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BIBLIA DE BARRO, LA

Julia Navarro  

5


Fragmento

1

Llovía sobre Roma cuando el taxi se detuvo en la plaza de San Pedro. Eran las diez de la mañana.

El hombre pagó la carrera y sin esperar el cambio, apretando bajo el brazo un periódico, se acercó con paso muy vivo hasta el primer control en el que rutinariamente se comprobaba si los visitantes entraban en la basílica correctamente vestidos. Nada de pantalones cortos, minifaldas, tops o bermudas.

Ya en el interior del templo, el hombre ni siquiera se detuvo ante la Piedad de Miguel Ángel, la única obra de arte que entre las muchas que atesora el Vaticano lograba conmoverle. Dudó unos segundos hasta orientarse y después se dirigió hacia los confesionarios, donde a esa hora sacerdotes de distintos países escuchaban en su lengua materna a fieles llegados de todas partes del mundo.

De pie, apoyado en una columna, aguardó impaciente a que otro hombre acabara su confesión. Cuando le vio levantarse, se dirigió hacia el confesionario. Un letrero informaba de que aquel sacerdote ejercía su ministerio en italiano.

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El sacerdote esbozó una sonrisa al contemplar la figura enjuta de aquel hombre enfundado en un traje de buen corte; tenía el cabello blanco cuidadosamente peinado hacia atrás y el ademán impaciente de quien está acostumbrado a mandar.

—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida.
—Padre, me acuso de que voy a matar a un hombre. ¡Que Dios me perdone!

Tras decir estas palabras, el anciano se incorporó y, ante los ojos atónitos del sacerdote, se perdió veloz entre el enjambre de turistas que abarrotaban la basílica. Junto al confesionario, tirado en el suelo, dejó un periódico arrugado. El religioso tardó unos minutos en recuperarse. Otro hombre se había arrodillado y le preguntaba impaciente:

—Padre, padre…, ¿se encuentra bien?
—Sí, sí… no, no… perdone…

Salió del confesionario y recogió el periódico. Recorrió con la mirada la página en la que estaba abierto: concierto de Rostropovich en Milán; éxito de taquilla de una película sobre dinosaurios; congreso en Roma de arqueología con la participación de reputados profesores y arqueólogos: Clonay, Miller, Smidt, Arzaga, Polonoski, Tannenberg, apareciendo este último nombre rodeado por un círculo rojo…

Dobló el periódico y, con la mirada perdida, abandonó el lugar, dejando con la palabra en la boca a aquel hombre que seguía de rodillas esperando para confesar sus pecados y penas.

* * * —Quiero hablar con la señora Barreda.
—¿De parte de quién?
—Soy el doctor Cipriani.
—Un momento, doctor.

El anciano se pasó una mano por el cabello y sintió un ataque de claustrofobia. Respiró hondo intentando tranquilizarse, mientras dejaba vagar la mirada por aquellos objetos que le habían acompañado en los últimos cuarenta años. Su despacho olía a cuero y a tabaco de pipa. Sobre su mesa reposaba un marco con dos fotos, la de sus padres y la de sus tres hijos. Había colocado la de sus nietos sobre la repisa de la chimenea. Al fondo, un sofá y un par de sillones de oreja, una lámpara de pie con tulipa color crema; los estantes de caoba que recubrían las paredes y albergaban miles de libros, las alfombras persas… aquél era su despacho, estaba en su casa, tenía que tranquilizarse.

—¡Carlo!
—Mercedes, ¡le hemos encontrado!
—Carlo, ¿qué dices?…

La voz de la mujer delataba mucha tensión. Parecía desear y temer, con igual intensidad, la explicación que estaba a punto de escuchar.

—Entra en internet, busca en la prensa italiana, en cualquier periódico, en las páginas de cultura, ahí está.

—¿Estás seguro?
—Sí, Mercedes, estoy seguro.
—¿Por qué en las páginas de cultura?
—¿No recuerdas lo que se decía en el campo?
—Sí, claro, sí… Entonces él… Lo haremos. Dime que no te vas a echar atrás.

—No, no lo haré. Tú tampoco, ellos tampoco, les voy a llamar ahora. Tenemos que vernos.

—¿Queréis venir a Barcelona? Tengo sitio para todos… —Da lo mismo dónde. Luego te llamo, ahora quiero hablar con Hans y con Bruno.

