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MISSING

Alberto Fuguet

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Fragmento

El cine es escape, al escribir se escapa, leyendo quizás también.

Esos han sido mis escapes, las formas como me he perdido: primero viendo, leyendo; luego escribiendo, filmando, creando. Tratando de controlar vía la invención el caos externo. Creando tengo poder, creando me siento seguro, creando soy mejor persona porque siento que puedo salirme por un rato de mi mente, un lugar, por lo demás, donde me siento en extremo cómodo. No he tenido que perderme porque he podido construirme mi propio planeta y poblarlo con mi gente, decorarlo con mi estética. Es altamente probable que este planeta tenga mucho que ver con mis rasgos autistas y con mi incapacidad para relacionarme con la gente, pero no reclamo; al revés, lo celebro. Me siento afortunado. El ser escritor, ser considerado por los demás como uno o incluso como un artista (por pocos, es cierto) ha sido mi bendición. Ha sido mi pasaporte —mi pase— para estar solo, para que no me molesten; la excusa perfecta para que no me llamen, no me interrumpan, para que crean que no vivo acá, para perderme y no tener que intentar ser igual al resto. Un escritor puede ser raro, puede vivir en su cabeza, no tiene —no debe— vivir igual que los demás.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Mi tío Carlos Fuguet no era un artista, no era escritor y no me cabe duda que tenía que zafar.

Huir.

Escapar.

No quería ojos conocidos mirándolo u opinando.

Mi tío se perdió, pero se perdió de verdad.

Nada de arte, nada de metáforas.

Nada de transferencias vicarias.

Uno se puede perder de muchas maneras estando a plena luz, pero perderse de verdad, quemar las naves, desaparecer, es otra cosa. Es, dentro de todo, un acto de gran valentía o todo lo contrario. No lo sé, no lo he hecho, no lo haré. Es, sin duda, ese tipo de acto impulsivo que termina marcándote para toda la vida.

Hay gente que toma un camino y ese camino no tiene retorno, incluso si intenta dar marcha atrás. Uno tiene pocas oportunidades para salvarse pero aún menos para perderse, para equivocarse. Basta un gran error, una decisión precipitada, un ataque de rabia u ofuscación, para que todo se venga abajo y ya no puedas arreglar el error que cometiste. Se puede jugar con fuego pero cuando se juega con el destino hay serias posibilidades de quemarse.

Recuerdo una cinta que protagonizó y dirigió James Caan, que vi en el cine Metro de la calle Bandera, llamada Hide in Plain Sight. Acá se llamó Por justicia propia y duró, quizás, una semana en cartelera. Me acuerdo de ese título y cómo me impresionó. Yo por esa época tenía la mala costumbre de los bilingües de reclamar internamente por la traducción. Escondido a pleno sol o Perdido entre tanta gente, pensé que podría haberse llamado. Yo tenía como dieciocho años, dieciocho y un par de días. Licencia para conducir recién inagurada. Mi tío ya se había perdido una vez y ahora estaba, por esa época, en una cárcel de California. Esa tarde choqué el auto por recoger unos casetes. Choqué el auto de mi mamá, en Vespucio al llegar a Kennedy. No sé cómo la llamé. ¿Cómo se comunicaba la gente antes de los celulares? Quizás la llamé desde uno de esos almacenes del primer piso de alguna de esas torres cercanas. No sé. Sé que llegaron los pacos. Llegó ella. Tuvimos que pagarle al otro auto, todo mal. Mi mamá se volvió a la oficina y yo me sentía humillado, con pena, decepcionado de mí, de mi supuesta adultez y de mi libertad puesta en jaque, en duda.

Me subí a una micro y partí al centro. Al cine. Al cine Metro de la calle Bandera. Vi la cinta. Éramos como cuatro. Siempre veía películas solo. Hide in Plain Sight no era acerca de perderse, pero sí de esconderse, esconderse a plena luz. Caan es un tipo cuya ex mujer se «esfuma» del planeta porque entra en el Witness Protection Program del FBI: si hablas, te protegemos y te damos una nueva identidad y debes partir de nuevo. Partir de nuevo. Ella parte de nuevo y desaparece con su nueva pareja pero, de paso, se lleva a sus hijos. Caan los quiere encontrar. Yo sólo quiero seguir. Seguir y tener más tiempo. Casi toda la gente que conozco quiere lo de la ex mujer de Caan: partir de nuevo, enmendar.

