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UNA VIDA POLíTICA

Marco Enríquez-Ominami Gumucio

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Fragmento

1

El elegido

Los primeros cinco meses fueron los más importantes de mi vida. Nací el 12 de junio de 1973 y esos meses iniciales fueron escenas de un thriller: hubo un intento de golpe (el «Tanquetazo» del 29 de junio), un golpe militar consumado (el 11 de septiembre), mi padre se enfrentó a balazos el día del golpe de Estado contra agentes de la dictadura, a mi queridísimo abuelo Rafael Agustín Gumucio le dio un infarto estando asilado en una embajada, vivimos acorralados y en la clandestinidad. A mi madre la amenazaron con separarla de mí si ella no decía dónde estaba Miguel Enríquez, quien me visitó dos veces en secreto. En cada casa donde nos alojábamos le echábamos a perder la vida a mucha gente. Nos quitaron los pasaportes, nos expulsaron del país, nos llevaron apuntándonos con metralletas hasta arriba de un avión. Junto a otros miles de chilenos me pusieron con cinco meses de edad en la lista de los proscritos que no podían entrar al territorio y mataron, torturaron, exiliaron, encarcelaron e hicieron desaparecer a buena parte de los amigos y compañeros de mis padres y a mi propia familia.

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Mi biografía es entonces muy compleja en sus inicios. Buena parte de lo que soy se explica a partir de esos primeros cinco meses de vida. Mis nociones de lealtad, de honor, de coraje, de igualdad, así como mi visión sobre la derecha, el costo del poder y la política chilena, provienen de esos meses de los cuales no tengo recuerdos directos. Ya estaba condenado, sindicado y singularizado como hijo de un «terrorista» antes de aprender a caminar. Por un error administrativo o por estupidez de la dictadura, no fue mi madre la expulsada: fuimos ella y yo. Desde los cinco meses de edad tuve la famosa «L» en el pasaporte que me impedía entrar al país. Fui proscrito antes de poder pronunciar una palabra.

El problema del padre ha sido siempre mi obsesión en términos literarios, filosóficos, fílmicos y personales. En primer lugar porque no conocí a mi padre biológico, y no hay peor ausencia que la del padre, una ausencia muy presente. Hay que partir de la base que ser hijo hombre y no conocer a tu padre es un hecho impresionante para cualquiera. Me pasé toda la infancia y buena parte de mi vida buscando explicaciones y tratando de adivinar el origen de mis características personales, mis talentos y mis precariedades. ¿Soy malo para la gimnasia por los Gumucio o por los Enríquez? ¿Cuando soy audaz es por mi padre? ¿Y cuando tengo miedo? Una persona que vivió siempre con sus padres no se lo pregunta porque los conoció, sabe de primera mano sus virtudes y sus defectos, los reconoce, los va viendo envejecer. Como no conocí a mi padre, todavía me pregunto si el arrojo que tengo es producto de una genética o una herencia o una imitación. Sin proponérmelo, estoy imitando: he creado un partido, el partido Progresista, que es legal pero no tiene sede, que funciona en los cafés, que en algún sentido funciona más como un movimiento que como un partido. ¿No es eso irónicamente muy parecido al MIR?

A temprana edad tuve que conciliar que vivía en París, a veces con varios grados bajo cero durante el invierno, yendo a un liceo fiscal, veraneando en campamentos y piscinas municipales, aunque pertenecía a otro mítico país en el que había grandes extensiones de campos y montañas y todo lo demás de lo que tanto me hablaban, donde sencillamente no tenía derecho a estar. ¿Por qué tenía que jugar a la pelota en canchas de cemento en los suburbios de París y no en ese otro lugar paradisíaco donde los niños podían jugar hasta las once de la noche con clima caribeño? ¿Qué había hecho yo para que me prohibieran entrar allí siquiera? Para un niño, la digestión de la expulsión, del rechazo y del castigo es muy feroz. De allí la tremenda rebeldía que fui desarrollando respecto a Chile. En esos tiempos la embajada era el lugar donde acompañábamos a los adultos a escupir y a tirar piedras. Uno de los panoramas para cada aniversario del golpe de Estado, el 11 de septiembre, era ir a reírnos de esos embajadores encerrados, acusarlos de asesinos y mofarnos de la impureza de la bandera chilena.

