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SUDOR

Alberto Fuguet

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Fragmento

Sucede. Ocurre. De pronto uno conoce a un escritor y su obra adquiere fuerza, relevancia. También pasa lo contrario, por cierto: uno tiene la posibilidad de acceder al autor y a su hijo y la obra se te cae al suelo.

A veces uno vive una de esas historias que vale la pena contar. Esas que tienen algo de poco probable, de inverosímil, y eso justamente es lo que hace de ellas una historia. Como enredarse con el hijo de un escritor importante.

Como conectar con la obra secreta y la vibra del primogénito.

Como acostarse con él.

Como que te culió un Restrepo y te dejó mal.

Mal pero bien.

Rico. Prostáticamente exquisito.

¿Cómo puedo narrar sin participar del todo?

¿Cómo puedo ser, digamos, pasivo y a la vez activo?

O quizás lo adecuado —lo natural— es ser versátil. Moderno.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Y piola, claro.

Pueden llamarme Alf.

No es un mal comienzo aunque ya lo sé: la referencia libresca es algo burda y más meta y de escritor-de-taller de lo necesario. Si bien el narrador del libro que deseo escribir seré yo, no deseo —ni debo— ser el personaje principal. Igual creo que cabe armar algo con mi back story (unas páginas, un dossier, un making of) y de seguro en el libro irán saliendo de a poco, de rebote, sin querer, cosas acerca de mí.

¿O no?

No sé.

Todos me dicen Alf desde chico.

El hijito de su papá.

El hijo pródigo, el hijo díscolo, el ángel caído.

Un libro acerca de escritores y de la manía de escribir contado a través de dos personas que no escriben pero sí leen.

Que se leyeron de una.

Eran los últimos días de la administración Piñera. La Nueva Mayoría estaba por retornar al poder con Bachelet, decidida a ser no la mamá de todos sino la madre coraje que ella vio en un montaje al aire libre en Alemania del Este. No al lucro, sí a la meritocracia, educación gratuita para todos, fin de los privilegios para la clase alta. Chile para todos, no sólo para algunos. Todos: no el todo-el-mundo de toda-la-vida sino todos. Todos (sí, todos, ese nosotros excluyente e incluyente que todos los que son parte de ese puto todo saben conjugar a la perfección) estaban aterrados, ruidosos, exhibicionistas y como aprovechando los últimos días de una época dorada que de seguir iba a estallar. Había hastío y algo andaba mal pero el diagnóstico estaba errado. Algo iba a suceder, tenía que suceder, esto no seguiría igual, los días de alguna manera estaban contados.

Lo que era cierto.

Muchos (el mundillo ligado al arte, a la prensa, a lo audiovisual, los seguidores y los cazadores de tendencias, la supuesta intelectualidad, la gente conectada) juraban que eran parte de una fiesta edénica digital all-inclusive. Adictos a Twitter e Instagram, amarrados a Facebook, clavados en sus celulares y con la sensación de un insólito empoderamiento digital (todos fisgoneaban a todos, todos seguían a todos) que los hacía hablar más de la cuenta, no quedarse en casa tranquilos, escuchar muy poco a los demás y jurar que eran parte del jardín de al lado y de la fiesta interminable. Había más críticos gastronómicos que literarios y todos se creían famosos y acosados.

Estábamos sobregirados, coludidos, ansiosos.

Había que caer.

Algo debía ceder.

A pesar de que todos en la editorial lo intuíamos, nadie lo comentaba mucho, pero lo cierto es que estábamos en los descuentos antes de dejar de existir como seres autónomos. Alfaguara y toda la parte literaria de Santillana dejaría muy pronto de ser parte del grupo madrileño PRISA para fusionarse o ser cooptado por Penguin Random House, dejando a muchos soldados en el campo de batalla. Entre ellos yo, Alf Garzón, un editor adjunto especializado en no ficción (advenedizo, lo asumo; me ensucié en la ficción y las novelas trash por encargo durante mi oscura época Seix Barral-Planeta). Por un buen rato fui apodado —lo sé— el «tipo de Taurus» por el sello que tenía a cargo (es curioso que poco a poco Taurus haya agarrado vuelo como nombre de una productora de eventos gay ligados a la disco Bunker, a la que me volví adicto; Taurus, de toro, de semental). Mientras muchos editores de la plaza buscaban «la gran novela chilena que además venda y sea exportable», era yo el que apostaba o creía (cree, digo) en la crónica y los testimonios, el que «quería dar vuelta» a los autores «de marca» para que dejaran de escribir novelas con un lenguaje impostado o con tramas conspirativas y optaran por el fértil terreno del ensayo y la memoria.

Un asunto quiero que quede claro desde ya: que no me hayan llevado a la nueva editorial no fue por lo que pasó.

Lo que pasó, pasó.

No debe leerse como un castigo o una venganza.

Para nada.

Yo al menos no lo veo ni lo siento así.

Sé que otros insisten en que pagué merecidamente por «mi comportamiento». Que no podía ser premiado por lo que ocurrió. Que era lógico. Victoria Martinetto, mi jefa, me lo dijo cuando me informó que hasta aquí llegábamos.

—Quiero que sepas que te quiero —me dijo entre sus lentes eternamente rosados-casi-marrón (¿bifocales?, ¿fotocromáticos?) antes de acuchillarme por la espalda.

En realidad me pasó un papel para que lo firmara.

Pero yo no hice nada.

Nada.

Fui parte, sí, fui testigo, más pasivo que activo (con Rafa, digo), e hice lo que pude, pero no tuve la culpa yo sino otro. ¿Quién lo iba a decir?

Viví para contar.

Y me quedé con el disco duro azul.

Victoria Martinetto, con su cuerpo tallado en pilates y su look étnico a lo Frida Kahlo, en tanto, fue despedida de la gerencia comercial y terminó de gerente del gimnasio-spa Hard Candy.

Si de los cuarenta y tres años que he vegetado en este planeta me permitieran revivir uno, creo que escogería el que pasé hace dos, específicamente esos cuatro días y tres noches en extremo calurosos y transpirados de fines de octubre del 2013 cuando pasó por la Feria Internacional del libro de Santiago, FILSA, y por todos nosotros, la costosa y organizada gira de prensa de El aura de las cosas de Rafael Restrepo Carvajal y su hijo, Rafa Jr. Por esos interrumpidos four days and three nights es que ese 2013 está bien arriba en la lista de mis momentos clave.

O quizás no.

Quizás preferiría borrarlos de mi recuerdo.

No sé.

Tampoco fue tan malo.

Lo que sí tengo claro es esto: son días narrables.

Hay una historia ahí. Siempre uso esa frase, es mi tic:

—Hay una historia ahí, hueón. Nárrala. Cuéntamela.

No todos los autores desean contar su mejor historia. O se la guardan o no tienen claro cuál es o se les hace.

Esta es —espero— mi historia y, de paso, la de varios más. No es toda mi vida ni abarca entera las de los otros involucrados, pero pasan cosas.

—Hay material, güey —como me dijo esa vez el propio Rafa Restrepo.

No viajé, no fui a ninguna parte, me quedé acá.

Estuve quieto pero me moví.

Me movieron.

Varios.

Ahora, con la complicidad y la distancia del tiempo (aunque no ha pasado tanto tiempo, puta que han pasado cosas), me queda más que claro que lo que sucedió fue que ingresé en un campo minado, crucé fronteras y me enredé más de lo necesario y aconsejable con tipos demasiado jóvenes.

