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PEQUEñOS CEMENTERIOS BAJO LA LUNA

Mauricio Electorat

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Fragmento

Índice

Cubierta

Comienza así

Todo (o casi)

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Continúa así

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Recibe antes que nadie historias como ésta

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Si el pasado no perdona, hoy cúrate llorando

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Termina así (o casi)

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Créditos

«Où furent les grandes actions de guerre,

déjà blanchit la mâchoire d'âne...»

(Donde ocurrieron las grandes acciones de guerra,

blanquea ahora la quijada del asno)

SAINT-JOHN PERSE

Para Gabriel Electorat y Mateo Electorat

Comienza así

—Así es que tú eres el que vive en París —dijo Yákelin.

—Sí.

A unos pocos metros de la terraza, del otro lado de la baranda de madera, una camioneta vetusta, hundida bajo el peso de un cargamento de melones y sandías, se detuvo con un crujido de latas junto a los surtidores de gasolina. Una bandada de cormoranes irrumpió en el cielo diáfano. Volaban en fila india hacia el norte, contra un fondo de cumbres lejanas.

—Espera que voy a atender —dijo Yákelin.

Pedí otra cerveza. El chico vino. Supuse que era el hermano de Yákelin. Limpió la cubierta con un trapo sucio, puso una Escudo fría y chorreante y aprovechó de limpiar las otras dos mesas, que estaban vacías. Yákelin terminó de cargar el estanque de la camioneta, intercambió algunas frases con el chofer —un tipo obeso, con polera y jockey de los Chicago Bulls— y regresó a sentarse a mi lado. Me miró, abrió desmesuradamente los ojos y dijo:

—Qué romántico.

Me dio risa.

—¿Que romántico qué?

—No sé —dijo ella—, París, la ciudad del amor... debe ser hermosa.

—A veces —dije yo.

—¿No me quieres contar?

—¿Qué quieres saber?

Ella sonrió, sus mejillas se colorearon con un ligero rubor, clavó sus ojos morenos en los míos y dijo:

—Todo.

Todo (o casi)

