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CóDIGO SECRETO

Waldo Parra  

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Fragmento

Prólogo

Jerusalén

Año 961 a. C.

La Biblia dice que Yahvé se le apareció a Sulaymán en Gabaón una noche en sueños, y le dijo:

—Pide lo que quieras que te dé.

Y Sulaymán dijo:

—Tú hiciste gran misericordia a tu siervo Daoud, mi padre, porque él anduvo delante de ti en verdad, en justicia y con rectitud de corazón para contigo; y tú le has reservado esta, tu gran misericordia, en que le diste hijo que se sentase en su trono, como sucede en este día.

Ahora pues, Yahvé Dios mío, tú me has puesto a mí, tu siervo, por rey en lugar de Daoud, mi padre; y yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir.

Y tu siervo está en medio de tu pueblo al cual tú escogiste; un pueblo grande, que no se puede contar ni numerar por su multitud.

Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este, tu pueblo, tan grande?

Recibe antes que nadie historias como ésta

1Reyes 3:5-9

E Hiram, el rey de Tiro, procedió a enviar sus siervos a Sulaymán, porque había oído que él era al que habían ungido por rey en lugar de su padre; porque Hiram siempre había resultado ser amador de Daoud.

A su vez, Sulaymán envió a decir a Hiram:

—Y, mira, estoy pensando en edificar una casa al nombre de Yahvé, mi Dios, tal como lo prometió Yahvé a Daoud, mi padre, al decir: «Tu hijo que yo pondré sobre tu trono en lugar de ti, él es el que edificará la casa a mi nombre». Y Yahvé, por su parte, dio a Sulaymán sabiduría, tal como le había prometido.

1Reyes 5:1-18

Por fin toda la obra que el rey Sulaymán tenía que hacer respecto a la casa de Yahvé quedó completa; y Sulaymán empezó a introducir las cosas santificadas por Daoud, su padre; la plata y el oro y los objetos los puso en los tesoros de la casa de Yahvé.

1Reyes 7:1-51

Entonces los sacerdotes introdujeron el arca del pacto de Yahvé en su lugar, en el cuarto más recóndito de la casa, el Santísimo, debajo de las alas de los querubines.

1Reyes 8:1-66

* * *

El rey Sulaymán llegó a ostentar un enorme poder sobre los Ifrit o genios, y plasmó toda esa sabiduría en un libro llamado El Lemegeton Clavícula Salomonis o La Llave Menor de Salomón, el cual colocó junto con los demás valiosos objetos de su adoración en el Arca de la Alianza entre Yahvé y el pueblo elegido de Dios, que guardó en el templo que construyó para su adoración.

Hiram terminó siendo el gran constructor del templo para la gloria de Dios, pero también el guardián del código secreto que permanecía oculto en el valioso opúsculo que contenía la sabiduría entregada a Sulaymán. Con el tiempo ese conocimiento se fue transformando en una leyenda que se transmitió de generación en generación a través de un ritual masónico, extraño y sagrado, que se ha repetido de la misma manera exacta y que concluyó con la muerte de Hiram, quien se negó a entregar la palabra secreta oculta en el Lemegeton, que le dará sabiduría y poder a quien la obtenga.

«Me temo que la palabra del maestro se ha perdido. Y ya que la palabra secreta de un maestro cantero no se rebelará nunca; yo ofreceré otra palabra que será usada para regular todas las logias de maestros canteros hasta que la sabiduría de generaciones futuras descubra y saque a la luz la verdadera palabra.»

De todos los misterios de la masonería, no existe otro más protegido que este código secreto.

* * *

NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA

Buenos Aires, República Argentina

14 de enero, 23:48 hrs. hora local

«La noticia de mayor importancia nos lleva a la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde ha ocurrido esta noche un atentado con un artefacto explosivo en la Capilla de Nuestra Señora de la Paz, ubicada en la Catedral Metropolitana, donde, desde 1880, descansan los restos mortales del Libertador Capitán General don José de San Martín. En lo que podría llamarse un atentado terrorista, la explosión dejó heridos a los dos granaderos que, permanentemente, custodian el monumento que contiene la urna del libertador San Martín.»

«La policía federal ha señalado que la base y la lápida de mármol rojo imperial sufrieron graves daños; y, asimismo, el sarcófago de mármol negro belga fue violentado y saqueado.»

