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MONTE MARAVILLA

Miguel Lafferte

0


Fragmento

1

Yo estaba allí cuando sucedió. Se suponía que el tipo estaba muerto. Estaba desaparecido desde 1976, figuraba en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos del Cementerio General. Pero regresó. Regresó para encarar a sus asesinos. Yo estaba ahí cuando sucedió. En la oficina de abogados Mate & Lancaster.

Era viernes por la tarde y me encontraba sentado ante mi escritorio esperando a un cliente. César y los demás se habían marchado y el despacho común lucía vacío y silencioso. Tras la muerte de mi abuelo, me había mudado a su departamento; había acondicionado un poco el lugar, no mucho, había guardado sus herramientas de dibujo, pagaba las cuentas todos los meses. Los papeles de la propiedad no estaban regularizados y la segunda esposa de mi abuelo, dondequiera que estuviera, podía aparecer cualquier día y reclamar el departamento para sí. ¡Qué gran abogado era yo!

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Estaba pensando en esto cuando sentí una corriente de aire. Había dejado la puerta abierta y por un momento me pareció que alguien acababa de cruzar el pasillo. Hubo ruido de pasos, las pisadas se hicieron más fuertes y Aldunate apareció en el umbral.

Aldunate era nuestro jefe. Aldunate era como todos los jefes o al menos como todos los que yo había conocido. El poder aísla, pero la obediencia constante también puede crear la ilusión de ser una persona comprendida e incluso razonable. Aldunate vivía entre estas dos formas de locura. Usaba suspensores con tirantes de colores según su estado de ánimo.

Nos miramos un instante, ambos sorprendidos por la presencia del otro. Su rostro se endureció.

—Alfaro, tome su libreta y sígame.

Seguí a Aldunate a través de los pasillos oscurecidos por el atardecer. Las mujeres de la limpieza nos dirigían miradas torvas. Eran casi las ocho. ¿Qué esperábamos para irnos? ¿Es que acaso estábamos planeando algo? Yo empezaba a preguntarme lo mismo.

Junto a la sala de reuniones había un mesón vacío (la última recepcionista nos había dejado hacía mucho), un sofá, una mesita de centro cubierta de revistas jurídicas y dos sillones. Mientras esperabas a ser atendido podías entretenerte hojeando un ejemplar del Boletín de Derecho Tributario. Aldunate se detuvo.

Sentado en uno de los sillones, con expresión no particularmente divertida, estaba Odlanier Benavente.

Al vernos, se puso de pie.

Era alto, de unos setenta años, ojos grises y aspecto severo. Al nacer, su padre, el almirante Reinaldo Benavente, decidió darle su nombre. Pero por alguna razón, por hacer un chiste o dárselas de original (tal vez hubiera alguna apuesta de por medio), se lo puso al revés.

Odlanier.

A mí siempre me sonó a gotas para los oídos.

No esperaba volver a verlo sino hasta dentro de algunos meses. No hasta el fallo de los tribunales. Pero allí estaba, nuestro primer cliente, acusado en nuestro primer caso: el caso Mina Amarilla. Sin embargo, parecía distinto. Su rostro lucía una grasienta barba de tres días. Despojado de la corbata y con el primer botón sin abrochar, el cuello de la camisa se alzaba tieso y desencajado. Eché un vistazo en dirección a la mampara y el ascensor. Había venido solo.

—Por aquí —dijo Aldunate señalando la puerta de la sala de reuniones.

Nos repartimos alrededor de la mesa. Aldunate ocupó la cabecera, Benavente se sentó a un costado.

—Disculpe —dijo Benavente—, la semana pasada estuve en cama por un resfrío y aún no termino de recuperarme. ¿Podría bajar las persianas? Me molesta un poco la luz.

Aldunate me miró. Rodeé la sala tirando de los cordones y cerrando las persianas. Anochecía y la luz exterior era prácticamente inexistente. Me senté. Abrí mi libreta sobre la mesa y saqué mi lápiz. Los ojos de Benavente se clavaron en él.

—Alfaro va a tomar nota —dijo Aldunate—. Ahora cuénteme qué lo trae por aquí.

Benavente se acomodó en la silla con gesto desafiante (uno de sus hombros quedó más alto que el otro) y dijo:

—Vengo a informarme sobre los avances del caso.

Miré a Aldunate y luego a Benavente y otra vez al primero. Aldunate no mostró el menor gesto de turbación o sorpresa. Era un viejo lobo de la abogacía y durante su larga carrera había visto de todo.

—Señor Benavente, la verdad es que desde nuestra última entrevista, aquí en esta misma sala —juntó las manos con delicadeza—, no ha habido ningún avance. En presencia del señor Lancaster le hicimos saber que, en lo que respecta a esta etapa del proceso, nuestro trabajo se halla suspendido y solo nos resta esperar el fallo de los tribunales.