Pienso: esto le pasa a casi todos, ¿no?

¿A quién le resulta, quién realmente está contento y satisfecho? Lo que sucede es que para muchos aquello en que se convirtieron no está mal. A veces es más o es muy distinto, pero no tiene nada que ver con el plan original. Viraron en cierta esquina pero al final el camino resultó lleno de sorpresas.

¿Qué pasó con Carlos, con mi tío?

¿Por qué se perdió?

¿Dónde estás?

¿Estás?

Por primera vez estoy escribiendo un libro para la familia más que acerca de la familia. Un libro pensando en conectar a la familia más que un libro para poder huir de ella.

Escribo esto para que no haya sido en vano.

No ha sido vano, pase lo que pase, quede como quede.

Dicen que el tiempo lo cura todo; yo creo que es el olvido, olvidarse a propósito, sin querer, o a medias pero olvidar, olvidarse, hasta que no duela.

La idea de este libro es justamente recordar. Es lo que me toca, es mi trabajo, la razón quizás por la que vine a la Tierra, mi misión: soy el escritor de la familia, la oveja negra de la cual están orgullosos y a la vez temen, el que les ha dado alegría y pena, el que provoca odios y asco y temor, el que habla poco pero publica mucho, el que sintió que las peores críticas a sus primeros libros venían de adentro, sobre todo cuando nadie los leía o los leían pero no me comentaban nada. Soy el que no olvida, o no quiere olvidar o no puede. El que desea saber más. Sé que ya he ventilado muchas cosas o he ajustado cuentas a través de la ficción. De alguna manera soy un traidor, pero también sé que esos mismos libros, que quizás dolieron, también trajeron «la alegría de la notoriedad».

A esto me dedico: a contar historias, a vivir a través de otros, de personajes que no existen, a proyectar, a entender, a tratar de que otros puedan conectar, subrayar, completar lo escrito. Hay profesiones peores y, por lo tanto, estoy agradecido; pero sé también que, en este caso particular, a diferencia de otros libros, quizás algunas cosas van a dolerle más a mis más cercanos. Les pido aquí, por escrito, perdón. Les pido comprensión. Esto no tiene tanto que ver con ustedes ni conmigo (sí, tendrá algo que ver conmigo, con «mis temas», como me joden mis amigos) aunque todos estaremos presentes. Esto tiene que ver con Carlos, con mi tío Carlos Fuguet; él es la obsesión; es por él que estoy haciendo todo esto para saber qué pasó. Asumo las consecuencias del daño colateral. Espero que no lo haya pero se me ocurre que será más duro que antes aunque, a la vez, más de frente.

Ahora todo está avisado, sin máscaras; la idea no es vengarse, ventilar cosas porque sí, andar de rebelde. Aquí no hay un afán exhibicionista, sólo dudas, curiosidad, historia. No quiero herir a nadie pero sé que algunos se sentirán, con todo derecho, heridos. No es la idea pero sé que va a ocurrir. Llevo años tratando de buscar la manera para que eso no suceda. No la he encontrado. Si no duele, no vale, creo que escribí una vez. Mis putas frases para el bronce. El dolor, lo sé, se disipa, la vergüenza o el mal rato también; las historias no contadas supuran, se infectan, contaminan.

The time has come to tell the tale.

Aquí va.

II. Perdido

la crónica que inició todo

Se busca un tío

[Por su sobrino, Alberto Fuguet, revista Etiqueta Negra, mayo 2003]

En 1986 mi tío Carlos Patricio Fuguet García se esfumó de la faz de la tierra, desde la ciudad de Baltimore, en el estado de Maryland, Estados Unidos, lejos de su Santiago de Chile natal. Simplemente dejó de llamar por teléfono y las cartas comenzaron a ser devueltas. Mi padre, su hermano mayor, se contactó un tiempo después con su trabajo, un hotel de cuatro estrellas, y le respondieron que no estaban al tanto de su paradero. Mi tío Javier Fuguet, su hermano menor y mi padrino, logró contactar al administrador del edificio donde vivía y éste le dijo que ya no vivía ahí.

