Loading...

CARTAS CRUZADAS

Markus Zusak  

0


Fragmento

El atraco

E l hombre de la pistola es un inútil.

Yo lo sé.

Él lo sabe.

Hasta Marvin, mi mejor amigo, lo sabe, y eso que él es más inútil aún que el hombre de la pistola.

Lo peor de todo es que el coche de Marv está aparcado justo enfrente, en una zona de estacionamiento de quince minutos. Estamos todos tumbados en el suelo, boca abajo, y al coche solo le quedan unos minutos.

—Podría darse un poco de prisa, el tío —farfullo.

—Lo sé —susurra Marv—. Esto es intolerable. —Su voz se eleva desde las profundidades del suelo—. Me van a poner una multa por culpa de ese inútil. No puedo permitirme otra multa, Ed.

—El coche ni siquiera lo vale.

—¿Qué?

Marv se vuelve raudamente hacia mí. Noto que se pone tenso. Se ofende. Si algo no soporta Marv es que hablen mal de su coche. Repite la pregunta.

—¿Qué has dicho, Ed?

—He dicho —susurro— que el coche ni siquiera lo vale, Marv.

—Oye, puedo tolerar muchas cosas, Ed, pero…

Desconecto porque, francamente, cuando Marv empieza a hablar de su coche es un auténtico coñazo. Se pone pesado como un niño y eso que acaba de cumplir veinte años.

Continúa con la cantinela un rato más hasta que me veo obligado a cortarle.

—Marv —señalo—, tu coche es una vergüenza, ¿vale? Ni siquiera tiene freno de mano. Lo tienes aparcado ahí fuera con dos ladrillos encajados en las ruedas traseras. —Trato de hablar lo más bajo posible—. La mitad de las veces ni te tomas la molestia de cerrarlo. Seguro que estás deseando que te lo birlen para cobrar el seguro.

—No está asegurado.

—Pues eso.

—La NRMA dijo que no valía la pena asegurarlo.

—Lógico.

En ese momento el hombre de la pistola se da la vuelta y brama:

—¿Quién está hablando?

Marv pasa de él. Está alterado por lo del coche.

—Nunca te quejas cuando te acompaño al trabajo, desgraciado advenedizo.

—¿Advenedizo? ¿Qué demonios quiere decir advenedizo?

—¡He dicho que a callar! —brama de nuevo el pistolero.

—¡Pues dese prisa! —grita Marv. No está para tonterías ahora. No lo está en absoluto.

Está tumbado boca abajo en el suelo del banco.

El banco está siendo atracado.

Hace mucho calor y solo estamos en primavera.

El aire acondicionado no funciona.

Acabo de insultar a su coche.

Marv está a punto de estallar, o de perder la cabeza. Sea como sea, tiene un cabreo de órdago.

Tendidos en la gastada y polvorienta moqueta azul del banco, Marv y yo nos miramos con ojos que echan chispas. Nuestro colega Ritchie está semioculto bajo la mesa del Lego, tumbado entre las piezas que se desparramaron cuando el pistolero irrumpió en el banco temblando y dando gritos y alaridos. Audrey está justo detrás de mí. Tiene un pie sobre mi pierna y se me está quedando dormida.

La pistola del atracador está apuntando hacia la nariz de una pobre muchacha apostada detrás del mostrador. Su placa dice «Misha». Pobre Misha. Está temblando casi tanto como el pistolero mientras espera a que un granujiento de veintinueve años con corbata y manchas de sudor en las axilas acabe de meter el dinero en la bolsa.

—Podría darse un poco de prisa —dice Marv.

—Eso ya lo he dicho yo —replico.

—¿Y? ¿No puedo hacer mis propios comentarios?

—Quita el pie —le digo a Audrey.

—¿Qué?

—Que apartes el pie. Se me está durmiendo la pierna.

Lo aparta. A regañadientes.

—Gracias.

El pistolero se vuelve y ladra su pregunta por última vez:

—¿Quién es el cabrón que está hablando?

El caso es que Marv es un tío problemático donde los haya. Buscabroncas. Poco afable. La clase de amigo con el que siempre te descubres discutiendo, sobre todo si el tema va de su cafetera Falcon. También es un capullo inmaduro cuando está de mala leche.

Grita en tono jocoso:

—Ed Kennedy, señor. ¡Ed está hablando!

—¡Muchas gracias! —mascullo.