1

Ella tiene un nombre romántico, o que suena romántico: Chloé. Él no es Dafnis. Ni mucho menos Longo, porque esta no es una novelita pastoril del siglo II, aunque a lo mejor... quién sabe... Pero no, digamos que no. Él se llama Emilio. Emilio Ortiz Bulnes. Hay otra chica. Una coreana: Young-ae Kim. Pronúnciese Yungué. A Emilio siempre le pareció un nombre de personaje de dibujo animado, Young-ae Kim: una bella sonrisa de dientes nacarados en un rostro de pómulos altos y ojos rasgados, enmarcado por la mancha negra del cabello muy liso, cortado, se diría, con regla. Hay también un departamento en las afueras de París. En Colombes. Rue Buffon, número 15. Tres habitaciones, más sala de estar, una cocina bastante diminuta, un baño. Claro que tiene un parqué de tablas anchas que cruzan de un extremo a otro las piezas. Un bonito parqué a la antigua. Pero los cuartos no son muy amplios. Y además dan a un cementerio. Lo primero que hará Emilio será preguntar por el nombre: Cementerio comunal de Colombes, le dirán, también llamado Cementerio de La Cerisaie. Esto a Emilio al comienzo le parecerá más bien lúgubre. Todas esas tumbas al despertar... antes de acostarse. Claro que con el tiempo se acostumbrará. Y, la verdad, le llegará a gustar esa vista: abrir de par en par las ventanas de la sala por la noche y fumar un cigarrillo contemplando el cementerio bajo la luna. Y no podrá evitar pensar en la cercanía entre los vivos y los muertos. La calle Buffon es bastante estrecha: los edificios por un lado, entre los cuales el que lleva el número 15, los autos estacionados a ambos lados de la calzada y al otro lado, tras un muro de piedra, más bien marrón, más bien alto, tres metros, tres metros y medio, la silenciosa extensión de tumbas, callejones, pasajes, mausoleos, algunos cipreses, no muchos, cinco o seis... Esa situación también le recordará un título: Los grandes cementerios bajo la luna. Un libro de Bernanos que estaba en casa de su tía Amalia, porque en casa de su tía Amalia, entre otras cosas, había una biblioteca. En la suya no. No es que no hubiese libros; los había como suele haber libros en las casas de la gente que no tiene ninguna costumbre de leer: un par de novelas de Arthur Hailey, Aeropuerto y Hotel, cree recordar. Un ejemplar de El padrino, de Mario Puzo, con la foto de Marlon Brando en la portada. También estaba La cabaña del tío Tom y Mujercitas en edición juvenil, unos libros rojos, de formato pequeño. Y un ejemplar desencuadernado de Adiós al Séptimo de Línea, que era el único libro que había leído su padre. Si hace memoria le parece que eso era todo. Bueno, todo no, en realidad estoy omitiendo algo esencial: la Enciclopedia Salvat. Eso —precisamente— lo salvó. Quiero decir: eso lo transformó en un lector, o sea, lo salvó de ser un analfabeto más. Era maravilloso: Afganistán, Albania, Artigas... con fotos en color, dibujos, esquemas... Lo salvó eso y, claro, la biblioteca de la tía Amalia. Donde encontró el libro de Bernanos, Los grandes cementerios bajo la luna: denuncia virulenta de la sociedad burguesa, de su pacto sordo con los fascismos en auge en los años treinta, de la tibieza de los políticos franceses ante la arremetida de Franco contra la República española. Se lo devoró. Pero antes, obviamente, fue a mirar en la enciclopedia: «Bernanos, Georges (1888-1948), escritor francés, católico, ferviente antifascista...» Es que tenía una martingala: cada domingo, antes de acostarse, se obligaba a leer la enciclopedia por lo menos una media hora si quería evitar que le fuese mal en el colegio durante la semana. Media hora, cada domingo, digamos de los ocho a los quince años, ya es bastante. ¿Leía la enciclopedia?: se sacaba excelentes notas; si se escapaba durante el recreo a fumar a Américo Vespucio, no lo pillaban y cuando en las fiestas de los sábados tocaba «declararse», como se dice en Chile, le iba bien con las chicas, a él que habitualmente era incapaz de sacarlas a bailar de puro tímido. ¿No leía la enciclopedia?: se sacaba solo tres y cuatros, fijo que lo pillaban fumando y ni hablar de salir el sábado... con las notas que había traído. O sea que leyó bastante la enciclopedia. Claro que ha olvidado todo sobre la Brújula, la Combustión, la Osteoporosis, los Urales... Pero no se le ha olvidado leer. En fin, me fui demasiado lejos. Dije que comenzaríamos por el principio. Y el principio es un wáter. Porque Emilio ya está en París. Y tiene un vago empleo de portero de noche. Y tiene también la suma que la tía Amalia le envía regularmente. Una suma modesta, pero algo es algo. Aunque ahora último la tía Amalia ha dejado de enviarle la suma en cuestión, un problema pasajero que se resolverá pronto. De más está decir que él nunca le ha pedido ni un céntimo. Es ella la que le ha estado enviando dinero desde que él se vino a París con la intención de hacer un máster en lingüística, primero, y luego —si puede, si le alcanzan el ánimo y el dinero— un doctorado en semiótica. Bueno, desde que se vino a París no, pero casi. Es que la tía Amalia estaba tan orgullosa... Por fin un miembro de la familia iba a abandonar esta repugnante raza de comerciantes, decía ella. La «repugnante raza de comerciantes» estaba formada por su padre, que era dueño de una concesionaria de automóviles, su madre, dueña de las famosas Tortas Teresita (El letrero decía: «Tortas Teresita» y abajo: «son deliciosas, son exquisitas»), allí en Echeñique con Loreley, casi al llegar a Tobalaba y, sin ir más lejos, por la propia tía Amalia, que era una de las mejores... qué digo una de las mejores, la mejor modista de Santiago. Ahora ya no, claro, ahora está retirada, pero en ese entonces le tout Santiagó se hacía ropa con ella. Amalia Bulnes, prêt-à-porter se llamaba la tienda. Era un departamento en Orrego Luco, cerca de Providencia. Llegaban las señoras con sus patrones sacados de las revistas de moda, Dior, Gucci, Chanel... y la tía Amalia les hacía los modelos igualitos, ni que se los hubiesen comprado en la avenue Georges V o en la via Condotti o en la Quinta Avenida, ay, qué regio ese vestido, galla, ¿te gusta?, me lo hizo la Amalia Bulnes, ah, claro, es que es otra cosa... Era otra cosa, en efecto. Y ganaba mucha plata. Pero últimamente ha tenido problemas. Emilio no sabe qué clase de problemas. Le ha escrito una postal. Querido Emilio, dice. Estoy atravesando por unos meses de dificultades financieras. Espero que puedas suplir con otras fuentes los pocos dólares que te mando. Es una postal muy cariñosa. Pero no entra en detalles. Antes de despedirse, agrega que apenas pueda volverá a enviarle la remesa a su sobrino preferido. Que espera que sepa perdonarla. Que lo quiere mucho. Un beso. Y, en una posdata, que trate de portarse lo más mal posible. Eso es todo. Ante esa situación... ante esa situación ¿qué? Ante esa situación, nada.

