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ALLENDE INéDITO

Patricia Espejo Brain  

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Fragmento

Prefacio

Hay muchos que preguntarán por qué después de tantos años he decidido contar mi historia. Y es cierto, ha pasado mucho tiempo en el cual jamás dije quién era, lo que había hecho y la razón por la que estuve más de veinte años en el exilio.

Tal vez la respuesta tenga que ver con mi formación, acostumbrada a no preguntar nada más allá de lo que se me decía, acostumbrada a trabajar de forma compartimentada, y a mantener un perfil bajo.

Pero esto terminó el día en que la senadora Isabel Allende fue entrevistada por el diario El Mundo de España, donde contó que aquel 11 de septiembre de 1973 fui yo quien le avisó: «Isabel vete a La Moneda, que hay golpe de Estado».1

Desde entonces he dado entrevistas, he apoyado a investigadores, documentalistas, escritores y a gente interesada en saber acerca del gobierno de la Unidad Popular y, sobre todo, de Salvador Allende.

Varios compañeros me incentivaban a escribir lo que viví en esos mil días inolvidables para mí, aquella época que me marcó para siempre y que estará conmigo hasta que el destino diga otra cosa.

Mi gran amigo Víctor Pey,2 compañero y cómplice, tan querido y respetado, me insistió en muchas ocasiones en que ya era el momento, porque pasaban los años y muchos de los protagonistas y testigos de ese tiempo, aquellos que estuvieron más cerca del presidente Allende, habían partido.

De la Secretaría Privada solo dos estamos aún vivas: Isabel Jaramillo, que estuvo poco tiempo trabajando con nosotros y que actualmente vive en Bruselas, y yo. De los médicos más allegados, están Óscar Soto —quien vive en España— y Hernán Ruiz Pulido. Y de los compañeros del Grupo de Amigos Personales (GAP), muchos fueron asesinados, desaparecidos o salieron al exilio y aún permanecen fuera del país.

Con Víctor compartimos muchos años del exilio en Venezuela. Tanto allá como en Chile después de mi regreso, nos veíamos y llamábamos casi a diario. Incluso en Santiago vivíamos en calles contiguas, y nos saludábamos desde las ventanas.

Ya de vuelta en Chile, un día me dijo: «Juntémonos el jueves y veamos cómo hacerlo». Quería que trabajáramos juntos en recuperar de algún modo la memoria de ese triunfo vivido hacía ya cincuenta años, de la llegada de Allende a La Moneda y de esos mil días de la Unidad Popular.

Me asusté. Me pregunté quién era yo para hablar de Allende, pero lo cierto es que con Víctor siempre estuvimos muy cerca del Doctor, demostrándole nuestra total lealtad.

Ese día en que habíamos quedado de reunirnos, sonó el teléfono: «Soy yo, Víctor, fíjate que me enredé con una silla y estoy un poco adolorido, dejémoslo mejor para el próximo lunes».

Llegó la ansiada nueva fecha, yo ya me había hecho la idea de hablar de nuestros recuerdos vividos junto al presidente. Cuando estaba por salir, sonó el teléfono. Era el doctor Hernán Ruiz Pulido.3 Me extrañó, y entonces me dijo con voz suave: «Chica, Víctor acaba de morir».

Me tuve que sentar, porque pensé que me iba a caer. Sentí que algo extraño me nublaba la mente, ¡no podía ser verdad! Llamé a su casa y me contestó su nieta, quien me lo confirmó: «Sí, es verdad». No tuve palabras y colgué; no podía asumirlo, lloré mucho y estuve con una pena inmensa. Perdí al amigo, al que me escuchó siempre cuando la vida se hacía difícil; él era para mí esa persona a la que le cuentas todo y a la que le pides consejo.

Me fui a la Casa Michoacán en La Reina,4 porque quería verlo, pero aún no había llegado. Lo esperé y, entre lágrimas y en silencio, le dije: «Te prometo que contaré lo vivido».

Y aquí estoy, recordando. A veces triste y otras veces sonriente cuando pienso que tuve la suerte de compartir día a día con mi presidente, Salvador Allende.

Hay que decir que este relato no es un análisis político de la época, sino solo una mirada humana, íntima, amigable y leal de lo que vi durante esa parte de la historia de nuestro pa

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