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ALGúN DíA TE MOSTRARé EL DESIERTO

Renato Cisneros  

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Fragmento

PRIMERO

Pueden pasar muchos años sin que nos ocurra nada significativo ni memorable, nada que represente un verdadero quiebre o desafío, nada que nos obligue a la reinvención. Vivimos acostumbrados a rutinas programadas, sabemos de memoria la secuencia de cosas que pasarán o podrían pasar al voltear la próxima esquina o abrir la siguiente puerta; si no fuera porque el calendario —con sus números y nombres propios— les imprime a las semanas un orden cronológico convencional que acredita el paso del tiempo, juraríamos que cada nuevo día es en realidad una disimulada reiteración del anterior. El mundo es un río, ni siquiera eso, un afluente que atraviesa los mismos paisajes una y otra vez, y nosotros, absorbidos por tareas supuestamente impostergables, nos dejamos llevar sin objetar el curso de la corriente, sin detenernos a evaluar si acaso estamos a la deriva, rumbo a un remolino que tarde o temprano nos tragará. Podemos estar largos años así, en modo automático, en calidad de zombis o marionetas, pasando por la vida sin que la vida se percate.

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Un buen día, sin embargo, cuando ya empezamos a resignarnos, a ser dominados por la monotonía o la mediocridad, el destino da un vuelco brutal. Hechos que nunca nos habían sucedido, que no creíamos que fueran a suceder ya, de los que siempre renegábamos porque nos resultaban esquivos pero en el fondo seguíamos anhelando, comienzan a producirse en simultáneo, en cascada, sin darnos chance a digerirlos, entenderlos ni asimilarlos. El giro es tan vertiginoso que parece lógico achacarlo a un asunto fortuito o milagroso, pero no, se debe a una exacta combinación de azares y decisiones conscientes, aunque de eso recién nos daremos cuenta más adelante. Las cosas no se comprenden mientras se viven sino después, a veces mucho después.

En mi caso, lo azaroso, lo providencial, fue conocer a Natalia.

Sucedió un sábado de julio de 2012, en medio de la ruidosa oscuridad de una discoteca. Ninguno de los dos pensaba ir. Ella se encontraba en una reunión —muy animada por lo que supe después— a la misma hora en que yo estaba en casa, en mi cama, recostado, viendo un drama romántico cuya trama, hasta ese momento impecable, comenzaba a decaer. De pronto recibí una llamada. Era mi amigo Raúl. Había quedado en verse en una discoteca con Valeria, la chica con quien por entonces salía, y me pidió acompañarlo, pues Valeria iría con una amiga. No recuerdo qué me dio más flojera: si ir a una discoteca que seguramente estaría atestada de gente, o ser parte de una de esas citas a ciegas que, por lo general, no prosperan. Pese a mis reparos iniciales acabé aceptando: aún era temprano y tenía ganas de salir, aunque sea para atronarme los tímpanos un rato.

Mientras nos dirigíamos a la discoteca en su auto, incluso cuando llegamos al local, bajamos por una larga escalera enroscada y dejamos los abrigos en el guardarropa, Raúl no hacía más que hablar de Valeria, de lo guapa que era, de los muchos deportes que practicaba, de lo bien que se vestía. Yo simulaba escucharlo: aún tenía la mente puesta en la película que había dejado a medias. Todas las imágenes de mi cabeza, no obstante, desaparecieron como una nube de polvo una vez que, llegados al punto de encuentro, Valeria me presentó a su amiga Natalia. No solo me pareció encantadora al primer trato, con una mezcla de belleza y modestia o timidez tan infrecuente en las chicas de Lima, sino que al cabo de unas pocas horas me sentí irradiado por algo que se desprendía naturalmente de ella. Me di cuenta de que me hallaba frente a un ser luminoso y singular que, sonará exagerado, estaba allí para cumplir una misión: salvarme, resocializarme, rescatarme del marasmo en que la inercia me había venido depositando.