2

Una tarde vi en la puerta de un hotel un letrero: «Se necesita portero de noche, referencias exigidas». Junto a la entrada había una placa: «Aquí vivieron Francis Picabia, Tristan Tzara, Man Ray, Rainer Maria Rilke, Vladimir Maiakovski, Louis Aragon y Elsa Triolet». Todo el mundo había vivido allí. Claro, era el Montparnasse de los años veinte. Más abajo, un poema de Aragon: Ne s’éteint que ce qui brilla/ lorsque tu descendais de l’hôtel Istria/ tout était différent rue Campagne Première/ En mil neuf cent vingneuf, vers l’heure de midi... Me quedé un rato tratando de traducir, incluso me decidí a escribir en un pedazo de papel. La cosa daba algo parecido a esto: «Se extingue solo lo que refulgía/ cuando bajabas del hotel Istria/ todo era diferente en la calle Campagne Première/ En mil novecientos veintinueve, hacia mediodía...» ¿«Refulgía» por «brilló»? ¿Pero cómo hacer rimar con «mediodía»? Bueno, tampoco era para la imprenta la cuestión... Entré. El dueño era como un personaje de novela. No me pregunten por qué, aunque seguramente la razón es que durante mi primer año en París yo casi únicamente leía a Balzac y estaba especialmente fascinado por la trilogía que conforman Papá Goriot, Ilusiones perdidas y Esplendor y miseria de las cortesanas. El asunto es que vi al dueño del hotel y me dije: Vautrin. Un tipo bajo, moreno y fornido, con unas manazas y unos antebrazos de presidiario (que uno imaginaba llenos de tatuajes, aunque llevara terno y corbata) y unas patillas a lo Bernardo O’Higgins. De alguna parte salió su mujer. Era bonita, aunque ya no tan joven, digamos de unos cuarenta y algo, pero había conservado toda la lozanía de la juventud. Ella se llamaba Marie-Laure, usaba unos vestidos de escote cuadrado y tenía algo... algo indefinible... No sé... Vautrin y su mujer estuvieron encantados de que yo fuese estudiante. Es lo que buscamos, dijo él. Y ella: Claro, un estudiante sería ideal. Y, además, estaba eso, digo, esa entelequia que siempre nos favoreció: Chile, o mejor dicho le Chili, Allendé, La Moneda en llamas, los militares quemando libros, todas esas postales que hablaban de un país formidablemente hundido en el sufrimiento y el terror. Ahora son los sirios, los iraquíes, las mujeres afganas, pero en los años ochenta, en Francia, no había mejor cosa que ser chileno. Pensé: el puesto es mío. Pero entonces Vautrin preguntó: ¿Tiene recomendaciones? ¿Recomendaciones? Sí, dijo Vautrin, señalando el cartel en la ventana, son indispensables. Yo no tenía ninguna. Su mujer agregó, como disculpándose: Con una carta de alguien que nos dé confianza bastaría. Claro, aprobó el marido, usted comprende, por los tiempos que corren. Yo comprendía. Muchas gracias, dije, me conseguiré una y regreso. Lo esperamos, contestó Marie-Laure, con su bonita sonrisa, su bonita melena y su bonito vestido estilo años sesenta. ¿Pero a quién le iba a pedir una carta? Aún no tenía amigos, apenas algunos conocidos. Y la mayoría de esas personas era gente que trabajaba en oficios tan subalternos como el de portero de noche, artistas plásticos que se ganaban la vida pintando edificios, sociólogos que acarreaban maletas en estaciones de trenes, ex comandantes revolucionarios que lavaban platos o pelaban papas en restoranes... Había algo así como tipos de oficios según lo que querías ser en el futuro (si tenías futuro) o lo que habías sido en otra vida (es decir, cuando ya habías tenido futuro). Pero ¿cómo iba a presentar una carta firmada, digamos, por un acarreador de maletas? De pronto me acordé de Alfredo Martín. Alfredo era un chileno que estudiaba, se suponía, literatura, se suponía que era poeta, lo único cierto era que trabajaba como portero de noche en un hotel (esto lo sabía porque me habían dicho que las fiestas terminaban muy bien en el hotel de Alfredo, decían que era muy generoso con los botellines de whisky destinados a los minibares). Me metí a una cabina telefónica. Hice dos o tres llamadas hasta que di con sus señas. Curiosamente, trabajaba en el hotel Lenox, que quedaba en la rue Delambre, a un par de cuadras de donde yo estaba. Fui al Lenox con la idea de averiguar cuál de esas noches podría encontrarlo. Era mi día de suerte: estaba detrás de la recepción.

—Huevón, qué estái haciendo aquí —me saludó.

—Me dijeron que trabajabas de noche.

—Sí, pero los martes hago el turno de día.

Le conté lo que me acababa de ocurrir.

—Pensé que una carta tuya podría servir —le dije—, como eres portero de noche.

—¿Una recomendación de un portero de noche para un puesto de portero de noche? —Alfredo casi saltó de su silla—. Tú estás loco.

Pregunté con toda ingenuidad:

—¿Por qué?

