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ALGO ABSOLUTAMENTE EXTRAORDINARIO

Hank Green  

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Fragmento

1

Mira, soy consciente de que estás aquí porque quieres leer una historia épica de intriga, misterio y aventuras, una historia en la que hay personas a punto de morir y personas que mueren, pero para llegar a ella (a menos que quieras saltar al capítulo 13, que no soy tu jefe) vas a tener que lidiar con el hecho de que yo, April May, además de ser una de las cosas más importantes que le han sucedido a la raza humana, soy también una veinteañera que ha cometido algunos errores. Resulta que yo tengo la sartén por el mango. La historia es mía, así que te la contaré como yo quiera. Lo que significa que tendrás que entenderme a mí, no solo mi historia, de modo que no te sorprendas si hay algún que otro drama. Voy a intentar contarla con sinceridad, pero también incluiré bastantes argumentos en mi favor. Si sacas algo de todo esto, la idea no es que te posiciones de un lado o de otro, sino sencillamente que entiendas que soy (o al menos era) humana.

Y me sentía solo humana arrastrando mi culo cansado por la calle Veintitrés a las tres menos cuarto de la mañana, tras haber trabajado dieciséis horas en una empresa cuyo nombre no voy a mencionar (porque firmé un contrato basura que me lo impide). Ir a una escuela de arte podría parecer una pésima decisión desde el punto de vista económico, pero en realidad solo es así si tienes que pedir un montón de préstamos para financiar tu pretenciosa formación. Y es exac­tamente lo que yo hice, por supuesto. A mis padres las cosas les iban bien, tenían una empresa que suministraba maquinaria a pequeñas y medianas granjas lecheras. Es decir, vendían y distribuían los aparatos que se enganchan a las vacas para sacarles la leche. El negocio iba bien, lo bastante bien para no haberme endeudado demasiado si hubiera ido a una universidad pública. Pero no fui a universidad pública. Pedí préstamos. Un montón. Así que, tras haber saltado de una especialización a otra (publicidad, artes plásticas, fotografía e ilustración) y haber acabado con una prosaica (aunque al menos útil) especialidad en diseño, acepté el primer trabajo que me permitiría quedarme en Nueva York y no volver a mi antigua habitación en la casa de mis padres, en el norte de California.

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Y era un trabajo en una empresa novel condenada al fracaso, fundada por un sinfín de personas ricas que sueñan con lo más aburrido que los ricos pueden soñar: ser aún más ricos. Por supuesto, trabajar en una empresa de reciente creación significa que formas parte de la «familia» y, por tanto, cuando las cosas van mal, o cuando no se cumplen los plazos, o cuando un inversor se cabrea, o sencillamente porque sí, no sales del trabajo hasta las tres de la mañana. Y, sinceramente, lo odiaba. Lo odiaba porque la app de administración del tiempo en la que estábamos trabajando era una gilipollez y en realidad no servía para nada; lo odiaba porque sabía que yo lo hacía solo por dinero, y lo odiaba porque la empresa pedía al personal que pensara que su trabajo no era un simple trabajo, sino toda su vida, lo que significaba que no me quedaba tiempo para trabajar en proyectos personales.

PERO…

Trabajaba en el ámbito que había estudiado, hacía diseño gráfico y cobraba lo suficiente para pagar el alquiler cuando aún no hacía un año que había terminado la carrera. Mis condiciones de trabajo rozaban lo delictivo, y pagaba la mitad de mi sueldo por dormir en el salón de un apartamento de un dormitorio, pero salía adelante.

Bueno, lo que acabo de decir no es del todo cierto. Mi cama estaba en el comedor, pero casi siempre dormía en el dormitorio, en la habitación de Maya. No vivíamos juntas, compartíamos piso, y a la April del pasado le habría gustado que fuera muy clara a este respecto. ¿Cuál es la diferencia? Pues básicamente que cuando empezamos a vivir juntas no estábamos enrolladas. Estar enrollada con tu compañera de piso es práctico, pero también es un poco confuso si has vivido con ella durante buena parte de la carrera. Cuando por fin nos enrollamos, llevábamos más de un año siendo pareja.

Si ya vives con alguien, me pregunto en qué momento surge la pregunta «¿Deberíamos irnos a vivir juntas?». Bueno, en nuestro caso la pregunta fue: «¿Te importaría que sacáramos ese colchón de segunda mano del salón para poder sentarnos en el sofá cuando vemos Netflix?», y en aquel momento mi respuesta fue: «Claro que me importaría, solo somos compañeras de piso que salen juntas». Por eso en nuestro comedor seguía habiendo una cama.

Te he dicho que habría dramas.