En rigor, ya nos conocíamos de antes pero yo no lo recordaba. Varios años atrás habíamos coincidido en uno de los retiros espirituales de Confirmación para colegios femeninos de clase alta en los que yo tenía el descaro de participar como asesor y charlista, no tan interesado en preparar a las jovencitas para recibir el sacramento como sí en agenciarme el teléfono de cualquiera de ellas para, luego, invitarlas a salir. Más que encuentros religiosos eran emboscadas. No actuaba solo, evidentemente, sino coludido con un grupo de amigos. Todos polizones, inescrupulosos creyentes de ocasión que —convocados por una amiga exreligiosa, que nos tenía demasiado cariño como para sospechar de nuestras verdaderas intenciones— pasábamos espléndidos fines de semana lejos de la ciudad, en casas campestres con jardines enormes, donde rezábamos avemarías bajo la luz de las velas, nos arrodillábamos hasta sufrir calambres, cantábamos en ronda, tocábamos guitarra y panderetas, citábamos versículos de la Biblia, decíamos algunas generalidades que sonasen lógicas, siquiera inspiradas, atendíamos toda clase de dilemas adolescentes, y así nos ganábamos la confianza de trescientas colegialas guapísimas de dieciséis y diecisiete años que de otra manera quizá no habríamos conocido jamás. Muchas de ellas, por cierto, una vez llegado diciembre tenían la estupenda idea de invitarnos a sus fiestas de promoción, donde nuestro poco cristiano comportamiento solía causarles sorpresa y decepción. Pero esa es otra historia.

La noche de la discoteca, dentro del círculo en que nos encontrábamos con Raúl, Valeria y otros amigos que se sumaron luego, Natalia cometió el inocente desatino de recordar en voz alta que yo había asistido a su retiro preparatorio de Confirmación. No contenta con eso, ignorando el estropicio que iría a provocar, refirió que yo había ofrecido una «interesante» charla acerca «de Dios y el amor». El comentario activó enseguida las carcajadas de los demás, que no imaginaban que el periodista que se había declarado agnóstico en público en más de una ocasión y que no dudaba en burlarse en sus columnas periodísticas de las monsergas conservadoras del cardenal Cipriani, así como de los anticuados pronunciamientos de la Iglesia acerca de casi cualquier cosa, ese mismo, cargaba con un pasado parroquial convenientemente archivado, un capítulo clandestino de entusiasta feligrés, una vida anterior de pastorcito renegado. No solo detestaba hablar de esa etapa de mi vida sino que, en las poquísimas ocasiones que alguien la traía a colación, ponía todo mi empeño en negarla con cuajo, como si me avergonzara, como si no la hubiera disfrutado como la disfruté, como si durante esos años hubiese sido captado por una secta fanática y permanecido en calidad de rehén. Esa noche, ante las pruebas expuestas por Natalia, me resultó imposible rehusar mi pasado.

«¿No quieres vino de misa, mejor?», bromeó Raúl mirando mi vaso semivacío, provocando una risotada general que se mantuvo en el aire varios segundos dejándome desarmado, desnudo, pero también extrañamente resarcido, como si Natalia —al tocar un asunto que mis complejos habían convertido en tabú— me hubiese desenmascarado librándome por fin de uno de mis tantos fantasmas.

Aquella noche, sin embargo, lo memorable no fue esa revelación anecdótica, sino la manera tan placentera en que fluyó nuestra conversación. Natalia me contó de su infancia en Montreal, de su hermana —Milena, diseñadora industrial, que acababa de mudarse a Bruselas—, de lo divertidos que fueron sus años en la facultad de Medicina, de su trabajo excesivamente oficinesco en la industria farmacéutica, de su abuela arequipeña descendiente de italianos, de sus amigas regadas por el mundo, de su perra ciega y diabética. Aun cuando a ratos exudaba algo cercano a la ingenuidad, sus palabras dejaban entrever el tono seguro de una mujer de veintisiete años que ha visto el mundo más de cerca que la mayoría. Por mi parte, le hablé del viaje a Europa que estaba por emprender, de la novela que venía escribiendo, de lo entusiasmado que me había dejado la última película de Tarantino, de lo aburrido que podía ser, a veces, presentar noticias en la televisión. Los temas iban y volvían. Por momentos, debido al estridente volumen de los parlantes, me acercaba a su oído para que me escuchara mejor y, una vez ahí, fascinado por su proximidad y por el perfume que se desprendía de su cuello, procuraba extender mi soliloquio yéndome por las ramas y, aun cuando sentía que ella era receptiva a ese movimiento, descartaba de plano la idea de intentar besarla, pues intuía por alguna razón que no lo consentiría y quise respetar eso, o tal vez quise merecer sus besos, es decir ganármelos, no robárselos a la mala, como había hecho en tantas otras ocasiones. No quería repetir uno de esos besos insípidos, producto de los vaivenes del alcohol y la noche, de los que a la mañana siguiente te sientes menos orgulloso que arrepentido.

