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PORFIADOS

Patricio De la Paz

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Fragmento

El viento en el Cabo de Hornos no conoce la compasión. Azota con dureza. Durante horas, furioso. Y cuando por fin se detiene, en esos brevísimos momentos en que decide dar una tregua, el marino a cargo del único faro en este rincón al fin del planeta respira hondo, asoma la cabeza y ve con sus propios ojos el estropicio.

El daño que deja este viento feroz puede tomar distintas formas. La de una enorme bandera patria que, en lo alto de su mástil, termina desintegrada, absolutamente deshilachada, en menos de una semana. La del techo que no resiste la refriega y una parte de él se viene abajo, vencido. La de una casa que, enfrentada al chiflón, cruje y se menea como si estuviera en un terremoto; y donde —de tanto acumular ráfagas sobre los doscientos kilómetros por hora— terminan soltándose hasta las tablas del suelo.

Todo eso nos habían advertido.

Pero hoy, todo eso parece puro cuento. Una exageración.

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Este miércoles de agosto, a las cuatro y media de la tarde, en la isla Hornos no se observa nada de eso. Reina la mesura. El viento no pasa de los dieciocho nudos —unos treinta y seis kilómetros por hora— y la temperatura llega a los 4,3 grados. El mar está en calma; el cielo limpio, con esas nubes únicas que se ven en el firmamento austral y que se desparraman de manera escenográfica sobre el atardecer que ya se asoma. Algunas nubes forman un abanico; otras se ordenan en línea, una tras otra, como los vagones de un tren.

—Este día es una excepción —asegura José Aguayo, cuando nos recibe al bajar del zodiac, para dejar las cosas claras. Aquí jamás hay que fiarse de tanta tranquilidad. Y uno debe creerle: José Aguayo es el marino que manda en esta isla hace ocho meses. El alcalde de mar de Hornos. El que se encarga de mantener el faro, controlar el tráfico de las embarcaciones que se aventuran por estas latitudes, armar el informe meteorológico que se despacha cada tres horas a Valparaíso y prestar ayuda cuando hay vida humana en peligro en medio del mar.

Para cumplir tantas tareas, con instrumentos sofisticados y también a ojo pelado, José Aguayo debe vivir un año en esta isla, la isla Hornos, que es el último rincón habitado de América, el punto donde se encuentran el Atlántico con el Pacífico, a la entrada de la Antártica.

José Aguayo no está solo.

El hombre que ahora veo en la orilla de la playa, vestido con el buzo de combate de la Armada, con boina oscura y chaqueta con su apellido estampado bajo el hombro derecho, se trajo al fin del mundo a su familia. A su mujer, Natalia, y a sus dos hijos.

La pregunta es por qué un padre, una madre y dos niños deciden voluntariamente dejar su vida en Punta Arenas, cerrar su casa, cortar contacto con todo el resto y venirse solos por doce meses a un lugar tan aislado. Con un clima extremo. Con un mar tan gélido que sólo permite seis minutos de vida a quien cae en sus aguas y donde el viento es una pesadilla constante.

Cuesta entenderlo.

Cuesta encontrarle la lógica.

Pero José Aguayo y su esposa tienen clarísimas las razones. Y ninguna tiene que ver con los heroísmos supremos que uno podría imaginar en un sitio tan mítico como éste.

* * *

José Aguayo tiene treinta y seis años y nació en Lota. A exactos tres mil trescientos diez kilómetros del Cabo de Hornos.

Allí lo crió su padrastro, que fue minero y hoy tiene pensión por invalidez y su madre, que vendía verduras en la feria libre de la ciudad. José Aguayo es el mayor de cuatro hermanos. El único uniformado de la familia.

Dice que desde chico quería ser marino. Que cuando los veía desfilar, se maravillaba con sus uniformes. Así que apenas terminó el cuarto medio, postuló a la Escuela de Artesanos Navales y fue aceptado. Salió con la especialidad de técnico en comunicaciones. Su primera destinación, en 2002, fue Valparaíso. Y allí, por casualidad, sin buscarlo, de repente, se cruzó una noche en una disco con Natalia Rodríguez.

Ella, que entonces tenía veintitrés años, se había venido poco antes de Quillota al puerto a trabajar de secretaria. El título lo había sacado en un liceo comercial que con esfuerzo habían financiado sus padres, quienes hasta hoy viven en el campo, en Hijuelas: él es guardia en una empresa de cecinas; ella nunca ha dejado de ser temporera.

