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CONQUISTAR EL CIELO

Paolo Giordano  

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Fragmento

1

Los vi bañándose en la piscina, de noche. Eran tres, muy jóvenes, casi unos niños, igual que yo por aquel entonces.

En Speziale siempre había algún ruido nuevo que interrumpía mi sueño: el murmullo del sistema de riego, los gatos salvajes que se peleaban en el prado, un pájaro que repetía hasta el infinito el mismo gorjeo. Durante los primeros veranos que pasé allí, en casa de mi abuela, tenía la sensación de no dormir jamás. Desde la cama veía los objetos de la habitación acercarse y alejarse como si toda la casa estuviera respirando.

Aquella noche oí ruidos en el patio, pero tardé un tiempo en levantarme de la cama: a veces el guardés se acercaba a la puerta principal para dejar encajada una nota. Pero después hubo cuchicheos y risas contenidas, así que decidí asomarme.

La lámpara para mosquitos emitía una luz azulada desde el suelo. Me cuidé de no pisarla. Caminé hasta la ventana y miré hacia abajo. No llegué a ver a los chicos desnudándose, pero pude vislumbrar cuando el último se deslizaba en el agua negra.

La luz del porche me permitía atisbar sus cabezas: había dos más oscuras y una que parecía de plata. Por lo demás, vistos desde allí eran casi idénticos; movían los brazos en círculo para mantenerse a flote.

La tramontana se había calmado y en el ambiente reinaba una especie de quietud. Uno se puso a hacer el muerto en el centro de la piscina. Me ardió la garganta al contemplar su desnudez, aunque sólo fuera una sombra; caprichos de mi imaginación, más que nada. Arqueó la espalda y se zambulló con una cabriola. Al emerger soltó un alarido y su amigo de cabeza plateada lo golpeó en la cara para que se callara.

—¡Me has hecho daño, imbécil! —dijo el de la cabriola sin bajar la voz.

El otro lo hundió en el agua y el tercero no tardó en abalanzarse sobre él. Yo temía que se pegaran, que alguno pudiera ahogarse, pero se separaron riendo. Se sentaron en el borde de la piscina, junto a la parte menos honda, mostrándome sus espaldas mojadas. El de en medio, que era el más alto, estiró los brazos y rodeó los hombros de sus compañeros. Hablaban muy bajo, pero pude distinguir algunas palabras sueltas.

Por un momento pensé en bajar y zambullirme con ellos en la humedad de la noche: la soledad de Speziale me hacía anhelar cualquier contacto humano. Pero a mis catorce años carecía del valor necesario para esa clase de cosas. Sospechaba que eran los chicos de la finca aledaña, aunque sólo los había visto de lejos. Mi abuela los llamaba «los de la hacienda».

De repente se oyó el chirrido de los muelles de una cama y enseguida una tos y las chanclas de mi padre repiqueteando sobre el pavimento: se había lanzado escaleras abajo antes de que yo pudiera avisar a los chicos para que escaparan. Bajó llamando al guardés. La luz de la caseta se encendió y Cosimo salió justo cuando mi padre aparecía en el patio, ambos en calzoncillos.

Los muchachos habían saltado fuera de la piscina y recogían la ropa esparcida. Corrieron hacia la oscuridad dejando algunas prendas por el suelo. Cosimo se lanzó a perseguirlos gritando: «¡Cabrones, os voy a romper la crisma!» Mi padre lo siguió tras un instante de indecisión. Pude ver cómo cogía una piedra.

Se oyó un grito entre las sombras; luego, el choque de los cuerpos contra la valla y una voz que decía: «¡No, baja de ahí!» El corazón me latía como si fuese yo quien se daba a la fuga, yo la perseguida.

Pasó un rato antes de que volvieran. Mi padre se sujetaba la muñeca izquierda, tenía una mancha en la mano. Cosimo la examinó de cerca y después lo condujo a la caseta. Antes de entrar él también, echó un último vistazo a las tinieblas que habían engullido a los invasores.

