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BROMA INFINITA, LA

David Foster Wallace  

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Fragmento

AÑO DE GLAD

Estoy sentado en una sala, rodeado de cabezas y de cuerpos. Mi postura es conscientemente congruente con la forma de mi dura silla. Es una fría habitación en la administración de la universidad con las paredes forradas de madera, con cuadros al estilo Remington, y ventanas dobles que la protegen de la canícula de noviembre. Los ruidos administrativos quedan aislados por la sala de recepción por la que acabamos de entrar el tío Charles, el señor DeLint y yo.

Yo estoy aquí dentro.

Tres rostros perentorios se sitúan encima de sendas americanas ligeras de verano y anchas corbatas de seda en la otra punta de una pulida mesa de conferencias de pino que brilla con la luz cual telaraña del atardecer de Arizona. Son tres decanos: el de admisiones, el de asuntos académicos y el de asuntos deportivos. No sé qué rostro pertenece a quién.

Creo estar dando una imagen neutra, quizá incluso agradable, aunque se me ha aconsejado que es preferible que ande por la senda de la neutralidad y que ni siquiera intente lo que a mí me parecería una expresión amable o una sonrisa.

Me he decidido por cruzar las piernas, espero que cuidadosamente, el tobillo sobre la rodilla, las manos juntas sobre los pantalones. Tengo los dedos entrelazados en una sucesión especular de lo que a mí me parece una letra equis. El personal restante de la sala de entrevistas incluye a: el director de redacción de la universidad, el entrenador del primer equipo de tenis y A. DeLint, prorrector de mi academia. A mi lado está C.T.; los demás están respectivamente sentados, de pie y de pie en la periferia de mi visión. El entrenador de tenis juguetea con unas monedas. Hay algo vagamente estomacal en el olor de la habitación. La suela de alta tracción de mi maravillosa zapatilla Nike corre paralela al bamboleante zapatón deportivo del hermanastro de mi madre, presente en su condición de director de estudios de mi escuela, sentado en la que espero que sea la silla de mi derecha y también de cara a los decanos.

El decano de la izquierda, un hombre flaco y amarillento cuya sonrisa invariable tiene sin embargo la calidad inmanente de algo estampado en un material nada receptivo, es de un tipo de personalidad que últimamente he llegado a apreciar, del tipo que aplaza la necesidad de que yo responda o explique cualquier cosa porque él mismo se encarga de dar mi versión de la historia en mi nombre. Y me la cuenta a mí. El decano del medio, una especie de león en decadencia, le pasa una pila de hojas de ordenador y él parece hablarle al papel, con una sonrisa disimulada.

–Usted es Harold Incandenza, dieciocho años, fecha de graduación aproximadamente dentro de un mes, asiste a la Academia Enfield de Tenis, en Enfield, Massachusetts, un internado en el cual reside. –Sus gafas de lectura son rectangulares, con forma de cancha de tenis, con las líneas de banda de esa cancha por encima y por debajo–. Según el entrenador White y el decano (ilegible), es usted un jugador de tenis listado en los rankings junior locales, nacionales y continentales, un atleta con potencial suficiente para ser miembro de la ONANCAA, una promesa en bruto, reclutado por el entrenador White mediante correspondencia con el doctor Tavis… de febrero de este año. –Quita la primera página y la pone cuidadosamente al final de la pila–. Reside en la Academia Enfield de Tenis desde que tiene siete años.

No me atrevo a rascarme el lado derecho de la mandíbula, donde tengo un lobanillo.

–El entrenador White ha informado a nuestra oficina de que tiene en alta estima el programa y los logros de la Academia Enfield de Tenis y que el equipo de tenis de la Universidad de Arizona se ha beneficiado con la matriculación de varios ex alumnos de la AET, uno de los cuales fue el señor Aubrey F. DeLint, quien hoy está aquí, a su lado. El entrenador White y su equipo nos han proporcionado…

La forma de expresarse del amarillento administrador carece de toda distinción, aunque debo admitir que se hace comprender. El director de redacción parece tener una cantidad de cejas mayor de lo normal. El decano de la derecha me mira a la cara de una forma un tanto rara.