Vuelvo a aquella fatídica noche de enero. Faltaba una semana para el lanzamiento de la mierda de app en la App Store, y yo estaba esperando a que aprobaran varios cambios en la interfaz de los usuarios, en fin, a ti eso te da igual…; era un coñazo. En lugar de llegar temprano al trabajo, me quedé hasta muy tarde. Siempre lo había preferido. Se me había secado el cerebro intentando entender las crípticas instrucciones de los jefes, que no eran capaces de diferenciar un ráster de un vector. Salí del edificio (era un local de coworking, ni siquiera un local propio en alquiler) y caminé los tres minutos que me separaban de la estación de metro.

Y entonces, ¡no sé por qué!, la máquina expulsó mi tarjeta del metro. Tenía otra tarjeta en mi mesa de trabajo, y no estaba del todo segura de cuánto dinero me quedaba en la cuenta corriente, así que creí que lo más prudente era recorrer de nuevo las tres manzanas y volver al despacho.

La señal que indica que puedo cruzar está encendida, así que cruzo la calle Veintitrés y un taxi me pita, como si no estuviera en un paso de peatones. De qué vas, tío, la señal está encendida. Giro en dirección al despacho y de repente lo veo. A medida que me acerco, tengo claro que es… una escultura extraordinaria, realmente extraordinaria.

Sí, es increíble, pero también Nueva York es increíble, ¿sabes?

¿Cómo explicarte cómo me sentí? Supongo…, bueno…, en Nueva York puedes pasarte diez años intentando hacer algo sorprendente, algo que capte la esencia de una idea con tanta perfección que de repente el mundo sea diez veces más claro. Es bonito, tiene fuerza y alguien le ha dedicado gran parte de su vida. Las noticias lo comentan, todo el mundo dice «¡Es genial!», y al día siguiente lo olvidamos y prestamos atención a otra cosa absolutamente perfecta y sorprendente. Eso no implica que esas cosas no sean maravillosas y únicas… Es solo que hay un montón de gente haciendo cosas increíbles, así que acabas un poco harto.

Así me sentí cuando vi… un Transformer de tres metros de altura con una armadura de samurái, con su enorme pecho cilíndrico elevándose hacia el cielo, a un metro o un metro y medio por encima de mi cabeza. Estaba en medio de la acera, lleno de energía y de fuerza. Parecía que en cualquier momento iba a desviar su vacía y regia mirada hacia mí. Pero se quedó allí, en silencio y casi desdeñoso, como si el mundo no mereciera su atención. A la luz de la farola, el metal era un mosaico de un negro mate y plateado que reflejaba como un espejo. Y sin duda era metal…, no un cosplay de cartón pintado con espray. Estaba muy bien hecho. Me detuve unos cinco segundos, me estremecí tanto de frío como por contemplarlo, y luego seguí andando.

Y entonces me sentí gilipollas total.

Es decir, soy una artista que trabaja muy duro en algo que no tiene el menor interés para pagar un alquiler demasiado caro, así que puedo quedarme aquí, puedo quedarme inmersa en una de las culturas más creativas e influyentes del mundo. Aquí, en medio de la acera, hay una obra de arte que fue un proyecto importante, una instalación en la que seguramente el artista trabajó durante años para que la gente se detuviera, la mirara y la tuviera en cuenta. Y aquí estoy, tan endurecida por la vida de la gran ciudad y tan mentalmente agotada tras horas pulsando píxeles que ni siquiera echo un segundo vistazo a algo tan extraordinario.

Recuerdo ese momento con mucha claridad, así que supongo que lo comentaré. Volví a la escultura, me puse de puntillas y dije:

—¿Crees que debería llamar a Andy?

La escultura no hizo nada, por supuesto.

—Quédate ahí si te parece bien que llame a Andy.

Así que lo llamé.

Pero antes te contaré algunas cosas sobre Andy.

¿Has pasado por uno de esos momentos en que tu vida cambia y piensas: «No tengo la menor duda de que seguiré queriendo, valorando y relacionándome con todas las personas geniales con las que he pasado tantos años, aunque ahora mismo nuestras vidas son muy diferentes», pero lo que haces es borrarlas del Facebook porque no vas a volver a verlas en tu vida? Bueno, pues (hasta entonces) Andy, Maya y yo nos las habíamos arreglado para que no sucediera. Maya y yo porque vivíamos en los mismos cuarenta metros cuadrados. En cuanto a Andy, vivía en la otra punta de la ciudad, y no lo conocimos hasta el tercer año de carrera. En aquel momento, Maya y yo elegíamos casi las mismas asignaturas, porque, bueno, nos caíamos muy bien. Obviamente, queríamos estar en el mismo grupo cada vez que teníamos que hacer un trabajo en equipo. Pero el profesor Kennedy nos dividió en grupos de tres, lo que significaba que necesitábamos a otra persona. Por alguna razón cargamos con Andy (o probablemente, desde su punto de vista, él cargó con nosotras).