—Claro. El fallo —escupió Benavente. El hombro que estaba más arriba descendió, mientras el otro subía.

Aldunate continuó con voz tranquila.

—Una vez que tengamos el fallo en nuestras manos vamos a poder planificar el siguiente paso. Mientras eso no ocurra, lo único que nos queda es confiar en el trabajo realizado. Creo que elaboramos una defensa contundente y confío en que va a ser un fallo favorable, dentro de lo que cabe esperar.

Benavente escuchaba con el ceño fruncido y el rostro echado hacia atrás. Se llevó una mano a la boca y tosió.

—Disculpe, no le ofrecí café —dijo Aldunate.

—No quiero café.

Iba a pararme. Me quedé donde estaba.

Benavente volvió a acomodarse en la silla.

—Quiero hablar con Lancaster.

Estas cosas pasaban todo el tiempo, sobre todo en los viejos casos escritos. Los abogados terminaban su trabajo y los clientes se quedaban como huérfanos, empezaban a sentirse inseguros, a hacerse preguntas. Telefoneaban afirmando haber recordado algo importante, un detalle de última hora que quizá alteraría por completo el rumbo de los acontecimientos. ¿Era ya demasiado tarde para incluirlo en las declaraciones? Era la espera. Los debilitaba y enloquecía.

Aldunate respiró hondo. Luego, con paciencia, le explicó a Benavente las etapas del proceso judicial, tal y como ya lo había hecho en aquella lejana última reunión con Lancaster, en la que Benavente se había presentado en la oficina acompañado por su habitual dispositivo de seguridad. Yo también había estado en aquella reunión. Yo y mi libreta y mi lápiz.

Benavente miraba a Aldunate y de vez en cuando sus ojos se apartaban y se fijaban en mí. Bajé la vista y escribí:

ODLANIER REINALDO

No me gustaba la manera que tenía Benavente de mirarme, pero estaba atrapado. Me aseguré de que Aldunate no pudiera ver mi libreta y seguí trazando garabatos y figuras mientras fingía tomar nota, como él me había pedido.

—De todas formas, estoy disponible ante cualquier pregunta que tenga —concluyó Aldunate.

Benavente lo observó en silencio, los dedos de la mano derecha tamborileando sobre la mesa.

—No me gusta. No me gusta la forma en que está llevando el caso. Quiero hablar con Lancaster.

—El señor Lancaster se encuentra fuera de Santiago.

—¡Ah, fantástico!

—Señor Benavente —Aldunate se inclinó hacia delante—, insisto en que estoy enterado de los detalles del caso y voy a estar atento para informarle de cualquier novedad que se presente. Quiero que se sienta totalmente…

Benavente golpeó la mesa con el puño.

—Así que usted está enterado. Usted me va a informar de las novedades. Bueno, déjeme que le cuente yo una novedad. El fin de semana pasado un sujeto desconectó las alarmas de mi propiedad y entró en mi casa.

Y ahora paranoia.

Aldunate abrió la boca y noté una sonrisa de desconcierto que empezaba a dibujarse en su rostro, pero reaccionó.

—¿Robaron algo? ¿Hirieron a alguien?

—No, no robó nada —dijo Benavente con fastidio—. Era de noche y todos se habían ido. Claro, menos yo.

—¿Hizo la denuncia? Podemos asesorarlo. Alfaro está tomando nota de todos…

—¡Qué denuncia ni que ocho cuartos! —estalló Benavente.

Intentó continuar, pero solo logró farfullar un par de sílabas incomprensibles.

—Quiero hablar con Lancaster —dijo por fin.

La página que tenía ante mí se había llenado de garabatos y frenéticas tachaduras que rellenaban pequeños cuadrados y triángulos. Pasé a la siguiente.

—El tipo, este… animal… llevaba un abrigo negro… y tuvo la desfachatez de dirigirme la palabra.

—¿Lo amenazó? —preguntó Aldunate.

—¿Quiere saber lo que me dijo?

—Por favor.

—Me dijo: Tú me detuviste.

Una mano aterrizó sobre mi libreta arrugando y torciendo la página en la que garabateaba. El rostro de Aldunate parecía de piedra. Sin apartar la mirada de Benavente, retiró la mano.

—Usted sabe, todas esas personas… detuve a un montón, pero cumplía órdenes y nunca se probó… ¡No, señor! ¡Lo otro nunca se probó! Era una época extraña, había mucha confusión, pero… ¡No, señor! ¡Nunca se probó!

Benavente balbuceaba. Aldunate lo acalló con un gesto.