Se casaron el 2003. Dos años después José Aguayo empezó a navegar, dedicado a la mantención de los equipos de comunicaciones de distintas embarcaciones. Y se empezó a ausentar de casa. A desaparecer. De repente le tocaban viajes largos, como de Punta Arenas a Arica, y eso era al menos tres meses fuera del hogar. Nació Vicente, el primogénito, que ahora tiene doce años, y José Aguayo lo veía demasiado poco.

La familia se fue en 2007 a Punta Arenas, y el asunto no cambió. Las navegaciones de José Aguayo eran sólo por la zona, pero igual implicaban semanas en el mar y pocos días en casa. Nació Montserrat, hoy de seis años. Eran ahora dos niños con un padre ausente.

Entonces, empezó el cosquilleo interno.

La sensación incómoda de José Aguayo de estar perdiéndose cosas importantes de su familia. Momentos claves en la vida de sus hijos. Y vio una solución dentro de la propia Armada, en las alcaldías de mar: un marino y su familia podían irse un año a lugares aislados donde, además de hacer soberanía, se cumplen funciones de apoyo marítimo. Era tentador. Un año volcado puertas adentro, a su mujer, a sus dos niños. Y de paso, una ayuda en el presupuesto familiar. Los alcaldes de mar reciben una asignación de ciento quince por ciento sobre su sueldo base.

Lo habló con Natalia y postuló para el 2012. Tras exámenes médicos y sicológicos a él y a su esposa, José Aguayo tuvo éxito. Y la familia fue seleccionada para una de las once alcaldías de mar de la zona Beagle y Cabo de Hornos. Les tocó Snipe, una isla diminuta a hora y media de navegación de Puerto Williams. Antes de partir tuvieron cursos básicos de primeros auxilios y debieron sacarse el apéndice, requisito de la Armada para sus destinaciones remotas. Los Aguayo Rodríguez se instalaron en la islita, compartieron un año en familia, ahorraron dinero, sacaron cuentas alegres y regresaron felices a Punta Arenas doce meses después.

Pero la burbuja de Snipe se rompió pronto.

En Punta Arenas José Aguayo volvió a navegar y vinieron nuevas ausencias. La desconexión con los niños. El escaso tiempo para conversar y compartir con su mujer. Noches interrumpidas por llamados a embarques de emergencia. Fines de semana sin ánimo de nada. Entonces, viendo el panorama complicado, a él se le instaló una pregunta razonable en la cabeza: ¿Por qué no postular a otra alcaldía de mar?

* * *

Cuando uno desembarca en la isla Hornos, lo único que se ve es un murallón natural de ochenta metros de alto, por donde se asoman canelos enanos, calafates y piedra. Una pared contundente de roca y vegetación. Y en la base, el inicio de una escalera de madera que trepa en zigzag la empinada ladera.

José Aguayo está parado justo ahí. A pasos del primer escalón. Saluda de apretón de mano y sonríe muy poco. Se nota un hombre tímido. A algunos de los marinos que se bajan del zodiac ya los conoce, son parte de la tripulación del buque que cada dos meses llega para traerle víveres y hacerle mantención a los equipos de la alcaldía. En jerga marinera, a estos viajes se les llama el «repro», por su labor de reaprovisionamiento.

Los marinos empiezan a acomodar los paquetes más pesados en el montacargas que sube en línea recta hasta la cima del murallón. No son pocas cajas. Allí viene lo que esta familia aislada consumirá los próximos dos meses. Allí hay, por ejemplo, quince kilos de arroz, treinta kilos de pastas, quince kilos de harina, cuarenta kilos de papas, diez kilos de pechuga de pollo, veintitrés kilos de vacuno, ciento ochenta huevos, tres mil metros de papel higiénico. Varios balones de gas, de cuarenta y cinco kilos cada uno. Las cantidades lucen hiperbólicas. Y eso que esta vez, explicará luego Natalia Rodríguez, pidieron poco, ya que les ha ido quedando de las entregas anteriores.

La escalera para llegar a la parte alta de Hornos tiene ciento noventa y dos estrechos peldaños de madera. La cifra es precisa y es del propio José Aguayo, quien en el verano subió contando peldaño a peldaño. Un delgado pasamanos permite mantener el equilibrio durante el ascenso.