Tío Charles les está diciendo que aunque puede anticipar que acaso los decanos puedan estar predispuestos a considerar lo que él afirme como el discurso de una especie de cheerleader de la AET, él, de cualquier modo, no puede menos de asegurar a los decanos presentes en esta sala que lo que se acaba de afirmar es la pura verdad y que en este mismísimo momento la academia tiene como residentes a no menos de un tercio de los treinta primeros top juniors del continente y de todas las edades posibles, y que yo aquí presente, a quien se me llama normalmente «Hal», estoy «en la cima, entre la mismísima crema». Los decanos de la derecha y la izquierda sonríen con aire profesional; DeLint y el entrenador inclinan sus cabezas mientras el decano de la izquierda se aclara la garganta.

–… creo que usted bien podría hacer, incluso en su primer año, una sólida contribución al equipo de tenis de esta universidad. Nos congratulamos –dice o lee apartando una página– de que un torneo local le haya traído aquí y nos haya dado la oportunidad de reunirnos y hablar sobre su solicitud de ingreso, y su posible admisión, matriculación y beca.

–Se me ha pedido que añada que Hal, aquí presente, ha sido clasificado en singles como el tercer cabeza de serie en el prestigioso torneo WhataBurger Southwest Junior Invitational para menores de dieciocho años en el Randolph Tenis Center –dice quien imagino que es el de asuntos deportivos, uno de cabeza gacha con pecas en la calva.

–Sí, el que está en el parque Randolph, cerca del famoso El Con Marriott –inserta C.T.–, un club del que hasta la fecha todo el mundo ha coincidido en declarar de primerísima clase, y que…

–Bien dicho, Chuck, y también que, de acuerdo con Chuck, Hal ya ha justificado su clasificación al llegar esta mañana a las semifinales con una victoria al parecer impresionante, y que mañana volverá a jugar contra el ganador del partido de cuartos de final de esta noche; creo que será mañana a las ocho y media en punto…

–Trata de ponerte por delante antes de que te dé de lleno el maldito calorazo que hace por estos lares. Aunque, por supuesto, es un calor seco.

–… y parece que ya se ha clasificado para participar en el Continental Indoors del próximo invierno en Edmonton, según me ha dicho Kirk –dice inclinando el cuerpo hacia delante para levantar la mirada y dirigirse al entrenador que está a la izquierda, cuya sonrisa permite vislumbrar unos dientes relucientes sobre un violento bronceado de fondo–. Lo que no es moco de pavo, diría yo. –Sonríe y me dirige la mirada–. ¿Son correctos nuestros datos, Hal?

C. T. ha cruzado los brazos con gran naturalidad. Sus tríceps están salpicados de manchas a la luz de un sol de aire acondicionado.

–Sin la menor duda, Bill. –Sonríe. Las dos mitades de su bigote nunca están del todo simétricas–. Y permítaseme decir que Hal está entusiasmado, entusiasmado de que le hayan invitado al Invitational por tercer año consecutivo y de estar aquí, en una comunidad por la que siente verdadero afecto, y de conocer al alumnado y al equipo técnico y de haber justificado su alta clasificación en la competición nada fácil de esta semana, de estar aún allí sin haber bajado la guardia en ningún momento y, sobre todo, de haber tenido la oportunidad de conocerlos a ustedes, caballeros, y de visitar las instalaciones. Aquí todo parece del máximo nivel, por lo que ha visto.

Se produce un silencio. DeLint se rasca la espalda frotándola contra la pared y vuelve a equilibrar su peso. Mi tío sonríe y se inclina hacia delante como un fleje disparado. El sesenta y dos coma cinco por ciento de los rostros presentes se dirigen hacia mí, agradablemente expectantes. El pecho se me agita como una secadora llena de zapatos. Compongo lo que espero que les parecerá una sonrisa. Miro en una y otra dirección delicadamente, como intentando dirigir mi expresión sin olvidarme de nadie.

Nuevo silencio. Las cejas del decano amarillento se ponen circunflejas. Los otros dos decanos miran al director de redacción. El entrenador de tenis se ha trasladado hasta la ancha ventana rascándose la nuca. Tío Charles se toca el antebrazo por encima del reloj. Abruptas y curvilíneas sombras de palmeras avanzan lentamente por el brillo de la mesa; la cabeza de alguien es una sombra como de negra luna.