Para mí, Chile y Miguel eran mundos completamente desconocidos, uno porque me lo tenían prohibido y el otro porque me lo habían quitado, y aunque es parecido, no es lo mismo. Cuando eres chico el mundo es más estrecho y la figura de los padres es enorme, casi la totalidad de tu vida, el universo entero se explica allí. Los permisos se los pides a ellos, ellos te premian o te castigan: el estado de derecho lo fijan los padres. En mi estado de derecho faltó siempre un pilar fundamental, y eso se parecía mucho a la falta de estado de derecho en Chile. Había en mí un estado de derecho cojo, como el de Chile. De eso me di cuenta con los años. Por eso Chile y Miguel eran lo mismo, y si me peleaba con uno también me peleaba con el otro. Con la edad me fui reconciliando con Chile y al mismo tiempo me fui reconciliando con Miguel. Lo conozco muy poco, pero hoy quiero, admiro y respeto a ese muchacho arrojado de treinta años que era mi padre. Antes, en cambio, le tenía bronca. Una bronca que se expresaba en diferenciarme. En decir, él es él y yo soy yo, sin concesiones. Soy hijo de Miguel y qué. Hago comedias televisivas livianas con Rafael Gumucio y no hago documentales sobre el dolor del pueblo mapuche, y qué. Vivo en el barrio alto, y qué. Estudio filosofía y no medicina, y qué. Me agrego el apellido japonés Ominami, y qué. Me pedían o exigían que fuera de ultraizquierda en la militancia, y yo voy y hago un documental donde digo que la izquierda chilena se contradice y miente desde el poder.

Hay un día que nunca olvidaré. Tenía seis o siete años y subía corriendo las escaleras del edificio donde vivíamos. Entonces vivía repartido en tres casas durante la semana, y ese día me tocaba quedarme en casa de mi madre. Cuando volví de comprar el pan, lo recuerdo vívidamente, encontré en el living la casa, las siluetas enormes de tres hombres, dos de ellos armados. Con aprensión le pregunté a mi mamá qué hacían dos hombres con pistolas en la casa, y me respondió que ellos eran los guardaespaldas del tercero. Era Andrés Pascal Allende, jefe del MIR. Lo de los guardias no era paranoia de Andrés. La dictadura ya había atentado fuera de Chile contra el ex comandante en jefe del ejército, el general Carlos Prats, el ex canciller Orlando Letelier y contra el ex ministro del Interior Bernardo Leighton. Y ese hombre tan grande me quedó mirando durante un largo rato, como si estuviera decidiendo qué decirme, y por fin, emocionado, ceremonial, murmuró:

—Tú eres hijo de Miguel.

Siendo niño, que un adulto te visite expresamente para conocerte, te marca, y si llega acompañado de guardias armados te impresiona todavía más. Sobre todo si estás volviendo de comprar el pan y tu plan inmediato era tomar una leche chocolatada, hacer las tareas y salir a jugar a la plaza. Yo estaba muy asombrado de que ese hombre desconocido me tratara como un adulto. Se sentó luego en un sofá y se quedó mirándome. Mi mamá me dijo que esa tarde las tareas no importaban, y me quedé largas horas con Andrés Pascal, conversando. Trataba a ese niño de seis o siete años como a un «heredero político».

Era por entonces un cabro chico que, como todos los demás, lo único que quería era tener una vida normal. Mi preocupación era el Saint-Étienne, el equipo de fútbol donde jugaba el maravilloso Michel Platini. Y salvo a mi mejor amigo, Guillaume Studer, que hasta hoy sigue siendo un íntimo amigo —soy además el padrino de su hija—, en el colegio nunca le conté a nadie que tenía esta historia paralela relacionada con un país remoto. Nunca fui capaz de decir: «Soy hijo de un político, un revolucionario, que asaltó bancos en un momento, a quien además mataron a balazos por sus ideas». Me parecía muy enredado. Me confundía. Y además ya estaba Carlos Ominami, que era pareja de mi madre, y a ojos de mis compañeros y amigos en Francia, mi único papá.

