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SOFíA NO ESTá BIEN

Macarena Atria

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Fragmento

La aplicación de esta semana se llama FiestApp. La inventaron unos tipos muy zorrones, seguro para que la gente vaya a los eventos que ellos mismos organizan en esos sunset con terraza y Aperol Spritz.

Tienes que poner tus datos y aceptar la geolocalización. Mientras más información pongas sobre tus gustos y tendencias, la aplicación te recomendará fiestas más cercanas y afines a ti, diciéndote exactamente cuál es el lugar en el que debes estar cada noche. Esa es la promesa.

La bajé porque además de tener que comentarla en la cápsula diaria de tecnología que hago, ando out del mundo, y hace mil años que no voy a una fiesta. Y claro, me llamó la atención eso de «el lugar en el que debes estar».

Así que, entre intrigada y movilizada por asuntos netamente periodísticos, bajé FiestApp en mi Iphone de cuarta generación. Quedando de manifiesto, además, lo poco actualizada que ando a pesar de mi trabajo.

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Sí, a veces pienso que me debería actualizar, pero al final no le encuentro sentido a tener que botar un teléfono que todavía funciona. Y hay gente que desconfía de mí por eso. Curioso, por decirlo menos. No soy capaz de relacionar una cosa con la otra. Ser poco confiable por tener un teléfono antiguo... Y no, no es de esnob. No he tenido ni tiempo, ni plata, ni ganas de comprarme otro celular. Mi plan es muy bueno como para arriesgarme a ir a la compañía y que se den cuenta de que estoy teniendo demasiados beneficios. Lo único que sacaría es que me suban el plan y tener que cambiar mi equipo a un Motorola chino o algo así. Tampoco me urge. Como dije, funciona perfecto. Salvo los emoticones, que no están actualizados y me hacen quedar fuera de ciertas conversaciones por mi limítrofe capacidad de expresión virtual.

La falta de gesticulación animada y la cara de algunas personas que ven mi atraso tecnológico como una desadaptación social, es lo peor de vivir en la barbarie tecno-social. Una vez superado eso, nada importa demasiado, especialmente si el plan oficial es empezar a desconectarse.

Al programa le pusimos unas imágenes de fiestas auspiciadas por bebidas energéticas, uno que otro video sacado de YouTube con gente bailando al ritmo de David Guetta y de portada, una rubia y una morena con cara de calentonas exuberantes y con poca ropa.Ya ni peleo para que ese tipo de cosas no sucedan. La cosificación, asegura el clic, y todo el tema de vender a la mujer como producto. Me cansé de nadar contra la corriente. No tengo energía para reeducar animales.

«Las minas venden», dijo un día a modo de precepto el gerente del área comercial, mientras abría el pecho y apretaba el botón latte vainilla en la máquina de café, sin ni siquiera notar que yo estaba al lado. Ahí me di cuenta que cambiarle la cabeza a estos simios es una tarea demasiado compleja para este momento.También me di cuenta que en esa máquina, un latte es lo mismo que un cortado, y que un cortado es lo mismo que un café con leche. Pero te lo venden con nombres diferentes para que la gente crea que tiene más posibilidades.

«¿Así que te vas a ir de fiesta?», dijo Jesús ironizando mientras sacaba la tarjeta de memoria y desmontaba la cámara del trípode.Yo luchaba con el micrófono lavalier que se había atascado en mi sostén. Un clásico. Jesús me hace bullying porque sabe que no voy a ni una parte. Bueno, a veces voy a eventos. Eventos y matrimonios. Pero eso no es salir, eso son cachos sociales.

Con Yisus siempre conversamos sobre las vicisitudes de la experiencia humana. O sea, la vida. Casi siempre es en torno a un café alrededor de las once de la mañana. Nunca llegamos a ninguna conclusión, aunque Jesús cree que sí, y a veces yo también. Sea como sea, la mayoría del tiempo terminamos hablando de películas.

Cambiar la realidad por ficción es mucho más fácil. A diferencia mía, él siempre supo que quería estudiar cine. En cambio yo nunca tuve claro por qué estudié periodismo.Y cuando me preguntan, doy respuestas vagas del tipo: «Me gusta comunicar», «me gusta escribir», «me gusta hablarle a la gente». Nada relacionado con las noticias, eso lo sé. Odio la contingencia. En realidad, lo que odio es esa especie de crisis nerviosa histérica que les da a los periodistas cuando pasa algún suceso importante, que por lo general no tiene ni una relevancia para mí, porque incluso cuando es interesante, al final se termina hablando de todo lo que no lo es.Y ese es mi mayor problema últimamente.Todo lo que no es.