«Se han iniciado las investigaciones para conocer cuáles habrían sido las motivaciones de este terrible atentado, y para dar con el paradero de los desalmados que han atacado uno de los lugares más sagrados de la nación argentina.»

«Se trata de una noticia en desarrollo. Pronto daremos más detalles de este impactante hecho, en un reportaje especial.»

El conductor, un hombre de alrededor de cincuenta años, pelo cano y corte militar, impecablemente vestido con un terno de algodón y corbata oscura, ambos marca H&M, de pronto bajó el volumen de la radio. Esbozó una mueca sutil y expresó a regañadientes, con un leve tufillo nacionalista:

—Esto es increíble, pibe, ya ni siquiera los restos de nuestro Padre de la Patria están seguros. Deben ser los típicos vándalos que andan reivindicando alguna supuesta noble causa.

El pasajero que iba atrás, un hombre de unos treinta y dos años, con un traje a la medida de Alexander Amosu, no pudo evitar escuchar el comentario del chofer desde su mullido asiento de cuero atabacado mientras miraba hacia afuera por la ventana del vehículo.

—Me imagino que no pasaremos por ese lugar — dijo Federico con un tono algo preocupado, mientras se erguía en el asiento trasero.

—No se preocupe, señor. Esto ocurrió al otro lado de la cordillera, en la ciudad de Buenos Aires. Yo soy argentino, sabe, y me duele que sucedan estas cosas, nada más. En todo caso, tranquilícese, que la carretera nos llevará directo a su hotel.

—Es un alivio —dijo Federico—. Las noticias son malas, no importa dónde se sepan. Además, ya ha sido suficiente doce horas de vuelo para estar dos horas más sentado mirando cómo pasan los autos policiales y las ambulancias y escuchando el ruido de sus sirenas.

La bella acompañante de Federico, una mujer de treinta años, delgada pero curvilínea, pelo azabache y tez blanca, apretó sutilmente la mano de su novio, miró hacia adelante con sus enormes ojos color miel y no dijo nada. La noticia no le había sido indiferente, pero prefirió callar.

El conductor empequeñeció sus ojos, frunció el ceño y se enterró en su terno de algodón, tratando de entender el mal castellano de este acaudalado francés que le había tocado transportar. Luego, al ver un cartel que señalaba el acceso a la carretera, se desvió y conectó, rápidamente, con ella. Una vez dentro de la autopista, apretó el acelerador del flamante Hummer H2 y se dirigió hacia el este, en dirección a las montañas. Se trataba de un modelo ya desactualizado, color negro con aplicaciones de metal, de doce metros de longitud, 2,5 metros de anchura, casi 1,90 metros de altura, de 5.760 cc y con 305.753 HP de potencia, pero que aún causaba asombro sobre todo en los transeúntes que lo miraban pasar.

Su copiloto, Hakim Fater, un exboxeador franco-argelino que trabajaba, entre otras cosas, como guardaespaldas del joven multimillonario, miró de reojo al chofer del Hummer H2, como pensando si no habría sido mejor que hubiese sido él quien hubiera tomado el volante. A lo lejos se podía ver cómo las luces de neón, de distinta intensidad, tiritaban levemente, en medio de la oscuridad de la noche. La majestuosidad de la cordillera de Los Andes, aquella increíble cadena montañosa que acompañaba, imponente, el paisaje de toda la región del sur de América, desde el norte de Colombia hasta el Golfo de Penas, apenas era visible en esos momentos.

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VIIIe arrondissement de Paris

París, Francia

18 horas antes

Durante más de doscientos años la historia, la cultura y el romanticismo se habían dado cita en la gloriosa «Ciudad Luz», donde vivieron conocidos artistas como Henri de Toulouse-Lautrec, Pablo Picasso, Salvador Dalí y Gen Paul. Afamados músicos y cantantes como Claude Debussy, Jacques Offenbach o Edith Piaf. Por supuesto, algunos famosos rockstars como Jim Morrison, quien murió a los 27 años, en el barrio de Le Marais. También reconocidos escritores y poetas como Ernest Hemingway, William Burroughs o Allen Ginsberg. Renombradas celebridades como Scarlett Johansson o Natalie Portman también tuvieron domicilio en París. Incluso, se dice que Audrey Kathleen Ruston, mundialmente conocida como Audrey Hepburn, residió algún tiempo en la Ville lumière cuando filmaba How to Steal a Million. Sin dejar de mencionar algunos grandes filósofos como Voltaire y Rosseau; así como Jean-Paul Sartre junto a Simone de Beauvoir, que vivieron en el barrio de Saint Germain.