Desde arriba la vista es magnífica; y uno empieza a entender que venirse al fin del mundo tiene recompensas. Hacia abajo, a nuestros pies, está el murallón natural cortado a pique, el bote de goma que nos trajo hasta acá, los marinos subiendo la escalera; más allá, el mar que esta tarde sigue raramente calmo en esta zona de vientos. En medio de las aguas, el Isaza, el buque del «repro», parece un juguetito. Al fondo, los cerros nevados de los islotes cercanos, donde caen los últimos rayos de sol de este día a punto de desaparecer, pese a que recién son las cinco de la tarde. La belleza es de postal.

Arriba, en la planicie de la isla, donde no hay ni un árbol sino sólo tundra y rocas, el camino lo indica una pasarela. Nadie puede salirse de ahí. Son doscientos setenta metros de tablones de madera, pintados de negro y rojo, hasta la casa donde vive José Aguayo y su familia.

A poco andar aparece el cartel que informa que estamos en la alcaldía de mar Cabo de Hornos y entonces hasta los propios marinos pierden la compostura y se transforman en entusiasmados turistas. Varios se fotografían junto al cartel. Podrán ser avezados hombres de mar, podrán ser navegantes curtidos, pero nadie se resiste al encanto de estar en un lugar legendario.

Un sitio descubierto hace cuatro siglos.

Uno de los pasos marítimos más peligrosos del planeta, bien dado a las tempestades y las olas gigantes.

Una vía de navegación requerida y temida por navegantes; los que han vivido para contarlo y los otros, bastantes, que se han ido al fondo del mar.

Un lugar inspirador, del que han escrito desde Darwin a Coloane. El británico registró la furia de una tormenta. El chileno aseguró que el mismísimo diablo está fondeado bajo sus aguas.

Pero en nada de eso, ni en históricas bitácoras viajeras ni en escritos con marca registrada, pensaron José Aguayo y su mujer para decidir venirse, en soledad, hasta acá.

* * *

Cuando José Aguayo le propuso a Natalia la idea de postular de nuevo a una alcaldía de mar, su mujer no quiso.

Dice ella:

—No quería volver a aislarme, básicamente por mi hijo mayor. Cuando estuvimos en Snipe, de regreso a él le costó mucho volver a adaptarse a la civilización, al colegio, a los compañeros; no interactuaba con otros niños. En la isla nadie lo molestaba, podía estar tranquilo. Él es muy tímido.

Incluso, de vuelta en Punta Arenas, el niño debió ir dos años al sicólogo.

Al final, hablaron con Vicente. Le contaron la situación. El chico estuvo de acuerdo en partir de nuevo. Dijo sí a ojos cerrados, cuenta su madre. Y además prometió que de regreso se adaptaría mejor que la vez anterior. Natalia, entonces, dio luz verde a la postulación. Fueron seleccionados entre más de treinta candidatos y el 27 de noviembre de 2015 los trasladaron desde Puerto Williams a Hornos, en barco. Una navegación que, con clima favorable y sin contratiempos, tarda siete horas.

Natalia reconoce que pesó también un asunto económico. Estar un año en una alcaldía de mar es puro ahorro, ya que no gastan en nada. Y ella tiene una meta clara con ese dinero: espera que de regreso a Punta Arenas puedan ampliar la casa, sin necesidad de endeudarse.

José Aguayo repite sus motivos, que son siempre emocionales:

—Esta es la única opción que tengo de estar todo el día con los niños, de vida familiar. Los niños en Punta Arenas echan de menos al papá, preguntan dónde está, cuándo llega… y aquí podemos estar juntos. Yo no me comunicaba mucho con mi hijo mayor, y ahora hemos ganado confianza. Este es un año en que estoy poniéndome al día. También con mi señora. Ha sido un reencuentro con ella, tenemos más temas de conversación, miramos el futuro.

Curioso: aislarse para estar acompañado. Separarse del resto para concentrarse en unos pocos, los fundamentales. Armar un pequeño mundo íntimo, firme, en medio de una geografía inhóspita. Buscar la certeza de una familia donde todo, desde el clima hasta el mar, es por definición cambiante y caprichoso.

Curioso.

Tal vez de eso estén hechos los verdaderos heroísmos. A escala humana.