—Carlo, ¿de verdad es él? ¿Estás seguro? Debemos comprobarlo. Ponle bajo vigilancia, no puede volver a perderse, no importa lo que cueste. Si quieres te mando ahora mismo una transferencia, contrata a los mejores, que no se pierda…

—Ya lo he hecho. No le perderemos, descuida. Te volveré a llamar.

—Carlo, me voy al aeropuerto, cojo el primer avión que salga para Roma, no me puedo quedar aquí…

—Mercedes, no te muevas hasta que te llame, no podemos cometer errores. No escapará, confía en mí.

Colgó el teléfono sintiendo la misma angustia que había notado en la mujer. Conociéndola, no descartaba que en dos horas le llamara desde Fiumicino. Mercedes era incapaz de quedarse quieta y esperar, y en aquel momento menos que nunca.

Marcó un número de teléfono de Bonn y esperó impaciente a que alguien respondiera.

—¿Quién es?
—¿El profesor Hausser, por favor?
—¿Quién le llama?
—Carlo Cipriani.
—¡Soy Berta! ¿Qué tal está usted?
—¡Ah, querida Berta, qué alegría escucharte! ¿Cómo están tu marido y tus hijos?

—Muy bien, gracias, con ganas de volver a verle, no se olvidan de las vacaciones que pasamos hace tres años en su casa de la Toscana, nunca se lo agradeceré bastante, nos invitó en un momento en que Rudolf estaba al borde del agotamiento y…

—Vamos, vamos, no me des las gracias. Estoy deseando volver a veros, estáis siempre invitados. Berta, ¿está tu padre?

La mujer percibió el apremio en la voz del amigo de su padre e interrumpió la charla no sin cierta preocupación.

—Sí, ahora se pone. ¿Está usted bien? ¿Pasa algo?
—No, querida, nada, sólo quería charlar un rato con él. —Sí, ahora se pone. Hasta pronto, Carlo.
—¡Ciao, preciosa!

No pasaron más que unos breves segundos antes de que la voz fuerte y rotunda del profesor Hausser le llegara a través de la línea telefónica.

—Carlo…
—Hans, ¡está vivo!

Los dos hombres se quedaron en silencio, cada uno escuchando la respiración cargada de tensión del otro.

—¿Dónde está?
—Aquí, en Roma. Le he encontrado por casualidad, hojeando un periódico. Sé que no te gusta internet, pero entra y busca cualquier periódico italiano, en las páginas de cultura, allí le encontrarás. He contratado a una agencia de detectives para que le vigilen las veinticuatro horas y le sigan vaya a donde vaya si deja Roma. Nos tenemos que ver. Ya he hablado con Mercedes, ahora llamaré a Bruno.

—Iré a Roma.
—No sé si es buena idea que nos veamos aquí.
—¿Por qué no? Él está ahí y tenemos que hacerlo. Vamos a hacerlo.

—Sí. No hay nada en el mundo que pueda impedírnoslo. —¿Lo haremos nosotros?
—Si no encontramos a alguien sí. Yo mismo. He pensado en ello durante toda mi vida, en cómo sería, qué sentiría… Estoy en paz con mi conciencia.

—Eso, amigo mío, lo sabremos cuando haya acabado todo. Que Dios nos perdone, o que al menos nos comprenda.

—Espera, me llaman por el móvil… es Bruno. Cuelga, te volveré a llamar.

—¡Carlo!
—Bruno, te iba a llamar ahora…
—Me ha llamado Mercedes…, ¿es verdad?
—Sí.
—Salgo inmediatamente de Viena para Roma, ¿dónde nos vemos?

—Bruno, espera…
—No, no voy a esperar. Lo he hecho durante más de sesenta años y si él ha aparecido no voy a esperar ni un minuto más. Quiero participar, Carlo, quiero hacerlo…

—Lo haremos. De acuerdo, venid a Roma. Llamaré otra vez a Mercedes y a Hans.

—Mercedes se ha ido ya al aeropuerto, y mi avión sale de Viena dentro de una hora. Avisa a Hans.

—Os espero en casa.

Era mediodía. Pensó que aún le quedaba tiempo para pasar por la clínica y pedir a su secretaria que le anulara todas las citas de los próximos días. A la mayoría de sus pacientes ya les atendía su hijo mayor, Antonino, pero algunos viejos amigos insistían en que fuera él quien dijera la última palabra sobre su estado de salud. No se quejaba, porque eso le mantenía activo y le obligaba a seguir estudiando todos los días la misteriosa maquinaria del cuerpo humano. Aunque él sabía que lo que de verdad le mantenía vivo era el doloroso deseo de saldar una cuenta. Se había dicho a sí mismo que no podía morir hasta hacerlo, y esa mañana en el Vaticano, mientras se dirigía al confesionario, le iba dando gracias a Dios por haberle permitido vivir hasta aquel día.

