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CON LA HIERBA DE ALMOHADA (LEYENDAS DE LOS OTORI 2)

Lian Hearn  

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Fragmento

PREÁMBULO

Los acontecimientos narrados en este segundo volumen transcurren durante el año posterior a la muerte de Otori Shigeru en la fortaleza de los Tohan, en Inuyama, donde la opinión generalizada es que Iida Sadamu, señor supremo del clan Tohan, ha sido asesinado por Otori Takeo, hijo adoptivo de Shigeru, en venganza por la muerte de su padre. A continuación, los Tohan son derrocados por Arai Daiichi, miembro del clan Seishuu de Kumamoto, quien beneficiándose del caos que sigue a la caída de Inuyama logra hacerse con el control de los Tres Países. Arai abriga la esperanza de sellar una alianza con Takeo y concertar el matrimonio de éste con Shirakawa Kaede, heredera de los dominios de Maruyama y Shirakawa.

Dividido entre la última voluntad de Shigeru y las exigencias de los Kikuta, la familia de su padre biológico, Takeo opta por renunciar a su herencia y al matrimonio con su amada Kaede para unirse a la Tribu, al sentirse vinculado a esta organización tanto por lazos de sangre como por el juramento que hizo en su día.

Otori Shigeru es enterrado en Terayama, templo remoto situado en las montañas que ocupan el corazón del País Medio. Tras las batallas de Inuyama y Kushimoto, Arai visita el templo para rendir tributo a su difunto compañero y sellar nuevas alianzas. Es allí donde Takeo y Kaede se encuentran por última vez.

En las noches cuando, entremezclada con el viento, la lluvia cae;

en las noches cuando, entremezclada con la lluvia, la nieve cae.

YAMANOUE NO OKURA: A dialogue on poverty

The country of the eight islands

Shirakawa Kaede yacía sumida en un profundo sueño, en ese estado de semiinconsciencia que los Kikuta logran provocar con su mirada. Pasó la noche, y con la llegada de la madrugada las estrellas palidecieron y los sonidos del templo aumentaban y disminuían su intensidad; pero Kaede seguía inmóvil. No oía a Shizuka, su acompañante, quien, preocupada, la llamaba de vez en cuando con la intención de despertarla. Tampoco notaba la mano de ésta sobre su frente, ni escuchaba a los hombres del señor Arai que, impacientes, se acercaban a la veranda y recordaban a Shizuka que su amo deseaba conversar con la señora Shirakawa. La respiración de Kaede era tranquila y reposada, y los rasgos de su rostro permanecían tan imperturbables como los de una máscara.

A la caída de la tarde, el sueño de Kaede se tornó más ligero. Sus párpados comenzaron a agitarse y en sus labios se perfiló una sonrisa. Sus dedos, que horas antes habían rodeado delicadamente las palmas de sus manos, empezaban a estirarse.

“Ten paciencia. Él vendrá a buscarte”.

En su sueño, Kaede se había convertido en una figura de hielo; pero estas palabras resonaban en su mente con absoluta nitidez. No sentía miedo alguno, tan sólo notaba que algo frío y blanco la sujetaba, y que se encontraba inmersa en un mundo mágico y helado donde reinaba el silencio.

Abrió los ojos.

Aún quedaban restos de luz. Por las sombras, Kaede dedujo que había llegado el ocaso. Una campana tañó con suavidad, una sola vez, y el aire quedó inmóvil de nuevo. Lo más probable era que ese día, que Kaede no podía recordar, hubiera sido caluroso, pues bajo su cabello la muchacha notaba la piel húmeda. Los pájaros piaban desde los aleros y se escuchaba el golpeteo de los picos de las golondrinas, que atrapaban los últimos insectos del día. Pronto viajarían hacia el sur, pues había llegado el otoño.

El sonido de las aves recordaba a Kaede el dibujo que Takeo le había entregado hacía poco más de un mes en ese mismo lugar. Se trataba del boceto de un pájaro del bosque que a ella le hacía pensar en la libertad. Cuando el castillo de Inuyama fue pasto de las llamas, el dibujo se perdió junto a las demás pertenencias de Kaede: su manto nupcial, el resto de sus ropas… No contaba con posesión alguna. Shizuka encontró algunas prendas viejas en la casa donde se habían alojado, y también pudo hacerse con algunos peines y otros objetos. Era la vivienda de un comerciante, y Kaede nunca había estado en un lugar parecido. La casa olía a soja fermentada y en ella vivían muchas personas de las que la joven intentaba apartarse, aunque de vez en cuando las criadas la espiaban a través de las mamparas.

