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12 UN AñO PARA ENTENDER EL AMOR

Mirella Granucci  

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Fragmento

MI ADICCIÓN

Lo confieso: soy adicta a las citas. No al sexo. A las citas. A las primeras citas. Más específicamente: a las citas que son cafés en la tarde. Conversaciones largas y cortas. Silencios. Monólogos. Palabras que se repiten. Una evaluación de hombres que fingen —lo mejor que pueden— «seguridad». Me gusta descubrir cómo toman sus cafés: ristretto, espresso, cortado, latte, cappuccino. Después si les echan azúcar, endulzante o, como yo, lo toman puro. Existen los «puristas»: los «hombres-té». Y los «no-saludables» con sus cervezas en la tarde. Ah, y también existen los hombres «Coca Zero». Los peores.

En general yo no busco las citas: llegan solas. Facebook, Instagram, el amigo de un amigo sugerido por un algoritmo. Solo necesitan un poquito de «valor» —bien poco— para enviar un inbox a la chica que toma-café-sola en sus fotos. (Sí, un cliché.) Y es que no puedo resistirlo. Ellos me dan curiosidad y, además, entiendo el imaginario de la mujer brasileña en Chile. (Sí, otro cliché.)

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Ellos piden que «salgamos a conocernos», pero entiendo la trampa de esta expresión: no nos vamos a conocer; ellos me van a evaluar en 3D y ver si sirvo para que no se sientan tan solos los domingos (sin embargo, no creo que lleguen a existir domingos para nosotros).

¿O sí?…

Yo no era así antes. Yo era la chica que leía Jane Austen y pensaba que el amor era una cosa pura, pero que no pasaba conmigo (yo no era la protagonista sino la amiga de la protagonista).

La adicción a las primeras citas empezó después que yo terminé con M0. Ok, no partiré mintiendo al inicio de este libro. Empiezo de nuevo: la adicción empezó cuando M0 terminó conmigo. Con el corazón en la mano, hice un intento de supervivir. Yo era una chica triste que se ponía un vestido bonito e iba a una cita. Triste, patético, común.

Después no resistí. Eran historias demasiado buenas, contadas por hombres demasiado ¿malos?… No todos. ¿Pero quién es capaz de ser honesto en una primera cita? Yo no quería enamorarme. Tampoco que se enamoraran de mí. Fue entonces que empecé a evadir mi infelicidad con la falsa realidad.

Nunca había entendido a la gente que colecciona tazas, sellos, envoltorios de chocolate. Nunca había entendido hasta que me tocó la fijación por coleccionar momentos, personas… y finalmente hombres.

Así perdí el pudor. Acepté todas las invitaciones. Y, por supuesto, aparecieron todo tipo de personajes. Llegué al punto de tener una cita en el desayuno, otra en el almuerzo y otra en la noche. Todas en el mismo día. Fue un martes, recuerdo, porque el lunes voy donde mi sicóloga Pamela.

Los almuerzos y cenas son más comprometedoras. Demasiado largas, demasiado incómodas: las bocas llenas, los dientes sucios, las cuentas altas. Ah, y el alcohol. Por eso preferí citas en cafés. Lugares conocidos, durante la tarde. Una mesa que separa dos cuerpos. Un tiempo que puede ser largo o corto, porque no hay un postre que marque el final. En general, yo pagaba los cafés. La gran mayoría de los hombres aceptaba sin gran culpa y yo me sentía sin deudas

Soy Mirella Granucci. Brasileña. Tengo veintiséis años. Soy Leo en el horóscopo y serpiente en el chino. Actriz de formación, y solo de formación, porque nunca pude trabajar en Chile por mi acento. Intenté performances y puras cosas que no dejaban plata. Tengo un gato. Y soy mantenida por mis padres porque gano una miseria. Vengo de una familia acomodada; pero, la verdad, mis padres están cansados de sustentarme.

De chica no era muy agraciada. Lo sé porque no le gustaba a ningún niño del colegio (el termómetro de la adolescencia). Además, en una fiesta familiar, una de mis tías se acercó para decir: «Mirella, estás tan bonita. De chica no eras así. Tu mamá una vez me dijo que estaba preocupada porque tus hermanas eran más lindas». Nunca supe si de verdad mi madre había dicho eso, pero mi tía tenía razón. Yo era solo una cara redonda, roja y gorda. Tenía unos dientes cuadrados —como chicles de quiosco— y mi cuerpo era como el de un niño gordo con tetitas.

