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CONVERSACIONES ENTRE AMIGOS

Sally Rooney  

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Fragmento

1

Bobbi y yo conocimos a Melissa en la ciudad, en una velada poética en la que actuamos juntas. Nos hizo una foto en la calle en la que Bobbi salía fumando y yo sujetándome tímidamente la muñeca izquierda con la mano derecha, como si temiera que fuese a escaparse. Melissa usaba una cámara profesional grande y llevaba un montón de objetivos distintos en un estuche especial. Charlaba y fumaba mientras tomaba las fotos. Comentó nuestra actuación y hablamos de su obra, que conocíamos de internet. A eso de la medianoche cerraron el bar. Empezaba a llover y nos invitó a tomar una copa en su casa.

Nos subimos las tres al asiento trasero de un taxi y nos abrochamos los cinturones. Bobbi iba en medio, con la cabeza girada para hablar con Melissa, así que pude admirar su nuca y su pequeña oreja con forma de cucharilla. Melissa le dio al taxista una dirección de Monkstown y yo me puse a mirar por la ventanilla. En la radio, una voz anunció: «Clásicos… del pop… de los ochenta…». Y luego sonó una sintonía. Yo estaba emocionada, lista para afrontar el reto de visitar la casa de una desconocida, y ya preparaba cumplidos y ciertas expresiones que me hicieran parecer encantadora.

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Era una casa adosada de ladrillo rojo, con un sicómoro en el exterior. A la luz de las farolas, las hojas se veían anaranjadas y artificiales. A mí me encantaba ver el interior de casas ajenas, sobre todo si eran de gente vagamente famosa como Melissa. En ese momento decidí memorizar cada detalle de su hogar, a fin de poder describírselo más tarde a nuestros amigos y que Bobbi pudiera mostrarse de acuerdo.

Cuando Melissa nos hizo pasar, una pequeña spaniel de pelaje rojizo vino corriendo por el pasillo y se puso a ladrarnos. Hacía calor en el recibidor y las luces estaban encendidas. Junto a la puerta había una mesita baja sobre la que alguien había dejado un montón de calderilla, un cepillo para el pelo y un pintalabios destapado. En la pared de la escalera colgaba una reproducción de Modigliani, una mujer desnuda recostada. Toda una casa, pensé. Aquí podría vivir una familia.

Tenemos invitados, anunció Melissa desde el pasillo.

Nadie salió a recibirnos, así que la seguimos hasta la cocina. Recuerdo que vi un cuenco de madera oscura lleno de fruta madura, y que me fijé en la galería acristalada. Gente rica, me dije. En esa época pensaba todo el tiempo en la gente rica. La perra nos había seguido hasta la cocina y nos olisqueaba los pies, pero como Melissa no dijo nada nosotras tampoco.

¿Vino?, preguntó. ¿Blanco o tinto?

Melissa lo sirvió en unas copas enormes del tamaño de boles y las tres nos sentamos en torno a una mesa baja. Nos preguntó cómo habíamos empezado a hacer recitales de spoken word. Acabábamos de concluir nuestro tercer año de universidad, pero llevábamos actuando juntas desde el instituto. Habíamos terminado los exámenes. Estábamos a finales de mayo.

Melissa tenía la cámara sobre la mesa y de cuando en cuando la cogía para sacar una foto, al tiempo que se reía despectivamente de sí misma por ser una «adicta al trabajo». Encendió un cigarrillo y sacudió la ceniza en un cenicero de cristal de lo más kitsch. La casa no olía a tabaco, y me pregunté si fumaría allí habitualmente.

He hecho un par de amigas, dijo.

Su marido estaba en el umbral de la cocina. Alzó la mano a modo de saludo y la perra se puso a ladrar y gañir correteando en círculos.

Esta es Frances, dijo Melissa. Y esta, Bobbi. Son poetas.

Él sacó un botellín de cerveza del frigorífico y lo abrió sobre la encimera.

Ven y siéntate con nosotras, dijo Melissa.

Me encantaría, contestó él, pero será mejor que intente dormir un poco antes del vuelo.