—¿Alfaro? —dijo.

—¿Sí, señor?

—Salga.

—Sí, señor.

La cabeza de Benavente se había hundido entre sus hombros atenazada por dos manos como garras. Me levanté evitando mirarlo, tomé mi lápiz y mi libreta y salí de la sala.

2

Era un viejo departamento en el primer piso de un edificio de cuatro, no del todo estrecho, aunque las habitaciones tenían una distribución un tanto extraña. Al parecer, habían pertenecido a dos departamentos separados que mi abuelo había unido derribando y levantando muros. Además de cocina, baño y un pequeño patio de baldosas, contaba con un dormitorio, un estudio y un diminuto cuarto al fondo del pasillo, donde había ido apilando las pertenencias de mi abuelo, después de tirar la mayor parte a la basura. El cuarto estaba adosado al edificio y el techo tenía goteras. Me había prometido a mí mismo repararlo antes de que llegara el invierno. Desde luego, lo olvidé y con la primera lluvia me vi subiendo al techo armado con una escoba para batallar contra los elementos desatados mientras buscaba el agujero por donde se colaba el agua (sin una idea clara sobre qué haría cuando lo encontrara). Y más tarde, derrotado y chorreante, registrando las gavetas de la cocina en busca de tiestos de plástico que luego distribuí en el suelo del viejo cuarto arrodillándome sobre el papel de diario mojado y calculando la ubicación a partir de las gotas que se formaban y pendían de los parches húmedos e hinchados del techo. Por suerte, el invierno había quedado atrás. Los grifos del baño tenían filtraciones, las cañerías estaban tapadas, la alfombra estaba sucia, la pintura de las paredes agrietada y desprendida, sobre todo en la cocina (y lo peor, lo primero que me había dicho mi madre: era una gruta intrincada y oscura, donde aún rondaban las cosas de mi abuelo). Pero en general estaba bastante bien, considerando que no tenía que pagar arriendo.

3

Comenzaba otra mañana con mucho sol y sin ningún cliente. Aldunate había salido temprano y yo estaba sentado en la recepción hojeando el último número de Versos Universales. El suplemento llegaba todas las semanas con el diario. No entendía gran cosa de poesía. Más que nada, me había fijado en la forma que los poemas adoptaban sobre la página. Unos eran bastante uniformes, con líneas de texto de extensión similar; otros no. Algunos se ensanchaban, mientras que otros se iban angostando, angostando hacia el final, hasta terminar en una palabra o dos.

Un tipo salió del ascensor y se acercó a la mampara. Se quedó ahí parado. Cuando le hice un gesto con la mano, miró en otra dirección, dio media vuelta y regresó al ascensor. Pasó un rato y apareció una mujer. Leyó las letras estampadas en el cristal: «Mate & Lancaster Abogados». Las leyó detenidamente, como si pudieran entrañar algún enigma, luego giró y bajó por las escaleras.

Pasaba todo el tiempo. En ocasiones empujaban la puerta y aventuraban alguna pregunta a quien vieran cerca.

—Quiero cambiarme de nombre. ¿Podrían ayudarme?

—¿Es posible estafarse a uno mismo?

Las preguntas rara vez tenían algo que ver con el Derecho. De alguna forma, la gente esperaba que las leyes abarcaran más aspectos de la vida de los que de verdad abarcaban. Había llegado a la conclusión de que la mayoría de las personas consideraba el Derecho y a los abogados como cuestiones aparatosas, intrincadas, en cierto modo innecesarias; sin embargo, cuando se veían metidos en algún enredo legal, se extrañaban de que existiesen tan pocas leyes y reglamentos. Lo veía en sus ojos, una especie de súbito y fugaz desaliento. La última vaga esperanza perdida para siempre. ¿Acaso eran estos todos los artículos que había? ¿No encontraríamos más en otra parte?

A menos que trabajaras en una firma especializada, cada caso era nuevo y distinto; tenías que documentarte, familiarizarte con jergas técnicas desconocidas. En una ocasión nos tocó defender a una mujer que se había caído por una escalera en una transitada estación de metro. Se había roto una pierna. Otra media docena de personas había sufrido accidentes similares en la misma escalera. La administración había pegado un enorme autoadhesivo junto al último escalón: «NO CORRA, EVITE ACCIDENTES, OTRO TREN YA VIENE». Enviamos a un perito, un ingeniero jubilado, a revisar. Cuando subes o bajas una escalera, después de pisar el primer peldaño, el cerebro echa a andar una especie de piloto automático que te permite completar la operación de forma casi inconsciente. El asunto es que el cerebro supone que todos los escalones tienen la misma altura. En estas circunstancias, cualquier desnivel o diferencia de altura entre los peldaños puede resultar fatal. El octogenario ingeniero fue hasta la estación, sacó de su maletín un metro plegable, se agachó y fue bajando con paso lento mientras medía cada peldaño. Resultó que el quinto escalón, de abajo hacia arriba, era nueve milímetros más bajo que los demás, diferencia que estaba cuatro milímetros por encima de la norma. Ganamos el caso y la mujer logró que la empresa le reembolsara los gastos médicos.

