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ANNA KARéNINA

Lev Tolstói  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

DOS CLASES DE COMPRENSIÓN HUMANA

Y LA VOZ NARRATIVA EN ANNA KARÉNINA

Llaman la atención varios aspectos de Anna Karénina que pueden parecer inconsistentes o incluso contradictorios. Por un lado, existen muchos indicios de lo que podríamos calificar de actos de la razón y la voluntad. Tolstói usa un gran número de expresiones que señalan relaciones lógicas. Las conjunciones causales y las enumeraciones son muy comunes, y abundan las referencias a que los personajes «comprenden» algo. Con frecuencia, estos cumplen su voluntad; planean, calculan. Hacia el final, Anna observa sus experiencias a través de una «luz radiante», una de las imágenes tradicionales de la comprensión; mediante una serie de metáforas entrelazadas, su vida se compara a una vela.

Por otro lado, sin embargo, muchos pasajes apuntan lo opuesto: personajes que confían, con buenos resultados, en su intuición e instinto, seres humanos incapaces de llevar a término su voluntad; actos involuntarios o incluso en contra de lo que ellos habían planeado. De hecho, los actos más verdaderos y significantes se realizan a veces irracionalmente. Los puntos de inflexión giran en torno a lo repentino, lo inmediato, lo inesperado, y no a lo racional o a la voluntad.

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La tesis de la presente introducción propone que la presencia de estos dos grupos de elementos en Anna Karénina está conectada con el interés central de Tolstói en la novela: su preocupación por la relación entre la razón y la sinrazón. La interacción de estas dos ideas y su postura respecto a ellas constituyen las claves para la comprensión del punto de vista del autor sobre la condición humana en general, y sobre el dilema de Anna y Vronski en particular. Si estudiáramos cómo Tolstói presenta las antítesis claridad frente a no claridad, o caminos verbales y lógicos frente a caminos intuitivos y no intelectuales como modo de alcanzar la comprensión, daríamos con las distinciones en que se fundamenta esta novela.

Algunos de los aspectos que centrarán nuestra atención no son exclusivos de Anna Karénina, la mayoría son propios de la perspectiva y el estilo narrativo de su autor. Otros, sin embargo, o bien se encuentran más pronunciados en Anna Karénina que en otras obras, o bien aparecen solo en esta. No los examinaremos todos con el mismo grado de minuciosidad, pues algunos nos interesará únicamente mencionarlos, no analizarlos. Esta introducción propone, sobre todo, buscar una conexión entre ellos y, en definitiva, analizar una de las relaciones (sceplenie) de las cuales hablaba el mismo Tolstói y en la que quería que los críticos dirigieran su atención:

En todo lo que he escrito, o casi todo, me he guiado, para poder expresarme, por la necesidad de enlazar pensamientos interrelacionados; pero cada uno de ellos expresado por separado con palabras pierde su significado, y queda terriblemente degradado al ser excluido de la interrelación a la que pertenece. Esta interrelación no se produce a través del pensamiento (creo), sino de algo más, y expresar con palabras y de forma inmediata en qué se basa esta interrelación no es posible de ninguna manera, solo se puede hacer de forma indirecta, describirla con palabras, imágenes, acciones, situaciones.

[…]

Necesitamos gente que demuestre que perseguir ideas no relacionadas en una obra de arte es un sinsentido, alguien que vaya guiando a los lectores en ese laberinto infinito de interrelaciones que conforman la esencia del arte, y en las leyes en que se basa esta interrelación.

Por lo tanto, no analizaremos los grandes temas que en general han preocupado a los críticos y académicos que han escrito sobre Tolstói: la forma en que va entretejiendo las dos tramas principales de la novela, la de Anna y Vronski y la de Lievin y Kiti; el problema de su postura respecto a la destrucción de Anna y la relevancia del epígrafe «Mía es la venganza, y yo recompensaré»; la división entre los distintos estratos sociales, elaborados y definidos con gran minuciosidad, los ámbitos campo y ciudad, la vida de los distintos estamentos en las dos capitales; el curso trágico de la evolución de Anna y de su amor con Vronski. En su lugar, desarrollaremos nuestro tema considerando siete aspectos de Anna Karénina que pueden estar relacionados con una cualidad fundamental, y hasta ahora no lo bastante reconocida, del método artístico de Tolstói.

1. La lengua en esta novela es rica en estructuras sintácticas que sugieren que la experiencia humana puede organizarse de forma clara y precisa, ordenarse y arreglarse con celo, como un jardín clásico francés. Hay un gran número de conjunciones causales. «Potomu to» es especialmente común. Podemos encontrar varias enumeraciones, listas de uno, dos, tres elementos, divisiones en subcategorías. Los lectores de Tolstói a menudo quedan impresionados por lo que se suele denominar la claridad de su estilo. Se ha comentado su procedimiento narrativo directo y sencillo, que podríamos llamar transparente. El de Anna Karénina no es en realidad un mundo de orden y causalidad, pero ahora debemos fijar la atención en la marcada apariencia de estructura e inteligibilidad que se desprende de la novela, al menos de forma superficial, y considerar un conjunto de causas que producen esta impresión: la profusión de conjunciones, sucesiones y conectores («nesmotrja na to», «xotja», «tak kak», «ne potomu-no potomu», «poètomu»).

2. Relacionada con el primer punto, encontramos la palabra «comprender» («ponjat’»), que no solo aparece con frecuencia sino también de forma enfática: «Vronski, comprendiendo [...] que Anna se encontraba en buena disposición de ánimo», o «Vronski comprendió que Goleníschev había elegido una actividad liberal e intelectual y que, por consiguiente [poètomu] [...]». (En las dos o tres páginas siguientes, «comprendió» aparece varias veces más.) Esta proliferación del término «comprender» puede que quiera ir más allá, dar la sensación de un mundo claro e inteligible, que la vida es una experiencia que se puede dominar, diseccionar, analizar y organizar. Sin embargo, debemos ser cautelosos, pues también encontramos otros elementos que señalan hacia una dirección diametralmente opuesta al argumento que hemos expuesto hasta ahora. «Ponjat’» a menudo aparece en su forma negativa, «ne ponjal», lo que apunta a lo contrario de lo que hemos descrito. Casi siempre que en la novela se dice que él o ella «no había comprendido», «no podía comprender», se genera una impresión de ignorancia humana, del mundo que queda más allá del simple entendimiento del hombre.

3. Tolstói conecta el asunto de la vida comprensible o no comprensible con la imagen de la «luz radiante». Anna monta en un carruaje ligero, el último día de su vida, en su carrera de locura y agonía. Encuentra culpables a todos los que ve. Podríamos afirmar que proyecta su estado de ánimo en lo que la rodea. Mientras observa a extraños, piensa: «El conde Vronski y yo no hemos hallado el placer [udovol’stvie]; aunque esperábamos mucho de él», y luego «por primera vez Anna dirigió aquella luz radiante, bajo la cual lo veía todo, hacia sus relaciones con Vronski, acerca de las cuales evitaba pensar anteriormente».

Unas cuantas líneas después, Tolstói vuelve a aludir a la luz: «No era una suposición, lo veía con claridad bajo esa luz productora que le revelaba ahora el sentido de la vida y de las relaciones humanas».

Uno de los símiles más antiguos y tradicionales implica hablar de la comprensión intelectual como de una luz. Pero Tolstói no usa la imagen de esa forma. La luz radiante de Anna no representa la comprensión de lo inteligible, sino al contrario. Si nos permitiéramos dar una respuesta habitual a la imagen, cuyo uso en otros contextos de nuestras lecturas pasadas nos podría conducir a aplicarla ahora a Anna, caeríamos en un grave error. Su luz radiante es la luz de la decepción y del resentimiento, del deseo de venganza, de hacer pagar a Vronski los desaires imaginados, y que se arrepienta y se lamente por ella. Es la misma luz distorsionada a través de la cual ahora Anna considera odiosos, repulsivos e infelices a todos aquellos que ve a su alrededor. Este brillo deslumbra, ciega, no resulta revelador. Su claridad es de una clase especial, la de la distorsión. Es intensa, pero confunde y excluye el lado agradable y positivo de la vida. Esto se vuelve mucho más evidente en una segunda imagen que Tolstói relaciona con esta última. Al caer sobre sus rodillas en las vías, Anna experimenta una sensación que le resulta familiar, como si se dispusiera a entrar en el agua: «... se persignó. El gesto familiar de la señal de la cruz despertó en su alma una serie de recuerdos de su infancia y de su juventud. Y súbitamente se desvaneció la niebla que lo cubría todo, y la vida se le presentó por un momento con todas sus radiantes alegrías pasadas». Es ahora cuando la luz verdadera ilumina su vida. Tolstói continúa en la frase siguiente: «Pero Anna no bajaba la vista del segundo vagón que se acercaba». Anna se suicida a pesar del momento de lucidez; su acto se perpetra de nuevo en la luz negativa anterior.

Incluso en el momento en que los personajes de Tolstói sienten que están viendo con una claridad excepcional, como muestra la luz ilusoria (y destructiva) de Anna, pueden estar equivocados. Como ilustra nuestra categoría siguiente, todos ellos se engañan a sí mismos y ven su voluntad frustrada con más frecuencia que lo contrario.

4. Los personajes de Tolstói a menudo cometen acciones que no quieren realizar, como si las llevaran a cabo en contra de su voluntad. Planifican y «tienen la intención de», pero entonces el lector los descubre (y se descubren a sí mismos) haciendo, diciendo o sintiendo algo muy diferente de lo que tenían previsto. O bien dicen y hacen cosas inconscientemente. Como resultado, muy a menudo se sorprenden a ellos mismos, por lo que hacen los demás, por lo que hace la vida. Se nos muestran como si no tuvieran el control. Lo que sienten, aun cuando se trate de felicidad, puede que sea «de un modo distinto de como [Lievin] lo había esperado». Cuando Lievin visita a Nikolái, su hermano moribundo, «esperaba» muchas cosas, pero «lo que halló fue muy distinto». Algunos de los acontecimientos principales de la novela son de este tipo. Vronski se dispone a aceptar un puesto en Tashkent después de intentar suicidarse; entre él y Anna ya ha terminado todo, si confiamos en lo que su mente asegura. Tolstói describe su decisión y sus planes con detalle. Sin embargo, después, en un pasaje narrado de un modo muy conciso, y por lo tanto mucho más sorprendente (pues la velocidad vertiginosa con la que sucede y la rapidez con la que el narrador lo describe le otorgan la fuerza acusada de lo inesperado), leemos que a Vronski le basta una visita a Anna, en principio únicamente una despedida, para cambiar de opinión. Los dos amantes lo dejan todo atrás y se marchan juntos al extranjero. El impulso repentino (basado en la pasión), con gran facilidad y de inmediato, vence a una decisión racional tomada con anterioridad.

Un pasaje muy característico ilustra nuestro punto de vista tanto sobre la incapacidad de Kiti de mantenerse a la altura de su plan para resultar «tranquila y mordaz», así como sobre la agitación interior, tan bellamente (y con mucha claridad) analizada de la mente de Lievin:

—Tú te diviertes... —dijo Kiti, tratando de aparecer tranquila y mordaz.

Pero en cuanto abrió la boca brotaron palabras de reproche motivadas por unos celos absurdos, y por todo lo que la había atormentado durante aquella media hora que permaneció sentada inmóvil junto a la ventana mientras lo esperaba. Solo entonces comprendió Lievin por primera vez lo que no había comprendido al llevársela de la iglesia después de la boda. Se dio cuenta de que no solo quería mucho a Kiti, sino que ignoraba dónde terminaba ella y dónde empezaba él, debido a la dolorosa sensación de desdoblamiento [razdvoenija] que experimentó en aquel instante. Al principio se molestó, pero no tardó en comprender [ponjal] que ella no podía ofenderle, ya que constituía una parte de su propio ser. Experimentó lo que un hombre que recibe un fuerte golpe por detrás, el cual, al volverse irritado para buscar al agresor y vengarse, se convence de que se ha lastimado por descuido, que no tiene contra quién enfadarse y debe soportar el dolor.

En el punto de inflexión de la obra, contemplamos la vida conjunta de Anna y Vronski en el momento en que empiezan a desviarse de la hasta ahora creciente pasión. Los dos amantes se alejan de la línea de movimiento ascendente hacia un amor mayor, y empieza a caer, siguiendo una línea descendente. Es el inicio del deterioro personal de Anna: su insatisfacción, su inquietud, los celos crecientes, después la histeria y al fin la muerte. Es la derrota de lo que «debería haber sido», si uno lo considera desde el punto de vista racional de los factores involucrados y de las emociones íntimas, la derrota por «las cosas como son», por lo irracional.

Y aún leemos otro ejemplo de los propósitos cruzados de los que se percata Anna un poco antes:

«He causado la inevitable desgracia de este hombre [Karenin] —pensó—, pero no quiero aprovecharme de ella. También yo sufro y he de seguir sufriendo. Pierdo todo lo que más aprecio, el nombre de mujer honrada y a mi hijo. He procedido mal, y por eso no deseo ser feliz, no deseo el divorcio y sufriré mi deshonra y la separación de mi hijo.» Pero, a pesar de su sincero deseo de sufrir, Anna no sufría. No había ninguna deshonra. [...] La separación de su hijo, a quien tanto quería, tampoco atormentó a Anna al principio.

Hay ejemplos de personajes que empiezan a hacer algo, y acaban haciendo otra cosa: «En lugar de ir al salón, desde donde se oían las voces, se detuvo en la terraza y, apoyándose en la balaustrada, miró al cielo». O: «Este [Vronski] se proponía decirle que, no habiendo descansado en toda la noche, se había quedado dormido; pero, al mirar su rostro [el de Anna] agitado y feliz, se avergonzó. Dijo que había tenido que ir a dar cuenta de la marcha del príncipe».

Extraordinariamente a menudo, los personajes llevan a cabo acciones de un modo inconsciente (bessoznatel’no). Cuando se encuentra con Lievin, bessoznatel’no Anna intenta despertar, en contra de su mejor juicio, su amor por ella. El pasaje que lo describe es importante en particular, pues resulta muy ilustrativo del estilo de Tolstói. Empieza por una oración estructurada de un modo extraordinario. Se suceden tres cláusulas concesivas introducidas por «xotja». Una articulación tan clara da la impresión de experiencia dominada, ordenada. Pero esta sucesión racional de conexiones en realidad pone de manifiesto todo lo contrario al control racional del hombre: acentúa el poder que el lado no racional ejerce sobre él. Aunque Anna tuviera tres razones para hacer lo opuesto, «en cuanto [Lievin] se fue dejó de pensar en él».

5. A veces Tolstói sí presenta a sus personajes llevando a cabo actos racionales, o ejerciendo su voluntad y saliendo beneficiados de sus esfuerzos, pero de tal forma que da la impresión de que se debe a la hipocresía o al autoengaño. Los presenta así solo para condenarlos y para mostrar su esterilidad. Karenin, por ejemplo, posee la habilidad de olvidar lo que quiere olvidar, de sentir lo que quiere sentir, pero Tolstói lo muestra como el mal, la mentira, la hipocresía insensible de un ser frío como el hielo.

Serguiéi Ivánovich, que ha consagrado su vida a las obligaciones, «no es que no pueda enamorarse [...] Pero carece de esa debilidad que se necesita». Esta carencia de debilidad es un defecto grave. Revela la incapacidad de rebasar los límites del confinamiento en lo racional. Serguiéi Ivánovich no es completo. (Pero no debemos olvidar también que, en el otro extremo, Anna es demasiado capaz de enamorarse, y acaba destruyéndose.)

Carecer de un punto débil, como Serguiéi Ivánovich; que la voluntad y la razón tengan demasiado poder sobre uno, como Karenin; extrapolar con firmeza y arrogancia una esperanza segura en el futuro a partir de las ideas sobre ciertos acontecimientos del pasado; etcétera.; todo ello Tolstói lo presenta como impedimentos y debilidades.

6. Anna Karénina está excepcionalmente repleta de pasajes en que un personaje puede «distinguir» (a menudo Tolstói usa un verbo que significa «leer») el estado de ánimo de una persona solo por su mirada, su expresión. Es una comprensión rápida, intuitiva, de algo en la actitud general de aquel a quien están escuchando y mirando. La novela explicita de vez en cuando que quien «lee» no escucha las palabras del otro, sino que «está leyendo» alguna otra acción. Los personajes, pues, se comunican a menudo «mirándose los unos a los otros» (peregljadivajutsja). Tolstói lo presenta como una comunicación sutil, superior a la intelectual. Es un proceso intuitivo, no verbal ni analítico. La madre de Kiti lo menciona cuando esta le pregunta cómo se le declaró su padre. La madre replica: «Seguramente crees que vosotros habéis inventado algo nuevo. Siempre es lo mismo: se decidió con sonrisas, miradas...». «Pero ¿qué palabras te dijo?», «¿Y cuáles fueron las que te dijo a ti Kostia?», responde la madre. (Sabemos que Kostia había escrito con tiza las iniciales de una larga frase que Kiti supo descifrar con una intuición y clarividencia casi sobrenaturales.)