Yo conocía a Andy. Me daba la impresión de que era básicamente un tío más seguro de sí mismo de lo que debería. Era flaco, torpe y pálido como el papel. Suponía que había empezado a llevar aquel corte de pelo porque le había dicho al peluquero que quería que no pareciera que se había cortado el pelo. Pero siempre estaba de broma, y casi todas sus bromas eran divertidas o inteligentes.

El trabajo consistía en hacer el diseño completo de marca de un producto inventado. El empaquetado era opcional, pero teníamos que presentar varias opciones de logo y un libro de estilo (que es como un librito que explica cómo debe presentarse la marca, y qué fuentes tipográficas y colores se utilizarán en cada caso). Se daba más o menos por supuesto que se trataría de una empresa imaginaria, moderna y enrollada, que fabricaba pantalones vaqueros de comercio justo con bolsillos totalmente inútiles, o algo así. En realidad, casi siempre era una fábrica de cerveza imaginaria, porque éramos estudiantes universitarios. Pagábamos un pastón por cultivar nuestra afición a la cerveza y presumir de ello.

Y estoy segura de que ese habría sido el camino que Maya y yo habríamos tomado, pero Andy era tremendamente tozudo y se las arregló para convencernos de que diseñáramos una marca llamada Bubble Bum, un chicle con sabor asqueroso. Al principio sus argumentos eran tontos, decía que cuando nos graduáramos no haríamos mierdas guais, así que no debíamos tomarnos el trabajo tan en serio. Pero nos convenció cuando se puso serio.

—Mirad, chicas, es fácil hacer que algo guay parezca guay, por eso todos eligen cosas guais. Pero al final lo guay siempre es aburrido. ¿Y si conseguimos que una tontería parezca increíble? Algo imposible de comercializar, sorprendente. Eso sí que es un auténtico reto. Hay que tener talento. Demostremos que tenemos talento.

Lo recuerdo bien porque fue cuando me di cuenta de que Andy era más complejo de lo que parecía.

Cuando el trabajo estaba casi terminado, no podía evitar sentir que éramos algo mejores que nuestros compañeros de clase, que se tomaban tan en serio sus vaqueros ajustados y sus cervezas artesanas. Y el producto final quedó muy bien. Andy tenía —y yo lo sabía, pero no lo había catalogado como importante— un enorme talento como ilustrador, y con la habilidad tipográfica de Maya y mi trabajo con la paleta de colores, la verdad es que al final nos quedó muy bien.

Así fue como Maya y yo conocimos a Andy, y fue una suerte. Sinceramente, necesitábamos a una tercera persona para equilibrar la intensidad del principio de nuestra relación. Después del trabajo del Bubble Bum, que a Kennedy le gustó tanto que lo incluyó en la página web de la clase, nos convertimos en algo parecido a un trío. Incluso colaboramos en varios trabajos que nos encargaron, y de vez en cuando Andy venía a nuestro apartamento y nos obligaba a jugar a juegos de mesa. Y luego pasábamos la noche hablando de política, sueños o cosas que nos angustiaban. El hecho de que fuera obvio que estaba un poco enamorado de mí nunca nos importó, porque él sabía que yo tenía pareja y, bueno, no creo que Maya lo considerara una amenaza. Por alguna razón, nuestra dinámica no se había roto después de graduarnos y seguimos saliendo con el divertido, raro, inteligente y tonto Andy Skampt.

Al que ahora estaba llamando a las tres de la mañana.

—Joder, April, son las tres de la mañana.

—Hola, tengo algo que quizá te gustaría ver.

—Seguramente puede esperar a mañana.

—No, es genial. Trae la cámara… ¿y Jason tiene focos?

Jason era el compañero de piso de Andy. Los dos querían ser famosos en internet. Se emitían en directo jugando a videojuegos para un público muy reducido y tenían un podcast sobre las mejores escenas de muerte en televisión, que también filmaban y subían a YouTube. A mí, sencillamente me parecía la enfermedad incurable de tantos pijos, que, pese a las muchas evidencias en sentido contrario, creen que lo que de verdad necesita el mundo es otro podcast gracioso de un tío blanco. Suena duro, pero es lo que me parecía entonces. Ahora, por supuesto, sé lo fácil que es sentir que no importas si nadie te mira. Ahora también he escuchado Slainspotting, y la verdad es que es bastante gracioso.

—Espera…, ¿qué pasa? ¿Qué tengo que hacer? —me preguntó.

—Esto es lo que tienes que hacer: vas a venir al teatro Gramercy, vas a traer todos los trastos de filmar de Jason que puedas y no vas a arrepentirte, así que ni se te ocurra volver al juego de realidad virtual hentai al que estás jugando… Esto es mejor, te lo prometo.