El show mediático y las sobadas de lomo que este diario está dispuesto a articular para manipular la información y lograr que el candidato que representa los «valores» y los «ideales» de este medio sea elegido presidente, es un espectáculo que me tiene constantemente con el bolo alimenticio en la úvula.Y así no se puede vivir.

Estaba todo bien cuando mi labor principal en este diario era hablar solo de tecnología. Pero la agenda noticiosa me ha obligado a hacerme cargo de pautas políticas que distan mucho de algo que me emocione y me motive, y en año de elecciones con candidatos sacados de Macondo, estoy al borde del colapso y la misantropía.

Fue en una de esas charlas de existencia y cafeína que Jesús me habló de La Maga. Me dijo que era una amiga de su mamá que un día se aburrió de lo que hacía y decidió irse al campo, a estar en contacto con la naturaleza. Ahí se me ocurrió hacer algo con eso. No me haría nada de mal estar en contacto con la naturaleza, al menos por un rato. Despejarme, tomar aire. Pero no me puedo mandar un Into the Wild, irme de retiro y desaparecer. Por eso pensé que hacer un documental, o algo por el estilo, era la manera más lógica de alejarme de la ciudad y del caos mental, sin perder mi trabajo. Si voy a hacer algo más allá de la tecnología, que sea un aporte. Un programa buena onda que me ayude a aclarar la mente antes de que la idea de matar a mi jefe termine siendo una opción real.

Labraña ya perdió todo pudor en vacunarme con horas extra sin pagármelas.

Otro clásico del diario es que jamás ha tenido la intención de invertir, ni en su equipo técnico, ni en su equipo humano. Es cosa de mirar la sala de redacción y sus paneles de oficina ochentera, sus computadores Dell del 2010 y sus sillas giratorias que no giran. Una escenografía que podría pasar por vintage cool, incluso que podría ser parte de una película de Wes Anderson, pero con graves problemas de fotografía, composición y ajuste de color.

El Semanario Web es un pequeño núcleo dentro del diario oficial El Semanario, el más leído —y conservador— de Chile. En el diario en papel deben trabajar más de quinientas personas contratadas, y su versión online consta de treinta periodistas con el estrés a flor de piel sacando noticias a la velocidad de la luz. Hace seis años que trabajo en el Semanario TV sin contrato. Somos lo más marginal de la empresa, el último eslabón en la cadena del presupuesto.

Los directores/dueños de este lugar, que crece sin visión de futuro, son unos dinosaurios que encuentran muy chori este asunto de hacer televisión por internet, nos tratan como eternos estudiantes en práctica y nos venden la pomada de que «nos tienen en carpeta» y que quieren «empezar a ampliar el proyecto». Un cuento que data del 2011, cuando pusimos los cimientos de lo que en ese tiempo podía llamarse proyecto. Pero asumámoslo. Esto está muerto.

Y es que al principio, cuando empezamos, había fuerza para el ingenio, hacer buenos videos con poca gente, sin tiempo y sin plata. Pero ya han pasado seis años y El Semanario TV está sentenciado a la mediocridad, y si no salgo de aquí, mi futuro tendrá el mismo destino.

Lo peor de todo ya ni siquiera son los dueños, que están completamente desentendidos de nuestra labor. El problema son los incompetentes que les siguen. Como Labraña, que no hace nada pero cree que todo lo sabe. Se encierra en su oficina de treinta metros cuadrados con sillones de cuero para hablar de cómo se va a ir al lodge del río Baker a hacer fly fishing. O para retar a la María Ester porque no le encargó las pilas de repuesto para el dron que le regaló a Vicentito para el cumpleaños. Esos son sus temas. Muy profesional.Y todo lo paga con reviews de cien palabras en los suplementos del fin de semana.A Labraña las cosas le parecen «macanudas», opina de «la gallá» y siempre está «¡full, full!». Puras mentiras. Eso se sabe. Cada vez que puede (todos los días) inventa una reunión, y nunca nadie más lo vio.Y él es quien toma las decisiones editoriales en este lugar, el que se soba las manos por que salga el candidato de la «centro» derecha para ver si encuentra un «huequito» en el gobierno, y así adquirir poder, que es lo único que quiere.Y jura que pasa piola. Saco de hueas.

