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VIENEN POR TI

Andrea Larrabe  

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Fragmento

PRÓLOGO

A veces desearía poder decir que somos una familia normal, que somos iguales a esas miles de unidades de personas conformadas por un padre, una madre y dos niñas. Quizás sería cómodo poder decir que mi papá, Gérard Deveraux, tiene un trabajo de oficina de nueve a cinco, que disfruta jugando al golf con sus colegas y que, cuando llega a casa, se relaja frente al televisor viendo las noticias y bebiendo una cerveza. Mi madre, por su lado, sería una mujer sonriente y educada, siempre gentil con todos. Por supuesto que su pasión por las flores quedaría intacta, igual que su trabajo a media jornada en su propia tienda.

Mamá nos prepararía la cena a mi hermana y a mí todas las noches. Nos regañaría por las labores escolares que dejamos pendientes, nos iría a animar a los partidos de fútbol con camisetas gemelas —aunque lo cierto es que estas cosas las hace de igual forma— y me daría largos discursos sobre lo peligroso que es relacionarse con los chicos malos de la escuela. Supongo que en esta realidad paralela me relacionaría románticamente con chicos malos —ya que, según tengo entendido, ellos poseen un atractivo irresistible— sin tener deseo alguno de romperles la nariz. Lástima que en esta otra galaxia tampoco pudiera rompérsela con tanta facilidad... si surgiera la ocasión, claro está.

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Mi madre se vestiría con pantalones de lino blanco y camisas de seda, llevaría un maquillaje inmaculado y no dejaría pasar ninguna de las reuniones de apoderados, donde felizmente hablaría de su amada jardinería, que en esta dimensión sí sería hermosa. En la realidad, Simone, que a pesar de su terquedad e infinitos intentos de hacer florecer algo en este espacio terroso que rodea nuestra casa, nunca ha logrado más que cosechar frustraciones.

En esta otra realidad tampoco llamaría a mi madre Simone. Le diría «mamá», «mami»,«ma», o cualquiera de esos otros diminutivos que son tan comunes y que, por ende, me parecen tan infinitamente aburridos.

Tendría muchas amistades en la escuela y hablaría de esos temas fascinantes que tanto parecen captar la atención de las personas de mi edad: el sexo, las fiestas, las drogas y el alcohol. O quizás sería del otro grupo, ese que no es ni nerd ni popular, sino una extraña mezcla de hormonas, dudas existenciales y depresión, temas que parecen inspirar tanto a los escritores juveniles de hoy. Como si ese grupo de marañas hormonales supieran algo de la vida. Algo de la muerte. O algo del intermedio.

Soñaría con asistir a Harvard o Yale y estudiar alguna carrera metódica y aburrida, solo para luego tener un trabajo metódico y aburrido, de esos que ahogan la creatividad, que sirven para pagar las deudas que dejó la carrera metódica y aburrida y que dan ganas de quitarse la vida.

Liki, mi hermana menor cuyo nombre real es Angélique, aunque lo odia con todas sus fuerzas, sería... bueno, en realidad sería prácticamente igual: la estrella de sus clases de ballet, rodeada de amistades que parecen venerarla y demasiado segura de sí misma y del mundo que la rodea a sus doce años.

Seríamos una familia normal y corriente, aburrida, repleta de huecos por llenar con la cotidianeidad, con la supuesta seguridad que nos entrega una vida normal y predecible. Nos imagino cenando en Navidad, compartiendo por primera vez un pavo y escuchando villancicos, dando las gracias por toda la mediocridad que poseemos y...

—Estée.

Gérard, mi padre, me habla y rompe el hilo de la fabulosa historia que había formado en mi cabeza, tan detallada y magnífica que casi había acabado por creérmela. Me mira con atención, casi quemándome con la intensidad de sus ojos chocolate, esos que me hubiese gustado heredar. En vez de eso, tengo su pelo, negro como la noche; por más que lo peine siempre parece que me acabo de levantar. O de electrocutar, tal vez. Pero probablemente los Deveraux no sufriríamos las consecuencias normales de una descarga eléctrica.

Mis ojos, en cambio, son de mi madre. «Verdes como la jungla», dice Gérard cuando quiere dedicarle un halago a Simone, cosa que sucede con más regularidad de lo que me resulta cómodo. «Verde Deveraux», dice Damián, mi mejor amigo.

Pero, sin importar nuestras diferencias, esta noche los cuatro Deveraux tenemos los ojos burdeos. Es el cambio que sufrimos cuando vamos en una de nuestras misiones. Simone me explicó lo que sucedía cuando comencé a trabajar junto a ellos: me dijo que era porque teníamos que resultar «más aterradores». Y la verdad es que funciona. Cuando era pequeña, no pude aguantarme la curiosidad de verme en el reflejo y casi me fui de espaldas.

No es lo único que vuelve más tenebrosa nuestra apariencia. También vestimos unas largas capas negras que nos cubren hasta la cabeza. A Gérard, la capa le sombrea el rostro de nariz aguileña, mientras mira con atención la casa frente a la que hemos aterrizado.