Muy jóvenes para mí.

Pendejos.

Quizás me veía menor (en días buenos me echaban 37 o 38) y a pesar de todo mi acervo de trivia y cultura pop y de estar-ultra-al-día y conectado a las redes sociales, tenía claro que era mayor, incluso cuando me olvidaba.

¿Cómo es el dicho?

Young, dumb and full of cum.

Un chico lindo te puede alterar y puedes obsesionarte. Crees que puedes succionarle su belleza, su vigor, su extraña inseguridad segura. Juras que se te pega todo lo increíble que tiene y después entiendes que no tenía nada especial excepto que era lindo y que se fijó en ti.

Por un momento estuve adicto a los pantalones de pitillo y a esos horribles chalecos con dibujos que estuvieron tan de moda. Me fascinaron esas barbas y esos peinados entre militares (esas nucas al sol, Dios) y retros (a veces parecían inmigrantes rusos o mineros de San Francisco luciendo esos primeros Levi’s), además de ese particular olor que desprenden los prepucios de chicos menores de veinticinco y que se potencia con el aroma hormonal que se esconde entre los vellos púbicos de los que no tienen aún demasiados pelos en otras partes.

Amaba a los chicos con anteojos con marco de carey aunque sólo leyeran novelas gráficas y colecciones de cuentos debut de sus amiguitos de taller. Una cosa sí aprendí con todo lo que sucedió: la empatía es algo que se adquiere con el tiempo, con los años, con la edad. Cuando se es aún muy joven, sólo te ves a ti mismo.

Sobre todo cuando te estás mirando al espejo.

Me gustaban los chicos-selfie.

Para qué negarlo.

Durante esa semana caldeada en la que me voy a centrar, Santiago de pronto se llenó de shorts de toda la gama de los tonos pasteles (cortísimos, largos, bermudas, jersey, jeans cortados), musculosas, camisetas cuello en V de algodón pima, sandalias, condoritos, birkenstocks o zapatones Bestias (made in Chile, not in China, como los chicos que los usaban). Toda la ciudad se volvió 3D y las aplicaciones para tratar de culiar colapsaron. Santiago era una suma de pantorrillas firmes y peludas, axilas boscosas, nucas anchas y mojadas y homóplatos afilados bajo poleras celestes, amarillas, verde-agua y blancas. Las piernas fuertes (¿hay algo más perturbador que un hueón con piernas bien hechas y peludas?) delataban los beneficios de ser ciclista furioso, lo mismo que el hecho de que, como me decía Augusto, los culos claramente han mejorado: ahora todos tienen. Esa primavera los paquetes se delineaban bajo pantalones de lino apretados o jeans gastados que llegaban más abajo de las caderas (más oblicuos que en el cielo), donde a veces se lucían esos calzoncillos de colores primarios, aunque igual amaba a los que andaban, como aún se dice por acá, «a lo gringo», con sus matas rulientas asomándose un poco.

De pronto todo era narices romanas y cuellos largos, cejas intrigantes y espaldas insinuadas, hombros bronceados y pies grandes y sandalias gastadas, pechos velludos y manzanas de Adán cubiertas por cuatro días de barba que se lucían al tragar en pocos sorbos esos jugos de verduras y frutas que aparecieron de la nada por todas partes. En esa temporada ya estaban instaurados los tatuajes nativos y étnicos y levemente surf en esas pieles morenas humectadas con bloqueador solar; en bares y en restoranes con terraza, de pronto los chicos con ojos oscuros y acentos sensuales flirteaban contigo aunque fuera por la propina mientras te servían Aperol Spritzs y shots de Ballantine’s. El Parque Bicentenario, nuestro Central Park, se llenaba de grupos de amigos que comentaban las hazañas de la noche anterior tirados en el pasto sobre frazadas o toallas, con perros o bicicletas, todos con anteojos de sol lindos, todos luciendo hombros y pies, chalecos livianos ideales para cuando cayera el sol y se levantara la brisa.

Por fin lo metrosexual había dado paso a lo lumbersexual y había mucho pelo, mucha barba, mucho aroma natural levemente picante en el aire y cerca de tu nariz (más axilas que en el cielo). Había hombres por todas partes —dispuestos, a la caza, entusiastas, horny— y sobre todo chicos bonitos y seguros y algo tontos y muy milenios y con dientes que poco tenían que ver con aquellos con que los parieron y que circulaban y estaban al acecho, mojados por un sudor que dripeaba por sus caras y humedecía todos sus pelos escondidos o a la vista y oscurecía inexorablemente el algodón de sus poleras y camisas y dejaba partes de la ciudad, como la ciclovía de Pocuro con sus perturbadores y preciosos ciclistas y trotadores, empapadas de testosterona.

El asesino sol de la tarde se volvía cómplice y los iluminaba desde atrás dorándoles sus siluetas y cabelleras. No hacía falta tener poderes especiales para divisar el color o la marca de los boxers o quedar atontado con atisbos de docenas de caminos de la felicidad que tan bien cumplen su promesa cuando aparecen de improviso por debajo de musculosas ajadas o guayaberas de la ropa usada que se levantan cuando el tipo en cuestión se estira de una manera nunca impensada o inocente.

Después de interminables meses de invierno y mala calefacción, calzoncillos largos y frazadas eléctricas scaldasonno, tras maratones de series y películas descargadas, con la estufa cerca y con la desidia como aliada, tanto la testosterona como el polen y los plátanos orientales estallaron sin previo aviso en las ciclovías y en los parques, en los gimnasios y en los bares, en las terrazas y en las piscinas y en las azoteas con jardines. A la tarde, cuando una leve brisa bajaba de los Andes, a pesar de todos esos faunos y todo ese frenesí, me acuerdo de que con el fresco se me aparecía el noonday demon, el demonio de la depresión, pero con algo de retraso: algo así como la melancolía de la tarde llegando cuando empieza a caer la noche austral. Por esos días, justo antes de que se inaugurara la FILSA, unos días antes de que llegara la delegación Restrepo, no podía sacudirme ciertas verdades que sentía ya como sentencias. Uno podía tener cierto dinero o prestigio o sabiduría o seguridad o incluso un departamento propio o quizás un trabajo decoroso o estar como dice un amigo «relativamente resuelto» pero al final todo eso se diluía ante el panorama de tanta libertad y soltura y juventud rampante.

De tanto mino culiable circulando y ofreciéndose y exhibiéndose.

La primavera es, en efecto, la estación más horny y fatal.

Durante esos días ardientes antes de la FILSA (FILSA pa’l que lee era el insólito eslogan de ese año) y de la llegada de los Restrepo fue cuando más eché de menos a El Factor Julián. Cómo no. Puta, me tenía prendido, me encantaba, tenía todo eso que todo hueón que no te pesca suda a raudales: el encanto de no poder atraparlo. Lo veía por todas partes, su aroma se colaba en el sudor de los demás. En cada chico con poca ropa o transpirado que circulaba bajo el sol calcinante de ese verano furioso que se adelantó como anunciando una avalancha, se me aparecía el cabro, el pendejo culeado, el milenio-del-infierno. El puto y bendito y mítico (sí, de mito, de mino, de guapillo, de misterioso, de embriagante) Factor Julián Moro.