Pero había días así, mañanas así. Cuando los clientes escaseaban y no nos quedaba más que sentarnos ante nuestros escritorios o en el sofá de la recepción y languidecer.

Levanté los ojos de la revista y en ese momento lo vi salir del ascensor y acercarse. Bajo, mofletudo, pantalones de color claro, gran carpeta con papeles. Sonriente.

Un primerizo.

Parecía no estar enterado: alguien quería sacarle dinero y para evitarlo tendría que pagarle dinero a alguien más. Más exactamente, a nosotros.

Me puse de pie y abrí la puerta.

—Buenos días —dijo—, me llamo Manfredo Cifuentes.

De pronto, recordé el nombre. Había pasado el fin de semana metido en el departamento, haciendo arreglos y guardando las últimas cosas de mi abuelo, y me había olvidado de él. Era el tipo al que había estado esperando el viernes pasado (antes del episodio con Benavente, que de alguna forma también se había escurrido de mi memoria), el cliente que no se había presentado.

—Señor Cifuentes, soy Pablo Alfaro. —Nos estrechamos las manos—. Pase, por favor.

Pensé en conducirlo al despacho común, pero descarté la idea. Por alguna razón, me pareció que la visión de César, Boris y Drago podía ahuyentarlo. Consideré la oficina privada de César. Finalmente, lo guié hasta la sala de reuniones.

Nos sentamos y saqué mi libreta.

—Cuénteme —dije.

Se retorció las manos con nerviosismo.

—Se trata de esta tipa, esta… Eugenia. Me está demandando.

Asentí con gravedad. Luego apunté en mi libreta: MUJER.

—Dígame cómo empezó todo.

—Hace dos años mi padre falleció y mi hermano y yo decidimos usar la plata de la herencia para poner un negocio.

HERENCIA. NEGOCIO. Subrayé NEGOCIO.

—Mi hermano estuvo averiguando y al final decidimos invertir la plata en una empresa de limpieza de alfombras.

—Interesante —dije con el mismo tono de desfalleciente interés que utilizaba cuando un cliente decía que tenía una empresa de lámparas o de rodamientos… o que se había caído por una escalera del metro—. ¿Cómo les fue?

—¡Fantástico! Los primeros meses fueron fenomenales, tanto así que decidimos ampliarnos a otros rubros. Venta de alfombras, instalación de alfombras. Hablamos con una oficina de abogados…

ABOGADOS. Sapos, culebras, cruces invertidas.

—… y la abogada que nos atendió, una tipa muy desagradable, nos dijo que lo más recomendable era designar a un representante legal. Mi prima había entrado en la sociedad poco antes, así que la designamos a ella. Efectivamente, eso nos solucionó un montón de problemas. Nos ahorramos impuestos, renovamos los contratos de nuestras empleadas, crecimos una enormidad, ampliamos la planta de personal y contratamos a una contadora y a una segunda secretaria…

¿ACOSO? Reprimí el impulso de ilustrar el concepto con un par de dibujos alusivos (el primero de ellos: una mano).

—Adquirimos la representación exclusiva de una marca de alfombras de Malasia, ellos fabrican unas alfombras especiales con un químico antihongos. Nos va muy bien, sobre todo con las corredoras de propiedades. Trabajamos mucho con las corredoras, están siempre instalando y lavando y cambiando alfombras. ¿Le suena Neira & Feliú, la corredora de propiedades de la viuda Feliú?

—No.

—Trabajamos mucho con ellos.

Noté que miraba la alfombra.

—Señor Cifuentes.

—¿Sí?

—Por favor, vaya al grano.

—Ah, sí, sí. Bueno, el asunto es que hace un par de meses mi hermano se fue al extranjero y me cedió su parte de la sociedad. Mi prima quiso dividir la empresa, mi prima Eugenia, yo me opuse y entonces ella me demandó.

Cerré mi libreta y deposité el lápiz encima. El tipo me observaba acodado sobre el borde de la mesa, expectante. Estudié su rostro: el mentón, la frente sin arrugas, una oreja.

—Permítame —dije alzando un dedo—, solo para aclarar bien el asunto.

—Claro, adelante.

—Si le estoy entendiendo bien, señor Cifuentes…

—Dígame Manfredo.