—Eso lo dices tú, pero ¿has jugado a Cherry Blossom Fairy Five, April May? ¿Has jugado?

—Cuelgo… Tienes que estar aquí dentro de cinco minutos.

Colgué.

Mientras esperaba a Andy, pasaron varias personas que no eran él. Manhattan no es tan auténtico como antes, claro, pero Nueva York sigue siendo la ciudad que nunca duerme. También es la ciudad del «He aquí la tierra en la que cultivo las cosas que no me la traen floja. Posa tus ojos en ella y verás que es estéril». La gente echaba un rápido vistazo a la escultura y seguía andando, como yo había estado a punto de hacer. Intenté que pareciera que estaba haciendo algo. Manhattan es un lugar seguro, pero eso no significa que una chica de veintitrés años sola en la calle a las tres de la mañana no pueda ser acosada por cualquiera.

Entretanto, pude pasar unos minutos con la estructura. Manhattan nunca está del todo a oscuras, había mucha luz alrededor, pero las sombras y el tamaño de la escultura hacían que fuera difícil entender qué era realmente. Era enorme. Debía de pesar más de cien kilos. Me quité un guante y la toqué. Me sorprendió que el metal no estuviera frío. Tampoco exactamente caliente…, pero era duro. Le di un golpe en la pelvis y no oí el sonido agudo que esperaba. Fue más bien un ruido sordo seguido de un zumbido grave. Empecé a pensar que formaba parte de las intenciones del artista…, que el objetivo era que la gente de Nueva York interactuara con ese objeto…, que descubriera sus propiedades. Cuando vas a una escuela de arte, piensas mucho en objetivos e intenciones. Era la opción por defecto: véase arte → crítica de arte.

Al final, dejé de hacer crítica y me limité a contemplarla. Empezaba a gustarme mucho. No solo como la creación de otra persona, sino como de verdad gusta el buen arte…, disfrutando de él. Era muy diferente de lo que había visto. Y el hecho de que fuera un Transformer era valiente. O sea, a mí me habría aterrorizado hacer algo que representara visualmente algo parecido a un robot mecha… A nadie le gusta que lo comparen con algo tan popular y convencional. Es la peor suerte posible.

Pero en aquella pieza había mucho más. Parecía proceder de un lugar totalmente diferente al de todas las obras que había visto antes, esculturas o no. Estaba sumida en este tema cuando Andy me sacó de mis pensamientos.

—¿Qué cojones…?

Llevaba una mochila, tres cámaras colgando y dos trípodes en las manos.

—Sí —le contesté.

—¡Es increíble!

—Lo sé… Lo triste es que casi paso de largo. Pensé: «Bueno, otra mierda guay de Nueva York», y seguí andando. Pero se me ocurrió que no había oído ni visto nada al respecto, y como tú siempre andas buscando tu gran éxito viral, quizá querrías tener la primicia. Así que me he quedado vigilando.

—De modo que ves esta gran obra de arte, bonita y musculosa, y lo primero que piensas es en Andy Skampt… —Clavó los pulgares en su pecho huesudo.

—¡Ja, ja! —le dije sarcásticamente—. En realidad pensé que te haría un favor, y aquí está, así que podrías darme las gracias.

Me pasó el trípode, algo alicaído.

—Vale, pues empecemos a montar esta mierda. Pongámonos a trabajar antes de que el Channel 6 se deje caer por aquí y nos robe la primicia.

La cámara estuvo montada en cinco minutos, un foco conectado a una batería brillaba y Andy se sujetaba el micro a la solapa. No parecía tan tonto como en la escuela. Había dejado de ponerse estúpidas gorras de béisbol y había renunciado a sus cortes de pelo rebeldes (o sencillamente poco habituales) en favor de un corte ondulado que quedaba bien con la forma de su cara. Pero aunque era veinte centímetros más alto que yo y tenía casi mi misma edad, seguía pareciendo cinco años más joven que yo.

—April —me dijo.

—Dime.

—Creo que quizá deberías hacerlo tú.

Seguramente le contesté con un resoplido confuso.

—Quiero decir ponerte delante de la cámara.

—Tío, es tu sueño, no el mío. Yo no tengo ni puta idea de YouTube.

—Es que… Bueno…

Pensándolo ahora, creo que es posible, aunque no se lo pregunté, que pensara que aquello iba a ser importante. No tanto como resultó ser, por supuesto, pero importante.

—Oye, no creas que vas a ganarte mis favores haciéndome famosa en internet. Ni siquiera me interesa.

—Vale, pero no sabes utilizar la cámara.

Me di cuenta de que era una excusa, pero no entendí por qué.

—No tengo ni idea de qué he de hacer detrás de la cámara, pero tampoco delante. Jason y tú os pasáis el día hablando en internet. Yo apenas tengo Facebook.

—Tienes Instagram.