En las obras de Tolstói, los niños en particular poseen la sensibilidad para leer una gran cantidad de cosas en una sola mirada. Seriozha observa a su maestro y, sin oírle, reconoce que está diciendo algo que en realidad no piensa.

Anna, a su vez, durante la visita clandestina a su hijo, entiende las palabras no dichas de Seriozha con una agudeza extraordinaria: sabe que cuando él dice «Aún tardará en venir», en realidad le está preguntando qué debería opinar sobre su padre. Kiti y Lievin, como podríamos esperar, gozan de una comunicación no verbal casi perfecta. Kiti comprende comportamientos complejos de Lievin, y Lievin «inconscientemente» la invita a exponerle las causas de su desconfianza. En diversas ocasiones del capítulo III de la sexta parte, solo una pequeña fracción de todo lo que dicen los personajes se expresa hablando.

Entonces, y según lo que hemos observado hasta ahora, parece que la novela pone de manifiesto, por un lado, la claridad y la racionalidad, y por otro, los misterios de la vida y la importancia de lo irracional.

¿Qué relación hay entre las distintas maneras en que Tolstói nos transmite los fracasos de los personajes en la esfera racional y su enorme sensibilidad para la percepción intuitiva, y que asimismo cree la sensación de simplicidad y orden?

La clave de la respuesta reside en la necesidad de distinguir con atención las experiencias de los personajes y la voz del narrador. La vida es un misterio para los primeros. Por un lado, son ellos quienes fracasan en su intento de comprender, que intentan ejercer sin éxito, en vano, su voluntad, y, a la vez, entienden sin la necesidad de verbalizar; quienes esperan ser felices porque todo indica que lo deberían ser, y aún descubren que no lo son, que quieren sufrir pero no sufren, que no pueden enamorarse, o que se enamoran catastróficamente y mueren. La vida se les abre como un misterio. Su mejor opción pasa por comprender la vida de un modo intuitivo, tanto la suya en particular como la existencia en común, y por sortear las dificultades con destellos de percepción inmediata. En el peor de los casos, son inhumanos: inflexibles, mutilados en lo emocional y lo moral. Transitan por un valle sombrío acarreando la incierta e ilusoria luz de la razón, además de una segunda luz, más fiable, pero intermitente y a veces incluso destructiva, de la percepción sensitiva y la intuición. Esta última puede conducir a una pasión excesiva que acaba resultando «terrible», cargada de miedo y pavor a causa de las profundidades temblorosas que alcanza. (Tolstói enfatiza el terror y el pavor que siente Anna al comienzo de su amor por Vronski. Su cualidad central, el exceso de vivacidad —pereoživlennost’—, entra aquí en juego.)

¿De dónde, entonces, proviene la sensación de claridad y orden de la novela? Del narrador. Es el único que se libra de la gallinita ciega a la que juegan los personajes. Estos no comprenden lo que hacen; él sí. Él comprende tanto el reino de la razón como el de la sinrazón. Es él quien construye las triples oraciones concesivas o nos cuenta las ricas complejidades de lo que una mirada significa para otro personaje. Las experiencias demasiado sofisticadas para el intelecto de este resultan simples para el autor. Él es quien levanta el velo de la confusión.

El siguiente pasaje ilustra la sutil modulación de la visión del personaje hacia la del narrador a través de la frase «cuyo significado era este: [i smysl kotorogo byl takov]»:

Durante aquel encuentro, Vronski comprendió [ponjal] que Goleníschev había elegido una actividad liberal e intelectual y que, por consiguiente [poètomu], despreciaba la carrera y el título de su compañero. Debido a eso, Vronski, al encontrarse con Goleníschev, lo trató con aquella fría altivez que sabía dispensar a la gente y cuyo significado era este: «Puede gustarle o no mi manera de vivir, me es completamente igual, pero si me quiere tratar, ha de tenerme respeto». Goleníschev se había mantenido despectivamente indiferente al tono de Vronski. Al parecer, aquella entrevista hubiera debido separarlos aún más. Sin embargo, ahora ambos habían lanzado una exclamación de alegría. Vronski no podía imaginarse que le alegrase tanto ver a Golenischev, pero, probablemente, ni él mismo sabía [ne znal] hasta qué punto se aburría. Olvidó la desagradable impresión de su último encuentro y, con el rostro alegre y franco, le tendió la mano.

El narrador de Tolstói relata lo complejo y lo oscuro como si resultara obvio, simple, cristalino. El narrador lo ve todo claro y directo; suyo es el estilo transparente. No está al mismo nivel que los personajes, sino en las alturas, como un Dios, observándolos desde un lugar superior y privilegiado. Este es el mecanismo estructural básico de Tolstói para contrastar la percepción del narrador y la voz de los personajes, el responsable del doble efecto de la novela: su claridad racional frente a los elementos no racionales e intuitivos. Los subraya, unifica y enlaza.

Las diferencias entre estos dos polos, las percepciones del narrador y de los personajes, lo racional y lo irracional, se vinculan además con otras dos características de la novela: el contraste entre las escenas de la vida cotidiana y las escenas de urgencia, y lo que se ha dado en llamar el «proceso de extrañamiento» de Tolstói.

7. Otro elemento básico de la estructura de Anna Karénina es la alternancia de escenas de la vida rutinaria, cotidiana y normal (escenas tan corrientes, por ejemplo, como el encuentro de Vronski y Goleníschev en Italia) en contraste con acontecimientos extraordinarios, «situaciones de urgencia». En estas últimas, Tolstói representa a seres humanos viviendo del modo más intenso posible, en el momento en que la experiencia es violenta y se encuentra fuera del alcance de la comprensión, consecuencia de un estado mental de confusión. Las «situaciones de urgencia» en las que coloca a los personajes encajan en dos categorías: algunas podrían denominarse agonías, y otras, éxtasis. En ambos tipos aparecen los estados mentales y perceptivos insólitos, intensos, trastornados y de confusión, cuando los personajes no saben muy bien qué ocurre y sienten que todo resulta nuevo y extraño.

En las escenas de normalidad, cotidianas, la experiencia es familiar, incluso habitual. En las escenas excepcionales, a las que nos hemos referido como «situaciones de urgencia», el personaje está excitado. Reacciona a todo como a algo desconocido, permanece en un estado en que responde con intensidad a su entorno. Le sorprende, le resulta nuevo. Los ejemplos más destacados de estas escenas, que sobresalen como cúspides por encima del nivel general, son: Lievin antes de su boda; Lievin durante el nacimiento de su hijo; la escena de patinaje sobre hielo, cuando Lievin ve a Kiti; la carrera de obstáculos; el intento de suicidio de Vronski; Anna antes de suicidarse; Anna y Vronski durante el parto de la hija de ella.

Este párrafo que habla de Lievin mientras Kiti está pariendo su bebé ilustra cómo Tolstói trata estas «situaciones de urgencia»:

De repente Lievin se sintió transportado desde aquel mundo misterioso y terrible, en el que había vivido las últimas veintidós horas, a su mundo habitual, al de antes, resplandeciente ahora de una felicidad tan radiante que no la pudo soportar. Los sollozos y las lágrimas de alegría, no previstos por Lievin, le estremecieron el cuerpo con tal fuerza que durante largo rato no fue capaz de hablar. [...]

Si antes le hubiesen dicho a Lievin que Kiti había muerto y él también, que sus niños eran ángeles y que todos estaban ante Dios, no se hubiera sorprendido. Pero ahora, vuelto al mundo de la realidad, hacía grandes esfuerzos mentales para comprender que Kiti estaba sana y salva y que el ser que gritaba tan desesperadamente era su hijo. Kiti vivía y sus sufrimientos habían cesado. Lievin se sentía inenarrablemente dichoso. Lo comprendía y aquello le colmaba de felicidad. Pero ¿y el niño? ¿Quién era? ¿Para qué y de dónde venía?... Le parecía que era superfluo, que estaba de más, y no fue capaz de acostumbrarse a él en mucho tiempo.

Incluso en las escenas cotidianas, de la vida corriente, Tolstói muestra a sus personajes, como hemos visto, tropezando, cometiendo errores, presos de sus acciones e impulsos involuntarios e inconscientes. Desde que los formalistas rusos llamaron la atención al respecto, es costumbre hablar de este proceso como de «extrañamiento», o de «hacer extraño». Se suele considerar un mecanismo literario para evitar las reacciones estereotipadas de los lectores y ofrecer un punto de vista diferente de la realidad, tratando la experiencia como si se contemplara bajo una nueva luz. De hecho, el estilo de Tolstói es así en su mayor parte, pero esta técnica posee implicaciones más profundas. Resulta una extensión de lo que piensa el autor sobre la condición humana, sobre lo que hemos ido examinando a lo largo de esta introducción: cómo acentúa la diferencia entre lo «normal», la rutina, la cotidianidad, y las situaciones excepcionales, los momentos o pasajes de una tensión inusual, y la antítesis básica entre lo racional y lo intuitivo. El proceso de «extrañamiento» deriva del énfasis que pone Tolstói en el lado no intelectual de la vida y se conecta con él. Constituye un principio estructural básico de la novela, sus raíces artísticas y el corazón de aquello que el autor cuenta sobre cómo vive la gente. La novela transmite, de formas muy diversas, la opinión de que los valores más elevados son los irracionales, los instintivos, los espontáneos, y que los factores negativos de la vida son los del intelecto y la razón. Tolstói desaprueba la autoconciencia (exagerada en Váreñka, cuya caridad está mancillada porque es fruto de su voluntad, y cuyo amor por Serguiéi Ivánovich es un fracaso porque ella carece de corazón y de pasión). El autor sugiere que ningún código de comportamiento simple, sea el de Vronski o el de Karenin, puede resistir el impacto de la vida real e intensa. La razón y las normas son rígidas e inadecuadas. La forma correcta de vivir es participar de la vida de una forma orgánica, natural, instintiva. Para Tolstói, los mejores momentos resultan del fluir despreocupado, no intelectual, en la corriente de la existencia, que se ejemplifica con la felicidad de Lievin en el trabajo físico de la siega o con «esa lacónica y clara manera de expresar sus sentimientos» entre Lievin y Kiti, la interpretación de los gestos y expresiones entre ellos sin «sutilezas lógicas y profusión de palabras».

Los efectos principales de Anna Karénina se consiguen gracias al contraste, tanto artístico como epistemológico, del lado racional y lógico contra el instintivo e irracional de la vida humana. Esto es lo que transmite a la gran mayoría de los lectores de la novela. Pero lo que resulta más sorprendente es cómo esta antítesis impregna la novela a todos los niveles, y cómo la naturaleza del narrador complica, y a veces confunde, esta antítesis en nuestra mente. El propio narrador no está sujeto a las limitaciones de los personajes; él no se encuentra nunca en la oscuridad.

Anna Karénina constituye un estudio sobre la comprensión humana: sus limitaciones, los distintos tipos, sus posibilidades. (En Confesión, poco tiempo después, Tolstói escribió: «El mundo es algo infinito e ininteligible. La vida humana es una parte incomprensible de ese “todo” incomprensible».[1] Presenta la tragedia de la ignorancia humana, la tragedia de los seres humanos viviendo bajo condiciones impuestas, sobre las cuales solo disfrutan de los poderes limitados del análisis racional, la comprensión y el control, y a las que deben ajustarse valiéndose de un enfoque no racional, intuitivo.

GEORGE GIBIAN

1966

ANNA KARÉNINA

Mía es la venganza, y yo recompensaré

Primera parte

I

Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera.

Reinaba la confusión en casa de los Oblonski. La esposa se había enterado de las relaciones de su marido con la institutriz francesa que tuvo, y le comunicó a aquel que no podían seguir viviendo juntos. Esta situación duraba ya tres días, atormentando tanto a los esposos como a los demás miembros de la familia y a la servidumbre. Todos se daban cuenta de que no había razón para convivir, y que gente que se encuentra por casualidad en cualquier posada tiene más en común entre sí. La esposa no salía de sus habitaciones; hacía tres días que el marido no paraba en casa; los niños corrían de un lado para otro, como extraviados; la institutriz inglesa había reñido con el ama de llaves y había escrito a una amiga rogándole que le buscase otra colocación; la víspera, el cocinero había abandonado la casa a la hora de comer; la pincha y el cocinero habían pedido la cuenta.

Tres días después del altercado, el príncipe Stepán Arkádich Oblonski —Stiva, como le llamaban en sociedad— se despertó a la hora acostumbrada, es decir, a las ocho de la mañana, no en la alcoba conyugal, sino en su despacho, sobre el sofá de cuero. Volvió su cuerpo, grueso y acicalado, sobre los muelles del diván, como deseando dormirse de nuevo, y abrazó la almohada, apretándola contra su mejilla; pero, de repente, se sentó de un salto y abrió los ojos.

«Pero ¿cómo era aquello? —pensó, recordando el sueño que había tenido—. ¿Cómo era aquello? ¡Ah, sí! Alabín daba una comida en Darmstadt; no, no en Darmstadt, sino en un lugar americano. Bueno, pero en el sueño, Darmstadt se hallaba en América. Sí, Alabín daba una comida en mesas de cristal y ¡las mesas cantaban Il mio tesoro! Tal vez no fuera Il mio tesoro, sino algo mejor, y había unas garrafitas que resultaron ser mujeres.»

Los ojos de Stepán Arkádich brillaron alegremente, y, sonriendo, se sumió en reflexiones. «Sí, aquello estaba muy bien, estaba muy bien. Y había muchas más cosas magníficas, pero no podían expresarse con palabras ni pensamientos, ni estando despierto.» Al darse cuenta de un rayo de luz que penetraba por un lado de la cortina de paño, bajó alegre los pies, buscando con ellos las zapatillas adornadas de cordobán dorado que le había hecho su mujer el año anterior (como regalo de cumpleaños), y, según costumbre suya desde hacía nueve años, sin levantarse, alargó el brazo en dirección al lugar donde solía estar su batín en el dormitorio. Entonces recordó súbitamente por qué no dormía en la alcoba conyugal; desapareció la sonrisa de su rostro y frunció el ceño.

—¡Ay, ay, ay! —se lamentó, recordando lo que había sucedido.

Se le representaron de nuevo todos los pormenores de la disputa con su esposa, lo insoluble de su situación y su propia culpabilidad, cosa que le atormentaba más que nada.

«¡No! No me perdonará, no puede perdonarme. Y lo más horrible es que tengo la culpa de todo, pero no soy culpable. En esto está la tragedia.»

—¡Ay, ay, ay! —repetía desesperado, recordando las impresiones más dolorosas de la disputa.

Lo más desagradable había sido aquel momento en que, al volver del teatro, alegre y satisfecho, trayéndole una espléndida pera a su esposa, no la encontró en el salón ni en el despacho, cosa que le sorprendió, sino en el dormitorio, con aquella funesta esquela que le había revelado todo.

Dolli, siempre diligente, llena de preocupaciones y tan limitada, según pensaba Oblonski, se hallaba sentada con la esquela en la mano y le miraba con expresión de ira, de horror y de descorazonamiento.

—¿Qué es esto? ¿Qué es esto? —le preguntó, mostrándole la esquela.

Al recordarlo, lo que más le dolía, según ocurre a menudo, no era tanto el hecho en sí como la forma en que contestó a su mujer.

En aquel instante le sucedió lo que a toda persona que se ve obligada a confesar algo vergonzoso. No supo adoptar una expresión adecuada a la situación en que se encontraba. En lugar de ofenderse, negar, justificarse, pedir perdón o mostrar indiferencia —cualquier cosa hubiera sido mejor—, de repente apareció en su rostro, de un modo involuntario («reflejos cerebrales», pensó Stepán Arkádich, que era aficionado a la fisiología), completamente involuntario, su sonrisa habitual, bondadosa y estúpida. No podía perdonarse aquella sonrisa absurda. Al verla, Dolli se estremeció como a causa de un dolor físico, estalló, con su peculiar vehemencia, en un torrente de palabras duras, y después salió corriendo de la habitación. Desde entonces no quiso ver más a su marido.

«Aquella estúpida sonrisa es la culpable de todo. Pero ¿qué hacer? ¿Qué hacer?», se preguntaba Stepán Arkádich, sin hallar respuesta.