En la casa se hablaba muy poco de Miguel, porque estaba Carlos. Siempre cuidé mucho a Carlos. Me parecía importante no agraviar a quien yo amaba como padre, quien me protegía y me educaba. No tengo fotos personales con Miguel. Mi madre, durante la clandestinidad, había tenido que quemar todas las fotos comprometedoras a los ojos de la policía del régimen. Lo único que tenía era un libro lleno de recortes de unos diarios chilenos que desconocía, con fotos en blanco y negro, donde acusaban a mi papá de ser ladrón, terrorista y asesino. Nunca olvidé la noche de invierno cuando finalmente le conté a mi amigo Guillaume mi verdadera historia. Lo hice ceremoniosamente, como si le revelara un gran secreto.

—Mi papá no es solo Carlos —le dije. Mi papá es este otro que aparece en estas fotos de portadas de diarios.

Para mi sorpresa, el padre de mi amigo Guillaume, un hombre que había leído mucho sobre Chile, conocía perfectamente quienes eran Miguel Enríquez y mi abuelo Rafael Agustín Gumucio.

Cuando tenía siete años, sucedió otra cosa importantísima en mi vida y, en particular, en mi relación con Miguel Enríquez. Llegó a la casa una carta de Fidel Castro, diciendo que me invitaba a conocer su país en una visita oficial. Creo que fue entonces cuando tuve por primera vez conciencia sobre la magnitud de la figura de mi padre. Recuerdo que la invitación decía algo así como «…invita a Marco Enríquez y acompañante…». Y, claro, la acompañante fue mi mamá, quién más. Me llamó mucho la atención eso de ser «invitado por un país» y tuve que preguntarle a Manuela qué significaba. Estuvimos en Cuba casi un mes. Ahí empecé a encarnar a mi padre, que hasta entonces no era mucho más que unas fotos en blanco y negro o en sepia, una ausencia enorme y pesada. Un fantasma atractivo y perturbador, pero un fantasma.

Cuando bajamos del avión en La Habana, nos quedamos deslumbrados con la recepción. En el aeropuerto nos estaba esperando un chofer negro en un Mercedes Benz enorme, negro también. Jamás me había subido a un vehículo así y no podía creerlo. En París vivíamos en un barrio más duro que otros, mi mamá tenía un Renault 5, antiguo; en la casa había unos pocos muebles regalados por amigos franceses solidarios con Chile, íbamos al cine como un gran panorama, y al McDonald’s una vez al mes.

En el colegio habían aceptado que viajara a Cuba con la condición de que escribiera un reporte sobre la experiencia. A los siete años eso te excita mucho, ser el explorador de tu curso. En La Habana, en ese entonces, habían tres hoteles principales: el Riviera, el Habana Libre y el Nacional. Nos alojamos en el Hotel Riviera. Durante todo ese mes tuvimos un chofer a disposición. Nos alojaron en la mejor habitación, una suite enorme, y me colgaron una tarjeta como invitado de honor. La tarjeta decía algo así como «Invitado de la Revolución». Eso me daba consumo libre en el hotel y, lo más importante, consumo libre en las heladerías de La Habana. Mis primos Enríquez, cuya valiente madre, viuda, había sido exiliada en Cuba, me fascinaban por la libertad y alegría con que vivían.

Me pasé casi el mes entero en la piscina del hotel, un lujo inimaginable para mí, aunque siempre me sacaban a pasear unas dos horas al día. Me llevaron a diferentes campamentos y escuelas que tenían el nombre o como referencia a Miguel, donde los niños me saludaban cantando himnos con referencias a él. Recuerdo que apretaba las piernas de la impresión de ser tratado como un adulto ante mis pares. Que mi apellido fuera singular y no uno más me impactó muchísimo. Fui a una visita oficial al Hospital Miguel Enríquez, uno de los más grandes de La Habana, todo eso con la luz caribeña, las playas, las palmeras, todo tan diferente del monótono cemento de mi barrio en París. Entre medio, me enamoré de una niña muy linda, la Maya Fernández, que más adelante, de vuelta en Chile, se convertiría en diputada. Es hija de la Tati Allende, quien se suicidó en Cuba, y quien había sido la mejor amiga de Miguel. El chofer terminó sacándose la polera y nos paseaba por la ciudad a torso desnudo con su barriga enorme. Tenía esa sana relación con su cuerpo que hasta el día de hoy no logro imitar. Nos hicimos muy amigos, y a la segunda semana el Mercedes estaba lleno de arena, de tantas vueltas que dimos en la playa.