–¿Hal se encuentra bien, Chuck? –pregunta el de asuntos deportivos–. Parece… como si hiciera una mueca. ¿Le duele algo? ¿Sientes algún dolor, hijo?

–Hal está estupendamente –dice sonriente mi tío calmando el ambiente con un movimiento de la mano–. Solo se trata de lo que quizá podríamos llamar un tic facial, no gran cosa, debido a la adrenalina de estar aquí en un campus que impresiona a cualquiera, de haber justificado su ranking sin perder hasta ahora ni un solo set, de recibir por escrito del entrenador White una oferta oficial con membrete de la Pac-10 no solo de exclusiva sino también de pensión mensual completa y de estar pendiente de que con toda probabilidad hoy y aquí mismo firme una declaración de compromiso con la universidad, según me ha indicado. –C.T. me dirige una mirada espantosamente amable. Yo hago lo más seguro: relajo todos los músculos de mi cara y la vacío de toda expresión. Observo cuidadosamente el nudo a lo Kekulé de la corbata del decano que se sienta en medio.

Mi respuesta silenciosa al silencio expectante empieza a afectar al ambiente de la sala; el polvo y las hilachas de la ropa deportiva, agitados por las ráfagas del aire acondicionado, bailan en medio del sesgado rayo de luz que entra por la ventana; el aire sobre la mesa es un espacio burbujeante como un vaso de soda recién servida. El entrenador, con un acento que no acaba de ser ni británico ni australiano, le comunica a C.T. que todo el proceso de solicitud por interfaz, si bien por lo general es una mera y agradable formalidad, podría encaminarse mejor si se permite que el solicitante hable por sí mismo. Los decanos del centro y de la derecha se inclinan para conferenciar en voz baja formando una especie de tienda tribal de piel y pelos. Supongo que probablemente el entrenador quiso decir «ir mejor» en vez de «encaminarse mejor», aunque «acelerarse», si bien es más rebuscado que «ir mejor», sería más sensato como error desde un punto de vista fonético. El decano del chato rostro amarillento se inclina hacia delante enseñando las encías en lo que a mí me parece un gesto de preocupación. Junta las manos sobre la mesa de reuniones. Sus dedos parecen copular mientras mi propia serie de equis manual se disuelve cuando me aferro a los lados de mi silla.

Empieza a decir que habría cierta necesidad de que ellos y yo hablásemos francamente de algunos problemas potenciales de mi solicitud. Y hace una referencia al valor de la sinceridad.

–Los problemas que debe afrontar mi despacho en la documentación de tu solicitud, Hal, están relacionados con los resultados de tus exámenes. –Baja la mirada hasta una colorida página de resultados oficiales que esconde tras la trinchera de sus brazos–. El personal de admisiones está viendo que tus calificaciones, y estoy seguro de que lo sabes y de que lo puedes explicar, son… ¿cómo diríamos?… subnormales.

Les debo una explicación.

Resulta evidente que este tipo amarillento y bastante sincero de la izquierda es el decano de admisiones. Y no puede caber la menor duda, entonces, de que la pequeña figura de pajarraco de la derecha es el de deportes, porque las arrugas faciales del hirsuto decano del medio están fruncidas como ante una lejana afrenta, en una expresión de «Estoy comiendo algo que realmente me hace apreciar la bebida con que lo acompaño», que transmite reservas profesionalmente académicas. Por tanto, allí campea una inquebrantable lealtad a las normas. Mi tío mira perplejo al de deportes. Se mueve un poco en la silla.

La incongruencia entre la mano del de admisiones y el color de su rostro es algo bastante impresionante.

–… resultados orales que están demasiado próximos al cero como para poder sentirnos cómodos, y más si tenemos en cuenta el informe del colegio en el que tus padres son los administradores –dice leyendo directamente del papel escondido en la elipsis de sus brazos–… Que este último año, sí, ha bajado un poco, pero quiero decir que ha «bajado» a extraordinario después de tres años de francamente increíble.

–Más allá de lo imaginable.

–La mayoría de las instituciones ni siquiera tienen notas de «sobresaliente» con prefijos superlativos múltiples –dice el director de redacción con una expresión imposible de interpretar.