II

Oblonski era un hombre sincero consigo mismo. No podía engañarse, convenciéndose de que se sentía arrepentido de su proceder. Le era imposible arrepentirse, siendo un hombre bien parecido de treinta y cuatro años y enamoradizo, de no estar enamorado de su mujer, tan solo un año más joven que él, y madre de siete hijos, de los cuales vivían cinco. De lo único que se lamentaba era de no haber sabido ocultarle mejor aquello. Pero sí experimentaba toda la gravedad de la situación y sentía lo ocurrido tanto por Dolli y por los niños como por sí mismo. Tal vez hubiera sabido ocultar mejor sus pecados de haber creído que le iba a producir tal impresión a Dolli el enterarse de ellos. Nunca solía pensar claramente en este problema, pero se imaginaba de un modo confuso, desde tiempo atrás, que su cónyuge sospechaba que le era infiel, sin darle mucha importancia. Incluso creía que su esposa, una mujer agotada, envejecida, falta de hermosura y atractivos, pero sencilla y buena madre de familia, debía ser condescendiente por espíritu de justicia. Pero sucedió todo lo contrario.

«¡Oh, es terrible, es terrible! —se decía Stepán Arkádich, sin hallar solución—. ¡Y qué bien vivíamos hasta aquel momento! Dolli se sentía feliz y contenta, yo no la molestaba en nada, dejándola en libertad para ocuparse de los niños y de la casa. Cierto es que no estaba bien que ella fuese la institutriz de nuestros hijos. ¡No estaba bien! Es poco delicado y vulgar hacerle la corte a la institutriz que educa a los hijos de uno. Pero ¡qué mujer! —Recordó vivamente los pícaros ojos negros y la sonrisa de mademoiselle Roland—. Mientras estaba en nuestra casa, no me permití nada. Y lo peor del caso es que ella ya... ¡Parece que todo ha ocurrido a propósito! ¡Ay, ay, ay! ¿Y qué hacer? ¿Qué hacer?»

No había respuesta, excepto la que da la vida a todas las cuestiones complejas e irresolubles. Era la siguiente: hay que vivir al día, es decir, distraerse. Ya no podía hacerlo por medio del sueño, por lo menos hasta la noche; ya no podía volver a aquella música que cantaban las mujeres garrafitas; por consiguiente, había que distraerse por medio del sueño de la vida.

«Ya veremos», se dijo Stepán Arkádich; y, levantándose, se puso el batín de color gris forrado de seda azul, hizo un nudo en el cinturón de borlas y, respirando a pleno pulmón, llenó de aire el tórax, se acercó a la ventana con el acostumbrado andar resuelto de sus piernas torcidas, que tan ligeramente transportaban su recia figura, y, tras descorrer las cortinas, llamó al timbre. A la llamada acudió enseguida su viejo amigo, el lacayo Matviéi, trayéndole el traje, los zapatos y un telegrama. Le seguía el barbero con los bártulos para afeitar.

—¿Hay documentos de la Audiencia? —preguntó Stepán Arkádich, cogiendo el telegrama y sentándose ante el espejo.

—Están en la mesa —contestó Matviéi, mirando a su amo con expresión interrogante y lleno de solicitud, y, tras esperar un poco, añadió con una sonrisa sagaz—: Han venido de parte del cochero.

Stepán Arkádich no contestó nada, limitándose a mirar a Matviéi a través del espejo; por la mirada que intercambiaron, se veía que se entendían. La de Stepán Arkádich parecía preguntar: «¿Para qué me lo dices? ¿Acaso no sabes?».

Matviéi se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y avanzó un pie, mirando en silencio a su amo, con una imperceptible sonrisa bondadosa.

—Les he dicho que vuelvan el domingo y que hasta entonces no le molesten a usted ni se molesten ellos sin necesidad —dijo el criado, que, al parecer, había preparado la frase.

Stepán Arkádich comprendió que Matviéi había querido bromear y que se le prestase atención. Rasgando el telegrama, lo leyó, rectificando con perspicacia los frecuentes errores de las palabras, y su rostro se aclaró.

—Matviéi, mañana llega mi hermana Anna Arkádievna —dijo, deteniendo por un momento la gordezuela mano reluciente del peluquero, que abría un sendero rosa entre sus largas patillas rizadas.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Matviéi, dando a entender con esta respuesta que comprendía lo mismo que su señor el significado de esta llegada; es decir, que Anna Arkádievna, la hermana querida de Stepán Arkádich, podía cooperar en la reconciliación del matrimonio—. ¿Viene sola o con su esposo? —preguntó.

Stepán Arkádich no podía hablar porque el peluquero le afeitaba el labio superior, de manera que levantó un dedo. Matviéi miró al espejo y movió afirmativamente la cabeza.

—Sola. ¿Se le preparan las habitaciones de arriba?

—Anúnciaselo a Daria Alexándrovna y prepara las que ella te mande.

—¿A Daria Alexándrovna? —repitió Matviéi vacilando.

—Sí. Y toma el telegrama; dáselo a ver qué dice.

«Quiere probar», pensó Matviéi comprendiendo, y se limitó a decir:

—Muy bien.

Stepán Arkádich, lavado y peinado, se disponía a vestirse cuando Matviéi volvió al despacho, pisando despacio con sus botas, que crujían ligeramente, con el telegrama en la mano. El peluquero se había ido ya.

—Daria Alexándrovna me manda decirle que se va. Que haga usted lo que quiera, es decir, lo que queramos —dijo, riendo solo con los ojos, y, metiéndose las manos en los bolsillos, inclinó la cabeza a un lado y se quedó mirando a su señor.

Stepán Arkádich guardó silencio durante un rato. Después apareció en su hermoso rostro una sonrisa bondadosa y algo compasiva.

—¿Eh, Matviéi? —dijo, moviendo la cabeza.

—No se preocupe, señor; todo se apañará —contestó el criado.

—¿Se apañará?

—Sí, señor.

—¿Tú crees? ¿Quién está ahí? —preguntó Stepán Arkádich, al oír el roce de un vestido femenino tras la puerta.

—Soy yo —contestó una voz de mujer firme y agradable.

Y apareció en la puerta el rostro picado de viruelas del aya, Matriona Filimónovna.

—¿Qué hay, Matriona? —inquirió Oblonski, acercándose a la puerta.

A pesar de que Stepán Arkádich era enteramente culpable ante su mujer y tenía conciencia de ello, casi todos los de la casa, incluso el aya, la mejor amiga de Daria Alexándrovna, estaban de parte de él.

—¿Qué hay? —repitió con expresión triste.

—Vaya usted a pedirle perdón de nuevo, señor. Quizá Dios se lo conceda. Sufre mucho, da pena verla; además, todo anda de cabeza en la casa. Hay que compadecerse de los niños, señor. ¡Qué hacer! Cuando a uno le gusta correrla...

—No me recibirá...

—De todas formas, inténtelo. Dios es misericordioso. ¡Rece, señor! Pida a Dios.

—Bueno, vete —exclamó Stepán Arkádich, ruborizándose repentinamente—. Anda, dame la ropa —añadió dirigiéndose a Matviéi y quitándose el batín con aire resuelto.

Matviéi sostenía ya la camisa, dispuesta en forma de collera, soplando para quitarle algo invisible, y la puso con manifiesto placer en el cuerpo acicalado de su señor.

III

Una vez vestido, Stepán Arkádich se perfumó, se arregló las mangas de la camisa y, con su gesto habitual, guardó en los bolsillos los cigarros, la cartera, las cerillas y el reloj de doble cadena con sus dijes. Sacudió el pañuelo y, sintiéndose limpio, perfumado, sano y físicamente contento, a pesar de su desdicha, se dirigió, balanceándose ligeramente en cada pie, hacia el comedor, donde ya le esperaba el café y, al lado, las cartas y los documentos de la Audiencia.

Leyó la correspondencia. Una de las cartas le resultó muy desagradable, procedía del comerciante que iba a comprar un bosque de las propiedades de Dolli, pero hasta que se reconciliaran, no se podía ni hablar de este asunto. Era de lo más molesto que se mezclaran intereses materiales al inminente problema de la reconciliación. Le repugnaba la idea de que aquello le impulsara a buscar la manera de hacer las paces con su mujer.

Cuando terminó con las cartas, Stepán Arkádich alcanzó los documentos de la Audiencia, hojeó rápidamente dos expedientes, hizo unas anotaciones con un gran lápiz y, dejándolos a un lado, empezó a tomar el café, a la vez que desplegaba el diario de la mañana, todavía húmedo.

Stepán Arkádich leía un periódico liberal, no extremista, sino de una tendencia política a la que pertenecía la mayoría. Y, a pesar de que en realidad no le interesaban la ciencia, el arte ni la política, sostenía firmemente las mismas opiniones que la mayoría y el periódico, cambiando de ideas solo cuando lo hacían todos o, mejor dicho, no las cambiaba, sino que estas se transformaban imperceptiblemente por sí mismas.

Stepán Arkádich no elegía las tendencias ni los puntos de vista, sino que estos venían a él, exactamente lo mismo que la forma del sombrero y la de la levita: llevaba lo que estaba de moda. Por pertenecer a cierta esfera social y debido a la necesidad de actividad mental —que suele desarrollarse en la edad madura—, le era tan imprescindible poseer puntos de vista propios como llevar sombrero.

El motivo para preferir la tendencia liberal a la conservadora, a la que pertenecían también muchas personas de su esfera, no era la creencia de que la tendencia liberal fuera más sensata, sino más afín con su manera de vivir. El partido liberal opinaba que en Rusia todo iba mal, y, en efecto, Stepán Arkádich tenía muchas deudas y decididamente no le alcanzaba el dinero. Según el partido liberal, el matrimonio era una institución caduca y era imprescindible reformarla, y, en realidad, la vida familiar le proporcionaba pocos placeres a Stepán Arkádich, obligándole a mentir y a disimular, lo cual era contrario a su naturaleza. El partido liberal decía, o, mejor dicho, daba a entender, que la religión era un freno para la parte inculta de la población, y, en efecto, Oblonski no podía resistir, sin notar dolor en los pies, la ceremonia religiosa más corta, ni lograba entender de qué servían todas esas palabras terribles y enfáticas acerca del otro mundo, cuando se podía vivir muy a gusto en este. Al mismo tiempo, como le gustaban las bromas divertidas, a veces desconcertaba a algún hombre tranquilo, diciendo que si uno se vanagloria de la raza, no hay por qué detenerse en Riúrik y renegar del mono, el antepasado más antiguo. Así pues, la tendencia liberal se hizo una costumbre de Stepán Arkádich y apreciaba su periódico lo mismo que el cigarro después de comer, por la ligera niebla que le producía en la cabeza. Leyó el artículo de fondo, en el cual se decía que era completamente inútil en nuestros tiempos levantar el grito afirmando que el radicalismo amenaza con devorar a los elementos conservadores y que el gobierno tiene obligación de tomar medidas para aplastar a la hidra revolucionaria; pero, por el contrario, «según nuestra opinión —decía—, el peligro no estriba en la pretendida hidra revolucionaria, sino en la firmeza de la tradición y en el progreso reprimido», etcétera. También leyó otro artículo sobre economía, en el que citaban a Bentham y a Stuart Mill y lanzaban pullas al ministerio. Con su peculiar agilidad mental, comprendió el significado de cada alusión: de dónde partía y contra quién y con qué motivo iba dirigida, cosa que, como siempre, le proporcionó cierto placer. Pero hoy ese placer estaba amargado por el recuerdo de los consejos de Matriona Filimónovna y por lo que ocurría en la casa. Después leyó otras noticias: por lo que se decía, el conde de Beust había pasado por Wiesbaden; ya no habría más canas; se vendía un cochecillo ligero, y una persona joven ofrecía sus servicios. Pero esto no le proporcionó, como antaño, aquella satisfacción serena e irónica.

Cuando terminó con el periódico y tomó la segunda taza de café y un bollo con mantequilla, Oblonski se levantó, sacudió las migas que le habían caído en el chaleco e, irguiendo el amplio pecho, sonrió jovialmente, no porque experimentase nada especialmente agradable, sino a causa de la buena digestión. Pero aquella alegre sonrisa le recordó enseguida todo lo ocurrido, y Stepán Arkádich se sumió en reflexiones.

Tras la puerta se oyeron dos voces infantiles (Stepán Arkádich reconoció la voz de Grisha, su hijo menor, y la de Tania, la primogénita). Iban arrastrando algo por el suelo y lo habían dejado caer.

—Ya te dije que no se puede colocar a los viajeros en el techo. ¡Anda, recógelos! —gritó la niña en inglés.

«Qué desorden —pensó Stepán Arkádich—. Los niños corren solos por la casa.» Y, acercándose a la puerta, los llamó. Dejando la caja que hacía las veces de tren, los niños entraron en el comedor.

Tania, la predilecta de Oblonski, entró resuelta, le abrazó y, riéndose, se colgó de su cuello, disfrutando como siempre de aquel perfume de sus patillas que le era conocido. Finalmente le besó el rostro, enrojecido a causa de la postura inclinada y animado por la ternura, retiró las manos y quiso salir corriendo; pero Stepán Arkádich la retuvo.

—¿Cómo está mamá? —preguntó, acariciando el cuello terso y suave de su hija—. ¡Hola! —añadió, sonriéndole al niño que le saludaba.

Stepán Arkádich reconocía que quería menos a Grisha, y, aunque siempre procuraba mostrarse justo, el niño se daba cuenta de ello, y no correspondió a la fría sonrisa de su padre.

—¿Mamá? Se ha levantado —contestó la niña.

Stepán Arkádich suspiró. «Esto quiere decir que se habrá pasado la noche en vela», pensó.

—¿Está contenta?

La niña sabía que sus padres habían reñido, que su madre no podía estar contenta y que Stepán Arkádich fingía al preguntarle acerca de esto tan a la ligera, ya que debía de saberlo. Y se ruborizó por él. Oblonski lo comprendió inmediatamente, ruborizándose también.

—No sé. Nos ha mandado que vayamos a casa de la abuelita con miss Hull, en lugar de estudiar.

—Bueno, vete, pues, mi Tanchurochka. ¡Ah, sí, aguarda un momento! —dijo Stepán Arkádich, reteniendo a la niña y acariciando su delicada mano.

Alcanzó una cajita de bombones de la chimenea, que había dejado allí la víspera, y le dio dos a la niña, eligiendo los que más le gustaban: uno de chocolate y el otro de crema.

—¿Para Grisha? —preguntó la niña, señalando el de chocolate.

—Sí, sí —asintió Stepán Arkádich.

Acarició de nuevo uno de los hombros de la niña y, dándole besos en el cuello y en el nacimiento de los cabellos, dejó que se marchara.

—El coche está dispuesto —dijo Matviéi, añadiendo—: Le espera una visita.

—¿Hace mucho que ha venido?

—Una media hora.

—¿Cuántas veces te he mandado que me anuncies las visitas en el acto?

—Al menos hay que dejarle a usted tomarse tranquilamente el café —replicó Matviéi con aquel tono entre amistoso y brusco, contra el que no podía uno enfadarse.

La solicitante, esposa del segundo teniente Kalinin, pedía algo imposible y absurdo, pero Stepán Arkádich, según costumbre suya, le rogó que tomara asiento, la escuchó atentamente sin interrumpirla, y le aconsejó con detalle a quién debía dirigirse. Incluso le escribió una nota, rápidamente y con soltura, con su hermosa letra clara, grande y espaciada, a un personaje que podría ayudarla. Cuando despidió a la esposa del teniente, Oblonski cogió el sombrero y se detuvo, pensando si se le olvidaba algo. Solo se le olvidaba lo que quería olvidar: su mujer.

«¡Ah, sí!» Bajó la cabeza, reflejándose una expresión triste en su hermoso semblante. «¿Voy o no voy?», se preguntó. Una voz interior le decía que no debía ir, que no podía haber en esto nada sino falsedad, que era imposible restablecer ni reparar las relaciones con su esposa, porque era imposible volverla de nuevo atractiva, capaz de despertar el amor, ni convertirle a él en un viejo incapaz de amar. Ya no podía resultar más que falsedad y mentira, y la mentira y la falsedad eran contrarias a su naturaleza.

«Sin embargo, alguna vez habrá que hacerlo; esto no puede seguir así», se dijo, tratando de animarse. Irguió el pecho, sacó un cigarrillo, lo encendió y, dando un par de chupadas, lo tiró al cenicero de nácar. Y, atravesando el salón con pasos rápidos, abrió la puerta del dormitorio.