Sintió un dolor agudo en el pecho. No, no era el aviso de un infarto: era angustia, sólo angustia y rabia contra ese Dios en el que no creía pero al que rezaba e increpaba, seguro de que no le oía. Se puso de peor humor al encontrarse de nuevo pensando en Dios. ¿Qué tenía él que ver con Dios? Nunca se había ocupado de él. Nunca. Le había abandonado cuando más le necesitaba, cuando creía inocentemente que bastaba con tener fe para salvarse, escapar del horror. ¡Qué estúpido había sido! Seguramente ahora pensaba en Dios porque a los setenta y cinco años uno sabe que está más cerca de la muerte que de la vida y en el centro del alma, ante el viaje inevitable hacia la eternidad, se encienden las alarmas del miedo.

Pagó el taxi, y esta vez sí que recogió el cambio. La clínica, situada en Parioli, un barrio tranquilo y elegante de Roma, era un edificio de cuatro pisos en el que trabajaban una veintena de especialistas, además de otros diez facultativos de medicina general. Era su obra, fruto de la voluntad y el esfuerzo. Su padre se habría sentido orgulloso de él, y su madre… notó que se le humedecían los ojos. Su madre le habría abrazado con fuerza, susurrándole que no había nada que él no pudiera alcanzar, que la voluntad lo puede todo, que…

—Buenos días, doctor.

La voz del portero de la clínica le devolvió a la realidad. Entró con paso firme, erguido, y se encaminó hacia su despacho, situado en la primera planta. Fue saludando a otros médicos y estrechando la mano de algún paciente que le paraba al reconocerlo. Sonrió al verla. Al fondo del pasillo se dibujaba la silueta esbelta de su hija. Lara escuchaba pacientemente a una mujer temblorosa que agarraba con fuerza la mano de una adolescente. Hizo un gesto de cariño a la jovencita y se despidió de la mujer. No le había visto y él no hizo nada para hacerse notar; más tarde se pasaría por su consulta.

Entró en la antesala de su despacho. Maria, su secretaria, levantó los ojos del ordenador.

—Doctor, ¡qué tarde viene hoy! Tiene un montón de llamadas pendientes, y además está a punto de llegar el señor Bersini; ya han terminado de hacerle todas las pruebas y, aunque le han dicho que tiene una salud de hierro, insiste en que le vea usted y…

—Maria, veré al señor Bersini en cuanto él llegue, pero después anule todas las citas. Durante unos días puede que no aparezca por la consulta; vienen de fuera viejos amigos y he de atenderles…

—Muy bien, doctor. ¿Hasta cuándo no debo de apuntarle nuevas citas?

—No lo sé, ya se lo diré; puede que una semana, como mucho dos… ¿Está mi hijo?

—Sí, y su hija también.
—Sí, ya la he visto. Maria, estoy esperando una llamada del presidente de Investigaciones y Seguros. Pásemela aunque esté con el señor Bersini, ¿entendido?

—Entendido, doctor, así lo haré. ¿Quiere que le ponga con su hijo?

—No, no, déjele, debe de estar en el quirófano; ya le llamaremos después.

Encontró los periódicos perfectamente ordenados encima de la mesa del despacho. Cogió uno de ellos y buscó en las páginas del final. El titular rezaba: «Roma: capital de la arqueología mundial». La noticia daba cuenta de un congreso sobre los orígenes de la humanidad auspiciado por la Unesco. Y allí, en la lista de asistentes, estaba el apellido del hombre al que llevaban más de medio siglo buscando.

¿Cómo era posible que de repente estuviera allí, en Roma? ¿Dónde había estado? ¿Acaso nadie tenía memoria? Le costaba entender que aquel hombre pudiera participar en un congreso mundial promovido por la Unesco.

Recibió a su antiguo paciente Sandro Bersini e hizo un esfuerzo indecible para escuchar sus achaques. Le aseguró que tenía una salud de hierro, lo que además era verdad, pero por primera vez en su vida no tuvo reparos en no mostrarse solícito y le invitó amablemente a marcharse con la excusa de que tenía otros pacientes esperándole.

El timbre del teléfono le sobresaltó. Instintivamente supo que la llamada era de Investigaciones y Seguros.