Nos quedamos hasta las seis de la mañana charlando sobre esto y lo otro, chocando nuestros vasos casi siempre por iniciativa mía, y bailando desde hits rockeros de los ochenta hasta unos infames popurrís de salsa, merengue y vallenato cuya letra, me fijé, ella parecía conocer de memoria. Para descansar salíamos a tomar aire a la terraza de la discoteca, que por estar ubicada en medio de unos altísimos despeñaderos en medio de la bahía de Miraflores nos ofrecía una magnífica vista panorámica de la playa de Chorrillos. Hacía frío pero no parecía el típico invierno limeño. Cuando comenzó a clarear y miramos alrededor, todos nuestros amigos hacía rato que se habían esfumado.

***

Aunque desde un inicio tuve gran química con Natalia, no quise envolverme en una relación tan pronto. Hacía seis meses nada más que mi última novia, Marisol, había terminado conmigo después de estar juntos tres años —una ruptura que, dicho sea de paso, merecí—. Era momento de estar solo. Me había portado mal con Marisol y aún no terminaba de perdonármelo. A la larga, si eres una persona mínimamente sensible, te agota más dañar que salir dañado. Te quedas bloqueado averiguando las razones que te llevaron a traicionar a esa persona que decías amar, a hacer pedazos un vínculo que parecía saludable e irrompible. Una noche, en un bar de Barranco, poco después de la ruptura, una íntima amiga de Marisol me encaró directamente. «¡No la busques más! ¡Es mucho para ti!», gritó. La gente volteó a vernos. Le sostuve la mirada hasta el final sin abrir la boca pero luego, con la mandíbula rebotando en el aire, me retiré al baño para recluirme en un cubículo. Ahí pasé los siguientes minutos remordiéndome, dándome tardíos golpes de pecho. Afuera se oían las risas, las conversaciones superficiales de un viernes por la noche, las canciones de rock alternativo que animaban el bar, canciones que tantas veces había bailado feliz hasta sudar pero que, ahora, solo servían de inesperada cortina musical para ese momento tan humillante. Alguien tocó la puerta pero no tuve suficiente voz para decirle que se largara. Sentí algo parecido a las náuseas. Apenas pude hui sin darle explicaciones a nadie. A la mañana siguiente entendí que estaba enfermo, no sabía bien de qué, pero sí que necesitaba curarme. Llegó el lunes y, aun cuando no tenía cabeza para otra cosa que no fueran las repercusiones de haber engañado a Marisol, traté de concentrarme en el trabajo y dedicar mi tiempo libre a viejos placeres desatendidos: leer, escribir, nadar, perderme por la ciudad en bicicleta con audífonos, sin dirección fija. También retomé mis visitas al psicoanalista y comencé a planear un viaje a Europa. Poco a poco fui ganando ánimo. Ocasionalmente salía por las noches, ya sea al cine, al teatro o a refugiarme en bares poco transitados, bares en realidad patéticos donde me hundía en largas borracheras y caía en severas recriminaciones que, aunque sea de modo pasajero, me aliviaban la culpa. Otras veces no salía y me quedaba encerrado en mi departamento de soltero viendo comedias o documentales que fallaban en su intento de rescatarme de la depresión y el victimismo. En un estado así lo último que quería era conocer a otra mujer, menos aún a una mujer como Natalia, con quien de atreverme a dar un paso más, lo intuía, lo percibía, sería un paso decisivo. En el fondo temía y deseaba lo mismo: ser redimido o purificado por ella. Una salvación tan inmediata, no obstante, me parecía imprudente, además de improbable.