—Porque la mayoría de los porteros de noche de esta ciudad son alcohólicos, o depravados, o ambas cosas —continuó Alfredo—, y muy a menudo están metidos en enjuagues con prostitutas, reducidores, policías corruptos, en fin.

—¿Me estás tratando de asustar? —pregunté.

—Ya verás —dijo Alfredo—. No, lo que tú necesitas es una carta de alguien importante.

—Es que justamente, no conozco a nadie importante.

—Sí conoces —me contradijo—, Fernando Undurraga.

—¿Fernando Undurraga? —dije, extrañado—, pero si trabaja en una librería.

Era vendedor en la Librairie Hispanique de la rue Monsieur le Prince, yo solía pasar por allí y conversar con él.

—Ese no es el punto —contestó Alfredo—, el punto es que es hijo de un embajador.

—¿Y?

—Ya verás —profetizó nuevamente Alfredo.

3

Y en efecto, vi. A la tarde siguiente, fuimos a esperarlo a la salida del trabajo. Nos metimos a un café y le explicamos la situación. Fernando comprendió de inmediato. En mi casa tengo lo necesario, dijo. Vivía en un exiguo entresuelo de la rue de Condé, casi enfrente del Senado. Su pieza estaba repleta de libros, pero no había estanterías, de manera que los volúmenes estaban apilados en columnas que subían hasta el techo. Menos mal que en París no tiembla, porque si no, seguro que Fernando Undurraga habría muerto aplastado por la letra impresa. Fuera de los libros, había solo un escritorio y una pequeña colchoneta de gimnasia, con un saco de dormir por encima. Ni rastros de cocina, ni de baño. ¿Dónde comía? ¿Se duchaba? Ni idea. Fernando abrió uno de los cajones, sacó una resma de papel de carta, hizo un hueco entre las pilas de cuadernos, carpetas y papeles que atestaban el escritorio.

—¿Qué pongo? —preguntó.

—Lo que quieras —dijo Alfredo—, lo importante es la firma.

Fernando escribió entonces una bonita carta, en la que —en un francés perfecto— explicaba que yo era un esmerado, honesto y talentoso estudiante de lingüística en La Sorbona y que sin duda estaba llamado a ser uno de los más relevantes semióticos de los próximos años, etcétera, etcétera... Lo importante, en efecto, no era el contenido de la carta, sino el membrete de la hoja y la firma. El membrete decía, con una bonita tinta gris: José María Undurraga de Castro y abajo: Embajador de Chile. Cosa que Fernando rubricó con una elegante firma.

—¿Es la de tu padre? —pregunté.

—No —dijo él—, es la mía.

—¿Y dónde está viviendo él ahora? —quiso saber Alfredo.

—En Inglaterra —contestó Fernando—, cumplió su sueño.

Alfredo y yo preguntamos casi al unísono:

—¿Cuál?

—Ser taxista en Londres.

Lo miramos, seguramente algo incrédulos, porque agregó:

—De verdad, él siempre dijo que de no haber estado en la Cancillería le hubiese encantado ser taxista en Londres... y la oportunidad terminó por llegar.

—Bueno —dijo Alfredo—, dicen que cuando uno desea algo con mucha fuerza, termina por conseguirlo, ¿no?

—Así parece —contestó Fernando.

A la mañana siguiente volví al hotel Istria.

4

Conclusión: Emilio se vio por primera vez con un empleo estable en París. Portero de noche en un hotel de la rue Campagne Première. Claro que solo viernes, sábados y domingos. Pero ya ganaba un poco más de lo que le mandaba la tía Amalia. Eso le permitía pagar el cuartito en la rue de Malte, el pase mensual del metro, ir a clases, ir un par de veces a la semana a la Cinémathèque, que era más barata que los cines normales, comer, más o menos frecuentemente y más o menos mal, en el casino de la universidad y, a veces, no comer del todo... ¿Pero? Pero, nada. Quiero decir que ni hablar, por ejemplo, de pedirle dinero a su padre.

Su padre (con un whisky):

—Nosotros somos gente de esfuerzo, gente de trabajo ¿me entiendes?

Su padre (con dos whiskys):

—Mis padres llegaron de España por allá por 1910, eran jóvenes y muy pobres...

Su padre (con tres whiskys):

—Mira, cabrito, tus abuelos llegaron de España, de un pueblo extremeño que se llamaba Villar del Rey, un pueblo de mierda, tu abuela María era costurera, lo fue toda su vida, si me preguntái por un recuerdo de infancia te digo altiro: mi madre zurciendo calcetines... putas que éramos pobres, tu abuelo Joaquín trabajó siempre como ayudante de panadero, todo esto no era en Santiago sino en Rancagua, y fíjate cómo son las huevadas de la vida, después de muchos años, tu abuelo se asoció con dos de sus herm ...