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ALGO NUEVO ANTERIOR (RECUERDOS)

Mauricio Redolés

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Fragmento

CORRÍA EL AÑO 1975, había llegado hacía unas semanas a Birmingham. Estudiaba inglés y vivía en una pieza que arrendaba cerca de la universidad de la ciudad. A todo lo que aspiraba en mi vida en ese instante era a dotar al Partido Comunista de Chile de una buena célula en ese lugar. Así, me pasaba los días yendo de un lado a otro, contactando militantes para que volvieran al redil del partido. Un día me contaron que había llegado un ingeniero comercial de la Universidad de Chile que venía a hacer un posgrado a la Universidad de Aston. Lo ubiqué. Él no tenía muchas ganas de perder el tiempo atravesando todo Birmingham para ir a una tonta e inútil reunión de célula. Todo lo que quería era estudiar. Poco a poco nos fuimos queriendo y él me dio el entrañable apodo de Cabro Culiao. Como era bajo de estatura yo lo apodaba Chico Gabo.

Un día el Chico Gabo me sometió a un breve interrogatorio que le arrojó como resultado que el Cabro Culiao, o sea myself, tenía veintidós años, había estudiado Derecho, se había pegado un canazo de dos años y andaba puro dando la hora en los Midlands. Entonces me dijo: «Mira, Cabro Culiao, te voy a conseguir una entrevista con el director del Instituto de Estudios de Relaciones Internacionales de la Universidad de Birmingham para que hagas una licenciatura. Estamos en noviembre del 75, vas a la entrevista, quedas aceptado, estudias inglés hasta junio del 76 en que das el examen de inglés de la Universidad de Cambridge, lo apruebas, y en septiembre del 76 comienzas tus clases de Relaciones Internacionales, ya dominando dos idiomas, español e inglés y al mismo tiempo te pones a hacer un curso de francés. En el verano del 77, das los exámenes y te vas de junio a agosto a París para mejorar tu francés, pololeas con una francesa, y en septiembre del 77 entras a segundo año de Relaciones Internacionales dominando tres idiomas, a saber: español, inglés y francés, y en paralelo a tu segundo año te pones a estudiar alemán. En junio del 78 apruebas el segundo año, te vas por el verano a Berlín occidental, pololeas con una alemana, y en septiembre del 78 inicias el tercer año de Relaciones Internacionales dominando cuatro idiomas, a saber: español, inglés, francés y alemán y en paralelo te pones a estudiar ruso. En junio de 1979 terminas tu licenciatura de Relaciones Internacionales, apruebas con honores y la nota máxima, postulas a una maestría en la misma escuela y te vas de vacaciones por el verano de ese año 79 a Moscú. Pololeas con una compañera soviética, y en junio de 1979 inicias tu maestría o máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Birmingham, mientras inicias tus estudios de chino mandarín. En junio de 1979 apruebas con honores y la nota máxima tu máster en Relaciones Internacionales dominando cinco idiomas, a saber: español, inglés, francés, alemán y ruso. Y postulas a un doctorado en Relaciones Internacionales en Oxford o Cambridge. Te vas en el verano del 79 a Pekín, pololeas con una china, y en septiembre del 80 inicias un doctorado en Relaciones Internacionales en la Universidad de Oxford o Cambridge, dominando seis idiomas, a saber: español, inglés, francés, alemán, ruso y chino. Mientras haces tu doctorado, puedes adquirir ciertos conocimientos en urdú o swahili, tan útiles en ciertas circunstancias para que no te hagan huevón. Y en el verano del 81 vas a Roma, pololeas con una italiana e inicias tus estudios de la lengua del Dante. En septiembre del 81, inicias el segundo año de tu doctorado en Relaciones Internacionales. En junio del 82 apruebas tu segundo año con excelentes calificaciones. En el verano del 82 te vas a Portugal, pololeas con una portuguesa y le entras “pesao” a la lengua de Pessoa, a ti que te gustan tanto los heterónimos. En septiembre del 82, inicias tu tercer año del doctorado, dominando siete idiomas, a saber: español, inglés, francés, alemán, ruso, chino, italiano y portugués, amén de conocimientos de urdú y swahili. Paralelo a tu doctorado, puedes mejorar los estándares de los idiomas que dominas. Entre septiembre del 82 y junio del 83 cursas el tercer año. Entre septiembre del 83 y junio del 84 haces tu cuarto año. Entre septiembre del 84 y junio del 85 haces el quinto y último año de tu doctorado en la Universidad de Oxford o Cambridge. Te tomas un año sabático entre junio del 85 y septiembre del 86. Postulas a un trabajo en el Alto Comisionado para los Refugiados de las Naciones Unidas o para la Unesco o para lo que sea. El 90 la dictadura del Pinocho recién habrá caído y vos, Cabro Culiao, tendrás algo mejor que ofrecerle al Partido, para algo en la Cancillería si es que el Partido tiene algún tipo de acceso al poder posdictadura. ¿Me entendíh?», remató el Chico Gabo.