—Si le estoy entendiendo, Manfredo… —dije espaciando las palabras—, usted está siendo demandado…

Sus codos fueron separándose sobre la mesa mientras sus hombros bajaban, bajaban a tirones.

—… por su propia representante legal.

—Exacto.

—Que es su prima.

Permaneció inmóvil y parpadeante. Sus labios se tensaron y estuvieron a punto de decir algo. Hasta que por fin lo dijo:

—Bueno, sí… ¿Es muy malo?

Le informé de nuestras tarifas y le dije que estudiaríamos el caso. Insistió en dejarme la carpeta. Cuando se hubo marchado, le eché un vistazo. Boletas, formularios de todas las clases y colores, también la fotografía de una mujer. La representante legal, supuse. En realidad, ser demandado por el propio representante legal no era del todo infrecuente, sobre todo si había utilizado el viejo pretexto de ahorrar impuestos para apropiarse de los derechos de los demás socios y convertirlos, legalmente hablando, en cadáveres ambulantes. También cabía la posibilidad de que todo el asunto no fuera más que un cuento. Otra cosa que había aprendido durante mi breve pero intensa carrera era que a la gente sencillamente le gustaba inventar historias. Descubrí un cajón bajo la cubierta de la mesa. Viejos sobres con el membrete de la oficina y media docena de cajas de clips. Metí la carpeta y empujé la manilla. Los papeles se arrugaron y crujieron. Volví a empujar, triturando los papeles, hasta cerrar por completo el cajón. Me puse de pie, sacudiéndome las manos mientras miraba alrededor en busca de algún ojo indiscreto, y volví a mi languideciente puesto de guardia en el sofá.

En la oficina no entraba ni la brisa, pero el año judicial acababa de ser inaugurado y nos habíamos ganado nuestra cena de estímulo por cuenta de Aldunate. Él mismo nunca asistía, supongo que como parte del estímulo. Así que cuando el reloj marcó las siete, apagamos los computadores, tomamos nuestras cosas y salimos a la tarde leve.

Era una vieja casona en el centro, un restaurante de abogados llamado Doña Dominga. También lo frecuentaban médicos y uno que otro carabinero retirado. Una mierda de público, sí, pero la comida era buena, partiendo por el plato de la casa: pollo al coñac con papas fritas, caldo y ensalada chilena, acompañado de pan, mantequilla y dos botellas de vino, también conocido como Pollo Presidencial. Después de ingerir todo ese cerro de comida, sin contar los aperitivos y bajativos, cortesía de la casa, efectivamente podías llegar a sentirte como el presidente o al menos como el presidente de la Corte Suprema. Y por una vez en el año, gratis.

El lugar estaba abarrotado. Esperamos en la barra mientras limpiaban nuestra mesa. Las meseras, gruesas ancianas envueltas en delantales blancos, pasaban en todas direcciones llevando marmitas humeantes. Junto a nosotros, dos sujetos tomaban combinados.

—A este tipo ya lo tengo sentado en la pica —le decía uno al otro—, ahora lo que quiero es darle el último empujón para que la punta le salga por la cabeza.

Me volví hacia Boris y Drago.

—¿Y César? —pregunté.

—Ya debería estar aquí —dijo Boris, levantando la vista de su teléfono.

Al cabo de un rato, un muchacho colombiano vestido con delantal agarró dos botellas de vino de las estanterías y nos dijo que lo siguiéramos. Cruzamos el aposento principal y entramos en uno de los salones secundarios. Ventiladores de pie dispuestos en distintos puntos intentaban barrer el espeso tufo a comida hacia algún otro lugar. Nos sentamos. El muchacho puso las copas boca arriba, descorchó una de las botellas y se alejó.

Boris untó mantequilla en un pedazo de pan.

—Leí en una revista que acaban de inaugurar uno de esos restaurantes en donde sirven la comida no en platos, sino sobre mujeres, mujeres desnudas. Son platos fríos, obviamente.

Boris tenía la boca roja y siempre húmeda de saliva y dentro de ella había una superabundancia de dientes. Al salir, los dientes se habían encontrado con que ya había otros dientes ocupando sus lugares, pero habían decidido salir de todas formas. Había dientes sobre dientes; debajo, dientes entre dientes, como rabanitos, como pequeños deditos marfileños.

—No tienen que lavar platos —dije.

—Exacto. La gente termina de comer y las mujeres se levantan y se van a la cocina, donde hay unas duchas, una especie de camarín, se meten en las duchas, se secan con una toalla y vuelven a acostarse en las mesas rodantes y los cocineros vuelven a cubrirlas con comida. Es un trabajo muy duro. Se enferman mucho.

—¿Por el frío?