IV

Daria Alexándrovna —que llevaba una bata de mañana y las trenzas, en otro tiempo abundantes y hermosas, recogidas en la nuca, con el enjuto rostro enflaquecido y con sus grandes ojos espantados, salientes a causa de la delgadez— se hallaba rodeada de una serie de objetos esparcidos por la habitación, ante una cómoda abierta, de la que sacaba algo. Al oír los pasos de su esposo, se detuvo y miró hacia la puerta, haciendo grandes esfuerzos por adoptar una expresión despectiva y severa. Se daba cuenta de que temía a su marido, así como esa inminente entrevista. En aquel momento se disponía a hacer lo que ya había intentado diez veces desde hacía tres días: quería recoger sus pertenencias y las de los niños para llevárselas a casa de su madre, sin poder decidirse a ello. Pero lo mismo esta vez que las anteriores, se decía que las cosas no podían continuar así, debía hacer algo, debía castigar y avergonzar a su marido, vengarse de él, ocasionándole, aunque fuese solo en parte, el dolor que experimentaba por culpa suya. Aunque seguía repitiéndose que abandonaría a Oblonski, veía que esto era imposible, porque no podía dejar de considerarle como esposo suyo y porque lo quería. Además, comprendía que si en su propia casa apenas le daba tiempo de atender a sus cinco hijos, estarían aún peor donde se disponía a llevarlos. En efecto, en aquellos tres días el pequeño se había puesto malo por haber tomado caldo en malas condiciones, y los demás apenas habían cenado la noche anterior. Dolli se daba cuenta de que era imposible partir; sin embargo, engañándose a sí misma, se puso a recoger las cosas.

Al ver a su marido, introdujo las manos en un cajón de la cómoda, como si buscara algo, y solo se volvió hacia él cuando ya estaba a su lado. Pero su rostro, que quería adoptar una expresión resuelta y severa, reflejaba turbación y sufrimiento.

—¡Dolli! —exclamó Stepán Arkádich en voz baja y tranquila.

Se encogió, hundiendo la cabeza entre los hombros, con intención de adoptar un aire sumiso y dolorido; pero, a pesar de todo, rebosaba salud y lozanía. Con una rápida mirada, Dolli recorrió de pies a cabeza aquel cuerpo que irradiaba salud y frescura. «Se siente feliz y satisfecho. ¿Y yo? —pensó—. Aborrezco esa odiosa bondad por la que tanto le estiman y le alaban todos.» Contrajo los labios, y un músculo de la mejilla derecha de su pálido rostro nervioso tembló ligeramente.

—¿Qué quiere usted? —preguntó con una voz alterada y grave que no era la suya.

—¡Dolli! —repitió Stepán Arkádich con voz trémula—. Hoy llega Anna.

—¿Qué me importa? ¡No puedo recibirla! —exclamó ella.

—Pero, Dolli, es preciso...

—¡Váyase, váyase, váyase! —gritó Daria Alexándrovna, como si esos gritos los provocara un dolor físico.

Stepán Arkádich pudo estar sereno mientras pensaba en su mujer y tenía esperanzas de que todo se apañaría, según expresión de Matviéi, y hasta pudo leer tranquilamente el periódico y tomar el café; pero al ver el rostro de Dolli, atormentado por los sufrimientos, y al oír su desesperado acento que se doblegaba al destino, sintió que se le cortaba el aliento, que algo le apretaba la garganta, y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Dios mío, qué he hecho! ¡Dolli! ¡Por Dios!... Sí... —No pudo seguir, ahogado por los sollozos.

Daria Alexándrovna cerró bruscamente la cómoda y miró a su marido.

—Dolli, ¿qué puedo decirte?... Solo una cosa: perdóname... ¿Acaso nueve años de vida en común no pueden redimir unos momentos, unos momentos...?

Daria Alexándrovna escuchaba con los ojos bajos esperando lo que iba a decir, como suplicándole que la desengañara de alguna manera.

—... unos momentos de seducción... —pronunció Stepán Arkádich, disponiéndose a seguir.

Pero al oír esa palabra, los labios de Dolli se volvieron a crispar, y de nuevo le tembló el músculo de la mejilla derecha como a causa de un dolor físico.

—¡Márchese, márchese de aquí! —gritó con un tono de voz aún más penetrante—. Y no me hable de sus seducciones ni de sus canalladas.

Daria Alexándrovna hizo ademán de salir, pero vaciló, asiéndose al respaldo de una silla. El rostro de Stepán Arkádich se dilató, se le hincharon los labios y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—¡Dolli! —pronunció, sollozando—. ¡Por Dios, piensa en los niños; ellos no tienen la culpa! Soy culpable, castígame, dime que redima mi culpa. ¿Qué puedo hacer? ¡Estoy dispuesto a todo! ¡Soy culpable; no hay palabras para expresar hasta qué punto lo soy! Pero, Dolli, ¡perdóname!

Daria Alexándrovna se sentó. Stepán Arkádich oía su respiración fuerte y pesada, y su compasión por ella era indescriptible. Varias veces Daria Alexándrovna quiso hablar, pero no pudo. Stepán Arkádich esperaba.

—Te acuerdas de los niños solo para jugar con ellos; en cambio, yo sé que ahora están perdidos —dijo ella.

Por lo visto era una de las frases que había estado repitiendo durante estos tres días.

Daria Alexándrovna le había tratado de tú, y Oblonski la miró agradecido, acercándose para cogerle la mano; pero ella se retiró con aversión.

—Pienso en los niños y haría cualquier cosa por salvarlos, pero no sé cómo he de hacerlo, si llevándomelos o dejándolos junto a un padre depravado, sí, junto a un padre depravado... Dígame: ¿es posible que vivamos juntos después... de lo ocurrido? ¿Acaso es posible? Dígame: ¿acaso puede ser? —repetía, levantando la voz—. ¿Después de haber tenido mi marido, el padre de mis hijos, un asunto amoroso con la institutriz de los niños...?

—Pero ¿qué hacer ahora? ¿Qué hacer? —exclamó Stepán Arkádich con voz lastimera, sin saber lo que decía, y bajando más la cabeza.

—¡Me resulta usted repugnante, repulsivo! —gritó ella, cada vez más irritada—. Sus lágrimas son agua pura. Nunca me ha querido, ¡no tiene corazón ni nobleza! Es usted un hombre infame, repugnante, extraño, eso es; un hombre completamente extraño para mí.

Daria Alexándrovna pronunció con expresión de dolor y de ira la palabra «extraño», que le resultaba terrible.

Stepán Arkádich miró a su mujer, asustado y sorprendido por la ira que se reflejaba en su rostro. No comprendía que la compasión que le manifestaba provocaba su enojo. Dolli veía en él sentimiento de lástima, pero no amor. «Me odia. No me perdonará», pensó.

—¡Es horrible, horrible! —dijo.

En aquel momento se oyó, desde la habitación contigua, gritar a uno de los niños, que sin duda se había caído. Daria Alexándrovna prestó atención, y su rostro se dulcificó repentinamente. Permaneció varios segundos como si tratara de recordar dónde estaba y pensara qué es lo que debía hacer, y, poniéndose en pie rápidamente, se acercó a la puerta.

«Pero si quiere a mi hijo, a mi hijo, ¿cómo puede odiarme?», pensó Oblonski al observar el cambio de expresión del rostro de su mujer.

—Dolli, solo una palabra —dijo, siguiéndola.

—Si me sigue, llamaré a los criados y a los niños. ¡Que todos se enteren de que es usted un canalla! ¡Hoy me he de marchar; usted puede seguir viviendo aquí con su querida!

Daria Alexándrovna salió, dando un portazo. Stepán Arkádich suspiró y, enjugándose la cara, se acercó a la puerta con pasos lentos. «Matviéi dice que todo se arreglará, pero ¿cómo? No veo la manera. ¡Oh, oh, qué horror! ¡Y qué manera tan ordinaria de gritar!», se decía recordando aquellas palabras: «canalla» y «querida». «¡Y quizá lo hayan oído las criadas! ¡Ha sido terriblemente ordinaria, terriblemente ordinaria!» Permaneció inmóvil por espacio de unos segundos, se enjugó los ojos, suspiró, e irguiendo el pecho, abandonó la estancia.

Era viernes; el relojero alemán daba cuerda al reloj del comedor. Stepán Arkádich recordó, sonriendo, su broma referente a aquel relojero calvo, tan puntual; solía decir que «le habían dado cuerda para toda la vida para que él se la diera a su vez a los relojes». A Oblonski le gustaban los chistecillos. «¡Tal vez se apañe! Está bien esa palabrita: «apañarse». Habrá que contarlo por ahí», pensó.

—¡Matviéi! —llamó—. Prepara la habitación para Anna Arkádievna en la salita; que te ayude María.

—Bien, señor.

Stepán Arkádich se puso la pelliza y salió a la escalinata.

—¿No va a comer en casa? —le preguntó Matviéi mientras le acompañaba.

—Ya veremos. Toma esto para los gastos. ¿Te bastará? —dijo Oblonski, entregándole diez rublos que sacó de la cartera.

—Tendré que arreglármelas si me basta como si no —replicó Matviéi, cerrando la portezuela del coche y volviendo a la escalinata.

Mientras tanto Daria Alexándrovna, que había apaciguado al niño y comprendido por el ruido del coche que su esposo se había marchado, regresó al dormitorio. Aquel era el único refugio que tenía para huir de las preocupaciones domésticas que la asediaban apenas salía de él. En el rato en que había ido a la habitación de los niños, la inglesa y Matriona Filimónovna se las habían arreglado para hacerle unas cuantas preguntas urgentes y a las que solo ella podía contestar: ¿qué trajes debían ponerse los niños para ir de paseo? ¿Había que darles leche? ¿Tenían que buscar otro cocinero?

—¡Por Dios, déjenme, déjenme! —exclamó Daria Alexándrovna, y, volviendo a la alcoba, se sentó en el mismo sitio que había ocupado durante la conversación con su marido.

Retorciéndose las escuálidas manos, de cuyos dedos huesudos se deslizaban las sortijas, recordó lo que habían hablado.

«¡Se ha ido! Pero ¿cómo habrá acabado con ella? ¿Es posible que sigan viéndose? ¿Por qué no se lo habré preguntado? No; no es posible reconciliarse. Aun cuando sigamos juntos en la misma casa, somos extraños el uno para el otro. ¡Somos extraños para siempre! —repitió, recalcando de modo especial esa palabra, que le resultaba terrible—. ¡Y cuánto le he querido yo! ¡Dios mío, cuánto le he querido!... ¡Cómo le quería! ¿Y acaso no le quiero ahora? ¿No le quiero más que antes? Lo más terrible es que...»

Su pensamiento se interrumpió por la aparición de Matriona Filimónovna en la puerta.

—¿Quiere la señora que mande a buscar a mi hermano? Al menos, preparará la comida; no vayan a quedarse los niños sin comer hasta las seis, como ayer.

—Bueno, ahora saldré para dar las órdenes. ¿Han ido a comprar leche fresca?

Daria Alexándrovna se sumió en las preocupaciones cotidianas, ahogando en ellas momentáneamente su pena.

V

Stepán Arkádich había estudiado bien, gracias a sus aptitudes, pero como era perezoso y travieso, salió del colegio figurando entre los últimos. Sin embargo, a pesar de su vida disipada, de su baja graduación y de su juventud, ocupaba un puesto con buen sueldo como presidente de un tribunal de Moscú. Había obtenido aquel empleo gracias al marido de su hermana Anna, Alexiéi Alexándrovich Karenin, que desempeñaba uno de los más altos cargos en el ministerio del que dependía la Audiencia. Pero si Karenin no le hubiese logrado ese puesto, Stiva Oblonski habría conseguido ese mismo u otro parecido, con unos seis mil rublos de sueldo —cantidad que necesitaba, dada la mala situación de sus asuntos, a pesar de la fortuna que poseía su mujer—, por mediación de un centenar de otras personas, hermanos o hermanas, tíos, tías o tíos segundos.

La mitad de los habitantes de Moscú y de San Petersburgo eran parientes o amigos de Stepán Arkádich. Había nacido entre gentes que eran o habían llegado a ser los poderosos de este mundo. Una tercera parte de los funcionarios viejos habían sido amigos de su padre y lo habían conocido en mantillas: otra tercera parte lo tuteaba y el resto eran conocidos suyos. Por consiguiente, los repartidores de los bienes terrenales en forma de cargos, arrendamientos, concesiones y cosas por el estilo eran amigos suyos y no podían dejar de tomarse interés por él. Así pues, a Oblonski no le fue difícil obtener un buen puesto. Lo único que tuvo que hacer fue no contradecir, no sentir envidia, no discutir ni ofenderse, cosas que nunca hacía debido a su bondad innata. Le hubiera parecido ridículo que le dijeran que no conseguiría un puesto con el sueldo que le era indispensable, sobre todo porque no exigía nada excepcional, lo único que quería era lo que habían logrado otros amigos de su edad, pues podía cumplir lo mismo que cualquier otro.

Todos querían a Stepán Arkádich, no solo por su carácter alegre y bondadoso y por su probidad indiscutible, sino también por su arrogante y hermosa figura, sus ojos brillantes, sus negras cejas, sus cabellos y su rostro blanco y sonrosado, que producía una impresión agradable en los que se encontraban con él. «¡Hola, Stiva! ¡Oblonski! ¡Helo aquí!», solían decir, por lo general, sonriendo alegremente. Y aun cuando después de charlar con él no sentían una satisfacción especial, al otro día, cuando lo volvían a ver, lo acogían con igual regocijo. Después de tres años de ejercer su cargo de presidente en una de las audiencias de Moscú, Stepán Arkádich había conseguido, además del afecto, el respeto de sus compañeros, subordinados, jefes y todos los que tenían que ver con él. Las principales cualidades de Stepán Arkádich, por las que se había granjeado ese respeto, consistían, en primer lugar, en una extremada condescendencia con la gente, basada en la conciencia de sus propios defectos; en segundo lugar, en su completo liberalismo, no en el que había sacado de los diarios, sino el que llevaba en la sangre y por el cual trataba con igualdad a todo el mundo, sin tener en cuenta la posición ni la jerarquía, y, en tercer lugar —esta era su cualidad más importante—, en la perfecta indiferencia por el cargo que desempeñaba, por lo que nunca se entusiasmaba ni cometía errores.

Al llegar a la oficina, Stepán Arkádich, acompañado del respetuoso conserje que le llevaba la cartera, pasó a su pequeño despacho para ponerse el uniforme, y luego entró en la sala de la Audiencia. Todos los empleados se levantaron, saludándole alegre y respetuosamente. Como de costumbre, Stepán Arkádich les estrechó las manos y se dirigió presuroso a su sitio. Bromeó y charló un rato, justamente lo que exige la cortesía, y empezó a trabajar. Nadie mejor que Stepán Arkádich sabía hallar los límites de la libertad, la sencillez y la oficiosidad necesarios para que el trabajo resulte agradable. El secretario se acercó a Oblonski trayendo los documentos, con aire jovial y respetuoso, como todos en presencia suya, y en ese tono familiar que había introducido el propio Oblonski, le dijo:

—Por fin hemos conseguido los informes de la administración provincial de Pienza. Aquí los tiene. ¿Quiere usted...?

—¿Llegaron por fin? —preguntó Stepán Arkádich, cogiendo uno de los papeles—. Bueno, señores...

Y comenzó la sesión.

«¡Si supieran que hace media hora el presidente del tribunal se sentía culpable como un chiquillo!», pensó Stepán Arkádich, mientras escuchaba el informe con la cabeza inclinada y una expresión grave. Sus ojos sonreían mientras oía aquella lectura. Debían trabajar sin interrupción hasta las dos, hora en que se hacía un descanso para comer.

Aún no eran las dos cuando, repentinamente, se abrieron las puertas de cristal de la sala y alguien entró. Los miembros del tribunal, que se hallaban sentados bajo el retrato del zar y los que estaban tras el símbolo de la justicia, se volvieron hacia allí, alegrándose de aquella distracción, pero el ujier que permanecía junto a la puerta echó al recién llegado, cerrándola tras él.

Cuando acabaron de leer el expediente, Stepán Arkádich se puso en pie, se estiró y, rindiendo tributo al liberalismo de aquella época, encendió un cigarrillo en la sala y se fue a su despacho. Sus dos amigos, el viejo empleado Nikitin y el gentilhombre Griniévich, salieron con él.

—Nos dará tiempo de terminar después de comer —dijo Stepán Arkádich.

—¡Desde luego! —afirmó Nikitin.

—Ese Fomín debe de ser un auténtico bribón —dijo Griniévich, refiriéndose a uno de los que estaban complicados en la causa que estudiaban.

Stepán Arkádich frunció el ceño al oír las palabras de Griniévich, dando a entender que no convenía emitir juicios anticipados, y no le contestó nada.

—¿Quién ha entrado antes? —le preguntó al ujier.

—Un señor se coló sin pedir permiso en un momento en que me descuidé, excelencia. Preguntó por usted. Le dije que cuando salieran los miembros del tribunal...

—¿Dónde está?

—Se habrá ido a la antesala; primeramente estuvo dando vueltas por aquí. Es aquel —añadió el ujier, señalando a un hombre de complexión fuerte, ancho de espaldas, con la barba rizada, el cual, cubierto con un gorro de piel de carnero, subía apresuradamente los desgastados escalones de la escalera de piedra.