Desde entonces no hemos vuelto a saber de él.

Desde entonces está desaparecido.

Missing.

Nadie sabe dónde está.

Algunos en mi familia lo dan por muerto, tirado en la morgue de un hospital público y que el NN (el John Doe) en que se convirtió fue cremado o lanzado a una fosa común (¿eso es lo que hacen en USA?, ¿qué sucede allá con los cadáveres que no son retirados?). Otros sostienen que está en el fondo de un río que pasa por un barrio malo de una ciudad grande, el precio final de una deuda no pagada ligada al submundo de la droga o el hampa. Otros (porque Carlos es tema, un tema que despierta todo tipo de especulación) creen que es un descarriado sin sentimientos que no fue capaz de asistir al entierro de su padre, mi abuelo, Jaime Pedro Fuguet Jover, el que no aparecerá en este relato como el típco abuelito de pelo blanco porque no lo fue y porque no tengo la mejor opinión de él, incluso después de muerto.

Una tía cree que Carlos simplemente dejó de contactarse con nosotros y que anda vagando por ahí, en Las Vegas o Cuba, o capaz que hasta esté aquí, en Chile, en algún pueblo perdido. Perdido: ¿qué significa eso?, ¿perdido?, ¿perderse?, ¿por qué alguien se pierde?, ¿se perdió?, ¿se habrá perdido o quiso desaparecer?, ¿le pasó algo?, ¿optó o simplemente le pasó algo y todo esto es mala suerte, un malententido, un asunto de mala comunicación?

Mi tío desapareció —o se perdió— justo antes de que mi abuelo muriera de cáncer al esófago. Dato objetivo: Carlos Fuguet sabía que su padre estaba mal, en las últimas. El resto es especulación. Unos meses antes, Carlos había pasado por el barrio de El Toro, en Orange County, California, al sur de Los Ángeles.

Mi tío Carlos les regaló a mis abuelos un equipo de video y los llevó a pasear a San Diego. Ellos lo criticaron por gastar demasiado, por hacerles tantos regalos.

—Carlos, ¿de dónde sacas tanto dinero? —le preguntó mi abuela Raquel.

¿Cómo se llega de la vieja Nuñoa a la reluciente y recién fundada Orange County?

¿Qué cantidad de cosas tienen que pasar para cambiar tan radicalmente de mundo?

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Esa vez, esa vez que llegó con el equipo de VHS, fue la última que lo vieron. Dicen, porque no está del todo claro, que después hubo una discusión telefónica, creo. Mi tío, que había cumplido los cuarenta y un años antes, no había devuelto un dinero que le había prestado su madre. Todos lo putearon por teléfono. El dinero de mi abuela era un dinero «sacrificado». Lo conseguía haciendo aseo, como empleada doméstica, en las casas de los ricos de Laguna Niguel. Mi abuelo, por ese entonces, trabajaba para la Mercedes Benz de Mission Viejo, en un cargo que fusionaba la contablidad con la de ser chofer. En la familia estaban aburridos de socorrer a Carlos una y otra vez. Mi padre cogió el teléfono y lo insultó, creo.

—Cómo puedes hacerle esto a tu padre que está enfermo —le habría dicho antes de lanzarle una sarta de insultos o algo así—. Después mi abuelo, casi sin voz, o sin voz, porque ya no tenía voz —tenía un aparato en la tráquea—, le dijo algo que una vez me comentó mi abuela entre culposa y avergonzada:

—Deja de molestarnos, deja de existir. No existes para mí. Sólo me has traído problemas. No queremos verte nunca más. No me interesa que seas hijo mío.

Luego le colgó, hirviendo, y se quedó sin aire.

Mi abuela cree que ese nosotros, ese plural, fue la palabra decisiva, la que alteró algo en Carlos y lo hizo desaparecer. Mi abuela también cree que lo que le dijo su marido a su hijo no era del todo verdad, había que colocarlo en el contexto de un altercado, de un hombre enfermo, viejo, desesperado, débil e incapaz de controlar su genio.