Mordió el pedazo de pan y negó con la cabeza:

—Alergias cutáneas.

—¿Qué historia estás inventando ahora? —dijo César colgando su chaqueta en el respaldo de la silla de junto.

—¡Es verdad! ¡Era un documental muy serio! —dijo Boris, traicionado por los nervios.

Boris padecía de una ligera tendencia a la mitomanía. ¿Una conveniente deformación profesional? Era difícil saberlo, ya que todos nos habíamos conocido siendo ya abogados. Aunque quizá era eso lo que lo había conducido al oficio. Con el tiempo habíamos aprendido a nunca confiar en nada que saliera de su boca salivosa e hiperdentada.

—¿Pidieron? —preguntó César.

—Sí —dije.

—Sí —dijo Boris.

Drago no dijo nada.

César se sentó, llenó su copa y nos miró con una sonrisa.

—Adivinen quién acaba de cruzar la puerta de la oficina y está hablando con Aldunate en estos mismos momentos —dijo interrumpiendo su sonrisa el tiempo justo para probar el vino.

—No sé —dije.

—No tengo idea —dijo Boris.

César pasó por alto a Drago.

—Javier Téllez.

Javier Téllez era el segundo inculpado en el caso Mina Amarilla. Recordé haberlo visto en la oficina en cierta ocasión, muy abrigado en su silla de ruedas, con una única mano visible sobre el reposabrazos y el dedo índice agarrotado en un rígido gancho artrítico que se sacudía espasmódicamente, como si telegrafiara un mensaje en un aparato invisible.

—Pensé que se estaba muriendo —dijo Boris.

—Y se está muriendo. Llegó en su silla de ruedas, con el hijo, el que se llama Augusto César, Marco Antonio o Napoleón. Aldunate los estaba esperando. Cuando me vio aparecer me pidió que me quedara y tomara nota, supongo que para que la oficina no se viera tan desierta y miserable o para no tener que quedarse solo con ellos.

—¿Y qué quería?

—Está loco. Quiero decir, el hijo, Augustito o como se llame (Téllez obviamente está loco, se dedicó a mirar el aire). Apenas nos sentamos en la sala de reuniones, se puso a gritar. Que su padre estaba anciano, que había sufrido mucho. A Aldunate no se le movía un músculo. En eso al viejo le dio un ataque, se puso a toser y a aletear con los brazos. Aldunate me hizo un gesto y fui a la cocina a buscar agua. Volví y Augustito seguía vociferando. Cuando le acerqué un vaso al viejo, me gritó: ¡No, agua no! Luego sacó del bolsillo unas fotografías. Empezó a lanzarlas sobre la mesa, una por una, como repartiendo naipes. ¡Mire!, le decía a Aldunate, ¡mire!, y Aldunate le decía: Señor Téllez, ¡Señor Téllez!, e iba recogiendo las fotografías y juntándolas en un montoncito. El asunto es que, según Augustito, alguien entró en la casa del viejo mientras él estaba fuera del país, hace dos semanas, eludió los sensores de movimiento y rompió unos muebles o algo así. Y aquí la historia se pone buena…

César se inclinó sobre el mantel con un brillo de intriga en la mirada.

—Según Augustito, también rayaron las paredes. Escribieron un mensaje en el dormitorio del viejo. El mensaje decía: Tú me trasladaste.

Boris se puso pálido y sus orejas subieron y bajaron en un único y estremecido espasmo. César luchaba por seguir con la historia, a pesar de la risa y la excitación.

—Según Augustito, el viejo alcanzó a ver al intruso. ¡Un tipo con un abrigo negro! Augustito hizo la denuncia en la comisaría al llegar a Santiago, pero ya no quedaba ningún rastro. El viejo les había dicho a las empleadas que limpiaran todo.

Se produjo un breve silencio.

—¿Lo viste? —preguntó Boris.

—¿Qué cosa?

—El mensaje escrito en la pared.

—¡Obvio que no! Es decir…, no sé. Eran fotografías mal tomadas, absurdas. Respaldos de sillones, baldosas de cocina, esquinas del techo. No se veía mucho.

—Bueno, ¿lo viste o no?

—Pero si te estoy diciendo que ya habían limpiado…

César y Boris se pusieron a discutir. Llené mi copa, tomé un sorbo y dije:

—Aldunate te echó, ¿no?

César y Boris callaron y me miraron.

—Llegado cierto punto —continué—, Aldunate te echó de la sala de reuniones.

—¿Cómo supiste? —dijo César.

—El viernes pasado un antiguo amigo de Téllez estuvo en la oficina con un cuento parecido.

La sonrisa se había borrado del rostro de César.

—Benavente —dijo en un susurro atónito.