Resolví apelar a una estrategia combinada que incluyera acercamientos y evasivas, así me mantendría, al menos durante un lapso, en una suerte de limbo físico-moral: ni tan lejos para sugerir indiferencia, ni tan cerca para delatar un afán; justo en la frontera, a salvo de juicios y reproches. No quería involucrarme con Natalia pero tampoco desaparecer del todo. Quería ganar tiempo hasta que el horizonte se despejase, hasta que mi duelo pasara. Al principio Natalia pareció tolerar de buena gana esa dinámica tan conveniente a mis intereses y accedió a verme cada vez que la busqué para ir al cine, comer, bailar, pasear o tomar un helado. Así pasamos el final del invierno, la primavera y la mitad del verano, sin presiones ni preguntas embarazosas, hasta que un buen día, un martes digamos, en medio de un almuerzo, ella acabó con esas vacilaciones pidiéndome que decidiera de una vez qué papel quería jugar en su vida. Entonces decidí. Decidí rápido. Y decidí mal. Le propuse «seguir saliendo», eufemismo que equivale a decir «vernos sin compromiso ni exclusividad». Pésimo. Barato. Después de largos segundos sin hablar, defraudada pero digna, ella me aclaró que no creía en ese estilo de compañía y, sin tocar un grano de arroz ni una partícula de carne del lomo saltado que acababan de servirle, tras dejar en la mesa un billete que excedía por mucho su parte del consumo, se puso de pie, me dio un beso en la mejilla, el beso más árido que he recibido nunca, y salió dando pasos cortos por la misma puerta por donde minutos antes habíamos entrado sonrientes, de la mano, como novios triunfales o algo así. Antes de abandonar mi campo visual se cuidó de dirigirme una mirada cuyo fondo no había necesidad de escrutar para descifrar el mensaje que traía inscrito, era el mismo mensaje o la misma palabra que hacía meses venía gritando mi voz interior: «cobarde».

Como era de esperar, mi deplorable juego táctico desató una devastadora guerra fría: hasta dos meses de llamadas sin contestación y mensajes sin respuesta o con respuestas lacónicas que dolían más que el propio silencio. Tan marcial ley del hielo surtió efecto y acabé reconociendo frente a todos lo que hacía rato ya había admitido ante el espejo: no podía estar sin ver a Natalia. Me gustaba, la quería, no podía seguir disimulándolo. Necesitaba hablar con ella, tocarla, darle un beso, es decir otro, porque para entonces ya nos habíamos besado no una sino varias veces y, si no habíamos avanzado más, era porque ella esperaba que existiera de por medio un vínculo más honesto, más seguro. Pero cómo hablarle ahora si, según las evidencias, ya no tenía el menor interés en que eso sucediera.

Una noche acudí con unos amigos a otra discoteca sin imaginar que la encontraría allí. Menos aún que la encontraría bailando y menos aún que bailaría con un tipo que era todo lo que yo no soy: espigado, musculoso, de aspecto sensato, con el que no era necesario hablar ni dos minutos para saber que ansiaba una vida de familia. Desde la barra me dediqué a observarla y, conforme el alcohol ingresaba a mi organismo, pasé a enviarle mensajes psíquicos para que no se dejara engatusar por ese sujeto que, podía verlo, ya tenía pensado proponerle un futuro juntos. Cuando estoy borracho se me da por la telepatía. Usé esos mismos poderes con él, deseando que de súbito sufriera un cólico renal, una gastroenteritis, una incontinencia urinaria, algo que lo apartara de su posición. Estaba celoso, resentido y enojado, no con ella, sí conmigo, por haberme convertido en el burdo cliché del individuo que se da cuenta de cuánto le importa una mujer recién cuando la ve con otro. Llegado un momento, pese a la exigencia de mis amigos de no moverme de mi sitio debido a mi notorio estado de ebriedad y mi clara inferioridad física, deduje que debía actuar y recuperar el terreno perdido. Escurrí mi cuerpo entre la multitud con el pretexto de ir al baño, caminé hasta la zona de baile y me ubiqué al lado de Natalia. Al verme brotar de sopetón, el tipo musculoso reaccionó como si hubiese visto una cucaracha voladora invadir su dormitorio. Ella, en cambio, se acercó de inmediato. «También me extraña», supuse, mientras la veía venir en cámara lenta. De pronto la oí decir «¿qué estás haciendo aquí?» con una muy poco empática actitud de comisario. Supongo que balbuceé unas disculpas y pretendí organizar el discurso descompaginado que traía en la mente, pero seguro lo hice con morosidad, arrastrando palabras e intercalándolas con hipos y eructos, porque Natalia pasó de escucharme con sorpresa a mirarme con lástima. «Estás un poco mareado», constató disgustada, arrugando la nariz. Yo la miré encandilado, seducido por su lenguaje tan delicado incluso en esas circunstancias. Pero si fue mala la idea de tomarle la mano, jalonearla e insistirle para bailar, fue atroz la de componer ahí mismo una coreografía que ninguna relación guardaba con el reggaetón que sonaba de fondo. Ya lo de trastabillar y caer sentado con las piernas en cruz fue la gota que rebalsó el vaso. Mis amigos surgieron de la penumbra a tratar de salvarme, pero no había cómo: el ridículo se había consumado. Lo último que vi desde el suelo fue cómo Natalia desaparecía de la mano del fortachón.