Un empleado enjuto que bajaba con una cartera en la mano se detuvo, miró como desaprobando las piernas de aquel hombre y le dirigió a Oblonski una mirada interrogadora.

Stepán Arkádich se hallaba en lo alto de la escalera, y su bondadoso rostro resplandeciente, que asomaba del cuello bordado del uniforme, se iluminó con más intensidad al reconocer al recién llegado.

—¡Pero si eres tú! ¡Lievin, por fin! —exclamó con una sonrisa amistosa y burlona, mirando a Lievin, que se acercaba—. ¿Cómo te has dignado venir a buscarme a esta madriguera? ¿Hace mucho que llegaste? —preguntó, y no contentándose con el apretón de manos de su amigo, le besó.

—Acabo de llegar; tenía muchos deseos de verte —contestó Lievin con expresión tímida, y mirando, al mismo tiempo, alrededor suyo, inquieto y molesto.

—Bueno, vamos a mi despacho —dijo Oblonski, que conocía el amor propio y la timidez irritable de su amigo.

Y, cogiéndole por la mano, lo arrastró con él como si lo llevara a través de grandes peligros.

Stepán Arkádich se tuteaba con casi todos los conocidos: ancianos de sesenta años, muchachos de veinte, comerciantes, actores, ministros y ayudantes generales, de manera que muchos de los que lo tuteaban pertenecían a extremos opuestos de la escala social y se habrían sorprendido mucho al enterarse de que a través de Oblonski tenían algo en común entre sí. Se tuteaba con todos los que bebían champán, y lo bebía con todo el mundo, y cuando, en presencia de sus subordinados, se encontraba con alguno de los tús vergonzosos, como solía llamar en broma a muchos de sus amigos, sabía, con su tacto innato, atenuar la desagradable impresión que esto producía en ellos. Lievin no era un tú vergonzoso, pero, debido a su tacto, Oblonski se dio cuenta de que el otro pensaba que tal vez él no deseara demostrar su intimidad en presencia de sus subordinados, por lo cual se apresuró a llevárselo a su despacho.

Lievin tenía casi la misma edad que Oblonski, y lo tuteaba no solamente por haber bebido champán con él. Había sido compañero y amigo suyo en su primera juventud. A pesar de la diferencia de caracteres y aficiones, se querían como amigos que han intimado en la adolescencia. Pero, no obstante, como sucede con frecuencia entre personas que eligen actividades diferentes, cada uno, considerando y aprobando la profesión del otro, la despreciaba en el fondo de su alma. A cada cual le parecía que la vida que llevaba era la verdadera, mientras que la del otro no era sino una ficción. Oblonski no podía reprimir una ligera sonrisa burlona al ver a Lievin. Múltiples veces le había visto a su llegada a Moscú desde el pueblo, donde se dedicaba a algo, Stepán Arkádich nunca supo exactamente a qué, y, por otra parte, ni le interesaba. Lievin venía a Moscú siempre excitado, inquieto, algo cohibido e irritado por su timidez, y, la mayoría de las veces, con un concepto nuevo e imprevisto acerca de las cosas. Stepán Arkádich se reía de esto, pero al mismo tiempo le gustaba. Asimismo, Lievin despreciaba en su fuero interno el género de vida ciudadana de su amigo y su cargo, que consideraba absurdo, riéndose de todo esto. La diferencia estribaba en que Oblonski, al hacer lo que hacían los demás, se reía seguro de sí mismo y con benevolencia, mientras que Lievin se sentía inseguro y, a veces, irritado.

—Hace mucho que te esperábamos —dijo Stepán Arkádich, entrando en el despacho y soltando el brazo de Lievin, como dándole a entender que había pasado el peligro—. Me alegra muchísimo verte. Bueno, ¿cómo estás? ¿Cuándo has llegado? —prosiguió.

Lievin callaba, mirando las caras desconocidas de los compañeros de Oblonski y, sobre todo, la mano del elegante Griniévich, de largos dedos blancos y de largas uñas pálidas y curvadas, así como los enormes gemelos brillantes de los puños de su camisa; al parecer, aquellas manos absorbían toda su atención, impidiéndole pensar. Oblonski se dio cuenta de aquello inmediatamente y sonrió.

—Permitidme que os presente —dijo—. Mis amigos Filip Ivánovich Nikitin, Mijaíl Stanislávich —y dirigiéndose a Lievin, añadió—: Konstantín Dmítrich Lievin, un miembro del zemstvo,[2] hombre original, gimnasta que levanta con una sola mano cinco puds,[3] ganadero, cazador, amigo mío y hermano de Serguiéi Ivánovich Koznishov.

—Tanto gusto —dijo el anciano.

—Tengo el honor de conocer a su hermano Serguiéi Ivánovich —dijo Griniévich, tendiéndole su fina mano de largas uñas.

—Escucha, vamos a almorzar al Gurin; allí hablaremos. Estoy libre hasta las tres.

—No, aún tengo que ir a otro sitio —replicó Lievin tras pensar un poco.

—Bueno, entonces, podemos cenar juntos.

—¿Cenar? Pero si no se trata de una cosa importante; solo tengo que decirte dos palabras. Ya charlaremos después.

—Pues dime esas dos palabras ahora y hablemos después de cenar.

—Se trata de lo siguiente..., aunque, por otra parte, no es nada de particular —dijo Lievin; de pronto, su rostro reflejó una viva irritación, provocada por los esfuerzos que hacía por vencer su timidez—. ¿Qué hacen los Scherbatski? ¿Siguen como antes? —preguntó.

Oblonski, el cual sabía desde hacía tiempo que Lievin estaba enamorado de su cuñada Kiti, sonrió imperceptiblemente y sus ojos brillaron alegres.

—Tú me has dicho dos palabras, pero yo no puedo contestarte con otras dos, porque... Perdóname un instante...

Entró el secretario llevando unos documentos, y con una familiaridad respetuosa y esa discreta conciencia, común a todos los secretarios, de su superioridad sobre los jefes en el conocimiento de los asuntos, se acercó a Oblonski para explicarle una dificultad en forma de pregunta. Stepán Arkádich, sin terminar de escucharle, puso una mano sobre la manga del secretario, con gesto cariñoso.

—De todos modos, hágalo como se lo he dicho —dijo, suavizando la advertencia con una sonrisa, y tras una breve explicación acerca de cómo entendía aquel asunto, retiró los papeles, añadiendo—: Hágalo así, por favor, Zajar Nikítich.

El secretario se alejó confuso. Lievin, que se había recobrado por completo de su turbación durante aquella consulta, se apoyaba con ambas manos en el respaldo de una silla, reflejando su rostro una atención burlona.

—No lo comprendo, no lo comprendo —dijo.

—¿Qué es lo que no comprendes? —le preguntó Oblonski, sonriendo también y sacando un cigarrillo; esperaba que Lievin tuviese alguna salida extravagante.

—No entiendo lo que hacéis —replicó este, encogiéndose de hombros—. ¿Cómo puedes hacer esto en serio?

—¿Por qué?

—Pues porque... aquí no hay nada que hacer.

—Esto es lo que crees tú, pero estamos abrumados de trabajo.

—De papeleos. Sí; verdaderamente, tienes aptitudes para esto.

—Entonces ¿crees acaso que tengo deficiencias respecto de otras cosas?

—Tal vez sí. Pero, de todos modos, admiro tu grandeza y me siento orgulloso de tener un amigo tan importante. Pero no has contestado a mi pregunta —añadió Lievin, mirándole directamente a los ojos, con un esfuerzo desesperado.

—Bueno, bueno. Espera un poco más y verás como tú también has de llegar. A pesar de tus tres mil hectáreas de tierra en la provincia de Karazin, de esos músculos, de esa lozanía de niña de doce años, también vendrás aquí con nosotros. En cuanto a lo que preguntabas, no hay novedad, pero es una lástima que no hayas venido en tanto tiempo.

—¿Por qué? —preguntó Lievin, asustado.

—Por nada. Ya hablaremos. Y en realidad, ¿para qué has venido?

—De eso también hablaremos después —contestó Lievin, volviéndose a poner colorado hasta las orejas.

—Bueno, ya entiendo. Escucha: te invitaría a casa, pero mi mujer no se encuentra bien. Si quieres ver a los Scherbatski, probablemente irán hoy, de cuatro a cinco, al parque zoológico. Kiti va a patinar. Vete allí; me pasaré a recogerte para ir a cenar a cualquier sitio.

—Perfectamente, hasta luego, entonces.

—Pero ¡oye, tú! ¡Que te conozco! A lo mejor se te olvida o te vas al pueblo —exclamó Stepán Arkádich, riéndose.

—No, seguro que no.

Y solo al salir del despacho fue cuando Lievin se dio cuenta de que no se había despedido de los amigos de Oblonski.

—Parece un señor muy enérgico —opinó Griniévich, cuando Lievin hubo salido.

—Sí, padrecito. ¡Y es un hombre afortunado! —dijo Stepán Arkádich, moviendo la cabeza—. ¡Tres mil hectáreas en Karazin, toda la vida por delante y esa lozanía! No como nosotros.

—¿De qué se queja usted, Stepán Arkádich?

—Todo va mal —dijo este con un profundo suspiro.

VI

Cuando Oblonski le preguntó a Lievin para qué había venido, este se sonrojó, cosa que le hizo irritarse contra sí mismo, porque no pudo contestarle: «Para declararme a tu cuñada», a pesar de haber venido exclusivamente a eso. Los Lievin y los Scherbatski, antiguas familias nobles de Moscú, habían mantenido siempre íntimas y amistosas relaciones. Esa amistad se había afianzado aún más durante la época estudiantil de Lievin. Se preparó e ingresó en la universidad al mismo tiempo que el joven príncipe Scherbatski, el hermano de Dolli y Kiti. En aquella época Lievin solía visitar a menudo a los Scherbatski y se prendó de la casa. Por extraño que parezca, Konstantín Lievin se había prendado precisamente de la casa, de la familia y, especialmente, del elemento femenino de los Scherbatski. No recordaba a su madre, y la única hermana que tenía era mayor que él; así pues, fue en casa de los Scherbatski donde vio por primera vez aquel ambiente del hogar noble, intelectual y distinguido, del que no había podido gozar por la muerte de sus padres. Todos los miembros de esta familia, y especialmente las mujeres, se le aparecían como cubiertos por un misterioso velo poético, y no solo no veía en ellos defecto alguno, sino que se imaginaba que bajo aquel velo existían los sentimientos más elevados y todas las perfecciones. Lievin no comprendía por qué aquellas tres señoritas hablaban un día en francés y otro en inglés; por qué a horas determinadas y por turno tocaban el piano, cuyos sones se oían arriba en la habitación del hermano donde trabajaban los estudiantes; para qué venían aquellos profesores de literatura francesa, dibujo, música y baile; por qué a unas horas fijas las tres hermanas iban en coche, acompañadas de mademoiselle Linon, al bulevar de Tvier, envueltas en sus pellizas —la de Dolli era larga; la de Natalia, de tres cuartos, y la de Kiti, muy corta, de manera que quedaban completamente al descubierto sus piernas enfundadas en unas medias encarnadas—; para qué habían de pasear por el bulevar de Tvier, acompañadas de un lacayo que llevaba una escarapela dorada en el sombrero, ni tampoco comprendía otras muchas cosas que sucedían en aquel mundo misterioso, pero sabía que todo lo que allí hacían era magnífico y estaba prendado precisamente de aquel misterio.

Durante la época de sus estudios estuvo a punto de enamorarse de la hermana mayor, Dolli, pero no tardaron en casarla con Oblonski. Después empezó a enamorarse de la segunda, parecía que sentía la necesidad de enamorarse de una de las hermanas, sin poder dilucidar de cuál de ellas precisamente. También Natalia se casó, a raíz de su presentación en sociedad, con el diplomático Lvov. Kiti era aún una niña cuando Lievin salió de la universidad. El joven Scherbatski, que había ingresado en la Marina, pereció en el mar Báltico, de manera que las relaciones de Lievin con la familia se hicieron menos frecuentes, a pesar de su amistad con Oblonski. Pero cuando a principios del invierno de aquel año Lievin llegó a Moscú, después de un año de estancia en el pueblo, comprendió de cuál de las tres hermanas le estaba realmente predestinado enamorarse. Aparentemente nada hubiera sido más sencillo que pedir la mano de la princesa Scherbátskaia, siendo Lievin un hombre de buena familia, más bien rico que pobre, y contando treinta y dos años de edad. Probablemente hubieran reconocido enseguida que se trataba de un buen partido. Pero Lievin estaba enamorado, y por eso le parecía que Kiti era una criatura tan perfecta en todos sentidos, tan por encima de todo lo terrenal, siendo él, en cambio, un ser tan bajo y mundano, que no podía pensar siquiera en que la muchacha ni los demás lo considerasen digno de ella.

Estuvo dos meses en Moscú, como en un sueño, encontrándose con Kiti casi a diario en las reuniones de sociedad, a las que asistía por verla, cuando decidió repentinamente que no tendría éxito en su propósito, y se marchó al pueblo.

Para creer que aquello era imposible, Lievin se basaba en que, ante los padres de Kiti, él no era un partido bueno ni conveniente para la deliciosa muchacha, y en que ella no podría amarle. Ante los padres de Kiti, Lievin aparecía sin una profesión determinada ni posición social alguna, mientras que los compañeros de su edad eran ya, uno coronel y ayudante de campo, otro catedrático, otro director de un banco y de una compañía de ferrocarriles, y, por último, otro, presidente de un tribunal, como Oblonski. Él, en cambio (sabía perfectamente el efecto que esto producía en los demás), era terrateniente, se dedicaba a la cría de ganado, a la caza de perdices y a la construcción, es decir, era un hombre sin aptitudes, que no había llegado a ser nada y, según el parecer de la gente, hacía lo que hacen los que no sirven para nada.

La misteriosa y encantadora Kiti no podía amar a un hombre tan feo como se consideraba Lievin y, sobre todo, a un hombre tan simple, que no sobresalía en nada. Por otra parte, sus anteriores relaciones con Kiti —las relaciones de un hombre con una niña—, debidas a la amistad que había tenido con su hermano, le parecían un obstáculo más para este amor. Se imaginaba que se puede querer como a un amigo a un hombre bueno, como se consideraba a sí mismo, aunque sea feo, pero que era preciso ser hermoso y, sobre todo, un hombre excepcional para despertar un amor como el que le profesaba a Kiti.

Había oído decir que las mujeres suelen amar a menudo a hombres corrientes, pero no creía en eso, porque juzgaba a los demás por sí mismo, y él solo era capaz de amar a una mujer bonita, misteriosa y original.

Pero, después de pasar dos meses solo en el pueblo, se convenció de que aquel no era uno de los enamoramientos experimentados en la adolescencia, pues no hallaba ni un momento de tranquilidad, ni podía vivir sin saber si Kiti sería o no su mujer y, además, se convenció de que no tenía ninguna prueba de que lo rechazarían. Y si... No podía pensar en lo que sucedería si llegaban a rechazarlo.

VII

Lievin llegó a Moscú en el tren de la mañana y se hospedó en casa de su hermano mayor, Koznyshov. Una vez que se hubo cambiado de traje, entró en el despacho de su hermano con intención de exponerle inmediatamente los motivos de su viaje y pedirle consejo; pero Koznishov no estaba solo. Lo acompañaba un profesor de filosofía llegado de Járkov, con el exclusivo propósito de dilucidar una disputa grave que había surgido entre ellos acerca de una cuestión filosófica muy importante. El profesor sostenía una ardiente polémica con los materialistas y Serguiéi Koznishov, que la seguía con interés, le escribió exponiendo sus puntos de vista al leer el último artículo; le reprochaba que hiciera demasiadas concesiones al materialismo. El profesor se presentó sin demora en Moscú para discutir aquello. Se trataba de una cuestión que estaba de moda: ¿existe un límite entre los fenómenos psíquicos y los fisiológicos del hombre? ¿Y dónde está?

Serguiéi Ivánovich acogió a su hermano con la sonrisa afectuosa y fría con que solía acoger a todo el mundo, y, tras presentárselo al profesor, prosiguió la conversación.

El profesor, un hombrecillo con lentes, de frente estrecha, se interrumpió por un momento para saludar a Lievin, continuando después su discurso sin prestarle atención. Este se sentó, esperando a que se marchase el profesor; pero no tardó en interesarse por la discusión.

Había tropezado en las revistas con los artículos sobre los que se estaba discutiendo, tomándose interés por ampliar sus conocimientos de las ciencias naturales —había seguido la carrera de naturalista—, pero nunca solía comparar esas consecuencias científicas acerca de la procedencia del hombre como animal, de los reflejos, de la biología y de la sociología con los problemas del significado que tenía para él la vida y la muerte, problemas que le preocupaban cada vez más durante los últimos tiempos.

