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AURORA BOREAL

Nora Roberts  

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Fragmento

1

Camino de Lunacy
28 de diciembre de 2004

Amarrado en el interior de una lata de sardinas en perpetuo movimiento a la que llaman avión, avanzando a trompicones entre los azotes del viento en la apagada luz de invierno, salvando las brechas y fracturas de las montañas cubiertas de nieve, camino de un lugar llamado Lunacy, Ignatious Burke tuvo una revelación.

No estaba preparado para morir, como creía, ni mucho menos. Empezó a entrarle pánico cuando se dio cuenta de que su destino colgaba peligrosamente de un hilo que estaba en manos de un desconocido sepultado bajo una parka amarilla, cuyo rostro quedaba prácticamente oculto por un sombrero de cuero de ala ancha colocado sobre un gorro de lana de color morado.

En Anchorage, a Nate le pareció competente aquel desconocido que le dio una sonora palmada en la mano antes de indicarle con el pulgar aquella lata de sardinas con hélices.

Acto seguido le dijo:
—Llámame Jerk.

Ahí empezó el mal rollo.
¿Qué imbécil se metería en una lata voladora pilotada por un tipo cuyo nombre significa sacudida?

De todas formas, en aquella época del año solo podía llegarse a Lunacy volando. Eso le dijo la alcaldesa, Hopp, cuando le consultó acerca del viaje.

El avión se inclinó hacia la derecha y mientras su estómago hacía otro tanto Nate se preguntó qué entendía por «seguro» la alcaldesa.

¡Él que creía que todo le importaba un comino! Vivir o morir, ¿qué importancia tenía pensándolo bien? Subió a bordo del gran avión que cubría la línea de Baltimore a Washington resignado a encaminarse hacia el final de su vida.

El loquero del departamento ya le había advertido que no tomara decisiones importantes en plena depresión, pero él había solicitado el puesto de jefe de policía de Lunacy solo porque el nombre le había parecido muy acertado. Lunacy: locura.

Luego aceptó el cargo encogiéndose de hombros, como quien dice «Me importa un bledo».

En aquellos momentos, en que todo le daba vueltas y se sentía mareado, Nate se dio cuenta de que no le preocupaba tanto la muerte como la forma de morir. No le apetecía acabar hecho pedazos en una montaña en aquella maldita oscuridad.

Al menos, si hubiera permanecido en Baltimore, si les hubiera seguido la corriente al loquero y al capitán, habría podido caer en acto de servicio. Eso era algo más aceptable.

Pero no, tiró la placa, no se limitó a quemar los puentes sino que los voló. Y ahora se pudriría en el último rincón de las montañas de Alaska.

—La situación empeorará a partir de ahora —dijo Jerk con un marcado acento de Texas.

Nate se tragó la bilis.
—Será que hasta ahora ha sido coser y cantar...

Jerk soltó una risita y le guiñó el ojo.
—Eso no es nada. Tendría que ver lo que es luchar contra el viento. —No, gracias. ¿Queda mucho?
—No.

El avión iba pegando sacudidas y bandazos. Nate se rindió y cerró los ojos. Rezó para que a su muerte no se añadiera la humillación de que hubiera vómito en sus botas.

Nunca más subiría a un avión. Si sobrevivía, se iría de Alaska en coche. O andando. O arrastrándose. Pero jamás volvería a meterse en un avión.

El aparato dio un salto y un meneo que hicieron que Nate abriera los ojos como platos. Entonces, a través del parabrisas vio la triunfal victoria del sol, una maravillosa atenuación de la oscuridad que convertía el cielo en una extensión nacarada y dejaba ver el mundo de abajo como una superficie ondulada en tonos blancos y azules, con súbitas elevaciones, un sinfín de relucientes lagos helados y lo que debían de ser kilómetros y kilómetros de bosques cubiertos de nieve.

Al este, el cielo casi desaparecía detrás de aquella masa a la que los lugareños llamaban Denali, o simplemente la Montaña. Incluso su superficial investigación bastó para informarle de que solo los forasteros se referían a ella con el nombre de McKinley.

El único pensamiento coherente que le vino a la cabeza en medio de los bandazos fue el de que algo tan enorme no podía ser real. Mientras el sol proyectaba sus rayos en el cielo, las sombras empezaron a fundirse y a disiparse, azul sobre blanco, y la cara helada de la montaña resplandeció.

Algo sucedió en el interior de Nate, porque por un momento se olvidó del malestar de estómago, del con

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