El presidente de la agencia le explicó escuetamente el resultado de aquellas primeras horas de investigación. Tenía a seis de sus mejores hombres dentro de la sede del congreso.

La información que le transmitió sorprendió a Carlo Cipriani. Tenía que haber algún error, salvo que…

¡Claro! El hombre al que buscaban era mayor que ellos, y habría tenido hijos, nietos…

Sintió una punzada de decepción y de rabia; se sentía burlado. Había llegado a creer que aquel monstruo había aparecido de nuevo y ahora se encontraba con que no era él. Pero algo en su interior le decía que estaban cerca, más de lo que habían estado nunca. De manera que pidió al presidente de Investigaciones y Seguros que no dejaran la vigilancia, daba lo mismo hasta dónde tuvieran que llegar y cuánto costara.

—Papá…

Antonino había entrado en el despacho sin que él se hubiera dado cuenta. Hizo un esfuerzo por recomponer el gesto porque sabía que su hijo le observaba preocupado.

—¿Qué tal va todo, hijo?
—Bien, como siempre. ¿En qué pensabas? Ni te has dado cuenta de que he entrado.

—Sigues con la misma mala costumbre que tenías de niño: no llamas a la puerta.

—¡Vamos, papá, no lo pagues conmigo!
—¿Qué estoy pagando contigo?
—Lo que sea que te contraría… Te conozco y sé que hoy no te han salido las cosas como esperabas. ¿Qué ha sido?

—Te equivocas. Todo va bien. ¡Ah! Puede que durante unos días no venga a la clínica; ya sé que no hago falta, pero es para que lo sepas.

—¿Cómo que no haces falta? ¡Uy, cómo estás hoy! ¿Se puede saber por qué no vas a venir? ¿Vas a algún sitio?

—Viene Mercedes, y también Hans y Bruno.

Antonino torció el gesto. Sabía lo importantes que eran los amigos para su padre, aunque éstos le inquietaban. Parecían unos viejos inofensivos, pero no lo eran. Al menos a él siempre le habían infundido un sentimiento de temor.

—Deberías casarte con Mercedes —bromeó.
—¡No digas tonterías!
—Mamá murió hace quince años y con Mercedes pareces estar a gusto, ella también está sola.

—Basta, Antonino. Me voy, hijo… —¿Has visto a Lara?
—Pasaré a verla antes de irme.

* * *

A sus sesenta y cinco años, Mercedes Barreda aún conservaba mucho de la belleza que había sido. Alta, delgada, morena, de porte elegante y ademanes rotundos, imponía a los hombres. Quizá por eso no se había casado nunca. Se decía a sí misma que jamás había encontrado un hombre a su medida.

Era propietaria de una constructora. Había hecho fortuna trabajando sin descanso y sin quejarse jamás. Sus empleados la consideraban una persona dura pero justa. Nunca había dejado a un obrero en la estacada. Pagaba lo que tenía que pagar, les tenía a todos asegurados, se preocupaba de respetar escrupulosamente sus derechos. La fama de dura seguramente le venía porque nadie la había visto reír, ni siquiera sonreír, pero tampoco la habían podido acusar nunca de tener un gesto autoritario ni de haber dicho una palabra más alta que otra. Sin embargo, había algo en ella que imponía a los demás.

Vestida con un traje de chaqueta color beis, y como única joya unos pendientes de perlas, Mercedes Barreda atravesaba con paso veloz los pasillos interminables de Fiumicino, el aeropuerto de Roma. Una voz anunciaba la llegada del vuelo de Viena en el que viajaba Bruno, de manera que podían ir juntos a casa de Carlo. Hans había llegado hacía una hora.

Mercedes y Bruno se fundieron en un abrazo. Hacía más de un año que no se veían, aunque hablaban por teléfono con frecuencia y se escribían por internet.

—¿Y tus hijos? —preguntó Mercedes.
—Sara ya es abuela. Mi nieta Elena ha tenido un niño. —O sea, que eres bisabuelo. Bueno, no estás mal para ser un vejestorio. ¿Y tu hijo David?

—Un solterón empedernido, como tú.
—¿Y tu mujer?
—He dejado a Deborah protestando. Llevamos cincuenta años peleándonos por lo mismo. Ella quiere que olvide; no comprende que eso no podremos hacerlo jamás. No quería que viniera. Sabes, aunque no quiere reconocerlo tiene miedo, mucho miedo.