Parte de mi labor como editor (aunque ahora sea un editor freelance) es ayudar a sacar —extirpar, cercenar— el libro que el autor tiene dentro. Me niego a usar el manoseado término de partero o el más elegante y galeno de obstetra porque no me parecen adecuados. Es un símil totalmente falaz. He cumplido esa labor muchas veces y me honra haberlo hecho y por eso mismo creo que no tiene nada de cierto la idea de que publicar un libro se parezca a tener un hijo.

Por favor.

No es un puto parto.

Los libros que me ha tocado ayudar a sacar a la luz son los que no querían nacer, no querían existir. Aparecen a pesar de aquel que los engendra (uf, dale con el metaforón) y generalmente dejan huellas tanto en el que lo excretó como en aquel que lo leyó.

«Fue un parto», dicen los que no saben o los que creen que el arte real surge del sufrimiento. Para sufrir y pasarlo mal no hay que ser artista; todos más o menos sufren y saben cómo curarse. Mucha de la gente más básica que conozco ha sufrido y harto y hace de sus heridas algo así como su carta de presentación. No basta con haberlo pasado mal o que tus padres te hayan fallado por insulsos, cómplices, pinochetistas o extraviados. Sigo: el peor parto dura seis o siete horas, existe la anestesia epidural, se puede optar por cesárea si algo no está funcionando.

Es la gestación lo complicado, lo que te carcome y bota.

Los libros que más me interesan nacieron de violaciones.

No fueron gestados con amor y cariño.

He visto grandes mentes quedar hechas pulpa tratando de escribir y he visto a muchas personas tropezar antes de empezar. Por eso no entiendo hasta el día de hoy la insistencia en comparar y sacar paralelos entre hijos y libros. Basta. ¿Es por la supuesta chance de acceder con ellos a la posteridad? ¿Y de dónde salió esa tríada de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro?

Una vez doné (sí, doné, no vendí aunque luego igual me pagaron algo) semen a un banco de esperma que está por Los Militares (dona tu semen, ayuda a otros a cumplir su sueño…; me pajeé durante seis meses en una oficina blanca mirando porno gay en mi celular luego de estar tres días abstinente, por lo que botaba ene y era como rico y me sentía un semental y luego me agarré a uno de los doctores y…), por lo que tengo en el sótano de mi inconsciente la posibilidad de que haya alguien con mis genes circulando por ahí (es un alivio saber que mis cromosomas no pueden transformar a algún chico en hemofílico).

Nunca he plantado un árbol y no tengo plantas de interior.

Ahora quiero escribir un libro.

Un libro no muy largo que quizás se llamará Sudor y que no aparecerá (de terminarlo, de escribirlo, de ser capaz de narrarlo y ponerlo por escrito), por razones obvias, en el cooptado sello Alfaguara ni será editado por alguna de sus chicas o señoras.

La ropa sucia no siempre hay que lavarla en casa.

Soy de la escuela Prontomatic.

Veamos qué pasa.

Tampoco me importa tanto.

Por suerte no soy escritor. Conozco a muchos, seres inseguros con el ego inmenso, y si los enlodo es con gran razón y con no poco cariño.

El destino fue el que lo arruinó y alteró todo.

Yo, la verdad, no creo mucho en el poder del destino, soy más de esos que creen que uno se lo crea y se lo arma. Aunque después de todo lo que ha sucedido (lo repaso en mis horas de desvelo, escena a escena, cuadro a cuadro) tengo que reconocer que quizás el azar y eso que se llama destino algo tienen que ver.

Algo tuvieron que ver.

No todo uno lo controla.

Uno controla bastante poco.

Justo cuando uno cree que lo controla todo capta que no es así.

¿Es azar, destino, mala suerte?

¿Por qué ninguno de mis autores (gays y héteros y todos esos confusos) me confidenció nunca que escribir te calienta tanto?

No he parado de masturbarme.

¿Acaso eso no es escribir?

Ya era hora, como dijo una vez mi amigo Alejo Cortés antes de suicidarse, de que cayera libre. A veces hay que caer, decía para justificar su decisión de caer (de irse, de matarse) y publicar de forma póstuma su novela Caída libre. Hay otras formas de caer, a veces hay que caer para levantarse más libre, más fuerte, menos contaminado. Si soy quien soy es por la suma de mis momentos y acciones y errores. Me han hecho la pregunta: ¿tú serías el mismo si Rafael Restrepo Carvajal y su hijo veinteañero no hubieran venido de gira de prensa a Santiago ese año? Y si el caprichoso e intenso y malcriado hijo no hubiera exigido a gritos, agarrado a su oso de peluche, que el que debía hacerse cargo de él durante su estada en Santiago tenía que ser yo («ser su escort»), ¿en qué estaría hoy? ¿Sería él mismo que soy ahora?

Obviamente que no, conchetumadre.

Y obviamente que sí, también.

¿Seguiría persiguiendo a esa quimera viscosa llamada El Factor Julián?

El destino hizo de las suyas, el azar maraco (maraco, sí) se coló.

Y fue para mejor.

Lejos.

No tuve que tomar ninguna decisión; todos los naipes se ordenaron solos.

Ese año las cosas cambiaron. A todos nos tocan momentos narrables, filmables, documentables. A mí —ya lo dije, insisto— me tocó ese 2013 y, dos años después, lo recuerdo y lo siento como mi año favorito.

El año que recordaré siempre.

Es lo que me toca, es lo que corresponde.

Por eso contaré lo que pasó durante esos sudados días de esa primavera feroz.

Creo que se lo debo, además.

Rafa, esto es para ti.

Ese 2013 no se transformó en mi año favorito porque todo haya sido perfecto, exageradamente intenso, ni porque haya rozado el techo del éxtasis y la plenitud (quizás eso sucedió pero, ¿es tan importante?). Ese año —esos días de ese año— fue, como diría Baltazar Daza, que ahora es autor mío, un año de «fin de mundo».

Sí, creo que por ahí va: fin de mundo, adiós a todo eso, goodbye yellow brick road, hora de cambiar aunque no quieras, qué va.

Fue el cese de una manera de hacer las cosas, creo.

Algunos dirían que eso se llama crecer o darse cuenta.

Despertar.

Entender.

¿Se puede crecer a los cuarenta y uno?

¿No es un tanto pueril?

Yo lo viví; no lo esperaba, no estaba planeado, pero ocurrió y lo viví. De alguna manera —de todas maneras— gracias a esos días supongo que soy quien soy ahora y por eso estoy anotando estos apuntes y deseo escribir lo que deseo escribir.

Démosle.

Mi error fue pensar que, por ser editor, no necesitaba uno.

Lo necesito.

Urgente.

Lo curioso es que lo terminó siendo uno de los autores que más necesitaba edición (en todos los sentidos del término): Augusto Puga.

Toma apuntes, haz bosquejos, no intentes narrar.

Recuerda.

Speak, Memory, me dijo.

Este comentario Augusto Puga me lo hizo en el lanzamiento del libro de un lolito nada de feo pero no demasiado talentoso (Mascotas ajenas de Horacio Giannini) en el patio interior del Estudio Pañal esa primera noche en que quedó claro que, uno, la recién instalada Nueva Mayoría iba a hacer las cosas a su modo y que el ministro Peñailillo no era tan follable o mino como se decía a pesar de esas fotos con camisa de mezclilla en SML y, dos, que el otoño ya había llegado pues el frío en ese patio era húmedo, denso y carcelario.