No somos brujos, pero sí tenemos algún que otro poder. El primero es que podemos volar con el viento, a su propia velocidad y pasando completamente inadvertidos por quien sea que mire al cielo justo en el momento de nuestro viaje. Gracias a este medio de transporte, hemos llegado a esta elegante casa colonial perdida en un cul-de-sac solitario, libre de cualquier peatón, especialmente a tan tempranas horas de la madrugada.

Nuestro segundo poder es que podemos controlar la visión y el sonido. Con un sencillo embrujo que hago a través de precisos movimientos de mis dedos medio y anular, como si formara la figura de un seis, la gente no puede vernos ni oírnos. Liki y yo siempre nos encargamos de crear este ambiente propicio para que nuestras misiones resulten sencillas.

Nos encaminamos hacia la casa y siento la adrenalina invadir mi cuerpo, zumbar en mis oídos y calentarme la sangre.

Nuestro tercer poder es que no necesitamos cerrajero. Veo en mi mente cómo la materia de la puerta se separa y cómo los átomos aumentan la distancia entre sí, hasta que lo que tenemos enfrente ya no es sólido. Pasamos por la puerta como si no existiese. Desearía poder manipular de esta misma forma muchas otras cosas, pero, como dije, no somos brujos. Estos poderes solo nos ayudan en las misiones, que es cuando los necesitamos.

Y así estamos en el interior de la casa colonial. La decoración es casi exactamente como me la imaginaba: victoriana, antigua, queriendo crear la ilusión de elegancia, pero jactándose realmente de lo costoso que es cada objeto. Hay un retrato espeluznante sobre la chimenea, probablemente de algún antepasado del alma que venimos a cobrar.

Mi trabajo continúa. Sigo haciendo las figuras con mi mano casi de forma inconsciente y ni siquiera me percato de que, poco a poco, el tictac del reloj, el viento que hace bailar los árboles tras la ventana, nuestros pasos que hacen crujir la madera oscura, el zumbido de la electricidad y nuestras propias respiraciones se han vuelto silentes. Nadie nunca podría saber que estamos aquí. Gracias a mí, jamás serían capaces de escuchar nada fuera de lo común; gracias a Liki, no somos nada más que unas débiles sombras en la noche.

Simone nos indica con un movimiento de cabeza que el alma está en el segundo piso. Subimos, sin preocuparnos de ser sigilosos, ya que podríamos dar pasos de elefante y, aun así, nadie podría escucharnos gracias a mi embrujo. No sé si hay más personas en la casa. La verdad es que mi foco de concentración siempre es a quien venimos a buscar; el resto no me incumbe. Hallamos al alma durmiendo plácidamente dentro de un cuerpo regordete de cincuenta y ocho años, roncando como un león. Lleva puesto un pijama que deja en asquerosa exposición un estómago que bien podría estar esperando quintillizos. Rodeamos su espacio de descanso y Simone se coloca a la cabeza, la más cercana a él. La sigue Gérard, luego yo y, a los pies de la cama, Liki. Como yo soy dueña del silencio, invoco el sonido una vez más. Es un silencio que puedo saborear en mis labios, cargado de una energía que parece provenir de lo más profundo de la tierra, como un escudo indestructible que nos da permiso para hacer lo que queramos.

Liki prende su encendedor, solo para dejar constancia de que cree que la misión resultaría mucho más limpia si quemáramos toda la casa. Simone le lanza una sola mirada de rabia para que lo apague. Liki y el fuego han sido mejores amigos desde que tengo memoria.

Mi padre le alcanza la daga a Simone. Se llama Caballero del Cielo y es un arma de la Edad Media que alguna vez perteneció a los templarios. Ella la toma sin mirarla, cierra los ojos y repite el encanto. La imitamos:

—Te venimos a buscar, alma del universo. En esta guerra nos perteneces hoy y siempre, hasta el resto de la eternidad.

A veces decimos el encanto una sola vez. A veces, cinco. El número máximo al que hemos llegado ha sido quince. Supongo que depende de cuántos segundos o minutos tarde Simone en reunir el coraje para clavarle la daga directamente en el corazón.

Recuerdo muy bien una noche en que creí que tendríamos que repetirlo por la eternidad. Fuimos solo tres, sin Liki, porque Simone temió que la escena que tendríamos que presenciar podría ser demasiado perturbadora para una niña de cuatro años. Pero esta situación era distinta. Lo supe apenas lo vi durmiendo en esa cama, en una posición tan rígida, como un personaje de película. Tenía solo trece años; era el alma más pequeña que había visto jamás. Se llamaba Esteban y estaba involucrado en la muerte de alguien de edad similar. Mi madre repitió el encantamiento varias veces antes de poder finalizarlo, clavándole la daga en el corazón mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, como tantas veces le ocurría, una pequeña reacción que creía esconder bien de nosotras, pero en lo que fallaba estrepitosamente.

Este hombre, sin embargo, no le da lástima a Simone. Lo veo por cómo levanta la daga con confianza mientras seguimos nuestro cántico. Liki y yo detenemos nuestros embrujos de visión y silencio, y entonces el hombre regordete abre los ojos en una milésima de segundo. Cuando el hechizo desaparece, nuestra presencia es densa, como cuando el chocolate caliente te roza los labios.

