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ASí ES LA VIDA

Marcela Lechuga  

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Fragmento

PRÓLOGO

Conocí a Marcela Lechuga hace veinte años. Era sensible hasta llegar a ser frágil, romántica hasta llegar a cumbres quiméricas, inconforme con la vida y con los que en ella habitamos hasta llegar a parecer un ser de otro mundo, rebelde e indómita consigo misma y con el entorno hasta llegar a oponerse frente a muchas cosas y a mucha gente, honesta y abierta hasta parecer desconsiderada, creativa y original hasta parecer extravagante. Siempre queriendo aprender, haciendo realidad el poema que se atribuye a Jorge Luis Borges: «… y uno siempre aprende...». Siempre queriendo elevarse y trascender, pero no a espaldas de otros. Así era Marcela Lechuga, la que siempre buscaba. La que buscaba algo que solo ella sabía qué era...

Luego me he encontrado con Marcela en muchos entornos distintos. ¡Cuántos soles, cuántas lunas! He visto a Marcela crecer al tiempo que, inconsciente o conscientemente, me ha hecho crecer a mí mismo. Veinte años después y casi sin darme cuenta de los encuentros durante estos años transcurridos, me he encontrado con una Marcela más madura, más sabia, más sensata, más inteligente, más realista, más considerada. Y, por suerte, no ha dejado de ser ni sensible, ni romántica, ni inconforme, ni rebelde, ni honesta, ni creativa... y sigue queriendo aprender, haciéndome también aprender a mí mismo, a gusto y a la fuerza.

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Leer su libro es aprender con gusto. Y es aprender a la fuerza. Esta obra es casi un perfil autobiográfico, un constante batallar contra lo mal hecho, un clamor de solidaridad, de paz, de amor y, al mismo tiempo, de continua lucha y de búsqueda. En sus relatos y vivencias afloran sus consideraciones acerca del estrés y del proceso de desgaste o burnout, sus conocimientos en Psicología de la Salud, sus experiencias en el alivio del dolor y en su confrontación con la muerte, y en los sembrados de los Cuidados Paliativos, siempre en un lenguaje llano, pero elevado y culto, accesible a un amplio público.

Marcela trata de hacer que la gente convierta lo ordinario en algo extraordinario, nos enseña que la vida es estrés y que el estrés es vida, y que no podemos vivir sin estrés. Nos invita a tomarnos las situaciones difíciles de nuestra cotidianeidad como retos y desafíos y no como amenazas, al tiempo que redoblamos nuestros recursos para afrontarlas. Intenta enseñarnos qué es ser un adulto maduro, saludable, con sentido y resiliencia. Nos abre las puertas de las buenas y las malas, para que conceptualicemos de forma distinta el envejecimiento, la enfermedad, el dolor, la muerte. Y, sobre todo, el cambio para seguir buscando el bienestar, la felicidad, la calidad de vida, la satisfacción con lo vivido, que nos permite no solo honrar nuestra vida, sino la de los demás.

Nos ofrece su visión especial de trascendencia, que hace que los humanos tengamos sentido por vivir y por morir y podamos amar en cualquier circunstancia. Marcela perdona y nos enseña a perdonar, a sentirnos amados y a la vez poder amar, para que podamos vivir mejor esto que se ha dado en llamar «vida».

Marcela nos instiga a considerar de forma distinta el crecimiento y el envejecimiento, a reconsiderar la noción de que envejecer es perdurar, siendo parte del crecimiento personal, de lo genuinamente humano, de lo genialmente vivo. Incita —con digital, pero siempre magistral pluma— a envejecer saludablemente, a respetar nuestros ritmos, a saber que todo tiene su tiempo, a transformar las pérdidas en nuevos dominios, más que a evitar la fragilidad y la enfermedad. Su libro encierra un profundo pensamiento salutogénico.