Al día siguiente, mi padre se presentó a la comida con la mano vendada. Contó que había tropezado cuando intentaba arreglar un nido de urracas. En Speziale se transformaba en otra persona: a los pocos días su piel se volvía oscurísima y el dialecto le cambiaba incluso la voz. Parecía un desconocido. A veces me preguntaba quién era realmente: el ingeniero que en Turín siempre vestía de traje y corbata o aquel hombre de barba descuidada que andaba semidesnudo por la casa. En cualquier caso, estaba claro que mi madre había decidido casarse con uno de los dos y no quería saber nada del otro; hacía años que no ponía un pie en Apulia. Cuando llegaba agosto y nos disponíamos a afrontar el eterno viaje en coche hacia el sur, ni siquiera salía de su habitación para despedirse.

Comimos en silencio hasta que oímos la voz de Cosimo, que nos llamaba desde el patio.

En el umbral, frente al guardés que los custodiaba como un cancerbero, estaban los tres chicos de la noche anterior. Aunque al principio sólo reconocí al más alto, por la delgadez del cuello y la forma ovalada de la cabeza, los otros dos atrajeron mi atención de inmediato. Uno, de piel muy pálida, tenía las cejas y el pelo blancos como el algodón; el otro era moreno, de piel tostada, y llevaba los brazos llenos de arañazos.

—¡Ajá! —exclamó mi padre—. ¿Habéis venido a recuperar vuestra ropa?

El más alto respondió en tono apagado:

—Hemos venido a pedirle perdón por haber entrado ayer en su propiedad y haber usado la piscina. Nuestros padres querían darle esto.

Levantó una bolsa que mi padre agarró con la mano que no tenía vendada.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

Iba ablandándose a pesar de sí mismo.

—Nicola.

—¿Y ellos?

—Éste es Tommaso —dijo, señalando al más pálido—. Y éste, Bern.

Llevaban unas camisetas tan apretadas que parecía como si alguien se las hubiera embutido a la fuerza. Intercambié una larga mirada con Bern. Tenía los ojos negrísimos y bastante juntos.

Mi padre sacudió la bolsa y dentro tintinearon unos tarros. Creo que habría preferido estar en cualquier otro sitio antes que allí, recibiendo aquellas disculpas.

—No hacía falta que os colarais a escondidas —dijo—. Si queríais usar la piscina no teníais más que pedirlo.

Nicola y Tommaso bajaron la vista, pero Bern continuó mirándome. A sus espaldas, la blancura del patio deslumbraba.

—Si le hubiera pasado algo a uno de vosotros... —Mi padre vaciló; cada vez se veía más incómodo—. Cosimo, ¿les hemos ofrecido a estos muchachos un poco de limonada?

El guardés hizo una mueca como preguntándole si se había vuelto loco.

—Así estamos bien, gracias —dijo Nicola, educadamente.

—Si a vuestros padres les parece bien, podéis venir a bañaros esta tarde.

Mi padre me miró, tal vez pidiendo mi aprobación. Entonces, Bern tomó la palabra.

—Anoche le dio una pedrada en la espalda a Tommaso. Sin duda cometimos una infracción al entrar en su propiedad, pero usted cometió una más grave al lastimar a un menor. Si quisiéramos, podríamos denunciarlo.

Nicola le dio un codazo en el pecho, pero estaba claro que no tenía ninguna autoridad; sólo era el más alto.

—Yo no hice tal cosa —respondió mi padre—, no sé de qué estás hablando.

Recordé cómo se agachó para coger la piedra y los rumores sordos en la oscuridad. Aquel grito que no había logrado descifrar.

—Tommi, enséñale el cardenal al señor Gasparro, por favor.

Tommaso dio un paso atrás, pero no protestó cuando Bern cogió el borde de su camiseta y remangó cuidadosamente la tela dejándole la espalda descubierta. Era incluso más blanca que sus brazos, y su palidez resaltaba la mancha azulada, tan grande como el culo de un vaso.

—¿Lo ve?

Bern apoyó el índice en el cardenal y Tommaso se apartó.