* * *

José Aguayo no duda: el lugar de la isla que más le gusta es el monumento del albatros, que moldea en acero el vuelo del ave más característica de este lugar. Se levantó hace dos décadas para recordar a los marinos que aquí han naufragado. Pero el enemigo incansable de esta isla no se enteró de esas solemnidades. La estructura debió ser reemplazada hace unos meses, ya que el viento —una vez más el viento feroz— la partió por la mitad, sin ningún respeto.

Pero lo que a José Aguayo más le gusta no es precisamente el monumento.

Lo que a él le gusta es caminar los cuatrocientos veinte metros que hay desde la casa hasta la escultura, pararse detrás de ella y mirar sin prisas el lugar donde dos océanos convergen. No hay ruido, no hay distracciones. Es sólo un marino y el mar. Allí José Aguayo inspira aire puro y se pone a pensar. Allí se relaja.

Siguiendo ese ejemplo, llego ahí cuando aún queda algo de luz. Me apoyo en la espalda del monumento, tal como lo hace José Aguayo, y miro las aguas donde el Atlántico y el Pacífico se mezclan. Se aprieta el alma. Y por segunda vez en menos de una hora se me cruza el mismo pensamiento: venirse al fin del mundo tiene recompensas.

En el camino de regreso, paso al lado del mástil que en enero hizo flamear la bandera nacional a veinte metros de altura, orgullosa de celebrar los cuatrocientos años del descubrimiento del Cabo de Hornos. Era imponente, una bandera de seis por ocho metros, similar a la que flamea en Santiago frente a La Moneda. Hoy es apenas un pedazo de trapo roto, un guiñapo destrozado por el viento, que José Aguayo tiene metido en una bolsa de basura. El mástil, altísimo, delgado, desnudo, muy blanco, está sostenido por varios cables a tierra. Para que el viento no se ensañe con también con él.

La casa, a diferencia de las otras alcaldías de mar de esta zona austral —que tienen viviendas blancas, con techos azules—, es color terracota. Sus muros exteriores parecen construidos con ladrillos. Pero no. No es más que un resistente plástico moldeado con esa forma. Hay que reconocerle sí que cumple bien su función de engaño.

Tras cruzar la puerta de entrada, el faro. Ahí mismo, metido en la casa. Mantiene su puerta original con el número 1902, año de su construcción. Y una placa que informa que fue inaugurado el 17 de noviembre de 1991. Tiene tres pisos y desde su parte alta emite la luz blanca intermitente que guía a los navegantes. Poco romántico, pero cierto: el faro es automático y José Aguayo no lo opera; apenas se encarga de su mantención.

A pocos pasos, una sala de visitas y la oficina de José Aguayo, con los equipos de comunicación, el computador, el teléfono, los mapas. Su pequeño centro de operaciones para vigilar estas aguas turbulentas. Justo al frente, una puerta con un cartel que advierte que está prohibida la entrada. Es la zona privada de la casa. El espacio familiar. El pequeño reino de los Aguayo Rodríguez al fin del planeta.

Desde allí sale a saludar Natalia Rodríguez. Sonriente, simpática. Más extrovertida que su marido. La mujer del alcalde de mar no se descuida: viste pitillos, metidos dentro de unas botas con chiporro, blusa blanca, chaleco verde. Llama a los niños. Saluden al tío, les pide. Montserrat da un beso rápido; Vicente un desganado apretón de manos.

Imposible no sentirse un intruso.

* * *

Hay cosas que llaman la atención en la casa de una familia que decide estar sola en el extremo austral del mundo.

Impresiona la cantidad de alimentos que tienen que congelar, pues deben durar al menos dos meses. Aquí no hay posibilidad de un pedido extra al supermercado. O ir de carrera al almacén de la esquina. Por eso en Hornos hay tres refrigeradores y dos congeladores. Todos llenos. Y Natalia, en esa necesidad de prolongar la vida de los comestibles, se ha ido convirtiendo en una experta en su mantención: asegura que el repollo dura un mes en el refrigerador; y que el perejil funciona congelado, no así el cilantro.

Todas las ventanas de la casa tienen vistas que quitan el aliento, con paisajes que parecen pinturas. Sobre todo desde la ventana de la cocina: no es casualidad que junto al lavaloza y al desengrasante, Natalia mantenga siempre allí unos binoculares.