La perra se subió de un brinco a una silla cercana y él alargó la mano con gesto ausente para acariciarle la cabeza. Preguntó a Melissa si le había dado de comer, ella contestó que no. Entonces cogió a la perra en brazos y dejó que le lamiera el cuello y la barbilla. Dijo que ya se encargaba él y volvió a salir por la puerta de la cocina.

Nick tiene un rodaje en Cardiff por la mañana, dijo Melissa.

Nosotras ya sabíamos que su marido era actor. Melissa y él eran fotografiados a menudo en actos sociales, y teníamos amigos de amigos que los conocían. Nick poseía un rostro grande y atractivo, y parecía capaz de cargarse tranquilamente a Melissa bajo un brazo mientras con el otro rechazaba a una horda de intrusos.

Es muy alto, comentó Bobbi.

Melissa sonrió como si «alto» fuera un eufemismo para referirse a otra cosa, algo no necesariamente halagador. Seguimos charlando. Entablamos un breve debate sobre el gobierno y la Iglesia católica. Melissa nos preguntó si éramos creyentes y contestamos que no. Dijo que las ceremonias religiosas, como los funerales o las bodas, le parecían «reconfortantes de una manera en cierto modo sedante». Son actos comunitarios, dijo. Tienen cierto encanto para los neuróticos del individualismo. Y además fui a un colegio de monjas, así que todavía recuerdo muchas de las oraciones.

Nosotras también fuimos a un colegio de monjas, dijo Bobbi. Y eso nos planteó ciertos problemas.

Melissa sonrió de oreja a oreja y preguntó: ¿Como cuáles?

Bueno, yo soy lesbiana, contestó Bobbi. Y Frances es comunista.

Y no creo que recuerde ni una sola oración, añadí.

Estuvimos horas charlando y bebiendo. Recuerdo que hablamos sobre la poeta Patricia Lockwood, a la que admirábamos, y también sobre lo que Bobbi llamaba despectivamente «feminismo gay de pacotilla». Empecé a sentirme cansada y un poco borracha. No se me ocurría nada ingenioso que decir y me costaba poner caras que expresaran mi sentido del humor. Creo que reía y asentía sin parar. Melissa nos dijo que estaba trabajando en un libro nuevo de ensayos. Bobbi había leído el primero, pero yo no.

No es muy bueno, me dijo Melissa. Espera a que salga el próximo.

Hacia las tres de la madrugada nos acompañó a la habitación de invitados y nos dijo lo mucho que se alegraba de habernos conocido y de que nos quedáramos a pasar la noche. Cuando nos metimos en la cama me quedé mirando fijamente el techo y me di cuenta de lo borracha que estaba. La habitación daba vueltas en espirales breves, consecutivas. En cuanto mis ojos se acostumbraban a una rotación, empezaba la siguiente. Le pregunté a Bobbi si le pasaba lo mismo, pero me dijo que no.

Es fantástica, ¿no crees?, comentó Bobbi. Melissa.

Me cae bien, dije.

Oímos su voz en el pasillo y el sonido de sus pasos que la llevaban de habitación en habitación. En un momento dado la perra ladró y oímos que ella gritaba algo, y luego la voz de su marido. Pero después nos quedamos dormidas. No lo oímos marcharse.

Bobbi y yo nos habíamos conocido en el instituto. Por aquel entonces ella no se mordía la lengua y con frecuencia la castigaban por una falta de comportamiento que nuestra escuela catalogaba como «perturbación del normal desarrollo de la clase». Cuando teníamos dieciséis años se puso un piercing en la nariz y empezó a fumar. Le caía mal a todo el mundo. En cierta ocasión la expulsaron temporalmente por escribir «¡Que se joda el puto patriarcado!» en la pared junto a un crucifijo de escayola. Este incidente no despertó solidaridad alguna. A Bobbi se la consideraba una numerera. Hasta yo tuve que reconocer que durante la semana que expulsaron a Bobbi las clases fueron mucho más apacibles.

