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AL FILO DE LAS SOMBRAS (EL ÁNGEL DE LA NOCHE 2)

Brent Weeks  

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Fragmento

1

—Tenemos un contrato para ti —dijo Mama K.

Como siempre, sentada recordaba a una reina: la espalda recta, el suntuoso vestido sin una sola arruga y el pelo, aunque un poco canoso en las raíces, recogido de manera impecable. Si bien esa mañana tenía ojeras. Kylar supuso que ninguno de los cabecillas supervivientes del Sa’kagé había dormido mucho después de la invasión khalidorana.

—Buenos días a ti también —dijo Kylar mientras se sentaba en el sillón de orejas del estudio.

Mama K no se volvió de cara a él, sino que siguió mirando por la ventana. La lluvia de la noche anterior había apagado la mayor parte de los incendios, pero muchos humeaban aún y bañaban la ciudad en un amanecer carmesí. Las aguas del río Plith, que separaba los barrios ricos al este de Cenaria de las Madrigueras, parecían rojas como la sangre. Kylar no estaba seguro de que el único motivo fuese que el humo tapaba el sol; en la semana transcurrida desde el golpe, los invasores de Khalidor habían masacrado a millares de personas.

—Hay una pega —prosiguió Mama K—. El muriente sabe que va a intentarse.

—¿Cómo lo sabe? —Por lo general el Sa’kagé no era tan chapucero.

—Nosotros se lo dijimos.

Kylar se frotó las sienes. Si el Sa’kagé ponía sobre aviso a alguien era para no verse involucrado en caso de que el intento fracasara. Eso significaba que el muriente solo podía ser un hombre: el conquistador de Cenaria, el rey dios de Khalidor. Garoth Ursuul.

—He venido a por mi dinero, nada más —dijo Kylar—. Han ardido todas las casas seguras de Dur... todas mis casas seguras. Solo necesito lo suficiente para sobornar a los centinelas de las puertas. —Llevaba desde pequeño pasándole una parte de su paga a Mama K para que la invirtiese. Debería tener de sobra para unos cuantos sobornos.

Mama K hojeó en silencio unos folios de papel de arroz que tenía en el escritorio y le entregó uno a Kylar. Al principio, las cifras lo dejaron estupefacto. Estaba implicado en la importación ilegal de hierba jarana y media docena más de plantas adictivas, poseía un caballo de carreras, tenía participación en una cervecería y varios negocios más, así como porcentajes de la cartera de un usurero, y era copropietario de varios cargamentos de sedas y gemas, cargamentos absolutamente legítimos... salvo que el Sa’kagé prefería pagar un veinte por ciento en sobornos en vez del cincuenta por ciento en aranceles. La enorme cantidad de información que contenía la página resultaba abrumadora. Kylar no sabía lo que significaba la mitad de lo que leía.

—¿Tengo una casa? —preguntó.

—Tenías —respondió Mama K—. Esta columna recoge la mercancía perdida en los incendios o saqueos. —Todas las entradas salvo una expedición de sedas y otra de hierba jarana iban seguidas de una equis. La mayoría de sus propiedades se habían perdido—. Ninguna de las dos expediciones regresará antes de varios meses, si es que lo hacen. Como el rey dios siga confiscando los navíos civiles, no volverán nunca. Claro que si estuviese muerto...

Kylar ya veía adónde quería ir a parar.

—Según esto, mi parte vale todavía de diez a quince mil. Te la vendo por mil; es todo lo que necesito.

Mama K ni le hizo caso.

—Necesitan un tercer ejecutor para asegurarse de que salga bien. Cincuenta mil gunders por una muerte, Kylar. Con ese dinero podrías llevarte a Elene y a Uly a donde quisieras, le harías un favor al mundo y no tendrías que trabajar nunca más. Solo es un último encargo.

Kylar vaciló apenas un momento.

—Siempre hay un último encargo. He terminado.

—Esto es por Elene, ¿verdad?

—Mama K, ¿crees que un hombre puede cambiar?

Ella lo miró con una profunda tristeza.

—No. Y acabará odiando a quienquiera que le pida que lo haga.