—Es diferente. —Sonreí.

—No tanto. Sé que cuidas lo que posteas. No engañas a nadie. April, eres una chica digital en un mundo digital. Todos sabemos actuar.

Dios bendiga a Andy por ser tan directo. Tenía razón, por supuesto. Yo intentaba no preocuparme por las redes sociales, y es cierto que prefería pasar el rato en galerías de arte que en Twitter. Pero no estaba tan desconectada como yo pretendía. Enfadarme con personajes de internet cuidadosamente diseñados era parte de mi cuidadosamente diseñado personaje de internet. Aun así, creo que los dos sabíamos que Andy estaba dando vueltas a un punto que no era al cien por cien el determinante.

—Andy, ¿de qué va este rollo?

—Es que... —Respiró hondo—. Creo que sería mejor para el artista que lo hicieras tú. Yo me conozco, siempre meto la gamba. La gente no va a tomarme en serio. Tú, con esa ropa y esos pómulos, pareces una artista. Parece que sabes de lo que hablas. Sabes de lo que hablas, y hablas bien. Si lo hago yo, parecerá una broma. Además, la has encontrado tú. Creo que lo lógico es que te pongas tú delante de la cámara.

A diferencia de la mayoría de los compañeros de clase que se habían graduado en diseño conmigo, yo pensaba mucho en artes plásticas. Si os preguntáis dónde está la diferencia, bueno, las artes plásticas son el arte que existe por sí mismo. Lo que hacen las artes plásticas son artes plásticas. El diseño es arte que hace otra cosa. Es más bien ingeniería visual. Yo empecé la carrera centrándome en las artes plásticas, pero hacia el final del primer trimestre decidí que quizá estaría bien encontrar trabajo algún día. Así que me pasé a publicidad, que odiaba, de modo que cambié un montón de veces más hasta que cedí y me metí en diseño. Pero aun así dedicaba mucho más tiempo y energía a la escena artística de Manhattan que cualquiera de mis amigos de la especialidad de diseño. En parte por eso deseaba desesperadamente quedarme en la ciudad. Puede parecer una chorrada, pero el mero hecho de ser una veinteañera en Nueva York hacía que me sintiera importante. Aunque no me dedicaba al arte, al menos en la ciudad me iba bien, muy lejos del negocio de suministros lácteos de mis padres.

Al final, Andy no parecía darse por vencido y decidí que en realidad no era tan importante. Así que me metí el micro por debajo de la camisa… El cuerpo de Andy había calentado el cable. La luz me cegaba y apenas veía el objetivo. Hacía frío, soplaba la brisa y estábamos solos en la acera.

—¿Lista? —me preguntó.

—Dame ese micro —le dije señalando una bolsa abierta en el suelo.

—El lav que llevas está encendido. No lo necesitas.

No sabía de qué me estaba hablando, pero entendí lo que quería decir.

—No, es como atrezo…, así puedo… entrevistarlo.

—Ah, genial…

Me pasó el micro.

—Lista —le dije.

—Vale, estoy grabando.

2

—Vale, estoy grabando.

Has oído a Andy diciendo estas palabras… si eres humano y has estado alguna vez lo bastante cerca de una conexión a internet para oírlas. Tanto si hablas inglés como si no. Tanto si alguna vez en tu vida has tenido un dispositivo electrónico como si no. Tanto si eres un multimillonario chino como si eres un ganadero de ovejas neozelandés, las has oído. Los rebeldes de Nepal las han oído. Es el vídeo más visto de todos los tiempos. Tiene más visualizaciones que personas hay en la Tierra. Google calcula que el noventa y cuatro por ciento de las personas vivas han visto El Carl de Nueva York. Y a estas alturas, supongo que también gran cantidad de personas muertas.

Después de que Andy editara el vídeo…, lo que teníamos era más o menos esto:

Soy un desastre. Llevo veintidós horas sin dormir. Apenas voy maquillada y el código de vestimenta en el trabajo era básicamente «cualquier cosa que parezca que te preocupa poco», así que llevo una sudadera, una cazadora tejana encima y pantalones tejanos con agujeros en las rodillas, lo que no me ayuda a entrar en calor. Llevo el pelo suelto, el foco me deslumbra e intento no cerrar los ojos, pero aun así no estoy tan mal. Quizá he visto el vídeo tantas veces que ya no me da vergüenza. Tengo los ojos tan oscuros que parecen todo pupila, aunque no hace sol. Mis dientes brillan a la luz del foco led de Jason. Por alguna razón, parezco contenta. Debe de ser que estoy aturdida por la falta de sueño. Tengo la voz ronca.

