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CóDIGO SECRETO

Waldo Parra  

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Fragmento

Prólogo

Jerusalén

Año 961 a. C.

La Biblia dice que Yahvé se le apareció a Sulaymán en Gabaón una noche en sueños, y le dijo:

—Pide lo que quieras que te dé.

Y Sulaymán dijo:

—Tú hiciste gran misericordia a tu siervo Daoud, mi padre, porque él anduvo delante de ti en verdad, en justicia y con rectitud de corazón para contigo; y tú le has reservado esta, tu gran misericordia, en que le diste hijo que se sentase en su trono, como sucede en este día.

Ahora pues, Yahvé Dios mío, tú me has puesto a mí, tu siervo, por rey en lugar de Daoud, mi padre; y yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir.

Y tu siervo está en medio de tu pueblo al cual tú escogiste; un pueblo grande, que no se puede contar ni numerar por su multitud.

Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este, tu pueblo, tan grande?

1Reyes 3:5-9

E Hiram, el rey de Tiro, procedió a enviar sus siervos a Sulaymán, porque había oído que él era al que habían ungido por rey en lugar de su padre; porque Hiram siempre había resultado ser amador de Daoud.

A su vez, Sulaymán envió a decir a Hiram:

—Y, mira, estoy pensando en edificar una casa al nombre de Yahvé, mi Dios, tal como lo prometió Yahvé a Daoud, mi padre, al decir: «Tu hijo que yo pondré sobre tu trono en lugar de ti, él es el que edificará la casa a mi nombre». Y Yahvé, por su parte, dio a Sulaymán sabiduría, tal como le había prometido.

1Reyes 5:1-18

Por fin toda la obra que el rey Sulaymán tenía que hacer respecto a la casa de Yahvé quedó completa; y Sulaymán empezó a introducir las cosas santificadas por Daoud, su padre; la plata y el oro y los objetos los puso en los tesoros de la casa de Yahvé.

1Reyes 7:1-51

Entonces los sacerdotes introdujeron el arca del pacto de Yahvé en su lugar, en el cuarto más recóndito de la casa, el Santísimo, debajo de las alas de los querubines.

1Reyes 8:1-66

* * *

El rey Sulaymán llegó a ostentar un enorme poder sobre los Ifrit o genios, y plasmó toda esa sabiduría en un libro llamado El Lemegeton Clavícula Salomonis o La Llave Menor de Salomón, el cual colocó junto con los demás valiosos objetos de su adoración en el Arca de la Alianza entre Yahvé y el pueblo elegido de Dios, que guardó en el templo que construyó para su adoración.

Hiram terminó siendo el gran constructor del templo para la gloria de Dios, pero también el guardián del código secreto que permanecía oculto en el valioso opúsculo que contenía la sabiduría entregada a Sulaymán. Con el tiempo ese conocimiento se fue transformando en una leyenda que se transmitió de generación en generación a través de un ritual masónico, extraño y sagrado, que se ha repetido de la misma manera exacta y que concluyó con la muerte de Hiram, quien se negó a entregar la palabra secreta oculta en el Lemegeton, que le dará sabiduría y poder a quien la obtenga.

«Me temo que la palabra del maestro se ha perdido. Y ya que la palabra secreta de un maestro cantero no se rebelará nunca; yo ofreceré otra palabra que será usada para regular todas las logias de maestros canteros hasta que la sabiduría de generaciones futuras descubra y saque a la luz la verdadera palabra.»

De todos los misterios de la masonería, no existe otro más protegido que este código secreto.

* * *

NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA

Buenos Aires, República Argentina

14 de enero, 23:48 hrs. hora local

«La noticia de mayor importancia nos lleva a la ciudad de Buenos Aires, Argentina, donde ha ocurrido esta noche un atentado con un artefacto explosivo en la Capilla de Nuestra Señora de la Paz, ubicada en la Catedral Metropolitana, donde, desde 1880, descansan los restos mortales del Libertador Capitán General don José de San Martín. En lo que podría llamarse un atentado terrorista, la explosión dejó heridos a los dos granaderos que, permanentemente, custodian el monumento que contiene la urna del libertador San Martín.»

«La policía federal ha señalado que la base y la lápida de mármol rojo imperial sufrieron graves daños; y, asimismo, el sarcófago de mármol negro belga fue violentado y saqueado.»

«Se han iniciado las investigaciones para conocer cuáles habrían sido las motivaciones de este terrible atentado, y para dar con el paradero de los desalmados que han atacado uno de los lugares más sagrados de la nación argentina.»

«Se trata de una noticia en desarrollo. Pronto daremos más detalles de este impactante hecho, en un reportaje especial.»

El conductor, un hombre de alrededor de cincuenta años, pelo cano y corte militar, impecablemente vestido con un terno de algodón y corbata oscura, ambos marca H&M, de pronto bajó el volumen de la radio. Esbozó una mueca sutil y expresó a regañadientes, con un leve tufillo nacionalista:

—Esto es increíble, pibe, ya ni siquiera los restos de nuestro Padre de la Patria están seguros. Deben ser los típicos vándalos que andan reivindicando alguna supuesta noble causa.

El pasajero que iba atrás, un hombre de unos treinta y dos años, con un traje a la medida de Alexander Amosu, no pudo evitar escuchar el comentario del chofer desde su mullido asiento de cuero atabacado mientras miraba hacia afuera por la ventana del vehículo.

—Me imagino que no pasaremos por ese lugar — dijo Federico con un tono algo preocupado, mientras se erguía en el asiento trasero.

—No se preocupe, señor. Esto ocurrió al otro lado de la cordillera, en la ciudad de Buenos Aires. Yo soy argentino, sabe, y me duele que sucedan estas cosas, nada más. En todo caso, tranquilícese, que la carretera nos llevará directo a su hotel.

—Es un alivio —dijo Federico—. Las noticias son malas, no importa dónde se sepan. Además, ya ha sido suficiente doce horas de vuelo para estar dos horas más sentado mirando cómo pasan los autos policiales y las ambulancias y escuchando el ruido de sus sirenas.

La bella acompañante de Federico, una mujer de treinta años, delgada pero curvilínea, pelo azabache y tez blanca, apretó sutilmente la mano de su novio, miró hacia adelante con sus enormes ojos color miel y no dijo nada. La noticia no le había sido indiferente, pero prefirió callar.

El conductor empequeñeció sus ojos, frunció el ceño y se enterró en su terno de algodón, tratando de entender el mal castellano de este acaudalado francés que le había tocado transportar. Luego, al ver un cartel que señalaba el acceso a la carretera, se desvió y conectó, rápidamente, con ella. Una vez dentro de la autopista, apretó el acelerador del flamante Hummer H2 y se dirigió hacia el este, en dirección a las montañas. Se trataba de un modelo ya desactualizado, color negro con aplicaciones de metal, de doce metros de longitud, 2,5 metros de anchura, casi 1,90 metros de altura, de 5.760 cc y con 305.753 HP de potencia, pero que aún causaba asombro sobre todo en los transeúntes que lo miraban pasar.

Su copiloto, Hakim Fater, un exboxeador franco-argelino que trabajaba, entre otras cosas, como guardaespaldas del joven multimillonario, miró de reojo al chofer del Hummer H2, como pensando si no habría sido mejo

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