Escuchando la conversación de su hermano con el profesor, se dio cuenta de que relacionaban los problemas científicos con los relativos al alma. Varias veces habían abordado tales cuestiones, pero cada vez, al llegar casi al punto más importante, según creía Lievin, se desviaban inmediatamente y volvían a profundizar en el dominio de las sutiles subdivisiones, las críticas, las citas, las alusiones, las referencias a las opiniones autorizadas, y Lievin apenas comprendía lo que hablaban.

—No puedo estar de acuerdo en modo alguno con Keiss —dijo Serguiéi Ivánovich con su peculiar claridad y exactitud de expresión y su dicción elegante— de que el concepto que tengo del mundo exterior se deriva de las sensaciones. La idea fundamental misma de la existencia no la recibo por medio de sensaciones, puesto que no hay un órgano especial para ello.

—Sí, pero Wurts, Knaust y Pripásov le contestarán que la conciencia que tiene usted de existir se deriva del conjunto de todas las sensaciones, que esa conciencia es consecuencia de aquellas.

—Yo digo lo contrario —empezó diciendo Serguiéi Ivánovich.

En esto Lievin creyó de nuevo que tras llegar al punto culminante, los interlocutores se iban a desviar de él otra vez, y se decidió a hacerle una pregunta al profesor.

—Por consiguiente, si mis sentidos se aniquilan y mi cuerpo muere, ¿no puede haber ya ninguna existencia?

El profesor, molesto y como si aquella interrupción le hubiese producido un dolor mental, miró a aquel extraño interrogador, que más bien parecía un rústico que un filósofo, volviendo después los ojos hacia Serguiéi Ivánovich como preguntándole: «¿Qué puede uno decir?»; pero Koznyshov, que estaba lejos de hablar con la intransigencia y la persuasión con que hablaba el profesor, y cuyas ideas eran lo bastante amplias para poder contestarle a este y comprender el punto de vista sencillo y natural con que estaba hecha la pregunta, se sonrió diciendo:

—Aún no podemos contestar a esto...

—No tenemos datos —afirmó el profesor, y continuó con sus argumentos—. No. Observo que si, como afirma Pripásov, las sensaciones se fundan en las impresiones, debemos distinguir, de modo riguroso, estos dos conceptos.

Lievin dejó de escuchar, esperando a que se fuera el profesor.

VIII

Cuando el profesor se hubo marchado, Serguiéi Ivánovich se dirigió a su hermano:

—Me alegro mucho de que hayas venido. ¿Vas a estar mucho tiempo? ¿Qué tal la finca?

Lievin sabía que a su hermano no le interesaban las propiedades y que se informaba acerca de ellas por condescendencia, de manera que solo le habló de la venta del trigo y del dinero.

Hubiera querido contarle su propósito de contraer matrimonio y pedirle consejo, incluso estaba firmemente decidido a ello. Pero cuando vio a Serguiéi Ivánovich y oyó su conversación con el profesor, así como aquel tono, involuntariamente protector, con el que le hizo las preguntas acerca de la administración de la finca (no habían hecho repartos de las tierras de su madre, y Lievin las administraba todas), se dio cuenta de que no podía empezar a hablar con su hermano acerca de sus proyectos y de que este no los consideraría como Lievin quisiera.

—Bueno, ¿qué me dices del zemstvo? —preguntó Serguiéi Ivánovich, el cual se tomaba gran interés por esa institución, dándole mucha importancia.

—Pues no sé qué decirte...

—¿Cómo?... Pero si eres miembro de la administración.

—No, ya no lo soy; me he dado de baja, ya no asisto a las reuniones —respondió Lievin.

—¡Es una lástima! —profirió Serguiéi Ivánovich, frunciendo el ceño.

Para justificarse, Lievin le relató lo que sucedía en las reuniones de su distrito.

—¡Siempre ocurre así! —interrumpió Serguiéi Ivánovich—. ¡Los rusos siempre somos así! Tal vez sea una buena condición esa capacidad de reconocer nuestros defectos; pero exageramos, consolándonos con la ironía que siempre tenemos dispuesta en la lengua. Solo te diré que si se les concediesen unos derechos como los de nuestras instituciones del zemstvo a otro pueblo europeo, por ejemplo, a los alemanes o a los ingleses, habrían conseguido la libertad por medio de ellos; en cambio, nosotros no hacemos sino tomarlos a broma.

—¿Qué le hemos de hacer? —dijo Lievin como excusándose—. Fue mi última prueba. La ensayé con toda mi alma. Pero no puedo, no soy capaz.

—No es que no seas capaz, es que enfocas mal el asunto —replicó Serguiéi Ivánovich.

—Tal vez —respondió Lievin, desanimado.

—¿Sabes que nuestro hermano Nikolái está aquí otra vez?

Nikolái, hermano mayor de Konstantín Lievin y hermanastro de Serguiéi Ivánovich, era un hombre perdido; había disipado gran parte de su fortuna, tenía relación con gente extravagante y de mala fama y estaba reñido con sus dos hermanos.

—¿Qué dices? —exclamó Lievin, horrorizado—. ¿Cómo lo sabes?

—Prokofi lo ha visto en la calle.

—¿Aquí, en Moscú? ¿Dónde para? ¿Lo sabes?

Lievin se levantó, como disponiéndose a salir enseguida.

—Lamento habértelo dicho —replicó Serguiéi Ivánovich, moviendo la cabeza al ver la agitación de su hermano—. He mandado averiguar dónde vive y le he remitido la letra de Trubin que pagué. He aquí lo que me ha contestado.

Serguiéi Ivánovich le tendió a su hermano un papel que tenía debajo del pisapapeles. Lievin leyó aquella nota, escrita con una letra extraña, que le era familiar:

Os ruego encarecidamente que me dejéis en paz. Es lo único

que exijo de mis amables hermanos.

NIKOLÁI LIEVIN

 

Después de leerla, Lievin permaneció ante su hermano con la nota entre los dedos, sin levantar la cabeza. En su alma luchaban el deseo de olvidar a su desdichado hermano y la conciencia de que eso no estaba bien.

—Por lo visto quiere herirme —continuó Serguiéi Ivánovich—, pero no puede hacerlo. Desearía ayudarle con toda mi alma, pero sé que es imposible.

—Sí, sí —replicó Lievin—. Te entiendo y aprecio tu comportamiento hacia él, pero iré a verle.

—Hazlo si quieres, aunque no te lo aconsejo. No lo temo por lo que a mí respecta; no podrá indisponerte conmigo. Pero te aconsejo que no vayas por ti. No se le puede ayudar. En fin, haz lo que quieras.

—Tal vez sea imposible ayudarle, pero siento, sobre todo en este momento (claro es que se trata de otra cosa), que no puedo quedarme tranquilo.

—La verdad es que no lo comprendo —dijo Serguiéi Ivánovich—. Lo único que comprendo es esa lección de humildad. He empezado a considerar de otra manera, con más indulgencia, lo que se suele llamar infamia desde que nuestro hermano Nikolái se ha vuelto así... Ya sabes lo que hizo.

—¡Es horrible! ¡Es horrible! —repetía Lievin.

Cuando el criado de Serguiéi Ivánovich le dio las señas de Nikolái, Lievin se disponía a ir a verle inmediatamente, pero después de reflexionar decidió aplazar aquella visita hasta la noche. Ante todo, para tener tranquilidad de ánimo, necesitaba resolver el asunto que le había llevado a Moscú. De casa de Koznishov Lievin se dirigió a la oficina de Stepán Arkádich y, después de informarse acerca de los Scherbatski, fue al lugar donde aquel le dijo que podía hallar a Kiti.

IX

A las cuatro de la tarde, Lievin, con el corazón palpitante, bajó del coche de punto, en las puertas del parque zoológico, y se encaminó por un sendero, hacia las montañas y la pista, con la seguridad de encontrar allí a Kiti, pues había visto el coche de los Scherbatski a la entrada.

Era un día claro y frío. Junto a la puerta había filas de carruajes y de trineos, y se veían algunos cocheros y algunos guardias. El público, bien arreglado, con sus sombreros que resplandecían bajo el sol brillante, bullía junto a las puertas y en las alamedas, limpias de nieve, entre las casitas de estilo ruso con adornos esculpidos. Los viejos y frondosos abedules del parque, cuyas ramas se inclinaban bajo el peso de la nieve, parecían engalanados con solemnes vestiduras nuevas.

Lievin caminaba por el sendero hacia la pista, diciéndose: «No debo emocionarme, es preciso estar tranquilo. ¿Qué te pasa? ¡Calla, tonto!», añadía, dirigiéndose a su corazón. Y cuanto más se esforzaba por tranquilizarse, tanto más emocionado se sentía. Un conocido lo saludó, pero Lievin ni siquiera reconoció quién era. Se acercó a las montañas, en las que chirriaban las cadenas de los trineos que subían y bajaban, produciendo gran estrépito, y donde se oían alegres voces. Avanzó unos cuantos pasos más, quedando la pista al descubierto ante él, e inmediatamente, entre los que patinaban, reconoció a Kiti.

Se dio cuenta de que estaba allí por la alegría y el temor que invadieron su corazón. Kiti estaba en el extremo opuesto de la pista hablando con una señora. Al parecer no había nada extraordinario en su traje ni en su postura. Pero a Lievin le fue tan fácil reconocerla entre la multitud como un rosal entre ortigas. Ella parecía iluminarlo todo, parecía una sonrisa que hiciera refulgir todo en torno suyo. «¿Es posible que pueda bajar a la pista y acercarme a ella?», pensó Lievin. El lugar donde se encontraba Kiti se le apareció como un santuario inaccesible y hubo un momento en que estuvo a punto de irse, tal fue el temor que le invadió. Tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de que Kiti estaba rodeada de toda clase de personas y de que también él podía patinar allí. Bajó a la pista, evitando mirar a Kiti prolongadamente, como si se tratase del sol, pero la veía sin mirarla, lo mismo que ocurre con el sol.

Aquel día de la semana y a aquella hora se reunían en la pista personas de una misma esfera social, que se conocían todas. Había excelentes patinadores, que presumían de su arte, y también aprendices, los cuales, sujetándose a los sillones,[4] patinaban con movimientos torpes y tímidos; muchachos y viejos, que lo hacían con fines higiénicos. A Lievin le parecía que todos ellos eran seres elegidos por la fortuna, por hallarse cerca de ella. Al parecer, los patinadores perseguían y adelantaban a Kiti e incluso le hablaban con una completa indiferencia, divirtiéndose independientemente de ella y disfrutando de la excelente pista y del buen tiempo.

Nikolái Scherbatski, el primo de Kiti, vestido con unos pantalones ceñidos y una chaqueta corta, descansaba en un banco con los patines puestos y, al ver a Lievin, le gritó:

—¡Eh, primer patinador de Rusia! ¿Hace mucho que ha llegado? El hielo está excelente, póngase los patines.

—No los he traído —contestó Lievin, sorprendiéndose de aquella audacia y desenvoltura en presencia de Kiti, sin perderla de vista ni un solo instante, a pesar de que no la miraba.

Se dio cuenta de que el sol se le iba acercando. Kiti, que se hallaba en un extremo de la pista, colocando sus estrechos piececitos, calzados con botas altas, en una postura torpe, empezó a deslizarse hacia él al parecer asustada. Un niño vestido con traje nacional ruso la adelantó, haciendo gestos desesperados e inclinándose hacia el suelo. Kiti patinaba con poca seguridad; había sacado las manos del manguito que llevaba colgando de un cordón, como para tenerlas dispuestas, y, mirando a Lievin, al que había reconocido, le sonreía temerosa. Al acabar la vuelta, con un impulso de su piececito flexible, se deslizó junto a Scherbatski y, agarrándose a él y sonriendo, saludó a Lievin con un movimiento de cabeza. Era aún más encantadora de lo que se la imaginaba.

Cuando pensaba en Kiti, Lievin podía imaginársela vivamente a toda ella, y sobre todo aquella encantadora cabecita rubia, tan graciosamente colocada sobre sus esbeltos hombros de muchacha, con esa expresión de niña, dulce y serena. La expresión pueril de su rostro junto con la esbeltez del talle constituían aquel encanto especial, que Lievin entendía bien; pero lo que siempre le asombraba en ella, como una cosa inesperada, eran sus tímidos ojos serenos y sinceros y aquella sonrisa que lo transportaba a un mundo mágico, en el que se sentía enternecido y dulcificado como solo recordaba haberlo estado raras veces en su primera infancia.

—¿Hace mucho que está usted aquí? —preguntó Kiti, tendiéndole la mano—. Muchas gracias —añadió al recogerle Lievin el pañuelo que se le había caído del manguito.

—¿Qué? No, hace poco; llegué ayer, es decir, hoy... —respondió este, que no había entendido enseguida la pregunta a causa de su emoción—. Quería haber ido a su casa —prosiguió, pero al recordar el motivo por el que buscaba a Kiti, se turbó, enrojeciendo—. No sabía que patinaba usted, lo hace admirablemente.

Kiti examinó a Lievin con atención, como si deseara comprender el motivo de su azoramiento.

—Su elogio es digno de estima. Aquí sigue la tradición de que es usted el mejor patinador —dijo, mientras sacudía la escarcha del manguito con su manita enfundada en un guante negro.

—Sí, hubo una época en que el patinar me apasionaba; quería llegar a la perfección.

—Parece que se apasiona usted por todo —objetó Kiti, sonriendo—. Me gustaría mucho verle patinar. Póngase los patines y patinemos juntos.

«¡Patinar juntos! ¿Es posible?», pensaba Lievin, mirando a la muchacha.

—Ahora mismo —dijo, y fue a ponérselos.

—Hace mucho que no venía por aquí, señor —observó el empleado de la pista, mientras, sujetándole un pie, le atornillaba el patín—. No hay nadie que patine como usted. ¿Está bien así? —preguntó, apretando la correa.

—Está bien, está bien; dese prisa, por favor —le contestó Lievin, reprimiendo a duras penas la sonrisa de felicidad que apareció en su rostro, a pesar suyo. «¡Esto es vida! ¡Esto es la dicha! —pensaba—. Ha dicho «juntos», «patinemos juntos». ¿Se lo diré ahora? Pero temo hacerlo precisamente ahora que me siento feliz, feliz con la esperanza... ¿Y luego?... ¡Pero es preciso! ¡Es preciso! ¡Fuera la timidez!»

Lievin se puso en pie, se quitó el abrigo y, tomando carrerilla sobre el hielo rugoso inmediato a la casita, salió a la superficie lisa de la pista, deslizándose, sin esfuerzo, como si solo por medio de su voluntad pudiese acelerar, acortar y dirigir la carrera. Se acercó a Kiti con timidez, pero la sonrisa de la muchacha lo tranquilizó de nuevo.

Kiti le dio la mano y se deslizaron juntos, acelerando la marcha, y cuanto más deprisa iban, tanto más se la apretaba.

—Con usted aprendería a patinar más pronto; no sé por qué será, pero me siento segura con usted —le dijo.

—Yo también me siento seguro cuando se apoya usted en mí —replicó Lievin, ruborizándose al punto, asustado de lo que había dicho.

Y, en efecto, en cuanto hubo pronunciado estas palabras, repentinamente, como si el sol se ocultase tras unas nubes, la dulzura de Kiti se disipó y Lievin vio aquel gesto de su rostro que le era conocido y que significaba reconcentración: en su tersa frente apareció una arruga.

—¿Qué le pasa? Claro es que no tengo derecho de preguntárselo —dijo apresuradamente.

—¿Por qué? No, no me pasa nada —contestó Kiti con expresión fría, añadiendo enseguida—: ¿Ha visto usted a mademoiselle Linon?

—No, aún no.

—Vaya a verla, lo aprecia mucho.

«¿Qué es esto? La he ofendido. ¡Dios mío, ayúdame!», pensó Lievin, y se dirigió corriendo hacia el banco en el que se hallaba sentada la vieja francesa de canosos cabellos rizados. Esta acogió a Lievin como a un viejo amigo, mostrando, al sonreír, su dentadura postiza.

—Vamos creciendo —observó, indicándole a Kiti con la mirada— y envejecemos. Tiny bear es ya mayor —prosiguió riendo al recordarle la broma que solía gastar acerca de las tres señoritas, a las que llamaba oseznos, basándose en un cuento inglés—. ¿Recuerda usted que solía llamarla así?

Lievin no se acordaba ni remotamente de aquella broma; en cambio, a la francesa le divertía mucho y hacía diez años que se reía con lo mismo.

—Bueno, vaya, vaya a patinar. ¿Verdad que nuestra Kiti patina ya muy bien?

