hermana, por caliente, y que una vez degolló a varias de sus muñecas y las enterró bajo el parrón que tiene en el patio.

Lerner, que es de Las Condes, cerro San Luis, se acerca y me hace una oferta que no puedo rechazar: aún le queda una colilla y la cachaza con Brahma no mezcla mal.

Yo sigo pensando en el Guatón Troncoso, tipo tan raro, durmiendo en el hotel junto a su madre, tan nazi como él.

Sigo a Lerner por un pasillo con un mapa de Brasil a todo lo ancho del muro. Nos metemos una vez más en el baño. Está pasado a diarrea de cabro chico.

Nos encerramos en una cabina.

—El lugar me parece familiar —le digo—.Todos estos cubículos son iguales.

—Faltan los grafiti, los picos dibujados.

—Podríamos tener medio gramo.

—No estamos en la disco Hollywood, huevón —le digo.

No quiero que cache mi nueva afición, no quiero convidarle. El Lerner, lo sé, es bueno para jalar. Una vez que tenía me ofreció, pero a mí ni se me ocurrió decirle que sí. Si el huevón supiera que en mi billetera nueva y fucsia, fosforescente, tengo un sobrecito repleto, un papelillo, un origami, como lo llamó la Cassia, con varios gramos dentro, me mata. Casi le ofrezco, pero me da lata. Quiero llevarla a Santiago. Sospecho que allá me puede hacer falta.

—Enciende el pito, entonces —me interrumpe—. Si nos pillan, nos amarran a la pista de aterrizaje y cagamos.

Fumamos la colilla y nos tomamos el trago al seco: tres, cuatro tiritones, y qué mierda estamos haciendo aquí, huevón, capaz que el avión ya haya llegado. No podemos seguir así, no quiero volver.

Salimos del baño y la terminal se ve más llena, o yo estoy peor que antes. Quizás. Una voz extremadamente sedosa, calentona incluso, anuncia por los parlantes diversas estupideces que, sumadas a las otras, parecen un largo bossa nova: VASP a Recife, Pan Am a Nova Iorque,Varig a Lisboa, Iberia a Santiago.

Lerner, que está ido, se le nota en los ojos, camina junto a mí al mismo paso. Parecemos dos vaqueros entrando al pueblo, dos milicos en un desfile. Los huevones del otro curso están intercambiándose folletos turísticos o leyendo el Playboy en portugués.

Al otro lado del ventanal, un Lufthansa azul y amarillo despega en medio de la oscuridad. Me topo con la Luisa Velásquez. Seguro que lo ha pasado pésimo. La tipa igual me cae bien; a veces hasta me deja copiarle en los exámenes. Le hablo:

—¿A qué hora sale el avión?

—Dos horas más —me responde con su típico tonito de profesora de castellano.

—Puta, qué mala onda.

—Por un lado mejor, así dura más el viaje.

—Estás loca, si esto ya se acabó. Si hay que volver, mejor que sea al tiro. Para qué prolongar el dolor, no sé si me entiendes.

—Y yo que creía que lo habías pasado tan bien, Matías.

—Hey, los mejores diez días de mi vida, comadre, pero hay que ser ubicado.

—Me habían dicho que lo pasaste muy bien...

Lo dice como quien larga una frase para el bronce. Después se va un poco en la más melancólica, casi haciéndome sentir mal, como si fuera mi culpa que ella no tenga amigas y sea una intelectual, además de virgen, y que nadie la pesque, o que en el fondo se muera de ganas de ser distinta. Lo triste es que, aunque lo intente, sabe que no le va a resultar. Su fama ya está hecha, todo el mundo sabe que siempre anda deprimida, bajada, que nos analiza y nos mira en menos. O que leyó libros en la playa mientras los demás jugábamos a las paletas.

La Luisa es rara. Odia ser así, pero más odiaría ser como la Antonia, supongo. Aunque tal vez no y por eso le hablo, porque le cacho su punto débil y ella me trata distinto. Como que me odia por andar con mis amigos y salir con minas que son la antítesis de ella.Así y todo, me acepta. Es inexplicable, pero cuando estoy solo con ella siento que no me mira tan en menos y que hasta se entretiene, porque está claro que, si no fuera por mí, la Luisa Velásquez sabría menos del mundo de lo que cree saber; yo siempre le he dicho que en vez de leer debería vivir, pero a ella todavía no le queda claro, le parece un mal consejo. Lo latoso de su estilo es que nunca puedo sincerarme ciento por ciento con ella. O sea, me cuesta decirle ciertas cosas, contarle todo esto que siento ahora, explicarle que no quiero volver, que hasta tengo pena, pero nadie lo sabe.Y tampoco quiero que lo sepan.