Durante uno de aquellos días, recuerdo que hubo un momento en el que mi mamá me dijo con cierta formalidad:

—Te quiere venir a ver el «Gato» Valenzuela.

—¿Ah? ¿Quién es?

—Un compañero de lucha de tu padre que vive aquí, que conociste antes pero no recuerdas.

—Vayamos juntos —le dije.

—No, prefiero que se vean los dos. Anda solo.

Manuela era muy crítica del autoritarismo mirista y de la «Operación Retorno» que desarrolló por esos años el MIR. La Operación sostenía que los miristas debían volver a Chile a luchar y hacer la revolución. Murieron decenas de militantes. En la localidad de Neltume, en el sur de Chile, en 1981 ocurrió el episodio más trágico: varios miristas fueron salvajemente asesinados. El «Gato» Valenzuela era uno de los más duros, partidario de castigar políticamente a los que habían sido «blandos» ante la dureza de los interrogatorios. Por eso, supuse, mi madre optó por quedarse en la habitación mientras yo bajaba a almorzar con él. Y así me vi, a los siete años, almorzando a solas con él, tal como antes había estado con Pascal Allende. Sosteniendo conversaciones de adultos, pero pensando en realidad «a qué hora me suelta este revolucionario para ir a jugar a la pelota». Años después vi la película El Padrino y no pude dejar de pensar en eso cuando estuve con el «Gato», pues estuvo largo rato hablándome de cómo amaba a los animales. Mi madre me había dicho que él era un tipo «muy serio y valiente dentro del Movimiento», pero él me habló, sobre todo, de los pájaros.

Siguiendo con mi condición de adulto, que me imponían todos con quienes conversaba durante ese viaje a Cuba, recuerdo que tuve otro encuentro memorable —también a solas— con José, el escolta cubano que había acompañado a Fidel en su larga y controvertida estadía en Chile durante el gobierno de Allende, y que se hizo gran amigo de Miguel. Me preguntó:

—¿Quieres aprender a disparar?

—¿Ah?

—Armas.

—¿Armas?

—Un hijo de Miguel debe aprender a disparar.

Me llevó a un sitio eriazo. Allí se nos sumó un joven, que me pareció afiebrado por las armas, disfrazado con un ridículo traje de vaquero, igual al de Woody de Toy Story. Éramos tres personajes desconocidos: un vaquero, José, y un niño de siete años. Recuerdo que José me pidió que me acostara en el piso y me pasó lo que probablemente era un AK-47. Ocurre que, cuando disparas, el arma se va hacia atrás, te golpea el hombro, y eso duele muchísimo. Estaba sin mi madre y simulé ser fuerte, como decían que era mi padre, e hice como que no me dolía el hombro. No sé si me tuvo entrenando dos horas o toda la tarde, pero a mí se me hizo eterno. José era muy severo, me retaba mucho porque no lo hacía bien, y hablaba del coraje de Miguel sin parar. Me hacía apuntarle a una lata que iba cambiando de lugar y yo fallaba. Mi preocupación eran las balas, estábamos gastando muchas balas. Me parecía un desperdicio. Volví extenuado y al mismo tiempo aliviado pidiendo, en mi nuevo personaje de rico y famoso, que me subieran eclairs de chocolate. Había estado toda la tarde disparando y sentía que había perdido horas valiosas para seguir saltando en la piscina. Las armas me parecieron siempre unos aparatos perturbadores y horribles: nunca me llamaron la atención.