Pero a los diecisiete años ocurrió un milagro. La pubertad me salvó y finalmente fue la típica historia de hadas: la chica fea que después mejora considerablemente. Y entonces vino la confusión: ser una niña gorda por dentro, en el cuerpo de una mujer atractiva. O sea una freak con suerte genética. Mucha.

La adicción a las citas no fue algo consciente. Fue Nicol, mi amiga lesbiana y millonaria quien me dijo:

—Mirella, asúmelo, eres adicta a esas mierdas de citas.

Yo lo negué un par de veces, como una buena drogadicta, y ella siguió insistiendo porque es talentosa e insoportable (tal vez por eso es mi mejor amiga). Finalmente me callé. Y en parte me enojé porque tenía razón. Era verdad: yo había aceptado muchas citas con hombres que si tuviera que perderme con ellos en una isla, los obligaría a construirme una cabaña y después los descuartizaría.

Entonces, ¿por qué aceptaba eso? ¿Ruido? Un ruido divertido. Empoderador. La sensación de que algo está pasando. Que M0 era pasado; que mi vida continuaba. Prometí que no hablaría de M0 en este libro, es cierto (M0 significa Mes Cero, como paciente CERO). Y de hecho, él me pidió una noche que nunca lo mencionara en un libro. Pero así como me lo pidió, yo también le dije que no se puede confiar en alguien que escribe. De hecho, aprovecho de aconsejarles: es importante huir de las personas que escriben y no dejar ninguna buena historia.

1. «El escritor» siempre va a elegir la mejor manera de decirte algo. Sea la verdad absoluta o la media verdad, la «post verdad» como dice Nicol cuando le conviene. «El escritor» no hace eso porque es cruel o porque tiene problemas psicológicos (o sí). Principalmente, «el escritor» hace eso por no poder resistir en sacar lo mejor de un diálogo. «No se puede arruinar una buena historia con la verdad» (me lo dijo Francisco Ortega, quien, a la vez, se lo copió a Stephen King, quien, a la vez, lo robo de algún otro lado y así…).

2. «El escritor» escribirá de ti, de tu abuela con Alzheimer y de cualquier cosa que él encuentre relevante, triste, graciosa, etc. Para él no es personal, y la historia es siempre más importante que sus relaciones. Si no es así, el que escribe no es un «el escritor». «Si no duele, no vale», me dijo Francisco Ortega, quien a la vez se lo copió a Alberto Fuguet, quien, a la vez, lo saco de algún libro de autoayuda…).

3. La versión del «El escritor» es siempre de lo que la gente se acuerda. Es injusto, sí. Porque entre tú y él, no hay dos opiniones que valen lo mismo. Existe tu versión, la que contarás a tu grupo de amigos y familiares, y la versión de él, narrada de manera más atractiva y en papel. Y que quedará para siempre. Básicamente, el escritor es el casino: siempre gana… (En la vida, por supuesto, pierde infinitas veces.)

Advertencia

Si «El escritor» es un pseudo-escritor como yo, y está al inicio de una carrera, doble cuidado. Somos los tres puntos pero potenciados por la desesperación, inseguridad y la necesidad de trascender.

Después de dos años viviendo en Santiago, una ciudad que en muchos momentos se me hizo hostil, busqué ayuda. Y así encontré a Pamela. Una psicóloga amorosa que se viste con ropas alegres, muy distintas a las mías. Ella atiende lejos de donde vivo y es terrible atravesar la ciudad para verla, pero todas las veces que alguien me pregunta «¿por qué no buscas a alguien que atienda cerca de tu casa?», me ofendo.

Los lunes llego a la sala 907, me instalo en una cómoda poltrona morada y cuento mis historias intentando entretenerla. Porque además de querer crear vínculos, tengo esa deprimente necesidad de quedar bien. No es que resulte. A veces caigo pésimo. Por ejemplo, cuando el editor de este libro leyó algunas partes me dijo: «Mirella, a veces suenas sincera y otras simplemente caes mal».

Tal vez me siento en ese sillón morado para aprender a no darle miles de vueltas a un mismo tema. Para aprender a dejar ir. Después de la partida de M0, me demoré unos ocho meses en volver a Pamela. Retardé la vuelta, porque sabía que ella me mostraría cosas que yo no estaba preparada para ver. Mis padres querían que yo me devolviera a Brasil y, en ese momento, fue la primera vez que sirvió mi diploma de actriz. «Estoy bien», les dije. Porque convengamos: volver a la casa de mis padres me parecía peor que tener un corazón fracturado. Había visto demasiadas veces Grease para no querer triunfar, o por lo menos, no salir humillada como la chica nueva del colegio.