A los diecisiete años asistimos a un baile para recaudar fondos en el salón de actos del instituto, con una bola de discoteca medio rota arrojando destellos sobre el techo y las ventanas con barrotes. Bobbi se había puesto un vaporoso vestido veraniego y daba la impresión de no haberse cepillado el pelo. Estaba radiante, lo que implicaba que todo el mundo tenía que esforzarse mucho para no prestarle atención. Le dije que me gustaba su vestido. Me dio a beber vodka de una botella de Coca-Cola y me preguntó si habían cerrado el resto de la escuela. Probamos con la puerta de la escalera que daba a la parte de atrás y vimos que estaba abierta. Arriba las luces estaban apagadas y no había nadie. A través de los tablones del suelo percibíamos la vibración de la música, como la melodía del móvil de otra persona. Bobbi me ofreció un poco más de vodka y me preguntó si me gustaban las chicas. Con ella era muy fácil mostrarse impasible. Claro, me limité a contestar.

Al convertirme en la novia de Bobbi no traicionaba la lealtad de nadie. Yo no tenía amigas íntimas, y a la hora de comer me sentaba sola en la biblioteca del instituto leyendo libros de texto. Las otras chicas me caían bien, les dejaba copiar mis deberes, pero me sentía sola e indigna de una verdadera amistad. Hacía listas de las cosas que debía mejorar de mí misma. Cuando Bobbi y yo empezamos a salir, todo cambió. Ya nadie me pedía los deberes. A la hora de comer nos paseábamos por el aparcamiento cogidas de la mano y la gente apartaba la mirada con malicia. Era divertido, la primera cosa verdaderamente divertida que me pasaba en la vida.

Al salir de clase nos tumbábamos en su habitación a escuchar música y hablábamos de lo que nos gustaba de la otra. Eran conversaciones largas e intensas, y me parecían tan trascendentales que por las noches, en secreto, transcribía retazos de memoria. Cuando Bobbi hablaba sobre mí sentía como si me estuviera viendo en un espejo por primera vez. De hecho, empecé a mirarme más a menudo en los espejos de verdad y a interesarme por mi cara y mi cuerpo, algo que no había hecho nunca. Le preguntaba a Bobbi cosas del tipo: ¿Mis piernas son largas o cortas?

En nuestra ceremonia de graduación recitamos un poema juntas. Algunos padres lloraron, pero nuestros compañeros se limitaron a mirar por las ventanas del salón de actos o a cuchichear entre ellos. Al cabo de varios meses, tras una relación de más de un año, Bobbi y yo rompimos.

Melissa quería escribir un artículo sobre nosotras. Nos mandó un email para preguntarnos si nos interesaba y adjuntó algunas de las fotos que nos había hecho a la salida del bar. A solas en mi habitación, descargué uno de los archivos y lo abrí a pantalla completa. Bobbi me devolvía la mirada, con gesto pícaro, sosteniendo un cigarrillo en la mano derecha y ciñéndose la estola de piel con la otra. A su lado, yo parecía hastiada e interesante. Intenté imaginar mi nombre en un artículo periodístico, impreso en una tipografía con serifa con gruesas astas. Decidí que me esforzaría más por impresionar a Melissa la próxima vez que nos viéramos.

Bobbi me llamó casi inmediatamente después de que llegara el email.

¿Has visto las fotos?, preguntó. Creo que estoy enamorada de Melissa.

Sostuve el teléfono con una mano y amplié el rostro de Bobbi con la otra. Era una imagen de alta calidad, pero la aumenté hasta que empezó a pixelarse.

A lo mejor solo estás enamorada de tu propia cara, le dije.

Solo porque tenga una cara bonita no quiere decir que sea una narcisista.

No me molesté en replicar. Seguía concentrada en la ampliación de la foto. Sabía que Melissa escribía para varias webs literarias importantes y que su trabajo circulaba mucho por la red. Había publicado un famoso ensayo sobre los Oscar que todo el mundo volvía a postear cada año durante la temporada de premios. A veces también escribía artículos de índole local, sobre artistas que vendían sus obras en Grafton Street o sobre músicos callejeros de Londres; siempre aparecían acompañadas de hermosas fotos de sus personajes, retratos que reflejaban su humanidad y llenos de «carácter». Reduje la imagen a su tamaño original y traté de observar mi propio rostro como si fuera el de una desconocida que viera en internet por primera vez. Me pareció redondo y blanco, las cejas como paréntesis caídos, los ojos eludiendo el objetivo, casi cerrados. Hasta yo podía ver que tenía carácter.