* * *

En esa fría mañana de invierno europeo, una de las primeras canciones del playlist de un celular, conectado a los parlantes de una enorme habitación semioscurecida de un elegante departamento en el exclusivo VIIIe arrondissement de Paris, comenzó a sonar de manera estridente: se trataba de la versión de Metallica para la Quinta Sinfonía de Ludwig van Beethoven. La música fue aumentando su volumen cada vez más. Una mano desnuda comenzó a dar manotazos de ciego, intentando parar el ensordecedor sonido; el aparato móvil salió disparado por los aires hasta caer en medio del dormitorio.

—Amor, despierta, ya son casi las nueve de la mañana —dijo Morgan, que miraba de pie cómo Federico se revolcaba en las sábanas de satén negro de su King Size Round Bed, mientras terminaba de abrir las cortinas dejando entrar la luz de los rayos del lánguido sol mañanero a la habitación.

—¿Casi las nueve de la mañana? —exclamó Federico—. ¡Es imposible! Si acabo de escuchar la alarma de mi celular.

—Tu alarma lleva tocando a lo menos una hora, Fede; he escuchado sinfonías de Beethoven y Mozart coreadas por James Hetfield y Lars Ulrich desde muy temprano en la mañana —comentó Morgan, mientras tomaba un sorbo de su segundo café mañanero. Luego, agregó—: Es increíble que te pueda gustar ese tipo de música.

Federico la miró y de un salto se puso de pie. Después se dirigió a un dispositivo empotrado en la pared y apretó uno de sus botones para llamar a Pierre, el mayordomo. Morgan lo siguió con su bata blanca y el café en sus dos manos para evitar derramarlo. Fede tomó el Le Figaro, uno de los pocos diarios que aún se publicaba en papel, y revisó la sección financiera. Luego, con algo de sorpresa, dijo en voz alta:

—Qué extraño; Mark no ha llamado.

—¿De qué Mark hablas? —preguntó Morgan.

—Mark Baum, quién otro.

—¿Te refieres al sujeto que se hizo millonario a costa de todo Estados Unidos? —inquirió la joven en tono sarcástico.

—Por favor, Morgan, hemos cenado muchas veces con él —exclamó Fede, algo contrariado. Después, agregó—: Y no le ha robado a nadie; simplemente estuvo en el lugar adecuado, en el momento preciso, eso es todo.

—No he dicho que le haya robado a alguien; solo aclaré que se aprovechó de la crisis financiera que afectó a millones de personas en mi país para su propio beneficio.

—Mi vida, eso pasa todos los días. Cuando el emperador Napoleón estuvo a punto de invadir la isla de Gran Bretaña, había apuestas de uno y otro lado; la Bolsa de Valores de Londres era un hervidero de inversionistas y financistas tratando de vender y comprar acciones. Creo que ha sido el instante en la historia occidental en que más fortunas se han ido a la quiebra; casi tantas como las que se formaron en ese mismo momento. Y todo debido a un solo hombre.

—Pero Napoleón nunca invadió Inglaterra —reclamó Morgan.

—¡Exacto! En la crisis Sub Prime sucedió algo parecido. Y ahí estuvo Mark para aprovechar la oportunidad que se le presentó.

—¿Dónde aprendiste tanto del interés financiero de los ingleses por Napoleón? —preguntó Morgan, curiosa.

—London School of Economics, mi vida. La clase sobre Historia Financiera del Mundo Occidental, un curso electivo que tomé en primer año, gracias al cual conocí a mister Stevenson, mi profesor de tesis de grado. Para que veas lo práctico que suelen ser los ingleses, me decía mister Stevenson: podemos haber sido enemigos de El Corso, pero nunca hemos dejado de reconocer sus genialidades.

Morgan sonrió y Fede, después de tocar nuevamente uno de los botones del dispositivo empotrado en la pared, agregó:

—Como sea: Mark me ha estado asesorando en mis negocios financieros, y vaya cómo. Creo que hace mucho tiempo que no había ganado tanto dinero como este último año.

—Como dice un viejo adagio, querido: el dinero atrae al dinero.