Kylar se levantó y salió por la puerta. En el pasillo se topó con Jarl. Su amigo sonreía como cuando eran dos granujillas de las calles y tramaba alguna travesura. Vestía lo que debía de ser la última moda: una túnica larga de hombreras exageradas a juego con unas calzas ajustadas y metidas por dentro de botas altas. Daba una imagen vagamente khalidorana. Llevaba el pelo en elaboradas trencillas rematadas por cuentas doradas que hacían resaltar su piel negra.

—Tengo el trabajo perfecto para ti —dijo Jarl, en voz baja pero nada arrepentido de haber escuchado a escondidas.

—¿No hay que matar a nadie? —preguntó Kylar.

—No exactamente.

—Santidad, los cobardes están preparados para redimirse —anunció el vürdmeister Neph Dada, proyectando la voz para que la muchedumbre pudiera oírle bien. Era un anciano encorvado, con la piel manchada y surcada de venas, que apestaba a muerte mantenida a raya mediante magia; respiraba con fatiga por el esfuerzo de haber subido a la plataforma situada en el gran patio del Castillo de Cenaria. De los hombros de sus ropajes negros colgaban doce cordones anudados en representación de las doce shu’ras que había dominado.

Neph se arrodilló con dificultades y ofreció al rey dios un puñado de pajas.

Desde la plataforma, el rey dios Garoth Ursuul pasaba revista a sus tropas. En el centro de la primera fila había casi doscientos montañeses del clan Graavar, salvajes altos, fornidos y de ojos azules que llevaban el pelo moreno corto y los bigotes largos. A los lados formaban las demás tribus montañesas de élite que habían tomado el castillo. Detrás esperaba el resto del ejército regular que había entrado en Cenaria después de la liberación.

La neblina que se elevaba desde el río Plith a ambos lados del castillo y se colaba por debajo de los herrumbrosos rastrillos de hierro estaba dejando helados a los asistentes. Los Graavar se habían distribuido en quince grupos de trece guerreros cada uno, y eran los únicos que no llevaban armas, armadura ni túnica. Únicamente en pantalones, con el rostro pálido e impasible, sudaban en vez de temblar en aquella fría mañana de otoño.

Nunca se generaba alboroto cuando el rey dios pasaba revista a sus tropas, pero en esa ocasión reinaba un silencio escalofriante aunque hubiera millares de curiosos en el gran patio. Garoth había congregado a todos los soldados disponibles y también había permitido asistir a los sirvientes, nobles y plebeyos cenarianos. Los meisters, ataviados con capotillos negros y rojos, se apretujaban junto a los vürdmeisters de vestiduras largas y a los soldados, labriegos, toneleros, nobles, jornaleros, doncellas, marineros y espías de Cenaria.

El rey dios se había echado hacia atrás la gran capa blanca ribeteada de armiño para hacer resaltar sus musculosos hombros. Por debajo llevaba una túnica blanca sin mangas sobre unos pantalones anchos del mismo color. Tanto blanco daba un aire fantasmal a su pálida tez khalidorana y ofrecía un acusado contraste con el vir que serpenteaba por su piel. Unos zarcillos negros de poder se elevaban hasta la superficie de sus brazos. Grandes nudos, nudos erizados de espinas, afloraban y se hundían, y también ondulaban a lo largo de su piel. Unas garras le rastrillaban la epidermis desde debajo. Además, el vir no quedaba confinado a sus brazos: los zarcillos subían hasta enmarcarle la cara, le llegaban al cuero cabelludo calvo y le traspasaban la piel para formar una vibrante corona negra de espinas. Hilillos de sangre le caían a los lados de la cara.

Para muchos cenarianos, era la primera vez que veían al rey dios. Estaban boquiabiertos. Temblaban al sentirse recorridos por su mirada. Exactamente lo que él pretendía.

Por fin, Garoth seleccionó una de las pajitas que Neph Dada le ofrecía y la partió en dos. Tiró una mitad y cogió otras doce pajitas enteras.

—Así hablará Khali —anunció con una voz cargada de poder.

Hizo una seña para que los Graavar subieran a la plataforma. Durante la liberación, se les había ordenado defender aquel patio y retener a los nobles cenarianos hasta su exterminio. En lugar de eso, los montañeses habían huido en desbandada y Terah de Graesin y los suyos aprovecharon para escapar. Era inaceptable, inexplicable e impropio de los fieros Gravaar. Garoth no entendía qué impulsaba a unos hombres a luchar un día y huir el siguiente.