Puga, con un notable sweater de lana a lo Hemingway, comía un cupcake de zanahoria con jengibre (el uso indiscriminado del jengibre estaba por alcanzar su punto de inflexión viral y transformarse en una plaga) y tomaba un vaso de un sospechoso Carmenere helado y me dijo —sin aviso— que me concentrara sólo en esos días que Rafa pasó en Santiago hasta que se desangró en el Club de la Unión. Quizás lo hizo sin querer, como muchas veces tendemos los editores a iluminar a nuestros autores que están perdidos en el bosque o colapsados en sus sofás. Puga me dijo: hay un libro ahí y sólo tú puedes escribirlo aunque no seas escritor, perrito. También me dejó claro que no debía hacerme cargo de la vida de Rafa (no tener que escribir una biografía de Rafael Restrepo Santos me pareció un regalo divino, como si te regalaran cuatro años extras durante tus treinta). Luego me comentó (creo que me lo dijo, quizás ni siquiera me lo dijo, pero eso es lo que escuché o lo que quise escuchar) que lo que debía hacer era narrar esos días míos con él.

—Cuenta lo que pasó, perrito. No inventes, para qué. Anota lo que recuerdas, lo que me has contado, hueón. Eso, nada más.

Después nos arrancamos hacia el barrio Bellas Artes a cenar al Kintaro de Merced y hablamos de mi «supuesto libro». Estaba repleto y nos sentamos a una mesa al aire libre, en medio de la neblina, al lado de uno de esos calefactores a gas impresentables. Mientras hablábamos de Sudor y comíamos tempura-rolls pasó ese mismo chico que me dijo que Rafa había muerto, sólo que esta vez iba forrado en una parca inflada negra. Aún no sé cómo se llama ese pendejo pero pasó por ahí casi en cámara lenta detrás de un extraño cachorro pitbull color caramelo que me recordó al peluche que Rafa andaba trayendo todo el día. Ese chico me hizo entender que se acercaba mi hora de ponerlo todo por escrito.

Emiliano Bernard: Poemas errantes.

Con eso partí.

Algunos los tradujo Alejo, el resto Baltazar Daza.

Ya he impreso una suerte de fanzine under de sus poemas (lo he repartido gratis en cafés y escuelas de letras y bibliotecas en ciudades de varios países con la ayuda de aliados estratégicos) y gracias a eso y a una página web que me diseñó Ariel Roth, la obra de Rafa Restrepo está empezando a ganar adeptos. Logré incluso colocarlos, junto con el portafolio de unos chicos muy mirreyes chupándose entre ellos en unas fincas de sus padres, en Anal Magazine del DF gracias al gran y ultracurioso Ricardo Velmor («no manches») que me contó algunas de las corridas de Rafa cuando circulaba por Ciudad de México («para no ser tan dotado, lo impresionante era lo grande de su cabezota, ¿no? Le encantaban los Baños Finisterre y los chacalones. Debes ir. ¿Vamos? ¿Te late?»). Rafa Restrepo era algo así como el Mecenas de La Condesa («mejor que ser el vampiro de la Roma, güey») y no sólo tenía un grupo de «amigos jotos del mirreinato» (jóvenes high class ex alumnos del Colegio México o graduados del Tec de Monterrey) sino que financiaba con el dinero de su viejo o quizás de Santillana revistas triple equis, catálogos de arte, documentales (uno sobre el Osote Chilango, el porno amateur rey de los chacales; otro acerca del desaparecido Cine Teresa del DF, donde los asistentes se solían resbalar con el semen que había entre las butacas), películas porno («Emiliano Bernard aparece en los créditos de todas las cintas que Gerardo hace para Mecos Films»), exposiciones, bares y fiestas como las clásicas One Hell of a Party para Halloween.

Yo, cuando lo conocí, no sabía nada de esto. La verdad es que ni siquiera tenía claro o me importaba que existiera. Era a lo más el hijo de… Y los hijos cuando son de padres o madres famosos siempre parecen menos interesantes.

Quizás en este caso la cosa es distinta.

Rafa era… Rafa era distinto, particular, ineludible, inimitable y mejor artista que muchos artistas que he conocido. Le faltaba, eso sí, ambición, que es lo que a casi todos les sobra. Tenía los contactos pero quería conectar con otros.

La primera plaqueta de sus poemas se lanzó en el puto bar de putos Marrakesh del Centro Histórico («gracias por su preferencia sexual») y hasta fue el cineasta Julián Hernández.

Todo lo hice bajo un seudónimo porque su madre (Todo sobre su madre, pronto) no me dejó usar su nombre.

¿Pero acaso no todos los grandes poetas han tenido uno?

Canto general por Neftalí Reyes.

No, definitivamente no. Suena mejor Neruda.

Poemas errantes por Emiliano Bernard.

Aunque ya todos los que saben o deben saber (gracias, Twitter) entendían que E.B. era el hijo joto/puto del famoso novelista. Emiliano Bernard tenía más fuerza y el hecho de que todos los que importan supieran de quién era hijo lo erotizaba y glamorizaba todo.

Mi plan es ir soltando más y más material del disco duro azul a los medios, las redes sociales y esos locales llamados librerías, pero de a poco.

Antes debo escribir Sudor.

Sin mito y sin deseo, esos poemas no se leen tan bien.

Parte de la misión de un editor es lograr que su autor sea deseado.

O mejor aún: follado.

Este poema costó traducirlo y no quedó bien.

Mejor dejarlo en el original.

A Jack-N-the Box

in the night.

A Taco Cabana,

KFC,

IHOP,

Jamba Juice

and a shot of

wheatgrass

from a guy called Troy.

Dark suburbs,

Galveston,

the smell of ships,

of sea,

of a port.

Walking alone

around Rice.

What if I studied

like these kids?

What if I was

from only one place?

What if my dad

was from Texas and not

from the World.

Heavy air,

thick heat,

dense thoughts.

Colin in the car,

slender,

sweaty.

His long, hairy legs

escaping from his cargos.

A bottle of pills,

Marker’s Mark,

Diet Coke.

A gray Fruit Of the Loom T-Shirt,

wet,

damp with you.

Cass McCombs

on the iPod.

What underwear

do you have on?

The ones that were mine?

A skater skates,

a big van with a serial killer orders

from the drive-thru.

You smoke, Colin.

You don’t eat your Curly Fries.

You want another shake,

you say.

We can share.

I don’t wanna share.

No, I say.

What do you want?

I don’t say it.

I just say what I want

only that all this is weird,

it’s feels that’s it’s over.

So, you say.

Let’s go.

You wanna go?

I wanna go,

tired, dude.

Yeah, let’s go.

Sure.

Contexto: yo estaba algo obsesionado con la idea de que ya había comenzado mi declive. Tenía claro hace rato que nunca podría entrar a un sauna gratis antes de las cuatro de la tarde ni acceder a un considerable descuento porque hacía mucho tiempo que no tenía la codiciada edad de veinticinco, que es la línea divisoria de las aguas entre los que «no tienen nada pero se ven bien» y los que «ya están resueltos pero no parecen minos».

Me acuerdo que por ese entonces El Factor Julián, que tenía veinticinco, me dijo mientras le sacaba con los dedos la cubierta de chocolate de una de esas paletas de helado del Emporio La Rosa:

—Hueón: acabo de cachar que estoy más cerca de los treinta que de los veinte. El reloj hace tic, se va la vida, no logro cerrar nada… y además envejezco. Mal, uf. ¿Cómo? ¿Cuándo? Cagué.