Yo pienso: ¿por qué un hombre enfermo, viejo, desesperado, débil, no es capaz de controlar su genio?, ¿por qué le dijo eso cuando pudo callar o decirle otra cosa? Alguien puede estar mal, pero eso no implica hacer el mal. Mucha gente tiende a justificar los momentos de ofuscación. Mi impresión es que es en esos momentos cuando la gente debe, justamente, sobreponerse; donde se ve qué tipo persona es la que tienes enfrente. La mayor parte de los crímenes se cometen cuando la persona ha perdido el control.

Esta conversación telefónica, esta pelea, se me ocurre, fue justamente la gota que rebalsó el vaso. El vaso que estaba lleno hacía rato. O sencillamente trizado. Debe doler que te digan algo así, pero a los cuarenta y un años ya sabes qué es lo que siente cierta gente por ti y qué es lo que sientes por cierta gente. Mi impresión es que mi abuelo, más que odiarlo, estaba entre tremendamente decepcionado y cansado con Carlos.

Si es verdad que esa llamada sucedió como dicen que sucedió (al menos, sucedió en el mito familiar), entonces ahí, en ese instante, ocurrió algo enfermizo. Pasó algo que no debió haber sucedido: un padre se comportó como un hijo. Inmaduramente. Un hijo, a la larga, por ser hijo, tiene derecho a equivocarse, a herir. Es altamente probable que termine pagando sus errores pero ese es otro cuento. Un padre no puede ponerse al mismo nivel que su hijo. No me cabe duda de que mi abuelo le dijo la verdad y —quizás— Carlos se sorprendió al escuchar tan concentradamente lo que hacía tiempo necesitaba o quería escuchar.

Claramente le dolió.

Claramente lo empujó más allá de la orilla y lo hizo desaparecer.

¿Perderse es escapar?

¿Liberarse?

A los pocos días de esta conversación infernal llegó un cheque a nombre de mi abuela. Lo cobró. El cheque tenía fondos.

Luego, nada.

Nada.

Nunca más.

A los pocos meses, mi abuelo falleció. La pasó muy mal al final; no pudo, por primera vez, salirse con la suya. No tuvo campo ni fundo pero logró imponerse como una suerte de patrón de fundo de pacotilla. Es curioso, pero averiguando acerca de mi abuelo, nadie nunca me ha dicho algo positivo. A lo más, aquellos más diplomáticos, lo han definido como «un ser complicado», «difícil», «jodido».

Yo también tengo mucho que contar de mi curiosa no-relación con este señor que, ahora que tengo más años, puedo entender pero no por eso perdonarlo (quizás podría pero la verdad es que no quiero; a veces es bueno odiar, y este odio es, en rigor, más literario que nada pues no me paraliza ni envenena). Vuelvo a lo mismo: sin duda era un ser maldito, frágil, incompleto, lastimado, pero no por eso tuvo que hacer que el resto se sintieran parecidos.

A mi tío no pudieron avisarle cuando su padre murió porque no sabían dónde estaba. Seguía perdido. Carlos Fuguet había desaparecido sin haber dejado una dirección o, lo que es más curioso, una huella. A mí me avisaron por teléfono. Nos llamó mi papá desde California. En esa época vivíamos en Vespucio frente a la Escuela Militar.

—Tu abuelo murió.

Yo no supe qué responder; le dije:

—Ah, te paso a mi hermana.

¿Debería tener pena?, pensaba. ¿Sentir algo? ¿Qué? Si no le tenía afecto, respeto, simpatía, complicidad. No sabía cómo darle el pésame a mi padre porque no tenía una pizca de pena. Ni siquiera alegría porque tampoco era un demonio que me aprisionaba. Era simplemente un mal personaje secundario. Fui a contarle a mi madre, que estaba en su pieza.

—Se murió el viejo de mierda —le dije—. Por fin.

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Una biografía corta, de esas que sólo se fijan en los hitos y se saltan todo aquello importante: Carlos Fuguet García nació a fines de marzo de 1945 en Santiago y, dentro de todo, dentro de lo que sé, su vida se desarrolló sin sobresaltos. Es (¿era?) el hijo del medio, no era muy alto y —dicen— era el más inteligente. Al menos, es el que leía más de los tres: el más culto, el más intelectual, el más comprometido con las causas solidarias. Sin duda era el que sacó más premios en el colegio San Pedro Nolasco. Quizás era el más tímido también. Aquí estoy especulando: ¿era el más sensible?