Nos quedamos en silencio empinando nuestras copas y aportando con nuestros alientos a la densa atmósfera del lugar. Los ojos de Boris se movían por el mantel, saltando de un objeto a otro (un tenedor, la panera, los envases de los condimentos), conectando hechos y luego retrocediendo, retrocediendo espantados. Yo había hecho lo mismo, aunque de forma más discreta, mientras escuchaba la historia de Téllez. César intentó distender el ambiente.

—¿Ves lo que hiciste? Ahora Boris va a tener pesadillas.

—¿Por qué yo? —se quejó Boris.

—Yo no voy a tener pesadillas, Alfaro no va a tener pesadillas…

—¿Y Drago? —preguntó Boris.

—No seas huevón. Drago no duerme.

Miramos a Drago, que nos observaba con rostro imperturbable, y empinamos nuestras copas en un silencioso brindis.

El Pollo Presidencial hizo su arribo. Las papas fritas, los tazones de caldo humeante. Pedimos otra botella de vino y arremetimos con cucharas y tenedores.

El salón había comenzado a vaciarse. La mesera retiró algunos platos y trajo los bajativos: licor de manzanilla servido en chatas copas redondeadas. Sobre la mesa, el pollo, las papas fritas, la mayor parte de la ensalada se habían ido. Nos reclinamos en nuestras sillas para sorbetear los últimos conchos de vino.

En la mesa de junto, dos sujetos corpulentos y de nuca rapada tomaban vino acodados sobre el mantel.

—No nos dejan usar pistola, ¿sabes por qué? Dicen que es un arma de ataque. Nos echan a la calle con un revólver Taurus; al menos podrían pasarnos un Colt. Claro, es como comparar un Audi con un Hyundai. Cuando voy a Argentina a cazar jabalíes llevo mi rifle nuevo. Es el mismo modelo de los marines gringos. ¡Tengo que usar munición con una camiseta especial para que la bala se quede dentro del animal y no salga por el otro lado!

—Tiene que ser el hijo —dijo César, vaciando su copa de un trago—. El hijo de alguno de esos pobres tipos.

—¿Por qué? —le pregunté—.Podría ser cualquier persona.

—Podría ser una hija —dijo Boris.

—Si yo fuera hijo de alguno de ellos haría lo mismo —dijo César.

—Si fueras hijo de alguno de ellos y no el abogado de Benavente y Téllez.

—Cierto —dijo César con súbita ecuanimidad.

Boris agarró una botella y la inclinó sobre su copa. La botella estaba vacía. La dejó y agarró otra y luego otra. Fue alzando botellas y volviendo a posarlas sobre el mantel. Habíamos estado tomando bastante.

—Todo esto —volvió a arremeter César— suponiendo que haya sido una y la misma persona.

Escupió un resto de corcho y agregó:

—Y que no es un invento.

—Por favor —dije—. ¿Quién iba a inventar algo así?

—Téllez no necesita excusas para inventar cosas. Creo que todos hemos leído sus declaraciones, por no mencionar las de Benavente. Y no estoy hablando de simple perjurio, sino de desvarío puro y duro. ¿Qué tal si fue él mismo el que rompió los muebles y rayó las paredes?

Boris había logrado llenar la mitad de su copa con los restos de varias botellas. Pensé en probar el licor de manzanilla, pero un último destello de instinto de conservación me dijo que no lo hiciera.

—Pero imagínate que fuera el hijo —insistió César.

—Imagínate que es una organización —dijo Boris.

—Hostigando a dos viejos involucrados en un caso que no le importa un pepino a nadie.

—Parece que hay alguien a quien sí le importa.

—Exacto: a un familiar.

Probé el licor, que me supo a tónico para la tos. César estaba empezando a cabrearme.

—Así que ahora no es el hijo —dije con la boca aún crispada a causa del concentrado jarabe—. ¿Entonces quién es? ¿La abuelita?

César se volvió y me miró.

—¿Quieres apostar?

—Lo más probable es que nunca sepamos quién fue.

—Quizás. O quizás sí.

—A ver. Cuánto.

—Por favor. Estamos entre caballeros.

Por un segundo, no entendí a qué se refería y me limité a menear la cabeza con la frente pesada por el vino y los ojos entrecerrados.

—¿Entonces qué? —pregunté, temiendo estar ya demasiado borracho.

César extendió los brazos abarcando las fuentes desperdigadas sobre la mesa.

—Hecho —dije.

Al salir por la puerta, un sujeto le decía a otro:

—En la consulta identifico a los tipos solitarios apenas entran. Tienen muy mala piel, llena de granos y erupciones. A veces les pregunto si vienen con alguien, algunos dicen que sí. Luego invento una excusa y me asomo a la sala de espera. No vienen con nadie.