Nos ve ahí, cuatro sombras con ojos burdeos, aterradores como apariciones, bultos negros sin brazos ni piernas. Demonios. En menos de un segundo los ojos del hombre gordo pasan de sorpresa a pánico. Levanta las manos como para detener la jugada del destino que se le viene encima, pero ya no hay nada que hacer. Nunca hay nada que hacer.

Lo último que oye son nuestras palabras. Lo último que siente es la daga penetrándole el corazón.

El alma se eleva con una elegancia que jamás tuvo en su forma física. Es de color gris, como el humo de la chimenea, posiblemente corroída por sus actos. Me he preguntado varias veces si quizás el alma de una persona buena lleva una tonalidad más pura.

El alma viaja directamente al cofre del tamaño de la palma de una mano que Simone tiene ahora abierto. Simone lo llama el «cofre del cielo», pero jamás he sabido si es su nombre oficial o si es solo un sobrenombre que ella pensó para él. Una vez en su interior, se cierra de un golpe y ahí queda atrapado para siempre. Ninguno de nosotros puede volver a abrirlo. Solo podrá abrirlo él, nuestro Jefe, que hará con el alma lo que se le antoje.

Nuestro trabajo ha terminado. Simone comienza sus encantamientos para confundir a los ojos humanos: en esta ocasión, el cuerpo parecerá haber muerto por un ataque al corazón. A veces simulamos un suicidio, un aneurisma o incluso un envenenamiento si nos sentimos particularmente creativos. Nadie nos ve entrar y nadie nos ve salir. Nadie nos escucha. Y nos marchamos, llevando con nosotros la espada y la pequeña caja que lleva el alma que ahora es nuestra. Bueno, me corrijo: que ahora es de Él.

Aún es temprano, por lo que me imagino que mi padre, Gérard, habrá dejado casi listos los mejillones a la marinera para deleitarnos con una deliciosa cena.

Antes de abandonar la casa, me giro, me ajusto la capucha sobre la cabeza y sonrío.

A veces desearía decir que somos una familia normal. Pero esto es muchísimo mejor.

PARTE I

CAPÍTULO 1

No sé bien por qué decidí contar mi historia. Supongo que olvido fácilmente los detalles de cómo ocurrió todo: cómo cambié, cómo abrí los ojos, cómo mi familia se transformó en algo distinto para mí..., cómo conocí a Gabriel. Me gustaría que se sepa quién fui. Por eso me remonto a ese entonces, a esa bendita ignorancia, a esa visión tan simplista de los humanos, a esa visión tan inflada de mí misma.

Había sido un verano como cualquier otro —al menos, según los estándares Deveraux—, con innumerables misiones que cumplir y almas por capturar. Siempre me sentía renovada cuando comenzaban los períodos de vacaciones y podía dejar de «relacionarme» —una palabra demasiado amplia para referirme a las tres palabras que compartía semanalmente con mis compañeros de colegio— con gente de mi edad y profesores incompetentes, y podía entrenar para nuestro trabajo. Normalmente hacíamos entrenamientos los tres: Gérard, Liki y yo. Simone parecía no necesitar el mismo ritmo intenso que seguíamos nosotros. Nos despertábamos temprano o nos reuníamos una vez que se ponía el sol. Detrás de la mansión Deveraux había un campo abierto que servía a la perfección para practicar nuestras destrezas. Gérard se movía con la elegancia de una serpiente venenosa, sorprendiéndonos en las luchas de espada y de cuerpo a cuerpo.

—Tienen que pensar en cómo piensa su oponente y responderle antes de que actúe —repetía una y otra vez, mientras Liki y yo caíamos derrotadas al suelo una y otra vez. No éramos un fracaso, pues probablemente en nuestros peores días podríamos haber derrotado al campeón de lucha libre mundial, pero Gérard siempre nos pedía más. Más, más y más. Supongo que pensaba que algún día tendríamos que enfrentarnos al mismísimo universo.

Y quizás no estaba tan equivocado.

Liki siempre intentaba convencer a Gérard de hacer entrenamientos con fuego, pero mi padre solo movía la cabeza lentamente, de lado a lado, mientras le explicaba lo mismo con una paciencia infinita:

—No, Likita, el fuego no sirve para defenderse. —Mi hermana se mostraba violentamente en desacuerdo.

No tengo memoria de Liki sin el fuego. Mis padres habían llegado varias veces de sus respectivos trabajos mundanos, los que tenían para que nadie sospechara de nosotros, para encontrarse con pequeñas fogatas en los alrededores de la mansión. ¿Sus cosas favoritas para quemar? Muñecas viejas, diarios, sus tareas de la escuela... Según mi hermana, nunca había riesgo; ver las llamas le generaba una sensación de paz.

