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LA ENERGíA EN CHILE

Raúl Sohr  

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Fragmento

1

El visitante cerró suavemente la puerta de la pequeña oficina a sus espaldas.

—¿Cayetano Brulé? —preguntó.

La pieza olía a café y a cigarro.

Cayetano giró en su asiento: ante él se erguía un hombre enjuto de ojos celestes deslavados y canas. Vestía un traje de lino oscuro cruzado y una corbata de seda roja, fijada con un prendedor de oro.

—Soy yo —respondió el detective desde detrás del escritorio, el paquete de café express aún en la mano, la cafeterita italiana desarmada a sus espaldas.

La luz de la tarde entraba a través de la ventana y caía ahora sobre la nuca y los hombros de Brulé. Colocó el paquete junto a la Olivetti, se puso de pie, intentó secarse las manos con el paño húmedo de las tazas, y alargó el brazo por sobre el escritorio.

—Mucho gusto. ¿Con quién tengo el placer?

—Kustermann, Carlos Kustermann —repuso el visitante estrechando la mano del detective.

Kustermann sonrió mostrando unos dientes esmaltados. Brulé calculó que con la venta de la dentadura, el traje y el reloj podría pasarse dos años sin trabajar.

—Acomódese, que voy a cerrar para que no haya tanto ruido —dijo Brulé, empinándose sobre un lote de archivos y diarios amarillentos acumulados junto a la ventana—. Pasa tanto vehículo abajo que es imposible entenderse.

Kustermann tomó asiento frente al escritorio, en una silla desvencijada. Cruzó una pierna, se desabotonó la chaqueta y vio que el escritorio se lo disputaban un par de archivos, un teléfono, una lámpara con pantalla de paño desteñido, un cenicero repleto de pitillos, la Olivetti, una taza semivacía y ahora el paquete de café. De una pared colgaba un diploma de detective otorgado por una academia de estudios a la distancia de Miami.

—Los micreros están destruyendo la ciudad con el ruido y la contaminación —sentenció Brulé. Se sentó—. Lo que no logró el canal de Panamá lo van a lograr las micros y los taxis: van a matar a Valparaíso. ¿Un cafecito?

Kustermann sacudió la cabeza.

—Por las mañanas solo bebo agua mineral y jugos naturales.

—Como cubano, solo brindo café fuerte y en taza chica —comentó Brulé acomodándose en su silla.

Se viró y echó unas cucharaditas de café en la cafetera, sintiendo el peso de la mirada escrutadora del visitante. Cerró la cafetera y la puso sobre la hornilla instalada en el antepecho de la ventana, detrás de su sillón.

—Me habían dicho que usted era norteamericano...

La decepción de siempre, pensó Brulé. Un gringo está bien en Chile como detective, genera confianza y es sinónimo de discreción; el cubano sirve a lo sumo para bailar pachanga y tocar las maracas.

—Soy norteamericano de pasaporte —aclaró—. Pero nací en La Habana el 45. Mis padres emigraron a Florida el 56, tres años antes de que Castro tomara el poder, y allá estudié y trabajé hasta que conocí a una chilena, de la cual prefiero no acordarme. Me convenció de venir a Valparaíso.

—Entiendo.

—Pero al final soy cubano, norteamericano y chileno.

—¿Desde cuándo vive en Chile?

—Desde los años setenta.

—¿Arrepentido?

—Se sobrevive, como usted ve. Lo que pasa es que vengo de un país de clima caluroso, playas prístinas, mulatas y negras sandungueras, donde el ritmo flota en el aire y corre por las venas. ¿Ha leído a Hemingway? —preguntó con una sonrisa nostálgica.

Kustermann asintió con inseguridad. Comentó:

—Chile es muy distinto. Frío y gris.

—Ustedes se consuelan diciendo que es europeo —opinó Brulé.

Se echó hacia atrás su escasa cabellera y se acomodó los gruesos anteojos. Luego se atusó el bigotazo mexicano que usaba desde que había comenzado a quedarse calvo. A menos pelo, más barba, se había dicho veinte años atrás.

—Usted dirá en qué puedo ayudarlo —agregó y acabó con el último buche de café frío que quedaba en la taza. Se revisó los bolsillos de la chaqueta y extrajo una cajetilla semivacía de Lucky Strike.

—Tengo buenas referencias suyas. Sé que es un detective sagaz, que ha logrado esclarecer casos complicados —dijo el visitante.

—Me alegra que los comentarios sean favorables, porque de esto vivo —replicó el detective—. ¿Se trata de seguir a alguna dama o a algún caballero, robos en la empresa?

—No —respondió Kustermann extrayendo dos habanos de su chaqueta y ofreciéndole uno a Brulé—. Son Lanceros, no necesitan presentación ante un cubano.

El habano tenía el color del nogal, el aroma fresco de la costa y respondía flexiblemente al tacto.

—Diez a doce dólares la unidad —apostó Brulé oliéndolo.

—Un habano de estos no tiene precio —replico Kustermann y mordisqueó una de sus puntas. Después hurgó en sus bolsillos y extrajo un encendedor dorado—. Disculpe, pero este humo es más sano que el que expelen sus micros.

Lo encendió y el aroma inundó la oficina, recordándole al detective las cafeterías de la calle Ocho de Miami y los hoteles para extranjeros de La Habana de Castro.

—Usted dirá —repuso guardando el habano en su chaqueta. Se lo fumaría con calma en casa. Un cigarro así merecía primero un buen trozo de cerdo asado con arroz, frijoles y yuca.

—Se trata de mi hijo —dijo el visitante e hizo una pausa larga en la que mantuvo sus ojos clavados en la Olivetti. Solo se escuchaba la tos de las micros—. ¿Se acuerda de Cristián Kustermann, el de la pizzería Il Amico de Re

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