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Así, un lunes de noviembre del año 1975, estaba yo en la antesala de la oficina del director de Estudios de Relaciones Internacionales. Me encontraba allí sumido en mis pensamientos por los que desfilaban francesas, alemanas, rusas, chinas, italianas y portuguesas que conocería en el futuro cuando de súbito escuché la voz de la secretaria que me sustrajo violentamente de mi nirvana. «Luuish Ridolish!» «Oh! ¡Aquí!, o sea, here I am», dije yo. Pasé a la oficina del director, y para mi asombro, era idéntico a Lorne Greene, el actor que hacía de Ben Cartwright, el papá en la serie del far west Bonanza que daban en Canal 13 en los años sesenta. Creí que era una broma, acabo de mundo o algo. Me desconcentré enormemente, me dio mucha risa, desaparecieron chicas francesas, alemanas, rusas, chinas y portuguesas de mi horizonte. Ya veía que se aparecía el guatón Hoss o Adam o Little Joe a caballo en la oficina diciéndole al director de Estudios de Relaciones Internacionales: «Papá, te espero en el cañón, sufrimos un ataque de los pieles rojas». A duras penas contesté con mi pésimo inglés algunas preguntas sobre Chile y la situación internacional en América Latina. No podía aguantar la risa. «Lo veo muy nervioso», me dijo en inglés Ben Cartwright, en su papel de académico del siglo XX. Yo me retiré ofreciendo disculpas con una chorrera imparable de «I’m sorry, sir», «I’m awfully sorry, sir».

Cuando le conté al Chico Gabo, muy serio, lo que me había pasado, quedó mirándome en silencio largo rato. De repente, con cierta alacridad formuló una pregunta: «¿Bonanza?, ¿qué mierda tiene que ver Bonanza en esta huevá?». Yo casi lloraba de la risa. «Erís muy huevón, Cabro Culiao», remató.

En la próxima reunión de célula nunca cruzamos miradas.

EL AÑO 1990, una periodista que preparaba un programa piloto de televisión me telefoneó para invitarme con mi grupo musical a participar del proyecto. Había marionetas y otras bandas invitadas a participar del piloto, que se grabó en los estudios de la Radio Universidad de Chile. Participaban las marionetas de Los Toppins y, en la música, Mario y sus Luceros y Desiderio Arenas con su conjunto. Un integrante de un taller literario que yo dirigía me había hablado muy positivamente de Desiderio Arenas, y me decía que había mucha similitud en mi trabajo como autor y compositor y el suyo. Una cierta nostalgia blusera y los cuentos de un chileno exiliado en Europa. Otro que me había hablado de Desiderio Arenas era Tito Tricot, chileno exiliado en Dublín, República de Irlanda, quien había invitado a participar a Patricio Manns a un festival, y Patricio Manns había llegado con Desiderio. Tricot me contó, en esa oportunidad, que ambos eran locos por James Joyce y que se paseaban por Dublín preguntándose en qué lugar bebía Joyce, en qué lugar se masturbaba. Otro amigo que no recuerdo muy bien —pudo haber sido Felipe Mujica o Patricio Gregorio de Las Heras— alguna vez me hizo escuchar un tema maravilloso de Arenas grabado por Quilapayún: «Cuando Valparaíso».

En un momento de descanso de la grabación del programa, me di cuenta de que Desiderio Arenas estaba solo sentado en una suerte de platea del estudio. Me acerqué tímidamente, con temor a encontrarme con alguien a quien supuse demasiado egocéntrico, vanidoso y engreído, por los antecedentes que tenía del gran artista que era. Al contrario, me encontré con la persona más sencilla y humilde del mundo. Enganchamos de inmediato una animada conversación. Le pregunté si fumaba marihuana, asintió y nos fuimos de inmediato a mi automóvil que estaba en la calle a fumar un pito. En la conversación nos dimos cuenta de que ambos habíamos sido detenidos poco después del Golpe Militar en Valparaíso, y además, que habíamos estado detenidos en distintos espacios del mismo centro de tortura, el tenebroso cuartel Orden y Seguridad Silva Palma. Yo estuve en las alturas del cerro Artillería al lado de una cancha de básquetbol. A su vez, Desiderio había estado detenido en los calabozos de la entrada.

Recordaba haber estado con otros compañeros que habían pasado por los calabozos de la entrada. Casi sin excepción, todos ellos me habían hablado de un personaje que estaba detenido en ese lugar. Lo llamaban el Loco, por su permanente actividad histriónica, poética y musical. Hacía canciones, inventaba situaciones divertidas, hacía teatro invisible, era un torbellino de creatividad. Le pregunté si había conocido al Loco y resultó que era el propio Desiderio. El 2016, una amiga me contó que había estado junto a él en su lecho de muerte, y que le había dicho que se iba en paz, como el deseo de las arenas. Fue una bendición haberlo conocido.