El que cagó y se vino abajo fui yo.

Todo por dentro, discreto, calmado.

Como un buen editor.

No es que «el joven Rafa Restrepo» (tenía 24, yo 41) y su delirante paso por Santiago me hayan cambiado la vida (o quizás sí, no sé, algo me dice que sí), pero una cosa es indiscutible: antes enfrentaba la vida de otro modo. Antes vegetaba, celebraba internamente el cambio de calendario (un mes menos, un año menos), quería que la vida pasara y no me hiriera. Pero te hieren, hieres, imposible no salir herido.

El legado no fue leve: un cambio de mirada, un girar el ángulo, un apostar por lo que te puede alterar. Algunos creen que en cierto momento es necesario replantearse todo. No lo creo así; se trata más bien de no pisar tan sobre seguro, de correr algunos riesgos.

Tropezar, expresarte, aprovechar lo que tienes.

Tenía ganas de aprender cosas, olvidar otras.

Partir de nuevo.

Caer, levantarme.

Sea lo que sea, y a lo mejor para saberlo es que estoy escribiendo, lo cierto es que es muy poco probable que vuelva a tener un encuentro tan inesperado como el que tuve cuando me tropecé con el hijo del célebre y potente escritor panamericano Rafael Restrepo Carvajal y me transformé inesperadamente en su escolta, su chaperón de FILSA, su «ángel», como dicen en algunos festivales de cine y eventos culturales, su novio-por-unos-días, su amante local, su hermano mayor, su mejor-amigo-nuevo y, a pesar de no tener nada de chico y no manejar en absoluto el arte de la promoción, las relaciones públicas, la comunicación y el tira-y-afloja con los medios, en su «chico de prensa».

Esto será acerca de esa gira de prensa.

Y de El Factor Julián.

Y de todos los otros, claro.

Santiago estaba inundado de milenios sub25 ese año.

Supongo que lo sigue estando.

HotSpot, Taurus, Barcelona, Lobo, Lemon Lab, fiestas que no necesitaban afiches para anunciarse porque los jóvenes del target estaban todo el día conectados a las redes sociales y tocaban tanto o más sus smartphones que sus penes. Gordos y flacos, bellos y ambiguos, zorronescos o con pinta de party-boys, todos buscando papás o «mayores» o simplemente tipos que «tengan lugar» en edificios limpios y cerca del metro y que ofrezcan algo digno para tomar («¿Cointreau? Nunca he tomado: wena»). No era tanto una epidemia de chicos de padres separados (los padres de Julián seguían juntos a pesar de todo), pero resultaba agotador que todos parecieran tener la misma edad y todos usaran la misma ropa y todos olieran parecido y todos lucieran anteojos de sol Warby Parker. Mucho Pinterest, mucho Cross Fit, mucho Esprit. A algunos, claro, les parecía atractivo acceder a tipos resueltos y por eso incluso hombres arriba de sesenta y cinco podían tener «onda» con «pendejos universitarios tontos», según analizaba Augusto Puga Balmaceda.

—París ya no es una fiesta, Garzón. Santiago lo es. Créeme. Hay demasiados pendejos abajo y pocos en la punta de la pirámide. Es un asunto de oferta y demanda. Sobran. De todas las clases y de todas las ondas. Es así, perrito. Bienvenido al paraíso.

Había algo de cierto. Tirar o agarrar a veces puede ser muy fácil y expedito y Providencia es un barrio bien puto: siempre hay más de una veintena de posibles chicos o hueones a menos de un kilómetro a la redonda (gracias, Grindr). A veces prefería ir a sus casas para husmear y porque me calentaba más: departamentos pequeños de un ambiente moral Paz Froimovich si vivían solos (mucha sábana de color, mucho producto Homy) o más grandes y desordenados si compartían («mis roommates no cachan, ahora están en la nieve»). Ese año parecía que todos tenían unos horrorosos cojines con estética de la realeza UK que decían Keep Calm algo. Odiaba esos cojines. A veces tirábamos en la cama de la mamá, que era más grande, debajo de crucifijos y fotos infantiles del sujeto o en las que aparecía con su polola en la fiesta de graduación. Juzgaba a los hueones por su ropa interior, por sus sábanas, por la decoración o la falta de, por lo pasoso de sus perfumes comprados a-cuotas-sin-interés y por lo que había en el refrigerador, por los afiches, los souvenirs traídos de sus viajes a resorts y Curitiba/ Florianápolis o Buenos Aires, que gustaba tanto aunque ahora Lima estaba hot y Máncora aún más. Me fascinaba intrusear por los pocos libros que tenían: mucho Paulo Coelho, mucha Isabel Allende, mucha biografía de Steve Jobs, mucha autoayuda empresarial, demasiadas sagas juveniles. Me gustaba agarrarme a los que recién estaban saliendo del clóset («mi papá no sabe») o a los que creían que lo importante en esta vida era tener su orientación clara pero estaban totalmente desorientados en todo lo demás. Casi nunca me quedaba conversando abrazado con ellos (mucho Sebastián, mucho Ignacio, mucho Simón, mucho Nicolás, una plaga de Raimundos y Juan Josés y otros nombres compuestos) después de acabar arriba de sus torsos o sus traseros perfectos («eh… bien, hueón… te llamo o nos vemos, ¿dale?; ahora tengo que terminar una hueá para la U»). Esperaba y experimentaba y en cada encuentro aislado y nocturno me imaginaba que quizás podía suceder algo más, que de ese roce de cuerpos y barbas y salivas podría nacer algo más duradero.

—Podríamos vernos.

—Te llamo.

—De más. Wena.

No llamaba, bloqueaba, olvidaba.

O me bloqueaban ellos, también, supongo.

Los bloqueaba en venganza y en nombre de El Factor Julián.

La generación debía pagar por el crimen de uno de sus pares.

Huía, zafaba, me complicaba.

Como diría el autista del Ariel Roth del departamento de diseño, no le pedía mucho a la vida. ¿Acaso eso era mucho pedir?

Pero no, en verdad le pedía mucho.

Demasiado.

Julián Moro me lo dijo:

—No pidas tanto. No compliques las cosas. ¿Para qué?

Yo deseaba más.

Quería que todo fuera más complicado.

Casi nunca acontece.

No así. Nunca me había pasado.

Había leído cuentos y novelas, me habían contado de affaires, había visto un par de películas.

Sé que podría suceder pero también que no sucede.

No así.

Culiar con alguien de cuya existencia no sabías una hora antes es común; enredarte y no despegarte de alguien del que sabías (y no sabías nada) es menos común y quizás es un pequeño triunfo: gozar y vivir una relación en un tiempo tan acotado no le pasa a todos y tiene algo de sagrado, de importante.

Sea cual sea el resultado final.

A veces ocurre.

Sucede, sí.

Me sucedió.

Por casualidad uno conoce a alguien y de pronto todo se altera.

Todo… ¿cambia?

¿Cambias?

Pasa lo que te gustaría que te pasara.

Y lo que pasó, pasó.

Digamos que conoces a un pendejo llamado Rafael Restrepo Santos, que es guapillo y tiene algo suave y lánguido que no es afeminado y que quizás tiene que ver con que aún es esencial y demasiado joven y siempre le falta sueño o ha dormido demasiado o a lo mejor sigue amarrado a la pubertad y se comporta como alguien que no confía del todo en su cuerpo y que como todo buen niño no siempre hace lo que debe o hace derechamente lo que no debería pues su mayor meta es llamar la atención y devorar el cariño y el deseo y la admiración del resto.