En realidad, lo que yo soñaba realmente era empuñar el Caballero del Cielo y capturar almas por mí misma. Había asistido a incontables misiones y tenía más que claro que ya era mi turno de hacerlo sola. Después de todo, yo era la heredera, la hija mayor, la que continuaría con la tradición una vez que Él sintiera que ya estaba lista. Y ya lo estaba. Estaba a punto de cumplir diecisiete años, la misma edad en que Simone había sido elegida heredera.

A pesar de mi creciente entusiasmo, a mi madre solo parecía importarle el primer día de clase. Creo que lo hacía en un desesperado intento de ignorar que mi cumpleaños se acercaba y, con él, un nuevo episodio en la historia de los Deveraux.

Ya había perdido la cuenta de todas las veces que había discutido con Gérard y Simone sobre ir a la escuela, porque me resultaba una tortura innecesaria. Asistir a clases, hacer mis deberes y aprobar exámenes me parecía producto de una actuación. ¿Cuál era el fin de todo aquello? Mi misión vital era cobrar almas para mi Jefe, nada más. Además, era notablemente más inteligente que todas las personas de mi edad. ¿Qué sentido tenía entonces continuar con aquel espectáculo? Sin embargo, mis padres insistían e insistían. Según ellos, lo hacían porque era crucial mantener las apariencias. Yo sabía que eso era importante, pero tenía la fuerte impresión de que eran ellos intentando convencerse a sí mismos de que podían llevar una vida normal.

La mañana de regreso a las clases, Simone preparó un festín de desayuno, tal como era de esperar. Normalmente era Gérard quien nos hacía la comida por la mañana, antes de irse a su tedioso trabajo como profesor universitario, pero el primer día era otro cuento... Por los siete infiernos, ¡qué bodrio más grande era el primer día de clase!

—¡Buenos días! —me dijo Simone con una sonrisa de oreja a oreja. Traté de minimizar mis ojos en blanco todo lo que pude. Gérard ya estaba sentado a la mesa de madera de la cocina, que usamos para las comidas informales y que toda mi familia (a excepción de mí) también utiliza para preparar los ingredientes para cocinar.

—Buenos días —respondí en un tono neutro mientras me servía un vaso de jugo. Gérard me lanzó una mirada gélida desde detrás de sus lentes cuadrados. Su mensaje era claro: no hay que hacer enojar a mamá. No podíamos decir cosas que la pudieran herir, hacer cosas que la hicieran enojar ni perpetuar demasiado el silencio, ya que ella podía malinterpretarlo. Nunca había logrado entender por qué su bienestar tenía que ser el más importante de la casa. Era yo, después de todo, la que estaba obligada a asistir a unas insufribles clases durante los próximos nueve meses.

Liki entró arrastrando los pies y le dio a Simone un beso en la mejilla, que ella recibió con una sonrisa. Mi madre se veía satisfecha en aquel momento, volcando los panqueques como si no tuviera ninguna otra preocupación en el mundo, como si después de alimentarnos se dedicara solamente a cuidar su jardín y a esperar nuestro regreso, en vez de ponerse una capa negra e ir a capturar almas.

Puerto Umbra me parece el lugar más remoto del planeta, perdido en un país que parece colgar del mundo, como si hubiese sido añadido en el último minuto solamente porque al Creador le sobraba un poco de tierra. Es un pueblo pequeño, rodeado de frondosos bosques y montañas, sin atisbos de un puerto. Lo más cercano que tenemos a un océano es el Lago Malva, una masa de agua maloliente donde el psicópata de los ojos —le llamaban así porque lo único que podían encontrar de sus víctimas eran sus globos oculares— lanzaba los cuerpos sin vida. Por supuesto, él había sido una de las almas que tuvimos que capturar, y me atrevería a decir que aquella fue una de las pocas veces en que Simone pareció satisfecha con su trabajo.

—Un alma para evitar la pérdida de muchas otras —dijo esa noche con la daga Caballero del Cielo elevada sobre el corazón del psicópata.

Los tres, que habíamos estado a punto de recitar el conjuro que ataría su alma con el Diablo por la eternidad, sellamos los labios. Liki y yo miramos a Gérard a la espera de instrucciones, pero mi padre, como siempre, estaba demasiado centrado en Simone como para prestarnos atención. Le puso suavemente una mano en el hombro para calmarla, mientras la daga seguía quieta sobre el cuerpo dormido. A Simone le temblaron levemente los labios, como si fuese a llorar, cosa que me impactó tanto que entré tarde con las palabras del encantamiento.

—Te venimos a buscar, alma del universo. En esta guerra nos perteneces hoy y siempre, hasta el resto de la eternidad.

Después de haber guardado el alma con cuidado en nuestro cofre, Simone redactó una carta de suicidio, armó la escena completa para que se viera convincente a través de encantamientos demasiado complejos para mi comprensión y en ella dio a conocer el triste paradero del cuerpo de sus víctimas. A pesar de que en el lago Malva ya no hay cadáveres, sigue siendo un lugar un tanto aterrador y la mayoría de las personas del pueblo lo evita.

