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AMISTAD DE JUVENTUD

Alice Munro  

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Fragmento

Amistad de juventud

Con mi agradecimiento para R.J.T.

Soñaba a menudo con mi madre y, aunque los detalles del sueño variaban, la sorpresa era siempre la misma. El sueño se detenía, supongo que porque era demasiado transparente en su esperanza, demasiado complaciente en su perdón.

En el sueño, yo tenía mi edad real, vivía la vida que estaba viviendo realmente, y descubría que mi madre vivía todavía. (El hecho es que ella murió cuando yo tenía veintipocos años y ella cincuenta y pocos.) A veces me encontraba en nuestra vieja cocina, donde mi madre estaba extendiendo una masa de pastel sobre la mesa, o lavando los platos en el maltrecho fregadero de color crema y borde rojo. Pero otras veces me la encontraba por la calle, en lugares donde nunca habría esperado verla. Podía ir andando por el vestíbulo de un hotel elegante, o estar haciendo cola en un aeropuerto. Se la veía bastante bien, no del todo joven, no totalmente a salvo de la enfermedad paralizante que la tuvo en sus garras durante una década o más antes de morir, pero mucho mejor de como yo la recordaba, lo cual me dejaba asombrada. «Oh, solo tengo este ligero temblor en el brazo —decía—, y algo de rigidez en este lado de la cara. Es una molestia, pero puedo moverme.»

Recuperaba entonces lo que en la vida consciente había perdido: la vivacidad del rostro de mi madre y su voz, antes de que los músculos de la garganta se le pusieran rígidos y una máscara afligida, impersonal se le fijase a los rasgos. ¿Cómo podía haber olvidado, pensaba yo en mi sueño, el humor despreocupado que tenía, no irónico, sino alegre, su liviandad, su impaciencia, su confianza? Yo le decía que sentía no haberla ido a ver en tanto tiempo, sin que eso quisiera decir que me sintiera culpable, sino que sentía haber guardado un fantasma en mi mente en lugar de aquella realidad..., y lo más extraño, la cosa más tierna de todas, era su desapasionada respuesta.

«Bueno —decía—, es mejor tarde que nunca. Estaba segura de que te vería algún día.»

Cuando mi madre era una mujer joven, de cara suave y traviesa, que llevaba medias de seda opacas en las piernas rollizas —he visto una fotografía suya, con sus alumnos—, fue a dar clases a una escuela que solo tenía un aula, la Escuela Grieves, en el valle de Ottawa. La escuela estaba en una parte de la granja que pertenecía a la familia Grieves, una granja muy buena para aquella región. Terrenos bien desecados, sin piedras precámbricas que emergieran del suelo, con un riachuelo bordeado de sauces que corría a su vera, una arboleda de arces de azúcar, establos de troncos y una casa grande y sin adornos, cuyas paredes de madera nunca habían sido pintadas, sino dejadas a merced del tiempo. «Y cuando la madera sufre la acción de la intemperie en el valle de Ottawa —decía mi madre—, no sé por qué, pero nunca se vuelve gris, se vuelve negra. Debe de ser algo del aire», decía. Hablaba a menudo del valle de Ottawa, que era donde había nacido —se había criado a unos treinta kilómetros de la Escuela Grieves—, de una manera dogmática y desconcertante, recalcando cosas del valle que lo distinguían de cualquier otro lugar del mundo. Las casas se vuelven negras, el jarabe de arce tiene un sabor que ningún otro jarabe de arce producido en otra parte puede igualar, los osos deambulan a la vista de las granjas. Por supuesto, me quedé decepcionada cuando finalmente fui a ver ese lugar. No era en absoluto un valle, si por eso se entiende una hendedura entre colinas; era una mezcla de campos llanos y peñascos bajos, de matorral denso y pequeños lagos; una región mezclada desordenadamente, sin armonía natural y que no se rendía fácilmente a descripción alguna.

Los establos de troncos y la casa sin pintar, bastante comunes en las granjas pobres, no eran un signo de pobreza en el caso de los Grieves, sino de costumbre. Eso fue lo que la gente le dijo a mi madre. Los Grieves trabajaban mucho y estaban lejos de ser ignorantes, pero estaban muy atrasados. No tenían ni coche, ni electricidad, ni teléfono, ni tractor. Algunas personas pensaban que se debía a que eran cameronianos: eran los únicos de esa religión en el distrito escolar, pero de hecho su iglesia (que ellos llamaban siempre Iglesia presbiteriana reformada) no prohibía ni motores, ni electricidad, ni invención alguna de esa clase, solo jugar a las cartas, bailar, ver películas y, los domingos, cualquier actividad que no fuese religiosa o ineludible.