Cuando Lievin volvió corriendo junto a Kiti, su rostro ya no expresaba severidad, sus ojos miraban sinceros y suaves como antes; pero Lievin creyó notar que en su afabilidad había un tono especial de calma premeditada. Y se sintió triste. Después de hablar con él acerca de su vieja institutriz y de sus rarezas, Kiti le preguntó acerca de su vida.

—¿Es posible que no se aburra usted en invierno en el pueblo?

—No, no me aburro; suelo estar muy ocupado —contestó Lievin, dándose cuenta de que Kiti lo sometía a ese tranquilo tono suyo del que no se sentiría con fuerzas de escapar, como ya le había ocurrido a principios del invierno.

—¿Viene para mucho tiempo? —preguntó la muchacha.

—No lo sé —replicó Lievin, sin darse cuenta de lo que decía.

Pensó que si se dejaba dominar por aquel tono suyo de serena amistad se volvería a marchar sin haber resuelto nada, y decidió sublevarse.

—¿Cómo no lo sabe?

—Pues no lo sé. Depende de usted —le dijo, asustándose al punto de sus palabras.

Kiti no oyó o no quiso oír esas palabras. Como si tropezara, dio dos golpes con uno de los piececitos y se alejó rápidamente. Acercándose a mademoiselle Linon, y tras decirle algo, se dirigió a la casita donde las señoras se quitaban los patines.

«¡Dios mío, qué he hecho! ¡Dios mío, ayúdame, ilumíname!», se decía Lievin, rezando y, como al mismo tiempo sintiera necesidad de realizar un ejercicio violento, se lanzó a patinar describiendo círculos concéntricos y excéntricos.

Mientras tanto, uno de los jóvenes, el mejor patinador de los nuevos, salió del café con un cigarrillo en la boca y los patines puestos y, tomando carrerilla, bajó los escalones, dando saltos y armando gran estrépito. Una vez abajo, y sin variar siquiera la posición libre de las manos, se deslizó por el hielo.

—¡Ah, este es un truco nuevo! —exclamó Lievin, e inmediatamente corrió arriba para hacer lo mismo.

—¡No se vaya a matar, hay que tener práctica! —le gritó Nikolái Scherbatski.

Lievin subió hasta el descansillo, tomando todo el impulso que pudo mientras subía y se lanzó hacia abajo, manteniendo el equilibrio con los brazos en actitud torpe. En el último escalón, tropezó, pero, rozando apenas el hielo con la mano, hizo un rápido movimiento, se irguió y, echándose a reír, prosiguió la carrera.

«¡Qué muchacho tan agradable!», pensó Kiti, que en aquel momento salía de la casa acompañada de mademoiselle Linon, mirando a Lievin con una sonrisa dulce y cariñosa, como si se tratase de un hermano querido. «¿Es posible que sea yo culpable? ¿Es posible que haya hecho algo malo? Dicen que esto es coquetería. Sé que quiero a otro, pero me encuentro tan bien a su lado, y es tan simpático... Pero ¿por qué me habrá dicho eso?...», pensaba.

Al ver que Kiti se iba y que su madre la esperaba en las escaleras, Lievin, enrojecido por el ejercicio violento, se detuvo, quedándose pensativo. Y, quitándose los patines, las alcanzó en las puertas del parque.

—Me alegro mucho de verle. Recibimos los jueves, como siempre —dijo la princesa.

—Entonces ¿hoy?

—Nos será muy grata su visita —replicó la princesa en tono seco.

Esta sequedad disgustó a Kiti, que no pudo reprimir el deseo de suavizar aquel tono frío de su madre. Volvió la cabeza y, con una sonrisa, dijo:

—Hasta luego.

En aquel momento, Stepán Arkádich, con el sombrero ladeado, el rostro y los ojos resplandecientes, entraba en el parque con aire alegre y triunfador. Pero, al acercarse a su suegra, respondió a sus preguntas acerca de la salud de Dolli con expresión triste y contrita. Tras hablar con ella en tono bajo y desanimado, cogió a Lievin del brazo.

—¿Qué? ¿Nos vamos? —le preguntó—. He estado pensando en ti todo el tiempo, y me alegra mucho, mucho que hayas venido —añadió, mirándole a los ojos con expresión significativa.

—Sí, vamos, vamos —contestó Lievin, sintiéndose dichoso, sin dejar de oír el sonido de aquella voz que le había dicho «Hasta luego» y viendo la sonrisa que había acompañado estas palabras.

—¿Al Inglaterra o al Ermitage?

—Me da lo mismo.

—Entonces vamos al Inglaterra —dijo Stepán Arkádich, eligiendo este restaurante precisamente porque allí debía más que en el Ermitage. Creía que no estaba bien dejar de ir allí por ese motivo—. ¿Te espera un coche? Perfectamente. Yo había despedido el mío.

Durante todo el trayecto los dos amigos fueron en silencio; Lievin pensaba acerca de lo que significaba aquel cambio de expresión en el rostro de Kiti, tan pronto asegurándose que había esperanzas, tan pronto desesperándose y viendo claramente que sus ilusiones eran insensatas. Sin embargo, se sentía otro hombre, no se parecía en nada al que era antes de la sonrisa y de aquel «hasta luego» de Kiti.

Entretanto, Stepán Arkádich iba componiendo la minuta de la cena.

—¿Te gusta el rodaballo? —le preguntó a Lievin cuando llegaban.

—¿Qué? —preguntó Lievin a su vez—. ¿El rodaballo? Sí, me gusta con delirio.

X

Al entrar en el restaurante con Oblonski, Lievin no pudo menos de observar en aquel una expresión particular, como una alegría contenida, que denotaba tanto su rostro como toda su figura. Oblonski se quitó el gabán y con el sombrero ladeado se dirigió al comedor, dando al paso órdenes a los solícitos camareros vestidos de frac y con la servilleta debajo del brazo. Saludando a derecha e izquierda a los amigos que lo acogían con simpatía, aquí lo mismo que por doquier, Oblonski se acercó al mostrador, donde tomó vodka y un poco de pescado; le dijo algo a la cajera francesa, pintada y emperifollada con cintitas y encajes, que la hizo reír de muy buena gana. En cambio, Lievin se abstuvo de tomar vodka, precisamente porque le molestaba aquella francesa, que parecía estar compuesta de cabellos ajenos, poudre de riz y vinaigre de toilette. Como si se hubiese acercado a un lugar infecto, se alejó de allí precipitadamente. Su alma estaba henchida del recuerdo de Kiti y ante sus ojos veía su sonrisa triunfante y feliz.

—Tenga la bondad de pasar por aquí, excelencia —dijo un camarero viejo de anchas caderas, por cuyo motivo se le separaban los faldones del frac, y en señal de respeto a Oblonski, acogió a su invitado, diciéndole—: Haga el favor, excelencia.

Extendió rápidamente un mantel limpio sobre otro puesto en la mesa redonda que se hallaba bajo una lámpara de bronce y, acercando las sillas tapizadas de terciopelo, se quedó junto a Stepán Arkádich esperando sus órdenes.

—Si su excelencia desea un reservado, no tardará en quedarse libre; ahora está allí el príncipe Golitsin con una señora. Tenemos ostras frescas.

—¡Ah! ¿Tienen ostras?

Stepán Arkádich se quedó pensativo.

—Qué, ¿te parece que alteremos el plan, Lievin? —dijo, deteniendo el dedo sobre la carta. Su rostro expresaba una gran indecisión—. ¿Son buenas las ostras? ¿Eh?

—Son de Flensburgo, hoy no tenemos de Ostende.

—Tanto da que sean de Flensburgo; pero ¿están frescas?

—Las hemos recibido ayer.

—Entonces, ¿empezamos por las ostras y cambiamos todo el plan? ¿Eh?

—Me da lo mismo. Para mí lo mejor son los schi y la kasha[5]; pero aquí no tienen de eso.

—¿Desea su excelencia kasha à la russe? —preguntó el camarero, inclinándose hacia Lievin como un aya ante un niño.

—No, de verdad, lo que tú pidas estará bien. He patinado mucho y tengo hambre. Y no creas —añadió, viendo que el rostro de Oblonski expresaba descontento— que no he de apreciar tu elección. Comeré muy a gusto.

—¡No faltaba más! Puedes decir lo que quieras, pero comer bien es uno de los mayores placeres de la vida —dijo Stepán Arkádich—. Bueno, pues nos vas a traer ostras, dos...; será poco, tres docenas; sopa de verdura...

—Printanière —dijo el camarero.

Pero, al parecer, Stepán Arkádich no deseaba proporcionarle el placer de poner nombres franceses a los platos.

—De verdura, ¿sabes? Después rodaballo en salsa, y después... rosbif, pero que sea bueno. Y luego, capones y conservas.

El camarero recordó la costumbre de Oblonski de no llamar los platos con nombres franceses, pero, sin embargo, se dio el gusto de repetir todo el menú según la carta francesa: «Soupe printanière, turbot sauce Beaumarchais, poularde à l’estragon, macedoine de fruits...», e inmediatamente, como movido por un resorte, retiró la carta y colocó la de los vinos ante Stepán Arkádich.

—¿Qué vamos a beber?

—Lo que quieras, pero no mucho... champán —dijo Lievin.

—¿Cómo? ¿Para empezar? Bueno, tal vez tengas razón. ¿Te gusta el de sello blanco?

—Cachet blanc —replicó el camarero.

—Bueno, tráenos de ese para las ostras, y después ya veremos.

—Muy bien. Y ¿qué vino de mesa desea, excelencia?

—Sírvenos una botella de Nu. Y si no, mejor el clásico Chablis.

—Muy bien. ¿Le traigo queso del suyo, excelencia?

—Sí, parmesano. ¿O prefieres otro?

—Me da lo mismo —contestó Lievin, sin poder contener una sonrisa.

El camarero se alejó corriendo, con los faldones del frac separados, y a los cinco minutos entró volando con una bandeja de ostras abiertas en sus conchas de nácar y una botella entre los dedos.

Stepán Arkádich arrugó la servilleta almidonada y se remetió una punta en el chaleco, apoyó los brazos y empezó a tomar las ostras.

—No están mal —dijo, mientras arrancaba con un tenedorcito de plata las ostras vivas de sus conchas nacaradas, tragándoselas una tras otra—. No están mal —repitió, mirando con sus ojos brillantes tan pronto a Lievin como al camarero.

Lievin también tomó ostras, aunque prefería el pan blanco y el queso. Estaba admirado de ver a Oblonski. Incluso el camarero, que había descorchado la botella y escanciado el vino espumoso en las finas copas de cristal, miró a Oblonski con una sonrisa de satisfacción mientras se arreglaba la corbata blanca.

—¿No te gustan mucho las ostras, o es que estás preocupado? —preguntó Stepán Arkádich, apurando la copa.

Oblonski deseaba que Lievin estuviese alegre. Y lo estaba, pero se sentía cohibido. Con el estado de ánimo que tenía, le molestaba aquel restaurante con sus reservados, en los que se comía con mujeres, y aquella barahúnda, así como los bronces, los espejos, las luces y los camareros. Temía mancillar aquello que llenaba su alma.

—¿Yo? Sí, estoy preocupado y, además, todo esto me cohíbe —contestó—. No te puedes figurar lo extraño que me resulta este ambiente a mí, que soy un pueblerino; es algo así como las uñas de aquel señor que vi en tu oficina...

—Sí, ya me di cuenta de que las uñas del pobre Griniévich te habían interesado mucho —dijo Oblonski riéndose.

—Es algo imposible. Procura ponerte en mi lugar, adopta el punto de vista de un hombre que vive en el campo. Allí tratamos de tener las manos dispuestas para trabajar cómodamente; por eso nos cortamos las uñas y hasta nos remangamos a veces. En cambio, aquí la gente se deja crecer las uñas lo más que pueden y, a modo de gemelos, se ponen unos platillos para no poder hacer nada con las manos.

Stepán Arkádich sonrió jovialmente.

—Eso es señal de que no realiza un trabajo rudo. En él trabaja el intelecto...

—Quizá. Pero de todas formas se me hace raro, lo mismo que el que nosotros, habitantes del campo, procuremos saciarnos lo más pronto posible para estar en condiciones de proseguir nuestro trabajo, y, en cambio, tú y yo tratemos de demorar ese momento, y por eso empezamos por tomar ostras...

—Claro... Pero en eso estriba el objeto de la civilización: que todas las cosas se conviertan en placer —replicó Stepán Arkádich.

—Bueno, si ese es el objeto de la civilización, prefiero ser salvaje.

—Ya lo eres. Todos los Lievin lo sois.

Lievin suspiró. Recordó a su hermano Nikolái y, sintiéndose avergonzado y pesaroso, frunció el entrecejo; pero Oblonski le habló de algo que no tardó en distraerlo.

—¿Vas a ir esta noche a casa de los Scherbatski? —le preguntó con expresión significativa, mientras apartaba las rugosas conchas vacías y acercaba el queso.

—Iré sin falta. Aunque me ha parecido que la princesa me invitó de mala gana —contestó Lievin.

—¡Qué va! ¡Qué tontería! Son sus modales... ¡Eh, amigo, sírvanos la sopa!... Son sus modales de grande dame —dijo Stepán Arkádich—. Yo también iré, pero antes tengo que acudir al coro de la condesa Bánina. Desde luego, eres un salvaje. ¿Cómo explicar si no tu desaparición de Moscú? Los Scherbatski me han estado preguntando constantemente por ti, como si yo supiera... Solo sé una cosa: que haces siempre lo que no hace nadie.

—Sí, tienes razón, soy un salvaje —contestó Lievin lentamente y con alteración—. Pero mi salvajismo no está en haberme ido de aquí, sino en haber vuelto. He venido ahora...

—¡Oh, qué feliz eres! —le interrumpió Stepán Arkádich, mirándolo a los ojos.

—¿Por qué?

—Conozco a los caballos fogosos por la marca y a los jóvenes enamorados por los ojos —declamó Stepán Arkádich—. Tienes todo por delante.

—¿Y tú lo tienes ya todo en el pasado?

—No es eso precisamente, pero lo tuyo pertenece al porvenir y lo mío es presente, un presente no del todo agradable.

—¿Qué te ocurre?

—No van bien las cosas. No quiero hablar de mí mismo; además, no se puede explicar todo —dijo Stepán Arkádich—. Bueno, ¿para qué has venido a Moscú?... ¡Oye, tú, cambia los platos! —le gritó al camarero.

—¿No te lo figuras? —replicó Lievin, sin dejar de mirar a Oblonski con sus ojos profundos y luminosos.

—Sí, pero no me atrevo a empezar a hablar de ello. Con esto ya te puedes dar cuenta si he acertado o no —dijo Stepán Arkádich, mirando a Lievin y sonriendo sutilmente.

—Bueno, ¿y qué me dices? —preguntó Lievin con voz debilitada y notando que le temblaban los músculos del rostro—. ¿Qué opinas de eso?

Stepán Arkádich apuró lentamente su vaso de Chablis, sin quitar la vista de Lievin.

—¿Yo?... ¡No desearía otra cosa! ¡Es lo mejor que podría suceder! —replicó.

—Pero ¿no te equivocas? ¿Sabes de lo que estamos hablando? ¿Crees que es posible? —insistió Lievin, clavando los ojos en su interlocutor.

—Lo creo posible. ¿Por qué no?

—¿De veras lo crees posible? ¡Dime todo lo que piensas! ¿Y si me espera una negativa?... Estoy casi seguro de ello...

—¿Por qué lo piensas? —preguntó Stepán Arkádich, sonriendo al ver la inquietud de Lievin.

—Eso es lo que me parece a veces, y sería horrible para mí y para ella.

—Bueno, en todo caso, para ella no tendría nada de horrible. Todas las muchachas se jactan de que las pidan en matrimonio.

—Sí, todas las muchachas lo hacen, pero ella no.

Stepán Arkádich se sonrió. Comprendía muy bien el sentimiento de Lievin, sabía que para él todas las muchachas del mundo se dividían en dos clases: la primera se componía de todas las jóvenes, excepto Kiti, y estas mujeres tenían todas las flaquezas humanas y eran completamente corrientes; en la segunda estaba ella sola, que no tenía ninguna flaqueza y se hallaba muy por encima de todo lo humano.

—Espera, sírvete salsa —le dijo a Lievin, deteniéndole la mano que rechazaba la fuente.

Obedeciendo, Lievin se sirvió un poco de salsa, pero no dejó comer a Stepán Arkádich.

—No, espera, espera —dijo—. Comprende que esto es para mí cuestión de vida o muerte. Nunca he hablado con nadie acerca de esto ni puedo hacerlo, excepto contigo. Ya ves, somos diferentes en todo: tenemos aficiones y puntos de vista distintos, pero sé que me quieres y que me comprendes, y por eso te aprecio muchísimo. Pero, ¡por Dios!, sé completamente sincero conmigo.