Volví a París habiendo tomado conciencia de que tenía dos mundos paralelos. Por una parte se encontraba la del estudiante parisino normal y, por otra, la del niño chileno especial. Una relación muy extraña, porque desde mi país me traían relatos terribles, historias que daban ganas de ponerse a llorar, historias sobre mujeres y hombres torturados, asesinados, desaparecidos. Pero del departamento donde vivíamos hacia afuera, la vida era Michel Platini y los partidos con mis amigos magrebíes. La casa de mi madre se convirtió en algún momento en centro de reuniones, lugar de acogida y posta central de muchos exiliados. Se hacían, además, fiestas y todo tipo de reuniones, y allí sí se hablaba, a veces, de Miguel. Un día apareció el «Sambo», que era un gran amigo de mi madre, y todos los asistentes se pusieron serios pues se sabía que había estado colgado muchos días en la cárcel. Me impresionó mucho ver a ese ser humano que reía mucho, cantaba, bailaba salsa y que al mismo tiempo traspiraba y exultaba alegría y generosidad hacia los demás.

Recuerdo también a una mujer que marcó mi vida sexual: en una de las tantas reuniones de los adultos me mostró una pechuga. Cuando tienes ocho o nueve años los senos de una mujer son una imagen impresionante, jamás lo olvidas. Ella se bajó la blusa y me mostró un pecho con marcas y rayas que le habían quedado producto de la tortura.

—Estas marcas son por tu padre y no me arrepiento —me dijo.

—¿Por qué por mi padre? —le pregunté alarmado.

—Porque fui torturada y no lo delaté.

Otras mujeres me hablaban de Miguel de otra manera. En distintas oportunidades, con un aire cómplice o guiñándome un ojo, me dijeron:

—Yo pude haber sido tu madre.

Me estaban diciendo que habían sido pololas de mi papá, que habían tenido una relación sexual y furtiva con él y que por lo tanto podrían haber sido mi madre. Y todo esto cerca de mi mamá. Manuela siempre fue muy liberal. Nada más lejos de ella que haber dicho: «Silencio, que el niño…». Nunca me protegió en ese sentido, fue muy descarnada. No existió ese sistema de cuidados y omisiones que hay aquí en Latinoamérica con los niños sobre los complejos y normales asuntos sentimentales. El hecho de que ella no hubiera sido la única mujer de mi papá siempre fue, para mí, un dato. Hay que tomar en cuenta que Miguel fue, en los hechos, un gran enamorado. Además de las relaciones efímeras, tuvo tres mujeres importantes y tres hijos antes de los treinta años. Tuvo, de acuerdo a lo que se dice, tres familias, tres vidas, tres intensas historias sentimentales: la mujer con la que se casó, Alejandra Pizarro, mi madre y Carmen Castillo. No era algo furtivo, era sabido por todos los involucrados. En este contexto, en mi casa el único límite era Carlos, por ser la pareja de mi mamá. El verdadero pacto no escrito que teníamos con mi madre era que no se hablaba de Miguel delante de Carlos. En las fiestas de exiliados sí se hablaba de él, pero cuando estábamos solos Manuela, Carlos y yo, Miguel desaparecía.

2

El enredo de los apellidos

Mi madre siempre fue mi nacionalidad, mi pasaporte, mi domicilio. La tierra firme. Es mi padre, en cambio, el que accidentó mi vida. Soy hijo de una historia de amor muy intensa, no de un matrimonio. Producto de los tiempos revolucionarios en los que vivió su juventud, mi madre fue una severa militante y fue también severa consigo misma. Consideraba que no debía caer en actitudes burguesas como en esa época algunos consideraban la mera idea de formar una familia. Con Miguel estaban de acuerdo en que lo de ellos era un compromiso que se revisaba cada día, un amor libre como se decía en la época. Para ellos, la idea de familia en el sentido tradicional no existía.

Mi madre estuvo a punto de tener, antes de mi aparición en escena, otro hijo con mi padre. Él estaba entusiasmado, pero Manuela advirtió que no se podía contar con él por la tarea en que estaba embarcado. No creía en el compromiso de Miguel. Mi madre no se atrevió a ir más lejos, pero pronto vuelve a quedar embarazada y decide, esta vez, tener al niño. Soy el hijo que repara un error, por así decirlo, en la desmedida que caracteriza a mi familia ante asuntos delicados e íntimos. Su padre, Rafael Agustín Gumucio, era un progresista que admiraba a Allende, pero no era marxista. Era en verdad un socialcristiano, miembro de una izquierda y de una iglesia comprometida con los más pobres. Y resulta que de pronto, su única hija, su regalona, se enamora de un marxista-leninista que llamaba a la revolución y la lucha armada.