Muchas veces me he preguntado si este lugar tan recóndito es el ideal para cumplir nuestro trabajo. Sin duda, hubiese sido mucho más fácil estar en una gran ciudad como Buenos Aires, Nueva York o Tokio. Recolectaríamos la misma cantidad —a veces hasta más de veinte almas por semana—, pero le restaríamos la molestia de tener que transportarnos a esos lugares. Claro, nos acarreaba el viento en cosa de segundos, pero siento que mi vida habría sido mucho más apasionante si hubiera sucedido en una gran metrópolis. Simone decía que no era nuestra labor ocuparnos de todas las almas, ya que había otras familias haciendo lo mismo que nosotros —cosa que me intrigaba y enrabiaba en igual medida— y que en Puerto Umbra podíamos lograr una tranquilidad que jamás habríamos tenido en una ciudad grande. ¿Pero quién quiere tranquilidad? Nadie. La culpa era de mis abuelos, que vinieron a vivir a este pueblo recóndito antes de que naciera Simone.

Pedaleé hasta la escuela, como lo hacía siempre, y eché un vistazo a la mansión que dejaba atrás. Se veía muy poco acogedora en la distancia, incluso abandonada, como muchos pensaban. Parecía una casa endeble de cuatro pisos construida en el siglo... La verdad, no recuerdo exactamente en cuál. Desde aquí, parecía que un simple susurro podría derrumbarla hasta sus cimientos. Pero yo la amaba fervientemente. Los túneles abovedados del sótano, el aire caliente que se encerraba en el ático (a pesar de que casi nunca lo visitaba), el jardín de invierno donde Simone pasaba la mitad de su vida intentando que algo floreciera sin éxito, ese pórtico que hablaba de vidas pasadas, de historia y de lujo, los muebles exquisitos, las sillas de terciopelo, la escalera alfombrada que llevaba a los dormitorios... Me imagino que cualquier subastador podría sufrir un ataque al corazón si llegase a poner un solo pie dentro de la mansión Deveraux. Era mi hogar, pasado de generación en generación, tan intrigante como la familia que lo habitaba.

CAPÍTULO 2

La escuela secundaria, la única en todo el miserable pueblo, me provocaba ganas de bostezar. Pasillos blancos impolutos, casilleros amarillos, canchas de fútbol, salas de clases con pizarrones (también blancos) y pupitres ordenados en línea como un ejército.

Solo la biblioteca parecía ser parte de una maravillosa dimensión paralela. Sus estanterías, cubiertas de libros hasta el techo, guardaban una selección tan completa que causaría la envidia de cualquier universidad. Sus mesas y sillas antiguas, de caoba, eran perfectas para acomodarse y perderse en el tiempo de los libros, que funciona con un reloj aparte, que estira los minutos y los segundos con una capacidad inimaginable. Siempre había sido mi refugio, mi lugar preferido para esconderme de las conversaciones inútiles, los dramas adolescentes, el ruido... y el mundo, quizás.

Esa mañana, apenas entré por las puertas principales, mis pobres oídos y mis sensibles ojos sufrieron con las voces, más altas de lo normal, con los abrazos, los golpes extraños de manos y besos en el aire (y en las mejillas, las bocas y quién sabe dónde más), que abundaban como guirnaldas en Navidad. Me sentí más asqueada que nunca. Intenté avanzar sin rozar ningún cuerpo sudoroso, pero el pasillo estaba tan saturado que mi vestido negro arrastró varias moléculas indeseadas.

Me llevé la mano a la nuca de forma intuitiva, trazando la marca que me hizo Él tantos años atrás. Apenas puedo sentirla. Nadie más la puede ver. Es como un espejismo en mi piel; no es exactamente una cicatriz, sino el fantasma de una herida muy real. La siento punzar cada vez que estamos recitando las palabras de muerte, a punto de capturar un alma. Es como si Él pudiera ser parte de nuestras misiones mediante nuestras marcas. Y eso me encanta.

Fue cuando tenía cinco años que Simone y Gérard me dijeron que era momento de unirme a ellos en su trabajo. Estaba en nuestro prado, en la parte trasera de la colina, disparando con un arco y flechas que eran mucho más reales de lo que me podría haber imaginado, cuando noté que estaban discutiendo algo a distancia. Sus cuerpos estaban rígidos. Simone alternaba entre cruzar los brazos y apuntar desesperadamente hacia la mansión. Gérard parecía intentar calmarla; en otras palabras, la típica comunicación entre ambos. Finalmente, fue él quien se acercó a mí. Se hincó y, quitándome suavemente el arco y las flechas de las manos, me sonrió. Su mirada derrochaba tanto amor que podría haberme emborrachado con él.

—Panquequito —me dijo con ternura—. Hay alguien a quien queremos que conozcas.

Me dio la mano, me levantó y yo lo seguí sin titubear hasta el interior de nuestro hogar. Simone estaba muy seria, con el enojo haciéndole temblar las sienes. Nos detuvimos frente a la biblioteca. Fue Gérard nuevamente quien me explicó lo que iba a suceder.

—Panqueque, ¿te acuerdas de que te hemos comentado que nosotros hacemos un trabajo muy importante?