—Te digo lo que pienso —contestó Stepán Arkádich, sonriendo—, y te diré aún más: mi esposa es una mujer extraordinaria... —Oblonski suspiró al recordar el estado de sus relaciones con Dolli, y tras un breve silencio, continuó—: Tiene el don de prever los acontecimientos. Conoce a la gente como si viera a través de ella, pero eso no es todo. Sabe lo que ha de ocurrir, sobre todo tratándose de matrimonios. Por ejemplo, ha predicho que la Shajóvskaia se casaría con Brentiélln. Nadie quería creerlo, pero resultó ser así. Y está de tu parte.

—¿Entonces...?

—No solo te quiere, sino que dice que Kiti será, sin falta, tu mujer.

Al oír estas palabras, el rostro de Lievin se iluminó con sonrisa próxima a las lágrimas de ternura.

—¡Eso es lo que dice! —exclamó—. Siempre he dicho que tu mujer es encantadora. Bueno, basta, no hablemos más de esto —añadió, levantándose.

—Perfectamente, pero siéntate.

Lievin no podía permanecer sentado. Recorrió por dos veces, con sus pasos firmes, la pequeña estancia, pestañeó para ocultar las lágrimas y solo entonces volvió a la mesa.

—Comprende que no se trata de un amor corriente. He estado enamorado otras veces, pero no es así. No es un sentimiento mío, sino una fuerza externa la que me domina. Me fui de Moscú porque había decidido que eso no podría ser, lo mismo que la felicidad no puede existir en la tierra. Pero he luchado conmigo mismo y he comprendido que no podría vivir sin ella. Es necesario tomar una determinación...

—Pero ¿por qué te fuiste?

—¡Oh, espera! ¡Oh! ¡Cuántas ideas! ¡Cuántas cosas tengo que preguntarte! Escúchame. No te puedes figurar el bien que me has hecho con tus palabras. Soy tan feliz que hasta me he vuelto malo; se me olvida todo. Hoy me he enterado de que mi hermano Nikolái... está aquí..., y hasta lo he olvidado a él. Se me figura que también él es dichoso. Esto parece una locura. Pero hay una cosa terrible... Tú te has casado y conoces este sentimiento. Lo terrible es que nosotros, hombres mayores, con un pasado..., no de amor, sino lleno de pecados, nos encontremos de pronto con un ser puro e inocente; esto es repulsivo, y no puede uno por menos de sentirse indigno.

—¡Bah! Tú no tienes muchos pecados.

—Y, sin embargo —replicó Lievin—, sin embargo, cuando considero mi vida, me estremezco, maldigo y me lamento con amargura... Sí.

—Qué le hemos de hacer, así es el mundo —dijo Stepán Arkádich.

—Solo hay un consuelo, como el de aquella oración que tanto me gustaba siempre, que nos perdonarán no por lo que nos merecemos, sino por misericordia. Solo así me puede perdonar ella.

XI

Lievin apuró el contenido de su copa y ambos permanecieron en silencio.

—Tengo algo más que decirte. ¿Conoces a Vronski? —preguntó Stepán Arkádich.

—No, no lo conozco. ¿Por qué lo preguntas?

—Trae otra botella —dijo Stepán Arkádich, dirigiéndose al camarero, el cual les llenaba las copas y daba vueltas en torno a la mesa siempre en el momento más inoportuno—. Te lo digo porque es uno de tus rivales.

—¿Quién es ese Vronski? —preguntó Lievin al instante, y la expresión de su rostro, que reflejaba un entusiasmo pueril, denotó ira y desagrado.

—Es uno de los hijos del conde Kiril Ivánovich Vronski y uno de los mejores ejemplares de la dorada juventud petersburguesa. Lo conocí en Tvier cuando hacía el servicio. Él solía ir allí para el reclutamiento. Es inmensamente rico, apuesto y tiene muy buenas relaciones. Es ayudante de campo y, además, un muchacho muy simpático y muy bueno. Al tratarlo aquí, he comprobado que también es culto y muy inteligente: un hombre que llegará lejos.

Lievin frunció el ceño, guardando silencio.

—Llegó aquí poco después de haberte marchado tú —aclaró Stepán Arkádich—. Según creo, está enamoradísimo de Kiti, y comprenderás que la madre...

—Perdóname, pero no entiendo absolutamente nada —replicó Lievin, taciturno.

E inmediatamente recordó a su hermano Nikolái y pensó que era una indignidad haberlo podido olvidar.

—Espera, espera —dijo Stepán Arkádich, sonriendo y cogiéndole de la mano—. Te he dicho lo que sabía. Y repito que, hasta donde se puede prever en un asunto tan delicado y sutil como este, me parece que tienes todas las ventajas.

Lievin se recostó en el respaldo de la silla, tenía el rostro pálido.

—Pero te aconsejo que decidas las cosas cuanto antes —prosiguió Oblonski, llenando la copa de Lievin.

—No, gracias, no puedo beber más —dijo este, rechazando la copa—. Me emborracharía. Bueno, y a ti ¿cómo te va? —continuó, tratando, al parecer, de desviar la conversación.

—Una palabra más: en todo caso, te aconsejo que decidas el asunto cuanto antes. Pero es mejor que no hables hoy. Ve mañana por la mañana a pedir su mano, según todas las de la ley, y que Dios te bendiga...

—Siempre tenías deseos de cazar en mis tierras, vente en primavera —dijo Lievin.

Ahora se arrepentía profundamente de haber entablado aquella conversación con Stepán Arkádich. Aquel sentimiento suyo tan especial había sido mancillado al hablar de ese oficial de San Petersburgo, rival suyo, así como por las suposiciones y los consejos de Oblonski.

Este sonrió, comprendiendo lo que ocurría en el alma de Lievin.

—Ya iré algún día —dijo—. Sí, hombre; las mujeres son el eje en torno del cual gira todo. También a mí me van mal las cosas, me van muy mal. Y todo por culpa de las mujeres. Háblame con sinceridad, dame un consejo —continuó diciendo, mientras sacaba un cigarro y sostenía la copa con la otra mano.

—¿De qué se trata?

—De lo siguiente. Supongamos que estás casado, que quieres a tu mujer, pero que te seduce otra...

—Perdóname, pero no entiendo eso en absoluto; es lo mismo que si..., ahora que estoy satisfecho, al pasar delante de una panadería robase un bollo.

Los ojos de Stepán Arkádich resplandecían más que de costumbre.

—¿Por qué no? A veces, el bollo huele tan bien que uno no puede contenerse.

Himmlisch ist’s, wenn ich bezwungen

Meine irdische Begier;

Aber doch wenn’s nicht gelungen,

Hatt’ ich auch recht hübsch Plaisir![6]

Al decir esto, Stepán Arkádich sonreía sutilmente. Tampoco Lievin pudo reprimir una sonrisa.

—Sí, pero fuera bromas —continuó Oblonski—. Piensa en una mujer agradable, tímida, afectuosa, sola y pobre que lo ha sacrificado todo por ti. Ahora que el hecho está consumado, ¿acaso puedo dejarla? Supongamos que nos separásemos para no destruir la vida familiar, pero ¿cómo no compadecerse de ella, no ayudarla, no dulcificar su destino?

—Perdóname, ya sabes que para mí las mujeres se dividen en dos clases... Es decir, no; más exacto sería decir que hay mujeres y... Nunca he visto mujeres caídas que tengan atractivo, ni las veré, y aquellas como la francesa pintada del mostrador, con sus rizos, son para mí como la peste; todas las mujeres caídas son iguales.

—¿Y la del Evangelio?

—¡Oh! ¡Cállate! Cristo nunca hubiera pronunciado aquellas palabras si hubiera sabido el mal uso que iban a hacer de ellas. Son las únicas palabras del Evangelio que todos recuerdan. Por lo demás, no digo lo que pienso, sino lo que siento. Me repugnan las mujeres caídas. A ti te dan miedo las arañas y a mí estas canallas. Seguramente no has estudiado la vida de las arañas ni conoces sus costumbres: lo mismo me pasa a mí.

—Te es fácil hablar así. Es lo mismo que aquel personaje de Dickens que con la mano izquierda arroja por encima de su hombro derecho todos los asuntos difíciles de resolver. Pero la negación de un hecho no es una respuesta. Dime: ¿qué hacer?, ¿qué hacer? Tu mujer envejece y tú estás lleno de vida. En un abrir y cerrar de ojos te das cuenta de que no puedes amar a tu mujer por más respeto que sientas por ella. Y he aquí que de pronto aparece el amor; ¡estás perdido, estás perdido! —concluyó Stepán Arkádich con desesperación y tristeza.

Lievin sonrió irónicamente.

—Estás perdido —prosiguió Oblonski—, pero ¿qué hacer?

—No robar bollos.

Stepán Arkádich lanzó una carcajada.

—¡Oh, moralista! Pero date cuenta, hay dos mujeres: una se apoya tan solo en su derecho, que es ese amor que no puedes darle; en cambio, la otra lo sacrifica todo sin exigirte nada. ¿Qué debes hacer? ¿Cómo proceder? Es un drama terrible.

—Si quieres mi opinión sincera referente a esto, te diré que no creo que sea un drama, y he aquí el porqué. Creo que el amor..., esas dos clases de amor que, como recordarás, define Platón en su Banquete, constituyen la piedra de toque de los hombres. Unos, solo comprenden uno de estos amores; los demás, el otro. Y los que tan solo comprenden el amor no platónico no tienen por qué hablar de dramas. Con un amor de esta clase no puede existir ningún drama. «Le agradezco mucho el placer que me ha proporcionado, y adiós.» Ahí está todo el drama. Y en cuanto al amor platónico, tampoco puede haber drama, porque en él todo es puro y diáfano, porque...

En aquel momento Lievin recordó sus pecados y la lucha interior que había sostenido. Inesperadamente añadió:

—Al fin y al cabo, tal vez tengas razón. Es muy posible... Pero no sé, verdaderamente no sé.

—Es que verás, tú eres un hombre íntegro —dijo Stepán Arkádich—. Este es tu defecto y tu cualidad. Tienes un carácter íntegro y quieres que toda la vida se componga de manifestaciones íntegras; pero eso no suele ocurrir. Desprecias la actividad social del Estado, porque quisieras que todo esfuerzo estuviera siempre en relación con su fin, y eso no sucede así. También te gustaría que la actividad de un hombre tuviera un objeto, que el amor y la vida conyugal fueran una misma cosa, pero esto no ocurre así. Toda la diversidad, todo el encanto, toda la belleza de la vida se compone de luces y de sombras.

Lievin suspiró sin contestar nada. Pensaba en sus cosas y no escuchaba a Oblonski. Y de pronto ambos sintieron que, aunque eran amigos, aunque habían comido y bebido juntos, cosa que debía de haberlos unido más, cada cual pensaba en lo suyo sin preocuparse en absoluto del otro. No era la primera vez que Oblonski experimentaba después de comer esa división extrema en lugar de un acercamiento, y sabía lo que se debía hacer en tales casos.

—¡La cuenta! —gritó, saliendo a la sala contigua, donde se encontró con un edecán conocido suyo; entabló con él una charla acerca de una actriz y de su amante. Enseguida se sintió aliviado y descansado de la conversación sostenida con Lievin, el cual lo arrastraba siempre a una tensión mental y espiritual excesiva.

Cuando el camarero apareció con una cuenta de veintiséis rublos con unos cuantos kopeks, y con un suplemento por el vodka, Lievin, que en otra época se habría horrorizado, como habitante del campo, de haber gastado catorce rublos, no hizo caso de ello, y tras pagar se dirigió a su casa para cambiarse de traje e ir a casa de los Scherbatski, donde había de decidirse su suerte.

XII

La princesa Kiti Scherbatski tenía dieciocho años. Aquel era el primer invierno en que hacía vida de sociedad, donde tenía más éxito que sus dos hermanas mayores e incluso más del que esperaba su madre. No solo los jóvenes que frecuentaban los bailes de Moscú estaban casi todos enamorados de Kiti, sino que aquel mismo invierno le habían hecho dos proposiciones de matrimonio serias: la de Lievin, e inmediatamente después de su partida, la del conde Vronski.

La aparición de Lievin a principios del invierno, sus frecuentes visitas y su amor manifiesto hacia Kiti motivaron la primera conversación seria entre los padres de la muchacha respecto de su porvenir y hasta dieron lugar a algunas discusiones. El príncipe estaba de parte de Lievin y decía que no deseaba nada mejor para Kiti. La princesa, en cambio, con la característica costumbre de las mujeres de desviar las cuestiones, opinaba que Kiti era demasiado joven, que Lievin no demostraba llevar intenciones serias, que la muchacha no sentía inclinación por él y otros argumentos por el estilo; pero no reconocía lo más importante, es decir, que esperaba un partido más ventajoso para su hija, que Lievin no le resultaba simpático y además no lo entendía. Cuando Lievin se marchó repentinamente, la princesa se alegró y le dijo a su marido con expresión de triunfo: «Ya ves que yo tenía razón». Y cuando apareció Vronski se alegró aún más, afirmándose en su opinión de que Kiti había de hacer no ya un matrimonio bueno, sino espléndido.

Para la princesa no podía haber comparación entre Lievin y Vronski. No le gustaban las extrañas y violentas opiniones de Lievin, ni su torpeza en sociedad, motivada, según creía, por el orgullo; ni tampoco esa vida salvaje de la aldea, donde trataba con animales y campesinos. Le molestaba mucho que Lievin, enamorado de su hija, hubiera estado frecuentando la casa por espacio de mes y medio, como si esperara y observara algo, como si temiera concederles demasiado honor en su declaración, sin comprender que entrando en casa de una muchacha casadera era preciso declararse. Y de pronto se había marchado sin dar ninguna explicación. «Menos mal que es tan poco atractivo que Kiti no se ha enamorado de él», pensaba.

Vronski satisfacía todo lo que podía desear la madre de Kiti: era muy rico, inteligente, célebre, y se hallaba en vías de hacer una brillante carrera militar en la corte. No se podía desear nada mejor.

En los bailes, Vronski galanteaba de un modo manifiesto a Kiti; solía bailar con ella y frecuentaba su casa, de manera que no se podía dudar de la seriedad de sus intenciones. Sin embargo, la madre de Kiti pasó todo el invierno muy inquieta y preocupada.

La princesa se había casado hacía treinta años y fue una tía suya la que concertó la boda. El novio, de quien se sabía todo con antelación, llegó, conoció a la novia y se dio a conocer; la casamentera observó la impresión mutua que se había causado la pareja e informó de ella a ambas partes. La impresión había sido buena. Después, y en una fecha señalada, se formuló la esperada petición de mano, que se aceptó. Todo había sido muy fácil y sencillo. Al menos, así le pareció a la princesa. Pero al casar a sus hijas se dio cuenta de que aquello no era fácil ni sencillo. Fueron muchos los temores que tuvo, muchos los pensamientos, mucho el dinero que gastó y muchos los disgustos con su marido al casar a Daria y a Natalia, sus dos hijas mayores. Ahora, al presentar en sociedad a la hija menor, volvían los mismos temores, las mismas dudas, y las discusiones con su esposo eran incluso mayores. Como todos los padres, el viejo príncipe era muy escrupuloso respecto del honor y de la pureza de sus hijas. Era exageradamente celoso de sus hijas, y sobre todo de Kiti, su predilecta, y a cada momento le armaba escándalos a su mujer, diciendo que comprometía a la muchacha. La princesa estaba ya acostumbrada a eso con las otras dos hijas, pero ahora se daba cuenta de que la susceptibilidad del príncipe tenía fundamentos. Se daba cuenta de que en los últimos tiempos muchas cosas habían cambiado en las recepciones de sociedad y que sus deberes de madre se habían vuelto más difíciles. Veía que las muchachas de la edad de Kiti formaban sociedades, asistían a no se sabía qué cursos, trataban a los hombres con libertad, salían solas, muchas de ellas no hacían reverencias al saludar y, lo que era peor, estaban plenamente convencidas de que la elección del marido era cosa que les incumbía a ellas y no a sus padres. «Hoy día ya no se casa a las hijas como antaño», decían y pensaban todas esas jóvenes e incluso las personas de edad. Pero la princesa no lograba enterarse de cómo se casaba hoy día a las hijas. La costumbre francesa de que los padres decidieran el porvenir de sus hijos no se admitía, y hasta se criticaba. La inglesa de que las muchachas fueran completamente libres se rechazaba también por resultar imposible en la sociedad rusa. La costumbre rusa de concertar las bodas por medio de casamenteras se consideraba grotesca, y todo el mundo se reía de ella, incluso la princesa. Pero nadie sabía cómo se debían llevar a cabo los matrimonios. Todas las personas con quienes hablaba la princesa acerca de esto le decían lo mismo: «En nue ...