Cuando volví a las sesiones, Pamela me recibió con un abrazo sorpresivamente apretado. Le pedí que no habláramos de los últimos ocho meses por un tiempo. Ella concedió; cosa que pensé que no haría porque Pamela puede ser bastante testaruda.

Así empezamos de a poco.

En una sesión le comenté de las últimas cuatro citas: un galán de teleserie, hippie pero famoso que me daba mala espina. Un señor adorable (de sesenta y siete años) que me invitó a ver una obra de teatro muy mala y que cuando se le cayó la billetera al piso noté que usaba pañales. El barista del café al que voy a escribir (y que hace el mejor café del barrio), y un fotógrafo que parecía gay y exponía sin parar sus ideas inentedibles. Al contar mis citas, yo me reía. Pamela en un momento me interrumpió:

—Mirella, ¿por qué crees que tienes sólo primeras citas?

—Me divierte.

Pamela me miró en silencio.

—Me divierte verlos hablar, contar sus historias, «fingir que no me quieren convencer de algo que son»… Que ellos valen la pena, que son interesantes y, finalmente, espontáneos. También me divierte cuando noto que no les gusto: cómo fingen, cómo quieren acortar el café.

—¿Y qué pasa cuando alguno te gusta? —me pregunta Pamela.

—Nunca me gustan. O no hay tiempo para que ocurra… son solo cafés.

Pamela me atraviesa con una mirada que duda. Y cierra la boca antes de hablar. Sigue:

—O a lo mejor, te sientes segura con relaciones que sabes que no tendrán futuro. No quiero que tomes esto como una crítica, Mirella.

Yo sonrío, niego con la cabeza. Cada vez que ella quiere hacerme una crítica, cierro los dientes con fuerza. Tengo la misma falta de habilidad para recibir críticas que para recibir elogios. Siempre quiero fingir que me da lo mismo, pero no es verdad. No es verdad para nada.

Pamela sigue:

—Creo que eliges a hombres que ya sabes que no te van a interesar… ¿Pero qué pasaría si salieras con un hombre que te gustara verdaderamente?

—No estoy lista.

—¿Qué sería «estar lista»?

—No convertirme en mi peor versión: celosa, insegura, apocada. Dejar mis cosas personales de lado y poner mi energía en el otro.

Me quedo en silencio a la mitad de la oración.

—¿En qué estás pensando? —pregunta Pamela.

—Perdón, pensé que es un alivio sentir que estos hombres me importan poco. No quiero más vivir lo que viví. La dependencia total. Esa vulnerabilidad horrible.

—Me acuerdo la primera vez que viniste y me dijiste: «Yo estoy aquí porque tengo pareja; si estuviera sola, obvio que no necesitaría estar aquí». Algo así me dijiste, ¿no?

Asentí y pensé: «qué prepotente puedo ser».

—La verdad, Mirella, me parece complicado que te propongas a vivir estas… ¿experiencias? Y de nuevo no quiero que lo entiendas mal —«sé que entenderé mal», pienso—, pero no te veo haciéndolo. Siento que estás dañada para exponerte de esa forma.

Mis ojos se mojan.

—¿Debiera estar sola? —respondo, al borde del llanto. No quiero llorar, pero ya lo estoy haciendo.

—No es eso —me dice Pamela.

—Estoy cansada —respondo—, cansada de sentirme atrapada en un hombre que me moverá el piso y, luego, me hará mierda… Pero al mismo tiempo no quiero estar sola.

Pamela me mira en silencio. Yo agarro un pañuelito de la caja típica de los psicólogos y pienso cuántos días durará una de cien. Prosigo:

—Las pirmeras citas me entretienen mientras duran. Me gusta escribir de eso.

—Pero es fácil para ti. O al menos cómodo, justamente porque no duran. En una primera cita no te pones a prueba. Y no es que esté mal, pero creo que después puedes sentirte más sola. Porque no hay vínculos. Como que no llegas a la segunda parte: estar vulnerable y, a veces, dejar ir. ¿Me explico?

—Sí —digo, y agarro otro Kleenex—. Te explicas perfectamente.

Salgo de la cita con Pamela y espero el Uber. Sé que ella tiene razón. Las primeras citas son fáciles para mí. Sin besos (casi siempre) ni promesas. Sin espacio para carecer de algo o pedir ayuda.

Iba cumplir un año desde M0 y nunca una relación me había cagado tanto la cabeza. Pero ya ...