Recién a los dos días, pasada la resaca aunque no la vergüenza, fui a tocar el timbre de la casa de Natalia con una caja de mazapanes en la mano. Líneas arriba dije que ciertos acontecimientos son resultado no de eventuales golpes de suerte, sino de la suma de azares puntuales y decisiones conscientes. Ir a buscar a Natalia esa tarde, hablarle con franqueza y poner todas mis cartas sobre la mesa no fue una decisión impulsiva, fue a todas luces una decisión consciente, meditada, que ayudaría al destino a materializar su milagro.

***

Dos años después fijamos fecha para nuestro matrimonio. Los primeros en ser informados fueron Valeria y Raúl, casuales artífices de que Natalia y yo nos conociéramos o reencontráramos. Hacía tiempo que ya habían dejado de salir, incluso tenían otras parejas, pero igual aceptaron gustosos el pedido de leer juntos un testimonio en nuestra futura boda.

Antes de eso ya habíamos resuelto venir a vivir a España: Natalia para seguir una especialización médica en un hospital, yo para escribir mi siguiente novela y ganarme la vida con cualquier cachuelo periodístico. Pero, más que eso, y sin imaginarlo, vinimos a Madrid a inaugurar otra vida, una vida paralela.

Recuerdo el anuncio de nuestro noviazgo allá en Lima, en abril de 2015. Fue un viernes, al cabo de una cena en nuestro restaurante favorito. Esperé a que termináramos los profiteroles con helado de lúcuma para ponerme de pie, tintinear mi copa con una cucharita en falso ademán de formalidad, ofrecer una breve alocución frente a ambas familias y entregarle a Natalia un anillo de compromiso que, luego me di cuenta, fue larga e impúdicamente inspeccionado por las mujeres ahí presentes. Fue una gran noche. Brindamos con champán, hicimos promesas, contamos anécdotas y tomamos más fotos de las que sería posible sentarse a ver a lo largo de una tarde.

Las semanas y los meses siguientes estuvieron cargados de trajín y novedades: renuncié al trabajo en la radio y televisión, alquilé mi departamento a un ingeniero francés y su esposa ecuatoriana, me mudé temporalmente a casa de mi madre, vendí mi automóvil. Hubo más. Se publicó la novela que escribí acerca de mi padre, nos trasladamos aquí, a Madrid, nos establecimos en el castizo barrio de Chamberí, hicimos nuestros primeros viajes por Europa como novios y, muy poco después, volvimos a Lima para la boda civil y la ceremonia religiosa con su legendaria fiesta de celebración. De ahí vino la luna de miel en un balneario del norte peruano y, casi enseguida, el retorno a España.

***

En el pasado yo no quería tener hijos. Un episodio vivido más de quince años atrás con una chica lo ilustra bien. Técnicamente no éramos novios pero hacíamos todo lo que hacen los novios. Una noche, en un hostal al paso, después de haber tenido relaciones, me percaté de que el preservativo no estaba en su lugar sino en el otro extremo de la cama. Cómo fue a parar allí es un misterio. Lo que sé es que perdí el control y, nervioso, empecé a promover la urgencia de ir cuanto antes a una farmacia de turno para comprar la novísima «píldora del día siguiente». Ella me pidió varias veces que me tranquilizara, que no perdiera la calma, pero era en vano: la posibilidad de ser papá en ese momento de mi vida me producía escalofríos, temblores, conatos de fiebre.