Enviamos un email a Melissa diciendo que estaríamos encantadas, y nos invitó a cenar en su casa para hablar de nuestro trabajo y sacarnos algunas fotos más. Me pidió que le enviara algunos de nuestros poemas y le mandé tres o cuatro de los mejores. Bobbi y yo hablamos largo y tendido sobre lo que ella se pondría para la cena, bajo la excusa de comentar lo que deberíamos llevar ambas. Tumbada en mi habitación, la observé mirándose al espejo, moviendo mechones de pelo de aquí para allá con gesto crítico.

A ver, cuando dices que estás enamorada de Melissa…, empecé.

Me refiero a que estoy colada por ella.

Sabes que está casada.

¿No crees que le gusto?, preguntó Bobbi.

Sostenía frente al espejo una de mis camisas blancas de algodón peinado.

¿Qué quieres decir con que le gustas?, repuse. ¿Hablas en serio o en broma?

En parte hablo en serio. De verdad creo que le gusto.

¿Como para tener una aventura?

Bobbi se echó a reír. Con otra gente por lo general no me costaba discernir lo que debía tomarme en serio o en broma, pero con Bobbi resultaba imposible. Nunca parecía hablar completamente en serio ni completamente en broma. En consecuencia, había aprendido a adoptar una especie de aceptación zen ante todas las cosas raras que decía. Se quitó la blusa y se puso mi camisa blanca. Se la remangó con cuidado.

¿Bien?, preguntó. ¿O fatal?

Bien. Te queda bien.

2

El día que íbamos a cenar a casa de Melissa no paró de llover. Por la mañana me quedé sentada en la cama escribiendo poesía, pulsando la tecla intro a mi antojo. Al final abrí las persianas, leí las noticias en internet y me di una ducha. Mi apartamento tenía una puerta que daba al patio del edificio, lleno de vegetación exuberante y con un cerezo en flor en la esquina más alejada. Ya estábamos casi en junio, pero en abril se llenaba de florecillas alegres y sedosas como confeti. La pareja de al lado tenía un bebé que a veces lloraba por las noches. Me gustaba vivir allí.

Esa noche Bobbi y yo quedamos en la ciudad y tomamos un autobús hasta Monkstown. Volver a la casa por nuestra cuenta era como abrir un envoltorio en el juego de pasar el paquete. Se lo comenté a Bobbi por el camino y ella dijo: ¿Será el premio o solo otra capa de papel?

Ya nos enteraremos después de la cena, contesté.

Cuando llamamos al timbre, Melissa salió a abrir con la cámara al hombro. Nos dio las gracias por acudir. Tenía una sonrisa expresiva, cómplice, que pensé que seguramente dedicaba a todos sus fotografiados, como si dijera: para mí no eres uno más, sino alguien muy especial. Supe que más tarde ensayaría esa misma sonrisa con envidia ante el espejo. La perra ladró desde la puerta de la cocina mientras colgábamos nuestras chaquetas.

En la cocina encontramos al marido de Melissa cortando verduras. La perra se puso muy nerviosa al vernos allí reunidos. Se subió de un salto a una silla y estuvo ladrando durante diez o veinte segundos hasta que él la mandó callar.

¿Os apetece una copa de vino?, preguntó Melissa.

Dijimos que claro, y Nick nos sirvió. Yo lo había buscado en internet después de nuestro primer encuentro, más que nada porque no había conocido a otros actores en la vida real. Había trabajado sobre todo en teatro, pero también había hecho algo de televisión y cine. En una ocasión, hacía ya varios años, había estado nominado a un premio importante, que no ganó. Me había topado con toda una selección de fotos con el torso desnudo, muchas de las cuales lo mostraban más joven, saliendo de una piscina o duchándose en una serie de televisión cancelada tiempo atrás. Envié a Bobbi un enlace a una de esas fotos con el mensaje: marido trofeo.

No había demasiadas imágenes de Melissa en internet, aunque sus libros de ensayos habían generado mucha publicidad. No sabía cuánto tiempo llevaba casada con Nick. Ninguno de los dos era lo bastante famoso para que esa información circulara por la red.