¿Por qué pienso eso? ¿Por qué ese afán, esa complicidad, hacia los más trizados, hacia los incompletos? ¿Por qué creo que era así? ¿Acaso mi padre no era el más sensible? Mi padre, se me ocurre, es el que más logró, el que, con errores y todo, nunca desapareció incluso cuando huyó. Porque yo creo que sí, que cuando tenía quince años huyó de sus problemas, de Chile, de nosotros y de mí. Pero Carlos es la obsesión; no mi papá. Mi padre quizás ha sido el tema, el único tema, la inspiración para todo lo que haya creado; sin duda ha sido una adicción, una compulsión por buscarlo, por reemplazarlo, por entenderlo, pero esta crónica es acerca de Carlos.

De Carlos Fuguet, mi tío, mi tío perdido.

De los tres hermanos, Carlos era aquel con más potencial para dañarse, para trozarse y cortarse y hacer pedazos si algo inesperado o inmanejable lo azotaba. Y fue azotado. Igual que sus hermanos. No tanto por su padre, porque esta historia no es de azotes y correazos, aunque por cierto los hay, como era costumbre en esa época. A los tres les tocó cambiar de país y de idioma, pero a los otros dos les afectó menos. Cada hermano es distinto, tal como cada persona lo es. Y siempre hay un hermano más conflictivo. Todos pensaron que ese era el rol de mi padre. Que el mayor, el que lo echaron del colegio por malas notas y una conducta tipo Rebelde sin causa, sería the one. Pero al poco tiempo, los roles se invirtieron. Mi tío Carlos obtuvo el papel del malo, del condoro, y lo desempeñó con energía, carisma y sin mirar atrás.

Su padre —mi abuelo— nació en Montevideo, Uruguay, de padres catalanes recién bajados del barco. El bisabuelo Fuguet era un técnico textil de Barcelona, y mi abuelo, al crecer y quedar huérfano, siguió en el mismo rubro. Cuando nació mi tío Carlos, a mi abuelo no le iba nada de mal. Tenía una casa estilo art decó en el barrio de Ñuñoa, cerca del Estadio Nacional, un auto, servicio doméstico, niños en colegios privados. Era socio del Stadio Italiano. Mi tío Carlos fue un chico relativamente popular, no tanto como mi padre (que era seis años mayor) aunque bastante más que su tercer hermano, mi tío Javier, mi padrino, que tenía un año menos.

Cuando mi tío Carlos cumplió los quince años (creo) las cosas comenzaron a ir mal para la familia. De sopetón, mi abuelo lo perdió todo. En rigor, el que perdió todo fue su cuñado, otro personaje, un inmigrante italiano que se casó con su hermana mayor (y única hermana), la tía María, una chica de quince años. Arildo Olmi era un hombre de textiles, bastante básico, miembro clave de la colonia italiana local. Olmi acogió a mi abuelo, su cuñado, y no sólo le tendió una mano, sino que lo barrió para adentro. Todo bien: excepto por una cosa. El futuro y el presente de mi abuelo, y de su familia, comenzó a depender de otro. De Arildo Olmi. Mientras a éste le fue bien, los Fuguet García fructificaron. Pero cuando al cuñado se le vinieron encima las malas decisiones, y el vicio de las apuestas y el juego, todo se vino abajo.

Carlos Fuguet terminó el colegio muy joven e ingresó al Pedagógico de la Universidad de Chile a estudiar filosofía. Ahí coqueteó con las Juventudes Comunistas y combinaba su apoyo al candidato Salvador Allende con ir a las cárceles a enseñarle a los reclusos a leer. En su tiempo libre, seducía a las jovencitas que trabajaban como domésticas en el barrio («era chinero», me dijo una vez mi padrino) y las llevaba al céntrico cerro Santa Lucía, donde, entre los arbustos, pasaba un rato con ellas.