César y Boris tomaron un taxi. Me quedé con Drago en un incierto y mal iluminado paradero de buses. Drago no decía nada. Pero Drago nunca decía nada. Ahora solo se tambaleaba y me miraba con sus pequeños ojos grises de roedor. No estaba seguro de a qué había apostado o por qué. Pero una cosa sí sabía: el año judicial había comenzado.

4

Mate estaba de viaje en el extranjero, Lancaster se la pasaba en su parcela en las afueras de Santiago, así que Aldunate era el encargado de dirigir la oficina. Debía de tener unos setenta años y era sobrino de Lancaster en algún lejano grado. A veces, cuando los clientes escaseaban, inventaba casos y nos ponía a trabajar en ellos. No le gustaba que anduviéramos por ahí holgazaneando. Nos decía que acababa de recibir una llamada urgente, nos daba un par de pistas vagas y luego nos enviaba al archivo o al despacho común a consultar códigos y reglamentos. Nunca volvíamos a saber del caso.

Descendiente de una familia de larga tradición militar, en octubre de 1973 formó parte del equipo de abogados que se encargó de defender a los dieciséis oficiales de la Fuerza Aérea acusados de sedición. Las nuevas autoridades habían declarado estado de guerra interna y los tribunales militares estaban facultados para actuar de forma aún más sucinta que en tiempos de paz. Exequiel Montero, jefe del equipo de Aldunate, y los demás abogados dispusieron de dos días para preparar las defensas. Solo se les facilitó una copia de la acusación y tuvieron que turnarse día y noche para lograr hacerse una idea aproximada de los cargos que enfrentaban sus defendidos. Tres días más tarde, los oficiales fueron condenados a muerte, pena que, en un doble anticlímax, fue conmutada por cárcel y luego por exilio. Pasados algunos años, Aldunate fue invitado a participar en la fase germinal de la Constitución de 1980, como parte del grupo de consejeros técnicos del asesor jurídico de la Fuerza Aérea. Ninguna de sus observaciones fue considerada para las etapas posteriores (ni las del asesor jurídico de la Fuerza Aérea ni las de ningún asesor jurídico, ya que estamos) y el único fruto palpable de su trabajo en la redacción del documento fue una fotografía suya con el ex presidente Jorge Alessandri Rodríguez, que colgaba en una de las paredes de su oficina.

Crucé la recepción y enfilé el pasillo. A través de los cristales de su oficina vi a Aldunate sentado tras su escritorio, erigiendo y volviendo a dispersar desordenadas pilas de papeles. Tenía puestos los tirantes rojos. Aparte de algunos trámites pendientes, llevábamos dos semanas sin hacer casi nada. El recuerdo del prometedor inicio del año judicial, incluida la cena en Doña Dominga, se había desvanecido. Hasta César, que tomaba casos por su cuenta, se había pasado los últimos días rellenando los crucigramas del diario.

Aldunate se puso de pie y se dirigió hacia la puerta. Apuré el paso y me escurrí en el despacho común.

—¿Alguna novedad?

César, Boris y Drago me miraron desde sus escritorios.

—¿Nada? —dije con tono implorante.

—No —dijo César.

—No —dijo Boris.

Drago sacudió la cabeza.

—Aldunate está nervioso. Acabo de verlo en…

La puerta se abrió y Aldunate irrumpió en el despacho. Me senté y fingí leer un libro que estaba sobre mi escritorio. César y Boris hicieron lo propio. Aldunate se paseó por entre los escritorios hasta detenerse en medio de la oficina, la gruesa corbata colgando entre los tirantes como una cola de castor. Habló con tono examinador.

—Si un avión se estrella en la frontera entre Chile y Argentina, ¿dónde se entierra a los sobrevivientes?

—Depende de su nacionalidad —dijo César.

—Los restos pueden ser repatriados —dijo Boris.

Drago entornó los párpados y suspiró.

Aldunate nos observaba con los brazos en jarra. Fue girando la cabeza con movimiento regular mientras sus ojos se detenían en cada uno de nosotros. Cuando llegó mi turno, alzó el mentón.

—En ninguna parte —dije, como si recitara una lección tediosa y repetida—… porque son sobrevivientes.

César y Boris intercambiaron una mirada de espanto. Habían caído en la broma escolar más antigua de la historia, pero no era eso lo que les preocupaba ahora. La voz de Aldunate atronó desde lo alto.

—QUIERO UN ESTUDIO DE DERECHO COMPARADO. CÓDIGO DE AERONÁUTICA CIVIL Y MILITAR, TRANSPORTE DE CARGA Y PASAJEROS, EMERGENCIAS, CATÁSTROFES, CASOS ESPECIALES ...