—¡Hola! Soy April May, y estoy entre la calle Veintitrés y la avenida Lexington con un visitante inesperado y peculiar. En algún momento antes de las tres de la mañana de hoy, ha aparecido delante del Chipotle Mexican Grill, al lado del teatro Gramercy, como un antiguo guerrero de una civilización desconocida. Su gélida mirada tiene algo de reconfortante, en plan: «Mira, ninguno de nosotros entiende su vida…, ni siquiera este guerrero de metal de tres metros. ¿La vida te abruma? No te preocupes…, ¡eres insignificante!». ¿Me siento más segura con él vigilando? ¡No! Pero quizá la seguridad no tiene nada que ver con todo esto.

Mientras digo estas palabras, una pareja camino de vuelta a casa tras una larga noche pasa por al lado y mira por encima del hombro más a la cámara que al gigantesco y extraño robot.

El ángulo de la cámara cambia bruscamente. (Después de unos segundos en los que yo balbuceé sin saber qué decir, como una idiota, y Andy me aseguró que al editar el vídeo cortaría las partes en las que pareciera idiota.)

—¡Se llama Carl! Hola, Carl.

Aquí acerco el micrófono falso a Carl… poniéndome de puntillas. Soy baja, uno cincuenta y ocho, lo que hace que Carl parezca aún más grande de lo que es. Carl no dice nada.

—Un robot de pocas palabras, pero tu aspecto dice mucho.

Otro corte. Ahora estoy mirando a la cámara.

—Carl, inmóvil, sólido y curiosamente cálido al tacto, un robot de tres metros de altura que al parecer a los neoyorquinos no les resulta muy interesante.

Corte.

—¿Qué creen que es? ¿Una instalación artística? ¿Un proyecto personal expulsado de su casa junto con un inquilino insolvente? ¿Un atrezo olvidado de una película que han filmado por aquí? ¿La ciudad que nunca duerme se ha convertido en una ciudad demasiado guay para fijarse en los sucesos más extraños y sorprendentes? ¡No, esperad! Un chico se ha parado a mirar, vamos a preguntarle qué le parece.

Corte.

Ahora comparto el micrófono falso con Andy.

—¿Y tú eres…?

—Andy Skampt.

Andy parece más nervioso que yo.

—¿Confirmas que hay un robot de tres metros delante del Chipotle?

—Sí.

—¿Y confirmas que no es normal?

—Ja, ja.

—¿Qué crees que significa?

—No lo sé, la verdad. Ahora que lo pienso, Carl me da mucho miedo.

—Gracias, Andy.

Corte.

—Y aquí lo tenéis, ciudadanos del mundo. Un robot gigante, majestuoso, aterrador y ligeramente caliente ha llegado a la ciudad de Nueva York y, como no hace nada, el interés que suscita se reduce a un vídeo de un minuto.

Mientras digo estas palabras se ven primeros planos del robot, su inmovilidad se llena de movimiento y su energía brilla por debajo de la superficie.

Durante todo el tiempo que pasé delante de la cámara, pensaba en la artista. Una compañera creadora que había volcado su alma en algo realmente extraordinario que podía pasar inadvertido para todo el mundo. Intentaba ponerme en su piel. Intentaba entender por qué había creado algo así y al mismo tiempo increpaba al mundo por su insensible ignorancia de la belleza y la forma. ¡Llamando a todos los neoyorquinos! ¡Apreciad lo guay que puede ser la mierda! Quería que la gente despertara y dedicara un momento a mirar lo excepcionalmente sorprendente que puede ser la creación humana. A posteriori, me parece muy gracioso.

—¿Tan bueno es?

—Sí, genial, fantástico, estás monísima, eres inteligente, e internet va a adorarte.

—Vaya, lo que siempre he querido —le contesté, sarcástica—. De repente estoy muy cansada.

—Sí, bueno, es lógico. ¿Por qué no te has ido aún a dormir?

—¿Aparte de por el robot gigante? Ya sabes, otro día más que me toca arrimar el hombro.

—Al menos tienes trabajo.

Andy estaba intentando trabajar por su cuenta, que es lo que haces cuando no tienes que preocuparte por pagar los préstamos estudiantiles porque tu padre es un abogado de Hollywood que está forrado.

Y así dejamos de hablar de Carl. Andy grabó varios primeros planos mientras yo me quejaba del trabajo, y él me hablaba de un nuevo cliente que quería que su logo pareciera más «digital». Incluso me subí a hombros de Andy para acercarme al máximo a la cara del robot e intenté que la cámara no se moviera mientras grababa tomas de relleno. Pero hablando del trabajo y de la vida nos dieron casi las cuatro de la mañana.

—Bueno, ha sido supercurioso, April May. Gracias por haberme llamado en plena noche para hacer un vídeo de un robot contigo.

—Gracias a ti por venir, y no, no voy contigo a ver cómo editas el vídeo. Me voy a la cama. Si me llamas antes de las doce, te clavaré en esa cosa puntiaguda que Carl lleva en la cabeza.