Mercedes asintió. No culpaba a Deborah por sus temores, tampoco el que quisiera retener a su marido. Sentía simpatía por la esposa de Bruno. Era una buena mujer, amable y silenciosa, siempre dispuesta a ayudar a los demás. Deborah en cambio no la correspondía con el mismo afecto. Cuando en alguna ocasión había visitado a Bruno en Viena, Deborah la había recibido como una buena anfitriona pero no podía ocultar el temor que le inspiraba «la Catalana», como sabía que la llamaba.

En realidad era francesa. Su padre había huido de Barcelona cuando estaba a punto de terminar la Guerra Civil española. Era anarquista, un hombre bueno y cariñoso. En Francia, como tantos otros españoles, cuando los nazis entraron en París se incorporó a la Resistencia; en ella conoció a la madre de Mercedes, que hacía de correo, y se enamoraron; su hija nació en el peor momento y en el peor lugar.

Bruno Müller acababa de cumplir setenta años. Tenía el cabello blanco como la nieve y la mirada azul. Cojeaba, por lo que se ayudaba de un bastón con el mango de plata. Había nacido en Viena. Era músico, un pianista extraordinario, como también lo había sido su padre. La suya era una familia que vivía por y para la música. Cuando cerraba los ojos, veía a su madre sonriendo mientras tocaba el piano a cuatro manos con su hermana mayor. Hacía tres años que se había retirado; hasta entonces Bruno Müller había sido considerado uno de los mejores pianistas del mundo. También su hijo David se había entregado en cuerpo y alma a la música; su vida era el violín, aquel delicado Guarneri del que jamás se separaba.

Media hora antes Hans Hausser había llegado a casa de Carlo Cipriani. A sus sesenta y siete años el profesor Hausser aún imponía por su altura. Medía más de uno noventa, y su extrema delgadez le hacía parecer un hombre frágil. No lo era.

En los últimos cuarenta años había estado dando clases de Física en la Universidad de Bonn, teorizando sobre los misterios de la materia, escudriñando los secretos del Universo.

Como Carlo, también él era viudo, y se dejaba cuidar por su única hija, Berta.

Los dos amigos degustaban una taza de café cuando el ama de llaves introdujo a Mercedes y Bruno en el despacho del doctor. No perdieron el tiempo en formalidades. Se habían reunido para matar a un hombre.

—Bien, os contaré cómo están las cosas —comenzó Carlo Cipriani—. Esta mañana me encontré en el periódico con el apellido Tannenberg. Antes de llamaros, para no perder tiempo, llamé a Investigaciones y Seguros. En el pasado también les encargué que buscaran el rastro de Tannenberg, no sé si os acordáis… Bien, el presidente, que ha sido paciente mío, me llamó hace unas horas para decirme que efectivamente hay un Tannenberg en el congreso de arqueólogos que se está celebrando en Roma, en el Palazzo Brancaccio. Pero no es nuestro hombre; se trata de una mujer que se llama Clara Tannenberg de nacionalidad iraquí. Tiene treinta y cinco años y está casada con un iraquí, un hombre bien relacionado con el régimen de Sadam Husein. Es arqueóloga. Ha estudiado en El Cairo y en Estados Unidos y, a pesar de su juventud, seguramente gracias a la influencia de su marido, que también es arqueólogo, dirige una de las pocas excavaciones que aún subsisten en Irak. El marido estudió en Francia e hizo el doctorado en Estados Unidos, donde vivió una larga temporada; allí se conocieron y se casaron antes de que los norteamericanos decidieran convertir a Sadam en el demonio. Éste es su primer viaje a Europa.

—¿Tiene algo que ver con él? —preguntó Mercedes. —¿Con Tannenberg? —respondió Carlo—. Es una posibilidad, podría ser su hija. Y si es así espero que a través de ella lleguemos hasta él. Como vosotros, no creo que esté muerto, por más que en aquel cementerio hubiera una lápida con su nombre y el de sus padres.

—No, no está muerto —afirmó Mercedes—, yo sé que no está muerto. He sentido durante todos estos años que el monstruo vivía. Como dice Carlo, podría ser su hija.

—O su nieta —terció Hans—. Él debe de estar cerca de los noventa años.

—Carlo, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Bruno. —Seguirla no importa donde vaya. Investigaciones y Seguros puede desplazar a algunos hombres a Irak, aunque nos costará una pequeña fortuna. Pero tengamos claro que si al final ese loco de George Bush invade Irak, tendremos que buscarnos otra compañía.

—¿Por qué? —El tono de Mercedes reflejaba impaciencia.

—Pues porque para ir a un país en guerra se necesita un tipo de hombres que sean algo más que investigadores privados.