Lo que sí entendía era la vergüenza. Los Graavar se habían pasado la semana siguiente limpiando cuadras, vaciando orinales y fregando suelos. No se les había permitido dormir para que dedicaran las noches a sacar brillo a las armas y armaduras de los guerreros que, a diferencia de ellos, no habían fallado. Ese día, expiarían su culpa y, durante el año siguiente, estarían ansiosos por demostrar su heroísmo. Al acercarse al primer grupo acompañado de Neph, Garoth retiró el vir de sus manos. Cuando los hombres sacaran sus pajitas, no debían considerar fruto de la magia o capricho del rey dios que un hombre se salvara y otro se condenase. Debían verlo como el mero destino, la inexorable consecuencia de su propia cobardía.

Garoth levantó las manos y, juntos, todos los khalidoranos oraron:

—Khali vas, Khalivos ras en me, Khali mevirtu rapt, recu virtum defite.

Mientras moría el eco de la plegaria, se acercó el primer soldado. Tendría apenas dieciséis años y sobre su labio se apreciaba solo una levísima sombra de bigote. Cuando desplazó los ojos del gélido rostro del rey dios a las pajitas, pareció a punto de desmayarse. Su pecho desnudo resplandecía de sudor a la luz creciente de la mañana; los músculos se le contraían involuntariamente. Sacó una pajita. Era larga.

Su cuerpo liberó de golpe la mitad de la tensión que lo atenazaba, pero solo la mitad. El joven que tenía al lado, tan parecido a él que debía de ser su hermano mayor, se pasó la lengua por los labios y sacó una pajita. Era corta.

Un alivio malsano invadió al resto del pelotón, y los millares de asistentes que no podían distinguir la pajita desde lejos supieron lo que había salido por sus reacciones. El condenado miró a su hermano pequeño, que apartó la vista; luego volvió una mirada incrédula hacia el rey dios y le entregó la pajita corta.

Garoth dio un paso atrás.

—Khali ha hablado —anunció.

Los restantes miembros del pelotón contuvieron el aliento, y el rey dios les hizo una seña con la cabeza.

Todos ellos, incluido el hermano, rodearon al hombre y empezaron a golpearle.

Habría sido más rápido si Garoth les hubiese permitido llevar guanteletes o usar la contera de las lanzas o la parte plana de las espadas, pero le parecía mejor que lo hicieran con las manos desnudas. Cuando la sangre empezara a fluir y salpicar bajo los golpes, no debía manchar la ropa del pelotón; tenía que mancharles la piel. Que sintieran el calor de la sangre del joven mientras moría. Que conocieran el precio de la cobardía. Los khalidoranos no huían.

El pelotón atacó con saña. El círculo se cerró y sonaron los gritos. El sonido de la carne desnuda al golpear la carne desnuda tenía algo íntimo. El joven desapareció y lo único que quedó a la vista fueron los codos que subían y bajaban con cada puñetazo y los pies que se retiraban para propinar nuevas patadas. Y al cabo de unos instantes, sangre. Al sacar aquella pajita corta, el joven se había convertido en el chivo expiatorio. Era el decreto de Khali. Dejaba de ser el hermano o el amigo para encarnar lo que todos habían hecho mal.

En dos minutos, el joven estaba muerto.

Los miembros del pelotón volvieron a formar, rociados de sangre y jadeantes por el esfuerzo y la emoción; ni echaron un vistazo al cadáver que tenían a los pies. Garoth los miró uno por uno a los ojos, sosteniendo la mirada del hermano durante más tiempo. Luego se acercó al muerto y extendió una mano. El vir le atravesó la piel de la muñeca, se estiró formando una garra de contorno irregular y apresó la cabeza del cadáver. Las uñas se contrajeron y la cabeza reventó con un sonido húmedo que provocó arcadas a docenas de cenarianos.

—Se acepta vuestro sacrificio. Así quedáis purificados —anunció, y los saludó.

Ellos le devolvieron el saludo con orgullo y retomaron su puesto en la formación del patio. Dos guardaespaldas del rey dios arrastron el cadáver a un lado.

Garoth hizo una seña al siguiente pelotón. Las próximas catorce ceremonias de absolución serían una repetición de la primera, y aunque el nerviosismo seguiría dominando a todos los grupos, pues incluso los que habían pasado por la plataforma podían perder a amigos y familiares de otros pelotones, el rey dios perdió el interés.

