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ASí NO PODEMOS SEGUIR

Raúl Sohr  

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Fragmento

LA PROPUESTA

1

—Hola, «llámenme Ismael» —oí decir apenas puse el teléfono en mi oreja. Con esa sola frase supe quién me llamaba. ¡Qué extraña cosa es la memoria! A veces el más mínimo estímulo nos trae al magín vivencias de años o decenios de antigüedad. En otras ocasiones no somos capaces ni de recordar nuestro número de teléfono.

«Llámenme Ismael» es la línea con que Melville inicia su gran novela Moby Dick y siendo Ismael mi nombre de pila el maestro del taller literario al que asistí por un tiempo decidió designarme de tal forma. Habían pasado los años pero con ese recuerdo despertaron varios otros, anécdotas insignificantes de un curso que abandoné a los seis meses de iniciado, convencido de lo que percibí o sospeché la primera semana: no me serviría de nada. Hablo del taller literario de Ernesto Ovalle, escritor de novelas rosa, quien ganó fama tras su debut con una novela de amor a cuyo personaje principal, una atormentada mujer con aspiraciones poéticas, le colgó todos los melindres de una intelectual de buena cuna según como la conciben en su fantasía las damas de clase alta. Creyéndose retratadas, recibieron la obra con entusiasmo.

Me inscribí en su taller simplemente porque para mí era gratis. Ovalle, al que conocí en un evento cultural celebrado en la Biblioteca Nacional, me lo ofreció sin costo. Su arrebato de generosidad de seguro fue motivado por el ánimo triunfal y la enorme satisfacción que lo embargaba por su recién publicada segunda novela, aún más exitosa que la primera, aún más relamida, más empapada o ya totalmente sumergida en la pegajosa atmósfera de sentimentalismo que todavía era popular en esos años, período desafortunado en el que sin previo aviso se declaró una pandemia de novelas intolerablemente melosas en su descripción de emociones, pesares, melancolías, dolores y resurrecciones femeninas, a las cuales después se sumaron, a menudo en estilo arrabalero y poblacional, las dedicadas a las «sensibilidades alternativas», como se llama hoy a la mariconería. Ovalle se hizo parte de eso. Se convirtió de la noche a la mañana en hiperbólico heredero de esa novelística hormonal que infectaría la literatura escrita en español a partir de los años ochenta. De hecho Ovalle llegó incluso donde ni siquiera las más relamidas escribanas se atrevieron a incursionar, a la cursilería de frentón, descarnada y descarada. Y para esto conjuró los despojos embalsamados de un género perpetrado hacía ciento cincuenta años por señoras y señoritas victorianas. Hablo de historias de amor sin un ápice de sexo, de productos anémicos de una era de romanticismo eunuco, delirantes en su castidad e ilegibles hoy en día. Ovalle vino y probó que en ese cuerpo aún quedaba un soplo de vida.

Pero no fue todo: Ovalle intentó hacer pasar sus novelitas rosa por literatura original, actual y de calibre. Su iniciativa fue extraordinaria por dos razones: por su anacronismo y porque tuvo éxito. ¿Quién hubiera imaginado posible crear por segunda vez novelas de una castidad equivalente o superior a las de Louisa May Alcott o Jane Austen? Al momento de encontrarnos en la Biblioteca Nacional, Ovalle, el Resucitador, ya lo había logrado. Y lográndolo avanzaba de lleno por lo que él mismo describió como un triunfal y lucrativo camino. Por eso, cuando acepté ir a su taller, no fue por la ilusión de ponerme a la sombra de un genio superlativo sino porque supuse que tal vez aprendería algún truco para conjurar el éxito, una eficaz metodología de trabajo, cualquier cosa digna de saberse. También fantaseé con otras posibilidades. Nunca se sabe con quién vas a coincidir en esos sitios, a qué mujer interesante, inquietante o al menos con inquietudes puedes conocer. Y estaba el propio Ovalle, un tipo con contactos, bienquisto en el mundo editorial puesto que vendía, alguien capaz de ayudarme a salir adelante porque, ha de saberse, yo también quería avanzar de lleno por un «triunfal y lucrativo camino». Ya hablaré de eso.

La ilusión duró apenas una semana. Mis compañeros de taller resultaron ser un par de viejas jubiladas con pruritos de alta cultura, y la idea de sacar algo en limpio de la «cocina literaria» de Ovalle resultó imposible, o peor aún, ridícula. No había nada por aprender. Ovalle solo manejaba un recetario de media docena de clichés o fórmulas incesante e incansablemente usadas con el desparpajo de un criminal en serie seguro de salirse con la suya. Por todo esto, asistí al taller solo esporádicamente. Aun así, Ovalle alcanzó a conocer uno o dos de mis cuentos y dijo estar impresionado. Eso, incluso siendo Ovalle quien era, me alentó y dio motivos para tomarme la molestia de dar un pretexto decente cuando decidí alejarme de su taller. Nos despedimos en buenos términos y quedamos de vernos algún día, lo cual pensé que nunca sucedería.