—Tienes razón —convino Hans—. Además, tenemos que tomar una decisión. ¿Qué pasa si le encuentran, si realmente esta Clara Tannenberg tiene algo que ver con él? Yo os lo diré: necesitamos a un profesional… alguien a quien no le importe matar. Si él vive aún, debe morir, y si no…

—Y si no que mueran sus hijos, sus nietos, cualquiera que lleve su sangre.

La voz de Mercedes sonó repleta de rabia. No estaba dispuesta a ceder al más leve sentimiento de piedad.

—Estoy de acuerdo —asintió Hans—, ¿y tú, Bruno?

El concertista de piano más admirado del último tercio del siglo xx no dudó en responder con otro sí.

—Bien. ¿Sabemos de alguna compañía de esas que cuentan con mercenarios para este tipo de encargos? —preguntó Mercedes dirigiéndose a Carlo.

—Mañana me darán dos o tres nombres. Mi amigo, el presidente de Investigaciones y Seguros, asegura que hay un par de compañías británicas que contratan a ex miembros del SAS, y a otros hombres de fuerzas especiales de ejércitos de medio mundo. También hay una compañía norteamericana, una multinacional de seguridad, bueno lo de la seguridad es un eufemismo. Disponen de soldados privados para enviar a cualquier lugar y luchar por cualquier causa bien remunerada, creo que se llama Global Group. Mañana decidiremos.

—Bien, pero ¿tenemos todos claro que los Tannenberg deben morir, no importa que sean mujeres, incluso niños…? —volvió a inquirir Hans.

—No insistas —terció Mercedes—, llevamos toda la vida preparándonos para este momento. No me importaría matarlos personalmente.

La creyeron. Ellos también sentían el mismo odio. Un odio que había crecido con una violencia irrefrenable cuando los cuatro vivían en el infierno.

* * * —Tiene la palabra la señora Tannenberg.

El director de la ponencia sobre la «Cultura en Mesopotamia» dejó libre el estrado a la mujer menuda y decidida que, apretando unos cuantos folios contra su pecho, se dispuso a tomar la palabra.

Clara Tannenberg estaba nerviosa. Sabía cuánto se jugaba en aquel momento. Con los ojos buscó entre el público a su marido, que le sonreía para darle ánimos.

Durante unos instantes se desconcentró pensando en lo guapo que era Ahmed. Alto, delgado, con el cabello negro como la noche y los ojos de un negro más intenso aún. Era mayor que ella, le llevaba quince años, pero compartían una misma pasión: la arqueología.

—Señoras y señores, hoy es un día muy especial para mí. He venido a Roma a pedirles ayuda, a suplicarles que alcen la voz para evitar la catástrofe que se puede cernir sobre Irak.

Un rumor se extendió por la sala. Los allí presentes no estaban dispuestos a escuchar un mitin de una arqueóloga desconocida cuyo principal mérito parecía ser el estar casada con un miembro del clan de Husein que casualmente era el director del departamento de Excavaciones. En el rostro de Ralph Barry, director de la ponencia sobre Mesopotamia, se dibujó un gesto de fastidio. Sus temores parecían confirmarse; sabía que la presencia de Clara Tannenberg y de su marido Ahmed Huseini traería problemas. Había intentado impedirlo por todos los medios, que eran muchos habida cuenta que trabajaba para un hombre poderoso, el presidente ejecutivo de la fundación Mundo Antiguo, que corría con buena parte de los gastos del congreso. En Estados Unidos nadie que se dedicara a la arqueología llevaba la contraria a su jefe, Robert Brown. Pero se hallaban en Roma, donde su influencia era más limitada.

Robert Brown era un gurú del mundo del arte. Había surtido de objetos únicos a museos de todo el mundo. La colección de tablillas mesopotámicas, que exponía en varias salas de la fundación, estaba considerada como la mejor del mundo.