De repente, el celular de Fede comenzó a sonar y vibrar.

—¡Oh, no!, de nuevo tu alarma.

—No es mi alarma —contestó Fede—, es un mensaje por correo electrónico. ¡Por fin!, debe ser Mark que me avisa de algo.

Federico agarró el aparato móvil y vio que, efectivamente, se trataba de un correo electrónico.

—Qué extraño, no es Mark. Es un mensaje de la embajada de la República de Chile, en París —se sorprendió.

—¿Por qué te llegaría un mensaje de esa embajada a tu correo personal?

—No lo sé. Es curioso, este sistema de correo electrónico lo utilizo para mis asuntos absolutamente reservados.

—¿Y qué dice el mensaje? —volvió a preguntar Morgan.

—Me invitan a una reunión para hoy a las 15:00 horas en la sede de la embajada. Seguramente será una larga y aburrida conferencia con el embajador que quiere hablar conmigo.

—Bueno, diles que no puedes; hoy es domingo y tenemos muchas cosas que hacer, mi amor. Diles que se pongan a la fila.

—Mi amor, recuerda que tú tienes todas las mañanas de la semana y yo, todas las tardes.

Fede observó nuevamente el mensaje en su celular y se mantuvo en silencio por un par de segundos; luego, agregó:

—Se trata de una invitación para ir a Chile.

—¿Y eso qué tiene de extraño? —preguntó Morgan.

—Quieren que viaje mañana.

Morgan miró al suelo del dormitorio sin pretender observar nada en particular y, luego, sonrió. Federico era una persona muy conocida y mucha gente quería contar con su presencia para miles de actividades todos los días. Recibía cientos de invitaciones a diario para las cosas más variadas: desde dar una conferencia en la Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne; inaugurar la Caves du Louvre, en la antigua mansión del sumiller de Louis XV; hasta dar una entrevista en algún programa de la France Télévisions, la empresa de televisión pública de Francia. Y aunque su secretaria privada, madame Fontaine, era muy estricta en aprobar este tipo de cosas, cada vez que venía a París, Morgan debía revisar la agenda de Fede y ponerla al día. De alguna manera, ella había logrado ordenar un poco la vida de su conocido y acaudalado novio, evitando que aceptara cualquier invitación por muy buena que pudiera parecer.

Entonces, observando nuevamente a Fede, la bella Morgan dijo en tono pausado:

—Un viaje a Sudamérica implica un largo trayecto y muchas horas de vuelo, Federico.

—Bueno, lo sé —respondió Fede—, pero cuando tengas dudas, mi vida, sobre lo que tienes que hacer, confía siempre en tus instintos. Además —agregó el joven—, siempre he querido conocer Buenos Aires; dicen que es muy parecido a París.

—¿No dijiste Chile? —preguntó Morgan algo sorprendida.

—Por supuesto, Chile, capital Buenos Aires.

Morgan se tapó la boca con sus dos manos para evitar que sus carcajadas retumbaran en la habitación, pero ya sin poder evitarlo se largó a reír:

—Eres un bruto, Fede, Buenos Aires es la capital de Argentina.

—¿Acaso dije Chile?, quise decir Argentina —insistió Fede, quien también reía a más no poder—. ¿No es lo mismo, acaso? Chile, Argentina, a mí me suena prácticamente a un mismo país. Aunque tienes razón, ahora que lo pienso, Chile me parece más relacionado con... México...

—Eso es Chili, Chili picante.

—A mí me resulta lo mismo.

—Eso te pasa por no haber visitado nunca Sudamérica.

—Bueno, ahora que estás de vacaciones conmigo, sería una muy buena ocasión para visitar el fin del mundo, ¿no te parece? Me encantaría conocer donde vivió Carlos Gardel; porque tú sabes que nació en París, pero vivió toda su vida en Sudamérica.

—Nuevamente te equivocas, Fede, Gardel nació en Uruguay y el tango es un baile típico de Argentina.

—De acuerdo, de acuerdo, me concentraré. Después de que vayamos a almorzar a Pavillon Ledoyen, te propongo que me acompañes a la embajada de Chile, que hablemos con el señor embajador y veamos de qué se trata esta invitación tan urgente que me han hecho para conocer su pequeño país.