—Neph, cuéntame qué has descubierto sobre ese hombre, ese tal Ángel de la Noche que mató a mi hijo.

El Castillo de Cenaria no se contaba entre los lugares que más le apeteciera volver a visitar a Kylar. Iba disfrazado de curtidor, con las manos y los brazos manchados hasta el codo de un tinte lavable, y una túnica de lana propia de un artesano llena de salpicaduras. Se había echado unas gotas de un perfume especial que su difunto maestro Durzo Blint había creado; apestaba casi tanto como un verdadero curtidor. Durzo siempre había preferido los disfraces de curtidor, porquero, mendigo y demás personajes que la gente respetable procuraba no ver... ya que no podía evitar olerlos. Solo se había aplicado el perfume a las prendas exteriores para poder deshacerse de ellas en caso de necesidad. Se le quedaría pegado un resto del hedor, pero no había disfraz sin desventajas. El arte consistía en adecuar esas desventajas al trabajo que se tenía entre manos.

El Puente Real de Oriente había ardido durante el golpe. Aunque los meisters lo habían reparado en casi su mayor parte, seguía cerrado, de modo que Kylar cruzó por el de Occidente. Los centinelas khalidoranos apenas le echaron un vistazo cuando pasó por delante de ellos. Daba la impresión de que todo el mundo, incluidos los meisters, solo tenía ojos para una plataforma situada en el centro del patio del castillo y un grupo de montañeses que formaban con el pecho desnudo a pesar del frío. Kylar ni se fijó en el pelotón que se encontraba subido en la plataforma y escudriñó el patio en busca de amenazas. Todavía no estaba seguro de si los meisters podían detectar su Talento, aunque sospechaba que no serían capaces mientras no lo usara. Las capacidades de los brujos parecían mucho más vinculadas al olfato que las de los magos; era el motivo principal de que hubiese acudido disfrazado de curtidor. Si se le acercaba un meister, su esperanza era que los olores mundanos disimulasen los mágicos.

Había cuatro guardias a cada lado de la puerta, seis apostados en cada lienzo de la muralla romboidal del castillo y otros mil formando en el patio, además de los doscientos montañeses Graavar. Unos cincuenta meisters estaban colocados a intervalos regulares entre los varios millares de asistentes. En el centro de todo, sobre la plataforma provisional, había un grupo de nobles cenarianos, varios cadáveres mutilados y el rey dios Garoth Ursuul en persona, hablando con un vürdmeister. Era ridículo pero, aun con la cantidad de soldados y meisters presentes, probablemente sería la mejor oportunidad para matar a ese hombre que tendría un ejecutor.

Sin embargo, Kylar no estaba allí para matar. Estaba allí con el fin de estudiar a una persona para el trabajo más raro que había aceptado nunca. Escudriñó la multitud en busca del hombre del que Jarl le había hablado y no tardó en encontrarlo. El barón Kirof había sido vasallo de los Gyre. Con su señor muerto y sus tierras tan cerca de la ciudad, fue uno de los primeros nobles de Cenaria en hincar la rodilla ante Garoth Ursuul. Era un tipo gordo con una barba pelirroja recortada al estilo anguloso de las tierras bajas de Khalidor, la nariz grande y torcida, el mentón débil y unas pobladas cejas.

Kylar se acercó más. El barón Kirof sudaba, se secaba las palmas en la túnica y hablaba nervioso con los nobles khalidoranos que lo rodeaban. Cuando el joven se estaba abriendo paso entre la gente, un herrero alto y apestoso le hundió el codo en el plexo solar.

El codazo dejó a Kylar sin aliento y, mientras se doblaba en dos, el ka’kari rezumó de su mano y formó una daga de puño.

—Si querías mejores vistas, haber llegado temprano igual que hemos hecho los demás —dijo el herrero, que se cruzó de brazos y se arremangó para hacer alarde de unos bíceps descomunales.

Con un esfuerzo, Kylar obligó al ka’kari a regresar al interior de su piel y se disculpó con la mirada gacha. El herrero hizo un gesto burlón y volvió a concentrarse en el espectáculo.

El joven se conformó con unas vistas decentes del barón Kirof. El rey dios iba por la mitad de los pelotones y ya pululaban corredores del Sa’kagé aceptando apuestas de a quién de cada grupo le

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