Lo conoces y te gusta (y te asquea y te repele) y le gustas.

O crees que le gustas (la duda, la gran duda, la puta duda).

Rafael Restrepo Santos era un «ser anónimo», sin obra, no era un autor célebre, no tenía relevancia literaria, pero sí poseía fuerza, mirada, onda e historia.

Y se volvió un personaje.

Rafa era el hijo de…

Se comportó a veces como un hijo de puta, pero antes que nada era hijo de Rafael Restrepo Carvajal. El apellido de su padre lo moldeó.

Novelas mediocres que nunca leyó lo definieron.

Rafa era el hijo díscolo del Boom.

Era un chico hemofílico, enfermo, pero lleno de energía y locura; esencialmente triste y desamparado y muy frágil pero lo escondía todo agarrado a un oso de peluche y movido por un deseo de escandalizar incluso a aquellos que no estaban mirando. Ser hijo de alguien famoso o poderoso es complicado y la meta es zafar de ese fantasma y que no te afecte. Pero afecta y es imposible zafar.

Rafa no sería Rafa si no hubiera sido el hijo de Rafael Restrepo Carvajal, lo tengo clarísimo, y El aura de las cosas, el libro con sus fotos, sólo se publicó porque su padre lo exigió.

Eso lo sabe todo el mundo.

Incluso los lectores que no distinguen Anagrama de Acantilado.

Rafa era de ese tipo de artistas (sí, era un artista, me la juego y lo declaro; algún día editaré el material que tengo, pero primero debe morir la madre y yo hacer una movida legal no menor) que, más que crear, potenciaba gente, alteraba la realidad, provocaba situaciones.

De verdad creo que tenía talento.

O iba a tener talento.

Era un work in progress.

Y te provocaba, lo que no es malo en un artista.

¿No es a eso a lo que se dedica un artista?

Puta que te provocaba el pendejo.

Lo que pasa es que murió muy joven, antes de tener obra, mientras que su padre murió muy tarde, cuando ya su obra había decaído.

Rafa Jr. vivió veinticuatro años, viajó mucho, tuvo más domicilios de los que pudo recordar, tomó demasiadas fotos a chicos peludos sin ropa.

Era un poeta.

O lo será cuando pase algo más de tiempo y pueda publicarlo.

Tenía más talento de lo que todos creían, pero no era Rimbaud. Matías Rivas, que lo ha leído, me dijo:

—Era un romántico el pendejo, nada de malo. Está lleno de pulsaciones el hueón.

Rafa filmó además unos videos porno artsy, fotografió a decenas de chicos de todo el mundo para Anal, escribió y actuó y co-dirigió un cortometraje queer llamado Mohammed, que tengo en el disco duro azul. Su célebre corto («mi Chop Sui, admiro tanto a Bruce Weber, aunque los prefiero velludos»), que está en YouTube, fue hecho de trozos de videos captados en celulares con Rafa (que folla con modelos y poetas y actores en el Ace Hotel de Los Angeles, corre a orillas de Mont St. Michel, camina por el High Line de Manhattan con Jared Leto, descansa desnudo en una hamaca en Tulum, baila con Colby Keller en el DF, se masturba con el Osote Chilango en los Finisterre, pasea por Le Marais con el guapo de Louis Garrel, sube y baja las escalas de Odessa) recitando en un barroco inglés romántico sus versos adolescentes inspirados en Keats al son de una música depresiva de día lluvioso. El video —Memories of All the Other You— lo posteó y editó y musicalizó un músico noruego radicado en Brooklyn llamado Anders Olav Lund con el que Rafa claramente tuvo algo aunque no sé realmente qué o cuán intenso, pero viendo las imágenes, no me cabe duda de que el hijo de Restrepo sí fue importante para Anders Olav, que seguro nunca supo de la fama del padre antes de conocerlo (imposible que haya leído las sospechosas traducciones de toda su obra a los idiomas nórdicos, hechas sólo para intentar postularlo al Nobel).

Rafa, lo tengo claro, no merece una biografía eterna a lo Gerald Martin.

Pero merece algo.

Sudor será ese algo: la crónica del «pie de página» de un supuesto coloso literario: Rafa Restrepo Jr. Dejar claro que valió más como persona, como adolescente eterno, como personaje real que como creador.

La crónica de un pie de página.

Aprobado.

Esa extraña primavera fauna no paró de sonar por todas partes, en discos y fiestas, cafés y saunas, taxis y lobbys, Blurred Lines de Robin Thicke con aportes del gran Pharrell Williams:

I know you want it

I know you want it

I know you want it…

Así es: Rafa Restrepo captó lo que quería y me lo dio y quedé prendado, mordisqueado, con ganas y moretones. Durante esos pocos días, en medio de esa ola de calor aterradora e inesperada, con mínimas cercanas a las máximas y un intoxicante y rico vaho a sudor masculino invadiendo toda la ciudad, estuve encendido y humeante, pleno y potente, mino y armado, tremendamente vivo, sí, y conectado de manera casi eléctrica con un chico (un tipo, un man, un pelado, un pendejo, un hueón, un perrito-zorrón) rubio de ojos oscuros y facciones finas e híbridas de origen colombiano-mexicano-americano-libanés-francés-polaco-catalán («un gozque de pura sangre») que era —al mismo tiempo y por separado— un hijito de su papá, un fiel representante de la basura global jet set, un indigno representante de la escoria diplomática, un fotógrafo perverso y notable, un cinéfilo voraz, un traductor estiloso, un fashionista intenso, un irónico sagaz, un pornógrafo fetichista («sí, señor, qué pena»), un letrista selecto, un drogadicto fino, un hemofílico ardiente, un puto en rodaje, un bipolar bilingüe y un poeta gay romántico a la vena.

Si bien la estrella acá será Rafa, el que lo cuenta, el que tiñe todo soy yo. Es a mí al que le afectaron y afectan estos sucesos.

Y entremedio está El Factor Julián, por cómo lo odié, cómo lo deseé, cómo me obsesioné, cómo me trastornaba y sacaba lo mejor y lo peor de mí, cómo me dejaba abandonado por días y aparecía los domingos a la tarde, encañado, con ganas de conversar, y por cómo yo caía.

Me sentía privilegiado de ser despreciado o ninguneado por Julián Moro porque sabía que esa era su manera de tomarme en cuenta.

No, esto no será un román a clef.

Será mi primer libro y sería injusto y cobarde de mi parte disfrazarlo de novela. Seré fiel a mis principios y a lo que he predicado y a lo que le he exigido a mis autores. Es a lo que me he dedicado esta última década. Jordi Carrión me lo dijo una vez en otra FILSA cuando me tocó moderar una presentación de su antología Mejor que ficción: las novelas son para cobardes; la no ficción, la crónica y el testimonio son para los que tienen cojones.

¿Los tengo?

Sudor será un libro de no ficción puro y duro.

Ojalá muy duro.

—Me tenís muy duro, hueón.

—Usted también.

—Ahora entra, pero suave.

No ficción, como diría mi ex amigo y ex autor Álex Goyeneche (el muy puto se pasó a Literatura Random House y ya no saluda).

Un libro de viajes.