–Esta clase de… ¿cómo podríamos clasificarla?… de incongruencia –dice el de admisiones con expresión sincera y preocupada–, tengo que decirte que suscita una alerta roja de conflicto potencial durante el proceso de admisión.

–Por tanto, te invitamos a que expliques la aparición de estas incongruencias, para no decir auténticas tomaduras de pelo. –El de alumnado tiene una vocecita chillona; resulta ridículo que provenga de una cara tan grande como la suya.

–Seguramente por «increíble» usted quiso decir algo impresionante, muy impresionante como opuesto a un «increíble» literal –dice C.T. dando la impresión de observar al entrenador, que se masajea la nuca junto a la ventana. La ventana inmensa muestra únicamente un sol deslumbrante y la tierra agrietada y recubierta por un calor trémulo.

–Así que nos enfrentamos no con los dos ensayos obligatorios para ser admitido, sino con nueve ensayos distintos, algunos de los cuales son tan largos como monografías, y todos ellos sin excepción son… –Cambia de página– … el adjetivo que varios lectores han coincidido en usar es «estelar»…

–Yo hice uso deliberado de «lapidario» y «decadente» –precisa el de redacción.

–… y con unos temas y unos títulos que estoy seguro que recordarás perfectamente, Hal: «Conjeturas neoclásicas en gramática normativa contemporánea», «Las implicaciones de las transformaciones post-Fourier en el cine holográficamente mimético», «La aparición de la parálisis heroica en la comunicación radial»…

–«La gramática de Montague y la semántica de la modalidad física»,

–«Un hombre que empezó a sospechar que estaba hecho de cristal»,

–«El simbolismo terciario en el erotismo justiniano»… Baste señalar –dice mostrando grandes extensiones de chicle al fondo de la boca– que existe una preocupación sincera y honesta acerca del que ha recibido esas desafortunadas calificaciones, ya que es el único autor de estos ensayos.

–Dudo que Hal sea consciente de lo que aquí se está sugiriendo –dice mi tío. El decano del medio se toquetea las solapas mientras interpreta unos datos informáticos adversos.

–Lo que aquí está diciendo la universidad es que desde un punto de vista estrictamente académico existen problemas de admisión que Hal debe ayudarnos a resolver. El papel prioritario del solicitante a la universidad es y debe ser el de un estudiante. No podríamos admitir a un alumno del que tenemos muchas razones para sospechar que no tiene el nivel adecuado, por más campeón que pueda ser en el campo de juego.

–El decano Sawyer quiere decir la pista de tenis, Chuck –dice el de asuntos deportivos con la cabeza muy gacha de modo que su mensaje también llegue de algún modo a White, que está detrás de él–. Por no mencionar el reglamento de la ONANCAA y sus investigadores siempre al acecho para oler la más mínima pista de un comportamiento no conforme a las reglas.

El entrenador de tenis consulta el reloj.

–Suponiendo que en este caso las calificaciones del tribunal reflejan acertadamente la verdadera capacidad del solicitante –dice el de asuntos académicos con su voz aguda, seria y ronca mientras observa los documentos que tiene delante como si fueran un plato de algún comistrajo repugnante–, les digo ya mismo que mi opinión es que no sería justo. No sería justo para los demás candidatos. No sería justo para la comunidad universitaria. –Me mira–. Y sería especialmente injusto para el propio Hal. Admitir a un chico en quien solo vemos un valor deportivo significaría utilizarlo. Y a nosotros se nos vigila estrechamente para que no utilicemos a nadie. Los resultados de tus exámenes, hijo, indican que podríamos ser acusados de utilizarte.

Tío Charles le pide al entrenador White que pregunte al decano de deportes si la tormenta que se cierne por las notas sería tan virulenta si yo fuera, digamos, un prodigio del fútbol americano que diera montones de dinero. Aumenta el conocido pánico de sentirme rechazado y el pecho me sube y me baja. Concentro la energía en permanecer absolutamente en silencio en la silla, vacío, mis ojos son dos grandes y pálidos ceros. Así he arrancado promesas a más de uno.

Sin embargo, tío C.T. tiene el aspecto azorado de los arrinconados. Su voz adquiere un timbre extraño cuando lo acorralan como si gritara mientras retrocede.