Morgan asintió con su cabeza. No estaban mal los planes; después de todo ella estaba de vacaciones de invierno junto a su novio en París y todavía faltaban dos semanas para volver a su trabajo en la ciudad de Nueva York.

En ese momento, Pierre, el mayordomo de Federico, entró a la oficina con una enorme bandeja de plata con una jarra de jugo de naranjas, chocolate caliente, frutas de la estación y un exquisito french toasts.

Fede estiró su brazo derecho y le ofreció su mano a Morgan, que había quedado sentada en el suelo del dormitorio, apoyada en uno de los ventanales después de tanto reír. Estando ya ambos de pie, Fede miró a los ojos a su novia y, acercándose lentamente, le dio un tierno beso en la boca, tan tierno que ella no pudo evitar abrazarlo fuertemente. Luego, Fede la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. La bata que cubría a Morgan quedó en el piso, y toda su desnudez apareció bella y perfecta. Fede se quitó sus pantaloncillos de dormir y juntos se envolvieron entre las sábanas de satén negro hasta desaparecer. Dicen que hacer el amor en la mañana es una de las maneras más saludables de comenzar el día.

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Embajada de la República de Chile en Francia

2, Av. de la Motte Picquet, 75007 - Paris, Francia

15:00 hrs. hora local

Las relaciones entre Francia y Chile se remontaban a principios del siglo XVIII, cuando el rey Carlos II de España, el «Hechizado», designó a Felipe de Borbón, duque de Anjou, como su sucesor en el trono imperial. El reinado de Felipe V dio inicio al predominio de la reformista Casa de los Borbones en España, regencia que duraría hasta el día de hoy. Sin embargo, era innegable que la historia entre chilenos y franceses estaba íntimamente vinculada a la guerra de la independencia del imperio español. De hecho, la historia de este pequeño país recordaba una famosa conspiración local ocurrida en 1780, liderada por tres connotados hombres de la sociedad local de la época, dos de los cuales, Antonio Berney y Antonio Gramusset, eran de origen francés. Ambos se inspiraron en las ideas de la Ilustración para promover el establecimiento de una república independiente en el sur de América. El tercero de los involucrados era un criollo llamado Antonio de Rojas, perteneciente a una de las más aristocráticas y tradicionales familias de la alta sociedad local.

Cuenta la historia que, lamentablemente, los tres antonios fueron descubiertos, apresados y enviados encadenados a Lima, la capital del virreinato del Perú; y, desde ahí, embarcados a España donde los curiosos personajes tuvieron un trágico final. El primero, murió en un naufragio ocurrido frente a las costas de Portugal cuando viajaban a España; el segundo, falleció tres meses después, como consecuencia de las heridas sufridas en el mismo accidente. El único que salvó su pellejo fue Rojas, quien estuvo preso en Madrid, evitó morir fusilado y, finalmente, pudo volver a Chile, todo debido a la influencia de su adinerada familia. Con el paso de los años y el surgimiento del anhelo de libertad, muchos criollos chilenos, inspirados en las ideas de Rousseau, Voltaire y Montesquieu, recordaron la participación de los tres antonios, y en particular de Rojas, en el complot en contra de la corona española, lo que sirvió para entusiasmar a los primeros patriotas, como su sobrino José Miguel Infante de Rojas, para luchar por independizarse de la madre patria. Posteriormente hubo otra conjura en la que, esta vez, participaron unos oficiales bonapartistas franceses, que se encontraban exiliados en Montevideo luego de la derrota de Napoleón en Waterloo, pero eso ocurrió muchos años después, en 1818, y su objetivo era muy distinto: derrocar al gobierno patriota de Chile, instalado por el general argentino José de San Martín, como consecuencia de su triunfo sobre las tropas del virrey del Perú en los campos de Maipú.

* * *

Exactamente a las 15:00 horas, el Rolls-Royce Phantom Experimental Electric/102EX, color plata, modelo Atlantic Chrome, se detuvo por unos instantes en un antiguo edifico frente al 2 de la Avenue de la Motte-Picquet, del elegante VIIIe arrondissement de Paris. La embajada de la república de Chile era una mansión estilo clásico, de tres pisos más una azotea y una fachada ornamental, donde flameaba una bandera de los mismos colores que la francesa, pero con una estrella blanca de cinco puntas en un recuadro color azul. El edificio se encontraba casi en la esquina del boulevard de La Tour-Maubourg, muy cerca de Le Emplanade des Invalides, del Musée de l’armée y de la tumba de Napoleón.