Brown había hecho del arte su vida y su gran negocio. Una noche a finales de los años cincuenta, cuando contaba con apenas treinta años e intentaba abrirse camino como marchante en Nueva York, conoció a alguien en una fiesta en casa de un pintor de vanguardia donde había gente de todas clases. A la mañana siguiente, aquel hombre le hizo una proposición que le cambió la vida, pues reorientó su profesión y le ayudó a poner en marcha un negocio más lucrativo: convencer a importantes compañías multinacionales de que aportaran fondos a una fundación privada para financiar excavaciones e investigaciones en todo el mundo. De esa manera las multinacionales lograban un doble objetivo: desgravaban impuestos y adquirían cierta respetabilidad ante los siempre recelosos ciudadanos. Guiado por su Mentor, un hombre tan rico como poderoso e influyente en Washington, puso en marcha la fundación Mundo Antiguo. Se constituyó un patronato del que formaban parte banqueros y hombres de negocios, que a la postre eran los que ponían el dinero; se reunía un par de veces al año con ellos, primero para que aprobaran el presupuesto y después para rendir cuentas del mismo. Precisamente a finales de ese mes de septiembre tenían una reunión. Robert Brown hizo de Ralph Barry su mano derecha. Barry tenía lustre en el mundo académico. Era un reputado profesor. En cuanto a su Mentor, George Wagner, el hombre que le había situado en la cumbre, le guardaba una fidelidad perruna y ocultaba celosamente el secreto de su nombre; durante todos estos años había ejecutado sus órdenes sin rechistar, había hecho lo que jamás pensó que haría, era una marioneta en sus manos. Pero se sentía feliz de serlo.

Todo cuanto era, todo lo que tenía, se lo debía.

Brown había dado instrucciones precisas a Ralph Barry, director del departamento de Mesopotamia de la fundación Mundo Antiguo y ex profesor de Harvard: debía impedir que Clara Tannenberg y su marido participaran en el congreso y, de no poder hacerlo, al menos tenía que evitar que hablara.

A Barry le habían extrañado las instrucciones de Brown porque sabía que su jefe conocía a la pareja, pero ni por un momento se le pasó por la cabeza desobedecer sus órdenes.

Clara era consciente de la animadversión del auditorio. Enrojeció de rabia. El «tío» Robert pagaba aquel congreso, y ella entraba en el paquete. Tragó saliva antes de continuar.

—Señores, no vengo a hablar de política sino de arte. Vengo a pedir que salvemos el legado artístico de Mesopotamia. Allí comenzó la historia de la humanidad y, si hay guerra, puede desaparecer. También vengo a pedirles otro tipo de ayuda. No se trata de dinero.

Nadie le rió el chiste, y Clara se sintió peor, pero estaba decidida a continuar por más que sintiera en la piel la intensa irritación del auditorio.

—Hace muchos años, más de medio siglo, mi abuelo, que formaba parte de una misión arqueológica cerca de Jaran, encontró un pozo recubierto con restos de tablillas. Ustedes saben que eso era común. Aun hoy encontramos tablillas que fueron utilizadas por los campesinos para construir sus casas.

»Las tablillas con que se había recubierto el pozo consignaban la superficie de determinados campos y el volumen de cereales de la última cosecha. Había cientos de tablillas, pero dos de ellas parecían no pertenecer al mismo grupo que las otras, no sólo por el contenido sino por los trazos con que habían sido escritas, como si el redactor de las mismas, al hacer las incisiones en el barro, aún no manejara con suficiente destreza la caña.

La voz de Clara adquirió un tinte de emoción. Estaba a punto de desvelar la razón de su vida, aquello en lo que no había dejado de soñar desde que tuviera uso de razón, por lo que se había hecho arqueóloga, que era más importante para ella que nada y que nadie, incluso que Ahmed.

—Durante más de sesenta años —prosiguió— mi abuelo ha guardado esas dos tablillas en las que alguien, seguramente un aprendiz de escriba, cuenta que su pariente Abraham* le iba a contar cómo se había formado el mundo y otras historias fantásticas sobre un Dios que todo lo puede y que todo lo ve, y que en una ocasión, enfadado con los hombres, inundó la tierra. ¿Se dan cuenta de lo que esto significa?

»Todos sabemos de la importancia que para la arqueología y la historia, pero también para la religión, tuvo el descubrimiento de los poemas acadios de la Creación, el Enuma Elish, el relato de Enki y Ninhursag o del Diluvio en el Poema de Gilgamesh. Pues bien, según esas tablillas que encontró mi abuelo, el patriarca Abraham añadió su propia visión de la creación del mundo, influida sin duda por los poemas babilónicos y acadios sobre el paraíso y la creación.

»Hoy también sabemos, porque la arqueología así lo ha demostrado, que la Biblia se escribió en el siglo vii antes de Cristo, en un momento en el que los gobernantes y sacerdotes israelitas tenían necesidad de fundamentar la unidad del pueblo de Israel, para lo que necesitaban una historia común, una

* En la Biblia, al patriarca Abraham se le llama «Abrán», y a su esposa «Saray». Sus nombres cambian a los de Abraham y Sara cuando Dios le promete que tendrá descendencia. Abrán y Abraham son dos formas dialectales del mismo nombre; Abraham se explica por la asonancia con Ab Hamôn: «padre de multitud».

epopeya nacional, un documento que sirviera para sus propios fines políticos y religiosos.