Al final todo libro es un libro de viajes, como decía Brodsky (Joseph).

Eso: quizás eso es lo que es, lo que deseo hacer. La crónica de un viaje: el paseo por Santiago de un turista inquieto y curioso que está en tránsito acompañado por su ataché, por su guía, por su lazarillo, que creía conocer su ciudad pero descubre que no tenía idea de cómo se había transformado y mutado.

Algo así.

Pero no estaría mal dejar de contornearse mentalmente y procrastinar (qué gran y pavorosa palabra) y lanzarme a escribir.

—Me gustas, Julián.

—Lo sé, está claro, se nota.

—¿Y yo?

—¿Tú qué?

—¿Te gusto?

—Uf, ¿tenemos que hablar de esto?

—Pero tenemos una cierta conexión, ¿no?

—Obvio, un pocket. Si no, no estaría aquí, Alf. Un poco más de autoconfianza, porfa. ¿Quién es el mayor acá? No estaríamos juntos en esta cama, hueón. No me hubiera quedado a alojar. Me lo metiste anoche. ¿O se te olvidó?

—¿Estamos juntos?

—Algo, ¿no?

—Supongo.

—Igual tienes quince años más. Es harto. Mucho. Yo no salgo con tipos mayores de treinta.

—Pero sales conmigo, Julián.

—¿Salgo?

La aparición de Rafael Restrepo Jr. me pilló desprevenido, irritable y con la guardia baja. Estaba herido, de duelo. Había pisado el palito y no había hecho caso a la más básica de las sabidurías: me había enganchado de un sub25 llamado Julián Moro que, más allá de su narcisismo teen y sus infantilismos, siempre fue sincero: «No busco relaciones o lazos, seamos amigos, seamos free, follemos si estamos calientes… ¿acaso no basta con eso?».

Creo que agregó una frase publicitaria generacional, mía o suya, no sé:

—Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro.

Yo no quería ser amigo de Julián.

No era de fiar, además. Ninguno de su generación lo es.

Un alacrán es más leal.

No bastaba con ser amigos con ventaja cuando había poca amistad y no tanta ventaja. ¿O había suficiente amistad y más ventaja de la necesaria? Como sea, él quiso seguir «saliendo cada tanto». Los domingos a la noche salíamos a caminar. Empecé a amar los domingos. Y caí, no pude evitarlo, le mentí diciéndole que sí, que era mejor que fuéramos amigos, que sí, que por qué no, que éramos adultos, que lo importante era seguir juntos.

—Wena.

«Amigo» es una palabra que los sub25 usan cada vez que pueden y en esencia no es más que un comodín: acostarse a veces con un amigo no es algo más serio que pedirle prestada una polera, abrirle el refrigerador sin permiso, sacarle perfume o desodorante después de una previa. Con los años, «amigo» va cambiando de significado y se vuelve incluso más importante y posee más fuerza y profundidad que pareja, novio, pololo, amante. «Amigos» era lo que algunos hashtagueaban como #myboys o #miscabros o #BFF.

Sí, tenía el corazón abollado y mi confianza estaba bien abajo.

Dudaba de mí, de mis gustos, de mis certezas.

Sucede.

—Bien ahí, Alf. Ya: me gustas un pocket. ¿Contento?

Me sentía más triste que contento y muchas veces con la líbido escurridiza. Yo aspiraba a algo más; sentir que tenía un partner, un socio, un cómplice. Que se diera una sintonía con un hueón que se convirtiera en definitivamente algo más que un amigo o un vecino con ventaja al que le fascinaba cómo lo rimeaba porque ninguno de los amiguitos de su edad era experto en ese arte de apostar por la lengua como tu órgano más preciado. Julián, que se hacía el que tenía mundo, era al final un chico rico de provincia (Talca, ah, Talca, lo que envías y esparces por el mundo) avecindado en Santiago y la primera vez que intenté perderme allá abajo empujó con tanta fuerza que terminé golpeándome contra la pared. «Ahí no; métemelo pero no me chupes ahí», me dijo serio, seco, como si se tratara de proteger una extraña virginidad. Pero una noche, mientras dormía, lo desperté con mi lengua y quizás fue peor porque yo me volví adicto a su aroma escondido y a esa jauría de pelos.

Luego me decía: me da asco hacértelo a ti.

Relájate y sujeta tus glúteos con las manos. Bien ahí, Julián, eso.Wena, Alf, sigue.

Quizás ya sé suficiente.

Lo que averigüé —lo que viví— en el DF siguiendo las migajas pegotes con los mecos de Rafa ya me tiene algo atontado. Hay material, hay mucho material. Podría arrendarme un departamento en la Roma (cerca de El Péndulo de Álvaro Obregón y de La Casita) y ser un vampiro y armar la biografía de Rafita. ¿Es necesario? ¿Acaso no sé ya más de lo que necesito? No estoy escribiendo una biografía de Rafa, no. Para qué.

Rafa no es de los que necesitan biografía.

No es como su padre, que firmó con su Boswell al menos una década antes de morir y que lo inundó con sus papeles y manuscritos guardados en la biblioteca de Princeton para así taparlo con datos y no dejarlo ver lo evidente. De hecho, mañana la lanzan acá en la FILSA. Puta, sólo han pasado dos años desde que vinieron los dos y un año desde la muerte del viejo y ya hay una biografía, aunque sea asquerosa y llena de falsedad y omisiones. Hace poco leí sin parar esa cock-sucking hagiography de don Rafael Restrepo Carvajal. La encontré en la Gandhi frente al Bellas Artes y la leí de un tirón tomando micheladas aguadas en el Sanborn’s de la Casa de los Putos Azulejos Azules. La biografía oficial —Rafael Restrepo: la construcción de un tiempo, de Jerónimo Sánchez, lacayo de Carlos Slim, publicada por Planeta, con prólogo del Juan Gabrielito Vásquez por el lado colombiano y de Héctor Aguilar Camín representando su patria adoptada— repletaba la librería y no paraba de venderse. En ella Sánchez insistía, siguiendo el libreto oficial, que Rafa Jr. murió de un aneurisma y de agotamiento.

¿Qué dirá el biógrafo cuando lea Sudor?

Lo desprecié antes de conocerlo.

Me parecía lo peor, un consentido, un privilegiado, justamente el tipo de persona que es capaz de gatillar todo mi resentimiento social-racial-exitista-creativo. No quería conocerlo y la idea de departir con un ser «que no le ha ganado a nadie» o que representa total y cabalmente lo que es un «apitutado» me complicaba. Creo que nunca me había interesado saber algo de él porque simplemente no era tema. El hijo de Restrepo no era tema hasta que el propio viejo lo transformó en uno con El aura de las cosas.

Me intrigaba, eso sí, conocer al padre; mal que mal, a pesar de sus ínfulas y sus erecciones eternas con el poder, de su docena de libros impublicables e intragables, había escrito un par de novelas más que decorosas y dos o tres francamente importantes. Y, más que eso, había ayudado a «inventar el Boom». Su famosa generosidad quizás no fue tal: no daba puntada sin hilo y ayudó a crear una red primero y un mapa luego para que cada país tuviera un representante en esa movida. Era una mafia ambulante con sedes claras en Barcelona (feudo de la agente literaria y «Mamá Grande» de casi todos: la gorda y comerciante Nuria Monclús) y el DF y con algunos consulados en París, La Habana, Buenos Aires y en la casa de playa de Marcelo Chiriboga en Montañita, Ecuador.