Asentí. No recuerdo las emociones que me invadían en ese momento..., apenas recuerdo todo lo demás. Sé que tengo viva la imagen de aquella secuencia por el dolor que luego sentí. Si no fuera por él, no recordaría nada. Es increíble cómo el dolor nos hace recordar. Ingresé a la biblioteca de la mansión con el corazón levemente acelerado; la rabia de Simone y los nervios de Gérard, que tanto intentaba camuflar, se me presentaban como un misterio. ¿Qué estaba haciendo que mis padres, siempre tan seguros de sí mismos, parecieran un par de fósforos consumidos por el fuego?

La puerta se cerró a mis espaldas y me vi ahí sola. Me invadió una sensación extraña, difícil de reconocer a esa edad, difícil de reconocer hasta el día de hoy, si soy sincera. Mis padres jamás se encontraban a grandes distancias de mí: si ellos estaban en el prado lanzando flechas, luchando con espadas o cuerpo a cuerpo —cosa que interpretaba en ese momento más como una extraña danza—, yo solía estar a algunos metros anudando el pasto, cantando o incluso aprendiendo a reconocer las distintas armas.

Solo me dejaban a solas cuando era hora de dormir. Pero ahora me habían empujado suavemente hacia la biblioteca, motivándome a entrar, intentando llenarme de valor, como cuando querían que me acercara más al vidrio de la anaconda en el zoológico.

Mi primera impresión fue que la habitación hervía como una tetera, con un calor sofocante que nunca antes había sentido. El calor de la biblioteca siempre era acogedor, perfecto para acurrucarme con Gérard para que me leyera cuentos de animales que hablaban, de hadas que tenían polvos mágicos para volar y de niñeras con narices con verrugas y un corazón enorme. Cada personaje tenía su propia voz y mi papá se involucraba tanto en cada representación que yo terminaba riéndome más con sus gestos y sonidos que con la historia en sí.

Ahora, la biblioteca parecía un infierno. No vi nada fuera de lo común; las estanterías se encontraban donde siempre, los sillones también e incluso las frazadas seguían desordenadas sobre ellos después de haber visto la película Los locos Addams la noche anterior. Empecé a sentir punzadas en la cabeza por el calor e iba a darme media vuelta cuando escuché su voz:

—Estée.

Suave. Su voz era suave como el terciopelo, como un susurro que apenas acariciaba las olas de sonido. No pude asustarme. Con esa voz, sentí como si todo el calor insoportable de la habitación hubiese desaparecido y solo me quedara la calidez de un abrazo. Mi cuerpo se relajó, me entró un sueño tan repentino como el zumbido sorpresivo de una avispa y me dejé caer en su embrujo. Los párpados me pesaban. De pronto, todo estaba bien en el mundo y no había nada de qué preocuparse.

Él estaba junto al fuego de la chimenea. Miré de un lado a otro con desconfianza, preguntándome cómo no lo había visto antes. ¿O es que acaso acababa de aparecer, tal como los hechiceros de los cuentos de Gérard? Dijo mi nombre como si estuviera descubriendo un sabor nuevo.

—Ven, acércate.

Mi cuerpo se volvió rígido, como si estuviera incitándome a correr, pero le obedecí. Había algo sumamente cautivador en el sonido delicado de su voz y en su invitación. Era el hombre más delgado que había visto en toda mi vida. Ni siquiera el jardinero esquelético que a veces veía en la escuela se le asemejaba. Me fui acercando con la seguridad que me había enseñado mi madre. «Nunca, Estée, nunca dejes que alguien te haga sentir inferior», me había dicho tantas veces y con una voz tan brusca que yo miraba de reojo a Gérard para que él me tranquilizara con su sonrisa.

¿Era siquiera un hombre? De pronto, me pareció imposible que este personaje estampilla que tenía frente a mí tuviese un corazón que latiera y unos pulmones que se llenaran de aire. De seguro no había espacio para aquello. Por segundos tuve la certeza de que si me concentraba podría ver el fuego a través de él, como si fuera un fantasma.

Comenzó a entrarme sueño. Los párpados me pesaban. Había algo extraño en aquella figura y no podía definir qué era. Le temía, pero también confiaba en él; era la combinación más extraña de emociones que jamás había sentido. Escuché las palabras de Simone en mi mente: «Cuando tengas miedo, escucha el sonido de tu corazón. Respira profundo. Todo está bien. Tú tienes el control y tu cuerpo está bien». Supuse que era un personaje mágico que se había escapado de uno de los libros, y que Simone y Gérard me habían dejado conocerlo a solas, porque solo los niños podían verlo. Él me sonrió. Sus dientes eran afilados, como los de un lobo.

—Nos conocemos de antes, pero, claro, no lo recordarás. Tenías apenas unas horas de vida.

Ya estaba lo suficientemente cerca como para poder ver sus ojos. Di un paso atrás. Eran rojos como cerezas.

—Siempre es un gusto conocer a la mayor de las Deveraux —dijo como si lo hubiese hecho en incontables ocasiones y luego estiró su mano hacia mí. La tomé. Estaba caliente como las brasas, cosa que me hizo salir de mi ensoñación por un momento.