¿Así que lo escribís todo juntas?, preguntó Melissa.

Oh, no, qué va, dijo Bobbi. Frances lo escribe todo. Yo ni siquiera la ayudo.

Eso no es verdad, repliqué. No es cierto, sí que me ayudas. Lo dice por decir.

Melissa ladeó la cabeza y soltó una especie de risita.

Vale, entonces ¿cuál de las dos está mintiendo?, preguntó.

La que mentía era yo. Salvo en el sentido de que enriquecía mi vida, Bobbi no me ayudaba a escribir poesía. Que yo supiera, nunca había escrito de forma creativa. Le gustaba interpretar monólogos dramáticos y entonar canciones antibelicistas. Sobre el escenario era la que llevaba la voz cantante, y yo solía mirarla con inquietud para que no se me olvidara lo que tenía que hacer.

Cenamos espaguetis con una salsa espesa a base de vino blanco y mucho pan con ajo. Nick apenas abrió la boca mientras Melissa nos acribillaba a preguntas. Nos hizo reír mucho a todos, pero fue un poco como si alguien te hiciera comer algo que en realidad no te apetece. Yo no tenía claro si me gustaba aquella especie de alegre imposición, pero era evidente que Bobbi se lo estaba pasando en grande. Se reía incluso un poco más de la cuenta, o así me lo parecía.

Aunque no habría sabido especificar por qué exactamente, tuve la certeza de que Melissa perdió interés en nuestro proceso de escritura cuando se enteró de que yo era la única autora de los textos. No se me escapaba que la sutileza de este cambio le bastaría a Bobbi para negarlo más tarde, algo que me irritaba como si ya hubiese sucedido. Empezaba a sentirme ajena a todo aquello, como si la dinámica que al fin se había revelado no me interesara o ni siquiera fuese conmigo. Podría haberle echado más ganas, pero supongo que me fastidiaba tener que esforzarme para que me hicieran caso.

Después de cenar Nick recogió la mesa y Melissa nos sacó más fotos. Bobbi se sentó en el alféizar contemplando la llama de una vela, riendo y poniendo caras adorables. Yo seguí sentada a la mesa sin moverme, apurando mi tercera copa de vino.

Me encanta el rollo de la ventana, dijo Melissa. ¿Hacemos otra parecida, pero en la galería?

Desde la cocina se accedía a la galería acristalada a través de unas puertas dobles. Bobbi siguió a Melissa, que cerró las puertas tras de sí. Podía ver a Bobbi riendo sentada en el alféizar, pero no alcanzaba a oír su risa. Nick empezó a llenar el fregadero de agua caliente. Volví a decirle lo buena que había estado la cena y él levantó la mirada y dijo: Ah, gracias.

A través del cristal observé a Bobbi quitándose una mancha de maquillaje de debajo del ojo. Tenía las muñecas delgadas y las manos finas, elegantes. A veces, cuando estaba haciendo algo anodino, como volver a casa del trabajo o tender la ropa, me gustaba imaginar que me parecía a ella. Bobbi tenía una postura mejor que la mía, y un rostro hermoso, de esos que no se olvidan fácilmente. Esa ilusión se me antojaba tan real que, cuando me vislumbraba sin querer en el espejo y me veía tal como era, sufría una extraña impresión de despersonalización. Ahora que tenía a Bobbi sentada justo en mi campo de visión me resultaba más difícil imaginarme como ella, pero lo intenté de todos modos. Me entraron ganas de soltar algo provocador y estúpido.

Creo que estoy de más aquí, dije.

Nick miró hacia la galería acristalada, donde Bobbi se estaba toqueteando el pelo.

¿Crees que Melissa muestra favoritismo?, preguntó. Puedo hablar con ella, si quieres.

No pasa nada. Bobbi es la favorita de todo el mundo.

¿De veras? Pues debo decir que tú me caes mejor.

Nuestras miradas se cruzaron. Se notaba que intentaba seguirme el juego, así que sonreí.

Ya, siento que tenemos una conexión natural, dije.

Me atraen los espíritus poéticos.

Ah, bueno. Créeme, tengo mucha vida interior.

