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STEFANO

María Teresa Andruetto

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Fragmento

Ella preguntó: ¿Regresarás?

Y él contestó: En diez años.

Después, lo vio marcharse y no hizo un solo gesto. Distinguió, por sobre la distancia que los separaba, los tiradores derrumbados, el pelo de niño ingobernable, la compostura todavía de un pequeño. Sabía que correría riesgos, pero no dijo una palabra, la mirada detenida allá en la curva que le tragaba al hijo.

A poco de doblar, cuando supo que había quedado fuera de la vista de su madre, Stefano se secó los ojos con la manga del saco. Después fue hasta la casa de Bruno y lo llamó. El amigo salió y su abuela se quedó en la puerta, mirando cómo se iban. Dieron unos pasos y Bruno volvió la cabeza para ver si ella seguía en la puerta, hasta que el sendero les escondió la casa. Entonces el humor empezó a cambiarles.

Por el camino se les unieron Pino y Remo y, poco más tarde, uno que llevaba una acordeona y se llamaba Ugo. Al atardecer, se cobijaron bajo el alero de una iglesia, sacaron unos panes y Ugo, una petaca de vino. Stefano sintió el fuego del vino arrasando la garganta, su resaca en el pecho; pensó que su madre estaría pensando en él.

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Ugo tomó la acordeona y cantaron hasta que quedaron dormidos.

Ciao, ciao, ciao,

morettina bella ciao,

ma prima di partire

un bacio ti voglio dar...

Mamma mia dammi cento lire

che in America voglio andar,

che in America voglio andar...

Despertaron echados unos sobre otros. Andando, encontraron a un viejo que seguía a una vaca vieja como él, dos niñas a las que Ugo y Pino hicieron bromas hasta que echaron a correr asustadas y una mujer de luto que a Stefano le hizo pensar nuevamente en su madre. Se detuvieron al borde de un huerto.

—¿Qué quieren? —preguntó una vieja.

—Algo caliente.

—¡Todos los días pasan pidiendo! —protestó ella y se metió en la casa.

La vieja sacó un pan y se los dio. Se sentaron a comerlo en el suelo, en un rincón de la cocina. Era un sitio sombrío que olía a coles, pero hacía calor junto al fuego de una estufa de guisa.

Habían salido ya al camino, cuando la escucharon gritar:

—¡A ver si mandan algo, que de aquí todos se van y de nosotros ni se acuerdan!

Ella gritaba, con el carro a la rastra, y yo corría a encontrarla, Ema. Salía a buscar paja y de regreso gritaba mi nombre, Stefano, y yo corría hacia ella.

Desde el camino que llevaba a nuestra casa, ella me llamaba, Stefano decía, Stefanin, y yo corría a encontrarla...

Y ella abandonaba los ejes, se refregaba las manos y echaba el calor de su aliento a los dedos de hielo, mientras yo arrastraba el carro hasta el patio...

Se metieron en una fila que daba la vuelta a Génova y allí estuvieron todo el día. Avanzaban lentamente porque en la mesa de Migraciones debían sellar pasaportes, mostrar las libretas de trabajo y entregar los billetes de barco.

Todos llevaban algún dinero: Pino, el que le había enviado su tío desde Argentina; Ugo y Remo, los ahorros de su casa; Bruno, lo que juntó su abuela en años; y Stefano, lo que su madre había conseguido por la venta de una máquina de coser. Ya era bastante bueno que no hubieran tenido que vender a Berta.

Nadie se movió cuando se hizo de noche y la oficina cerró. Una mujer le dio el pecho a su niño que lloraba; no bien el niño se hubo metido entre la blusa, quedó dormido. Un hombre joven que llevaba abrigo gris jaspeado y parecía de mejor condición que los demás, los convidó con castañas. Iba a trabajar a un hotel de Buenos Aires. Avanzada la noche, se sacó la manta y la puso sobre la mujer que dormía con el hijo al pecho.

Una mandolina sonaba:

Scrivimi...

non lasciarme piú in pena...

Una mujer joven que le había pedido un cigarrillo al hombre de abrigo jaspeado, hacía un momento, siguió al de la mandolina:

... na frase un rigo appena

calmerano il mio dolor.

Tu non scrive non torni,

tu sei fatta di gelo...

Ugo sacó la acordeona y los acompañó. La mujer se llamaba Gina y tenía un sombrerito color chocolate calzado hasta las orejas. Alguien dijo: “¡Otra! ¡A ver, linda, canta otra!”, y al calor de los aplausos siguieron hasta la madrugada.

Encima de la parva había unas ramas para el fuego. Unas ramas, Ema, y una torcaza muerta.

Ella dijo: ¿Has visto lo que encontré?

Y yo la miré a los ojos.

Ella dijo: ¿No crees que fue una suerte, Stefanin?

Y yo contesté: Sí, mamá.

Ella dijo: ¿Has visto qué gorda es?

Y yo le tanteé el tamaño bajo el plumaje y aunque no me pareció tan gorda le hice que sí con la cabeza.

Gina viajaba a la Argentina a casarse: en Rosario la espera su novio, eso ha dicho, aunque Stefano la vio durante la noche responder con picardía a la mirada del hombre de jaspeado; es amiga de la que amamantaba al niño y se llama Berta, como su vaca.

A la madrugada, los que cantaban se durmieron; el niño y su madre despertaron con el día y salieron a caminar por el muelle, hasta que la fila empezó a moverse.

El barco está completo, informó el de la oficina cuando les tocó el turno, pero ellos insistieron hasta convencerlo. El hombre selló los pasaportes, puso cinco veces Destino: Buenos Aires, y le dijo a otro:

—Suma estos cinco y se cierra la lista.

Después, anduvieron por la ciudad, hasta la hora de la partida. El barco salía a la madrugada; se llamaba El Syrio.

Debajo de la casa estaba el establo.

Nos calentábamos con el aliento de las vacas. Teníamos muchos animales, pero los fuimos vendiendo, hasta que sólo nos quedó esa vaca.

Le pregunté: ¿Creés que Berta va a tener cría antes de hacerse vieja?

Si podemos servirla, dijo.

Le pregunté: ¿Y cuánto cuesta eso?

Lo que no tenemos, dijo.

Y no dijo más.