Todo esto terminó provocando que su prominente figura se fuera desplazando, de a poco, hacia el rol de agitador o de conector (de operador, mejor) o de relacionador público: hablar mucho, viajar mucho, escribir mucho y desear ser número uno («publica más que escribe», sentenció una vez en un simposio Ricardo Keller luego de decirme que me veía «mejor que cuando era estudiante»). Mucha universidad, mucho congreso, mucha feria, mucha gira. Su deseo de rodearse de un rat pack hacía sentido. Pero al apoyar tanto a Gabo o incluso a Donoso, prestándoles dinero, casas, agentes norteamericanos, traductores e invitaciones, inevitablemente terminó siendo opacado, aunque sólo a nivel literario profundo. De vez en cuando tenía un best seller o un ensayo polémico. Su vocación de embajador (literal o metafórica) o «consultor de los FSG en Manhattan» lo catapultó a un lugar donde pocos llegan: la voz autorizada de América Latina para Europa y USA. Usaba su inglés perfecto para escribir de sí mismo en The New York Times o Film Comment o The New Yorker. Su impresionante capacidad de ser amigo de gente que —de haberlo leído— lo despreciaría (¿por qué la Sontag, por qué Walcott, por qué Gordimer, por qué Mailer lo amaban?) lo hizo ser parte de un pequeño grupo de elegidos donde pocos escritores pueden siquiera imaginar llegar. Por algo Vuelta lo tildó como el Guerrillero Dandy y SoHo de Bogotá lo bautizó a su vez como «el Juan Valdez de nuestras letras».

Restrepo Carvajal era guapo, podía ser de izquierda pero amaba todo lo que el capitalismo creaba (sus trajes Pierre Cardin, sus corbatas Yves Saint Laurent, sus cigarrillos Gitanes), hablaba inglés con un acento que recordaba al de Spencer Tracy y era tan blanco como un «senador de New Hampshire», según dice Jerónimo Sánchez en su pasteurizada biografía. «No parecía latinoamericano y eso gustaba mucho; no intimidaba. Conocía a los poderosos norteamericanos desde cuando estudió en el prestigioso Cook School de Washington D.C.», escribió al inicio de su predecible librillo.

Al final Restrepo Carvajal no ganó el Nobel y seguro que el hecho de que Octavio Paz lo obtuviera no le causó gracia y quizás lo paralizó creativamente para siempre. Pero no frenó su deseo por los viajes, por los focos, por los discursos, por estar en todas partes. Al morir, un joven escritor peruano sostuvo en una columna que Rafael Restrepo Carvajal murió de jet lag, lo que puede ser cierto. Ya después de los ochenta y del Premio Cervantes, su creatividad se vino abajo al mismo tiempo que aumentó su productividad. El palacio del cristal, una novela acerca de los peligros del poder mezclado con un mal sci-fi usurpado de filmes del género, terminó siendo un lugar común para los políticos del continente que siempre la citaban como su novela de cabecera.

—Tú sabes que tanto Ricardo Lagos como Michelle Bachelet aman esa novela —me comentó Fedora Montt—. Dilma también. A mí me parece divertida pero larga. Seguro que se la va a regalar a Piñera. Te apuesto. Es más zorro el viejo.

El mejor lector de toda la obra de Rafael Restrepo Carvajal fue él mismo. A diferencia de otros autores cuya fama decae cuando sus nuevas obras pierden espesor, Restrepo Carvajal siguió cosechando éxitos con muchos libros que nadie compró, leyó ni hojeó.

Fedora Montt una vez me confesó que los periodistas y los críticos tildaban cada nuevo libro suyo como «un restrepetazo» y ni siquiera se daban el trabajo de destrozarlos.

¿Por qué la mayor parte de los autores parte bien y luego con los años declina? ¿Es lo natural, la ley de la vida, lo que corresponde?

Para mí sus primeros libros fueron importantes y quizás tuvieron un cierto brío, pero cuando vino a Chile hace dos años ya no me interesaban nada. El morbo que me provocan ciertos autores («¿qué habrá escrito este concha de su madre?») con él lo había perdido qué rato.

El mayor promotor de sus escritos fue él mismo. Tenía talento, contactos y currículum de sobra este colombiano de clase alta, abogado, hijo de diplomáticos, diplomático él mismo, que huyó de Colombia para luego escribir de ella y del México que conquistó para finalizar intentando escribir «en tomos» la gran novela latinoamericana. Casi no hubo país o cultura que haya quedado libre de su mirada y prosa: Panamá y la construcción del canal y su separación de Colombia (Un atajo entre dos mares); el amazonas brasileño a través de una utopía americana (Fordlandia); la vida de William Walker, el invasor yanqui que se declaró presidente de Nicaragua (Americano); la construcción e invención de Cancún (Edén); la construcción e invención de Ciudad Stroessner y la represa de Itaipu (La garganta del diablo); y la evocación de su supuesta amistad con el asesinado ex-canciller de Allende, Orlando Letelier, en su muy radical chic y gauche divine memoria titulada Sheridan Circle, que contó con blurbs del imbancable Ariel Dorfman (of course) y los ingenuos y latinamerican-friendly Salman Rushdie y William Styron.

Tal como Jorge Edwards, Restrepo Carvajal será recordado más por sus memorias e incursiones en la no ficción que por sus apuestas por intelectualizar y latinoamericanizar la fórmula James Michener y hacer novelas a partir de figuras de la cultura pop, como cuando contó la vida y las andanzas del ilustrador peruano Alberto Vargas o cuando quiso colgarse de poetas gays malditos como el colombiano Porfirio Barba Jacob (su fallida novela homofóbica La vida profunda).

—Novelas históricas de aeropuerto con tufillo literario —me comentó Alejo Cortés el día antes de que Restrepo Carvajal aterrizara en Santiago.

Alejo estaba vivo, claro, lleno de ideas, escribiendo algo que lo dejaba con la carne viva. Esa noche calurosa de octubre aún no se había matado, claro, y estaba finalizando Caída libre. Dios, todos estaban vivos ese mes de 2013: Alejo, Rafa, el viejo Restrepo.

—Partió bien, te lo concedo.

—Fue un gran debut, Alejo. El tipo tenía veinticuatro.

—Casi todos parten bien. Lo importante es terminar arriba, Alf.

Para Rafa todo era un desafío, una apuesta, material poético. Quería probar y hacerlo todo, no sabía lo que era el pudor pues lo consideraba «el enemigo número uno». Era de esos chicos que han hecho de todo, conocen a todos, no se han saltado experiencia alguna que se les haya presentado y están dispuestos a vivir todas las que se presenten para no quedarse con las ganas. Poseía todo lo que, como editor, echas de menos en muchos autores con los que trabajas y estaba a la par de los que sí respetas: inventaba, exageraba, subrayaba, tenía perversión y humor, no daba puntada sin hilo, apostaba más por el one-liner que por cualquier patria o lazo. Y creaba, no dejaba de crear, su mente no paraba de expulsar ideas, anécdotas, poemas, cuentos que no terminaban, apuntes para clips y cortos. Y publicaba fotografías no muy buenas y escondía las que realmente tenían fuerza y lo revelaban como el chico-rico-perdido que era en esencia.

Tipos como Rafa te hacen dudar.

Dudar y sudar.

Dudas y sudas y te cuestionas lo que implica ser artista.

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