(Mi nombre completo es Ed Kennedy. Tengo diecinueve años. Soy taxista menor de edad. Soy uno más de los muchos jóvenes que se ven en este pueblo próximo a la ciudad, sin demasiadas perspectivas ni posibilidades. Aparte de eso, leo más libros de los que debería, soy pésimo en la cama y un desastre haciendo la declaración de la renta. Encantado de conoceros.)

—¡Pues cierra el pico, Ed! —grita el pistolero. Marv sonríe con suficiencia—. ¡Si no quieres que te meta una bala en el culo!

Tengo la sensación de estar otra vez en el colegio con el sádico profesor de matemáticas ladrando órdenes desde un extremo del aula cuando, en realidad, la clase le importa un bledo y está deseando que suene el timbre para poder irse a casa, beberse una cerveza y seguir engordando delante de la tele.

Miro a Marv. Quiero matarle.

—Que ya tienes veinte años, por Dios. ¿Es que quieres que nos maten?

—¡Cierra el pico, Ed! —La voz del pistolero suena más fuerte esta vez.

Bajando el tono, susurro:

—Si me pega un tiro tú tendrás la culpa. Lo sabes, ¿verdad?

—¡He dicho que cierres el pico, Ed!

—Todo esto te hace mucha gracia, ¿eh, Marv?

—Se acabó. —El pistolero se olvida de la chica del mostrador y se acerca a grandes zancadas, harto de nosotros. Cuando llega todos levantamos la vista.

Marv.

Audrey.

Yo.

Y el resto de peleles desgraciados que cubren el suelo.

La punta de la pistola se posa en el caballete de mi nariz. Me produce picor. No me rasco.

El pistolero nos mira a Marv y a mí alternativamente. Tras la media que le cubre la cara puedo adivinar los mechones pelirrojos y las marcas de acné. Tiene los ojos pequeños y las orejas grandes. Lo más probable es que esté robando el banco como venganza contra el mundo por ganar tres años seguidos el premio al hombre más feo en las fiestas de su localidad.

—¿Quién de vosotros es Ed?

—Él —respondo, señalando a Marv.

—No me lo puedo creer —replica Marv, y por la expresión de su cara advierto que no está todo lo asustado que debería estar. Sabe que tanto él como yo ya estaríamos muertos si ese tipo fuera un pistolero de verdad. Mira al hombre de la media y dice—: Un momento… —Se rasca el mentón—. Tu cara me suena.

—Está bien —confieso—, en realidad yo soy Ed. —Pero el pistolero está demasiado absorto en lo que Marv va a decir.

—Marv —susurro en un tono elevado—, calla.

—Calla, Marv —dice Audrey.

—¡Calla, Marv! —vocifera Ritchie desde la otra punta de la sala.

—¿Quién carajo eres? —le grita el pistolero a Ritchie. Se vuelve para ver de dónde procede la voz.

—Soy Ritchie.

—¡Pues cierra el pico, Ritchie! ¡No empieces tú también!

—Tranquilo —responde la voz—. Y gracias. —Todos mis amigos se pasan de listillos. No me preguntéis por qué. Como muchas otras cosas, es así y punto.

El pistolero está empezando a echar humo. Parece que emane de su piel, que le atraviese la media.

—Estoy hasta las pelotas de todo esto —gruñe. La voz le abrasa los labios.

Pero eso no consigue silenciar a Marv.

—A lo mejor —continúa— hemos ido juntos al colegio.

—Quieres morir, ¿verdad? —suelta el pistolero sin dejar de echar humo.

—En realidad —explica Marv—, solo quiero que pagues la multa de aparcamiento de mi coche. Está estacionado fuera, en una zona azul de quince minutos, mientras tú me tienes secuestrado aquí dentro.

—¡Ya puedes decirlo! —Señala la pistola.

—No hay necesidad de ponerse agresivo.

«Es el fin de Marv —pienso—. El tipo va a dispararle un tiro en la garganta.»

El pistolero mira hacia las puertas de cristal del banco tratando de adivinar cuál es el coche de Marv.

—¿Cuál de ellos es? —pregunta, diría que hasta con cierta cortesía.

—El Falcon azul claro.

—¿Esa mierda? No echaría en ella una meada, y no digamos pagarle una multa.

—Un momento. —Ahora Marv está absolutamente ofendid

Recibe antes que nadie historias como ésta