—Ha sido un placer, como siempre.

—Nos vemos mañana.

De vuelta a casa, en el metro, silencié el móvil. Aquella fue seguramente la noche que mejor dormí hasta después de morir.

3

Me desperté a las dos de la tarde. Ni siquiera me había despertado cuando Maya se había levantado de la cama. Dio unos golpecitos a la puerta mientras la abría, lo que me molestó un poco y a la vez me pareció entrañable. Me traía una taza de café. La habitación estaba, para mi gusto, agradablemente desordenada. Un par de prendas de ropa en el suelo, demasiadas tazas en la mesa y demasiados libros en las mesitas de noche.

No entiendo a los que siempre lo tienen todo limpio. Es mucho más eficaz hacer limpieza a fondo de vez en cuando que mantenerlo todo limpio constantemente. Además, a mi cabeza le gusta el desorden. Es casi como si tuviera que desordenar el mundo que me rodea para ordenar mi arte y mis ideas. Simplicidad en el diseño, y un completo desastre en todo lo demás. Toda una filosofía de vida. Por supuesto, Maya impedía que me fuera de madre.

Ella era mucho más organizada que yo, aunque ninguna de las dos éramos maniáticas de la limpieza, lo que ayudaba a que vivir juntas funcionara. Era evidente que ya hacía horas que estaba levantada; llevaba los rizos recogidos de una forma que me pareció mágica. Eso quería decir que iba a hacer algo importante después. Probablemente me lo había contado, pero si había sido así, yo no lo recordaba. ¿Quizá reunirse con un cliente? Era la única que había conseguido trabajo en una empresa de diseño de verdad. No le pagaban mucho, pero ya había metido un pie. Estaba ya maquillada.

Además de administrar el apartamento mejor que yo, también administraba mucho mejor que yo la relación. Todas las rarezas de la relación eran cosa mía. La frenaba delibera­damente cuando ella quería hablar de cosas serias. Si no hubiera sido por mis problemas, nos habríamos ido a «vivir juntas» mucho antes.

—Te traigo un café —dijo en voz baja, por si acaso aún no me había despertado.

—Con los años que llevamos viviendo juntas, ¿aún no te has dado cuenta de que no bebo café?

—No es verdad. —Lo dejó en mi mesita de noche—. Solo bebes café los días muy muy malos.

Se sentó a un lado de la cama. Me giré hacia ella con expresión interrogante.

—April, lo del robot me parece un poco raro.

—¿Sabes lo de Carl?

—¿Por qué le has puesto esa mierda de nombre? —me preguntó, enfadada.

—Sabes lo de Carl. —Ya no era una pregunta.

—Sé lo de Carl…

—¿Andy ha estado fastidiándote? —La interrumpí, mosqueada porque Andy no hubiera podido esperar a la mañana siguiente. Mejor dicho, a la tarde siguiente.

—No me interrumpas, te he dejado dormir —me dijo—. Andy lleva todo el día llamando, se ha vuelto loco y quiere que mires tu correo. Encontrarás varias cosas importantes que leer, incluidos varios mensajes de cadenas locales de noticias, de agentes y de varios mánager. No creo que quieras pasarlos por alto, pero tampoco creo que merezca la pena correr.

Maya era la persona más elocuente que conocía. Era como si escribiera ensayos mentalmente y luego los recitara palabra por palabra. Una vez me explicó que creía que se debía a que era negra en Estados Unidos.

—A todo negro que pasa tiempo con muchos blancos acaban pidiéndole que hable en nombre de todos los negros —me contó una noche cuando ya era muy tarde para seguir con la conversación—, y lo odio. Es una tontería. Y cada uno responde a esa idiotez como quiera. Pero yo me ponía tan nerviosa que acabé teniendo mucho cuidado con lo que decía, porque por supuesto no represento a todos los negros, pero si la gente piensa que sí, siento la responsabilidad de intentar hacerlo bien.

Yo nunca sabía qué decir cuando me contaba esas cosas. Soy blanca y crecí en un entorno muy blanco. Así que le dije lo que me habían dicho que debe decirse en este tipo de situaciones:

—Debe de haber sido muy duro.

—Sí —me contestó—. Todo el mundo pasa por cosas duras. Gracias.

—Bueno, espero que no sientas que tienes que representar a todos los negros conmigo —le dije—, ni que tengas que estar alerta todo el tiempo.

—No, April. —E hizo una larga pausa—. Contigo estoy alerta por otras razones.

Me dio miedo preguntarle a qué se refería, así que le di un beso y nos fuimos a dormir.

En cualquier caso, el hecho de que Maya hablara tan bien era muy útil para nuestra relación, que subconscientemente yo colocaba en el límite entre lo informal y lo serio. Ella era capaz de hablar con los ojos y con el cuerpo, pero solía preferir la boca. A mí no me importaba.