La verdad es que me tiraría por el balcón. Pero si lo hago, caería directo a la fotocopiadora de las páginas de Vida Social, y mi intento de suicidio aparecería en el Instagram de alguna #fashionblogger que trabaja #freelance sacando fotos de #brunchs a empresarias líderes que comen #cupkakes en los cafecitos de Alonso de Córdova.Y no es así como quiero lograr la fama.

Como si fuera poco tengo que lidiar con Miguel, el calentón de deporte. Una mezcla entre Lucho Jara y Juvenal Olmos en versión «Nunca llegaste a la tele». El arquetipo del periodista deportivo que siempre quiso ser futbolista pero no la hizo. Nació sin competencias, está siempre al borde del acoso sexual, habla fuerte, hace chistes machistas y canta la mitad del día canciones románticas que quizás podrían sonar bien en algún karaoke de mala muerte, un sábado tipo siete de la mañana. Pero no en horario laboral.Y con la canción romántica viene el piropo lascivo: «Qué linda le queda hoy esa blusita».Y mi blusita es transparente. «Qué bien le queda ese vestidito rojito».Y ese «rojito» es como susurradito, con la «o» alargada, convertida en «h» «Rojitooohhh», bien cerca del cuello, tratando de olerte mientras intenta tomarte la cintura. Qué asco, por la cresta. ¡Es cerdo!, pero inocuo.Todavía vive con la mamá, tiene cuatro hermanos hombres y la señora debe ser de esas viejas de mierda que criaron calzonudos buenos para nada.Yo trato de no toparme con él, le sonrío de lejos con un cinismo pulido por años y me desahogo en estas páginas. De verdad, no estoy de humor para arreglar el mal trabajo de esa vieja que todavía le manda el almuerzo.

El otro freak es el programador web: Igor. Rarísimo, y quizás no tan inofensivo. Aparte de leer en códigos binarios, practica ninjutsu. Un arte marcial diseñado para matar y dejar fuera de combate rápidamente a la otra persona. Según Google, el ninjutsu te enseña a sobrevivir en cualquier situación usando todo tu entorno como arma. Aprendes golpes, sumisiones y derribes. Sumemos todo eso a que no habla.

Bueno, no ME habla. Según Fernando es porque está enamorado de mí (dijo que se lo confesó), pero yo no creo que Igor desarrolle ese tipo de emociones. Estoy segura de que su único gran pensamiento es el de encontrar el momento exacto para sacar su metralleta y mandarse un gran Bowling for Colombine. Será una tragedia y transformarán su historia en un spin off de mi serie de Netflix. El avance de ese capítulo dirá: «Igor revela su verdadera identidad, pone en marcha su ansiado plan y activa el código de aniquilación cibernética explosiva. Sofía intenta escapar ante una inminente masacre».

Hay que cuidarse de Igor.

Jesús y Fernando deben ser los únicos dos cuerdos con los que trabajo. El Feña le inventó el sobrenombre a Francisco. Mi pinche.

Le puso El Moderno porque se la pasa diciendo que no quiere una relación, que eso de amarrarse está pasado de moda y que es mejor que cada uno viva por su lado. No me parece tan mala su idea si no fuera porque la raíz de su propuesta es querer salir a las fiestas para agarrarse minas y después esperar que no usemos condón. Hueón patudo. La frase oficial fue: «Hay que ser más modernos» y lo dijo antes de desplomarse en el suelo tras una última piscola, hace como dos meses.Yo encuentro que no hay nada menos moderno que eso. Así que ahora es ModerNOT.

Yo nunca le he dicho a Modernot que en realidad me dan lo mismos sus frases armadas y sus teorías sobre cómo deben ser las relaciones hoy en día. La verdad es que ni yo sé por qué salgo con él. En primer lugar, no estoy en edad para andar saliendo con Dj’s, y en segundo lugar, lo encuentro feo.

Incluso he notado que últimamente se compra ropa cool como para ser el más bacán de las fiestas. Pero las camisas le quedan apretadas y en cualquier momento le va a salir volando un botón.Y no es que sea gordo, yo creo que no conoce la talla de su camisa. No imagino que alguien en su sano juicio quiera verse apretado a propósito.

Pero claro, quizás el problema ahí es el sano juicio, y no la camisa o su incipiente papada. Porque aunque tiene una pequeña doble pera, su físico no es lo que más me desagrada. Lo que me indigna es su conducta. Su actitud de jurarse winner todo el tiempo, de creer que todas las minas andan detrás de él, de decir siempre que fue el primero en escuchar una canción que después se hace conocida, de contar a viva voz cuánto gana, de gritarle al mesero «tráete la cuenta» con actitud de patrón de fundo, sin un «por favor» después. Ese tipo de cosas.