Estas nociones se encierran en un párrafo clave, ya avanzado el libro: «Una actitud comprometida con la vida evita y previene las canas del miedo y las arrugas de la amargura. Nadie envejece por el solo hecho de tener cierto número de años... Se envejece cuando el miedo a vivir es mayor que el miedo a morir. Mientras el corazón siga recibiendo mensajes de belleza, entusiasmo, valor, grandeza, poder y amor, continuará siendo joven... sin importar el calendario...». Esta aseveración es casi conclusiva en el libro y no solo parte de la certeza interior, intuitiva, de Marcela. Se soporta en múltiples investigaciones actuales desde el campo de la Psiconeuroinmunoendocrinología, que intenta que confluyan en una gran unidad el alma y el cuerpo, el espíritu y el organismo, lo psicológico con lo biológico.

En los últimos años he leído numerosos manuales de autoayuda, he tenido a mi alcance buenos libros, algunos hechos para apoyar a la gente y otros hasta para vender y ganar dinero. He tenido en mis manos obras de relieve universal, incluyendo algunos excelsos libros de psicología, por cierto. Pero no recuerdo haber leído tantos mensajes juntos, combinados en una singular experiencia, como el que nos transmite el libro de Marcela. Unos pocos me han hecho llorar. Este libro me ha hecho estremecer. Conmueve cimientos, remueve creencias, inyecta optimismo, adereza nuestro cotidiano vivir. Nos plantea problemas con sus soluciones en un lenguaje apropiado para todos, profesionales y no profesionales. Me hace recordar las palabras de Charles Kettering: «Un problema bien expuesto, es un problema medio resuelto».

Libros como este hacen falta en un mundo que tiene hambruna antropológica de integridad y de síntesis, en una humanidad que tiene sed de amor, necesidad de sentir que hay algo más que la belleza y la riqueza material. El libro de Marcela nos recuerda la afirmación de Ary Kahan: «Estamos entrando en la era de la sinrazón, a un mundo donde aparentemente el cambio no tiene patrón, donde la imaginación y la creatividad serán nuestras mejores amigas».

Si digo que la invitación de Marcela a escribir este prólogo era esperada, miento. Si reconozco que es congruente, lo admito. Desde hace unos años, como especialista en Cuidados Paliativos, me he centrado un poco más en los cuidados espirituales, en cómo ayudar al final de la vida —y también durante toda la vida— a que la gente encuentre el sentido al sufrimiento, el manejo del estrés. Impartiendo una conferencia sobre este tema en un taller internacional reciente, al final una colega se me acercó y me espetó: «Profesor, no sabía que había abandonado la psicología y estaba incursionando en estos predios, interesantes también y necesarios». Intenté responderle asertivamente: «En efecto, son interesantes y necesarios. Pero no me he alejado de la psicología... estoy profundizando en ella». La colega se quedó estupefacta y me abrazó. Aún no sé bien por qué. Acogí el abrazo como una toma de consciencia del problema... de la necesidad de abordar los temas del espíritu... o del alma en palabras de Marcela.

José Martí, figura de pensamiento en toda América, advirtió: «Debe prepararse a todo hombre a la batalla, a la privación, a la desgracia... la felicidad constante aniña y debilita... sufrir bien, por algo que lo merezca, da juventud y hermosura». Martí abogaba porque cualquier sufrimiento, hasta el más nimio, tenga una repercusión positiva para cada persona, que tenga un sentido. Creo que el libro de Marcela nos invita a encontrar un sentido constructivo a todas las cosas, incluyendo al estrés, al envejecimiento, a las pérdidas. Forma parte de esa campaña de ternura y de ciencia para mejorar el espíritu y hacernos crecer ante el sufrimiento.

Mis respetos para Marcela y su obra. Me siento orgulloso de haber contribuido humildemente a su especialización. Decía Marie Jeanne Roland de la Platerie: «Los débiles tiemblan ante la opinión, los tontos la desafían, los sabios la juzgan, los expertos la dirigen». Al leer el libro de Marcela me he sentido débil, también un poco tonto al dudar de si iba a terminar de escribirlo, un poco sabio porque no puedo dejar de enjuiciar una obra tan singular. Y de alguna manera, a través de veinte largos años, me he sentido un poco experto, si en algo he podido aportar a esta nueva forma de pensamiento.

Seguiría escribiendo anécdotas, refiriendo experiencias, juzgando pasajes de la obra, pero un prólogo tiene que ser razonablemente corto y por ello, debo terminarlo ya. La verdad es que no he revisado mucho lo que he escrito, porque nació de la inspiración y de la acumulación de los años ...