Apenas se estacionó, Hakim se liberó de su cinturón de seguridad, abrió la puerta, se levantó del asiento del chofer y salió del automóvil. Venía de la calle Carré des Champs-Elysées-8, avenue Dutuit, donde estaba uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad: Pavillon Ledoyen. Su menú de tres estrellas costaba más de 350 euros por persona, pero el dinero no lo era todo; había que ser muy influyente para lograr superar la larga lista de espera que podía tardar meses en avanzar. La otra opción era ser un cliente frecuente del lugar y haberle caído en gracia al chef Yannick Alléno, el mago gastronómico detrás de los exquisitos platos que se ofrecían en el lugar para el deleite de sus comensales. Hakim estaba elegantemente vestido con un sofisticado terno Giorgio Armani de tela microjacquard, más una camisa blanca que le hacía sentir muy cómodo. Desde que se había retirado del boxeo, lo único que había pensado era hacer exhibiciones en algunos países de la comunidad europea, incluso fuera de ella, pues aunque había ganado muchas peleas en su carrera profesional, su vida extremadamente glamorosa le había significado perder mucho dinero. Sin embargo, nunca se involucró en drogas o en excesos con mujeres, y eso fue fundamental para obtener este empleo. Había ocurrido seis meses atrás. Comenzar a trabajar con Federico no solo fue una buena oportunidad, también era agradable. Lo trataba como un amigo, casi como un confidente; al menos eso sentía Hakim. Y le retribuía con un trabajo de excelencia. Era una mezcla de guardaespaldas, chofer de limusina y secretario personal. Pero se trataba de Federico Santa María, una de las personas más adineradas del mundo. Para Hakim no estaba nada de mal. Era una buena paga, con buen horario. Y solo tenía que hacer lo que Federico le pidiera. Y una de las cosas que siempre le pedía era andar armado con una Smith &Wesson Modelo 500, un revólver de gran calibre, y cinco cartuchos Magnum, de doce coma siete centímetros cada uno. Entonces, Hakim abrió la puerta derecha del Roll Royce, y el joven multimillonario y su novia salieron de su interior.

Federico se colocó sus gafas oscuras y se dirigió a Hakim:

—Insisto en que debes usar trajes de diseñadores franceses, Hakim. Dior, Gautier, Lacroix, cómo no habrá uno que te guste —decía Fede, con una sonrisa.

—Así está bien, señor.

—Te he dicho mil veces que me llames Federico, no señor. No soy tu señor, Hakim —afirmó el joven amablemente—. Estamos en pleno siglo XXI, ¿no es cierto?

—Muy bien, señor —repitió Hakim.

—Te está molestando, Federico —dijo Morgan—. Hakim sabe muy bien lo que tiene que hacer.

—De acuerdo, Hakim, esto es lo que haremos. Vamos a entrar con Morgan a la embajada. Estaremos aproximadamente unos treinta y cinco minutos. Por favor, vuelve a buscarnos en media hora y espera aquí mismo con el motor andando. Cuando llegues, me envías un WhatsApp para saber que ya estás de vuelta. Ahora trata de buscar un lugar donde estacionarte; puede ser a un costado de L’hôtel des Invalides.

—Muy bien, señor —contestó Hakim.

—¡¡Y aprovecha de visitar la tumba del emperador para hacer la digestión del almuerzo!! —gritó Federico a Hakim con una amplia sonrisa burlona, mientras el auto se alejaba.

Federico llamó a la puerta protocolarmente, pero no alcanzó a tocar el botón de citófono cuando la puerta abrió su cerrojo automático para dejarlos entrar.

—Está más que claro que nos estaban esperando —comentó Morgan.

—Por supuesto, qué pensabas —respondió Federico.

En ese momento apareció el oficial tercero de la embajada. Un sujeto bajo, de cabello tieso y tez oscura, de cuerpo medio redondo, pero con un acento francés que se lo quisiera el más antiguo de los vecinos de la ciudad de París.

—Bienvenue, Monsieur Santa María. C’est un plaisir de l’avoir dans notre ambassade.

Federico lo quedó mirando como si hubiese escuchado a un portugués hablar en chino, y apretando sus ojos, trató de calmarse un poco y contestó:

—Ne vous inquiétez pas, monsieur, je préférerais que vous continuiez à parler en espagnol.