Mi abuelo tuvo que vender —o quizás le quitaron— su casa de la calle Nueva Ñuñoa (hoy República de Israel) y los cuatro se instalaron en un minúsculo departamento de la popular calle Diez de Julio, barrio de fábricas y repuestos automovilísticos. Se acabaron los lujos. Mi abuelo manejaba un taxi, mi abuela cosía. Desde California, mi padre, ya casado y conmigo, comenzó a mover los papeles de inmigración. En esa época, ingresar a los Estados Unidos no era difícil. Mi abuelo decidió que primero partirían sus dos hijos y, una vez que ellos ya estuvieran instalados, él los seguiría. A los diecinueve años, el segundo de los Fuguet llegó al aeropuerto de Los Ángeles sin saber una palabra de inglés. Iba con su hermano menor. Ninguno de ellos había salido al «exterior». En la embajada, frente al Parque Forestal, declaró que nunca había pertenecido al Partido Comunista y que no admiraba a Fidel Castro, dos mentiras de una. También firmó, con su padre al lado, un papel que decía que estaría dispuesto a defender a su nuevo país en caso de una guerra.

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Todos aquellos que se han mudado de país y de vida se hacen la pregunta: si me hubiera quedado en mi sitio de origen, ¿esto hubiera sucedido? ¿Qué hubiera pasado con Carlos Fuguet en Chile? ¿Habría terminado como un profesor?, ¿como un guerrillero?, ¿habría desaparecido a manos del ejército de Pinochet?

Mi tesis de sobrino es que los Estados Unidos arruinó a mi tío. Quizás eso es injusto, es lanzar la culpa lejos. Pero el factor América tiene que ver en la ecuación. Mucho, quizás demasiado. Yo algo sé de trasplantados. Quizás ahí radica mi lazo irrestricto con mi tío: yo también sé lo que no es tener un lugar en el mundo. Esto lo entiendo; me pasó lo mismo cuando aterricé en un neblinoso Santiago de Chile a mediados de los setenta. Carlos quizás tuvo menos suerte. ¿Tiene la suerte algo que ver en esto? Algo le pasó a Carlos. Antes de que se perdiera, ya estaba perdido.

O camino de perderse.

¿Por qué?

¿Cómo un chico bueno de Ñuñoa termina con problemas con la ley y, se me ocurre, consigo mismo? No es sencillo rehacerse, menos en otro idioma. Carlos, además, era un adolescente, lo que no facilitó su historia. En Los Ángeles, mis tíos vivían en un minúsculo departamento en un edificio cercano adonde vivíamos mi padre y mi madre y yo. Carlos se consiguió trabajo en la cocina del hotel del aeropuerto, al lado de los aviones, casi como si no quisiera instalarse del todo ahí y pudiera tomar uno y regresar. Pero nunca pudo. Al rato aparecieron mis abuelos y todos se fueron a vivir juntos. Mi abuelo lavaba platos. Mi abuela pegaba botones en una fábrica. Al rato, el papel que firmaron en la embajada en Santiago se hizo realidad. Había una guerra, o algo así. En Vietnam. Era 1966. Carlos y Javier fueron llamados al ejército. Hoy, en la televisión, escuchamos cómo mueren inmigrantes e hijos de inmigrantes latinos en el desierto de Irak. En esa época, la noción de chilenos luchando en Indochina era, por decir lo menos, risible.

¿Qué tenía que hacer un chico de Ñuñoa en Saigón?

Parece que a mi abuelo, sin embargo, no le pareció tan fuera de lugar que sus hijos partieran a luchar a una guerra que poco tenía que ver con su país adoptado y nada con su país de origen. Cuesta entender cómo no se regresaron a Chile o cómo no envió sus hijos a Canadá. En Santiago, mi abuelo no la estaba pasando bien, pero estaba lejos de estar muriéndose de hambre. No era un asunto de vida o muerte emigrar a California. Ir a Vietnam, sin embargo, sí lo era. Me imagino que, al final, prevaleció el factor conveniencia y el statu quo. ¿Qué se le iba a hacer? ¿Quizás pensaron que no era tan peligroso? Creo que lo asumieron como parte del peaje para poder cumplir o alcanzar el sueño americano y poder partir de nuevo. Entrégame a tus hijos y puedes volver a tener lo que tenías allá lejos, o quizás más. ¿Es tan alto el precio? Además, los chicos tendrían un curso intensivo de inglés. Volverían hechos hombres.

Los niños no eran niños. Perfectamente pudieron volver a Santiago. El costo, quizás, era no poder volver a Estados Unidos. Pero con un plan, l ...