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CONSTRUCCIóN DE ESTADO EN CHILE (1800- 1837)

Gabriel Salazar Vergara  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Portadilla

Cita

Prólogo

El Quijote

Adiós al Séptimo de Línea

El entusiasmo

Crónicas marcianas

Historia universal de la infamia

Anatole France

Joaquín Edwards Bello

Moby Dick

Trópicos y tópicos de Henry Miller

Fausto y Goethe

Stephen King, master of terror…

Leyes robóticas e Isaac Asimov

Shakespeare

El buscón

Nabokov, Lolita y Pnin

«Soy el individuo» de Nicanor Parra

Edward Gibbon

Adriano según la Yourcenar

La condición humana

La última tentación

Los ensayos de Michel de Montaigne

Las civilizaciones de Toynbee

Casanova y su Histoire de ma vie

El trágico humor de Mark Twain

Parerga y Paralipómena

Emilio Salgari

Philip Roth, el «cochino»

Aldous Huxley, o la inteligencia

El Maestro y Margarita

Albert Camus, extranjero...

La ciudadela de Saint-Exupéry

Así hablaba Nietzsche...

El exquisito Marcel Schwob

De Bello Gallico «Gallia est omnis divisa in parte tres...»

Gargantúa y Pantagruel

De la ira de Séneca

Biblioholismo... (Biblioholism: The Literary Addiction)

Historia de la locura de Michel Foucault

El Tercer Reich según Burleigh

La guerra de los mundos de H.G. Wells

Salambó de Gustave Flaubert

La lentitud de Milan Kundera

La importancia de vivir según Lin Yutang

Los miserables de Victor Hugo

Los Diálogos de Platón

Stanley Loomis, el Olvidado

En busca del tiempo perdido

La modernidad según Paul Johnson

De Rerum Natura

Octavio Paz y su Laberinto de la soledad

El inútil de la familia de Jorge Edwards

Las meditaciones de Marco Aurelio

Will Durant y señora...

Muerte en Venecia

Barbara Tuchman

La naranja mecánica de Anthony Burgess

Eric Hobsbawm, reliquia viviente

Plutarco y sus Vidas paralelas

Del origen de las desigualdades

La Historia de la belleza por Umberto Eco

Las Gollerías de Ramón Gómez de la Serna

El gran Meaulnes

La guerra de Tucídides

Robert Burton y la melancolía

Naufragando en el tintero

Notas

Créditos

Acerca de Random House Mondadori CHILE

«… el cultivo de las letras alimenta la juventud, deleita la ancianidad y es en la prosperidad ornamento y en la desgracia refugio y consuelo, entretiene agradablemente en casa, no estorba fuera de ella, pernocta con nosotros y con nosotros viaja y nos acompaña al campo...»

CICERÓN

PRÓLOGO

Incluso los lectores más aplicados, los decididos a no pasar por alto nada importante, aun ellos son a menudo víctimas de un gravoso sentimiento de culpa por no haber leído todo lo que «debe leerse» y temen que alguien, tarde o temprano, les refriegue en la cara su ignorancia. O si acaso han alcanzado la exquisita condición de la indiferencia y el solecismo, cabe barruntar que de vez en cuando los agobia el sentimiento de haber omitido lo que tal vez pudo iluminar y transformar sus vidas.

Ninguno de esos sentimientos abruma al lector casual, ese que lee solo esporádicamente, el fulano o fulana de libro en el velador perpetuándose por décadas en ese sitio, el lector que apenas avanza una página y ya se desploma dormido, el que cuando pesca el libro debe retroceder dos o tres hojas para retomar el hilo; en fin, a una persona así ni ese temor ni ese agobio lo asaltan nunca. Es indiferente a lo que se diga de su cultura y en todo caso se mueve en círculos de gente parecida donde nadie evalúa las lecturas del prójimo. Estos ciudadanos no sienten que su alma esté sufriendo una pérdida dolorosa por unos cuantos libros de menos.

Pero, quién sabe, tal vez aun a este lector desaprensivo a veces lo carcome la molesta sensación de haberse perdido algo que valía la pena. El único sin ningún problema es quien no lee jamás y entonces sencillamente está más allá o acá de esas preocupaciones. Pero, obsesos o no, todos los con algún vacío en sus lecturas se convierten en víctimas potenciales de remordimientos nacidos de la sensación de estar dejando de lado algo esencial. En fin, tácitamente resuena en el aire el «debe leerse» o un «debí haber leído».

Es una frase desafortunada. Basta oírla para que tentado esté uno de no leer en absoluto los ítems de esas listas de presuntos imperdibles que nos hemos perdido. Convertidos en parte de un deber, de un canon, incluso los más interesantes devienen en artículos de museo y exhalan un aire de cosa momificada, apolillada y muerta. Todo lo catalogado de ese modo produce distanciamiento. Lo mismo ocurre con los «clásicos». Salvo un enfermo mental, ¿quién querría tocarle las nalgas a una estatua de mármol? Nos sucede en el colegio con las «listas de lectura» y nos sucede de adultos con los libros que los conocedores nos agitan ante las narices.

A veces ese hueco doloroso repleto de lecturas no hechas se intenta reparar con ciertos volúmenes en los que condescendientes eruditos se aproximan a nosotros, las masas incultas, para invitarnos a hacer las tareas que habíamos omitido. Para eso perpetran mamotretos de setecientas páginas a lo menos y con un estilo tan artificiosa y falsamente sencillo como el de los escritores de cuentos infantiles. Hablo de ladrillos del tipo 1001 libros que hay que leer antes de morir. Es un intento absurdo: el analfabeto por desuso no adquirirá dichas muletas porque su condición de lector baldado es tan profunda e irremediable que solo entra a las librerías para comprar lápices y cuadernos para sus niños. Algunos tal vez las adquieran, pero si acaso las leen —tarea imposible— difícilmente hallarán en ellas motivo para ir a las fuentes originales y se contentarán con darse «un baño de cultura».

Nada de todo eso se encontrará aquí. Mi premisa es que usted es un lector y no necesita de mis homilías para serlo, menos aún para mamarse lo que presuntamente me parece «indispensable». Digo «presuntamente» porque en verdad no considero ninguna lectura como indispensable. Lo parece quizás después de hacerse, pero nunca antes. Antes no es nada

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