Se rio al oírme decir esto. Yo sabía que mi comportamiento era un poco inapropiado, pero no me sentía demasiado mal por ello. En la galería, Melissa había encendido un cigarrillo y había dejado la cámara sobre una mesita de cristal. Bobbi asentía con convicción.

Creía que esta noche iba a ser una pesadilla, pero la verdad es que ha estado muy bien, dijo él.

Volvió a sentarse a la mesa conmigo. Me gustó esa súbita franqueza. Era consciente de que, sin que él lo supiera, había estado mirando fotos suyas en internet con el torso desnudo, y en ese momento me pareció algo tan divertido que casi me entraron ganas de contárselo.

No soy muy buena en este tipo de cenas, dije.

Yo diría que has estado muy bien.

Tú sí que has estado muy bien. Has estado fantástico.

Nick me sonrió. Intenté recordar todo lo que había dicho para poder reproducírselo a Bobbi más tarde, pero en mi mente no sonaba igual de gracioso.

Las puertas se abrieron y Melissa volvió a entrar en la cocina sosteniendo la cámara con las dos manos. Hizo una foto de los dos sentados a la mesa, Nick con la copa en una mano, yo mirando al objetivo con gesto ausente. Luego se sentó frente a nosotros y escrutó la pantalla de la cámara. Bobbi entró y volvió a llenarse la copa de vino sin pedir permiso. Tenía una expresión beatífica en el rostro, y me di cuenta de que estaba borracha. Nick la observó, pero no dijo nada.

Comenté que deberíamos ir tirando para poder tomar el último autobús y Melissa prometió enviarnos las fotos. La sonrisa de Bobbi perdió intensidad, pero era demasiado tarde para sugerir que nos quedáramos un poco más. De hecho, ya nos estaban tendiendo las chaquetas. La cabeza me daba vueltas, y ahora que Bobbi había enmudecido, yo no podía parar de reír sin ton ni son.

La parada del autobús quedaba a unos diez minutos a pie. Al principio Bobbi parecía apagada, por lo que deduje que estaba disgustada o enfadada por algo.

¿Te lo has pasado bien?, pregunté.

Me preocupa Melissa.

¿Cómo dices?

Creo que no es feliz, dijo Bobbi.

¿En qué sentido? ¿Te ha hablado de eso?

Creo que Nick y ella no son muy felices juntos.

¿De verdad?, pregunté.

Es triste.

Me abstuve de señalar que Bobbi solo había visto a Melissa en dos ocasiones, aunque tal vez debería habérselo dicho. Era cierto que Nick y Melissa no parecían estar locos el uno por el otro. Él me había dicho, sin que viniera a cuento, que había esperado que la cena organizada por su mujer fuera «una pesadilla».

Él me ha parecido gracioso, dije yo.

Apenas ha abierto la boca.

Ya, tiene un silencio de lo más divertido.

Bobbi no se rio y yo no insistí. En el autobús apenas hablamos, ya que no creí que fuera a interesarle la fluida relación que había establecido con el marido trofeo de Melissa, y no se me ocurría ningún otro tema de conversación.

Cuando llegué a mi apartamento me sentía más borracha que cuando estaba en la casa de Melissa. Bobbi se había ido a su casa y yo estaba sola. Encendí todas las luces antes de meterme en la cama. A veces lo hacía.

Ese verano los padres de Bobbi estaban atravesando un agrio proceso de separación. Eleanor, su madre, siempre había sido emocionalmente frágil y propensa a largos períodos de vagas dolencias, lo que convertía al padre, Jerry, en el progenitor más favorecido por la ruptura. Bobbi siempre los llamaba por sus nombres de pila, algo que seguramente había empezado como un acto de rebeldía pero que ahora sonaba a trato profesional, como si su familia fuera un pequeño negocio que gestionaban en cooperativa. Lydia, la hermana de Bobbi, tenía catorce años y no parecía llevar el asunto con la misma serenidad.