—Maya. —Es todo lo que conseguí decir antes de que ella apoyara suavemente el índice en mis labios—. Ah, ¿vamos a echar un polvo? —le pregunté, con su dedo aún en mis labios.

—No. Vas a beberte el café, vas a abrir tu correo y no vas a volver a hablar conmigo ni con nadie hasta que te hayas cepillado los dientes, porque te huele la boca como si tuvieras billones de microrganismos. Me he llevado tu móvil. Te lo devolveré cuando hayas acabado con el correo.

Se levantó de la cama sin haberme dado siquiera un beso.

—Pero…

Su voz cubrió la mía de camino a la puerta.

—¡Cá­llate ya! ¡Lee!

Y la cerró.

Diez minutos después me había refrescado un poco y estaba sentada en la cama con el portátil. Los mensajes leídos eran azules, y los mensajes no leídos blancos… En «Importantes y no leídos» había cinco páginas de mensajes. No sabía qué hacer, así que busqué «andyskampt@gmail.com», y eso despejó las cosas rápidamente. Uno de los quince mensajes que me había mandado se titulaba: «lee este primero», y otro se titulaba: «lee este en segundo lugar», y otro, más reciente, se titulaba: «¡no! ¡este! ¡lee este primero!».

Aquí están, copiados y pegados directamente de mi bandeja de entrada.

¡NO! ¡ESTE! ¡LEE ESTE PRIMERO!

Lamento que parezca que todos los e-mails que te he mandado hoy los he escrito en un ataque de locura. Valoro nuestra amistad. Intentemos no perderlo de vista.

Andy

LEE ESTE PRIMERO

Vale, pues ya. Voy a hacerte un rápido resumen de lo que ha pasado en las últimas seis horas. Incluyo aquí todo lo que no son conjeturas. Carl no ha aparecido solo en Nueva York. Hay uno en casi todas las ciudades del mundo. Hay al menos sesenta Carls, están apareciendo fotos de Carls por todas partes, de Pekín a Buenos Aires. La gente se los encuentra, como nosotros, y cuelga fotos y vídeos en las redes sociales, aunque por alguna razón el nuestro está arrasando. Debe de ser algún proyecto internacional de arte urbano, y básicamente tú (¿nosotros?) tuviste la primicia. Todos han aparecido sin que nadie haya visto quién los ha instalado y no encuentran imágenes de cámaras de vigilancia. Estoy seguro de que al final las encontrarán, pero aún no tienen nada.

Todo el mundo los llama Carls porque no sabían cómo llamarlos. No hay una declaración del artista pegada a la acera, junto a ellos. Están reproduciendo nuestro vídeo en las noticias (sin permiso, por cierto). Varias agencias de noticias se han puesto en contacto conmigo para hablar del tema. ¡El vídeo tiene ya más de un millón de visitas! ¡La gente te adora!

No leas los comentarios.

He vuelto a Carl con una cámara mejor para filmar con luz diurna. He llegado antes que la multitud, pero ahora es una locura. ¡Es una puta atracción turística!

No he dormido desde que me llamaste. Me siento como si un cachorrillo de perro estuviera comiéndome los ojos por dentro.

Andy

LEE ESTE EN SEGUNDO LUGAR

Oye, ¿sabías que mi padre es abogado? Mmm…, es raro, pero «nuestro» vídeo ya tiene un millón de visitas, está generando dinero y tenemos que pensar en cómo repartirlo.

Pero como no creo que haya manera de saber exactamente qué ha hecho cada uno de nosotros, y seguro que ninguno de los dos lo habría hecho si no fuera por el otro, te propongo que nos repartamos la propiedad intelectual del vídeo al cincuenta por ciento. También me gustaría proponerte que nos repartamos al cincuenta por ciento la propiedad intelectual de mi canal de YouTube Skamper2001, nombre que le puse cuando tenía once años y que lamentaré toda mi vida. Última propuesta: deberíamos trabajar juntos en futuros vídeos de Carl(s), pero ya lo hablaremos luego.

Le he pedido a mi padre que redactara un contrato que diga que cada uno es propietario del cincuenta por ciento del vídeo y que le corresponde el cincuenta por ciento de los ingresos que genere. Básicamente implica también que no puedo hacer nada con el contenido sin tu aprobación, y que tú no puedes hacer nada sin la mía. Sé que es una tontería, pero mi padre es abogado, y a esto se dedican los abogados. También me ha pedido que te proponga que él sea tu abogado cuando demandemos a las principales cadenas por haber utilizado nuestro vídeo sin permiso. Le he dicho que no se precipitara, y se ha calmado un poco.

Para que lo sepas, hasta ahora el vídeo ha generado unos 2.000 dólares. Así que básicamente somos ric ...