–Las notas de Hal en la AET, institución de la que debo destacar su carácter «académico» y que no es un mero campo de deportes ni una vulgar fábrica, acreditada tanto por las autoridades de Massachusetts como por la Asociación Académica de Deportes de Estados Unidos, una institución, la AET, que está consagrada a las necesidades globales del deportista y del estudiante, fundada por una figura tan sobresaliente que ni siquiera es necesario mencionarla aquí, pero que la basó en el exigente modelo del plan de estudios Quadrivium-Trivium de Oxbridge, un colegio exquisitamente equipado y con un cuerpo docente perfectamente acreditado, todo ello tendría que ser más que suficiente para demostrar que mi sobrino aquí presente puede cumplir los requisitos de la Pac-10 sin despeinarse, y que…

DeLint se aproxima al entrenador de tenis, que sacude la cabeza.

–… Se podría detectar el aroma característico de prejuicios contra los deportes minoritarios en todo este asunto –prosigue C.T. cruzando y recruzando las piernas mientras yo soy todo oídos y estoy sereno y atento.

El silencio carbonatado de la sala ahora es hostil.

–Creo que ya es hora de que el solicitante hable por sí mismo –dice muy tranquilo el de asuntos académicos–. Y eso parece casi imposible con usted aquí presente.

–Tal vez nos excusas un momento y nos esperas fuera, Chuck. –El de asuntos deportivos sonríe con expresión fatigada por debajo de la mano con que se masajea el puente de la nariz.

–El entrenador White podría acompañar al señor Tavis a la recepción –dice el decano amarillento sonriendo ante mis ojos desenfocados.

–… uno llega a creer que todo esto ha sido preparado previamente, desde el… –va diciendo C.T. mientras él y DeLint marchan hacia la puerta. El entrenador de tenis extiende un brazo hipertrofiado.

–Aquí todos somos amigos y colegas –dice el de deportes.

Esto no funciona. Me doy cuenta de que el letrero de salida, EXIT, a un hablante de latín le parecería un letrero en rojo que dice ÉL SE VA. Cedería al deseo de salir corriendo hacia la puerta y adelantarlos por el camino si pudiera estar seguro de que los hombres que hay en esta sala verían que salgo corriendo hacia la puerta. DeLint dice algo al oído del entrenador. Cuando la puerta se abre por un momento, se oyen ruidos de máquinas de escribir y de la centralita telefónica. Ya estoy solo entre los altos cargos de la administración.

–… que nadie se sienta ofendido –dice el de deportes con su chaqueta marrón y la corbata estampada con motivos diminutos–, pero más allá de las capacidades físicas que están en juego, que, créaseme, nosotros respetamos y queremos de verdad…

–… de no ser por eso no estaríamos tan ansiosos por hablar contigo sin intermediarios, ¿te das cuenta?

–… al procesar varias solicitudes anteriores provenientes del despacho del entrenador White, nos hemos enterado de que la escuela Enfield está dirigida, y no importa que esté excelentemente dirigida, por gente muy cercana, en primer lugar, al hermano de usted, de quien aún recuerdo cuánto le mimaba Maury Klamkin, el predecesor de White, de modo que la objetividad de las credenciales aquí presentadas puede ser puesta en duda con cierta facilidad…

–… por quien se lo proponga, digamos la NAAUP, los programas de la Pac-10, que tienen tanta mala leche, la ONANCAA…

Los ensayos son viejos, pero son míos, à moi. Pero sí, son viejos y nada tienen que ver con La Experiencia Educativa Más Significativa De Tu Vida, que es el tema obligatorio de la solicitud. De haberles dado uno del año pasado, les habría parecido obra de un bebé tocando teclas al azar, y eso a ustedes, que usan habitualmente palabras como «quienesquiera». Y en esta compañía más reducida, el director de redacción da la sensación de haber sido accionado de pronto, porque ahora parece el macho dominante de la manada y ha empezado a actuar de un modo más afeminado que al principio, primero de pie y en pose y con una mano en la cintura, luego caminando con un movimiento de hombros, haciendo ruidos con monedas cuando se estira los pantalones y se desliza en la silla aún caliente de las nalgas de C.T., cruzando las piernas de un modo que lo hace entrar bien dentro de mi espacio personal de manera que puedo verle múltiples tics en las cejas y redes de capilares en las bolsas de debajo de los ojos y olerle el suavizante para la ropa y los restos de un caramelo contra el mal aliento que se ha agriado.