Mis padres se habían separado cuando yo tenía doce años y mi padre había vuelto a Ballina, donde se habían conocido. Yo viví en Dublín con mi madre hasta terminar la secundaria, y luego ella también regresó a Ballina. Cuando empecé la facultad me mudé a un apartamento en el barrio dublinés de Liberties que pertenecía al hermano de mi padre. Durante el curso, él alquilaba la segunda habitación a otro estudiante, lo que significaba que yo no podía hacer ruido por la noche y debía saludar educadamente a mi compañero de piso cuando me lo encontraba en la cocina. Pero en verano, cuando el otro inquilino regresaba a su casa, podía vivir allí a mis anchas, hacer café siempre que quisiera y dejar libros abiertos por todas partes.

Por entonces trabajaba de becaria en una agencia literaria. Había otro becario, llamado Philip, al que conocía de la universidad. Nuestra tarea consistía en leer pilas de manuscritos y escribir informes de una página sobre su valor literario, que era casi siempre nulo. A veces Philip me leía algunas frases malas en tono sarcástico para hacerme reír, pero nunca delante de los adultos que trabajaban allí. Íbamos tres días a la semana y a cambio cobrábamos un «estipendio», lo que básicamente quería decir que no nos pagaban. Lo único que yo necesitaba era comida y Philip vivía con sus padres, así que tampoco nos importaba demasiado.

Así es como se perpetúan los privilegios, me dijo Philip un día en el despacho. Capullos ricos como nosotros aceptando prácticas no remuneradas para acabar consiguiendo algún trabajo.

Habla por ti, le dije. Yo nunca voy a tener un trabajo.

3

Ese verano Bobbi y yo actuamos a menudo en recitales de spoken word y en noches de micrófono abierto. Cuando salíamos a fumar y algún intérprete masculino intentaba entablar conversación con nosotras, Bobbi exhalaba de forma elocuente y no decía nada, así que yo tenía que hablar en nombre de ambas, lo cual implicaba prodigar un montón de sonrisas y recordar detalles sobre sus actuaciones. Yo disfrutaba interpretando ese tipo de personaje, la chica sonriente que recordaba cosas. Bobbi me dijo que creía que yo no tenía una «auténtica personalidad», aunque según ella se trataba de un cumplido. En general, estaba de acuerdo con su afirmación. En un momento dado podía hacer o decir cualquier cosa, y solo más tarde pensar: Ah, así que soy esa clase de persona.

Al cabo de unos días Melissa nos envió los archivos con las fotos de la cena en su casa. Yo esperaba que Bobbi fuera la gran protagonista del reportaje, conmigo en quizá una o dos imágenes, borrosa tras una vela encendida, sosteniendo el tenedor con espaguetis. De hecho, por cada foto de Bobbi había otra mía, siempre perfectamente iluminada, siempre hermosamente enmarcada. Nick también salía en las fotos, lo cual me sorprendió. Irradiaba un enorme atractivo, más incluso que en persona. Me pregunté si era un actor de éxito por ese motivo. Resultaba difícil contemplar aquellas fotos y no sentir que constituía la presencia más poderosa de la habitación, algo que no me había parecido entonces ni por asomo.

La propia Melissa no salía en ninguna de las imágenes. Como resultado, la cena que aparecía en las fotos guardaba solo una relación sesgada con aquella a la que habíamos asistido. En realidad, toda la conversación había orbitado en torno a Melissa. Ella había inducido nuestras variadas expresiones de incertidumbre o admiración. Eran sus chistes los que nos habían hecho reír todo el rato. Sin ella en las imágenes, la cena parecía adoptar un carácter distinto, como si girara en sutiles y extrañas direcciones. Sin Melissa, las relaciones entre las personas que salían en esas fotos no quedaban claras.

En mi fotografía favorita, yo miraba directamente al objetivo con expresión soñadora y Nick me observaba como si esperara que dijese algo. Su boca estaba ligeramente entreabierta y no parecía ser consciente de la presencia de la cámara. Era una buena foto, aunque a decir verdad yo había estado mirando a Melissa en ese momento y Nick sencillamente no la había visto entrar por la puerta. La imagen capturaba algo íntimo que en realidad nunca había sucedido, algo elíptico y no exento de tensión. La guardé en mi carpeta de descargas para volver a observarla más tarde.

Más o menos una hora después de que llegaran las fotos, Bobbi me envió un mensaje.

Bobbi: no veas lo bien que salimos.