Nos vestimos como pudimos y estacioné el auto de mi madre en la primera botica abierta. Estaba como poseído, fuera de mis cabales. Regresé con un vaso de tecnopor en la mano y prácticamente la obligué a ingerir el comprimido. «Estás poniéndome muy tensa», dijo ella un segundo después de deglutirlo. «Es que, imagínate, un hijo», dije exhalando; debí hacerlo con un matiz repulsivo, porque en su cara, de la nada, brotó un gesto de mortificación. Fue ahí cuando me acusó de estar tratándola como a una cualquiera, como si no fuera mi novia. No se me ocurrió mejor cosa que aclararle que no éramos novios. Enseguida le hice ver que un hijo frustraría su incipiente carrera universitaria, además de arruinar «todos mis proyectos personales». Lo dije así, con gran seguridad, como si tales proyectos existieran. Minutos más tarde, mientras manejaba sin rumbo concreto, nos aventuramos en una acalorada discusión sobre todos los tópicos imaginables: desde la falta de protección, pasando por el tipo de valores morales con que nuestros padres nos habían formado, hasta analizar qué ocurriría si la píldora no funcionaba. Cuando ella mencionó esa posibilidad, frené en seco, viré el timón a la derecha, orillé el auto y le espeté:

«Si eso pasa, haremos algo al respecto. Supongo que estarás de acuerdo».

—¿Hablas de abortar? —me interpeló con los ojos abiertos de asco o desengaño. Acto seguido, sacó a relucir el repertorio de sus inviolables convicciones cristianas, convicciones que ella suponía mías, en tanto nos habíamos conocido en su retiro de Confirmación.

Tuve que interrumpirla.

«Métete esto en la cabeza: no quiero tener un hijo». Lo dije con énfasis, reprimiendo un grito.

Por un minuto, toda la frialdad de mi actuación me hizo irreconocible hasta para mí mismo. Como no podía ser de otra manera, ella se quebró en pedacitos. Solo ahí, mientras era testigo de su llanto, de la tristeza que la acritud de mis palabras le producía, entendí que me había convertido en un canalla. Pero un canalla con convicción. No quería ser padre y estaba dispuesto a comprar todas las pastillas que fuesen indispensables para evitarlo. Cada vez más alterados, comenzamos a lanzarnos adjetivos con el hígado revuelto, tratando de cerrar una herida que no hacía sino abrirse más y más.

—¡Llévame a mi casa! —vociferó ella entre resuellos, girando la cabeza hacia el vidrio, en un esfuerzo por darme la espalda.

Manejé en medio de uno de esos exasperantes silencios de pareja en que ninguno de los dos abre la boca pero ambos acumulan pensamientos, envenenándose con conjeturas, cerrándose en su posición, jurando no dar su brazo a torcer. Conforme avanzábamos por calles y avenidas en la noche negra de Lima me fui dando cuenta de que no estaba furioso, sino espantado de verme envuelto en un aprieto como ese. Nunca antes me había visto forzado a pedirle a una mujer que tomara una píldora. Nunca me había fallado un preservativo. Nunca había propuesto un aborto. Ahora tenía pánico y no sabía cómo sacármelo, ya no solo de la mente, sino del cuerpo.

Cuando llegamos a su casa, ella bajó del auto sin decir nada, rumiando residuos de llanto y, antes de dar un portazo que descuadraría la puerta (y por el cual mi madre al día siguiente me resondraría), me soltó una advertencia que me petrificó: «¡Lo voy a tener yo sola!».

Mis manos se negaban a soltar el timón.

Dentro del auto el ambiente era muy pesado. El eco de esa frase, como un perfume agrio, se quedaría un buen rato conmigo. Yo no daba crédito a lo sucedido: hacía sesenta minutos era un chico cualquiera de veintitantos años que entraba con su chica a un hostal. Ahora era un padre desalmado que, incapaz de asumir su responsabilidad, abandonaba a su hijo a su suerte.

Conduje hasta mi casa sin saber cómo. Era el cuerpo el que giraba el volante, maniobraba la palanca de cambios, activaba las señales, y pisaba los pedales para aumentar o aminorar la marcha. Mi mente, en cambio, era un muro negro, una pantalla salpicada por dos imágenes que se alternaban con rapidez: el padre de ella apuntándome con una escopeta, y yo bautizando a una criatura que no deseaba, pero a la que, cómo no, acabaría dando mi apellido. Después de todo, pensé más tarde en mi habitación, no era ningún pelele sin oficio, tenía dónde caerme muerto, así que, si el embarazo era inminente, me tocaría ponerle cara al asunto y aceptar mi nueva condición.

Durante las semanas que siguieron sentía que el mundo me enviaba señales incesantes que me mantenían en vilo. Palabras como «papá», «bebé», «chupón» o «pañales» se repetían todo el tiempo en conversaciones propias y ajenas. Y cuando ca ...