Ya sé... ¿Quién es más idiota? ¿Él, o yo por salir con él? Está claro que habla muy mal de mí andar con un personaje como ese.

Una vez nos fuimos a Maitencillo. Los dos solos. Estábamos dándonos besos en la cama y le pregunté si había llevado condones. Él sabía que no iba a pasar nada sin condón, porque tengo un trauma con quedar embarazada, y por eso aplico todos los sistemas anticonceptivos del mundo.Además, llevábamos dos semanas saliendo, y él quería ser moderno.

«Se me olvidaron», dijo paveando con una carencia de actitud tan descomunal que la poca calentura del momento hizo que mi cuerpo se transformara rápidamente en Groenlandia.Yo había llevado, pero no los saqué. Encontré que no se merecía mi precaución, y me terminó por matar la poca pasión que me iba quedando.

¿Qué hombre se va a la playa con una mina y se le olvida llevar condones?, ¿sabiendo que no va a pasar nada si no los lleva?

No tuve sexo en todo ese fin de semana y a nadie le importó demasiado. Quizás yo no lo caliento.Y para ser franca, él a mí tampoco. Así que no es que salga con él por sexo. Entonces, ¿por qué estoy con él? Quizás porque sabe de música.Y eso es un gran punto a favor. Pero insuficiente en comparación con todo lo que me carga.

En todo caso, la Natalia lo odia más que yo. Cada vez que me pregunta por él se le desfigura la cara, como si se metiera una babosa gigante a la boca, como si estuviese hablando de comida rancia.

Yo, solo para sacarla de quicio, le comparto casi todos los WhatsApp que nos mandamos con Modernot.Antes se indignaba con mis respuestas, me decía que era inocente y que no me podía querer tan poco. Lo que es totalmente cierto. Pero ahora que yo también he adquirido cierta animadversión hacia el personaje, no me reta tanto.Además, ahora las conversaciones se han convertido en teletipos muy poco estimulantes.

Chat de WhatsApp con Modernot

Modernot:

¿Cómo va?

Modernot:

Te tinca hacer algo en la noche? ;)

Yo:

Sí, puede ser. Tengo que ir a Calera de Tango en la tarde. Hablemos más rato. (Emoticón dedo para arriba)

Casi nunca vamos a lugares públicos, y cuando salimos es como si no estuviésemos juntos. De hecho, nadie sabe que «pinchamos». No sé si él me esconde o en el fondo soy yo la que se muere de vergüenza de que me vean con él. Parece que lo odio un poco. Pero antes de explotar con los mil y un argumentos que me hacen estar en una relación incoherente por miedo a estar sola, prefiero cambiar el tema. Se me había olvidado contarle a la Natalia que iba a ver a La Maga, así que le lancé un par de spoilers por WhatsApp. Como que era una señora pachamámica, y que iba a ver si se me ocurría hacer un documental orgánico. No fui muy precisa por falta de tiempo, y a ella no le interesó demasiado. Como siempre, estaba más preocupada de odiar a Francisco.

Chat de WhatsApp con Natalia

Natalia:

Me carga ¡Patéalo! (Emoticón cara roja de odio)

Yo:

¡Ya! (Emoticón ojos de huevo) si no creo que salga con él. (Emoticón media sonrisa)

Modernot, al contrario que para la Natalia, no constituía para mí prioridad alguna en ese momento.

Chat de WhatsApp con Natalia

Yo:

Tengo que enfocarme en la idea pachamámica (emoticón tierra, plantas)

Natalia:

Ya pero ¿Es un documental? ¿Lo quieres hacer en tu diario? No entiendo...

Yo:

Ni yo... No tengo muy claro qué voy a hacer, ni mucho menos cómo. Me tengo que ir...

Natalia:

¡Aaays! Te jurái misteriosa. Ya, chaíto nomás... La cagó el día inútil... ¡No he vendido nada!

Yo:

Ustedes los de venta nunca venden nada (emoticón latero)

Natalia:

¡Ay! eeella, ¡La diligente!

Yo:

No sé cómo pretenden vender en tu tienda sillones vintage hechos en China a un millón y medio de pesos.

Natalia:

Está a un millón cuatrocientos noventa, son fabricados por artesanos orientales, y hay gente que los compra.