Bobbi: me pregunto si podemos ponerlas en el perfil de facebook.

yo: no

Bobbi: dice que por lo visto el artículo no saldrá hasta septiembre.

yo: quién lo dice

Bobbi: melissa

Bobbi: quedamos esta noche?

Bobbi: y vemos una peli o algo

Bobbi quería hacerme saber que ella había seguido en contacto con Melissa y yo no. Consiguió impresionarme, que era lo que pretendía, pero también me sentí mal. Yo era consciente de que se entendía mejor con Bobbi que conmigo, y no sabía cómo participar de su recién estrenada amistad sin rebajarme reclamando su atención. Quería que Melissa se interesara por mí porque ambas nos dedicábamos a escribir, pero yo no parecía caerle bien y ni siquiera estaba segura de que ella me cayera bien. No tenía la opción de no tomarla en serio, porque había publicado un libro, lo que demostraba que muchas otras personas la tomaban en serio aun cuando yo no lo hiciera. A mis veintiún años, yo no tenía logros ni posesiones que me avalaran como una persona seria.

Le había dicho a Nick que todo el mundo prefería a Bobbi, pero eso no era del todo cierto. Ella podía ser ácida y desmedida hasta un punto que incomodaba a la gente, mientras que yo tendía a mostrarme animosamente cordial. Siempre les caía muy bien a las madres, por ejemplo. Y como Bobbi solía tratar a los hombres como objetos de diversión o desprecio, también ellos acababan prefiriéndome a mí. Evidentemente, Bobbi se burlaba de mí por ese motivo. En cierta ocasión me envió por email una foto de Angela Lansbury con el asunto: tu sector demográfico.

Bobbi vino a mi casa esa noche, pero no mencionó a Melissa en ningún momento. Sabía que era pura estrategia, que quería que le preguntara por ella, así que no lo hice. Esto suena más pasivo-agresivo de lo que fue en realidad. De hecho, pasamos una velada agradable. Estuvimos charlando hasta tarde y luego Bobbi se quedó a dormir en un colchón en mi habitación.

Esa noche me desperté sudando bajo el edredón. Al principio me pareció estar soñando, o tal vez en una película. Me costaba orientarme en mi propia habitación, como si estuviera más lejos de la ventana y de la puerta de lo que debería. Intenté incorporarme y sentí una extraña y desgarradora punzada de dolor en la pelvis que me obligó a reprimir un grito.

¿Bobbi?, dije.

Ella se dio la vuelta. Traté de alargar el brazo para sacudirle el hombro pero no pude, y el esfuerzo me dejó agotada. Al mismo tiempo sentía una especie de euforia ante la gravedad de aquel dolor, como si pudiera cambiar mi vida de un modo inesperado.

Bobbi, dije. Bobbi, despierta.

No se despertó. Saqué las piernas de la cama y conseguí ponerme en pie. El dolor era más soportable si me encorvaba hacia delante y me sujetaba el vientre con fuerza. Rodeé el colchón y entré en el cuarto de baño. La lluvia repiqueteaba con fuerza sobre el vidrio plástico de ventilación de la pared. Me senté en el borde de la bañera. Estaba sangrando. No era más que una regla dolorosa. Apoyé la cara en las manos. Me temblaban los dedos. Luego me deslicé hasta el suelo y pegué la mejilla al borde fresco de la bañera.

Al cabo de un rato, Bobbi llamó a la puerta.

¿Qué pasa?, preguntó desde fuera. ¿Estás bien?

Solo es dolor menstrual.

Ah. ¿Tienes analgésicos ahí dentro?

No, dije.

Te los traigo.

Sus pasos se alejaron. Me golpeé la frente contra la bañera para no pensar en el dolor de la pelvis. Era un dolor caliente, como si todas mis vísceras se estuvieran contrayendo en un apretado nudo. Los pasos se acercaron de nuevo y la puerta del baño se abrió un par de centímetros. Bobbi introdujo la mano por el resquicio y me tendió una caja de ibuprofeno. Me arrastré hasta la puerta y la cogí, y ella se fue.

Por fin amaneció. Bobbi se despertó y entró en el cuarto de baño para ayudarme a lle ...