Y entonces, saliendo de la nada, recibí ese telefonazo:

—Hola, «llámenme Ismael»…

—¡Don Ernesto, qué grata sorpresa! —grazné. Era, en efecto, una sorpresa, pero no fue eso lo que me cerró el gaznate sino una casi instantánea premonición de que algo importante saldría de esa llamada.

—Qué bien que te acuerdes de mí, Ismael —dijo—, después de tanto tiempo… Pensé que ya habías olvidado a tu viejo maestro…

«¿Cuál maestro?», estuve tentado de contestar, pero no me fue difícil vencer la tentación. No estaba en condiciones de tomar a la broma ni siquiera a un autor de novelitas rosas. No tenía peso suficiente ni siquiera para eso.

—Por supuesto que me acuerdo de usted, cómo no… —dije, meloso.

—Qué bien, porque tengo algo importante que proponerte. Tan importante que no voy a perder tiempo preguntándote cómo ha estado tu vida en estos años ni nada de eso…

—¿Ah, sí? —pregunté. El corazón me dio un par de sobresaltados tumbos.

Cuando se trabaja de empleado de librería en un país que casi no lee y solo se han escrito cuentos que a ningún editor interesan, cuando es cada vez más difícil o ya imposible intentarlo o cuando al hacerlo la pantalla en blanco nos mira implacable, en fin, cuando hasta se ha fantaseado con el suicidio, el menor atisbo prometedor se recibe como un preciado regalo.

—Sí —respondió—, es algo bueno para los dos. ¿Te interesa?

—Sí, claro que sí, don Ernesto —le dije.

No tenía sentido jugar al tipo importante que se la debe pensar. Me necesitaba y por eso me llamaba, pero yo lo necesitaba a él mucho más. Uno no piensa en la vida de mierda que lleva hasta que suceden estas cosas, estos timbrazos o telefonazos, los llamados del destino que parecen prometedores aunque solo sea porque rompen la rutina. Pero, por lo mismo, con ese inesperado llamado mi invalidez existencial se me presentó con súbita y chocante evidencia. Necesitaba cualquier cosa que me rescatara. Verlo tan desnudamente me remeció.

—Entonces debemos conversar, pero en persona —continuó Ovalle—. No es asunto para tratarlo por teléfono. Es cosa larga y complicada, debemos verlo con cuidado. ¿Podrías venir a mi casa?

—Claro, cómo no, don Ernesto —dije sin poder evitar una voz temblorosa. El corazón me latía ahora a todo dar.

—¿Te acuerdas dónde vivo?

Me acordaba. Aun así me dictó la dirección e insistió en que la apuntara. Le dije que lo estaba haciendo, aunque no tomé nota de nada. Recordaba muy bien dónde quedaba y cómo era su casa. Pero para no irritarlo le hice creer que seguía sus lentas y prolijas instrucciones. Tenía la sensación de que, cualquiera fuese la oferta de Ovalle, podía perder la oportunidad por el más mínimo error de mi parte.

—Entonces, ¿te parece el próximo sábado a las tres de la tarde?

Le respondí que sí, nos despedimos, reafirmamos el mutuo deseo de vernos y la conversación terminó. Todo esto ocurrió un martes y confieso que los días hasta el momento de la cita se me hicieron lentos y fatigosos. Para distraerme intenté adivinar qué me propondría. «Conveniente para ambos», había dicho. Pero ¿a qué llamaba conveniente? Mi hipótesis más sólida fue que se trataba de algo muy provechoso para él y de beneficio solamente lateral para mí. Me usaría, concluí, como burro de carga, el tipo que va a los archivos a buscar material, hace el trabajo pesado y a cambio recibe un agradecimiento en el prólogo.

En esas divagaciones me pasé toda la semana hasta el momento de la cita.

2

A las tres en punto del sábado siguiente toqué el timbre de su casa. Estaba ubicada en uno de esos barrios antiguos que fueron de clase alta cincuenta años atrás y hoy son vecindarios de clase media, lugares ya pasados de moda, remansos urbanos donde no llegan parejas jóvenes ni los nacidos o criados allí se quedan a hacer sus vidas. En subsidio abundan pensionistas, jubilados, viudas y ancianos cuyas familias esperan con impaciencia sus decesos para vender la propiedad a una constructora. Los árboles son también viejos, crecidos, frondosos y a su sombra no hay niños ni bicicletas, solo algunos automóviles de quince o más años de antigüedad que parecen aparcados por igual lapso. El calor, contagiado con la atmósfera del lugar, era distinto al del resto de la ciudad, no vigorosamente ardiente sino como producido por el peso de una pila de cobertores. Oí el rumor de la fronda de los árboles que se levantaba a intervalos y con desgano. De la distancia llegaba el apagado fragor del tránsito de una avenida importante. Nada de todo eso interrumpía o quebraba el silencio, sino lo hacía más denso. Incluso el timbre, que toqué varias veces, sonaba casi en sordina, con la falta de entusiasmo de un músico de Nueva Orleans que repite ante los turistas su millonésima ejecución de Old Man River. Sentí que los pá

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