Luego de la trascendental conversación mobiliaria, me puse los audífonos. La mejor excusa para hacerse la desentendida. Lo hago cada vez que me voy del diario y no quiero que nadie me hable. Es mi sutil forma de decir que no estoy disponible.Aunque últimamente ya no es tan sutil. Ese detalle, más una sobreexpresiva cara de que voy atrasada, me ayudan a salir de este búnker rauda y sin contratiempos. Pero al ritmo de Hey Lloyd I’m ready to be heart broken tuve que disminuir la velocidad de atleta olímpico al llegar a la escalera. Siempre pienso que me voy a caer. Debe ser un trauma infantil, así que aseguré cada peldaño con la calma de un samurái.Además, si uno anda con audífonos exigiendo que nadie te hable, no puedes darte el lujo de rodar escalera al suelo. Eso significaría una contusión y mucha gente alrededor preguntando qué pasó. Y hablar con cualquier ser humano es algo que en ese momento no quiero.

Una vez en tierra firme revisé los últimos chats del WhatsApp. Me encantaría desconectarme de todos, pero después, dar explicaciones de por qué no estabas conectado es el doble de latero.

El resumen fue el siguiente:

Chat Familiar: Mi hermana se cortó el pelo y subió más de diez fotos desenfocadas de su nuevo look. Mi sobrino se sacó un 6,4 en la prueba de anatomía donde por lo que entendí, le preguntaron sobre los músculos de la cara. Mi papá andará todo el día en Peñuelas por una reunión de trabajo y mi mamá solo reacciona frente a las noticias con diversos emoticones festivos.

Chat del Colegio: Los últimos cuatro mensajes eran «jajaja» «jaja» «ahjj» y «jajajajaja» de diferentes compañeros a propósito de un video que no pude abrir. Quizás lo haga más rato y agregue un «jajaja» más.

Mensaje de WhatsApp de Natalia

Natalia:

¡A todo esto!

¿Te conté que de nuevo abrí Tinder? Y que de nuevo lo cerré porque es la escoria mundial.

¿Te conté de mi última cita a almorzar con Fabiano? (emoticón mono con las manos en la boca)

Argentino, de colegio con nombre de santo inglés, alto, lleno de tatuajes, enfermo de raro.

A la Natalia se le ocurren las formas más insólitas de contarme sus historias. Esta vez era una mezcla de mensajes de textos y de voz que tuve que escuchar en un nivel mínimo de volumen para que el mundo a mi alrededor no se enterara de las barbaridades que a veces dice mi amiga. Aunque esta vez se midió.

Yo no sé qué opinar de Tinder. Por un lado, mis amigos dicen que solo hay minas desesperadas.Y yo no voy a caer en esa categoría. Pero por otro, también conozco parejas gestadas en el ciberespacio que aparentemente se ven felices. Pero no sé; además, suficiente tuve con Nicolás. Hicimos match, le dije hola y ahora me acosa por todas las redes sociales. Normal normal, ahí la gente no es. No me tinca nada sentar las bases de una relación en torno a la ansiedad y la desesperación.

Volviendo a la Nat, y según lo que entendí, salió con un abogado argentino que le tincó porque era Católico Apostólico Romano, como le gustan a su familia.Y antes de que su mamá Opus Dei le chante un marido en pleno siglo veintiuno, la Nat decidió ahorrarse el conflicto a través del uso de la tecnología. Dijo que prefería probar con Tinder antes de que la mandaran a una cita a ciegas con algún pechoño solterón acabado. Pero de la aventura cibernética solo sacó a un freak que nunca más la llamó. Hasta hoy, que la buscó para pedirle un favor de trabajo. Y eso la tiene desbordada. «No puedo creer lo cara de raja», dijo.

Yo sé que a estas alturas estamos todos un poco desquiciados (y desquiciadas puntualizará más de alguien). Cada día más mañosos y exigentes. Las mujeres un poco brutales y sicóticas, pero los hombres están más raros que nunca. Por eso ya no hay romance. Los hombres ahora les tienen susto a las mujeres porque ya no saben lo que somos ni qué es lo que queremos de ellos. Si abrirnos o no la puerta, si pagar o no la cuenta, si decirnos que estamos lindas, si invitarnos, si llamarnos, si abrazarnos, si regalarnos algo... Ese tipo de cosas. Pequeños detalles de un universo paradigmático que está cambiando y que a nosotros nos tocó vivir en pleno, quedando en la mitad. La generación bisagra entre el romance y el match.

Así que ante la duda mejor abstenerse. Supongo.

Chat de WhatsApp con Natalia

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