—¡Auch! —exclamé, quitándola con rapidez, y añadí—: Soy la única Deveraux.

No quería que se percatara de que el ardor de su mano me había asustado. «Nunca muestres fragilidad», me dije a mí misma. Este no era un lema que me hubiese enseñado Simone. De hecho, mi madre solo añoraba que fuera frágil y capaz de expresar mis sentimientos, una idea que hacía ruido con la otra de no dejar que nadie me hiciera sentir inferior. Mi madre era una mujer compleja; siempre parecía querer lo mejor de ambos mundos.

Los ojos de Él estaban fijos en mí, como si fuera capaz de leer mis pensamientos y estos le resultaran divertidos, y sus labios casi inexistentes escondían una leve sonrisa. «Concéntrate en tu corazón», resonó en mi cabeza la voz de mi madre. ¿Quién era este hechicero? ¿Cuánto tiempo más tendría que pasar en su extraña presencia?

—Por el momento —respondió él, como si fuera capaz de leer el futuro. Y lo era, por supuesto, porque en cosa de meses Simone quedaría embarazada de Liki. Apartó su mirada de mí, anudó sus manos tras la espalda y dio pasos lentos de un lado a otro de la chimenea—. Tus padres me han contado que conoces el trabajo que ellos hacen.

Solo sabía que cumplían ciertas misiones muy importantes y que siempre ocurrían de noche. Una vez me habían arropado en mi cama y leído un cuento. También sabía que este era un trabajo secreto y que nadie podía saber de él: para todo el mundo, Simone era dueña de la Floristería Madelaine y Gérard era profesor de Lenguas en la universidad local. Pero desconocía todo lo demás: adónde iban y en qué consistían sus misiones. Sabía que eran importantes, tanto como Frodo destruyendo el Anillo, pero hasta ahí llegaba mi conocimiento. Él continuó:

—Y creo que ya es hora de que te puedas sumar a ellos.

Eso me entusiasmó inmediatamente. Si Simone y Gérard tenían un trabajo muy importante, claro que quería formar parte de ello. Mis compañeros de escuela, a los que tanto odiaba, tenían padres y madres que trabajaban en oficinas, tiendas u hospitales, y ninguno de ellos los invitaba a trabajar en conjunto. ¿Pero yo sí podría ayudarlos? Aún más, ¿necesitaban mi apoyo? Me pareció el mejor panorama desde que a Gérard se le ocurrió regalarme un juego de química para mi cumpleaños.

—Claro que sí. Haré un gran trabajo —dije con voz firme, inyectando mis palabras con la confianza que me había enseñado a tener Simone. El personaje me presentó una risa muda y sus ojos rojos brillaron.

—Dicho como una verdadera Deveraux.

Tenía un millón de preguntas: ¿cuándo empezaría?, ¿tendría que faltar a clases (por favor)?, ¿ganaría dinero? Y, principalmente, ¿qué era lo que tenía que hacer? Pero no iba a parecer una niñita preguntona, pues mis entrañas me advertían que había algo curioso en él, algo que iba mucho más allá de sus ojos color cereza.

—Me alegra que estemos en la misma página, Estée. Así, tú puedes empezar a servirme a mí, y yo empezar a servirte a ti. Durante el resto de tu existencia.

No sé lo que fue —un anillo, lo más seguro—, pero me plasmó algo hirviendo en la nuca para que llevara por el resto de mis días su marca y el símbolo de su pertenencia.

Ahora, en mi primer día de escuela y como casi todos los días, mis dedos trazaban la cicatriz fantasma, como si con mi contacto con ella pudiera alejarme de esta fatídica realidad, pudiera enmudecer las voces chillonas, volverme ciega ante los patéticos intentos de relacionarse los unos con los otros. Ojalá pudiera sentirme más cerca de él y más lejos de esta charada.

Los humanos siempre me han parecido una especie irritante e inexplicable, como un puzle fallido que sigue intentando completarse porque se desconoce su error. Gérard siempre me decía que no me refiriera a los humanos como algo ajeno a mí, que yo también era una de ellos, aunque habría preferido no serlo. Además, ¿cómo podía considerarme igual a ellos? Yo tenía en mis manos el poder de silenciar un espacio, de hacerme invisible, de manejar a la perfección armas que ellos jamás soñarían con utilizar y de robar almas en un cofre para entregárselas al Señor de las Tinieblas (está bien, es cierto que aún no podía utilizar mis encantamientos de forma libre, solo cuando había una misión pendiente o estaba con Simone, pero todo eso cambiaría cuando me entregaran mi primera asignación independiente). Ellos no tienen la posibilidad de hablar con el Diablo como si fuera el vecino, no cuentan con su atención ni su respeto ni su cariño. Yo haría grandes cosas con mis días, manipularía la vida y la muerte; ¡ya era parte de algo muchísimo mayor que yo! En cambio, ellos se preocupaban de que les hubiese salido una espinilla y de la calificación que conseguirían en el examen de química.

Si yo fuera igual a cualquiera de esos esperpentos, hubiera preferido que me mataran en aquel momento.