A PRINCIPIO DE LOS NOVENTA, caminaba por la Alameda con una joven periodista, frente al cerro Santa Lucía, y le conté que a mi retorno había querido poner una librería de viejo. Ella me dijo: «¡Qué lindo fue haber tenido fe. Fe en una vieja librería. Como fe en haber construido una nueva sociedad». Acto seguido me preguntó: «¿Te das cuenta de que estamos perdiendo fe?». De pronto se puso como loca y comenzó a correr por el césped del borde del cerro, gritado: «Fe, fe, fe, necesitamos fe, quiero tener fe». Al poco tiempo, con su fe, llegó a ser directora de una radio feminista AM muy exitosa, al mismo tiempo que el país perdía fe y ganaba en corrupción al servicio del poder, o sea una fe fea.

EN UNA OCASIÓN, en una latosa reunión de la célula londinense del Partido Comunista chileno en la que yo militaba, la persona que dirigía la reunión, que para esta historia denominaremos Abedul Valenzuela, advirtió en un tono muy estalinista: «Compañeros, voy a proceder a leer el informe político que ha llegado desde el Comité Central. Les advierto que, por orden de la dirección, luego de la lectura se permitirán cinco minutos de intervención por militante, en la que no debe haber preguntas». De inmediato, un compañero militante de la célula que denominaremos Lenin Soto, pidió la palabra, a lo cual Abedul Valenzuela respondió: «Compañero Lenin Soto, creo haber sido bastante claro al decir que daré la palabra luego de la lectura del informe del Comité Central, y ahí usted podrá intervenir, aunque sin preguntas», a lo que Lenin Soto replicó: «No compañero, yo no quiero los cinco minutos para intervenir, sólo quiero hacer una pregunta». Esto enfureció a Abedul Valenzuela: «¿Acaso no he sido claro con que no se permiten preguntas?». Retomó la palabra Lenin Soto, quien alzando la voz, retrucó: «Compañero Abedul, usted todavía no lee el informe del Comité Central, y yo entendí que usted no permitiría preguntas con respecto a ese informe, pero mi pregunta no es sobre el informe, ya que yo tendría que ser adivino para saber en qué consiste el consabido informe para preguntar algo con respecto a éste. La otra posibilidad es que yo hubiese participado en la elaboración del informe, para lo que tendría que ser miembro del Comité Central y estar viviendo en Moscú, honor que no tengo, ni creo merecer». Las toses, carrasperas, risas ahogadas, inundaban el pequeño salón en que estábamos reunidos unos dieciséis chilenos y chilenas en medio del barrio de London Bridge. Alguien dijo: «Ya pos, pónganse de acuerdo», a lo que Abedul Valenzuela respondió, alzando la voz y apuntando con su índice al que pedía acuerdo: «¡Compañero, yo no le he dado la palabra! Recuerde pedirme la palabra para intervenir, y sin hacer preguntas». La sala quedó en silencio. El primero en hablar, luego de que pasara un ángel, fue Lenin Soto, quien, mirando a todo el mundo con un hilo de voz, preguntó: «¿Puedo hacer mi pregunta?». Abedul Valenzuela, hombre del sur profundo de Chile, exclamó: «¡Puchacay! ¡Si yo no soy na’ de papel lustre puh compañero! ¡Les digo por última vez, pidan la palabra primero poh!». Una octogenaria militante del Partido hizo resonar el salón con estentórea voz de mujer fumadora: «¡Compañeros, con la palabra o sin la palabra, permítanme decir algo. Escuchemos primero, con respeto, el informe del Comité Central, y luego, todos juntos, veamos cómo sigue la reunión. Yo no he atravesado medio Londres para venir a escuchar cómo ustedes se entrampan en una discusión sobre formalidades muy lejana a los métodos del Partido de Recabarren». Parecía haberse cerrado la discusión entre Abedul Valenzuela y Lenin Soto, pero surgió la aguda voz de otro viejo militante, quien, sólo por formalidad, levantando la mano y mirando fijamente a Abedul Valenzuela, le dijo: «Compañero, permítame usar mis cinco minutos para decir algo». Lo interrumpió Abedul: «Compañero, sus cinco minutos que le corresponden, porque aquí en el Partido somos todos iguales, no quepa duda, se los daré luego de la lectura del informe». Todo el mundo reclamó. Alguien gritó: «Ya pos “Abe” cabréate, deja hablar al compañero». El viejo militante, envalentonado entonces, continuó: «Compañeros, y que me perdonen las compañeras, pero en Chile está desapareciendo gente, compañeros nuestros, y nosotros, y que me perdonen las compañeras, por qué rechuchas nos entrampamos en discusiones güeonas». El anciano compañero estaba colorado, despeinado y al levantarse del sofá se le cayeron las Revistas Internacionales y los rojos Boletines del Exterior.

Pedí permiso para ir al baño. Creo que no me lo dieron, pero fui igual.

DURANTE UN TIEMPO me gustó coleccionar sobrenombres y la historia de sus orígenes. Entre mis favoritos estaban el Cóndor Pasa, el Cabeza de Queque, el Manco Polo, el Taza, la Sindi y las Guatipoto. El primero decía relación con un peruano que, en Estocolmo, intentó suicidarse tirándose de un tercer piso. No lo logró. El segundo era por un boliviano que intentó suicidarse metiendo la cabeza a un horno. El gas se acabó antes de que consiguiera su objetivo. El tercero era un conocido dirigente de la i ...