El funcionario miró a su alrededor y luego, un tanto sorprendido, señaló:

—Muy bien, señor, no se preocupe —y los hizo pasar al interior del edificio.

Si había algo que el joven millonario no podía soportar era un extranjero hablando bien el idioma francés. Seguramente, el país galo tenía muchas cosas extraordinarias que ofrecerle a los turistas, como el queso, el lujo y el atractivo sexual de sus ciudadanos, pero en cuanto a la cortesía, los franceses habían desarrollado el fino arte de ser terriblemente despectivos y antipáticos a la hora de expresar su rechazo a aquellas cosas que no podían tolerar. Y un extranjero hablando impecablemente su idioma era una de esas cosas. En eso, Federico era muy francés.

3

Embajada de la República de Chile en Francia

Biblioteca de la sede diplomática - Paris, Francia

15:02 hrs. hora local

El palacete que albergaba a la sede diplomática del pequeño país de Chile parecía conservar una peculiar historia de leyendas y fantasmas. Había sido construido en 1907 por el arquitecto René Sergent, en virtud de un encargo del príncipe Henri de La Tour d’Auvergne-Lauraguais, quien se había casado tres años antes con Elisabeth Berthier de Wagram, hija del tercer Príncipe de Wagram y descendiente de la dinastía de los Rothschild. La leyenda cuenta que en 1914 el príncipe se habría suicidado colgándose de las vigas del techo del tercer piso, después de enterarse de la infidelidad de su mujer con un conocido magnate de la época. Esta terrible muerte dejó estigmatizada toda la mansión, tachada como un lugar maldito que ninguna persona quería conocer ni vincularse, lo que hizo que por años nadie comprara el inmueble; hasta quince años después cuando fue adquirida, a muy bajo precio, por el gobierno chileno a los descendientes del malogrado noble.

Desde entonces, más de algún empleado de la legación había jurado por su santa madre haber visto al fantasma del príncipe Henri deambulando de pieza en pieza con su traje de gala, su sombrero de copa y un cuchillo carnicero en su mano, buscando a su amor traicionero para vengarse; la misma indumentaria que habría ocupado la noche fatídica en que se quitó la vida: un fino esmoquin que usaba, generalmente, cuando organizaba los suntuosos bailes que daba a sus amistades.

* * *

El vestíbulo principal de la residencia estaba decorado con bellos cuadros y estatuas de estilo neoclásico; era la antesala de la biblioteca de la embajada, la cual había sido ornamentada con valiosos tapices del siglo XVIII. En el salón principal de la biblioteca, en el segundo piso de la mansión, rodeado de libros de distintas épocas y lugares, los esperaba sentado el embajador Benjamín Echeverría Vergara, quien había llegado hacía muy poco para hacerse cargo de la sede diplomática. Consiguió, a través de conexiones familiares y de amistades con gente poderosa, ser designado embajador en esa importante representación. El gobierno chileno había dejado bastante tiempo a su misión en Francia sin un diplomático a cargo. Algunos graves problemas políticos que aún permanecían vigentes entre ambos países sumergieron esta decisión por más de un año. Así que la llegada de un nuevo embajador era un gran alivio para todos. Y era lo que don Benjamín siempre había querido lograr. Admiraba a Francia y en particular adoraba vivir en la ciudad de París. Se sentía parte de esta sociedad a la que llamaba «la más adelantada de su época».

En ese momento, el tercer oficial ingresó al gran salón de lectura, donde esperaba el diplomático chileno; adelantándose unos pasos, se dirigió a su jefe y le dijo en tono susurrante:

—Señor embajador, don Federico Santa María ya se encuentra aquí.

Luego de ordenar que dejaran pasar a su célebre invitado, se puso de pie, corrió levemente una de las cortinas de las ventanas que miraban hacia el vestíbulo principal y vio cómo los jóvenes se acercaban a las puertas del salón. No pasaron ni treinta segundos, cuando Fede y Morgan entraron al recinto de la biblioteca y saludaron al embajador. Don Benjamín extendió su mano derecha, que exhibía en su dedo anular un curioso y antiguo anillo, saludó con educación a sus invitados, compuso una cálida sonrisa y los convidó a sentarse en los finos sillones que decoraban el centro del salón. Fede estrechó amablemente la mano del emb ...