Creo que sé por qué no me abro con la Luisa Velásquez: es porque en el fondo me admira. Si llegara a conocer todas mis debilidades, probablemente dejaría de interesarle. Me gusta que ande detrás mío, que sea incondicional. Estoy seguro de que en el fondo detesta y reniega de esa atracción que siente por mí. Como que nunca se lo va a perdonar a sí misma, y sabe que debería canalizar todas esas energías hacia un tipo más parecido a ella, un huevón más mateo, más tierno, como el Gonzalo McClure, por ejemplo. Pero la mina tiene su lado masoquista: por eso sigue hueveando conmigo. A mí me gusta provocarla. No resistiría que me cambiara por otro. Para torearla, sacarle celos, me acerco a ella lo suficiente para que huela mi aliento y le respondo:

—Sí, lo pasé increíble, Luisa, ¿y qué? Todos lo pasaron bien, supongo.Aunque hay pernos que no entienden nada y que seguro lo pasaron pésimo y, como son tan rehuevones, te apuesto a que ni se dieron cuenta de que se farrearon el viajecito. Después se van a arrepentir. Uno tiene diecisiete solo una vez en la vida, ¿me entiendes?

—Yo en realidad no lo pasé muy bien —me dice.

—Oye, superinteresante la conversa y todo, pero yo estoy en otra y me tengo que ir a sentar —nos interrumpe en la más certera Lerner, que se había quedado mirando las luces de la pista mientras la Luisa Velásquez y yo analizábamos el viaje.

—Nos vemos allá —le digo, no sé por qué, cuando la verdad es que lo único que deseo es arrancarme de esta mina.Algo me dice que debería virarme, dejarla sola, pero algo más me impulsa a quedarme, a seguir conversando. Es raro, prefiero estar con ella antes que solo. La Antonia está con su grupito de amigas; ni siquiera se acuerda de que existo—.Así que no lo pasaste muy bien; está malo eso —le digo a la Luisa.

—Te convido un café —me dice ella.

—Paso.

—Sentémonos, entonces.

—Legal.

—Fumaste marihuana, ¿no es cierto?

—Sí, qué horror, ¿no? Ma-ri-hua-na. Maconha. Esta juventud chilena está en decadencia, no hay nada que hacer.

—¿Te queda algo?

—Hey, cálmate. Un poco tarde como para ponerse al día. Lo pasaste como las huevas, lo entiendo, pero no exageremos. Ademas, se me acabó.

—Te gusta caer mal, Matías. Lo haces a propósito.

—Cada uno hace lo que puede.

—Y si tuvieras marihuana, ¿me darías?

—Gratis, no. Si me la pagaras, seguro. No soy tu padre. Si deseas arruinar tu vida académica, allá tú. Cada uno cava su propia tumba.

—Es que no doy más.

—Son como las tres de la mañana, hora local. Más que comprensible.

—En serio: me parece insólito la cantidad de plata que gastaron mis padres para mandarme en este estúpido viaje sin sentido, plagado de gente arribista, capaz de hacer cualquier cosa con tal de figurar, de pendejos vírgenes que vinieron a descartucharse con alguna mulata y de niñitas que vinieron a comprar blusas y poleras y trajebaños y trataron de ligar con argentinos.

—Hey, yo también estuve aquí y nunca tanto. El colegio es una mierda, todo el mundo lo sabe. El tour era bomb, otra auténtica mierda, y el hotel dejó mucho que desear, pero al menos tuvimos la oportunidad de hacer lo que se nos diera la gana, de estar lejos de Chile, de conocer gente bastante más simpática que los huevones que vagan por el shopping de Vitacura.Y eso es lo que importa. El resto es pajearse.Y tú qué esperabas, ¿bailar todas las noches?

Ella me observa, abre los ojos y, por un instante, hasta se ve bien. Increíblemente, las luces fluorescentes le sientan. Pienso que debo decir algo contundente, ella lo espera, siempre espera cosas de mí. Eso es lo que me complica: siempre está esperando que le diga cosas, que no la abandone, que la sorprenda. Me carga que la gente espere cosas de mí. Me enreda, me complica, me obliga a responder. Ella sigue observándome. Barajo las posib ...