Las cortinas de los dormitorios son todas oscuras. Marrón en el caso de la pieza de Montserrat; azul marino en las de Vicente y de sus padres. Cerradas, convierten las piezas en cuevas. No hay otra opción: en verano, el sol les pega desde las cinco de la mañana hasta la medianoche.

Las mascotas de la familia son dos caranchos. Dos aves carroñeras que bautizaron como Lucho y Lucha, y que cada día se paran afuera de las ventanas para que les den restos de carne. No son, en todo caso, lo más exótico que me tocaría ver en las alcaldías de mar del Beagle y el Cabo de Hornos.

La mayoría de las familias aisladas en esta zona viajan hasta aquí con sus perros —vi desde un poodle toy hasta un enorme weimaraner gris—, pero en la isla Lennox fueron más allá: tienen domesticado a un pingüino rey, que sigue a las dos niñas de la casa y canta cuando está contento. Y que, para hacer aún más insólita la situación, también ha adoptado una mascota. El pingüino arrastra para todos lados un peluche que le robó hace unos meses a la menor de la familia.

A falta de gimnasio cerca, el living de los Aguayo Rodríguez sirve de sala de ejercicios. Y como es imposible la presencia de un personal trainer, el matrimonio ha recurrido a la Xbox. A un juego que define el tipo de cuerpo y postura de cada uno y diseña un plan personalizado de flexiones y saltos. Una hora diaria le toca a Natalia; otra a José Aguayo. Porque aumentar de peso es una amenaza en las vidas pausadas de estas latitudes; y quien se descuida, jode: Consuelo Alviña, la guapa mujer del alcalde de mar de Snipe, contará atribulada que ella por ejemplo ha subido diez kilos y que su hijo de siete años, el locuaz Víctor De la Rosa, ha engordado cinco.

Al interior de la casa de Hornos hay flores y plantas. Son muchas, y todas plásticas. De eso me doy cuenta tras mirar largo rato el colorido ramo de flores amarillas y rojas sobre la mesa del comedor. Me acerco, las toco y descubro que son de plástico. Toco las de la mesita del living, unas perfectas rosas blancas y moradas, y también. Lo mismo las flores crema del arrimo. Y las plantas verdes repartidas por el suelo.

Lucen bien, sí; pero son falsas.

Como los ladrillos rojos que recubren la casa.

* * *

Natalia muestra la casa con la soltura de quien maneja el reino. Deja para el final el pequeño altillo sobre la oficina de su marido. Allí ha armado una pequeña sala de clases, donde ella es la única maestra; y sus hijos, los únicos alumnos.

Como Vicente y Montserrat no pueden ir al colegio, su madre se encarga de su educación. En el caso de la niña es más fácil, porque está en kínder. Con el niño, el asunto requirió más esfuerzo: antes de venirse a Hornos, Natalia fue a la Seremi de Educación en Punta Arenas y se consiguió todos los libros y el material para sexto básico. El resto lo ha ido sacando de internet. Sí, internet. Porque aunque están aislados, aquí hay conexión a la red, a la televisión por cable y a un teléfono satelital que les dan noticias del mundo allá afuera.

Cada día, durante cuatro horas, dos en la mañana, dos en la tarde, sentados juntos en el escritorio de la salita de clases, Natalia prepara a su hijo mayor en lenguaje, matemáticas, ciencias naturales, inglés e historia y geografía de Chile. Este último, dice, es el ramo que más le ha costado a ella y a su alumno. La materia es muchísima. Las regiones, los tipos de paisaje, los relieves, las características de la población. La independencia y la instauración de la república. Todos los presidentes del país desde el siglo XIX a la fecha.

A fin de año, con lo aprendido junto a su madre, Vicente dará exámenes libres para poder ser promovido a séptimo en su colegio de Punta Arenas.

La rutina escolar en Hornos incluye también tareas para la casa.

De eso, y para no confundir roles, la profesora se desentiende, y su alumno debe resolverlas con su apoderado, que por descarte sólo puede ser el único otro adulto de la isla. José Aguayo reconoce que las ha visto coloradas con los ejercicios de matemáticas de su pupilo:

—De repente hay cosas que no entiendo, que a uno se le han ido olvidando. Las divisiones no son iguales a como nosotros las aprendimos, antes era más fácil.

Aunque son tareas para la casa, aquí se hacen bajo el mismo techo que cobija la única sala de clases de la escuel ...