Cuando lo supo, mi abuelo toleró —aunque a regañadientes— esa relación. Así fue como mi madre, con treinta años, le dio un nieto de ese hombre que ni siquiera le habían presentado.

El escenario era complejo. Alejandra Pizarro, la esposa de Miguel, se había suicidado, de modo que él estaba en la revolución con una hija huérfana de madre. Luego de este episodio, tendría un romance con una nueva pareja, Manuela. Siendo producto de esa relación y no testigo, intento imaginar la intensidad de ese amor en medio de una comprometida y arriesgada actividad militante. Miguel era hijo de Edgardo Enríquez Frodden, un médico que había sido rector de la Universidad de Concepción, un hombre de casi dos metros de estatura, masón, un caballero de capa y espada, de provincia, de bigote blanco como la nieve. Miguel tenía a su vez una madre generosa, Raquel Espinosa Townsend, dedicada a criar a sus cuatro hijos y acompañar a su marido en sus desafíos y dolores. Miguel decidió no contarles de esta segunda paternidad. Solamente el día en que nací se animó a contarles por escrito que había llegado su segundo hijo. Les informó, además, que había decidido llamarme Marco Antonio, que es el mismo nombre de mi bisabuelo y también de su hermano mayor, importantísimo para él: ese hermano de alguna manera fue quien protegió a Miguel de peleas en el colegio. Considero mi nombre como su herencia y le doy un gran valor. He terminado por aceptar que me digan Marco, o ME-O, aunque uno de los gestos afectivos que más valoro es que me llamen Marco Antonio. Me conmueve, pues es el nombre que él me puso: su impronta.

Cuando nací, el 12 de junio de 1973, mi madre sabía cuál era el desafío de Miguel como líder revolucionario en la clandestinidad. Sabía que me criaría sola. Le dijo a mi padre que no se preocupara, que siguiera adelante. Nadie le iba a pedir pensión de alimentos ni nada parecido. Miguel, sin embargo, quería reconocerme. Era un riesgo mayor, era algo temerario, pero él insistió y quedaron, como hacen los padres al nacer sus hijos, en asistir orgullosos al Registro Civil, el 29 de junio. Sucedió que ese día ocurrió el «Tanquetazo», la primera intentona golpista contra Allende, y no pudieron inscribirme pues el país estaba paralizado. Me quedé sin apellido, como hijo ilegítimo. Condición que con los años, comprendí, compartía con miles de otros niños chilenos.

Días después vino el golpe de Estado, y la avalancha de tragedias sabidas —y no tan sabidas—. Mi madre me bautizó cuando ya estaba asilada en la embajada de Venezuela. Con un salvoconducto hicieron entrar a la embajada al padre Esteban Gumucio, mi tío abuelo. Me han contado que fue una ceremonia muy emotiva. Mi padrino fue un funcionario de la Embajada, porque no habían otros católicos entre el centenar de personas que dormía en el suelo de los antiguos salones, con quienes compartíamos la incertidumbre de lo por venir. Mi tío abuelo, que hoy se encuentra en proceso de beatificación, habló emocionado sobre la legitimidad de la violencia frente a los atropellos monstruosos que observaba en la población donde vivía. Con el bautizo me hicieron católico aunque, todavía, sin apellidos.

Cuando llegamos a París, tanto por razones de seguridad como porque no estaba inscrito en el Registro Civil, fui registrado con el nombre Marco Antonio Gumucio Gumucio. Recuerdo las bromas de mis compañeros del liceo acerca de la «u», que en francés se pronuncia como una «u» aguda. Cuando pasaban la lista me decían «Gumucio», acentuando la vocal de manera cerrada mientras una y otra vez debía corregir diciendo que se pronunciaba «Goumoucio» y no «Gumucio». Pasé una buena parte de las clases en eso. Sin embargo, tiempo después, hacia 1980, el abogado Gonzalo Figueroa, masón, radical y bombero, convenció a mi madre de que era impropio que el hijo de su amiga no tuviera padre ni apellido. «Hay un límite», le dijo, «está bien que el padre h ...