Kaede temía que los moradores de la vivienda se enteraran de lo que había sucedido en la noche de la caída del castillo. Había matado a un hombre y había yacido con otro, junto al que luchó blandiendo el sable del difunto. No daba crédito a tales acciones. A veces la invadía la sensación de estar hechizada, como se rumoreaba. Se decía que todo hombre que la deseaba encontraba la muerte, lo que en parte respondía a la realidad. Varios ya habían muerto, pero Takeo no.

Desde que fuera asaltada por un guardia cuando residía en el castillo de los Noguchi en calidad de rehén, Kaede temía a todos los hombres. El terror que Iida le inspiraba la había llevado a defenderse de él; pero Takeo no le producía temor alguno. Tan sólo anhelaba abrazarle. Desde que se conocieron en Tsuwano, Kaede le había deseado: quería que él la acariciara, y ardía en deseos de sentir la piel de Takeo junto a la suya. Mientras recordaba aquella noche, la muchacha se daba cuenta —cada vez con mayor claridad— de que no podía casarse con nadie que no fuera él, que nunca amaría a hombre alguno, salvo a Takeo. “Seré paciente”, prometió. Pero ¿de dónde llegaban aquellas palabras?

Kaede giró un poco la cabeza y vio la silueta de Shizuka al borde de la veranda. Tras la muchacha se erguían los árboles centenarios del templo. El aire desprendía olor a cedros y a polvo, y la campana anunciaba el crepúsculo. Kaede no pronunció palabra. No deseaba hablar con nadie ni escuchar ninguna voz. Quería regresar al mundo helado de su sueño.

Entonces, tras las partículas de polvo que flotaban en los últimos rayos de sol, acertó a vislumbrar una figura. ¿Un espíritu, tal vez? No, debía de ser algo más, pues los espíritus carecen de cuerpo. Allí estaba, frente a Kaede; su presencia era real e indiscutible, y emitía el resplandor de la nieve recién caída. Kaede clavó la mirada en la figura y empezó a incorporarse; pero en el instante mismo en el que reconoció a la diosa Blanca, la compasiva, la misericordiosa, ésta se desvaneció.

—¿Qué ocurre? —Shizuka percibió el movimiento y corrió junto a Kaede.

Ésta miró a Shizuka y advirtió en sus ojos una honda preocupación. Entonces cayó en la cuenta de lo importante que esta mujer había llegado a ser para ella: era su mejor amiga; en realidad, la única que tenía.

—Nada, estaba soñando.

—¿Te sucede algo? ¿Cómo te encuentras?

—No sé. Me siento… —la voz de Kaede se fue apagando. Fijó la mirada en Shizuka durante unos instantes—. ¿Es que he dormido todo el día? ¿Qué me ha ocurrido?

—Él no debería haberlo hecho —contestó Shizuka, cuya voz delataba tanta preocupación como ira.

—¿Fue Takeo?

Shizuka asintió con la cabeza.

—No tenía ni idea de que Takeo poseyera esa habilidad. Es característica de la familia Kikuta...

—Lo último que recuerdo es su mirada. Nos miramos a los ojos y, entonces, me quedé dormida.

Shizuka observó que Kaede fruncía el entrecejo. Tras una pausa, ésta continuó:

—Se ha marchado, ¿no es así?

—Mi tío, Muto Kenji, y Kotaro, el maestro Kikuta, vinieron a buscarle anoche —respondió Shizuka.

—¿Entonces, no volveré a verle? —Kaede recordó su desesperación de la noche anterior, antes de quedar sumida en aquel sueño largo y profundo. Le había suplicado a Takeo que no la abandonase. No podía pensar en un futuro sin él, y se había sentido irritada y herida cuando Takeo la rechazó. Pero aquella agitación ya se había disipado.

—Tienes que olvidarte de él —opinó Shizuka, tomando la mano de Kaede entre las suyas y acariciándola suavemente—. De ahora en adelante, su vida y la tuya no deben encontrarse.

Kaede esbozó una ligera sonrisa. “No soy capaz de olvidarle”, pensaba. “Nadie podrá apartarle de mí. He visto a la diosa Blanca”.

Bajo la luz mortecina, Shizuka tuvo la sensación de que el rostro de Kaede flotaba y revoloteaba, como si se estuviera disolviendo y transformando.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Shizuka otra vez, con una voz que denotaba angustia—. Son pocos los que sobreviven al sueño Kikuta. No sé en qué medida te habrá afectado.

—No me ha perjudicado; pero, de alguna forma, me ha transformado. Me siento como si no supiera nada, como si tuviera que aprenderlo todo de nuevo.

Confundida, Shizuka se dejó caer de rodillas junto a Kaede y atravesó con sus pupilas el rostro de la muchacha.

—¿Qué vas a hacer ahora? ¿Dónde ir

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