»En su empeño por contrastar lo que se describe en la Biblia, la arqueología ha descubierto verdades y mentiras. Aun hoy es difícil separar la leyenda de la historia porque están entremezcladas. Pero lo que parece claro es que los relatos son recuerdos de un pasado, historias antiguas que aquellos pastores que emigraron de Ur a Jaran llevaron posteriormente hasta Canaán…

Clara guardó silencio esperando la reacción de sus colegas, que la escuchaban en silencio: unos con desgana, otros con cierto interés.

—… Jaran… Abraham…, en la Biblia encontramos una genealogía minuciosa de los «primeros hombres», desde Adán; ese recorrido llega a los patriarcas posdiluvianos, a los hijos de Sem de los que uno de sus descendientes, Téraj, engendró a Najor, a Haran y a Abrán, que más tarde transformó su nombre en Abraham, padre de todas las naciones.

»Salvo el relato minucioso de la Biblia en que Dios le ordena a Abraham dejar su tierra y su casa, para dirigirse a Canaán, no se ha podido demostrar que hubiera habido una primera emigración de semitas desde Ur a Jaran antes de llegar a su destino, fijado por Dios, en la tierra en Canaán. Y el encuentro entre Dios y Abraham tuvo que producirse en Jaran, donde mantienen algunos biblistas que el primer patriarca habría vivido hasta la muerte de su padre, Téraj.

»Seguramente, cuando Téraj se desplazó a Jaran, lo hizo no sólo con sus hijos Abraham y la esposa de éste, Sara, y Najor y su mujer Milca. También les acompañó Lot, el hijo de su hijo Haran, muerto en la juventud. Sabemos que entonces las familias formaban tribus que se desplazaban de un lugar a otro con sus rebaños y enseres, y que se asentaban periódicamente en lugares donde cultivaban un pedazo de tierra para cubrir sus necesidades de subsistencia. De manera que Téraj, al dejar Ur para asentarse en Jaran, lo hizo acompañado por otros familiares, parientes en grado más o menos próximo. Pensamos… mi abuelo, mi padre, mi marido Ahmed Huseini y yo pensamos que un miembro de la familia de Téraj, seguramente un aprendiz de escriba, pudo tener una relación estrecha con Abraham y que éste le explicó sus ideas sobre la creación del mundo, su concepción de ese Dios único y quién sabe cuántas cosas más. Durante años hemos buscado en la región de Jaran otras tablillas del mismo autor. El resultado ha sido nulo. Mi abuelo ha dedicado su vida a investigar cien kilómetros a la redonda de Jaran y no ha encontrado nada. Bueno, el trabajo no ha sido estéril: en el museo de Bagdad, en el de Jaran y en el de Ur y en tantos otros hay cientos de tablillas y objetos que mi familia ha ido desenterrando, pero no encontrábamos esas otras tablillas con los relatos de Abraham que…

Con gesto malhumorado, un hombre levantó la mano y la agitó, lo que desconcentró a Clara Tannenberg.

—Sí…, ¿quiere decir algo?
—Señora, ¿está usted afirmando que Abraham, el patriarca Abraham, el Abraham de la Biblia, el padre de nuestra civilización, le contó a no sé quién su idea de Dios y del mundo, y este no sé quién lo escribió, como si de un periodista cualquiera se tratara, y que su abuelo, que por cierto ninguno de nosotros tenemos el gusto de conocer, ha encontrado esa prueba y se la ha guardado durante más de medio siglo?

—Pues sí, eso es lo que estoy diciendo.
—¡Ah! Y dígame, ¿por qué no informaron de nada hasta ahora? Por cierto, ¿sería tan amable de explicarnos quién es su abuelo y su padre? De su marido ya sabemos algo. Aquí nos conocemos todos y siento decirle que para nosotros usted es una ilustre desconocida a la que, por su intervención, calificaría de infantil y fantasiosa. ¿Dónde están esas tablillas de las que habla? ¿A qué pruebas científicas las ha sometido para garantizar su autenticidad y datar la época a la que dice pertenecen? Señora, a los congresos se viene con trabajos solventes, no con historias de familia, de familia de aficionados a la arqueología.

Un murmullo recorrió toda la sal ...