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CIUDAD BERRACA

Rodrigo Ramos Bañados  

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Fragmento

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«Colombianos traficantes, fuera de Chile». «Pobrecitos los colombianos, los discriminan». «Negros narcos». Las frases fueron escritas con pintura roja en las murallas, delante de la fila de extranjeros que culebreaba por las soleadas calles de Antofagasta hasta el edificio de la gobernación, a un costado de la plaza Colón, la plaza principal de la ciudad y centro social antes de la construcción del mall. También la llamaban la plaza de los gitanos, pues ellos se bañaban en las dos fuentes de agua casi todo el año, a excepción del invierno, cuando el municipio secaba los platos. Era junio el único mes cuando se sentía realmente el frío y los colombianos se abrigaban hasta el cogote. El resto del año caminaban con camisetas, sueltos, extrovertidos, alegres, y esa alegría, esa verborrea y esa sensualidad de cuerpos libres contrastaban con ciertas personas de allí, de movimientos apretados como robots viejos y miradas punzantes, como si en sus ojos tuvieran dos porciones de fuego lanzadas por el cañón de un averno intestino para incinerar lo que parecía malo. Eso, lo malo, era sin duda lo que no se conocía, lo distinto, como el raro entusiasmo que puede ser el carnaval de una nueva vida, la alegría de una nueva oportunidad de los extranjeros que semanas antes habían sido desahuciados por la guerrilla.

Para esos muertos, llegar a Antofagasta era como alcanzar el cielo que dibujan los Testigos de Jehová en su tornasol revista Atalaya, aunque en este caso fuera un atosigante paisaje ocre sacado de las crónicas marcianas.

Pocos en la provincia se esforzaban por conocer a los extraños, pues pertenecían a un mundo pequeño y aislado, lleno de divertidos prejuicios socarrones. Un mundo que era como un enorme cementerio de neumáticos de camiones mineros, de esos que parecen escarabajos fosilizándose a un costado de la Panamericana, porque las carreteras, en el norte de Chile, están llenas de fósiles industriales. Y viajar por ellas hace sudar el culo, sobre todo en el momento en que el sol desvanece la sombra al punto de hervir la piel y aturdir la vista ha

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