–… un muchacho brillante y sólido, pero muy tímido; sabemos que eres tímido. Kirk White nos ha contado lo que le ha contado tu otro instructor más joven provisto de una complexión atlética pero más bien estirado –dice en voz baja el director colocándome lo que me parece que es una mano sobre los bíceps a través de mi americana (no estoy muy seguro)–, que solo necesita respirar hondo y confiar y contar su versión de la historia a estos caballeros carentes de toda malicia, porque solo estamos haciendo nuestro trabajo e intentando cuidar los intereses de todos al mismo tiempo.

Me puedo imaginar a DeLint y White sentados con los codos sobre las rodillas en la postura defecatoria de los atletas en descanso, DeLint contemplándose los enormes pulgares mientras C.T. en la recepción da vueltas elípticas hablando por su teléfono móvil. Me han entrenado para esto como a un jefe mafioso antes de prestar declaración en el juzgado. Un silencio neutral, inexpresivo. El tipo de juego completamente defensivo con que me hacía jugar Schtitt, la mejor defensa: limítate a devolverlas todas, no hagas nada. Yo te diré todo lo que tú quieras, y más si los sonidos que hago son los únicos que tú oyes.

–… evitar procedimientos de admisión que puedan dar a entender que priorizamos el deporte. Podría montarse un jaleo, hijo –dice el de deportes con la cabeza bajo el ala.

–Bill se refiere a la imagen, no necesariamente a los hechos reales, que solo tú puedes explicar –dice el director de redacción.

–… la imagen que da un ranking deportivo tan alto, los resultados subnormales del examen oral, los ensayos superacadémicos, las notas increíbles emanando de lo que se puede interpretar como una situación de nepotismo.

El decano amarillento se ha inclinado tanto hacia delante que a su corbata le va a quedar una marca horizontal del borde de la mesa; tiene una expresión demacrada y bondadosa, pero también de que aquí no bromea nadie.

–Mire usted, señor Incandenza… Hal, explícame, por favor, ¿por qué no se nos podría acusar de utilizarte, hijo? ¿Por qué no podría venir alguien y decirnos: «Mirad, vosotros, los de la Universidad de Arizona, vosotros estáis utilizando a un chico nada más que por su físico, un muchacho tan tímido y apocado que es incapaz de hablar por sí mismo, un burro con notas de doctor y una documentación en la solicitud de ingreso comprada en alguna tienda»?

La luz que se refleja en un ángulo de Brewster sobre la superficie de la mesa aparece como un fulgor detrás de mis párpados cerrados. No puedo hacerme comprender.

–No soy un burro –digo lentamente. Nítidamente–. Acaso mis notas del año pasado fueron retocadas un poco, pero eso fue para evitarme dificultades. Las notas anteriores son à moi. –Mantengo los ojos cerrados; se ha hecho el silencio en la sala–. Ahora no puedo hacerme entender. –Hablo lenta y claramente–. Digamos que es algo que comí.

Es divertido lo que uno no recuerda. De nuestro primer hogar, en el suburbio de Weston, del que apenas me acuerdo, mi hermano mayor Orin dice que puede recordar haber estado allí a inicios de la primavera con mi madre en la parte de atrás ayudándola a arar un pedazo de tierra de aquel gélido lugar. Marzo o principios de abril. El terreno del huerto era un rectángulo irregular delimitado con palitos de piruleta y cordel. Orin quita piedras y terrones duros abriéndole paso al roturador alquilado que conduce Mami, una cosa con forma de carretilla con propulsión a gas que rugía y resonaba y retumbaba, y recuerda que parecía conducir a Mami y no viceversa; Mami, que era muy alta, tenía que esforzarse penosamente para seguir aferrada; sus pies dejaban huellas borrachas sobre la tierra recién arada. Recuerda que en medio de la faena llegué yo habiendo traspasado la puerta a toda velocidad y vestido con un jersey rojo y ligeramente peludo a lo Winnie the Pooh; iba llorando y portando en la palma de la mano algo que era realmente desagradable de ver. Dice que yo tenía unos cinco años y que se me veía vívidamente rojo en el frío aire de la primavera. Yo repetía algo una y otra vez que él no podía descifrar hasta que Mami me vio y apagó el motor, sus oídos resonando, y se acercó a ver lo que yo traía. Resultó ser un gran trozo de algo enmohecido y viscoso, Orin supone que provenía de algún rincón oscuro del sótano de la casa de Weston, que era caluroso debido al horno y que se inundaba cada primavera. Describe aquella cosa como algo horripilante: de un color verdusco oscuro, lustroso, vagamente hirsuto, manchado con puntos amarillentos, anaranjados y rojizos de hongos parasitarios. Y peor aún, la cosa tenía un aspecto vagamente incompleto, estaba mordida; y parte de aquella porquería nauseabunda me manchaba la boca abierta.