Cuando finalmente llegué a la sala que indicaba mi horario, me acomodé, como siempre, en la última fila, saqué mi libro de la mochila (El príncipe, de Maquiavelo), crucé mis botas negras de combate sobre el pupitre de delante y me perdí entre sus letras. Mi vestido también era negro, como las medias que sobrepasaban mis rodillas y, por supuesto, mi cabello negro como una aceituna. Me resultaba cómodo vestir de negro y esto no guardaba relación con que mi Jefe y Damián, mi mejor amigo, siempre llevaran ternos de ese color. El negro era simple y fácil. Mis botas negras de combate eran parte de la gran mayoría de mis atuendos. Si no, eran mis amadas Converse, del mismo color.

A propósito de Damián, mientras estaba ahí sentada rogando que cayera un meteorito y terminara con las miserables vidas de todos a mi alrededor —a pesar de que eso me hubiese dejado sin trabajo—, me percaté de que hacía semanas que no lo veía. No me extrañaba, porque era parte de su comportamiento: a veces se quedaba semanas rondando Puerto Umbra y la mansión Deveraux; otras desaparecía como si nunca hubiese existido. Esos momentos eran los peores para mí. Comprendía que Damián siempre tenía que estar en movimiento, ya que era un demonio y, a pesar de que no sabía exactamente lo que hacía, entendía que se relacionaba con hacerles la vida más difícil a los humanos. En todo el mundo, a cada momento. Pero saberlo no hacía más fácil que se asercase por semanas sin mandar ni un solo mensaje.

—¡Niños! —empezó a chillar la profesora de español, una mujer tan insignificante que no recuerdo ni su nombre, interrumpiendo mis pensamientos sobre Damián.

—¡Niños, silencio! ¡Silencio, por favor! ¡Niños! —chillaba como una ardilla ahogándose.

—¡Hola, Estée!

Una voz dulce me sacó de mi trance. Elevé la vista y ahí estaba ella, con su cabello rubio hasta la cintura, unos pantalones cortos y un top que dejaba a la vista el ombligo. Me dedicaba una sonrisa con fingida seguridad, pero la traicionaba el temblor de sus hoyuelos. Cerré el libro de un golpe, porque sabía que la haría saltar. Así fue. Su sonrisa casi se cayó, pero en un segundo ya estaba arriba de nuevo, mostrando su dentadura perfecta.

—¡Hola, Milena! —le respondí con la voz cargada de cinismo. Ella intenta obviarlo. Después de tantos años, supongo que sabía que esperar una sonrisa genuina de mi parte era tan imposible como que el Diablo perdonara una vida.

Nos conocíamos desde niñas. Ella siempre había sido la abeja reina, mientras que yo siempre había sido la princesa de la oscuridad. Supongo que entre miembros de la realeza siempre tiene que haber un grado de cordialidad, porque año tras año Milena me saludaba y me preguntaba cómo había estado mi verano y, durante el semestre, solía desearme suerte en los exámenes y animarme a asistir a los bailes escolares como si no supiera que para que mi respuesta cambiara tendría que morir y volver a nacer. Y repetir el proceso unas veinte veces más.

—¿Cómo estuvo tu verano? —preguntó con su voz azucarada.

—Maravilloso —le respondí con un suspiro que había visto a otras de sus amigas hacer cuando inflaban algo mediocre que les había sucedido para que pareciera digno de una revista de celebridades.

—Bueno, solo quería desearte un gran año y aprovechar para invitarte a la fiesta de regreso a clases que daré este viernes en mi casa. ¡Son todos bienvenidos!

Sus ojos eran una extraña mezcla entre verde y amarillo, como un prado quemado. Era la primera vez que notaba eso de ella. Era tan insoportablemente perfecta. Me la quedé mirando un buen par de segundos, absolutamente quieta, lo suficiente como para que ella comenzara a incomodarse, balanceara su peso de un pie al otro y mirara de reojo a su alrededor, como si alguien pudiera lanzarle un salvavidas.

Simone me decía unas cuantas veces a la semana desde que tenía seis años que debería, por lo menos, intentar hacer amigos y que una de las grandes felicidades de la vida es tener amistades y abrirles el corazón, lo que me parece bastante curioso, teniendo en cuenta que ni Gérard ni Simone tienen ninguna.

Pero mis problemas siempre eran los mismos: no había encontrado a absolutamente nadie que tuviera la menor semejanza conmigo, y no tengo secretos en mi corazón.

Pero como el bienestar emocional de mamá era el más importante de toda la casa, por supuesto que había hecho esfuerzos para mantenerla feliz. A los siete, por ejemplo, intenté hacerme amiga de una niña pelirroja y pecosa que usaba lentes y tenía asma. Me parecía una candidata ideal. Comencé acercándome a ella durante los recreos e invitándola a jugar a las escondidas. Lo intentamos tres veces, pero cuando me percaté de que era capaz de hallarla en cuestión de segundos por culpa de su defectuosa respiración, supe que aquello no terminaría bien. Intenté que jugáramos a lanzarno ...