Mi madre no sabía quiénes eran los cameronianos ni por qué se les llamaba así. Alguna religión rara de Escocia, decía desde el pedestal de su obediente y despreocupado anglicanismo. La maestra siempre se hospedaba con los Grieves y mi madre estaba algo atemorizada ante la idea de ir a vivir en aquella casa de madera negra, con sus domingos paralizados, sus lámparas de parafina y sus ideas primitivas. Pero para entonces estaba prometida y quería trabajar en su ajuar en lugar de dar vueltas por la región divirtiéndose, y pensaba que podría ir a su casa un domingo de cada tres. (Los domingos, en casa de los Grieves, se podía encender un fuego para calentarse, pero no para cocinar, ni siquiera se podía poner a hervir el agua para hacer té, y se suponía que no se podía escribir cartas ni matar una mosca. Pero resultó que mi madre estaba libre de esas normas. «No, no —decía Flora Grieves, riéndose de ella—. Eso no te afecta a ti. Tú sigue haciendo lo que acostumbras hacer.» Y al poco mi madre se había hecho tan amiga de Flora que ni siquiera iba a su casa los domingos que tenía pensado ir.)

Flora y Ellie Grieves eran las dos hermanas que quedaban de la familia. Ellie estaba casada con un hombre llamado Robert Deal, que vivía allí y trabajaba la granja, la cual no había cambiado su nombre por el de Deal en la mente de nadie. Por la manera en que la gente hablaba, mi madre pensaba que las hermanas Grieves y Robert Deal debían de ser al menos de mediana edad, pero Ellie, la hermana más joven, solo tenía unos treinta años, y Flora era siete u ocho años mayor. Robert Deal podría estar en medio de las dos.

La casa estaba dividida de un modo sorprendente. El matrimonio no vivía con Flora. Cuando se casaron, ella les cedió el salón y el comedor, las habitaciones delanteras, la escalera y la cocina de invierno. No hubo necesidad de decidir sobre el cuarto de baño, porque no había. Flora tenía la cocina de verano, con sus cabrios abiertos y sus paredes de ladrillo descubierto, la antigua despensa convertida en un estrecho comedor y las dos habitaciones traseras, una de las cuales era la de mi madre. La maestra se alojaba con Flora, en la parte más pobre de la casa, pero a mi madre no le importó. Prefirió de inmediato a Flora y su jovialidad al silencio y la atmósfera de cuarto de enfermo de las habitaciones delanteras. En el territorio de Flora ni siquiera era cierto que todas las diversiones estuviesen prohibidas. Tenía un tablero de crokinole y enseñó a mi madre cómo se jugaba.

La división se hizo, desde luego, esperando que Robert y Ellie tuvieran familia y que necesitasen la habitación. Pero esto no había sucedido. Hacía más de una docena de años que se habían casado y ninguno de sus hijos sobrevivió. Una y otra vez, Ellie se había quedado embarazada, pero dos bebés nacieron muertos y el resto fueron abortos. Durante el primer año de estancia de mi madre, Ellie parecía guardar cama más a menudo, y mi madre pensó que debía de estar embarazada de nuevo, pero nada se dijo al respecto. Una gente así no lo mencionaría. No se podía saber por el aspecto de Ellie cuando se levantaba y paseaba, porque mostraba una figura ancha y estropeada, aunque de pecho caído. Olía a lecho de enfermo y, igual que un niño, se impacientaba por todo. Flora la cuidaba y hacía todo el trabajo. Lavaba la ropa, arreglaba las habitaciones y preparaba la comida que se servía a ambos lados de la casa, además de ayudar a Robert a ordeñar y desnatar. Se levantaba antes del amanecer y nunca parecía cansarse. Durante la primera primavera que mi madre estuvo allí se emprendió una limpieza a fondo de la casa. Flora se subió sola a las escaleras, bajó las contraventanas, las limpió y las guardó, llevó todo el mobiliario de una habitación a otra para poder restregar el enmaderado y barnizar los suelos. Lavó todos los platos y los vasos que había en los aparadores, supuestamente limpios. Escaldó todos los potes y las cucharas. La poseían tal urgencia y energía que apenas podía dormir: a mi madre la despertaba el sonido de los tubos de la chimenea cuando los desmontaba o el de la escoba envuelta en un paño de cocina, con la que golpeaba las ahumadas telarañas. A través de las limpias ventanas sin c

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