–Me he comido esto –repetía yo.

Se lo mostré a Mami, que se había quitado los lentes de contacto para hacer aquel trabajo sucio y que, al principio, al agacharse, solo vio a su criatura sollozante y con una mano ofreciendo algo y con el más maternal de los reflejos, ella, que temía y abominaba más que nada en el mundo la suciedad y la podredumbre, se acercó a coger lo que fuera que tenía en la mano su bebé como lo había hecho tantas veces con Kleenex muy usados, caramelos sucios o chicles ya mascados en tantos cines, aeropuertos, asientos de coche o de cines. Orin permaneció inmóvil, dice, con un frío terrón de tierra en la mano, jugueteando con el Velcro de su grueso abrigo viendo cómo Mami se me acercaba con una mano extendida, el rostro con los ojos bizcos y presbiopes y de repente se detenía, se quedaba congelada empezando a imaginarse qué era lo que yo tenía en la mano y sopesando las pruebas de un contacto bucal con aquello. Recuerda su cara como indescriptible. Su mano extendida, temblando aún por el roturador, colgaba en el espacio delante de la mía.

–Me he comido esto –dije yo.

–¿Qué?

Orin dice que solo puede recordar (sic) que dijo algo caústico mientras se sacudía un calambre de la espalda con un paso de limbo. Dice que debió de sentir la llegada de una ansiedad inminente y terrible. Mami hasta se negó a ir al húmedo sótano. Yo había dejado de llorar, recuerda, y permanecí allí con el tamaño y la forma de una boca de incendios y con un pijama rojo que me cubría hasta los pies, mostrando con solemnidad aquella porquería como el informe de alguna especie de auditoría.

Orin dice que en este punto se le redobla la memoria, quizá como resultado de la ansiedad. En su primer recuerdo, los pasos de Mami por el terreno describen un amplio círculo de histeria.

–¡Dios santo! –clama.

–¡Socorro! ¡Mi hijo se ha comido esto! –chilla en la segunda y más vívida versión mnemotécnica de mi hermano, y repite sus palabras cogiendo la porquería con la punta de los dedos mientras corre dando vueltas por el rectángulo y Orin se queda con la boca abierta ante esta su primera y auténtica visión de histeria adulta. Las cabezas de los vecinos del barrio aparecen en las ventanas y por encima de los setos observando la escena. Orin recuerda que yo me caí, al intentar seguirla, tropezando con el cordel y ensuciándome y llorando a gritos–. ¡Santo cielo! ¡Mi hijo se ha comido esto! –continúa chillando ella y corriendo dentro del rectángulo.

Y mi hermano Orin recuerda haber notado que, incluso presa de un trauma histérico, la dirección de su carrera era recta, sus huellas de nativa americana no se desviaban ni un milímetro y sus giros, dentro del ideograma de la alambrada, eran marciales y secos mientras clamaba «¡Mi hijo se ha comido esto!» y me daba dos bofetadas antes de que se acallasen los recuerdos de mi hermano.

–Mis documentos no han sido comprados –les digo dirigiéndome a la roja caverna que se abre ante mis ojos cerrados–. No soy un chico que solo juega al tenis. Tengo una historia intrincada. Experiencias y sentimientos. Soy un ser complejo.

»Yo leo –digo–. Leo y estudio. Apuesto a que he leído más que ustedes. No se crean que no lo he hecho. Devoro bibliotecas. Desgasto los lomos de los libros y los lectores de CD-ROM. Hago cosas como coger un taxi y decir: “A una biblioteca, y vamos ya”. Mis instintos sintácticos y mecánicos son mejores que los de ustedes, y esto lo digo con el debido respeto.