Mi padre parecía hipnotizado. Cosimo intervino en su lugar: ordenó algo en dialecto y ellos se despidieron con una circunspecta inclinación de cabeza.

Bajo los rayos del sol, Bern dio media vuelta para observar la casa con severidad.

—Espero que su mano se cure pronto —dijo.

Aquella tarde se desató una tempestad. En pocos minutos, el cielo se tiñó de violeta y negro, colores que yo nunca había visto.

Las tormentas duraron casi una semana; las nubes llegaban súbitamente desde el mar. Un rayo quebró una rama del eucalipto y otro quemó la bomba del pozo. Mi padre estaba furioso y la tomó con Cosimo.

La abuela leía en el sofá sus novelas policiacas de bolsillo. Le pedí que me recomendara una para entretenerme y me respondió que pillara cualquiera de la librería: todas valían la pena. Escogí El safari de la muerte, pero la historia me resultó aburrida.

Después de pasar un rato mirando al vacío, le pregunté qué sabía de los chicos de la hacienda.

—Van y vienen —dijo—, nunca se quedan mucho tiempo.

—¿Y a qué se dedican?

—Supongo que se dedican a esperar a que sus padres, u otra persona, los recojan. —Dejó el libro como si ya le hubiera arruinado la lectura—. Y mientras tanto rezan; practican una especie de... herejía.

En cuanto cesó el mal tiempo hubo una invasión de ranas. Durante la noche se metían en la piscina, y por más cloro que le echáramos al agua no había manera de tenerlas a raya. Las encontrábamos atrapadas en los filtros o trituradas por las ruedas del limpiafondos. Las que sobrevivían nadaban plácidamente, algunas en pareja, una sobre el dorso de la otra.

Una mañana bajé al patio para desayunar, aún vestida con el pantaloncito y la camiseta de dormir, y vi a Bern. Pescaba ranas con una red. Cuando atrapaba una, la arrojaba planeando a un cubo.

Por un momento dudé entre dejarme ver o volver arriba para vestirme, pero al cabo me acerqué y le pregunté si mi padre le pagaba por hacer ese trabajo.

—A Cesare no le gusta que manejemos dinero —dijo volviéndose apenas y, después de una pausa, añadió—: «Entonces, uno de los doce fue a los principales sacerdotes y dijo: “¿Qué estáis dispuestos a darme para que yo os lo entregue?” Y ellos le pesaron treinta piezas de plata.»

Me pareció una respuesta absurda, pero tampoco me apetecía que la explicara. Miré dentro del cubo: las ranas amontonadas brincaban para escapar, pero las paredes de plástico eran demasiado altas.

—¿Qué vas a hacer con ellas?

—Las soltaré.

—Si las sueltas volverán esta misma noche. Cosimo las mata con sosa cáustica.

Bern me fulminó con la mirada.

—No te preocupes, las llevaré lejos.

Me encogí de hombros.

—De todas formas, no entiendo por qué haces algo tan asqueroso si ni siquiera te pagan.

—Debe ser mi castigo por haber usado vuestra piscina sin permiso.

—Pensaba que ya os habíais disculpado.

—Cesare cree que os debemos una reparación, pero hasta ahora no habíamos podido hacer nada por culpa de la lluvia.

Las ranas huían a toda velocidad por el agua y él las perseguía pacientemente con la red.

—¿Quién es Cesare?

—El padre de Nicola.

—¿No es tu padre también?

Negó con la cabeza.

—Es mi tío.

—¿Y Tommaso tampoco es tu hermano?

Volvió a negar con un gesto. Cuando aparecieron en la puerta de casa, Nicola había dicho «nuestros padres», pero algo me hizo pensar que Bern no me daría una explicación sencilla y no quise darle el gusto de confundirme aún más.

—¿Qué tal va su cardenal?

—Le duele cuando levanta el brazo. Por la noche, Floriana le pone compresas con vinagre de manzana.

—De todas formas, creo que te equivocas con lo de la piedra: mi padre no la tiró. Debió de ser Cosimo.

Me dio la impresión de que no estaba escuchándome, parecía absorto en la pesca de las ranas. Llevaba unos pantalone

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