»Pero trascienden lo mecánico. Yo no soy una máquina. Siento y creo. Tengo opiniones. Algunas son interesantes. Podría, si ustedes me lo permiten, hablar y hablar. Hablemos de cualquier cosa. Creo que se ha minimizado la influencia de Kierkegaard en Camus. Creo que es muy posible que Dennis Gabor haya sido el Anticristo. Creo que Hobbes no es más que un Rousseau entrevisto en un espejo oscuro. Creo, con Hegel, que la trascendencia es absorción. Creo que les podría batir a ustedes, caballeros, sin el menor esfuerzo –digo–. No soy un creatus prefabricado, condicionado y criado para una sola función.

Abrí los ojos.

–Por favor, no crean que no me importa.

Miro en derredor. Miradas de horror en mi dirección. Me levanto de la silla. Veo mandíbulas colgantes, cejas arqueadas en frentes temblorosas, mejillas de un blanco brillante. Las sillas retroceden ante mi presencia.

–Virgen santa –murmura el director.

–Me siento bien –les digo de pie.

Por la expresión del decano amarillento, sopla un viento brutal desde donde estoy. La cara del de asuntos académicos ha envejecido en un abrir y cerrar de ojos. Son ocho los ojos que se han convertido en discos vacíos que miran a lo que sea que ven.

–Dios santo –susurra el de deportes.

–Por favor, no se preocupen –digo–. Puedo explicarlo. –Calmo el ambiente con un gesto despreocupado.

El director de redacción me coge por detrás con los dos brazos y me tumba con todo su peso. Saboreo el suelo.

–¿Cuál es el problema?

–No hay ningún problema –digo.

–¡Todo está bien! ¡Yo estoy aquí! –me susurra al oído el director de redacción.

–¡Buscad ayuda! –clama un decano.

Me aprietan la frente contra un parquet más frío de lo que nunca hubiera podido imaginar. Estoy arrestado. Intento que me perciban blando y sin ofrecer resistencia. Me aplastan la cara y el peso del de redacción me dificulta la respiración.

–Traten de escuchar –digo muy lentamente y amortiguado por el suelo.

–En nombre del Señor, ¿qué es eso…? –chilla frenético un decano–, ¿esos sonidos?

Se oyen los clics de una centralita telefónica, taconeos que van y vienen, una pila de papeles que se derrumba.

–Por Dios.

–¡Socorro!

La parte inferior de una puerta se abre en la periferia izquierda: de mi campo visual entran una corriente de luz halógena, unas zapatillas blancas y una sandalia Nunn Bush desgastada.

–¡Dejad que se levante! –Es DeLint.

–No pasa nada –digo lentamente desde el suelo–. Estoy aquí.

Me levantan por las axilas y me sacuden hasta dejarme en un estado que el director de cara rubicunda debe de considerar calmado.

–¡Reponte, hijo!

Y delante del rudo brazo del hombretón, DeLint dice:

–¡Basta ya!

–Yo no soy lo que ven y lo que oyen.

Sirenas a lo lejos. Una presa de antebrazo brutal me inmoviliza el cuello. Hay formas en la puerta. Una joven hispana se lleva las manos a la boca, mirando.

–No lo soy –digo.

Los viejos lavabos de hombres son dignos de amor: el aroma cítrico de los ambientadores sobre el largo lavamanos de porcelana; los armarios con puertas de madera y marcos de mármol frío; las hileras de lavamanos, apoyados sobre destartalados alfabetos de cañerías a la vista; espejos sobre anaqueles metálicos; más allá de todas las voces, el ligero sonido de un goteo interminable aumentado por el eco al chocar contra la porcelana húmeda y un frío suelo de azulejos cuya forma de mosaico parece casi islámica vista tan de cerca.

Gira en derredor el desorden que he causado. Me han arrastrado, aún inmovilizado, a través de un gentío de empleados administrativos; lo ha hecho el director de redacción, que parece haber pensado alternativamente que me ha dado un ataque de epilepsia (abriéndome la boca por la fuerza para ver si tengo la lengua en su sitio), que me estoy ahogando (h

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